15 mayo 2024

Hace diez años que me casé, en un día de enero de un calor desvergonzado, del brazo de mi padre, en un vestido hecho por mi madre, con la misma risueña ceguera que empuja al vacío al que hace puenting
Tenía treinta y cuatro años; no era una novia joven, pero cuadraba con mi estrecha franja de mundo: hija el baby boom, profesional de clase media, ombliguista convencida. Las de mi perfil no nos casábamos jóvenes. Cuando nosotras teníamos ventintantos, el matrimonio estaba tan de modo como las fiestas de Tupperware. 
Me casé con el hombre con el que me casé porque me gustaba más la versión que tenía él de mí que la mía propia. Me casé con él porque lo quería, porque me sentía más real con él de lo que me había sentido con nadie. Me casé con él porque le encantaba Ford Madox Ford, porque preparaba unos martinis perfectos, porque podíamos pelear sin que se desmoronasen las paredes, porque estaba más cómodo con ser hombre que cualquier otro que hubiera conocido, porque asumía la responsabilidad con una facilidad engañosa, y porque se le humedecían los ojos con el buen talante cotidiano de la gente corriente. No eran ni mis mejores ni peores, en lo que a razones se refiere, que cualquier otra que haya oído: tales decisiones dependen de una ilusión óptica, de un tic del reloj, de la decisión urgente de un corazón errante y poco fiable. 
El primer San Valentín que celebramos tras la boda, mi marido me regaló unas toallas de baño. Eran toallas rojas, de las “suplentes”, de esas con hilos salidos y otros defectos que las condenan a los estantes de oportunidades. Por todo envoltorio, le había puesto un lazo a la bolsa de la tienda. Recuerdo que lloré mientras las desdoblaba. Estaba furiosa: las toallas eran una metáfora que empañaba el sol, que chillaba por encima del tranquilizador zumbido de la cotidianeidad que estaba formándose poco a poco a nuestro alrededor.
Fue una crisis romántica, unos cálculos emocionales e históricos en los que mi marido, por desgracia, no dio la talla. 
Ahora soy capaz de ver que por entonces no éramos realmente un matrimonio; seguíamos en el estadio del romance adolescente –me quiere, no me quiere-, fascinados aún por el drama agudo y la emoción subida de tono del cortejo y de la pasión, en los que una mirada de reojo puede detonar un repentino peligro emocional. Lo que no recuerdo ya es por qué estaba tan enfadada. El razonamiento debió de ser algo parecido a esto: yo lo he apostado todo por este hombre y no es lo que pensaba; no es el hombre que llora cuando lee a Ford Madox Ford. Me he definido a mí misma en función de esta elección, de este hombre, y resulta que es de Esos Que Te Regalan Toallas.
Me sonrío cuando recuerdo ahora esta historia, ambientada en la fase en la que el matrimonio es todavía un espejo que solo refleja el parecer propio, tan cuidadosamente construido como fácil de quebrar. Mi marido sigue regalándome toallas de baño todos los años de San Valentín y todos los años me río. Se ha convertido en parte de nuestra mitología. Pero la risa es en sí una incisiva crítica a cómo han cambiado las cosas, a cómo cada uno ha cambiado, a cómo las dos personas que sonríen por esta broma llevan manchas imborrables de las expectativas y las decepciones del otro, a cómo quienes somos es un compuesto de quienes podíamos haber sido reflejado a través de la lente de la persona con quien nos casamos. La risa en un cubrecama que tapa los palos que nos hemos dado el uno al otro, las cicatrices que nos han dejado las distintas cirugías que nos hemos practicado mutuamente, los entusiasmos desalentados para que pueda surgir una pareja. 
Cuando estaba soltera, equiparaba el matrimonio con un hundimiento: tu identidad desaparecía, tu intimidad quedaba invadida, tu yo, sumergido. Después de casarme descubrí que estaba en lo cierto; lo que no sabía era hasta qué punto podía ser anfibia. 
Todos los matrimonios son prendas remendadas. En el matrimonio n haces que todo sea mejor; lo superas. Al casarte, tal y como advirtió Robert Louis Stevenson, “estás metiendo voluntariamente en tu vida a un testigo y se acabó lo de hacer la vista gorda con pasajes en los que no quedas bien retratado, mas has de enderezar el cuerpo y responsabilizarte de su tus actos”. Porque si tú no lo haces, lo hará ella… Hay una hondura de intimidad en el hacer el amor domesticado que no tiene parangón: con todo, hay momentos en que la idea de hacer el amor con una única persona durante el resto de tu vida puede darte dolor de cabeza. De modo que ¿dónde nos deja eso, aparte de mirando al techo a las tres de la mañana o el uno al otro por encima de los restos del tiramisú? No lo sé. El matrimonio, cuando funciona, es un misterio hecho de un ir y venir tan complejo de afecto, admiración, furia, ritual, así como un entender paulatino de que, con la persona adecuada, no es tan mal forma de vivir la vida. Pero si significa renunciar al fuego y a los primeros besos, entonces parece algo más que una pequeña muerte. Así que no te queda más remedio que una elección sencilla: abnegación o traición, contención o éxtasis, tierra o fuego, la dama o la vagabunda. La mayoría optamos por no asumir el riesgo mientras dejamos abierto el resquicio, en lo que se parece mucho a cómo yo sigo sin fumar solo porque hago como que todavía no me he fumado mi último cigarro. 
Pero entonces es domingo por la tarde. Mi marido y yo estamos jugando al Monopoly Junior con nuestra hija. Las trompetas de Chet Baker se han apoderado de la habitación. Yo de soltera le tenía manía al jazz, pero ahora nuestro matrimonio está marinado en esta música, en las formas en que he cambiado y las cosas que he llegado a saber, en exasperación y elegancia, en la poesía de la cotidianeidad, en el solaz de la compañía del otro. 
Veo las maneras en que mi marido me ha salvado, las formas en que yo lo he salvado a él. Los miembros fantasmas que perdimos en la construcción de este matrimonio siguen doliendo, pero en ese momento la pérdida parece un gaje del oficio manejable. Solo veo el valor y la bondad que suscita el matrimonio, no los costes, y me da la impresión de que nos da la única oportunidad de ser héroes. Quiero que la canción que está tocando Baker no se termine nunca. 

En la prosperidad y la adversidad, Lynn Darling


08 octubre 2023

Qué razonable sería sustituir en las bodas la palabra muerte por la palabra tedio, ¿no crees? El mundo sería un sitio más alegre y sobre todo, más comprensible y comprensivo. Observa cómo cambiaría la cosa, imagínatelo dicho frente a un altar: "Prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que el tedio nos separe". Y es que en realidad la muerte no separa, sino que une incluso más, ninguna persona ama más ni se siente más unida a su pareja que cuando esta muere. Le pasa a mi abuela, que lleva viuda cuarenta años y no deja de comparar peyorativamente a todo hombre con su marido, y le pasa a mi prima María, que tiene al impresentable de su marido en muerte cerebral desde hace dos años y ahora le quiere más que nunca, solo piensa en él, no es capaz de desconectar al tipo y rehacer su vida. Le ama más que nunca cuando antes no le soportaba. Lo que nos separa (además de, por ejemplo, la ludopatía, el alcoholismo, el maltrato, el embrutecimiento, la prodigalidad y la obesidad sobrevenida) suele ser principalmente el tedio, jamás la muerte. El tedio de ver cómo todo lo que te irrita de tu pareja y lo que a tu pareja le irrita de ti se repite siempre, porque nadie es capaz de cambiar jamás, y ya no llega nada nuevo que compense como un contrapeso aquello que sabemos que se repetirá mañana, y que nos volverá a irritar, y que a veces no es más que el ruido que hace tu pareja al tragar agua, la manera en que guarda la botella de vino de pie y no tumbada, como ha de guardarse siempre un vino, o la manera en que uno tiene de sonarse los mocos sonoramente antes de dormir, ese hacer la cama sin precisión, que deja el edredón más largo por un lado que por el otro, o la previsible petición de que bajes la música al tercer tema de algún disco que el otro considere inapropiado para ese momento en que tan apropiado es para ti, o en fin, cualquiera de esas mínimas molestias que manan de nuestra cotidianidad como gotas de no provocan nunca una inundación, pero que jamás nos dejan descansar del implacable y enloquecedor ruido del goteo.

