30 diciembre 2020

Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. A veces es como aquel primer intento de acoplar un globo de hidrógeno a otro de aire caliente: ¿prefieres estrellarte y arder o arder y estrellarte? Pero a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible.

Niveles de vida, Julian Barnes 

 

12 diciembre 2020

sin importancia

jim holland
no merecían esto
la tristeza 
la carga 
el viaje a ninguna parte 
el recuerdo torcido 
acabar así 
el final excepcional. predecible. interminable. 
ellos, que centelleaban de verde, intenciones y flores blancas 
tanto amor para nada 
tantas risas para luego 
silencio, hojas secas 
otro cadáver de otra historia exigua 
¿qué esperabais, criaturas? 
¿permanecer? 
¿perpetuar un comienzo? 
¿pasear eternamente con las manos entrelazadas? 
¿atar bien la venda a los ojos, seguir cruzando puentes en llamas? 
no merecían esa inocencia suya 
tan frágil y estrecha 
usarla así, sin mesura 
sin práctica 
sin pensar que un día cualquiera 
comienzan las lluvias 
diciembre 
las nieves que todo lo hielan 
los muros que todo lo cercan 
la vida que todo lo encharca 
no 
no merecían tanta pena 
tantas frases inacabadas 
ni el recuerdo torcido al que siguen aferrados para no hundirse aún más en el fango 
¿qué esperabais? 
lo único que perdura son los días sin importancia.

27 noviembre 2020

supervisión

primero lo ve a él. le llama la atención su mirada, como si hubiera encontrado algo: un billete de cincuenta, un amigo que hacía años que no veía o una presa. esto es: una presa. ha girado el rumbo a escasos metros de ella y ahora retrocede, subido a su bicicleta y aminora la velocidad. teresa no puede evitar girarse también. a ella nada le ha llamado la atención en su vuelta a casa y siente curiosidad por lo que ha hecho que le hombre se diera la vuelta, de golpe. las miradas de ambos coinciden en la niña. una niña de siete, ocho años como mucho, columpiándose en el parque. la escena no tendría nada de especial si no fuera porque teresa no ve a nadie más, sólo a la niña, vestida de rojo y rosa, bien agarrada al columpio, ajena a todo. si tiene madre, padre, una hermana mayor o una prima, no están cerca, ni tan siquiera lejos. no están allí, con ella, vigilándola. le resulta inquietante, peligroso. también el hombre que se ha dado la vuelta y aminoró la velocidad, yendo en dirección al pequeño parque. todo esto lo piensa en apenas dos segundos, es algo instintivo, visceral. pero sigue andando, alejándose, de vuelta a casa, un viernes por la tarde, después de una semana muy larga y con la cena de esta noche aún por preparar. y esto hace: sigue andando. deja atrás a la niña en el columpio, deja atrás al hombre subido a su bicicleta y deja atrás el parque, pero su cabeza sigue anclada en el lugar. ¿debería ella también cambiar de dirección y retroceder unos pasos? ¿debería acercarse a la niña y preguntarle dónde está su madre? ¿debería comprobar si ha sido la niña quien ha llamado la atención del hombre? ¿debería preocuparse por si ha sido así? ¿debería dejar de imaginar catástrofes, por una vez en la vida? entra en el supermercado acalorada y saca la lista de la compra del bolsillo derecho del abrigo. huevos, zanahorias, leche, galletas de chocolate. del vino se encargaba sebastián. ¿debería haber hecho algo? 
al llegar a casa lee el mensaje de él avisándola de que llegará tarde por una reunión que se ha alargado a última hora. se enfada, aunque no está segura de si es con él o con ella. pone la televisión para escuchar alguna voz que la saque de su cabeza y comienza a cortar las verduras. cuando él llega, mucho más tarde de lo que había dicho, la mesa está puesta y el primer plato listo. 
–lo siento mucho –dice. 
–¿y el vino? 
–joder, lo olvidé. 
teresa resopla. 
–bajo ahora mismo. 
–déjalo. iré yo. 
–lo siento. me ocupo del resto en cuanto me haya duchado. 
teresa sale a la calle sin el abrigo, pero tampoco siente las ráfagas de viento ni mucho menos los seis grados. coje la primera botella que encuentra en la estantería, paga y sale de nuevo a la calle, aunque en dirección contraria a la de casa. su móvil suena quince minutos después. 
–¿dónde estás? –le pregunta él. 
¿cómo decirle que en el parque? que ha tenido que regresar al parque y comprobar si la niña seguía allí. ¿cómo decirle que, hace unas horas, vio a una niña sola y que ni siquiera le preguntó si su madre estaba cerca? no hay rastro de la niña. tampoco del señor. hay otros niños, eso sí. jugando y armando jaleo, todos acompañados de padres jóvenes que hablan entre ellos y recogen la merienda de las mesas. teresa da varias vueltas alrededor. nada. ¿es esto buena o mala señal? no sabría decirlo. la niña podría estar ya en su casa, sana y salva. o podría estar en cualquier otro lugar. prefiere no pensar en esta última posibilidad.
–voy enseguida –responde. 

