No les nacen los bebés
a las mujeres de mi tiempo.
No les nacen
por el peso inerte de sus profesiones.
No les nacen
por ser hombres
y llevar traje y jornada de 16 horas.
No les nacen porque escuchan que ahora no,
y respetan células.
El vientre sabe el límite de juventud,
el precio del metro de cuna.
No habrá hogar y tiempo.
Les crecerá el exceso,
el juego con extraños,
vestirán deprisa, crecerán deprisa,
impondrán su acento solitario y malcriado.
Niños de pantalla y tardes de abandono,
no nazcáis.
Os perderéis la madre que acunaba aguas
y prometía naturaleza.
Os espera el hormigón,
muro de carga interurbano,
inocentes derramados
por un disparo limpio y diplomático,
la pizarra manipulada,
el amante suicida y drogadicto,
y el hijo, otra vez.
Os espera decidir,
si dejáis nacer al hijo,
para llenar vuestros fracasos.
Silvia Nieva
30 noviembre 2014
12 noviembre 2014
lecciones
el último día, ya de noche, echados en un sofá más corto que nuestras piernas huesudas
me preguntó qué había aprendido de todo aquello.
todo aquello, repetí para mis adentros
como si hubiéramos superado un tumor maligno extendido por todos los órganos malheridos, una guerra nuclear de la que sólo sobrevivieron las larvas, una muerte cercana.
qué había aprendido preguntó
sin insistir en mi respuesta
ensimismado, pensando, tal vez, en la suya propia
y puede que no contestara. no esa noche del último día, echados en un sofá corto
no mientras doblaba sus camisas y las colocaba ordenadamente en su pequeña maleta de cuero encontrada en la calle.
no lo hice cuando me levanté de la cama, una de tantas veces, y reparé en los bultos al lado de la puerta. todo listo para marcharse.
no muy lejos, pero a otra parte.
ni cuando, al regresar, tapándome con la manta hasta la barbilla, susurró que había estado soñando conmigo, aunque no recordaba nada.
qué aprendí.
aprendí que íbamos a seguir siendo dos errores, dos benditos
dos días juntos, dos premios vacilantes
dos gotas de agua de distintos ciclones
y sonreí.
aprendí que cuando grité que no, que nunca más, que se largara, se quedó
que cuando me dolió, seguí admirándolo
que no era distancia, sólo queja
que cuando debimos dejarlo reposar lo removimos
a consciencia
a carcajadas
a bocajarro
y no nos resquebrajamos, ni las sombras ennegrecieron, ni aminoramos el paso, ni cambiamos de sendero.
aprendí que en el futuro iban a unirnos las partidas, las ausencias.
las noticias ocasionales
el titubeo
el espacio vacío y la tierra seca.
que el frío volvería a ser frío
el calor, helado
el silencio más omiso
la carne menos nutrida y sin embargo, a pesar de lo perdido,
íbamos a ser dos milagros, dos inútiles inventos que un día nos funcionaron
dos acordes de una misma nana,
dos valiosos relatos atesorados en un baúl cerrado
dos temores disipados
dos preciosas lecciones, dos iguales.
todo eso aprendí.
me preguntó qué había aprendido de todo aquello.
todo aquello, repetí para mis adentros
como si hubiéramos superado un tumor maligno extendido por todos los órganos malheridos, una guerra nuclear de la que sólo sobrevivieron las larvas, una muerte cercana.
qué había aprendido preguntó
sin insistir en mi respuesta
ensimismado, pensando, tal vez, en la suya propia
y puede que no contestara. no esa noche del último día, echados en un sofá corto
no mientras doblaba sus camisas y las colocaba ordenadamente en su pequeña maleta de cuero encontrada en la calle.
no lo hice cuando me levanté de la cama, una de tantas veces, y reparé en los bultos al lado de la puerta. todo listo para marcharse.
no muy lejos, pero a otra parte.
ni cuando, al regresar, tapándome con la manta hasta la barbilla, susurró que había estado soñando conmigo, aunque no recordaba nada.
qué aprendí.
aprendí que íbamos a seguir siendo dos errores, dos benditos
dos días juntos, dos premios vacilantes
dos gotas de agua de distintos ciclones
y sonreí.
aprendí que cuando grité que no, que nunca más, que se largara, se quedó
que cuando me dolió, seguí admirándolo
que no era distancia, sólo queja
que cuando debimos dejarlo reposar lo removimos
a consciencia
a carcajadas
a bocajarro
y no nos resquebrajamos, ni las sombras ennegrecieron, ni aminoramos el paso, ni cambiamos de sendero.
aprendí que en el futuro iban a unirnos las partidas, las ausencias.
las noticias ocasionales
el titubeo
el espacio vacío y la tierra seca.
que el frío volvería a ser frío
el calor, helado
el silencio más omiso
la carne menos nutrida y sin embargo, a pesar de lo perdido,
íbamos a ser dos milagros, dos inútiles inventos que un día nos funcionaron
dos acordes de una misma nana,
dos valiosos relatos atesorados en un baúl cerrado
dos temores disipados
dos preciosas lecciones, dos iguales.
todo eso aprendí.
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