Los días perfectos, J. Bergareche


30 abril 2023

cronología de un inicio

acordáis quedar a las siete y media. nunca habéis hablado y no sabes cómo suena su voz. pero al menos sabes que escribe sin faltas de ortografía y eso ya te parece un buen indicador. te preguntas si cada vez (les) pides menos, pero te quitas esta idea de la cabeza rápidamente y sales por la puerta esperando que no sea un desastre. sí, cada vez (les) pides menos. en el metro revisas las últimas conversaciones, cuando, finalmente le pasaste el número de teléfono, un tanto desconfiada, esperando que no abusara de mensajes, ni besos de buenas noches, ni canciones empalagosas. no lo hizo y te preguntaste entonces si no estarías ya muy desencantada de ellos, de los inicios, de la búsqueda de no sabes muy bien qué. te contaba, en esos últimos mensajes que recibías mientras preparaba la cena, distraída y cansada, que estaba en toulousse por trabajo y que hacía fresco, que había tenido un perro, que le habían operado el tobillo un par de veces, que había estado en las vegas y en tokio, que estaría en barcelona y que podríais conoceros. dijiste que sí y no te preguntaste nada. llegas temprano. él te llama antes de salir del metro. dudas en si debes responder. imaginas que serán malas noticias: ha decidido que no es una buena idea, se ha quedado encerrado en casa, se ha roto una pierna. respondes. llegará tarde. lo siente, dice. no pasa nada. hubieras deseado escuchar su voz por primera vez por otro motivo. no pasa nada. lo esperas sentada en el banco de un parque infantil. los niños corretean, se persiguen y se tiran arena los unos a los otros mientras sus madres, en el banco contiguo al tuyo, hablan de sus hijos maravillosos y sus maridos ausentes. podrías volver a tu casa ahora mismo. podrías pasar la noche en pijama, leyendo y comiendo patatas fritas en la cama. podrías hacer que no pase. llega puntualmente tarde, como te había dicho. el corazón no te da ningún vuelco, no te tiemblan las piernas, no te sudan las manos, no sientes la garganta seca ni un vértigo en el pecho. te gusta. no funcionará. bueno, tal vez sí. él prefiere terraza y tu interior. el vino está frío y bebes rápido. recuerdas que casi no has comido al mediodía y que deberías espaciar los sorbos. para cuando él ha terminado su copa, tú estás a la mitad. habláis de esto y aquello, temas banales que, sin embargo, parecen trascendentales y de los que no quieres perder detalle. os cuesta miraros a los ojos durante mucho tiempo prolongado. los tiene oscuros, pequeños. no le gusta el fútbol, no tienes perro, prefiere la montaña, te gusta el calor. se hace de noche, tienes frío y él se arremanga la camisa. decidís ir a cenar por algún sitio cerca. no tienes hambre, pero tampoco tienes ganas de marcharte a casa. piensas que todo esto es extraño. 
¿no te parece extraño todo esto? –preguntas. 
¿qué, exactamente? 
y te mira durante un segundo de más y desvías tu mirada hacia el suelo, como haría una niña a la que han regañado por haber pintado una casita con chimenea y jardín en las paredes del salón. encontráis un sitio rápido. ¿tenéis reserva? no, no habíamos planificado nada de esto. os indican una mesa del rincón y os sentáis uno delante del otro. de estar en casa ahora, no sentirías este cosquilleo en el pecho. el camarero os trae la carta y te llama guapa. trae vino. bebes rápido, no deberías. los silencios se alargan cada vez más y piensas que, tal vez, ya no tenéis nada más que contaros aunque no sabes nada de él. habla alemán, tuvo un accidente de coche, su padre murió hace doce años de un cáncer de pulmón fulminante, su madre se volvió a casar con un belga y ahora viven en una casita con chimenea y jardín a las afueras de marsella. te dice que no le sienta bien fumar marihuana. bien, piensas. te dice que alguna vez toma cocaína, cuando sale por ahí. bueno, piensas. te dice que hace nueve meses que no está con nadie. bien, piensas. te dice que le gusta tu pelo. piensas que te lo dicen todos. en la mesa de al lado se sienta una pareja mayor. el con pajarita y ella con el pelo blanco y cardado. se sientan uno al lado del otro y piden dos gin tonics que beben en silencio, sin apenas mirarse. te parece una suerte poder convivir de esta forma, sin palabras, sin gestos. cuando todo se da por sentado y está bien así. se lo contaríais a él, pero crees que es demasiado temprano y que, posiblemente, no va a entenderte. tomas otro sorbo, le miras de reojo. aún no sabes si te gusta lo suficiente, pero no hay prisa. os termináis el vino, el camarero retira los platos, ¿queréis postre? tú dices que no, él que sí. os reís. estáis cómodos. ¿estará cómodo él también? lo parece. no lo sabes. os traen la cuenta y él insiste en pagar. y ahora qué, te preguntas. evitas mirarlo y hay un silencio que no sabes cómo rellenar. desearías ser la pareja de al lado. eres muy guapa, te dice de repente y, bueno, eso sí que no lo esperabas y sonríes y no sabes qué más hacer, qué decir. gracias, menuda respuesta, no podrías haber dicho otra cosa. haces una broma, le quitas hierro al asunto y la tensión se desinfla. de estar en casa ahora, estarías en pijama y con la tele puesta, enganchada a una película que terminarías quitando a la mitad. se acerca y te besa. eso pasa rápido, tampoco lo veías venir, no te importa, crees que te gusta. te gusta. besa bien. huele bien. sujeta tu cara con sus dos manos cálidas y ya no te rueda la cabeza, de hecho, estás serena, bien despierta, expectante. le invitas a casa y, de camino, recuerdas que no hiciste la cama ni bajaste la basura y la ropa desordenada se apilona en la silla. tampoco tienes preservativos. mierda. os besáis en el ascensor y cuela su mano por dentro de tus pantalones. tenéis prisa. entráis a oscuras. la casa huele a incienso a pesar de que hace semanas que no compras en la tienda de los chinos de la esquina. te quita la ropa con lentitud, como si fueras un regalo. te mira como si fueras un regalo. ahora ninguno de los dos desvía la mirada. le coges de la mano y lo llevas a tu cama, que no hiciste y que ahora no te importa. desnudos parecéis otros: más humanos, más frágiles, menos habilidosos. no tengo condones, susurras. yo tampoco, dice él. durante un segundo dudáis. qué hacer. os besáis, os tocáis, os tanteáis. un lunar, una cicatriz, una verruga, un tatuaje, un cuerpo extraño y nuevo que te sorprende y al que deseas complacer. folláis sin condón. qué esperabas. ni siquiera lo piensas. no piensas en nada. sientes sólo este cuerpo extraño y nuevo, extraño y nuevo, que se mueve distinto a otros y que, sin embargo, funciona exactamente igual que todos los demás. os susurráis, os decís, os ofrecéis, os prometéis en silencio hasta que os rendís agotados, aliviados, tan desnudos. os dormís, uno al lado del otro. aún muy temprano para abrazaros. aún muy temprano para saber que a los dos os gustaría hacerlo y sentir el cuerpo del otro bien cerca. por la mañana la luz del día cambia las formas, los cuerpos, el tono de la voz. hay una cordialidad bizarra, un tanto esquiva y forzada. y, sin embargo, repetís la función de ayer. quizá con más ímpetu, con la certeza de saber más, mucho más del otro porque en una sola noche ya os conocéis mucho más que hace una semana. te confía que le gusta de esa manera y lo haces de esa manera. parece fácil, tan fácil. os dormís de nuevo, esta vez abrazados, con un leve dolor de cabeza de dormir poco y beber demasiado, el cuerpo ligeramente magullado, la sensación de no saber y de que no importe mucho, en realidad. os despedís a media tarde, confundidos, tristes y eufóricos al mismo tiempo. todo ha estado bien. demasiado bien. entonces, ¿hablamos? ¿nos llamamos? os dais un abrazo largo, tan largo que parece que no queráis separaros, pero lo hacéis y os decís adiós y os miráis de nuevo, esta vez distinto, con cierta esperanza, cierta luz, cierto temor a que esto funcione. el mismo a que esto no funcione. y se irá. la casa parecerá más silenciosa, recogerás la toalla del suelo, limpiarás las tazas, cambiarás las sábanas. tu cuerpo, dolorido, olerá a sexo. tomarás una ducha larga y sonreirás al recordar cuando. intentarás leer algo, escribir algo, hacer cualquier cosa para volver a tu vida, la de hace menos de un día, pero la cabeza volverá al momento en el que él, cuando tú, y después él. él te enviará un mensaje más tarde, por la noche, cuando estés tumbada en el sofá medio dormida, mirando una película que no te interesa. te dirá que lo pasó muy bien contigo y que también se acuerda de cuando. sonreirás. le contestarás a los veinte minutos, el tiempo prudencial para que no crea que vives pendiente del móvil. apagarás la tele, la casa quedará a oscuras. observarás los vecinos del edificio de enfrente que, como tú, miran una película sin interés en una televisión que ocupa la mitad del tamaño de su salón. te meterás en la cama con las sábanas limpias, el móvil al lado, y cerrarás los ojos. y entonces notarás ese peso, ese vacío en el pecho, ese hueco profundo y familiar. un leve temblor en los labios. un nudo en algún punto inexacto de tu interior que ningún anatomista sería capaz de precisar. recordarás ese día, esa cara, ese cuerpo que te sobrevuela todavía, a todas horas. querrás salir de ahí con los nuevos recuerdos, con los recientes, los de ayer, los de esta mañana, pero los pasados tirarán de ti con más fuerza, mucha más, y se extenderán hacia las yemas de tus dedos, la clavícula, los tobillos. todas tus células se convertirán en un recuerdo pasado que se resiste a esfumarse. de nada habrá servido ayer, esta mañana, cuando él dijo y tú pensaste. todo contaminado, de nuevo. y llorarás pacientemente, sin estridencias, como llevas haciendo semanas, hasta sentirte serenamente vacía, esperando que mañana puedas hacerlo algo mejor.

