no sé cuantas veces insistí para
quedarme. cada vez que lo hacía se desataba una discusión entre mi madre –que
no entendía o no quería entender- y yo.
-pero qué tonterías dices –decía- si
lo vamos a pasar genial.
había incorporado palabras como
“genial” o “fenomenal” en su vocabulario y las usaba cada dos por tres,
risueña, despreocupada, como si todo fuera, efectivamente, maravilloso. yo
negaba con la cabeza, cansada de hablar con un muro que no escuchaba. ella
continuaba con sus repetitivos argumentos:
-vamos a pasar unos días juntos, en
la playa, tomando el sol, y podrás hacer mil otras cosas como bucear. bucear
con tu hermana y adrián. ¿no te parece fenomenal? será divertidísimo y además,
será una oportunidad perfecta para que las dos conozcáis mejor a adrián.
pero yo no quería bucear, ni mucho
menos conocer a adrián. odiaba a adrián. su voz estridente, su panza enorme, su
calvicie, su forma estúpida de preguntar cómo me había ido el día cuando nos
sentábamos los cuatro a cenar y, observándome con un interés forzado, esperaba
mi respuesta que generalmente se reducía a un “como todo los días, adrián”.
pronunciaba su nombre con asco, como si fuera el peor de los insultos, pero él
nunca parecía apreciarlo.
-podrías ser un poco más explícita, cariño. nos gustaría que nos
contaras algo, de vez en cuando –intervenía mi madre exasperada.
-no te preocupes, mari –decía él-.
ya hablará cuando tenga ganas o haya pasado algo importante, ¿verdad? está en
esa edad…
todo lo que se refería a mis
desplantes y malas contestaciones lo reducía a ese motivo. está en esa edad.
algunas veces lo remataba con “esa edad difícil” o “esa edad transitoria”.
aunque su explicación preferida era “cosa de chavales”. el pobre imbécil no se
daba cuenta de que no tenía nada que ver con mis catorce años recién cumplidos,
sino en la repugnancia que me producía cada vez que entraba en casa, con los
postres o flores, y se comportaba como si hubiera vivido allí toda la vida. mi
madre no cabía de felicidad. había encontrado –la había escuchado decir al
teléfono, hablando con alguna amiga- al hombre de su vida. se me revolvían las
tripas al oírla decir estas cosas, con ese tono de voz dulce, contar con todo
tipo de detalles lo bien que la cuidaba, lo bien que lo pasaba con él, los
planes que tenían para el futuro. temía que de entre todos esos planes hubiera
una boda de por medio y de tener que verlo todos los días, desde la mañana a la
noche, sentado en la silla de la cocina, delante de mí, preguntándome cómo me
había ido el día. hacía siete meses que se conocían y –por el momento- habían
decidido pasar las vacaciones juntos. los cuatro juntos.
llegamos de los primeros. a adrián
le gustaba madrugar, aprovechar la mañana e instalar el campamento en primera
línea de mar. mi madre, que nunca había soportado levantarse antes de las diez,
ahora no veía más que ventajas con el nuevo horario que él había implantado con
explicaciones y datos que a nadie, aparte de mi madre, le interesaban. el mar
estaba calmado y algunas gaviotas se remojaban cerca de nosotros. adrián clavó
la sombrilla. el esfuerzo, de apenas diez segundos, le costó gotas de sudor que
resbalaron por su tripa deforme. mi madre extendió las toallas y elsa pedía a
gritos que fueran a bañarse con ella. ella y adrián se metieron en el agua. sus
gritos y sus gracias me resultaban patéticas: adrián haciéndose el muerto, adrián simulando un ahogo, adrián intentando hacer el pino y salpicando a los otros
bañistas cuando sus piernas rechonchas perdieron el equilibrio. elsa se reía. mi
madre, con los pies en remojo en la orilla, se reía. yo quería marcharme.
-hay que ver este hombre. nunca se
cansa de hacer el tonto –dijo mi madre cuando se tumbó debajo de la sombrilla.
preferí no opinar. -¿por qué no vas a bañarte?
-no me apetece.
su sonrisa desapareció.
-nada te parece bien, ¿verdad?
la voz gritona de él llamándola para
que se uniera a sus juegos evitó que pudiera contestar. mi madre volvió a
sonreír y se metió en el agua con rapidez. hubo abrazos y arrumacos. las manos
mullidas y peludas de adrián acariciando la espalda de mi madre me produjeron
tal repulsión que opté por desviar la mirada y dejar de ver esa escena. pero la
tranquilidad duró muy poco; comenzó a llamarme, cada vez más y más alto,
agitando sus brazacos al aire. algunos bañistas se giraron para vernos.
estábamos dando un espectáculo. negué con la cabeza unas y dos veces, pero no
fue suficiente. volvió a llamarme y volví a decirle que no. él se separó de mi
madre y avanzó hacía mí. andaba lento. su cuerpo, incluso dentro del agua, le
pesaba demasiado.