ingrid y toni llegan a la nueve en punto. alaban la comida y les cuentan el cambio de trabajo de él y el posible ascenso de ella. brindan varias veces y durante los postres ingrid saca de su bolso la bolsita con marihuana.  
–hay que celebrarlo –dice alguno de los dos. 
–¡estupendo! –responde sebastián. 
los cuatro salen al balcón. en apenas un par de caladas teresa siente la cabeza pesada. pero vuelve a fumar cuando toni le pasa el canuto un poco después. alguien habla de una película que vio hace poco sobre alienígenas que invadían la tierra. escucha risas lejanas. alguien habla ahora de un amigo de un amigo que ha comenzado a practicar sexo tántrico. escucha más risas, esta vez estridentes y molestas. da otro par de caladas y luego un par más. siente mucho frío y también ganas de vomitar. 
–voy al baño –susurra. 
se lava la cara varias veces y vomita la cena y el vino en el váter. al rato sebastián llama a la puerta. 
–¿estás bien? 
teresa rompe a llorar. 
–¿qué pasa? ¿por qué lloras? 
pero ella niega con la cabeza y esconde el rostro con las dos manos bien apretadas. él la abraza y le acaricia el pelo. lejos de tranquilizarla ella siente que le falta el aire y se aparta. 
–es la niña –dice finalmente. 
–¿qué niña? ¿de qué niña me estás hablando? 
no consigue decir nada más. sebastián tiene los ojos enrojecidos y la expresión divertida, como si todo aquello fuera un sueño extraño y curioso. 
–venga, vamos fuera. te sentará bien el aire fresco. 
vuelven al balcón. teresa se sienta en un rincón. alguien le pregunta si está bien. alguien habla de irse un fin de semana de acampada. alguien le acaricia el brazo.
¿cuánto tardan unos padres en darse cuenta de que su hija ha desaparecido? ¿cuánto en ir a una comisaría y denunciar la desaparición? ¿cuánto tiempo hasta que alguna cadena se hace eco de la noticia y todas las demás comienzan a hacer un seguimiento minucioso y macabro? se levanta de repente y se dirige al salón. esta vez los demás se callan y la siguen con los ojos. teresa pone la televisión y va cambiando de canal hasta que encuentra uno en el que ponen noticias las veinticuatro horas. 
–¿qué haces? 
teresa sube un poco el volumen. 
–¿se puede saber qué te pasa hoy? 
ahora su expresión es seria y crispada. 
–tengo que ver las noticias. 
–¿justo ahora? 
–sí. 
–tenemos invitados. 
–lo sé. pero es importante. 
sebastián resopla, regresa al balcón y cierra la puerta con un portazo. ella se deja caer en el sofá y espera hasta que terminan los anuncios. nota la garganta seca, las manos sudadas y aún le pesa la cabeza. está nerviosa, cansada. si hubiera cambiado de ruta, si no hubiera tenido que pasar por el supermercado, ahora no se encontraría así e inmediatamente se siente culpable por tener un pensamiento tan ruin. 
ingrid y toni se van temprano. están incómodos y sienten que sobran. se despiden apresuradamente. aseguran que repetirán pronto, esta vez en casa de ellos. en la tele no se habla de ninguna desaparición de ninguna niña. teresa respira aliviada durante unos segundos, pero luego, en la cama, piensa que aún es muy temprano y que la noticia saldrá mañana a primera hora. imagina la primera noche de la niña, fuera de su casa, alejada de su madre, aterrada, tal vez muerta. apenas pega ojo en toda la noche y cuando lo consigue, a las tres y media, tiene una pesadilla recurrente en la que debe escapar de algo amenazante, pero sus piernas están paralizadas. 
sebastián sigue sin hablarle cuando coinciden en la cocina al día siguiente. ella le sirve café y luego le explica todo: la niña, el señor, su falta de reacción, sus sospechas, sus miedos. él parece que por fin la comprende y le acaricia el pelo. 
–puede que no sea nada. 
–¿cómo que nada? lo vi todo. vi la mirada de él. la niña sola. caía la noche y no había nadie más. 
él se inquieta: 
–¿por qué no hiciste nada? 
a ella le tiembla la voz. 
–no lo sé. no lo pensé. joder, no lo sé. 
miran las noticias juntos y luego dejan la tele puesta mientras recogen la casa y lavan los platos. apenas intercambian alguna palabra. por la tarde regresan al parque y se sientan en un banco cercano, en silencio, a la espera de ver a la pequeña. esperan media hora y otra más. a las siete, ya de noche, ella tiene tanto frío que propone volver a casa. él está de acuerdo, no sin dar un último vistazo antes. cenan poco. él pone las noticias, por si acaso, para zanjar el tema, pero ella le pide que apague el televisor. 
–¿lo ves? no pasó nada –dice él al rato–. seguramente la niña no estaba sola y el hombre ni siquiera la vio. 
teresa le da la razón sólo para que se calle. lejos de sentirse aliviada se siente un fraude y está enfadada consigo misma. no hizo lo correcto y eso le pesa demasiado. ¿qué clase de persona hubiera dejado sola a esa niña? se mete en la cama aún helada de frío y se aparta hacia un rincón cuando siente la mano cálida de sebastián acariciando su cintura. 

el lunes está de mejor humor. en el trabajo alguien ha llevado madalenas caseras y el jefe llama a primera hora para decir que está enfermo y que se quedará en casa. teresa pasa el día mirando destinos de viajes para semana santa y hablando con sus compañeros. alguien comenta que hizo mucho frío el domingo, otro que aprovechó para ordenar el trastero, otro pide la receta de las madalenas. ella ríe, escucha, asiente, incluso cuenta por alto la cena del viernes, aunque al hacerlo no puede evitar recordar a la niña en el parque. pero en el trabajo nadie sabe lo ocurrido: nadie sabe que continuó su camino sin hacer nada, nadie sabe que durante unas horas estuvo aterrada. nadie tiene ni idea de que se sintió culpable e irresponsable. mala persona. ahí sólo saben que es teresa, la traductora de la tercera planta, la que viaja de vez en cuando y no soporta el olor de cigarrillo. se siente a salvo, tranquila, puede fingir tanto como le plazca. sale a las seis. de noche. hace demasiado frío como para andar despacio, aunque los zapatos le aprietan los dedos y tampoco podría avanzar lo que le gustaría. desde hace horas sólo piensa en llegar a casa y quitarse los zapatos. pasa por el bar donde a veces desayuna, pasa por el centro comercial, por el puente y, finalmente, por el parque. esta vez es el camino que deseaba tomar. la ve enseguida. de lejos. la misma niña, el mismo anorak rosa, el mismo columpio. acelera el paso a pesar de los zapatos. mira alrededor. está sola. vuelve a mirar. quiere asegurarse de que está completamente sola. 
–¿dónde está tu madre? –le grita desde el otro lado de la valla de madera. 
la niña no la escucha. o la ignora. teresa abre la puertecita de la valla y entra al parque. siente que se le parará el corazón de un momento a otro. 
–¿dónde está tu madre? –repite más alto. 
la niña se asusta y deja de darse impulso en el columpio. 
–¿estás sola? ¿has venido sola? ¿y tu padre? ¿tienes hermanos? ¿dónde están? 
ahora le tiembla la barbilla, pero termina señalando hacia el otro lado de la calle. teresa desvía la mirada hacia donde apunta su pequeño dedo: una tienda de comestibles de las que abren veinticuatro horas, minúscula y mal iluminada. ni tan siquiera piensa que, si va hacia allí, la dejará sola de nuevo. no puede pensar en esto ahora. sale del parque, cruza la calle y se acerca a la tienda. tampoco ha pensado ningún discurso. bastará con señalar a la pequeña y decir que le podría pasar cualquier cosa, que qué clase de padres son, que deberían tener más cuidado. con eso bastará, no necesitará más obviedades. cuando está a punto de abrir la puerta destartalada ve a la mujer. en su falda, un bebé en pañales llora sin consuelo. la madre lo ignora porque le está gritando a alguien. al fondo de la tienda teresa divisa a un hombre que también grita y gesticula de forma airada. se queda parada, con la mano en el pomo. no sabe qué hacer. no entiende sus palabras, pero es suficiente con ver los gestos de ambos. en algún momento el hombre alcanza un paquete de arroz de una de las estanterías y lo lanza en dirección a la mujer. ella lo esquiva y los granos se desparraman por el suelo. teresa aparta la mano de la puerta y retrocede varios pasos, esperando que no la hayan visto. mira a la niña, seria y bien sujeta a las cadenas del columpio que se balancea arriba y abajo. respira varias veces antes de tranquilizarse y notar que sus latidos vuelven al ritmo habitual. vuelve a cruzar la calle, regresa al parque y busca el banco más cercano. se sienta y mira a la niña. ella le devuelve la mirada de vez en cuando, hasta que se acostumbra a su presencia y entonces se vuelve a impulsar arriba y abajo. teresa se quita un zapato y se masajea el pie derecho con los dedos. luego el izquierdo. vuelve a sentir frío, pero no se mueve. la niña comienza a canturrear. teresa saca el móvil de su bolso y le escribe a sebastián: “llegaré tarde. puede que mañana también”.

