Hace un año, volví a escribir cuentos, pero sin darme cuenta de que en realidad seguía con los hábitos del novelista. Seguía utilizando un tempo moroso, nada adecuado para el relato. Las frases se alargaban sin prisas y se concentraban premiosamente en los detalles. Hasta que comprendí que así no iba a ninguna parte. Tenía que ser más consciente de que había regresado al cuento y estaba obligado a un sentido de la brevedada que no pedía la novela. Pero el conflicto máximo no procedía únicamente de ese lastre de las malas costumbres adquiridas como novelista. La tensión más fuerte la provocaba el duro esfuerzo de contar historias de personas normales y tener a la vez que reprimir mi tendencia a divertirme en textos metaliterarios: el duro esfuerzo, en definitiva, de contar historias de la vida cotidiana con sangre e hígado, tal como me habían exigido mis odiadores, que me habrían reprochado excesos metaliterarios y "ausencia absoluta de sangre, de vida, de realidad, de apego a la existencia normal de las personas normales."
(...)
He sudado la gota gorda con las secreciones y exudaciones de mis personajes, he hecho un esfuerzo increíble para mostrar "apego a la existencia normal de las personas normales". Y últimamente me siento ya bien adaptado a mi asquerosa vida. En el fondo, siempre me han impresionado cuentistas como Raymond Carver, con todas sus historias de camareras y camioneros y otros seres anodinos perdidos en la grisura de una cotidianidad aplastante. Reconozco que es un genio del cuento. También me gustan esos autores que, por ejemplo, describen un campo de patatas con una precisión magistral. Pero a mí siempre me ha costado hacerlo. Si tenía que describir un campo de patatas, lo hacía, pero se trataba de unas patatas germinando en un sótano, por ejemplo, y acababa teniéndome que corregir yo mismo, golpeándome sádicamente la mano con la que escribía aquellos surrealismos.
Me he dedicado a hablar de seres corrientes y vulgares, es decir, de individuos amostazados, apopléticos y analfabetos, pero lo he pasado mal, muy mal. Y todo para que dijeran que he cambiado un poco de estilo. Es absurdo porque en el fondo debería haber sabido que para cambiar de estilo basta con cambiar de tema. Lo he pasado mal porque he transpirado mucho con mis personajes. A los de mi primer cuento, por ejemplo, no he podido olvidarlos. Se pasaban el día metidos en mi cocina, discutiendo mientras fregaban platos. Discutían por cualquier cosa. Era uno de esos matrimonios que siempre se están tirando los platos literalmente a la cabeza. Me fastidiban, pero sin embargo me volví preciosista con ellos, ni un error a la hora de abordar su inmensa vulgaridad con precisión. El problema grande llegó cuando descubrí que nunca se iban de casa. Me levantaba a medianoche, por ejemplo, para ir a buscar algo a la nevera, y allí estaban los dos, apoyados en el pared del pasillo, junto a la cocina: insomnes, sucios. Un día, les oí comentar que se habían inscrito en el Club de las Personas Normales. Qué tiernos, qué personajes más deliciosos. Aunque les veo demasiada carne, nariz y hueso. Además, ¿cuántos relatos se habrán escrito ya sobre las mismas tonterías?



