15 mayo 2024

Hace diez años que me casé, en un día de enero de un calor desvergonzado, del brazo de mi padre, en un vestido hecho por mi madre, con la misma risueña ceguera que empuja al vacío al que hace puenting
Tenía treinta y cuatro años; no era una novia joven, pero cuadraba con mi estrecha franja de mundo: hija el baby boom, profesional de clase media, ombliguista convencida. Las de mi perfil no nos casábamos jóvenes. Cuando nosotras teníamos ventintantos, el matrimonio estaba tan de modo como las fiestas de Tupperware. 
Me casé con el hombre con el que me casé porque me gustaba más la versión que tenía él de mí que la mía propia. Me casé con él porque lo quería, porque me sentía más real con él de lo que me había sentido con nadie. Me casé con él porque le encantaba Ford Madox Ford, porque preparaba unos martinis perfectos, porque podíamos pelear sin que se desmoronasen las paredes, porque estaba más cómodo con ser hombre que cualquier otro que hubiera conocido, porque asumía la responsabilidad con una facilidad engañosa, y porque se le humedecían los ojos con el buen talante cotidiano de la gente corriente. No eran ni mis mejores ni peores, en lo que a razones se refiere, que cualquier otra que haya oído: tales decisiones dependen de una ilusión óptica, de un tic del reloj, de la decisión urgente de un corazón errante y poco fiable. 
El primer San Valentín que celebramos tras la boda, mi marido me regaló unas toallas de baño. Eran toallas rojas, de las “suplentes”, de esas con hilos salidos y otros defectos que las condenan a los estantes de oportunidades. Por todo envoltorio, le había puesto un lazo a la bolsa de la tienda. Recuerdo que lloré mientras las desdoblaba. Estaba furiosa: las toallas eran una metáfora que empañaba el sol, que chillaba por encima del tranquilizador zumbido de la cotidianeidad que estaba formándose poco a poco a nuestro alrededor.
Fue una crisis romántica, unos cálculos emocionales e históricos en los que mi marido, por desgracia, no dio la talla. 
Ahora soy capaz de ver que por entonces no éramos realmente un matrimonio; seguíamos en el estadio del romance adolescente –me quiere, no me quiere-, fascinados aún por el drama agudo y la emoción subida de tono del cortejo y de la pasión, en los que una mirada de reojo puede detonar un repentino peligro emocional. Lo que no recuerdo ya es por qué estaba tan enfadada. El razonamiento debió de ser algo parecido a esto: yo lo he apostado todo por este hombre y no es lo que pensaba; no es el hombre que llora cuando lee a Ford Madox Ford. Me he definido a mí misma en función de esta elección, de este hombre, y resulta que es de Esos Que Te Regalan Toallas.
Me sonrío cuando recuerdo ahora esta historia, ambientada en la fase en la que el matrimonio es todavía un espejo que solo refleja el parecer propio, tan cuidadosamente construido como fácil de quebrar. Mi marido sigue regalándome toallas de baño todos los años de San Valentín y todos los años me río. Se ha convertido en parte de nuestra mitología. Pero la risa es en sí una incisiva crítica a cómo han cambiado las cosas, a cómo cada uno ha cambiado, a cómo las dos personas que sonríen por esta broma llevan manchas imborrables de las expectativas y las decepciones del otro, a cómo quienes somos es un compuesto de quienes podíamos haber sido reflejado a través de la lente de la persona con quien nos casamos. La risa en un cubrecama que tapa los palos que nos hemos dado el uno al otro, las cicatrices que nos han dejado las distintas cirugías que nos hemos practicado mutuamente, los entusiasmos desalentados para que pueda surgir una pareja. 
Cuando estaba soltera, equiparaba el matrimonio con un hundimiento: tu identidad desaparecía, tu intimidad quedaba invadida, tu yo, sumergido. Después de casarme descubrí que estaba en lo cierto; lo que no sabía era hasta qué punto podía ser anfibia. 
Todos los matrimonios son prendas remendadas. En el matrimonio n haces que todo sea mejor; lo superas. Al casarte, tal y como advirtió Robert Louis Stevenson, “estás metiendo voluntariamente en tu vida a un testigo y se acabó lo de hacer la vista gorda con pasajes en los que no quedas bien retratado, mas has de enderezar el cuerpo y responsabilizarte de su tus actos”. Porque si tú no lo haces, lo hará ella… Hay una hondura de intimidad en el hacer el amor domesticado que no tiene parangón: con todo, hay momentos en que la idea de hacer el amor con una única persona durante el resto de tu vida puede darte dolor de cabeza. De modo que ¿dónde nos deja eso, aparte de mirando al techo a las tres de la mañana o el uno al otro por encima de los restos del tiramisú? No lo sé. El matrimonio, cuando funciona, es un misterio hecho de un ir y venir tan complejo de afecto, admiración, furia, ritual, así como un entender paulatino de que, con la persona adecuada, no es tan mal forma de vivir la vida. Pero si significa renunciar al fuego y a los primeros besos, entonces parece algo más que una pequeña muerte. Así que no te queda más remedio que una elección sencilla: abnegación o traición, contención o éxtasis, tierra o fuego, la dama o la vagabunda. La mayoría optamos por no asumir el riesgo mientras dejamos abierto el resquicio, en lo que se parece mucho a cómo yo sigo sin fumar solo porque hago como que todavía no me he fumado mi último cigarro. 
Pero entonces es domingo por la tarde. Mi marido y yo estamos jugando al Monopoly Junior con nuestra hija. Las trompetas de Chet Baker se han apoderado de la habitación. Yo de soltera le tenía manía al jazz, pero ahora nuestro matrimonio está marinado en esta música, en las formas en que he cambiado y las cosas que he llegado a saber, en exasperación y elegancia, en la poesía de la cotidianeidad, en el solaz de la compañía del otro. 
Veo las maneras en que mi marido me ha salvado, las formas en que yo lo he salvado a él. Los miembros fantasmas que perdimos en la construcción de este matrimonio siguen doliendo, pero en ese momento la pérdida parece un gaje del oficio manejable. Solo veo el valor y la bondad que suscita el matrimonio, no los costes, y me da la impresión de que nos da la única oportunidad de ser héroes. Quiero que la canción que está tocando Baker no se termine nunca. 