27 octubre 2020

sasa gyoker
Si hay que aclarar tantas cosas,
si hay que matizarlo todo,
si hay que explicarte los mundos,
las flores, los raíles de mi universo

como si no tuvieras neocórtex,

como si fueras una piedra
o un muro o dos iris de pescado,

si hay que hablar con palabras

en vez de con mordiscos o vistazos,

si hay que ir con miramientos

en vez de ir, plácidamente, de la mano
por la avenida de los cojines...

Para mí va a ser quimérico, imposible,

ser feliz y dormir tranquilamente
apoyada en la perpendicularidad de tu cuello;
para mí va a ser una locura, un fracaso,
intentar pasear de tu mano sin odiarnos.

Porque si no eres capaz de intuirme,

de sospechar mis visos, mis tornasoles,
de aceptar que soy yo, así,
la que te quiere y, un día, despierta
y deja de hacerlo, y dice que quién sabe

si es definitivo (que quién sabe si un día cualquiera

de un año que puede ser cualquiera si es lejano
os encontraréis en una calle japonesa y os coméis,
sabe bien y volvéis a enamoraros);

si no eres capaz de arriesgarte a rasgarte entero

con el advenimiento de la ruptura, del desamor
(a más riesgo, en fin, más beneficio, casi siempre),

si no eres capaz de entender, a la primera, con todo
tu cuerpo
que deseo
amarte totalmente con todo el cuerpo, por los siglos
de los siglos, pero que, sin embargo, no puedo 
no,
   no puedo,
                ni parcialmente si sólo con los dedos
o la boca...
                Entonces será mejor
que te vayas, que no vuelvas,
que te busques una falda convencional
-plisada, estable-
que te haga la comida.
                                Yo no cocino.

Puedo ofrecerte

el amor indestructible que dura unos meses.
Puedo ofrecerte el amor verdadero y, luego, desaparecer,
irme a otro
(en pos de un buen augurio...)
hacia mí.

Puedo ofrecerte todo, por un instante: el último

Pero si no eres capaz de entender el significado justo
de "por un instante", "por un momento", "temporalmente",
"una vida", "Historia", "los últimos meses",
será mejor que estrujes el pomo de la puerta
y te marches: será mejor que te evapores.

Yo, pobre mujer sin ancla, pobre mujer de nadie,

mujer que rompe todo, esquemas, corazones, planes,
mujer que no cree en nada, mujer que busca hombre
que acepte el riesgo
                           y lo sortee
                                         y la cace, 
me quedaré aquí, resignada,
sabiendo que vendrán otros como tú,
con pretensiones
de eternidad y de vejez, que ser irán, como tú,
más tarde o más temprano, espantados,

huyendo despavoridos al haber contemplado

mi rostro, mi sinceridad, mi inconsolable pena
al exponerles, como ahora te expongo a ti, amor
indestructible y verdadero, estas condiciones,
esta letra pequeña,
estas miserias mías, estos moldes
de lo que, contra mi voluntad, nunca me salgo:

espantados antes mi conferencia de palabras,

                                                                advertencias
(una vez se han agotado las mordeduras, 
                                                           las miradas)
que, bajo mi triste punto de vista, son trámite
    imprescindible
para iniciar correctamente una historia de amor. 


Aviso miserable, Berta García Faet

03 octubre 2020

Detuvo el motor, se aflojó, largó un aire retenido demasiado tiempo. Bueno, ¿qué querés hacer? Me esperaba cualquier cosa menos una pregunta. Pensé que el resultado era positivo o negativo, que me diría cuánto tiempo me quedaba, en semanas, en días. Pensé que lloraría. Pero una pregunta, no. ¿Qué decís? Pero no pude decir nada, pobre. E hizo una pausa en la que toda mi vida fue un silbido agudo. El bosque eran árboles como tigres alzados. No voy a poder olvidar, dijo, y por primera vez fue solemne. Silencio, más ahogado que el anterior. Un zumbido agarrado a mis oídos cayó con la velocidad de un pájaro muerto. No se podría hacer nada después de esa mirada, qué me toca agregar ahora. Cuando vio que no iba a dar batalla, dijo, prendiendo un pucho, además, ellos están esperando un hijo. Bueno, dos, porque son mellicitos. Y, aunque intentamos ponernos serios, nos tentamos de risa, no sé de qué, la palabra mellicitos. ¿Y si tenemos uno nosotros? ¿Otro hijo?, preguntó ahogado en una tos. Y volvimos a estallar de risa. Un hijo más, nosotros. Ahí estuvimos los dos por última vez riendo a risotadas como un matrimonio feliz. Bajé sin abrir la puerta, era un modelo práctico para separarse. Él dio media vuelta y me vio perderme entre matorrales. El primer momento fue puro dolor. Ese tipo de dolor que no se comparte ni con uno mismo. Estuve de luto mucho tiempo, pero en un momento tuve, como la viuda cuando pone la llave en la puerta de su casa, por primera vez, como cuando cena sin hablar, por primera vez, como la viuda se acuesta sola, por primera vez, una tristeza excitante, salvaje.

