27 diciembre 2019

mark liam smith
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.



Cumpleaños, Ángel González

03 diciembre 2019

una red

Tyler Spangler
me dices que soy tu red y sonríes 
y yo espero alguna palabra más 
que no llega 
y te imito y sonrío
también
porque imagino (no me queda otro remedio si quiero salir indemne de este desplome)
que ser tu red es tu bálsamo, tu remedio
un parche que suaviza la caída,
(esa en la planeamos mansamente desde hace demasiado tiempo)
algo bueno que te salva de esta rutina nuestra
de este color grisáceo en el que vivimos 
y donde hemos aprendido a ser.

me dices que soy tu red un martes a media tarde
cuando hace dos horas discutíamos y nos reconciliamos sin convicción porque venía tu madre a cenar
y yo pienso que -de poder elegir- preferiría ser cualquier otra cosa:
una revuelta, un atracón 
un soplo
una cuerda floja para los valientes. o los desesperados
unas alas, ni que fueran rotas
una enfermedad de esas que te postra en la cama y hace sentirte vivo en cada minúsculo trozo de cuerpo exhausto, 
desde la arteria hasta la entraña.

me dices que soy tu red y yo pienso en una despedida que nos cuesta y postergamos
porque yo soy cobarde y tú práctico
tú salto y yo cornisa.
y cuando tu madre nos ve, sentados uno al lado del otro, delante de una ensalada que hemos preparado sin mirarnos, sin necesidad de consultarnos si aceitunas o mejor rábanos, y nos dice “qué bonitos sois”
yo, red y descenso, me pregunto:
¿qué hago aquí?
si no me gusta tu madre
ni las aceitunas
ni tu mano en mi muslo para señalarme, una vez más, que todo va bien, que saldremos de ésta como salimos de otras antes
cuando queríamos sobrevivir y buscábamos una cura o un milagro, que a veces es lo mismo y otras es sólo una argucia para los vencidos y los incautos.
¿qué hago yo aquí?
si, de ser verdaderamente tu red, quitaría los platos y traería el postre
pero
lo único que deseo es levantarme para no sentir
tu mano en mi muslo
y abrir la ventana de la cocina y correr hasta la valla oxidada
esa que construimos juntos
esa que cercaba nuestra historia
la que creímos refugio y se convirtió en coto y miseria.

me dices que soy tu red y yo sólo espero que para cuando lleguemos al suelo raso
no exista otra palabra, otra manera, otra oportunidad que nos asegure ni nos ampare
que la caída sea limpia. definitiva
que nos levantemos magullados, pero no muertos
que las direcciones sean benévolas, pero opuestas
que busques otras redes
que encuentre otros vuelos.

01 diciembre 2019

richard cartwright

Jason mencionó un relato de vampiros que yo había escrito y dijo que tenía cohesión y sentido. Que le sorprendía que yo hubiera escrito algo coherente. Yo dije que ahora era alguien coherente. Me respondió que él seguía sin serlo, y que por eso escribía poesía. Yo le dije que algún día sería coherente. Él dijo no estar seguro de que ese día fuera a llegar alguna vez. Yo le dije que llegaría. Él no lo tenía claro. Yo le dije que pasaría el tiempo y que se haría mayor. Que las cosas pasarían y él se iría dando cuenta de que las cosas pasaban. Que, aunque fuese algo triste, no pasaba nada. Él dijo que, para él, las cosa ya habían pasado. Yo dije que pasarían más cosas, pero que eso llevaría su tiempo y que le sorprendería comprobar hasta qué punto era eso cierto y que cuando te quieres dar cuenta ya estás metido en algo nuevo. Le dije que la vida y la gente mutan. No te vuelves más inteligente por hacerte mayor. La vida no evoluciona. No había victoria. Había mutaciones. Pequeñas mutaciones dialécticas de cosas que se convierten en otras cosas a lo largo de intervalos de tiempos prolongados. La historia no tiene trastorno por déficit de atención. Es como el lento proceso de moler grano; los hechos se van adecuando a nuevos hechos, y van cambiando con éstos hasta el punto de no darnos cuenta siquiera. 