14 junio 2022

Taxi

Uta Barth

Le digo la dirección del museo al subir y aunque me he prometido no trabajar hasta llegar a la oficina empiezo a leer el correo en mi teléfono. Pero escucho que el GPS da indicaciones equivocadas y levanto la vista: deber tener dieciocho años, o no podría manejar, pero una diría menos. Le digo que el aparato anda mal. Dice que no, que es porque él programó antes otra dirección, y me pregunta si tiene que doblar. 
–Sí –le digo–. Agarrá por acá por Billlinghurst–. Y vuelvo a mi teléfono. 
–¿Hasta dónde voy por acá? –pregunta. 
Estoy apurada, me pone de mal humor no poder terminar de escribir el email, y además veo que no vamos por Billinghurst. 
–¿No sabés cómo ir? –me irrito. 
Pero entonces le veo la cara de asustado por el retrovisor, y me acuerdo de aquel otro chico que una vez me llevó, casi tan joven como este, al que en medio de un atasco infernal le pregunté cómo hacía para soportarlo y contestó, con una gravedad pasmosa: “A veces paro el auto y me pongo a llorar”. 
–Es mi primer día –me dice él ahora. 
–Mirá –me sale un tono maternal insoportable–, yo te puedo indicar, pero mejor paremos y programas el GPS con la dirección que te doy, así lo vas aprendiendo a usar. Igual te indico también. 
Se estaciona y le repito la dirección exacta. Resetea el aparato, se da vuelta y ya mirándome de frente, me pregunta: 
–¿Esto es Ciudad de Buenos Aires?

Casa se busca, Socorro Giménez

05 diciembre 2021

 
¿Y si llevásemos todo este tiempo entendiendo mal la historia de la Torre de Babel? Mi ex incluyó una vez la pregunta en un ensayo. He aquí que todas forman un solo pueblo y todos tienen una sola lengua. Dijo Dios: Esto no va a funcionar. Como unidad, la gente lograría de hecho construir la ciudad y la torre elevada al cielo con la que esperaban ser famosos. Por supuesto, El que todo lo sabe sabía que con una lengua común nada les resultaría imposible. El modo de detener esta abominación fue reemplazar la única lengua por muchas. Y así se hizo. 
    Pero, ¿qué habría pasado si Dios hubiera ido incluso más lejos?, ¿y si les hubiera dado no a las distintas tribus sino a cada individuo un idioma distinto, único como las huellas dactilares? ¿Y, paso dos, si para hacer aún más conflictiva y confusa la vida entre los humanos, hubiera obnubilado su percepción de esto, de modo que, al mismo tiempo que entendiésemos que hay muchos pueblos que hablan muchas lenguas distintas, nos creyéramos que todos los de nuestra tribu hablan la misma lengua que nosotros? 
    Esto explicaría gran parte del sufrimiento humano, según mi ex, que era menos bromista de lo que se pueda pensar. Él creía de verdad que era así: cada uno de nosotros seguimos empleando nuestra lengua, y el significado está claro para nosotros pero para nadie más. 
    ¿Es así incluso para los enamorados? Pregunté sonriendo, seductora, con esperanzas. Esto era justo al principio de nuestra relación. Él se limitó a devolverme la sonrisa. Pero años después, durante el amargo final, llegó la respuesta amarga: Para los enamorados sobre todo. 

Cuál es tu tormento, Sigrid Nunez

28 mayo 2021

guerras

petra gyermán
de sobras sabíamos
porque estas cosas se saben desde un principio 
–por rotundo que sea– 
que esta guerra íbamos a perderla 
por cobardes 
por experiencia 
por regla, nunca excepción. 
y, sin embargo, nos mantuvimos firmes 
convencidos de haber creado algo 
un hilo 
un camino 
un espacio blanco 
que iba a permanecer 
como permanecen las manchas de sangre en la ropa limpia. 
quizá por eso discutíamos poco y cuando lo hacíamos, mentíamos 
nos mentíamos 
cómo no hacerlo con tanta prudencia 
tanto miedo a admitir que había días descoloridos 
tardes desganadas 
hilos que eran sogas 
y caminos, acantilados. 
y que si yo te llamaba egoísta 
lo decía más bien por mí 
por querer algo en lo que tú no estabas 
por cesar en lo que tú insistías 
y que si tú me llamabas ridícula 
lo decías más bien por ti 
por suponerme en un lugar del que te habías marchado hacía tiempo 
sin avisar 
sin demasiados contratiempos. 
así que discutíamos poco 
mientras apagábamos fuegos 
por dentro 
aislados 
lejos de ese principio rotundo 
que ni uno ni otro recordaba. 
de esta forma se pierden las guerras 
puntos muertos 
estancados 
dos que se creen únicos 
dos que se van hundiendo 
dos, y luego uno. 
y luego uno, desnortado 
uno, equilibrista 
uno, hueco 
a medias 
poca cosa 
es lo que tienen las guerras 
este tipo de guerras 
que insisten en mantenernos de pie 
carcomidos de culpa, miedo 
gris y hielo 
aunque vivos, siempre vivos, supongo.

