08 octubre 2023

Qué razonable sería sustituir en las bodas la palabra muerte por la palabra tedio, ¿no crees? El mundo sería un sitio más alegre y sobre todo, más comprensible y comprensivo. Observa cómo cambiaría la cosa, imagínatelo dicho frente a un altar: "Prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que el tedio nos separe". Y es que en realidad la muerte no separa, sino que une incluso más, ninguna persona ama más ni se siente más unida a su pareja que cuando esta muere. Le pasa a mi abuela, que lleva viuda cuarenta años y no deja de comparar peyorativamente a todo hombre con su marido, y le pasa a mi prima María, que tiene al impresentable de su marido en muerte cerebral desde hace dos años y ahora le quiere más que nunca, solo piensa en él, no es capaz de desconectar al tipo y rehacer su vida. Le ama más que nunca cuando antes no le soportaba. Lo que nos separa (además de, por ejemplo, la ludopatía, el alcoholismo, el maltrato, el embrutecimiento, la prodigalidad y la obesidad sobrevenida) suele ser principalmente el tedio, jamás la muerte. El tedio de ver cómo todo lo que te irrita de tu pareja y lo que a tu pareja le irrita de ti se repite siempre, porque nadie es capaz de cambiar jamás, y ya no llega nada nuevo que compense como un contrapeso aquello que sabemos que se repetirá mañana, y que nos volverá a irritar, y que a veces no es más que el ruido que hace tu pareja al tragar agua, la manera en que guarda la botella de vino de pie y no tumbada, como ha de guardarse siempre un vino, o la manera en que uno tiene de sonarse los mocos sonoramente antes de dormir, ese hacer la cama sin precisión, que deja el edredón más largo por un lado que por el otro, o la previsible petición de que bajes la música al tercer tema de algún disco que el otro considere inapropiado para ese momento en que tan apropiado es para ti, o en fin, cualquiera de esas mínimas molestias que manan de nuestra cotidianidad como gotas de no provocan nunca una inundación, pero que jamás nos dejan descansar del implacable y enloquecedor ruido del goteo.

Los días perfectos, J. Bergareche