-vente, mujer –gritó a medio camino.
dije que no por tercera vez. no entendía que no entendiese. salió del agua y se
plantó delante de mí, con ese cráneo desproporcionado y quemado por el sol.
-el agua está estupenda. deberías
venir.
-ya os he dicho mil veces que no me
apetece.
-¿quieres que probemos a bucear?
-no.
-¿un helado?
-no.
-¿una cerveza?
hice una mueca que pretendía ser una
sonrisa sarcástica.
-lo digo en serio. haremos que tu
madre no se entere.
mi madre lo llamó:
-eh, ¿qué estáis tramando vosotros
dos?
-¡tu hija dice que quiere ir a
tomarse una cerveza! ¿qué te parece eso?
su broma sólo consiguió irritarme
aún más y tuve ganas de llorar de rabia.
-bueno, pues si tú no te bañas, yo
tampoco –sentenció.
acabamos todos cabreados. elsa no
comprendía por qué de repente adrián no quería bañarse más y se pasó la mañana
lloriqueando y rogándole que jugara con ella. mi madre me llamó egoísta y
caprichosa. también me recordó lo mucho que había tenido que esforzarse para
que pudiéramos irnos de vacaciones y cuando le contesté que yo no le había
pedido irnos juntos de vacaciones se marchó a dar una vuelta y no regresó hasta
dos horas después. sólo adrián parecía cómodo y tranquila en medio de esa
tempestad. se aplicó crema solar, cambió de postura un par de veces y se quedó
dormido panza arriba una hora. cuando despertó se fue a bañar, olvidando todo
el lío que había formado gracias a su intención de convertirnos en amigos y
cómplices. mi hermana volvió a revolotear a su alrededor y mi madre se aseguró
de no dirigirme más la palabra, ni mucho menos mirarme.
a la una del mediodía decidieron
comenzar a recoger. él estaba hambriento y elsa había decidido que quería
almorzar pizza.
-¿te apetece una pizza a ti? –me
preguntó en un intento de hacer borrón y cuenta nueva.
mi madre me miró. pude adivinar pena
y decepción en su mirada, pero adrián se negaba a tirar la toalla.
-¿un vegetariano? –volvió a
preguntar- a mí no me vendría nada mal, eh. –dijo pellizcándose los michelines
que sobresalían por encima de su ridículo bañador azul celeste con peces de
colores.
mi madre se rió, restando
importancia a su urgencia fingida para perder peso. elsa protestó.
-está bien, está bien, pequeña –le
dijo a mi hermana-. si quieres una pizza, iremos a por esa deliciosa pizza.
cargamos con la sombrilla, las
toallas y la nevera donde él había guardado las cervezas imprescindible para
pasar la mañana. ellos, unos pasos más adelante, decidiendo qué pizza iban a
pedir. el interior del coche estaba ardiendo. adrián puso el aire acondicionado
y la música. todo al máximo. las notas retumbaban en el respaldo de los
asientos. mi madre y elsa se pusieron a cantar a voces y él marcaba el ritmo
con su mano derecha sobre el muslo bronceado de mi madre.
no quedaba lejos, dijo. en veinte minutos llegamos, añadió. mi hermana saltó del asiento sin dejar de cantar y él
aumentó la velocidad cuando dejamos el camino de carro y nos incorporamos a la
carretera. sentí un escalofrío y quise pedirle que bajara el aire, pero eso
hubiera sido suficiente para hacerlo sentir útil e importante en mi vida. callé
y seguí mirando por la ventana los campos secos y los árboles torcidos.
-¿todo bien aquí detrás, chicas?
–preguntó cuando la canción terminó y mi madre y mi hermana se callaron. giró
su cabeza hacia nosotras. miró a elsa y luego a mí. sin emitir ningún sonido
abrí la boca y moví mis labios de la forma más clara y comprensible que me era posible.
-gi li po llas.
su cabeza girada hacia mí, dos
segundos de más para entender bien cada una de mis sílabas. del único mensaje
que tenía para él en respuesta a todas sus preguntas. mi madre chilló. él
levantó la vista de mis labios. elsa chilló. él no tuvo tiempo para reaccionar.
la cabina del camión se estrelló contra nuestro coche, nos mandó disparados al
carril contrario y luego dimos varias vueltas de campana hasta que el vehículo
quedó parado, del revés. escuché bocinas y chillidos. alguien, desde lo que
parecía ser muy lejos de donde estábamos, ordenaba que no nos moviéramos y que
en pocos minutos llegaría una ambulancia. conseguí salir del coche. también mi
madre y elsa lo lograron. mi madre sangraba por la frente y mi hermana temblaba
de miedo y lloraba. no sabíamos qué hacer o cómo reaccionar. apenas nos
manteníamos en pie. fue entonces cuando escuchamos la voz de adrián, débil y
remota. dimos la vuelta al coche destrozado y vimos su cara a través de dos
barras dobladas.