01 enero 2021

Joseph Joubert nació en Montignac en 1754 y murió setenta años después. Nunca escribió un libro. Sólo se preparó a escribir uno, buscando decididamente las condiciones justas que el permitieran escribirlo. Luego olvidó también ese propósito. 
Joubert encontró precisamente en esta búsqueda de las condiciones justas que le permitieran escribir un libro un lugar encantador para extraviarse y acabar no escribiendo ningún libro. Casi echó raíces en su búsqueda. Y es que precisamente, como dice Blanchot, lo que buscaba, esa fuente de la escritura, ese espacio donde poder escribir, esa luz que debiera circunscribirse en el espacio, exigió de él y afirmó en él disposiciones que lo hicieron inepto para cualquier trabajo literario ordinario o lo desviaron del mismo. 
En esto fue Joubert uno de los primeros escritores totalmente modernos, prefiriendo el centro antes que la esfera, sacrificando los resultados para descubrir las condiciones de éstos y no escribiendo para añadir un libro a otro, sin para apoderarse del punto de donde le parecía que salían todos los libros, y que, una vez alcanzado, le eximiría de escribirlos. 
Con todo, no deja de ser curioso que Joubert no escribiera ningún libro, porque él fue, ya desde muy temprano, un hombre al que sólo le atraía y le interesaba lo que se escribía. Desde muy joven le había interesado mucho el mundo de los libros que iban a escribirse. En su juventud estuvo muy cerca de Diderot; algo más tarde de Restif de la Bretonne, ambos literatos abundantes. En la madurez, casi todos sus amigos era escritores famosos con quienes vivía inmerso en el mundo de las letras y quienes, conociendo su inmenso talento literario, le incitaban a salir de su silencio.
Se cuenta que Chateaubriand, que tenía gran ascendencia sobre Joubert, se le acercó un día, y medio parafraseando a Shakespeare, le dijo: 
−Ruega a ese escritor prolífico que se esconde en ti que se deje de tantos prejuicios. ¿Lo harás? 
Para entonces Joubert ya se había extraviado en la busca de la fuente de la que salían todos los libros y ya tenía claro que, de encontrar esa fuente, eso le iba a eximir precisamente de escribir un libro. 
−Todavía no puedo hacerlo −le contestó a Chateaubriand−, todavía no he hallado la fuente que busco. Pero es que si encuentro esa fuente, todavía tendré más motivos para no escribir ese libro que te gustaría que escribiera. 
Mientras buscaba y se divertía extraviándose, llevaba a cabo un diario secreto, de carácter totalmente íntimo, sin intención alguna de publicarlo. Los amigos se portaron mal con él y, a su muerte, se tomaron la libertad de dudoso gusto de publicar ese diario. 
Se ha dicho que Joubert no escribió ese libro tan esperado porque el diario ya le parecía suficiente. Pero tal afirmación me parece un disparate. No creo que a Joubert le engañara su diario haciéndole creer que nadaba en la abundancia. Las páginas de su diario le servían simplemente para expresar las múltiples vicisitudes por las que pasaba su heroica búsqueda de la fuente de la escritura. 
Hay momentos impagables en su diario, como cuando, teniendo ya cuarenta y cinco años, escribe: "Pero ¿cuál es efectivamente mi arte? ¿Qué fin persigue? ¿Qué pretendo y deseo ejerciéndolo? ¿Será escribir y comprobar que me leen? ¡Única ambición de tantos! ¿Es eso lo que quiero? Esto es lo que debo indagar sigilosa y largamente hasta saberlo." En su sigilosa y larga búsqueda actuó siempre con una admirable lucidez, y en ningún momento ignoró que, aun siendo autor sin libro y escritor sin escritos, se mantenía en la geografía del arte: "Aquí estoy, fuera de las cosas civiles y en la pura región del arte". 
Más de una vez se contempló a sí mismo ocupado en una tarea más fundamental y que interesaba más esencialmente al arte que una obra: "Uno debe parecerse al arte sin parecerse a ninguna obra." 
¿Cuál era esa tarea esencial? A Joubert no le habría gustado que alguien dijera que sabía en qué consistía esa tarea esencial. Y es que, en realidad, Joubert sabía que estaba buscando lo que ignoraba y que de ahí venían la dificultad de su búsqueda y la felicidad de sus descubrimientos de pensador extraviado. Escribió Joubert en su diario: "Pero ¿cómo buscar allí donde se debe, cuando se ignora hasta lo que se busca? Y esto ocurre siempre cuando se compone y se crea. Afortunadamente, extraviándose así, se hace más de un descubrimiento, se hacen encuentros felices." 
Joubert conoció la felicidad del arte del extravío, del que fue posiblemente el fundador. 

Bartleby y compañía, E. Vila-Matas

30 diciembre 2020

Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como aquel primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible.

Niveles de vida, Julian Barnes 

 

12 diciembre 2020

sin importancia

jim holland
no merecían esto
la tristeza 
la carga 
el viaje a ninguna parte 
el recuerdo torcido 
acabar así 
el final excepcional. predecible. interminable. 
ellos, que centelleaban de verde, intenciones y flores blancas 
tanto amor para nada 
tantas risas para luego 
silencio, hojas secas 
otro cadáver de otra historia exigua 
¿qué esperabais, criaturas? 
¿permanecer? 
¿perpetuar un comienzo? 
¿pasear eternamente con las manos entrelazadas? 
¿atar bien la venda a los ojos, seguir cruzando puentes en llamas? 
no merecían esa inocencia suya 
tan frágil y estrecha 
usarla así, sin mesura 
sin práctica 
sin pensar que un día cualquiera 
comienzan las lluvias 
diciembre 
las nieves que todo lo hielan 
los muros que todo lo cercan 
la vida que todo lo encharca 
no 
no merecían tanta pena 
tantas frases inacabadas 
ni el recuerdo torcido al que siguen aferrados para no hundirse aún más en el fango 
¿qué esperabais? 
lo único que perdura son los días sin importancia.

27 noviembre 2020

supervisión

primero lo ve a él. le llama la atención su mirada, como si hubiera encontrado algo: un billete de cincuenta, un amigo que hacía años que no veía o una presa. esto es: una presa. ha girado el rumbo a escasos metros de ella y ahora retrocede, subido a su bicicleta y aminora la velocidad. teresa no puede evitar girarse también. a ella nada le ha llamado la atención en su vuelta a casa y siente curiosidad por lo que ha hecho que le hombre se diera la vuelta, de golpe. las miradas de ambos coinciden en la niña. una niña de siete, ocho años como mucho, columpiándose en el parque. la escena no tendría nada de especial si no fuera porque teresa no ve a nadie más, sólo a la niña, vestida de rojo y rosa, bien agarrada al columpio, ajena a todo. si tiene madre, padre, una hermana mayor o una prima, no están cerca, ni tan siquiera lejos. no están allí, con ella, vigilándola. le resulta inquietante, peligroso. también el hombre que se ha dado la vuelta y aminoró la velocidad, yendo en dirección al pequeño parque. todo esto lo piensa en apenas dos segundos, es algo instintivo, visceral. pero sigue andando, alejándose, de vuelta a casa, un viernes por la tarde, después de una semana muy larga y con la cena de esta noche aún por preparar. y esto hace: sigue andando. deja atrás a la niña en el columpio, deja atrás al hombre subido a su bicicleta y deja atrás el parque, pero su cabeza sigue anclada en el lugar. ¿debería ella también cambiar de dirección y retroceder unos pasos? ¿debería acercarse a la niña y preguntarle dónde está su madre? ¿debería comprobar si ha sido la niña quien ha llamado la atención del hombre? ¿debería preocuparse por si ha sido así? ¿debería dejar de imaginar catástrofes, por una vez en la vida? entra en el supermercado acalorada y saca la lista de la compra del bolsillo derecho del abrigo. huevos, zanahorias, leche, galletas de chocolate. del vino se encargaba sebastián. ¿debería haber hecho algo? 
al llegar a casa lee el mensaje de él avisándola de que llegará tarde por una reunión que se ha alargado a última hora. se enfada, aunque no está segura de si es con él o con ella. pone la televisión para escuchar alguna voz que la saque de su cabeza y comienza a cortar las verduras. cuando él llega, mucho más tarde de lo que había dicho, la mesa está puesta y el primer plato listo. 
–lo siento mucho –dice. 
–¿y el vino? 
–joder, lo olvidé. 
teresa resopla. 
–bajo ahora mismo. 
–déjalo. iré yo. 
–lo siento. me ocupo del resto en cuanto me haya duchado. 
teresa sale a la calle sin el abrigo, pero tampoco siente las ráfagas de viento ni mucho menos los seis grados. coje la primera botella que encuentra en la estantería, paga y sale de nuevo a la calle, aunque en dirección contraria a la de casa. su móvil suena quince minutos después. 
–¿dónde estás? –le pregunta él. 
¿cómo decirle que en el parque? que ha tenido que regresar al parque y comprobar si la niña seguía allí. ¿cómo decirle que, hace unas horas, vio a una niña sola y que ni siquiera le preguntó si su madre estaba cerca? no hay rastro de la niña. tampoco del señor. hay otros niños, eso sí. jugando y armando jaleo, todos acompañados de padres jóvenes que hablan entre ellos y recogen la merienda de las mesas. teresa da varias vueltas alrededor. nada. ¿es esto buena o mala señal? no sabría decirlo. la niña podría estar ya en su casa, sana y salva. o podría estar en cualquier otro lugar. prefiere no pensar en esta última posibilidad.
–voy enseguida –responde. 