Pórtate bien, N. Cicero

12 mayo 2019

Esa música ya era dancísticamente interesante, a mí me estaba gustando el ejercicio. Tuve la sensación que tengo a veces de sentirme buena bailarina, una descubridora de posibilidades de acción. Sensación rara, esa. Pero Ibrahim estaba inquieto y asustado y un poco avergonzado, ya al parecer yo no conseguía transmitirle seguridad ni holgura. No te atrevía a tocarme, y cuando me tocaba lo hacía flojamente y con el exceso de precaución propio de quien nunca ha bailado o ha bailado poquísimo, ni siquiera en la verbena o en la discoteca. Cuando iba a tocarme pero un espasmo lo asaltaba y no llegaba a concluir el contacto, o cuando a consecuencia del espasmo me daba un manotazo, Ibrahim me pedía perdón. Esto del perdón es propio también de quien no suele bailar, pedir perdón cuando se produce un choque o un pisotón o una caída o un dedo penetra un ojo, o cuando se produce un tirón del pelo o se tocan los femeninos pechos o cualquiera genitales o culos. En lo que dura el perdón, busca la mirada del otro y a consecuencia de ello detiene la danza o la ralentiza, y habiendo perdonado, no recupera la velocidad o la intensidad de la danza hasta pasado un rato o incluso no la recupera jamás, con lo que bailar se convierte en una caricia aburridísima. Quienes sí solemos bailar solo pedimos perdón cuando los accidentes son considerables, y solo detenemos la danza (nunca la ralentizamos) si el accidentado detiene la danza, y si tú eres el accidentado solo detienes la danza (nunca la ralentizas) si te has hecho mucho daño, la temida lesión. Los que no suelen bailar también piden perdón cuando sienten que un paso o un gesto no ha quedado fluido, piden perdón por lo que ellos viven como una interrupción de la calidad del movimiento, y hasta piden perdón cuando no han provocado ellos los accidentes: al estirarle un brazo, hice crujir yo las costuras de la camisa de Ibrahim, y va el tío y me dice que perdón. ¿Perdón por qué? ¿Por ir vestido? Será que se están pidiendo perdón a ellos mismos por atreverse a bailar, por hacer esa cosa prohibida que es moverse sin ninguna finalidad ni utilidad capitalista. Eso pensé pero no se lo dije, porque también pensé que sería la primera clase de danza a la que iba Ibrahim en su vida, y puede que, a sus veintiocho años, hasta la primera vez que bailaba.


Lectura fácil, Cristina Morales

20 abril 2019

los anillos de plata vieja

mi madre cree que morirá pronto 
y por eso ha comenzado a darme sus anillos, anillos de plata vieja
que compró en grecia cuando yo tenía un año 
y ella veintitrés. 
mi madre cree que su vida se acaba, 
a pesar de que el doctor le asegura que está sana;
setenta y un años, tres empastes, una verruga quemada, una prótesis en el fémur derecho de la que aún hoy –un año después- se recupera con tristeza y andares cojos.
mi madre cree que morirá pronto porque su salud de hierro apenas trasciende y dejó de creer en doctores, recetas, tumores benignos que avisan pero no matan. sus horas se llenan de silencio y desgana, sin distracciones ni sed ni hambre. tan solo la inercia.
la inercia para las mañanas vacuas seguidas de tardes perpetuas, en el sofá del lado de la ventana. la inercia para otra noche de insomnio porque las pastillas ya no surgen efecto y ella, que era valiente, ahora le teme a la noche y a los pájaros y a la lluvia y a los niños traviesos que llaman al timbre de casa y luego se esconden en los portales.
mi madre le teme a todo y ahora, ahora es anciana y cree que morirá pronto. o tal vez ya está muerta y, por inercia, sigue viva y me señala la pequeña caja con sus anillos de plata vieja y me los muestra y dice que me los quede y yo me los pruebo y le digo que no, que son suyos, y ella dice que no,
que suyo es sólo el insomnio, la cicatriz corva de la cadera, los miedos. 
algún día suave.
mi madre piensa en su funeral y me cuenta detalles con fines pragmáticos:
ni flores ni música ni mucho menos un cura que hable
ni plegarias ni llanto ni mucho menos un duelo largo  
ni pena ni velas ni mucho menos viejos amigos que la han olvidado
mi madre me hace jurar que será ceniza antes que larva
prefiere la llama a la tierra helada
la inmediatez del fuego a la espera de los huesos sin carne
una urna pequeña
un recuerdo amable
un día suave
su voz tranquila narra un fin para el que está preparada
y yo miro los anillos de plata vieja en mis dedos blancos y le pido que por favor pare.
mi madre espera su día y reparte sus pocos bienes a primas, hermanas, a todo aquel que quiera escucharla.
“quédate, al menos, este”, me dice
“me lo compró tu padre un día nublado”, recuerda
“pasamos el día en la playa y nos perdimos de vuelta a casa”.
el anillo baila en mi dedo fino
mi madre lo mira y sonríe
yo lo miro y espero
“para cuando llegamos a casa, tú te habías dormido y yo aún era brava”.