                                              Matate, amor, Ariana Harwicz

26 agosto 2020

una noche demasiado larga

neil krug
me dices que estoy equivocada y yo me callo
porque estoy acostumbrada a estar equivocada
y a callarme. aunque no lo esté.
pero, lo admito, la noche está yendo bien:
eres simpático, atento. me haces reír
también tú pareces cómodo: te rascas la barbilla cuando dudas, me miras las tetas creyendo que no me doy cuenta y propones de ir a mi casa.
digo que sí y paseamos hacia el metro rozándonos (cuidadosa y estudiadamente) los brazos, demasiado pálidos para la época.
me cuentas sobre un viaje a méxico y me preguntas si conozco el país. 
no, contesto. pero sé, recuerdo, 
que prefieres la carne al punto, la nieve a la playa, que tienes una hermana mayor y lees a houellebecq.
me indicas para que entre primero y buscas dos asientos apartados donde sentarnos. sonríes.
estamos nerviosos, también borrachos.
queremos vernos desnudos, queremos gustarnos
queremos que dure
fuego 
un exceso que nos calme.

el viaje se hace largo
entran parejas enamoradas
entran hombres cabizbajos 
entra una chica pálida que llora mientras su amiga, descalza, acaricia su pelo lacio 
entran señoras maquilladas, silenciosas, que nadie sabe donde han estado.
salimos nosotros, cogidos de la mano
salimos nosotros, apresurados
salimos nosotros, química, llamas y palabrería barata.

el zumbido de la madrugada, las voces de los vecinos que llegan hasta la calle, las basuras abiertas, el hedor de otro agosto maduro, ilimitado. 
me cuentas de la vez que montaste una banda, de la vez que rescataste un gato subido a un árbol, del coche que vas a comprarte, de la ex que te llama cada fin de semana.
y tú qué, me preguntas
ya hemos llegado.
entonces me besas. en el portal. tu lengua sabe a menta y tequila. no sé qué hacer con las manos. subimos a pie los tres pisos. nos tanteamos en cada rellano. encuentro las llaves a tientas. 
espera, te digo.
abro la puerta y pasas.
así que aquí vives tú, murmuras.
examinas la casa: lees los títulos de los libros en voz alta, desapruebas alguno, escudriñas las fotos, los muebles, acaricias la hoja del helecho junto a la ventana, te sientas en el sofá con los brazos extendidos, la camisa desabrochada y pides un poco de agua.

en el baño me miro al espejo
en la cama esperas desnudo
en el baño me refresco la cara, la nuca. sonrío. bueno, aquí estamos
en la cama me tumbo a tu lado y noto tu mano en mis nalgas, la falda subida, la urgencia, los dedos que avanzan, la prisa, el ritmo que marcas sin escucharme. te corres en tres minutos. tres. minutos. 
tres.
la hostia, murmuras, jadeante, victorioso, echándote a un lado
¿tienes una toalla?
¿en serio? me pregunto en el baño
¿en serio? repito en voz alta.
y me miro al espejo y me dedico un tiempo
apoyada en la pila, humedezco mi dedo y pienso en uno y en otro y palpo despacio y arqueo la espalda y silencio un gemido amplio, glorioso. triunfante.

y cojo la puta toalla.

sonríes y me das las gracias
sonrío y respondo de nada
sonrío y espero un gesto, un acuerdo tácito, un final apremiante y, sin embargo, lejos de esto, te quedas dormido, enroscado a mi cuerpo tieso y sudado.
la hostia, susurro
entonces te das la vuelta y te cubres con la sábana blanca y yo pienso en nosotros: dos turistas, dos extraños, dos almas desajustadas. un inicio tan precario, una noche demasiado larga. tres minutos. tres. un desenlace sin drama. un ronquido. otro. un desatino. de tantos.

26 julio 2020


Mi vecino se volvió hacia mí otra vez y me preguntó cuál era el trabajo que me llevaba a Atenas. Advertí por segunda vez el esfuerzo deliberado de su interés; era como si hubiera aprendido a recuperar los objetos que se le caían de las manos. Recuerdo que mis hijos de bebés, sentados en la trona y tirando cosas solo para verlas caer al suelo, actividad que les resultaba tan placentera como terribles eran sus consecuencias. Se quedaban mirando lo que hubiera caído -una galleta a medio comer o una pelota de plástico-, cada vez más nerviosos ante la incapacidad de la cosa por regresar. Al final se echaban a llorar, y por lo general se encontraban con que el objeto en cuestión volvía a ellos por la vía del llanto. Siempre me sorprendía que su reacción a esa cadena de acontecimientos consistiera en repetirlos: en cuanto tenían el objeto en las manos, volvían a tirarlo inclinándose hacia delante para ver cómo caía. Su regocijo no disminuía nunca, y su angustia tampoco. Yo siempre esperaba que en un momento u otro se dieran cuenta de lo innecesario de su angustia y se decidieran a evitarla, pero nunca ocurría. El recuerdo del sufrimiento no surtía efecto alguno en su decisión: al contrario, los obligaba a repetirla, pues ese sufrimiento era la magia que obraba el regreso del objeto, lo que les permitía volver a experimentar el placer de tirarlo. Si la primera vez me hubiera negado a devolvérselo, supongo que habrían aprendido algo muy distinto, aunque no estaba demasiado segura de qué podría haber sido. 