-no puedo moverme, mari. no puedo.
la casa se llenó de vendas y
medicamentos. muchos medicamentos. teníamos pastillas para el dolor, para la
inflamación, para las infecciones, para dormir, hierro y vitaminas. estaban por
todas partes. en cualquier cajón de la cocina o del armario, encima de la mesa
del salón, siempre a mano de mi madre, adrián e incluso elsa. nos aprendimos
sus nombres, sus dosis, sus efectos y las tomábamos cuando creíamos que ya no
podíamos más, algo que ocurría a menudo. mi hermana pasaba el día mirando el
televisor y mi madre encerrada en su habitación con adrián. algunas veces la
escuchaba llorar. otras, era él quien lo hacía. le habían tenido que amputar
las dos piernas por encima de la rodilla y aunque el médico le había asegurado
que con el tiempo conseguiría llevar una vida casi normal, él no salía de la
cama. yo tampoco. no me atrevía a salir de ella y cruzarme con mi madre, ni
mucho menos con adrián. no había dudado en hacerse cargo de él. a pesar de que
sus padres habían persistido en cuidar de su hijo, mi madre se negó en rotundo.
lo asumió como una penitencia y él, que casi no hablaba, no intervino en la
decisión de vivir en una casa u otra. perdió la mitad de su peso. la piel
sobrante de las mejillas le colgaba y le daba un aspecto enfermizo y
cadavérico. pero lo que más impresionaba al verlo, especialmente esos primeros
días, fue su mirada: huidiza y sombría. su cuerpo inmóvil estaba allí, en
nuestra casa, pero eso era todo. no había nada más de él. también mi madre se
transformó en otra: andaba encogida, apenas hablaba y cuando lo hacía era sólo
para darnos instrucciones: “baja a la farmacia, id a casa de la abuela a comer,
apaga la tele o ahora no”. las plantas de la terraza se secaron y murieron.
nadie se molestó en barrer las hojas del suelo, ni en sacar el polvo de los
muebles, ni contestar el teléfono cuando sonaba. bastante teníamos en casa como
para saber de fuera.
mi principal ocupación esos días era
mantenerme despierta. si había algo que me daba más pavor que encontrarme con
la mirada de adrián era dormirme. cada vez que eso ocurría –por desgracia, tres
o cuatro horas todas las noches- me despertaba aterrada, empapada de sudor,
reviviendo una y otra vez ese segundo de más en el que él se detenía en mis
labios. gi li po llas. desarrollé miedo a todo. cualquier cosa que dijera o hiciera
podía acarrear consecuencias trágicas, por ese motivo me limité a los confines
de mi habitación, asegurándome que pasaba desapercibida y que así, de esta
forma, nadie abriría la puerta de golpe un día y apuntándome con el dedo me
diría:
-todo esto lo has causado tú.
la abuela hizo lo que pudo. nos
acogió en su piso cuando en una de sus visitas se alarmó con el estado de la
casa y nuestras ropas arrugadas y sucias. las cosas mejoraron un poco allí. no
tener a adrián en la habitación contigua supuso una tregua para mí, aunque las
pesadillas no cesaron. cuando me despertaba chillando de madrugada la abuela se
metía en la cama conmigo y me preguntaba qué pasaba. nunca le conté nada.
tampoco quería –rezaba, de hecho- que adrián contara nada, por eso cada vez que
mi madre nos llamaba para explicarnos los pequeños avances que hacía, mi
ansiedad y temores aumentaban. no era difícil suponer que una vez hubiera
superado sus obstáculos más básicos como llegar al salón o mear sin la ayuda de
mi madre, comenzara a enfrentarse al accidente, a ese par de segundos que yo
rememoraba permanentemente. no, no me animaba saber que adrián había pasado la
tarde sentado en el sofá y que pronto podríamos volver a casa.
en septiembre comenzaron las clases.