En la prosperidad y la adversidad, Lynn Darling


08 octubre 2023

Qué razonable sería sustituir en las bodas la palabra muerte por la palabra tedio, ¿no crees? El mundo sería un sitio más alegre y sobre todo, más comprensible y comprensivo. Observa cómo cambiaría la cosa, imagínatelo dicho frente a un altar: "Prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que el tedio nos separe". Y es que en realidad la muerte no separa, sino que une incluso más, ninguna persona ama más ni se siente más unida a su pareja que cuando esta muere. Le pasa a mi abuela, que lleva viuda cuarenta años y no deja de comparar peyorativamente a todo hombre con su marido, y le pasa a mi prima María, que tiene al impresentable de su marido en muerte cerebral desde hace dos años y ahora le quiere más que nunca, solo piensa en él, no es capaz de desconectar al tipo y rehacer su vida. Le ama más que nunca cuando antes no le soportaba. Lo que nos separa (además de, por ejemplo, la ludopatía, el alcoholismo, el maltrato, el embrutecimiento, la prodigalidad y la obesidad sobrevenida) suele ser principalmente el tedio, jamás la muerte. El tedio de ver cómo todo lo que te irrita de tu pareja y lo que a tu pareja le irrita de ti se repite siempre, porque nadie es capaz de cambiar jamás, y ya no llega nada nuevo que compense como un contrapeso aquello que sabemos que se repetirá mañana, y que nos volverá a irritar, y que a veces no es más que el ruido que hace tu pareja al tragar agua, la manera en que guarda la botella de vino de pie y no tumbada, como ha de guardarse siempre un vino, o la manera en que uno tiene de sonarse los mocos sonoramente antes de dormir, ese hacer la cama sin precisión, que deja el edredón más largo por un lado que por el otro, o la previsible petición de que bajes la música al tercer tema de algún disco que el otro considere inapropiado para ese momento en que tan apropiado es para ti, o en fin, cualquiera de esas mínimas molestias que manan de nuestra cotidianidad como gotas de no provocan nunca una inundación, pero que jamás nos dejan descansar del implacable y enloquecedor ruido del goteo.