20 marzo 2019

no le conté

no le conté −para qué hacerlo, qué necesidad había−
que estuve con a. y, poco después, la noche que prometimos no pelearnos más, con s.
de habérselo dicho, hubiera usado esta palabra:
estar
como quien observa de lejos y no siente nada
como quien habla sin recordar detalles
como quien reza inerte con las manos bien juntas esperando un milagro
estar.

de haberlo sabido (él) me hubiera mirado incrédulo
¿era yo quien le hablaba?
y hubiera querido saber esos fragmentos que agrandan la herida y marchitan de negro y ruido el pasado brillante:
cuántas veces, dónde, por qué
quién de todos la tenía más grande
¿era él quien, furioso, golpeaba la pared blanca?
no −hubiera fingido−, con ninguno de ellos encajé mis muslos abiertos a la altura de sus bocas rosadas 
no −hubiera mentido−, a ninguno de ellos le pedí más rápido, más fuerte, más tiempo. más.
no −le hubiera engañado−, ninguno de ellos susurró palabras nuevas que arquearon mi espalda
ninguno 
y él (de haber sabido fragmentos infames) habría dejado de golpear la pared blanca y me habría apuntado con su dedo trémulo para decirme que puta, que egoísta, que injusto, que punto y final.
¿era él quien escupía fuego y sollozos?
¿era yo quien recordaba las horas fuera de casa?

de habérselo dicho hubiéramos iniciado una batalla estéril
mil días brumosos
mil disparos 
mil silencios 
mil despedidas fallidas
mil reencuentros con sabor a sangre
una distancia hecha de hielo y barro
cenizas sobre despojos 
despojos bajo metal oxidado
otro capítulo para arrojar a hienas hambrientas, a un pasado brillante
¿era él quien suplicaba un descanso?
¿era yo quien rogaba una pausa?

de haberlo sabido (él) se hubiera marchado
tres maletas de odio, rencor, raíces muertas
un puño apretado
el último reproche en el umbral de una puerta cerrada, el rellano en penumbras, la vecina del quinto asomando: 
"nena, ¿y ese portazo?"
"lo siento, amalia. la culpa fue mía". 
el piso vacío
la culpa fue mía
las horas ancladas
la culpa fue mía
la foto de grecia
la culpa fue mía.
de habérselo dicho no hubiera sabido, no hubiera podido, soportar las sombras ni el peso
la pena la rabia la luz de la calle la risa de un niño la culpa la culpa la culpa
¿era yo quien temblaba?

no le conté.
me quedé callada y tragué saliva
me quedé callada y vivimos tranquilos
lo veo dormido, la almohada en el suelo, el pelo claro, la nariz fina. la foto de grecia torcida
cuando despierta pregunta qué miro
lo beso y sonrío
peleamos menos
amalia nos regala sus tartas recién horneadas
los dedos nos saben a crema
los labios a calma
a. y s. apartan la vista, si nos cruzamos de madrugada
¿soy yo quien espera un milagro?

16 marzo 2019

Planes de futuro

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.

Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro, 
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.

Tenemos casa hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.

Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado 
cómo decir te quiero en otras lenguas, 
la violencia del viaje, 
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.

Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.

Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad privada y el verano,
la realidad regresa
inconformista.

