tú le regalarás flores blancas
sus preferidas
ridículamente caras
no tendrá jarrón
pero se abrirá de piernas,
dócilmente
pendiente de tu mirada, de tus manos
de las nuevas preferencias que aprendiste del porno, de anteriores
con algo de imaginación
que ejecutas con precisión, sin amor
con la camiseta puesta
por si hay que irse deprisa
y prometerle que volverás
mañana.
pero mañana no será.
la llamarás, eso sí
te interesarás por sus miedos
sabrás comprenderla, apiadarte
pronunciar las palabras que se esperan de ti
educadas, fieles
artimañas
y ella te dirá que nadie como tú
nadie
tú le pedirás tiempo, espacio
que entienda
que se joda (no, no se lo dirás así. no,
no lo entenderá así)
que has pasado por
que has sufrido hasta
que has llorado tanto
ofrecerás más flores, más halagos, más citas egoístas
ella se abrirá, se abrirá, se abrirá
comprará dos jarrones
secará los pétalos entre hojas de libros que no ha leído
te pedirá que te quedes y te enviará canciones dedicadas
que escucharás hasta el segundo diez y luego borrarás.
accederás: te quedarás y la despertarás a media noche
montado encima
a oscuras
tirarás de su pelo, mordisquearás su piel fina
te correrás antes que ella, sin preguntar
antes de marcharte le pedirás tiempo, espacio
que entienda.
aprenderá rápido
se echará novio, luego novia
coincidiréis en fiestas, en la calle, en la cama cuando
te llame alguna noche que no tiene compañía
te follará sin preámbulos ni promesas
sus pechos más llenos, su saliva más densa
y al despediros, en el rellano, pedirá que te apresures por si acaso, divertida, con la mirada viva, la mente en otro.
llegarás a tu casa de madrugada
no tendrás alimento que vomitar
bebida que desborde las horas
recuerdo que deformar
la pensarás cuando conozcas a las demás
le escribirás cuando te tiemble el pulso de insomnio y pasado
repetirás palabras que un día te murmuró y aún recuerdas de noche, sentado delante de una carta sin enviar.
sabrás que está bien
que no se esconde
que te echa de menos algunos días alegres
que sigue aprendiendo rápido, mucho, por fin.
te parecerá que creces, rápido
que sabes, mucho
que vives
por fin.
te invitarán a cenas, a tríos, a nueva música, a casas extrañas
dirás sí, no, sí, no, tal vez, sí
te gritarán hijodeputa, miamor, llámame, ven, lárgate
llegarás a tu cama de madrugada
buscarás alguien con quien hablar
quien sea
de lo que sea
teclearás nombres que te maldicen que te olvidaron que te hacen avergonzar y terminarás, aún con el abrigo puesto, acurrucado en un rincón de la cama manchada de vino rancio, semen, restos de cuerpos invisibles.
no soñarás con tu abuela enferma
no soñarás con tu madre triste
no soñarás con viajes ni fortuna. tampoco con ella. al despertar te parecerá que ha transcurrido una década, pero no. apenas habrán sido unas horas luminosas de un día que no valdrá la pena contar
desayunarás migajas y esperarás, esperarás, esperarás
que algo cambie que algo estalle que algo se rompa dentro, fuera, que sepas cómo, por dónde, cuándo, para quién.
te olvidarás de comprar comida y beberás demasiado antes de pensar
te ilusionarás con un inicio que se quedará en inicio
torcido. minúsculo. penoso
trabajarás deseando que el metro te devuelva a casa
a qué casa, te preguntarás cuando compres un espejo nuevo para mirarte de reojo, sin afeitar, sin intención
reconocerás que está siendo diferente. una mierda. nada se rompe. nada cambia. nadie te recogerá cuando temas que estás cayendo. aunque no estarás cayendo, sólo acostumbrándote.
la llamarás: no estará
la llamarás: tendrá poco tiempo
la llamarás: te mandará un beso que sentirás hielo
la llamarás: he conocido a alguien, le anunciarás.
tú
me
conocerás.
llegaré
como todas, sin carruaje, sin adiestrar
despertaré tu curiosidad tu sexo
los poemas que tenías comenzados
otro cuento
querrás demostrarme, esforzarte, intentarlo de verdad
esta vez será distinto
prometerás lo mismo, pronunciarás igual
me regalarás flores blancas
esas flores blancas
la llamarás: sólo quería decirte
te llamará: llamaba para saber
te llamará: no te olvido, nadie como tú, para siempre, pase lo que pase, siempre, siempre, gemelas, almas, nadie.
esas flores blancas
que creerás son mis preferidas.
16 diciembre 2015
08 diciembre 2015
Ahora. Bien. El punto.
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso.
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias.
Hablar solos, A. Neuman
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso.
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias.
Hablar solos, A. Neuman
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