ingrid y toni llegan a la nueve en punto. alaban la comida y les cuentan el cambio de trabajo de él y el posible ascenso de ella. brindan varias veces y durante los postres ingrid saca de su bolso la bolsita con marihuana.  
–hay que celebrarlo –dice alguno de los dos. 
–¡estupendo! –responde sebastián. 
los cuatro salen al balcón. en apenas un par de caladas teresa siente la cabeza pesada. pero vuelve a fumar cuando toni le pasa el canuto un poco después. alguien habla de una película que vio hace poco sobre alienígenas que invadían la tierra. escucha risas lejanas. alguien habla ahora de un amigo de un amigo que ha comenzado a practicar sexo tántrico. escucha más risas, esta vez estridentes y molestas. da otro par de caladas y luego un par más. siente mucho frío y también ganas de vomitar. 
–voy al baño –susurra. 
se lava la cara varias veces y vomita la cena y el vino en el váter. al rato sebastián llama a la puerta. 
–¿estás bien? 
teresa rompe a llorar. 
–¿qué pasa? ¿por qué lloras? 
pero ella niega con la cabeza y esconde el rostro con las dos manos bien apretadas. él la abraza y le acaricia el pelo. lejos de tranquilizarla ella siente que le falta el aire y se aparta. 
–es la niña –dice finalmente. 
–¿qué niña? ¿de qué niña me estás hablando? 
no consigue decir nada más. sebastián tiene los ojos enrojecidos y la expresión divertida, como si todo aquello fuera un sueño extraño y curioso. 
–venga, vamos fuera. te sentará bien el aire fresco. 
vuelven al balcón. teresa se sienta en un rincón. alguien le pregunta si está bien. alguien habla de irse un fin de semana de acampada. alguien le acaricia el brazo.
¿cuánto tardan unos padres en darse cuenta de que su hija ha desaparecido? ¿cuánto en ir a una comisaría y denunciar la desaparición? ¿cuánto tiempo hasta que alguna cadena se hace eco de la noticia y todas las demás comienzan a hacer un seguimiento minucioso y macabro? se levanta de repente y se dirige al salón. esta vez los demás se callan y la siguen con los ojos. teresa pone la televisión y va cambiando de canal hasta que encuentra uno en el que ponen noticias las veinticuatro horas. 
–¿qué haces? 
teresa sube un poco el volumen. 
–¿se puede saber qué te pasa hoy? 
ahora su expresión es seria y crispada. 
–tengo que ver las noticias. 
–¿justo ahora? 
–sí. 
–tenemos invitados. 
–lo sé. pero es importante. 
sebastián resopla, regresa al balcón y cierra la puerta con un portazo. ella se deja caer en el sofá y espera hasta que terminan los anuncios. nota la garganta seca, las manos sudadas y aún le pesa la cabeza. está nerviosa, cansada. si hubiera cambiado de ruta, si no hubiera tenido que pasar por el supermercado, ahora no se encontraría así e inmediatamente se siente culpable por tener un pensamiento tan ruin. 
ingrid y toni se van temprano. están incómodos y sienten que sobran. se despiden apresuradamente. aseguran que repetirán pronto, esta vez en casa de ellos. en la tele no se habla de ninguna desaparición de ninguna niña. teresa respira aliviada durante unos segundos, pero luego, en la cama, piensa que aún es muy temprano y que la noticia saldrá mañana a primera hora. imagina la primera noche de la niña, fuera de su casa, alejada de su madre, aterrada, tal vez muerta. apenas pega ojo en toda la noche y cuando lo consigue, a las tres y media, tiene una pesadilla recurrente en la que debe escapar de algo amenazante, pero sus piernas están paralizadas. 
sebastián sigue sin hablarle cuando coinciden en la cocina al día siguiente. ella le sirve café y luego le explica todo: la niña, el señor, su falta de reacción, sus sospechas, sus miedos. él parece que por fin la comprende y le acaricia el pelo. 
–puede que no sea nada. 
–¿cómo que nada? lo vi todo. vi la mirada de él. la niña sola. caía la noche y no había nadie más. 
él se inquieta: 
–¿por qué no hiciste nada? 
a ella le tiembla la voz. 
–no lo sé. no lo pensé. joder, no lo sé. 
miran las noticias juntos y luego dejan la tele puesta mientras recogen la casa y lavan los platos. apenas intercambian alguna palabra. por la tarde regresan al parque y se sientan en un banco cercano, en silencio, a la espera de ver a la pequeña. esperan media hora y otra más. a las siete, ya de noche, ella tiene tanto frío que propone volver a casa. él está de acuerdo, no sin dar un último vistazo antes. cenan poco. él pone las noticias, por si acaso, para zanjar el tema, pero ella le pide que apague el televisor. 
–¿lo ves? no pasó nada –dice él al rato–. seguramente la niña no estaba sola y el hombre ni siquiera la vio. 
teresa le da la razón sólo para que se calle. lejos de sentirse aliviada se siente un fraude y está enfadada consigo misma. no hizo lo correcto y eso le pesa demasiado. ¿qué clase de persona hubiera dejado sola a esa niña? se mete en la cama aún helada de frío y se aparta hacia un rincón cuando siente la mano cálida de sebastián acariciando su cintura. 

el lunes está de mejor humor. en el trabajo alguien ha llevado madalenas caseras y el jefe llama a primera hora para decir que está enfermo y que se quedará en casa. teresa pasa el día mirando destinos de viajes para semana santa y hablando con sus compañeros. alguien comenta que hizo mucho frío el domingo, otro que aprovechó para ordenar el trastero, otro pide la receta de las madalenas. ella ríe, escucha, asiente, incluso cuenta por alto la cena del viernes, aunque al hacerlo no puede evitar recordar a la niña en el parque. pero en el trabajo nadie sabe lo ocurrido: nadie sabe que continuó su camino sin hacer nada, nadie sabe que durante unas horas estuvo aterrada. nadie tiene ni idea de que se sintió culpable e irresponsable. mala persona. ahí sólo saben que es teresa, la traductora de la tercera planta, la que viaja de vez en cuando y no soporta el olor de cigarrillo. se siente a salvo, tranquila, puede fingir tanto como le plazca. sale a las seis. de noche. hace demasiado frío como para andar despacio, aunque los zapatos le aprietan los dedos y tampoco podría avanzar lo que le gustaría. desde hace horas sólo piensa en llegar a casa y quitarse los zapatos. pasa por el bar donde a veces desayuna, pasa por el centro comercial, por el puente y, finalmente, por el parque. esta vez es el camino que deseaba tomar. la ve enseguida. de lejos. la misma niña, el mismo anorak rosa, el mismo columpio. acelera el paso a pesar de los zapatos. mira alrededor. está sola. vuelve a mirar. quiere asegurarse de que está completamente sola. 
–¿dónde está tu madre? –le grita desde el otro lado de la valla de madera. 
la niña no la escucha. o la ignora. teresa abre la puertecita de la valla y entra al parque. siente que se le parará el corazón de un momento a otro. 
–¿dónde está tu madre? –repite más alto. 
la niña se asusta y deja de darse impulso en el columpio. 
–¿estás sola? ¿has venido sola? ¿y tu padre? ¿tienes hermanos? ¿dónde están? 
ahora le tiembla la barbilla, pero termina señalando hacia el otro lado de la calle. teresa desvía la mirada hacia donde apunta su pequeño dedo: una tienda de comestibles de las que abren veinticuatro horas, minúscula y mal iluminada. ni tan siquiera piensa que, si va hacia allí, la dejará sola de nuevo. no puede pensar en esto ahora. sale del parque, cruza la calle y se acerca a la tienda. tampoco ha pensado ningún discurso. bastará con señalar a la pequeña y decir que le podría pasar cualquier cosa, que qué clase de padres son, que deberían tener más cuidado. con eso bastará, no necesitará más obviedades. cuando está a punto de abrir la puerta destartalada ve a la mujer. en su falda, un bebé en pañales llora sin consuelo. la madre lo ignora porque le está gritando a alguien. al fondo de la tienda teresa divisa a un hombre que también grita y gesticula de forma airada. se queda parada, con la mano en el pomo. no sabe qué hacer. no entiende sus palabras, pero es suficiente con ver los gestos de ambos. en algún momento el hombre alcanza un paquete de arroz de una de las estanterías y lo lanza en dirección a la mujer. ella lo esquiva y los granos se desparraman por el suelo. teresa aparta la mano de la puerta y retrocede varios pasos, esperando que no la hayan visto. mira a la niña, seria y bien sujeta a las cadenas del columpio que se balancea arriba y abajo. respira varias veces antes de tranquilizarse y notar que sus latidos vuelven al ritmo habitual. vuelve a cruzar la calle, regresa al parque y busca el banco más cercano. se sienta y mira a la niña. ella le devuelve la mirada de vez en cuando, hasta que se acostumbra a su presencia y entonces se vuelve a impulsar arriba y abajo. teresa se quita un zapato y se masajea el pie derecho con los dedos. luego el izquierdo. vuelve a sentir frío, pero no se mueve. la niña comienza a canturrear. teresa saca el móvil de su bolso y le escribe a sebastián: “llegaré tarde. puede que mañana también”.

27 octubre 2020

sasa gyoker
Si hay que aclarar tantas cosas,
si hay que matizarlo todo,
si hay que explicarte los mundos,
las flores, los raíles de mi universo

como si no tuvieras neocórtex,

como si fueras una piedra
o un muro o dos iris de pescado,

si hay que hablar con palabras

en vez de con mordiscos o vistazos,

si hay que ir con miramientos

en vez de ir, plácidamente, de la mano
por la avenida de los cojines...