A contraluz, Rachel Cusk

30 junio 2020

huesos


aela labbé

sara llegó a casa a última hora de la tarde. mamá nos había dicho que llegarían temprano, pero luego nos llamó a las tres para informarnos de que los papeles del alta aún no estaban listos y que iban a retrasarse.
–¿quieres que vaya? –preguntó papá. y luego me miró con una expresión que conocía bien y que significaba que si contestaba que sí tendría que portarme bien, ser responsable y cuidar de mi hermano mientras él estuviera fuera. pero mamá contestó que no y al colgar nos dijo que estaban a punto de llegar y que lo mejor sería empezar a preparar la cena. diego se puso de pie sobre el sofá y comenzó a saltar entusiasmado. llevaba toda la mañana preguntando cuándo llegaría sara y cuándo podría cocinar. él se encargaría, había dicho, de amasar la base del pastel y batir los huevos con la mantequilla y el azúcar. fuimos a la cocina en silencio, a excepción de diego, que ahora nos preguntaba si podría añadir cacahuetes al pastel. papá puso la radio, sacó los ingredientes de la nevera y yo esperé a que me dijera qué debía hacer.
al verlas entrar por el jardín sentí un nudo en el estómago. mamá iba delante, cargando con las cosas de sara. no sé cuál de las dos parecía más cansada. sara llevaba una sudadera negra grande y unos pantalones marrones y desgastados. su pelo rubio sobresalía por debajo de la capucha. ninguna de las dos sonreía y pensé que si no lo hacíamos nosotros tres sería la bienvenida a casa más triste de la historia.
–ya están aquí –dije con la mejor entonación que pude.
papá dejó de cortar la verdura y levantó la vista hacia el jardín. también identifiqué su expresión, ya conocida: una mezcla de miedo y agradecimiento. su hija regresaba a casa, pero ahora dependía de ellos.
besamos a sara con cuidado. estaba pálida y temblaba de frío. diego la rodeó con sus brazitos cortos un buen rato y ella acarició su pelo oscuro hasta que él se apartó y le contó que estaba haciendo una tarta de celebración y que en el colegio había marcado tres goles. yo le dije que la veía muy bien, aunque era mentira. no pesaba más de cuarenta y cinco kilos y me daba la impresión de que incluso respirar le costaba un esfuerzo colosal. se sentó en la cabecera de la mesa mientras nosotros revoloteábamos a su alrededor, pretendiendo no estar pendientes de su mano trémula cuando cogió un vaso de agua ni de sus labios agrietados, ni de sus rodillas puntiagudas que se marcaban por debajo del pantalón. sólo diego parecía no advertir la fragilidad de su hermana y le pedía insistentemente que salieran al jardín a jugar al fútbol.
–ahora no, diego. ahora vamos a comer –dijo mamá.
sara la miró y yo la miré a ella. “no tengo hambre”, esperaba que dijera, pero calló y tomó otro sorbo de agua.
la mesa se llenó de platos que humeaban: verduras, quesos, pasta con nata y champiñones. mamá nos felicitó a los tres y papá cortó la carne y esperó a que nos sentáramos para decir que se alegraba mucho de que todos estuviéramos en casa, por fin. mamá se secó una lágrima con la manga del jersey.
–¿os sirvo? –preguntó él.
diego alargó su plato y pidió una cucharada más de todo. luego me sirvió a mí y después a mamá. finalmente miró a sara y esperó a que ella hiciera el gesto de acercar su plato.
–sólo quiero arroz –dijo.
papá le sirvió una cucharada y ella lo comió despacio, sin apartar la vista de los granos blancos que apenas ocupaban la mitad del plato. era inevitable no darse cuenta de que estaba incómoda y, ni mucho menos, hambrienta pero nadie dijo nada y esperamos a que terminara, mucho después que nosotros, para sacar la tarta de la nevera que se negó a probar. los médicos le habían dicho a mamá unos días antes que no la atosigáramos. sólo conseguiríamos ponerla más tensa.así que comimos la tarta los cuatro, en silencio, mientras ella bebía más agua y hacía ruido al tragar. al terminar, mamá, papá y yo recogimos la mesa y sara y diego salieron al jardín. él chutaba la pelota con fuerza y ella se apartaba con miedo.
–¡la tienes que parar! –le gritaba él.
subí a mi habitación cuando la cocina quedó recogida.
–¿se la ve mejor, no? –preguntó mamá a papá cuando creían que ya me había alejado lo suficiente y no podría escucharlos.
–sí, mucho mejor –contestó él.
me hubiera gustado volver y decirles que no, que no estaba mejor y que era sólo cuestión de semanas o días, tal y como llevaba sucediendo en los últimos dos años, para que volviéramos a lo de siempre: sara se sentaría con nosotros en las comidas algunos días y luego comenzaría a buscar excusas. “he quedado”, “desayuné muy tarde”, “comeré en una hora”, “me duele muchísimo la tripa”. conocíamos todos sus recursos, pero era más importante tenerla en casa y creer que las cosas serían distintas esta vez.
la esperé en mi habitación durante un buen rato hasta que escuché los pasos de diego por las escaleras e imaginé a sara detrás, sin aliento, sujetándose a la barandilla. entró sin llamar y se quitó la capucha.
–estoy helada –dijo–. ¿no está puesta la calefacción?