Las niñas siempre dicen la verdad, Rosa Berbel

19 febrero 2019

devota 
para regar la raíz muerta de un cactus seco en una habitación fría de un día sin sol 
parca
para escapar del marasmo de palabras huecas de súplicas piadosas de historias falsas de figuras que fueron y hoy sobran en el recuerdo, en mi burbuja, en mi altar ajado de madera oscura.
tarde
para huir de reproches de excusas de las miradas de hastío y de gestos a medias que se intuyen a cada paso de un descenso aristado. 
anclada
a mi memoria yunque que susurra errores entierros recuento de pérdidas un reguero de asuntos inacabados un recorrido mediocre para alguien que apuntaba maneras. sólo eso: maneras. 
blanca
de pelo cano
de hora alba
de luz diáfana
de espuma y nieve. de lirios fúnebres y velos nupciales. 
blanca
para empezar de nuevo, en otra rueda, en otra cueva. algo más rota. 
algo. 
tibia para mantener esa postura neutra y grisácea, en equilibro dicen entre el deseo y la distancia. el abandono y la reliquia. el hielo y la piel quemada. 
tibia para evitar el palpito alocado, el impulso, el estruendo de una risa franca 
tibia para abrazar la media, un casi, un minuto inapreciable de cualquier martes por la tarde
tibia para caer de pie, acostumbrarse al suelo, jamás al cielo 
viva 
supongo
de haber aprendido que cuando espero, fallo 
cuando digo, fallo 
cuando acepto, fallo 
cuando me opongo, fallo 
cuando me dejo en paz si esto llegara a ocurrir avanzo. 
viva
para entender
que alejarse es herida
volver un puñal incisivo
salvarse una burla zafia 
nacer un mero trámite 
que a un “quizá” le sigue un “nunca” y que a un “nunca” un “por qué” 
amar un nudo, despertar una soga
llorar una lección sin conclusiones. 
sólo supongo.

