para regar la raíz muerta de un cactus seco en una habitación fría de un día sin sol
parca
para escapar del marasmo de palabras huecas de súplicas piadosas de historias falsas de figuras que fueron y hoy sobran en el recuerdo, en mi burbuja, en mi altar ajado de madera oscura.
tarde
para huir de reproches de excusas de las miradas de hastío y de gestos a medias que se intuyen a cada paso de un descenso aristado.
anclada
a mi memoria yunque que susurra errores entierros recuento de pérdidas un reguero de asuntos inacabados un recorrido mediocre para alguien que apuntaba maneras. sólo eso: maneras.
blanca
de pelo cano
de hora alba
de luz diáfana
de espuma y nieve. de lirios fúnebres y velos nupciales.
blanca
para empezar de nuevo, en otra rueda, en otra cueva. algo más rota.
algo.
tibia para mantener esa postura neutra y grisácea, en equilibro ‒dicen‒ entre el deseo y la distancia. el abandono y la reliquia. el hielo y la piel quemada.
tibia para evitar el palpito alocado, el impulso, el estruendo de una risa franca
tibia para abrazar la media, un casi, un minuto inapreciable de cualquier martes por la tarde
tibia para caer de pie, acostumbrarse al suelo, jamás al cielo
viva
supongo
de haber aprendido que cuando espero, fallo
cuando digo, fallo
cuando acepto, fallo
cuando me opongo, fallo
cuando me dejo en paz ‒si esto llegara a ocurrir‒ avanzo.
viva
para entender
que alejarse es herida
volver un puñal incisivo
salvarse una burla zafia
nacer un mero trámite
que a un “quizá” le sigue un “nunca” y que a un “nunca” un “por qué”
amar un nudo, despertar una soga
llorar una lección sin conclusiones.
sólo supongo.


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