se sentó en la cama, a mi lado. me dio la impresión de que tenía menos pelo y que sus pómulos sobresalían igual que antes del ingreso.
–¿qué haces? –preguntó.
–¿qué harás tú? –pregunté.
sara se encogió de hombros, apoyó su cabeza en la pared y cerró los ojos.
–¿crees que estás mejor? –pregunté de nuevo, pero ella no se movió y yo cogí el libro que tenía en la mesilla. era un libro aburrido que me había prestado una compañera de clase y creo que sólo lo cogí para que ninguna de las dos se sintiera obligada a hablar más. sara terminó metida en mi cama, bajo las sábanas, y me pidió que leyera en voz alta. le dije que no, que si lo hacía no conseguía concentrarme en el argumento del libro. ella respondió que eso era una chorrada y que lo intentara, al menos. la obedecí porque no quería discutir en su primera noche en casa. a los pocos minutos se quedó dormida. dejé el libro sin hacer ruido y me fui a su habitación. su cama olía a limpio y las sábanas estaban heladas. 
pasaron un par de días de extraña normalidad. actuábamos como si todo estuviera bien, en orden. papá se marchaba a trabajar a las ocho, diego y yo íbamos a la escuela y mamá y sara se quedaban en casa. sara debía recuperar todo el tiempo perdido y preparar sus exámenes finales. al regresar de la escuela la encontrábamos en la mesa del salón rodeada de libros abiertos y una manzana mordisqueada por un solo lado. la décima noche, como había hecho desde su regreso, entró en mi habitación y se sentó en la cama. cerré el libro de matemáticas y me giré. se había maquillado un poco y se había peinado con una coleta alta. estuve a punto de decirle que tenía buen aspecto, pero luego recordé que era preferible, como había dicho mamá en algún momento, no mencionar nada su apariencia porque eso la hacía consciente de su cuerpo y la ponía en alerta.
–¿vas a salir?
–sí, en un rato.
–¿te dejan?
–¡claro!
–vaya, qué suerte. ¿con quién has quedado?
–con amigos. no los conoces. ¿quieres venir?
–no me van a dejar.
–si se lo pregunto yo a mamá seguro que te deja.
–¿en serio?
–espera. ahora lo verás.
se levantó y corrió escaleras abajo. no pasaron más de dos minutos cuando regresó sonriendo y con su pequeño estuche de maquillaje.
–arreglado. 
tuvimos que prometer varias veces que a las doce estaríamos en casa y que nada de meternos en líos. diego se quejó. también quería venir con nosotras y le tuvimos que prometer que al día siguiente jugaríamos al fútbol con él. mamá nos dio dinero y papá nos dijo que estábamos muy guapas, aunque no tendría que haberlo dicho, supongo.
sara caminaba deprisa. de repente parecía tener más energía que toda la familia junta y me costaba seguirle los pasos. en el primer estanque que encontró compró un paquete de cigarrillos y me ofreció uno. yo negué con la cabeza.
–haces bien –dijo.
–¿adónde vamos? –pregunté.
fuimos a casa de un amigo. o eso dijo ella. no creo que fueran muy amigos porque cuando abrió la puerta lo único que hizo el tipo fue mirarnos de arriba abajo y preguntar quién era yo y cuántos años tenía. sara respondió que se tranquilizara un poco y él retrocedió un par de pasos y nos dejó pasar de mala gana. en el salón había unas seis o siete personas. la mayoría saludaron a sara y se alegraron de verla. una de las chicas le preguntó cuánto tiempo estaría libre y ella contestó que todo dependía de lo bien o mal que lo hiciera esta vez. nos sentamos en un sofá grande y alguien nos acercó un vaso y bebimos. después de la primera cerveza comencé a relajarme. mi hermana hablaba con todo el mundo y se reía por cualquier cosa. parecía contenta, casi feliz de haber vuelto al mundo de los normales. comentaba anécdotas del hospital que hacían reír a los demás y que nunca nos había contado en casa. de vez en cuando me miraba de reojo, supongo que para cerciorarse de que seguía allí y estaba bien, y yo la sonreía. estaba guapísima. cuánto más la observaba, gesticulando, asintiendo, sosteniendo su vaso de cerveza con sus dedos finos y larguísimos, más me embelesaba su voz, sus gestos, sus cabellos rubios y largos y sus rodillas huesudas. si alguien en ese momento me hubiera preguntado quién quería ser de mayor, sin dudarlo hubiera contestado que mi hermana sara. bebimos bastante más. mi cabeza daba vueltas y el aire del salón estaba cargado y denso. alguien puso música y una pareja comenzó a bailar en el minúsculo espacio entre el sofá y una mecedora vieja. sara aplaudía. uno de los chicos alargó su mano para invitarla a la improvisada pista. ella se negó lo justo para que él no desistiera. él la cogió por la cintura y ella colocó sus brazos por encima de sus hombros y apoyó su cabeza en la clavícula de él. no seguían el compás de la música ni les importaba en absoluto. hubo algunos silbidos. pensé que eran novios y que por fin, después de varias semanas, se volvían a ver. al rato le pidió sentarse. estaba agotada y necesitaba descansar. volvió a mi lado mientras él desapareció en la cocina.
–¿es tu novio? –le pregunté.