04 febrero 2019

de cuando sabía de todo

en el primer año de universidad me enamoré de alberto. mis amigas le encontraron rápidamente un apodo cuando se enteraron −alarmadas por mi peculiar debilidad para cierto tipo de chicos englobados en el grupo de raritos, zarrapastrosos y fumetas−  que me gustaba: el serpiente. los pantalones ajustados, imitación de la piel escamada de una serpiente, de color verdoso y negro que llevaba a menudo fueron el motivo de semejante mote que, por otro lado, siempre creí mucho mejor que su propio nombre, aburrido y neutro, demasiado falto de personalidad. el serpiente era cuatro años mayor y siempre iba acompañado de alguna chica rubia de melena larga y pantalones igualmente ajustados que le acariciaba el pelo largo y rizado o le daba un par de caladas a los cigarrillos antes de colocarlos entre sus labios. verlo me producía tal nerviosismo que prefería hacerlo desde muy lejos, de forma que era imposible que supiera que existía. me iba bien así o más bien, me había conformado con ver el espectáculo desde el otro lado de la barrera. el lado seguro, el lado en el que nunca sucedía nada. sabía que no tenía ninguna posibilidad –mi cuerpo flaco, mis tetas planas, mi pelo crepado y mi sonrojo exagerado lo confirmaban, en caso de duda− y me bastaba con saber que, de vez en cuando, lo veía tumbado en algún banco cuando hacía sol o esperábamos el mismo autobús, a las tres de la tarde.
una mañana, en clase de arte clásico, cuando la profesora había comenzado a hablar del friso de las panateneas con su puntero laser y su voz monótona, se abrió la puerta y apareció él, con sus pantalones de imitación y una chaqueta larga hasta las rodillas. marta koppel, una alemana grandota y rosada, interrumpió la clase, recordó la importancia de llegar a la hora y esperó a que el serpiente dejara de armar alboroto y se sentara. inexplicablemente, lo hizo a mi lado y me saludó como si hiciera tiempo que nos conocíamos.
−¿habéis hecho mucho? –me preguntó cuando se quitó la chaqueta y el jersey de lana que olía a naranja. balbuceé que no, que habíamos empezado hacía menos de cinco minutos. me molestó mi precisión de marisabidilla meticulosa.
−¿tienes un boli?
balbuceé que sí.
−¿y papel?
marta koppel paró de nuevo la clase y nos apuntó con el puntero laser:
−¿vais a callaros de una vez?
era la primera vez en mi vida que una profesora me ponía en evidencia delante de mis compañeros. me sentí indómita y poderosa. el serpiente pidió perdón y prometió que no volvería a ocurrir. la clase se rio de su sinceridad fingida. luego me miró unos segundos. era la primera vez que lo tenía tan cerca y creí que iba a escuchar los latidos acelerados de mi corazón. “esta tía está loca, ¿no?”, apuntó en una nota que me pasó a media clase.
contaba los días para las clases de arte clásico. él llegaba siempre tarde y yo siempre dejaba mi abrigo en el asiento contiguo para que se sentara a mi lado. me hacía reír en el aula para que la koppel nos echara bronca, me pedía los apuntes cuando se iba antes porque la clase lo aburría, comenzó a saludarme por los pasillos, un día nos sentamos juntos en el autobús de vuelta y otro me pidió si quería acompañarlo a una exposición de mapplethorpe.  le dije que sí, le dije que me encantaba mapplethorpe –no había escuchado en la vida ese nombre− y dejé de dormir dos días antes de la cita. no pasó nada esa tarde. hablamos mucho, eso sí. me contó de sus hermanas gemelas, del trabajo de restauradora de su madre y del estudio que tenía en el centro. me contó de los planes que tenía para el verano y de lo mal que llevaba los exámenes. me contó que le recordaba a alguien, a una actriz que salía en una película polaca de la que no recordaba el nombre y me puso la mano en la cintura antes de que se marchara a un concierto con unos amigos y yo regresara a mi casa, pletórica, incrédula, temblando. la siguiente vez que lo vi, por los pasillos de la universidad, iba con una chica de pelo corto y me saludó con un leve movimiento de cabeza. tardó un par de semanas en volver a clase y cuando por fin lo hizo, con esos pantalones de serpiente cada vez más desgastados, me preguntó si quería ir a pasar tres o cuatro días en el estudio de su madre, para preparar los exámenes. no me quedó más remedio que mentir. sabía que mis padres no iban a dejarme ir tres días con un chico a quien prácticamente no conocía y tampoco ellos. muchos menos un chico cuatro años mayor que yo. mucho menos un chico que fumaba porros, llevaba el pelo largo y pantalones de serpiente. no. no iba a funcionar así que les mentí. me iba con las amigas, a la casa de la playa de una de ellas. no pusieron ninguna pega y me dieron dinero para que lo pasara bien. el estudio de la madre del serpiente era grande, de techos altos, paredes gruesas y estaba repleto de estanterías polvorientas con libros de todo tipo: arte, literatura, cocina árabe. había también muchos cuadros en las paredes y esculturas de madera que, según me explicó el serpiente, hacía ella cuando tenía tiempo libre. dejé mi pequeña bolsa en el único cuarto que había. una cama grande ocupaba parte de la estancia y de inmediato sentí que aquello no iba a salir bien. había cometido un error, había mentido a mis padres y ahora no iba a poder salir de esa casa abarrotada en tres días. desde la cocina el serpiente gritó que sólo había vino tinto. contesté que estaba bien, aunque odiaba incluso su olor. nos sentamos en un sofá raído y me sirvió una copa y después otra. no tardé en sentir la cabeza pesada y el salón comenzó a darme vueltas. el serpiente hablaba y hablaba, pero yo no sabía de qué. sólo escuchaba su voz suave y su risa lejana, de vez en cuando. en algún momento me preguntó si estaba bien y le contesté que sí, que mucho. cuando dejé la copa vacía en el suelo me besó. sentía que me faltaba el aire y que su brazo, deslizándose por debajo de la camiseta, me aplastaba el pecho. pero no me moví. al contrario, ofrecí mi boca y mi lengua y dejé que su mano palpara mi piel sudada. cuando propuso movernos a la cama lo seguí cogida de su mano grande. tenía sed y, a pesar de estar a principios de un junio caluroso, me estremecí, pero no dije nada. dejé que me tumbara en la cama cubierta de una sábana granate y que desabrochara mis pantalones cortos. escuchaba su respiración entrecortada y puede que en algún momento susurrara mi nombre. me bajó las bragas y cuando sus manos subieron hacia mis muslos se lo dije:
−esta es mi primera vez.
se detuvo en seco y entornó sus ojos negros. enseguida apartó sus manos de mí, como si mi cuerpo le hubiera dado un calambrazo doloroso y advertí su decepción.
−esto cambia todo –dijo.
no me atreví a preguntar por qué, pero sentí lo mismo. él quería divertirse y en cambio tenía en la cama de su madre a una cría de diecisiete años que no había ido más allá de un par de besos con algún chico imberbe a la salida de alguna fiesta. nos separamos y le dije que tenía mucha sed. él fue a la cocina y yo me puse de nuevo las bragas.
pasamos el resto de días intentando recuperar cierta normalidad. estudiábamos hasta el mediodía y por la tarde él salía a dar una vuelta con algún amigo. yo le decía que prefería quedarme. en realidad temía encontrarme con mis padres o con alguien que pudiera delatar mi paradero. por la noche, a pesar de compartir cama, él se instalaba en un extremo y yo en el otro, asegurándonos que no íbamos a tocarnos. nos despedimos aliviados al tercer día, con un beso breve en la mejilla. no se me ocurrió mirar hacia atrás e imagino que a él tampoco. al entrar en casa mi madre miró con recelo mis piernas blancuchas. 
−estás más pálida de lo estabas cuando que te fuiste.
−no hizo sol ningún día.
−¿no? aquí sí, cada día. 
vaya.
¿de verdad has estado en la playa?
−¡claro que he estado en la playa, mamá! –chillé. ella negó con la cabeza.
−qué mal se te da mentir.
−no estoy mintiendo. sólo estaba nublado.
−tú sabrás lo que haces, hija, ya eres mayorcita.
me encerré en la habitación y rompí a llorar con la cabeza escondida en la almohada para que nadie escuchara mi tragedia. aprobé todos los exámenes, arte clásico con nota. también el serpiente. el último día de curso lo vi con la chica del pelo corto. iban cogidos de la mano, él con sus pantalones ajustados, ella con una camiseta corta que dejaba ver su ombligo minúsculo y moreno. ninguno de los dos me miró cuando me crucé con ellos en el pasillo. 