Para mí va a ser quimérico, imposible,

ser feliz y dormir tranquilamente
apoyada en la perpendicularidad de tu cuello;
para mí va a ser una locura, un fracaso,
intentar pasear de tu mano sin odiarnos.

Porque si no eres capaz de intuirme,

de sospechar mis visos, mis tornasoles,
de aceptar que soy yo, así,
la que te quiere y, un día, despierta
y deja de hacerlo, y dice que quién sabe

si es definitivo (que quién sabe si un día cualquiera

de un año que puede ser cualquiera si es lejano
os encontraréis en una calle japonesa y os coméis,
sabe bien y volvéis a enamoraros);

si no eres capaz de arriesgarte a rasgarte entero

con el advenimiento de la ruptura, del desamor
(a más riesgo, en fin, más beneficio, casi siempre),

si no eres capaz de entender, a la primera, con todo
tu cuerpo
que deseo
amarte totalmente con todo el cuerpo, por los siglos
de los siglos, pero que, sin embargo, no puedo 
no,
   no puedo,
                ni parcialmente si sólo con los dedos
o la boca...
                Entonces será mejor
que te vayas, que no vuelvas,
que te busques una falda convencional
-plisada, estable-
que te haga la comida.
                                Yo no cocino.

Puedo ofrecerte

el amor indestructible que dura unos meses.
Puedo ofrecerte el amor verdadero y, luego, desaparecer,
irme a otro
(en pos de un buen augurio...)
hacia mí.

Puedo ofrecerte todo, por un instante: el último

Pero si no eres capaz de entender el significado justo
de "por un instante", "por un momento", "temporalmente",
"una vida", "Historia", "los últimos meses",
será mejor que estrujes el pomo de la puerta
y te marches: será mejor que te evapores.

Yo, pobre mujer sin ancla, pobre mujer de nadie,

mujer que rompe todo, esquemas, corazones, planes,
mujer que no cree en nada, mujer que busca hombre
que acepte el riesgo
                           y lo sortee
                                         y la cace, 
me quedaré aquí, resignada,
sabiendo que vendrán otros como tú,
con pretensiones
de eternidad y de vejez, que ser irán, como tú,
más tarde o más temprano, espantados,

huyendo despavoridos al haber contemplado

mi rostro, mi sinceridad, mi inconsolable pena
al exponerles, como ahora te expongo a ti, amor
indestructible y verdadero, estas condiciones,
esta letra pequeña,
estas miserias mías, estos moldes
de lo que, contra mi voluntad, nunca me salgo:

espantados antes mi conferencia de palabras,

                                                                advertencias
(una vez se han agotado las mordeduras, 
                                                           las miradas)
que, bajo mi triste punto de vista, son trámite
    imprescindible
para iniciar correctamente una historia de amor. 


Aviso miserable, Berta García Faet

03 octubre 2020

Detuvo el motor, se aflojó, largó un aire retenido demasiado tiempo. Bueno, ¿qué querés hacer? Me esperaba cualquier cosa menos una pregunta. Pensé que el resultado era positivo o negativo, que me diría cuánto tiempo me quedaba, en semanas, en días. Pensé que lloraría. Pero una pregunta, no. ¿Qué decís? Pero no pude decir nada, pobre. E hizo una pausa en la que toda mi vida fue un silbido agudo. El bosque eran árboles como tigres alzados. No voy a poder olvidar, dijo, y por primera vez fue solemne. Silencio, más ahogado que el anterior. Un zumbido agarrado a mis oídos cayó con la velocidad de un pájaro muerto. No se podría hacer nada después de esa mirada, qué me toca agregar ahora. Cuando vio que no iba a dar batalla, dijo, prendiendo un pucho, además, ellos están esperando un hijo. Bueno, dos, porque son mellicitos. Y, aunque intentamos ponernos serios, nos tentamos de risa, no sé de qué, la palabra mellicitos. ¿Y si tenemos uno nosotros? ¿Otro hijo?, preguntó ahogado en una tos. Y volvimos a estallar de risa. Un hijo más, nosotros. Ahí estuvimos los dos por última vez riendo a risotadas como un matrimonio feliz. Bajé sin abrir la puerta, era un modelo práctico para separarse. Él dio media vuelta y me vio perderme entre matorrales. El primer momento fue puro dolor. Ese tipo de dolor que no se comparte ni con uno mismo. Estuve de luto mucho tiempo, pero en un momento tuve, como la viuda cuando pone la llave en la puerta de su casa, por primera vez, como cuando cena sin hablar, por primera vez, como la viuda se acuesta sola, por primera vez, una tristeza excitante, salvaje.

                                              Matate, amor, Ariana Harwicz

26 agosto 2020

una noche demasiado larga

neil krug
me dices que estoy equivocada y yo me callo
porque estoy acostumbrada a estar equivocada
y a callarme. aunque no lo esté.
pero, lo admito, la noche está yendo bien:
eres simpático, atento. me haces reír
también tú pareces cómodo: te rascas la barbilla cuando dudas, me miras las tetas creyendo que no me doy cuenta y propones de ir a mi casa.
digo que sí y paseamos hacia el metro rozándonos (cuidadosa y estudiadamente) los brazos, demasiado pálidos para la época.
me cuentas sobre un viaje a méxico y me preguntas si conozco el país. 
no, contesto. pero sé, recuerdo, 
que prefieres la carne al punto, la nieve a la playa, que tienes una hermana mayor y lees a houellebecq.
me indicas para que entre primero y buscas dos asientos apartados donde sentarnos. sonríes.
estamos nerviosos, también borrachos.
queremos vernos desnudos, queremos gustarnos
queremos que dure
fuego 
un exceso que nos calme.

el viaje se hace largo
entran parejas enamoradas
entran hombres cabizbajos 
entra una chica pálida que llora mientras su amiga, descalza, acaricia su pelo lacio 
entran señoras maquilladas, silenciosas, que nadie sabe donde han estado.
salimos nosotros, cogidos de la mano
salimos nosotros, apresurados
salimos nosotros, química, llamas y palabrería barata.

el zumbido de la madrugada, las voces de los vecinos que llegan hasta la calle, las basuras abiertas, el hedor de otro agosto maduro, ilimitado. 
me cuentas de la vez que montaste una banda, de la vez que rescataste un gato subido a un árbol, del coche que vas a comprarte, de la ex que te llama cada fin de semana.
y tú qué, me preguntas
ya hemos llegado.
entonces me besas. en el portal. tu lengua sabe a menta y tequila. no sé qué hacer con las manos. subimos a pie los tres pisos. nos tanteamos en cada rellano. encuentro las llaves a tientas. 
espera, te digo.
abro la puerta y pasas.
así que aquí vives tú, murmuras.
examinas la casa: lees los títulos de los libros en voz alta, desapruebas alguno, escudriñas las fotos, los muebles, acaricias la hoja del helecho junto a la ventana, te sientas en el sofá con los brazos extendidos, la camisa desabrochada y pides un poco de agua.

en el baño me miro al espejo
en la cama esperas desnudo
en el baño me refresco la cara, la nuca. sonrío. bueno, aquí estamos
en la cama me tumbo a tu lado y noto tu mano en mis nalgas, la falda subida, la urgencia, los dedos que avanzan, la prisa, el ritmo que marcas sin escucharme. te corres en tres minutos. tres. minutos. 
tres.
la hostia, murmuras, jadeante, victorioso, echándote a un lado
¿tienes una toalla?
¿en serio? me pregunto en el baño
¿en serio? repito en voz alta.
y me miro al espejo y me dedico un tiempo
apoyada en la pila, humedezco mi dedo y pienso en uno y en otro y palpo despacio y arqueo la espalda y silencio un gemido amplio, glorioso. triunfante.

y cojo la puta toalla.

sonríes y me das las gracias
sonrío y respondo de nada
sonrío y espero un gesto, un acuerdo tácito, un final apremiante y, sin embargo, lejos de esto, te quedas dormido, enroscado a mi cuerpo tieso y sudado.
la hostia, susurro
entonces te das la vuelta y te cubres con la sábana blanca y yo pienso en nosotros: dos turistas, dos extraños, dos almas desajustadas. un inicio tan precario, una noche demasiado larga. tres minutos. tres. un desenlace sin drama. un ronquido. otro. un desatino. de tantos.