Los días perfectos, J. Bergareche


30 abril 2023

cronología de un inicio

acordáis quedar a las siete y media. nunca habéis hablado y no sabes cómo suena su voz. pero al menos sabes que escribe sin faltas de ortografía y eso ya te parece un buen indicador. te preguntas si cada vez (les) pides menos, pero te quitas esta idea de la cabeza rápidamente y sales por la puerta esperando que no sea un desastre. sí, cada vez (les) pides menos. en el metro revisas las últimas conversaciones, cuando, finalmente le pasaste el número de teléfono, un tanto desconfiada, esperando que no abusara de mensajes, ni besos de buenas noches, ni canciones empalagosas. no lo hizo y te preguntaste entonces si no estarías ya muy desencantada de ellos, de los inicios, de la búsqueda de no sabes muy bien qué. te contaba, en esos últimos mensajes que recibías mientras preparaba la cena, distraída y cansada, que estaba en toulousse por trabajo y que hacía fresco, que había tenido un perro, que le habían operado el tobillo un par de veces, que había estado en las vegas y en tokio, que estaría en barcelona y que podríais conoceros. dijiste que sí y no te preguntaste nada. llegas temprano. él te llama antes de salir del metro. dudas en si debes responder. imaginas que serán malas noticias: ha decidido que no es una buena idea, se ha quedado encerrado en casa, se ha roto una pierna. respondes. llegará tarde. lo siente, dice. no pasa nada. hubieras deseado escuchar su voz por primera vez por otro motivo. no pasa nada. lo esperas sentada en el banco de un parque infantil. los niños corretean, se persiguen y se tiran arena los unos a los otros mientras sus madres, en el banco contiguo al tuyo, hablan de sus hijos maravillosos y sus maridos ausentes. podrías volver a tu casa ahora mismo. podrías pasar la noche en pijama, leyendo y comiendo patatas fritas en la cama. podrías hacer que no pase. llega puntualmente tarde, como te había dicho. el corazón no te da ningún vuelco, no te tiemblan las piernas, no te sudan las manos, no sientes la garganta seca ni un vértigo en el pecho. te gusta. no funcionará. bueno, tal vez sí. él prefiere terraza y tu interior. el vino está frío y bebes rápido. recuerdas que casi no has comido al mediodía y que deberías espaciar los sorbos. para cuando él ha terminado su copa, tú estás a la mitad. habláis de esto y aquello, temas banales que, sin embargo, parecen trascendentales y de los que no quieres perder detalle. os cuesta miraros a los ojos durante mucho tiempo prolongado. los tiene oscuros, pequeños. no le gusta el fútbol, no tienes perro, prefiere la montaña, te gusta el calor. se hace de noche, tienes frío y él se arremanga la camisa. decidís ir a cenar por algún sitio cerca. no tienes hambre, pero tampoco tienes ganas de marcharte a casa. piensas que todo esto es extraño. 
¿no te parece extraño todo esto? –preguntas. 
¿qué, exactamente? 
y te mira durante un segundo de más y desvías tu mirada hacia el suelo, como haría una niña a la que han regañado por haber pintado una casita con chimenea y jardín en las paredes del salón. encontráis un sitio rápido. ¿tenéis reserva? no, no habíamos planificado nada de esto. os indican una mesa del rincón y os sentáis uno delante del otro. de estar en casa ahora, no sentirías este cosquilleo en el pecho. el camarero os trae la carta y te llama guapa. trae vino. bebes rápido, no deberías. los silencios se alargan cada vez más y piensas que, tal vez, ya no tenéis nada más que contaros aunque no sabes nada de él. habla alemán, tuvo un accidente de coche, su padre murió hace doce años de un cáncer de pulmón fulminante, su madre se volvió a casar con un belga y ahora viven en una casita con chimenea y jardín a las afueras de marsella. te dice que no le sienta bien fumar marihuana. bien, piensas. te dice que alguna vez toma cocaína, cuando sale por ahí. bueno, piensas. te dice que hace nueve meses que no está con nadie. bien, piensas. te dice que le gusta tu pelo. piensas que te lo dicen todos. en la mesa de al lado se sienta una pareja mayor. el con pajarita y ella con el pelo blanco y cardado. se sientan uno al lado del otro y piden dos gin tonics que beben en silencio, sin apenas mirarse. te parece una suerte poder convivir de esta forma, sin palabras, sin gestos. cuando todo se da por sentado y está bien así. se lo contaríais a él, pero crees que es demasiado temprano y que, posiblemente, no va a entenderte. tomas otro sorbo, le miras de reojo. aún no sabes si te gusta lo suficiente, pero no hay prisa. os termináis el vino, el camarero retira los platos, ¿queréis postre? tú dices que no, él que sí. os reís. estáis cómodos. ¿estará cómodo él también? lo parece. no lo sabes. os traen la cuenta y él insiste en pagar. y ahora qué, te preguntas. evitas mirarlo y hay un silencio que no sabes cómo rellenar. desearías ser la pareja de al lado. eres muy guapa, te dice de repente