tenía mala cara. estaba pálida y su pelo rubio se había pegado a su frente sudada. se levantó de repente y corrió hacia el baño. la seguí y le aguanté el pelo antes de que se arrodillara delante del váter y comenzara a vomitar.
–no es nada –decía–. no es nada. es sólo la cerveza. me ha sentado mal. nada más, ¿de acuerdo?
–no es nada, no es nada –repetía yo, asustada.
el chico que había bailado con ella trajo un vaso de agua y la ayudó a levantarse. mi hermana le pidió que llamara un taxi y él nos acompañó hasta la calle mientras esperábamos a que llegara. desde la calle se escuchaba la música alta y las risas de los que aún seguían en la fiesta. por una de las ventana alguien se asomó y nos preguntó si íbamos a por hielo. 
–vete a la mierda– contestó el chico.
el aire fresco le sentó bien a sara, que comenzó a tararear la canción que sonaba arriba.
–todavía es temprano. tomemos otra y luego nos vamos– dijo.
el chico dudó y me miró a mí como si fuera yo quien debiera tomar la decisión.
–creo que es mejor que no –musité un tanto avergonzada por tener que tomar la decisión más aburrida y sensata.
–oh, vamos –protestó ella alargando las palabras como si fuera una niña pequeña–. ya estoy bien. ha sido la última cerveza. no debería habérmela tomado, pero estoy mejor. de hecho, estoy perfecta y quiero bailar un rato más. hace mil años que no me divierto un poco. por favor, hermanita, vamos a bailar.
el taxi llegó justo entonces y el taxista se detuvo delante de los tres.
–¿vais a subir, o qué?
el chico ayudó a sara, que aún se tambaleaba, a entrar mientras ella repetía que no quería volver a casa y que éramos unos aburridos. le dije la dirección al taxista y él se quedó mirándonos unos segundos por el retrovisor.
–no va a vomitar, ¿no? –preguntó.
–no, no. claro que no –me apresuré en asegurarle.
arrancó el coche y ella apoyó su cabeza en mi hombro.
–creo que le gusto –dijo.
no contesté. estaba pendiente de la cuenta del taxímetro, que iba subiendo, y esperaba que llevara suficiente dinero para pagar y no tener líos con el hombre o, peor aún, tener que pedírselo a mamá cuando llegáramos a casa.
–¿sabes que esto no va a salir bien, no? –dijo a medio camino, cuando creí que se había dormido y el taxímetro marcaba 13,20 euros.
–¿qué?
–que no saldrá bien. esta vez, tampoco.
–¿de qué hablas?
–de mí. de esto.
no supe qué contestarle, aunque sabía bien de qué hablaba y también yo creía que no iba a salir bien. bastaba con verla. con ver cómo había llegado a casa hacía menos de una semana, ojerosa, tan pendiente de su cuerpo menguante y de cómo había sobrevivido una semana a base de medias manzanas y granos de arroz contados.
–bueno, ya veremos –terminé diciendo sólo para no dejarla sola con sus propios pensamientos. no estoy segura de si luego se durmió porque el resto del viaje lo hicimos en silencio y su respiración se volvió pausada.
mamá seguía despierta cuando llegamos. estaba sentada en el sofá de delante de la ventana y nos abrió la puerta nada más vernos.
–¿lo habéis pasado bien? –preguntó cuando cruzamos la verja.
–mucho –contesté yo para que no tuviera que hacerlo mi hermana.
–estupendo. cuánto me alegro. ¿os preparo un vaso de leche o algo?
fue inútil decirle que no. ya lo tenía preparado. nos sentamos las tres en la mesa de la cocina. nos miraba a una y después a otra como si no pudiera creerse su suerte.
¿no me contáis nada? –preguntó al rato.
el vaso de mi hermana seguía intacto y sus ojos se cerraban por momentos.
hemos bailado un poco –comencé a decir yo- y después…
sara se dio la vuelta y tras la primera arcada vomitó un líquido amarillento que salpicó en sus tobillos y mis pantalones nuevos. pude ver la expresión de terror de mamá que se levantó de inmediato y, frente al suelo manchado, no supo qué hacer. sara comenzó a disculparse como había hecho un rato antes conmigo. la cerveza le había sentado mal, repitió varias veces. mamá comenzó a chillarnos. apenas entendía lo que decía. me señalaba con un dedo y luego se llevaba las manos a la cabeza y luego volvía a chillar más aún. papá bajó y, detrás de él, también diego, aunque creo que sólo yo advertí su sombra en la escalera.
¿qué pasa?
ha vuelto a vomitar –contestó mamá sin poder contener el llanto.
papá nos mandó a todos a la cama. cogí la mano de diego y lo metí en su cama.
¿se volverá a marchar? –preguntó con los ojos muy abiertos.
contesté que sí porque estaba enfadada y porque no quería mentirle más. luego le dije que se durmiera y cerré la puerta aunque no le gustaba dormir con la puerta cerrada. abajo sara seguía haciendo promesas y jurando cosas que no iban a ocurrir. al menos mamá había dejado de llorar y papá mediaba entre las dos con su voz suave. me encerré en mi habitación, me quité los pantalones sucios y la camisa que me había dejado mi hermana y me senté en el borde de la cama. observé mis rodillas puntiagudas, mis piernas flacas, los tobillos estrechos, los brazos escuálidos. me toqué la clavícula, la nuca, las costillas salientes, las vértebras. casi como ella: nada más que huesos. 