26 julio 2020


Mi vecino se volvió hacia mí otra vez y me preguntó cuál era el trabajo que me llevaba a Atenas. Advertí por segunda vez el esfuerzo deliberado de su interés; era como si hubiera aprendido a recuperar los objetos que se le caían de las manos. Recuerdo que mis hijos de bebés, sentados en la trona y tirando cosas solo para verlas caer al suelo, actividad que les resultaba tan placentera como terribles eran sus consecuencias. Se quedaban mirando lo que hubiera caído -una galleta a medio comer o una pelota de plástico-, cada vez más nerviosos ante la incapacidad de la cosa por regresar. Al final se echaban a llorar, y por lo general se encontraban con que el objeto en cuestión volvía a ellos por la vía del llanto. Siempre me sorprendía que su reacción a esa cadena de acontecimientos consistiera en repetirlos: en cuanto tenían el objeto en las manos, volvían a tirarlo inclinándose hacia delante para ver cómo caía. Su regocijo no disminuía nunca, y su angustia tampoco. Yo siempre esperaba que en un momento u otro se dieran cuenta de lo innecesario de su angustia y se decidieran a evitarla, pero nunca ocurría. El recuerdo del sufrimiento no surtía efecto alguno en su decisión: al contrario, los obligaba a repetirla, pues ese sufrimiento era la magia que obraba el regreso del objeto, lo que les permitía volver a experimentar el placer de tirarlo. Si la primera vez me hubiera negado a devolvérselo, supongo que habrían aprendido algo muy distinto, aunque no estaba demasiado segura de qué podría haber sido. 