elsa se negó a ir y lloró durante todo el camino, a pesar de que la abuela le
prometió cocinar su cena favorita. mi entusiasmo era el mismo que el de mi
hermana. era inútil actuar como si no hubiera pasado nada ese verano y, en
cualquier caso, el rumor se había propagado. alumnos que no me habían saludado
en la vida me paraban en el pasillo para preguntarme si tenía cicatrices o si
había muerto mi padre. cada uno tenía su propia versión y no me quedaba energía
para corregir a nadie. incluso un par de profesores de años anteriores me
ofrecieron de pasar por el despacho y hablar cuando lo necesitase. agradecí la
oferta con monosílabos, sin despegar la vista del suelo. lo que no podía
permitirme era, precisamente, hablar. el día transcurrió lento y agotador. fui
incapaz de prestar atención a las presentaciones de las asignaturas que íbamos
a dar y en el descanso me encerré en el lavabo de la cuarta planta para evitar
miradas y cuchicheos. cuando por fin pude volver a casa estaba tan cansada que
por primera vez desde el accidente la idea de dormir unas horas me pareció
agradable.
caminé deprisa para llegar cuanto
antes a casa de la abuela. quería meterme en la ducha y luego en la cama. me
abrió la puerta sonriente y me dio un abrazo, a pesar de mi camisa mojada de
sudor. la casa olía a comida recién hecha en el horno.
-tenéis una sorpresa –dijo. con su
barbilla apuntó al salón. tragué un poco de saliva y avancé con el temor que se
hizo certeza cuando, a medio pasillo, la escuché llamar mi nombre. si estaba
ella, imperativamente, estaba él.
-hola, amor. queríamos venir a veros
en vuestro primer día de colegio y daros una sorpresa. qué te parece. la abuela
ha preparado una cena estupenda para todos.
adrián, con dos prótesis metálicas y
plantado en el umbral de la puerta, esperaba, como mi madre, alguna palabra.
elsa no daba abasto. engullía los
macarrones, hablaba con la boca llena, se escondía debajo de la mesa para tocar
y golpear las nuevas piernas de adrián y le reclamaba besos y abrazos a nuestra
madre. la abuela iba y venía de la cocina al salón, cada vez con más platos. mi
madre y adrián sonreían cada vez que intercambiaban una mirada. tenían mejor
aspecto. ella se había cortado el pelo muy corto y él se había dejado barba, de
forma que su aspecto fantasmagórico ahora quedaba cubierto por una espesa mata
de pelo oscuro. yo los miraba de reojo, tensa, esperando el momento de poder
ausentarme y hacerlos desaparecer de delante de mí. cada vez que él iniciaba
una frase erguía la espalda y cerraba el puño con fuerza. había imaginado la
escena innumerables veces: él, muy serio, con la mirada fija en mis labios,
pidiendo un poco de silencio porque había algo que quería contar. había
imaginado su discurso palabra por palabra, su versión de los hechos que distaba
mucho del que tendría mi abuela o mi madre, pero que coincidía con el mía.
había imaginado la reacción de mi madre, de mi abuela, incluso la de elsa. pero
esa escena tan real y vívida en mi cabeza no llegaba y cada vez que adrián
abría la boca era para contar algo insustancial que, ahora, nos interesaba a
todos.
cuando terminamos con los manjares mi abuela se levantó para traer los postres. mi madre la ayudó a recoger
los platos y yo hice el mismo gesto para ayudarlas.
-no hace falta, cariño. quédate
aquí, tranquila.
bebí un trago de agua para aparentar
normalidad, aunque todo en mí gritaba ayuda. elsa hacía rato que había
conseguido escapar de la mesa y correteaba por las habitaciones. notaba cómo
me escudriñaba. sentía el peso de su mirada, su superioridad. bebí otro trago y
dejé el vaso en la mesa. carraspeó. levanté la mirada. primero su barba espesa,
luego una pequeña cicatriz a la altura de la nariz, luego sus ojos.
-bueno, -dijo- ¿cómo va todo?
su voz era tranquila y eso me
tranquilizó. tal vez, pensé, sólo quiere saber eso, cómo va todo, nada más.
aprecié por primera vez sus ojos azulados y no vi más que eso. noté un nudo en
la garganta y apreté la mandíbula. necesitaba beber un poco más de agua.
-¿estás bien?
asentí con los labios apretados. no
iba a poder controlar todo eso. comencé a llorar. lágrimas gordas que cayeron
sobre el mantel de la abuela. intentó levantarse, pero sin ayuda le resultó
imposible. estiró el brazo y dejó su mano que ya no era mullida a pocos
centímetros de mí. mi lloro se convirtió en llanto. bajé la cabeza, avergonzada
y aturdida.
mi madre apareció con los platos de
postre y se asustó al verme.
-eh, eh, ¿qué pasa aquí?
seguí llorando, incapacitada para
hacer otra cosa. ella lo miró a él, esperando una respuesta.
-nada, mari –dijo-no te preocupes.
son cosas de chavales, nada más.
me sequé las lágrimas cuando llegó
la abuela con la tarta. comimos en silencio, cada uno en sus cosas, en sus
versiones. adrián había retirado su mano de encima de la mesa y ahora
acariciaba con suavidad el delgado brazo de mamá.