12 mayo 2020

los del 329


Hope Gangloff

viven al otro lado de la calle. en el 329. estos días encerrada en casa he memorizado, sin proponérmelo, sus horarios: se levantan más tarde que yo, a eso de las nueve. las diez, si es domingo. los días soleados salen al balcón y pasan allí un par de horas. ella lee en pantalón corto y él revisa el móvil, sin camiseta. los niños se entretienen con cualquier cosa. tienen dos. uno lleva el pelo largo y se parece al padre. el otro, de dos años, tiene una discapacidad. la mayor parte del tiempo lo pasa en brazos de ella, que lo besa en la frente y lo vigila para que no se caiga. apenas puede caminar y cuando consigue ponerse de pie debe sujetarse a las paredes o a los barrotes del balcón o a las piernas de su madre. lleva gafas azules y le gusta aporrear el tambor. el balcón está lleno de plantas secas, aunque estos días, aprovechando que está en casa todo el tiempo, ella ha plantado geranios rojos en las macetas de la ventana. dudo mucho que se acuerde de regarlos y terminarán muriéndose, como ya pasó con el rosal y la costilla de adán.
no supe de su embarazo hasta que vi al pequeño, agarrado al cuello de ella. algunas veces me pregunto si los médicos diagnosticaron la enfermedad antes del parto o después. si hubo la opción de detenerlo todo y, sin embargo, decidieron seguir adelante porque ella quería ser madre de nuevo o porque el primogénito insistía con un hermano pequeño. algunas veces me pregunto si necesitaron ayuda, si acudieron a alguien que les escuchara y les hablara con cuidado cuando regresaron del hospital. si fue ella quien lo sugirió y él, que siempre parece distante y serio, estuvo de acuerdo o se negó y prefirió hacerlo a su manera. algunas veces me pregunto cómo lo harán cuando el niño crezca y ellos envejezcan.
comen a la una. los días nublados encienden todas las luces del comedor y veo la silueta de él, sentado junto al hijo mayor mientras que ella lo hace más cerca de la cocina, que queda al fondo a la derecha. los fines de semana alargan la sobremesa y toman café, que prepara él casi siempre. luego los pierdo de vista unas horas. los imagino en el sofá, dormitando o viendo alguna película que mantenga a los niños callados y quietos. cada uno en un extremo, tecleando en sus móviles o, quizá, recordando algo sin importancia. 
cuando subo a la azotea, por las tardes, para estirar un poco las piernas, puedo ver parte del interior de su habitación de matrimonio. les gusta el blanco, supongo, porque todas sus sábanas y colchas son de este color. al igual que el cabezal de madera. demasiado antiguo y recargado, para mi gusto. en la pared hay varias fotos enmarcadas que, con la distancia, apenas distingo, pero imagino que son de los dos en algún viaje o de los cuatro en alguna celebración, bien vestidos, sonrientes, puede que haciendo muecas. las cortinas, verde oliva, parecen pesadas y tupidas. ella las echa cuando hace ejercicio, todas las tardes a las siete. él las deja abierta y, además, abre la ventana de par en par. no le importa que lo vean, supongo. cuando no pasan coches por la calle puedo escuchar la música, estridente y de ritmo rápido que llega desde la habitación. tiene el cuerpo trabajado y esbelto. y suda. suda con facilidad. levanta pesas, hace sentadillas, estiramientos, todo concentrado y serio. me da la impresión que esa es su hora preferida del día, ajeno a lo que ocurre en el salón o el balcón de la casa: el mayor aburrido, hastiado de estar encerrado en casa tantos días, molesta a su hermano que llora desconsolado mientras la madre, con el pelo aún húmedo y abrigada en su albornoz blanco, prepara la cena. cenan a las ocho. a las nueve llevan los niños a la cama y la casa queda semi oscura. a las once él sale al balcón a fumar. es el único cigarro que se permite al día. no estoy segura de que sea tabaco lo que fuma. a veces se queda un rato más, ensimismado, pensando en sus cosas o revisando el móvil. a ella la adivino cansada, aún con el albornoz puesto y el pelo, por fin, seco y enmarañado. 
nos cruzamos en contadas ocasiones: cuando riego mis plantas del balcón que, a diferencia de las suyas, insisten en florecer y crecer, o cuando salgo para que me dé el sol, por la tarde. pretendemos no vernos, a pesar de la inevitabilidad. ellos siguen con sus juegos y yo apenas me atrevo a levantar la mirada por si se sienten observados, por si invado su intimidad con mi reciente interés por ellos. sólo en una ocasión creí que habían reparado en mí cuando el menor, al verme abrir la puerta del balcón, me señaló varias veces y la madre tuvo que apartarle el brazo. sonreí, pero ella no se dio cuenta o, simplemente, no le apeteció establecer cercanía entre las dos. ese día él no salió al balcón por la noche y todas las luces de la casa se apagaron antes.
desde que los niños pueden salir a la calle pasan mucho más tiempo fuera. es ella quien suele acompañarlos. imagino el revuelo ante el acontecimiento. la imagino a ella preparando el cochecito, ella cargando con la pelota, ella haciéndoles prometer que serán buenos, que no se alejarán, que no tocarán nada, que si se portan bien podrán tomar helado de postre. ella despidiéndose de él de pasada, sin prestarle atención, pidiéndole, quizá, que se acuerde de poner el agua a calentar a la una. él contestando de pasada que sí, que claro, que no se preocupe, que lo pasen bien, que hagan caso a la madre. ¿se acordará de subir tabaco? y cierra la puerta y sale al balcón. los mira apoyado en la barandilla: minúsculas manchas que se mueven sin orden, imagino. y cuando están lo suficientemente lejos mira hacia mi balcón. no sería extraño que me viera, de pie, detrás de la ventana. si es así echo la cortina como hace ella. el timbre suena a los pocos minutos. sube los escalones de dos en dos y encuentra la puerta abierta. tenemos media hora, dice. lo suponía, contesto. a veces nos basta con menos. siempre huele a colonia de niño pequeño. nunca me habla de su familia. imagino a sus hijos saltando por las aceras y cantando una canción aprendida en la escuela. la imagino a ella contemplando la escena, tranquila, puede que feliz. antes de marcharse él aparta un poco la cortina de mi salón y mira hacia su casa: los geranios rojos, el tambor que el hijo menor descuidó en el suelo, la luz encendida que olvidó apagar antes de salir. ojalá todo esto termine pronto, dice. 
cuando vuelven sus hijos él ha puesto la mesa y se ha cambiado de ropa. ella, imagino, le cuenta el paseo, las rabietas, los juegos y las treguas. él, imagino, la escucha distraído mientras el mayor lloriquea porque tiene hambre. ella, imagino, corta el tomate y sazona la carne. él, imagino, pone la tele, revisa el móvil y se detiene y observa las cortinas abiertas de mi casa. nos miramos apenas unos segundos y luego imagino que algún día todo esto va a terminarse.

07 abril 2020

qué, cuándo


conroy maddox
no siempre lo preguntan así
sólo algunos
los que, quizá, no entienden de tacto
o esperan demasiado de mí
en cualquier caso, apuntan y esperan
observan y esperan
callan y esperan.
qué, cuándo
¿cuándo cambiarás de trabajo?
¿qué harás con ese imbécil?
¿cuándo dejarás de fumar, de morderte las uñas?
¿cuándo terminas la novela, empiezas la dieta, abandonas esa estúpida manía de rezar todas las noches?
¿qué vas a decir? ¿qué tienes pensado?
¿cuándo aprenderás la lección, a elegir bien, organizar el día, planificar el futuro?
¿cuándo crees que vas a hacer algo?
y esperan
esto esperan de mí:
una gran decisión, una actuación admirable, un resultado brillante.
hizo lo que tenía que hacer, lo convenido. ni un solo desvío en el trayecto, ni una sola mancha en el vestido blanco de los domingos.
esto esperan:
una versión útil, recta.

otra

otra que no cierra los ojos cuando preguntan cuándo
otra que no tiembla cuando preguntan cuándo
otra que no discute cuando preguntan qué
otra que no se hunde cuando preguntan qué
otra que no ensucia el vestido blanco de los domingos
otra que no tirita y balbucea
otra, impecable.
algunos preguntan buscando un consuelo:
no hizo nada. como yo
un desprecio:
hizo mal. como ellos
una burla:
hizo poco. como los cobardes
una evidencia:
hizo de todo. como los que vacilan.
y yo, uñas rotas y la novela sin terminar, susurro:
no esperes reflejo de ti en mí
soy un efecto invisible
una frase a medias
nadie de quien sentirse particularmente orgulloso
nadie a quien regalar flores en fechas señaladas, ni una felicitación tardía por logros mediocres. 
nadie por quien brindar en las fiestas. nadie acostumbrado a los aplausos.

no hay qué
no sé cuándo.