13 enero 2019

le digo que cuente conmigo para lo que sea. para hacerlo más honesto, más emotivo, añado al mensaje un par de emoticonos de una carita amarilla lanzando un beso. mi prima elena no responde y pasa una semana en la que sigo preguntándome cómo puede ser tan puta la vida. luego, el viernes, mientras estoy en el trabajo, recibo un mensaje de ella. le haría mucha ilusión, dice, que fuera a celebrar con ellos el cumpleaños de su madre. a la hora del café, puntualiza. le contesto al segundo y le digo que me hará mucha ilusión verlas y celebrarlo con ellas. de inmediato borro la palabra “celebrarlo” y escribo “estar”. claro que me hace ilusión, pienso. me siento honrada de que hayan pensado en mí y que, de alguna forma, pueda ayudarlas, ni que sea dándoles la mano un rato y hablar de cómo se encuentran. el sábado, día en el que hemos quedado, me despierto con la tripa revuelta y lo primero que me viene a la cabeza es claudio. lo enterramos hace doce días. lo imagino dentro del ataúd, en el nicho del cementerio. su cuerpo frío, flaco y rígido dentro del traje gris que eligieron elena y carmen. es una imagen que me persigue desde que lo vi en el tanatorio, rodeado de flores, detrás de un cristal empañado. carmen susurraba que parecía que estuviera durmiendo, pero no era cierto. parecía un muerto al que abrieron para hacerle la autopsia después de morir de repente, mientras dormía al lado de carmen, un dos de enero.
antes de salir de casa pienso en qué puedo decirles y no se me ocurre nada que no les dijera ya en el tanatorio. al menos, las intenté consolar ese día, una al lado de la otra, cogidas de la mano, murió tranquilo, sin sufrir, sin darse cuenta. me pareció insuficiente y continué: al menos pasó, pasamos, un feliz comienzo de año todos juntos. ellas asintieron. no sé si me escuchaban, si comprendían lo que estaba contándoles. me callé y las abracé de nuevo. lloramos sin consuelo. ¿en serio está muerto? sí, pasamos un feliz comienzo de año: comimos en familia, en su casa. carmen cocinó canelones, rape y pavo. claudio preparó la mesa con esmero, puso velas, descorchó las botellas de vino y cortó la tarta. elena se quejó de que hacía demasiado calor y julio, su hijo de cuatro años, se subió a la silla y nos enseñó el culo después de recitar una poesía que había aprendido en la escuela. nos levantamos de la mesa a las siete. había anochecido y estábamos abotargados de tanto comer y beber. carmen me dio una fiambrera con los restos de comida que sobraron y claudio me abrazó y me recordó que estaba demasiado delgada. al día siguiente, a las diez de la mañana, me llamó mi madre. supe que algo había sucedido. hay llamadas, a ciertas horas, que anticipan un corte, una grieta, un final. claudio estaba muerto.
‒claudio, ¿el marido de carmen? ¿el padre de elena? ¿con quien comimos ayer? ‒pregunté, sabiendo que no conocía a ningún otro claudio.

