renée radell
vienen
de donde vienen todos los demás
esa
parte oscura, un tanto triste
superada
de aquella manera, a medias, a fuerza de llantos
desencantos
también
con algo de alivio, aunque esto lo verán más tarde
dentro
de meses, años, en los que se acaba por aceptar que no eran excepción, ni mucho
menos ejemplo, sino más bien
la
historia repitiéndose
una
vez y otra
el
sí que sólo era inercia
el
miedo que terminó arraigando
el
tedio que aplastó el mañana
el
otro (cualquier otro) que truncó el viaje pactado
una
vez y otra
la
historia carece de imaginación para hacerlos únicos, primeros
distinguidos.
vienen
con las manos en alto
pidiendo
paz, una tregua, un momento de calma
un
día afable
si
ellos fueron culpables ya no recuerdan
si
ellos fueron víctimas señalan las heridas abiertas y les echan más sal
de
la derrota siempre se sale más viejo y cansado
mira
si no sus bocas exhaustas
de
tanto rogar, de tanto exigir
mira
si no sus brazos ancianos
de
sostener techos de chozas que se caen a trozos
mira
si no sus cuerpos inertes de tardes de sexo breve
besos
exiguos
la
cama tan grande
ni
un sólo orgasmo.
vienen
con los hombros encogidos, el paso lento
con
miedo a avanzar porque las trampas pueden
-deben-
estar
en cualquier parte. también en sus cabezas,
aunque
esto lo admitirán más adelante
dentro
de meses, años, cuando se termina por confesar
que
hay descuidos que merman
palabras
que amputan
defectos
de fábrica que nadie desea.
vienen
huecos y desmembrados
ciegos
descreídos
rememorando
lo que pudo haber sido
lo
que sacrificaron
lo
mucho que perdieron
su
pequeña tragedia
su
única gesta
y
puede que entonces nos vean y se acerquen
huelan
el absurdo, el espanto
palpen
el aire helado
reconozcan
en nuestras pupilas la intemperie
la
deriva
la
poca práctica de estar
de
mantenerse a la altura
la
historia que reincide
ese
lugar triste del que nunca nos fuimos
ese
lugar triste del que todos venimos.