A contraluz, Rachel Cusk

30 junio 2020

huesos


aela labbé

sara llegó a casa a última hora de la tarde. mamá nos había dicho que llegarían temprano, pero luego nos llamó a las tres para informarnos de que los papeles del alta aún no estaban listos y que iban a retrasarse.
–¿quieres que vaya? –preguntó papá. y luego me miró con una expresión que conocía bien y que significaba que si contestaba que sí tendría que portarme bien, ser responsable y cuidar de mi hermano mientras él estuviera fuera. pero mamá contestó que no y al colgar nos dijo que estaban a punto de llegar y que lo mejor sería empezar a preparar la cena. diego se puso de pie sobre el sofá y comenzó a saltar entusiasmado. llevaba toda la mañana preguntando cuándo llegaría sara y cuándo podría cocinar. él se encargaría, había dicho, de amasar la base del pastel y batir los huevos con la mantequilla y el azúcar. fuimos a la cocina en silencio, a excepción de diego, que ahora nos preguntaba si podría añadir cacahuetes al pastel. papá puso la radio, sacó los ingredientes de la nevera y yo esperé a que me dijera qué debía hacer.
al verlas entrar por el jardín sentí un nudo en el estómago. mamá iba delante, cargando con las cosas de sara. no sé cuál de las dos parecía más cansada. sara llevaba una sudadera negra grande y unos pantalones marrones y desgastados. su pelo rubio sobresalía por debajo de la capucha. ninguna de las dos sonreía y pensé que si no lo hacíamos nosotros tres sería la bienvenida a casa más triste de la historia.
–ya están aquí –dije con la mejor entonación que pude.
papá dejó de cortar la verdura y levantó la vista hacia el jardín. también identifiqué su expresión, ya conocida: una mezcla de miedo y agradecimiento. su hija regresaba a casa, pero ahora dependía de ellos.
besamos a sara con cuidado. estaba pálida y temblaba de frío. diego la rodeó con sus brazitos cortos un buen rato y ella acarició su pelo oscuro hasta que él se apartó y le contó que estaba haciendo una tarta de celebración y que en el colegio había marcado tres goles. yo le dije que la veía muy bien, aunque era mentira. no pesaba más de cuarenta y cinco kilos y me daba la impresión de que incluso respirar le costaba un esfuerzo colosal. se sentó en la cabecera de la mesa mientras nosotros revoloteábamos a su alrededor, pretendiendo no estar pendientes de su mano trémula cuando cogió un vaso de agua ni de sus labios agrietados, ni de sus rodillas puntiagudas que se marcaban por debajo del pantalón. sólo diego parecía no advertir la fragilidad de su hermana y le pedía insistentemente que salieran al jardín a jugar al fútbol.
–ahora no, diego. ahora vamos a comer –dijo mamá.
sara la miró y yo la miré a ella. “no tengo hambre”, esperaba que dijera, pero calló y tomó otro sorbo de agua.
la mesa se llenó de platos que humeaban: verduras, quesos, pasta con nata y champiñones. mamá nos felicitó a los tres y papá cortó la carne y esperó a que nos sentáramos para decir que se alegraba mucho de que todos estuviéramos en casa, por fin. mamá se secó una lágrima con la manga del jersey.
–¿os sirvo? –preguntó él.
diego alargó su plato y pidió una cucharada más de todo. luego me sirvió a mí y después a mamá. finalmente miró a sara y esperó a que ella hiciera el gesto de acercar su plato.
–sólo quiero arroz –dijo.
papá le sirvió una cucharada y ella lo comió despacio, sin apartar la vista de los granos blancos que apenas ocupaban la mitad del plato. era inevitable no darse cuenta de que estaba incómoda y, ni mucho menos, hambrienta pero nadie dijo nada y esperamos a que terminara, mucho después que nosotros, para sacar la tarta de la nevera que se negó a probar. los médicos le habían dicho a mamá unos días antes que no la atosigáramos. sólo conseguiríamos ponerla más tensa.así que comimos la tarta los cuatro, en silencio, mientras ella bebía más agua y hacía ruido al tragar. al terminar, mamá, papá y yo recogimos la mesa y sara y diego salieron al jardín. él chutaba la pelota con fuerza y ella se apartaba con miedo.
–¡la tienes que parar! –le gritaba él.
subí a mi habitación cuando la cocina quedó recogida.
–¿se la ve mejor, no? –preguntó mamá a papá cuando creían que ya me había alejado lo suficiente y no podría escucharlos.
–sí, mucho mejor –contestó él.
me hubiera gustado volver y decirles que no, que no estaba mejor y que era sólo cuestión de semanas o días, tal y como llevaba sucediendo en los últimos dos años, para que volviéramos a lo de siempre: sara se sentaría con nosotros en las comidas algunos días y luego comenzaría a buscar excusas. “he quedado”, “desayuné muy tarde”, “comeré en una hora”, “me duele muchísimo la tripa”. conocíamos todos sus recursos, pero era más importante tenerla en casa y creer que las cosas serían distintas esta vez.
la esperé en mi habitación durante un buen rato hasta que escuché los pasos de diego por las escaleras e imaginé a sara detrás, sin aliento, sujetándose a la barandilla. entró sin llamar y se quitó la capucha.
–estoy helada –dijo–. ¿no está puesta la calefacción?
se sentó en la cama, a mi lado. me dio la impresión de que tenía menos pelo y que sus pómulos sobresalían igual que antes del ingreso.
–¿qué haces? –preguntó.
–¿qué harás tú? –pregunté.
sara se encogió de hombros, apoyó su cabeza en la pared y cerró los ojos.
–¿crees que estás mejor? –pregunté de nuevo, pero ella no se movió y yo cogí el libro que tenía en la mesilla. era un libro aburrido que me había prestado una compañera de clase y creo que sólo lo cogí para que ninguna de las dos se sintiera obligada a hablar más. sara terminó metida en mi cama, bajo las sábanas, y me pidió que leyera en voz alta. le dije que no, que si lo hacía no conseguía concentrarme en el argumento del libro. ella respondió que eso era una chorrada y que lo intentara, al menos. la obedecí porque no quería discutir en su primera noche en casa. a los pocos minutos se quedó dormida. dejé el libro sin hacer ruido y me fui a su habitación. su cama olía a limpio y las sábanas estaban heladas. 
pasaron un par de días de extraña normalidad. actuábamos como si todo estuviera bien, en orden. papá se marchaba a trabajar a las ocho, diego y yo íbamos a la escuela y mamá y sara se quedaban en casa. sara debía recuperar todo el tiempo perdido y preparar sus exámenes finales. al regresar de la escuela la encontrábamos en la mesa del salón rodeada de libros abiertos y una manzana mordisqueada por un solo lado. la décima noche, como había hecho desde su regreso, entró en mi habitación y se sentó en la cama. cerré el libro de matemáticas y me giré. se había maquillado un poco y se había peinado con una coleta alta. estuve a punto de decirle que tenía buen aspecto, pero luego recordé que era preferible, como había dicho mamá en algún momento, no mencionar nada su apariencia porque eso la hacía consciente de su cuerpo y la ponía en alerta.
–¿vas a salir?
–sí, en un rato.
–¿te dejan?
–¡claro!
–vaya, qué suerte. ¿con quién has quedado?
–con amigos. no los conoces. ¿quieres venir?
–no me van a dejar.
–si se lo pregunto yo a mamá seguro que te deja.
–¿en serio?
–espera. ahora lo verás.
se levantó y corrió escaleras abajo. no pasaron más de dos minutos cuando regresó sonriendo y con su pequeño estuche de maquillaje.
–arreglado. 
tuvimos que prometer varias veces que a las doce estaríamos en casa y que nada de meternos en líos. diego se quejó. también quería venir con nosotras y le tuvimos que prometer que al día siguiente jugaríamos al fútbol con él. mamá nos dio dinero y papá nos dijo que estábamos muy guapas, aunque no tendría que haberlo dicho, supongo.
sara caminaba deprisa. de repente parecía tener más energía que toda la familia junta y me costaba seguirle los pasos. en el primer estanque que encontró compró un paquete de cigarrillos y me ofreció uno. yo negué con la cabeza.
–haces bien –dijo.
–¿adónde vamos? –pregunté.
fuimos a casa de un amigo. o eso dijo ella. no creo que fueran muy amigos porque cuando abrió la puerta lo único que hizo el tipo fue mirarnos de arriba abajo y preguntar quién era yo y cuántos años tenía. sara respondió que se tranquilizara un poco y él retrocedió un par de pasos y nos dejó pasar de mala gana. en el salón había unas seis o siete personas. la mayoría saludaron a sara y se alegraron de verla. una de las chicas le preguntó cuánto tiempo estaría libre y ella contestó que todo dependía de lo bien o mal que lo hiciera esta vez. nos sentamos en un sofá grande y alguien nos acercó un vaso y bebimos. después de la primera cerveza comencé a relajarme. mi hermana hablaba con todo el mundo y se reía por cualquier cosa. parecía contenta, casi feliz de haber vuelto al mundo de los normales. comentaba anécdotas del hospital que hacían reír a los demás y que nunca nos había contado en casa. de vez en cuando me miraba de reojo, supongo que para cerciorarse de que seguía allí y estaba bien, y yo la sonreía. estaba guapísima. cuánto más la observaba, gesticulando, asintiendo, sosteniendo su vaso de cerveza con sus dedos finos y larguísimos, más me embelesaba su voz, sus gestos, sus cabellos rubios y largos y sus rodillas huesudas. si alguien en ese momento me hubiera preguntado quién quería ser de mayor, sin dudarlo hubiera contestado que mi hermana sara. bebimos bastante más. mi cabeza daba vueltas y el aire del salón estaba cargado y denso. alguien puso música y una pareja comenzó a bailar en el minúsculo espacio entre el sofá y una mecedora vieja. sara aplaudía. uno de los chicos alargó su mano para invitarla a la improvisada pista. ella se negó lo justo para que él no desistiera. él la cogió por la cintura y ella colocó sus brazos por encima de sus hombros y apoyó su cabeza en la clavícula de él. no seguían el compás de la música ni les importaba en absoluto. hubo algunos silbidos. pensé que eran novios y que por fin, después de varias semanas, se volvían a ver. al rato le pidió sentarse. estaba agotada y necesitaba descansar. volvió a mi lado mientras él desapareció en la cocina.
–¿es tu novio? –le pregunté.
tenía mala cara. estaba pálida y su pelo rubio se había pegado a su frente sudada. se levantó de repente y corrió hacia el baño. la seguí y le aguanté el pelo antes de que se arrodillara delante del váter y comenzara a vomitar.
–no es nada –decía–. no es nada. es sólo la cerveza. me ha sentado mal. nada más, ¿de acuerdo?
–no es nada, no es nada –repetía yo, asustada.
el chico que había bailado con ella trajo un vaso de agua y la ayudó a levantarse. mi hermana le pidió que llamara un taxi y él nos acompañó hasta la calle mientras esperábamos a que llegara. desde la calle se escuchaba la música alta y las risas de los que aún seguían en la fiesta. por una de las ventana alguien se asomó y nos preguntó si íbamos a por hielo. 
–vete a la mierda– contestó el chico.
el aire fresco le sentó bien a sara, que comenzó a tararear la canción que sonaba arriba.
–todavía es temprano. tomemos otra y luego nos vamos– dijo.
el chico dudó y me miró a mí como si fuera yo quien debiera tomar la decisión.
–creo que es mejor que no –musité un tanto avergonzada por tener que tomar la decisión más aburrida y sensata.
–oh, vamos –protestó ella alargando las palabras como si fuera una niña pequeña–. ya estoy bien. ha sido la última cerveza. no debería habérmela tomado, pero estoy mejor. de hecho, estoy perfecta y quiero bailar un rato más. hace mil años que no me divierto un poco. por favor, hermanita, vamos a bailar.
el taxi llegó justo entonces y el taxista se detuvo delante de los tres.
–¿vais a subir, o qué?
el chico ayudó a sara, que aún se tambaleaba, a entrar mientras ella repetía que no quería volver a casa y que éramos unos aburridos. le dije la dirección al taxista y él se quedó mirándonos unos segundos por el retrovisor.
–no va a vomitar, ¿no? –preguntó.
–no, no. claro que no –me apresuré en asegurarle.
arrancó el coche y ella apoyó su cabeza en mi hombro.
–creo que le gusto –dijo.
no contesté. estaba pendiente de la cuenta del taxímetro, que iba subiendo, y esperaba que llevara suficiente dinero para pagar y no tener líos con el hombre o, peor aún, tener que pedírselo a mamá cuando llegáramos a casa.
–¿sabes que esto no va a salir bien, no? –dijo a medio camino, cuando creí que se había dormido y el taxímetro marcaba 13,20 euros.
–¿qué?
–que no saldrá bien. esta vez, tampoco.
–¿de qué hablas?
–de mí. de esto.
no supe qué contestarle, aunque sabía bien de qué hablaba y también yo creía que no iba a salir bien. bastaba con verla. con ver cómo había llegado a casa hacía menos de una semana, ojerosa, tan pendiente de su cuerpo menguante y de cómo había sobrevivido una semana a base de medias manzanas y granos de arroz contados.
–bueno, ya veremos –terminé diciendo sólo para no dejarla sola con sus propios pensamientos. no estoy segura de si luego se durmió porque el resto del viaje lo hicimos en silencio y su respiración se volvió pausada.
mamá seguía despierta cuando llegamos. estaba sentada en el sofá de delante de la ventana y nos abrió la puerta nada más vernos.
–¿lo habéis pasado bien? –preguntó cuando cruzamos la verja.
–mucho –contesté yo para que no tuviera que hacerlo mi hermana.
–estupendo. cuánto me alegro. ¿os preparo un vaso de leche o algo?
fue inútil decirle que no. ya lo tenía preparado. nos sentamos las tres en la mesa de la cocina. nos miraba a una y después a otra como si no pudiera creerse su suerte.
¿no me contáis nada? –preguntó al rato.
el vaso de mi hermana seguía intacto y sus ojos se cerraban por momentos.
hemos bailado un poco –comencé a decir yo- y después…
sara se dio la vuelta y tras la primera arcada vomitó un líquido amarillento que salpicó en sus tobillos y mis pantalones nuevos. pude ver la expresión de terror de mamá que se levantó de inmediato y, frente al suelo manchado, no supo qué hacer. sara comenzó a disculparse como había hecho un rato antes conmigo. la cerveza le había sentado mal, repitió varias veces. mamá comenzó a chillarnos. apenas entendía lo que decía. me señalaba con un dedo y luego se llevaba las manos a la cabeza y luego volvía a chillar más aún. papá bajó y, detrás de él, también diego, aunque creo que sólo yo advertí su sombra en la escalera.
¿qué pasa?
ha vuelto a vomitar –contestó mamá sin poder contener el llanto.
papá nos mandó a todos a la cama. cogí la mano de diego y lo metí en su cama.
¿se volverá a marchar? –preguntó con los ojos muy abiertos.
contesté que sí porque estaba enfadada y porque no quería mentirle más. luego le dije que se durmiera y cerré la puerta aunque no le gustaba dormir con la puerta cerrada. abajo sara seguía haciendo promesas y jurando cosas que no iban a ocurrir. al menos mamá había dejado de llorar y papá mediaba entre las dos con su voz suave. me encerré en mi habitación, me quité los pantalones sucios y la camisa que me había dejado mi hermana y me senté en el borde de la cama. observé mis rodillas puntiagudas, mis piernas flacas, los tobillos estrechos, los brazos escuálidos. me toqué la clavícula, la nuca, las costillas salientes, las vértebras. casi como ella: nada más que huesos.