llego a casa de elena a las cuatro y cinco. no llevo ningún regalo para carmen que ayer cumplió setenta y dos años. ¿qué regalarte a alguien que se estrena como viuda? qué broma macabra celebrar un cumpleaños, una semana después de la muerte del marido. no llevo ningún regalo y llamo al timbre sin habérseme ocurrido un nuevo consuelo. carmen y elena me reciben en el rellano, sonrientes. tienen una sonrisa tétrica y forzada. la mía, imagino, es similar. nuestros abrazos duran unos segundos de más. nuestros abrazos son más precisos que nuestras palabras. la casa está recogida y julio juega a los trenes mientras en la tele hay puesta una película de dibujos animados que elena y yo nos sabíamos de memoria cuando éramos pequeñas. saludo al marido de elena y le pregunto cómo está. es el único a quien me atrevo a preguntar. bueno, responde él. beso a julio que está vergonzoso y no quiere darme un beso de vuelta, a pesar de la insistencia de elena y de carmen. el niño se convierte en nuestro salvavidas. el niño y la película. comentamos las escenas mientras julio va perdiendo la vergüenza y me enseña los nuevos juguetes: trenes, coches de policía, ambulancias.
‒este es mi favorito‒ dice señalando un camión de la basura verde‒. me lo regalaron en casa de los abuelos.
la casa de claudio y carmen sigue siendo la casa de los abuelos y no me atrevo a alzar la vista hacia carmen. la película se termina y julio pide otra. lloriquea cuando su padre le dice que no, que ahora que he llegado yo tomaremos los postres. el niño se niega. no quiere postres, él ya ha tomado su yogur y quiere más películas. interviene carmen, con su voz melosa y suave, que le promete ver más películas el lunes, cuando vaya a recogerlo del colegio. pero para el niño eso es mucho tiempo de espera. se sube al sofá, salta encima de su padre y le pega suavemente en las piernas. carmen tiene la mirada extraviada. hay algo que no entiende, algo que se le escapa, pero temo que su incomprensión tenga que ver con lo que está ocurriendo en este salón. se ha pintado un poco los labios, ha ido a la peluquería y luce una media melena brillante y recién teñida de castaño chocolate. se ha vestido con esmero: unos pantalones negros, una camisa rosa pálido y una botas con poco tacón. es la viva imagen de alguien que lo intenta con todas sus fuerzas, pero que no está. el niño se calma. accede a merendar fruta mientras nosotros tomamos el postre y luego, dice, jugaremos al rainbow. elena prepara el café y saca una bandeja de lionesas. han tenido el detalle, pienso, de no comprar una tarta de cumpleaños ostentosa y festiva. las lionesas, una docena en una bandeja demasiado grande, son desproporcionadas a nuestro entusiasmo. el niño las toquetea todas con sus deditos minúsculos. elena lo riñe y él se ríe. se ríe de nosotros porque tenemos que comernos los postres sin hambre, sin motivo, sin celebración, mientras él mordisquea medio plátano. carmen coge la primera, de crema. las mismas que le gustaban a claudio. no puedo evitar preguntarme si la ha elegido para ella o para él. asegura que está muy rica, pero la traga sin masticar e inmediatamente coge otra, también de crema. quiere acabar cuanto antes, pienso, eligiendo una de chocolate que dejo en medio de mi plato. hablamos del nuevo supermercado que van a abrir en el barrio y de las muchas cafeterías que han abierto recientemente. durante cinco minutos hay cierta normalidad en nosotros. nos reímos, tomamos el café, le pregunto a elena dónde compró la planta que tiene junto a la ventana. cualquier nimiedad nos distrae y nos aferramos a ella: el niño, la planta, los postres empalagosos. en uno de los silencios entre un tema y otro, carmen coge la última lionesa de crema y anuncia que va a marcharse. elena la mira inquieta, asustada.
‒es muy temprano, mamá.
‒pero si aún no hemos jugado al rainbow –protesta su nieto.
carmen asiente y sonríe, como quien se ha equivocado y ahora debe aguantar y mantener el tipo. quiere marcharse, pero se queda y sacan las cartas y nos explican cómo jugar al rainbow y miro a carmen que no entiende las instrucciones, pero que dice que sí a todo porque resulta más fácil y mira la bandeja de las lionesas y luego a su hija y luego a su anillo de casada, grueso, de plata, y sonríe. sonríe como si eso fuera a devolverle al marido muerto, sonríe como si en eso fuera a consistir su vida a partir de ahora, sonríe como si en algún momento, tal vez en su casa, por fin, pueda dejar de sonreír de una vez por todas. jugamos al rainbow y pretendemos estar concentrados en el juego, en formar palabras y quitarle las cartas buenas al contrincante. jugamos al rainbow mirando con disimulo el reloj de la pared. jugamos al rainbow esperando llegar a una hora prudencial en la que marcharse no sea una huida precipitada, un grito, un respiro. jugamos al rainbow sin claudio, pero con él. el niño se enfada cuando pierde y elena le recuerda que no siempre puede ganar. el niño le pregunta por qué. elena contesta que así funcionan las cosas y el niño se saca un moco y simula lanzárselo.