y, bueno, eso sí que no lo esperabas y sonríes y no sabes qué más hacer, qué decir. gracias, menuda respuesta, no podrías haber dicho otra cosa. haces una broma, le quitas hierro al asunto y la tensión se desinfla. de estar en casa ahora, estarías en pijama y con la tele puesta, enganchada a una película que terminarías quitando a la mitad. se acerca y te besa. eso pasa rápido, tampoco lo veías venir, no te importa, crees que te gusta. te gusta. besa bien. huele bien. sujeta tu cara con sus dos manos cálidas y ya no te rueda la cabeza, de hecho, estás serena, bien despierta, expectante. le invitas a casa y, de camino, recuerdas que no hiciste la cama ni bajaste la basura y la ropa desordenada se apilona en la silla. tampoco tienes preservativos. mierda. os besáis en el ascensor y cuela su mano por dentro de tus pantalones. tenéis prisa. entráis a oscuras. la casa huele a incienso a pesar de que hace semanas que no compras en la tienda de los chinos de la esquina. te quita la ropa con lentitud, como si fueras un regalo. te mira como si fueras un regalo. ahora ninguno de los dos desvía la mirada. le coges de la mano y lo llevas a tu cama, que no hiciste y que ahora no te importa. desnudos parecéis otros: más humanos, más frágiles, menos habilidosos. no tengo condones, susurras. yo tampoco, dice él. durante un segundo dudáis. qué hacer. os besáis, os tocáis, os tanteáis. un lunar, una cicatriz, una verruga, un tatuaje, un cuerpo extraño y nuevo que te sorprende y al que deseas complacer. folláis sin condón. qué esperabas. ni siquiera lo piensas. no piensas en nada. sientes sólo este cuerpo extraño y nuevo, extraño y nuevo, que se mueve distinto a otros y que, sin embargo, funciona exactamente igual que todos los demás. os susurráis, os decís, os ofrecéis, os prometéis en silencio hasta que os rendís agotados, aliviados, tan desnudos. os dormís, uno al lado del otro. aún muy temprano para abrazaros. aún muy temprano para saber que a los dos os gustaría hacerlo y sentir el cuerpo del otro bien cerca. por la mañana la luz del día cambia las formas, los cuerpos, el tono de la voz. hay una cordialidad bizarra, un tanto esquiva y forzada. y, sin embargo, repetís la función de ayer. quizá con más ímpetu, con la certeza de saber más, mucho más del otro porque en una sola noche ya os conocéis mucho más que hace una semana. te confía que le gusta de esa manera y lo haces de esa manera. parece fácil, tan fácil. os dormís de nuevo, esta vez abrazados, con un leve dolor de cabeza de dormir poco y beber demasiado, el cuerpo ligeramente magullado, la sensación de no saber y de que no importe mucho, en realidad. os despedís a media tarde, confundidos, tristes y eufóricos al mismo tiempo. todo ha estado bien. demasiado bien. entonces, ¿hablamos? ¿nos llamamos? os dais un abrazo largo, tan largo que parece que no queráis separaros, pero lo hacéis y os decís adiós y os miráis de nuevo, esta vez distinto, con cierta esperanza, cierta luz, cierto temor a que esto funcione. el mismo a que esto no funcione. y se irá. la casa parecerá más silenciosa, recogerás la toalla del suelo, limpiarás las tazas, cambiarás las sábanas. tu cuerpo, dolorido, olerá a sexo. tomarás una ducha larga y sonreirás al recordar cuando. intentarás leer algo, escribir algo, hacer cualquier cosa para volver a tu vida, la de hace menos de un día, pero la cabeza volverá al momento en el que él, cuando tú, y después él. él te enviará un mensaje más tarde, por la noche, cuando estés tumbada en el sofá medio dormida, mirando una película que no te interesa. te dirá que lo pasó muy bien contigo y que también se acuerda de cuando. sonreirás. le contestarás a los veinte minutos, el tiempo prudencial para que no crea que vives pendiente del móvil. apagarás la tele, la casa quedará a oscuras. observarás los vecinos del edificio de enfrente que, como tú, miran una película sin interés en una televisión que ocupa la mitad del tamaño de su salón. te meterás en la cama con las sábanas limpias, el móvil al lado, y cerrarás los ojos. y entonces notarás ese peso, ese vacío en el pecho, ese hueco profundo y familiar. un leve temblor en los labios. un nudo en algún punto inexacto de tu interior que ningún anatomista sería capaz de precisar. recordarás ese día, esa cara, ese cuerpo que te sobrevuela todavía, a todas horas. querrás salir de ahí con los nuevos recuerdos, con los recientes, los de ayer, los de esta mañana, pero los pasados tirarán de ti con más fuerza, mucha más, y se extenderán hacia las yemas de tus dedos, la clavícula, los tobillos. todas tus células se convertirán en un recuerdo pasado que se resiste a esfumarse. de nada habrá servido ayer, esta mañana, cuando él dijo y tú pensaste. todo contaminado, de nuevo. y llorarás pacientemente, sin estridencias, como llevas haciendo semanas, hasta sentirte serenamente vacía, esperando que mañana puedas hacerlo algo mejor.