‒ahora sí voy a marcharme. no quiero llegar a casa cuando sea de noche.
carmen se levanta.
‒pero seguid jugando vosotros, por favor –nos pide.
nadie insiste esta vez. nos da las gracias a todos, nos besa y abre la puerta. el abrazo es ahora atropellado y nervioso. apenas nos mira. ¿creerá carmen que estorba? ¿que su pena es menos lúcida, más siniestra, que su dolor está contagiando la velada, este empeño de fiesta que elena ha organizado para un cumpleaños que desentona?
‒seguid jugando –repite varias veces.
al cerrar la puerta hay un silencio distinto, menos denso, más soportable. nos volvemos a sentar en la mesa y el marido de elena retira la bandeja y las tazas de café.
‒¡ahora juguemos a la oca! –grita julio, entusiasmado.
sacan el tablero y miro el reloj de la pared. apenas han transcurrido dos horas. imagino a carmen esperando el autobús, justo debajo de casa, temblando de frío.
enterraron a claudio a las cinco de la tarde. oscurecía y optaron por colgar los ramos de flores delante de la lápida porque la masilla para sellarla no se secaba con suficiente rapidez y la ceremonia estaba alargándose demasiado. carmen se acercó al nicho y temí que no quisiera dejar solo a claudio esa primera noche en el cementerio. elena tiró de ella con suavidad hacia la salida y carmen reaccionó como se esperaba: con solemnidad y entereza. cogió algunas rosas rojas de los ramos y las regaló a elena y a los familiares que estaban cerca. yo, bastante más apartada, agradecí quedarme sin una.
veo la rosa en una de las estanterías de enfrente, en un vaso de agua limpia. elena la mira también. entonces carraspeo, cojo su mano tibia, y le pregunto cómo está. me parece una pregunta absurda y estúpida y, sin embargo, también esto se espera de mí. muy triste, responde, casi aliviada de poder pronunciar algunas palabras sinceras. muy muy triste.
‒¿y tu madre?
‒ella está sola.
imagino a carmen llegando a casa en unos minutos. encender las luces, avanzar por el pasillo, las fotos en blanco y negro de claudio y ella el día de su boda, ponerse el pijama que dejó preparado encima de la silla del dormitorio, sentarse, encogida, en el sofá, poner la tele, mirar el reloj, esperar a que lleguen las nueve para tomarse la pastilla de dormir, desvelarse a media noche, apartarse, sobresaltada, en el lado de la cama donde dormía claudio –ese sigue siendo su lado de la cama, de la misma forma que en el armario sigue colgada su ropa y en el baño está el gel con el que se duchaba‒, llorar y tomarse otra pastilla.  
gano dos partidas de la oca. la tercera la gana julio. son las siete menos cuarto y no sé cómo decir que debería marcharme ya. no sé si estoy ayudando o soy un peso añadido. no sé si necesitan estar solos o tener a alguien con quien hablar de supermercados y plantas. no sé por qué, de todas las personas que hay en el mundo, le tocó a claudio. no sé cómo se hace frente a la muerte.
llego a casa después de dar un paseo largo. tengo la cara y las manos heladas, pero el aire gélido me ha venido bien y siento el cuerpo vivo y cansado. me meto temprano en la cama y leo un par de capítulos de un libro aburrido antes de que me venza el sueño y me duerma con la luz encendida y el libro abierto en la falda. a las tres me despierto. tengo sed y me rugen las tripas. me levanto para buscar algo en la cocina, pero en el salón me llama la atención una ventana vecina. hay varias personas fumando en el balcón y dentro, en la habitación, mujeres bailando. de abrir la ventana escucharía las risas y la música alta. durante unos minutos los observo desde la oscuridad y el silencio de mi casa. comienzo a temblar de frío, pero sigo de pie, descalza, viendo cómo levantan sus copas llenas y brindan. cuando regreso a la cama, con la panza llena, pienso que quizá el año que viene, si estamos todos bien, podría regalarle una planta vistosa y fácil de cuidar a carmen el día de su cumpleaños.