Hope Gangloff
viven al otro lado de la calle. en
el 329. estos días encerrada en casa he memorizado, sin proponérmelo, sus horarios: se
levantan más tarde que yo, a eso de las nueve. las diez, si es domingo. los días
soleados salen al balcón y pasan allí un par de horas. ella lee en pantalón
corto y él revisa el móvil, sin camiseta. los niños se entretienen con
cualquier cosa. tienen dos. uno lleva el pelo largo y se parece al padre. el
otro, de dos años, tiene una discapacidad. la mayor parte del tiempo lo pasa en
brazos de ella, que lo besa en la frente y lo vigila para que no se caiga.
apenas puede caminar y cuando consigue ponerse de pie debe sujetarse a las
paredes o a los barrotes del balcón o a las piernas de su madre. lleva gafas
azules y le gusta aporrear el tambor. el balcón está lleno de plantas secas, aunque estos
días, aprovechando que está en casa todo el tiempo, ella ha plantado geranios
rojos en las macetas de la ventana. dudo mucho que se acuerde de regarlos y
terminarán muriéndose, como ya pasó con el rosal y la costilla de adán.
no supe de su embarazo hasta que vi al pequeño, agarrado al cuello de ella. algunas veces me pregunto si los médicos diagnosticaron la enfermedad antes del parto o después. si hubo la opción de detenerlo todo y, sin embargo, decidieron seguir adelante porque ella quería ser madre de nuevo o porque el primogénito insistía con un hermano pequeño. algunas veces me pregunto si necesitaron ayuda, si acudieron a alguien que les escuchara y les hablara con cuidado cuando regresaron del hospital. si fue ella quien lo sugirió y él, que siempre parece distante y serio, estuvo de acuerdo o se negó y prefirió hacerlo a su manera. algunas veces me pregunto cómo lo harán cuando el niño crezca y ellos envejezcan.
no supe de su embarazo hasta que vi al pequeño, agarrado al cuello de ella. algunas veces me pregunto si los médicos diagnosticaron la enfermedad antes del parto o después. si hubo la opción de detenerlo todo y, sin embargo, decidieron seguir adelante porque ella quería ser madre de nuevo o porque el primogénito insistía con un hermano pequeño. algunas veces me pregunto si necesitaron ayuda, si acudieron a alguien que les escuchara y les hablara con cuidado cuando regresaron del hospital. si fue ella quien lo sugirió y él, que siempre parece distante y serio, estuvo de acuerdo o se negó y prefirió hacerlo a su manera. algunas veces me pregunto cómo lo harán cuando el niño crezca y ellos envejezcan.
comen a la una. los días nublados
encienden todas las luces del comedor y veo la silueta de él, sentado junto al
hijo mayor mientras que ella lo hace más cerca de la cocina, que queda al fondo
a la derecha. los fines de semana alargan la sobremesa y toman café, que
prepara él casi siempre. luego los pierdo de vista unas horas. los imagino en
el sofá, dormitando o viendo alguna película que mantenga a los niños callados
y quietos. cada uno en un extremo, tecleando en sus móviles o, quizá, recordando algo sin importancia.
cuando subo a la azotea, por las
tardes, para estirar un poco las piernas, puedo ver parte del interior de su habitación de matrimonio. les gusta
el blanco, supongo, porque todas sus sábanas y colchas son de este
color. al igual que el cabezal de madera. demasiado antiguo y recargado, para mi
gusto. en la pared hay varias fotos enmarcadas que, con la distancia, apenas
distingo, pero imagino que son de los dos en algún viaje o de los
cuatro en alguna celebración, bien vestidos, sonrientes, puede que haciendo muecas.
las cortinas, verde oliva, parecen pesadas y tupidas. ella las echa cuando
hace ejercicio, todas las tardes a las siete. él las deja abierta y, además,
abre la ventana de par en par. no le importa que lo vean, supongo. cuando no
pasan coches por la calle puedo escuchar la música, estridente y de ritmo
rápido que llega desde la habitación. tiene el cuerpo trabajado y esbelto. y
suda. suda con facilidad. levanta pesas, hace sentadillas, estiramientos, todo
concentrado y serio. me da la impresión que esa es su hora preferida del día,
ajeno a lo que ocurre en el salón o el balcón de la casa: el mayor aburrido,
hastiado de estar encerrado en casa tantos días, molesta a su hermano que llora
desconsolado mientras la madre, con el pelo aún húmedo y abrigada en su albornoz blanco,
prepara la cena. cenan a las ocho. a las nueve llevan los niños
a la cama y la casa queda semi oscura. a las once él
sale al balcón a fumar. es el único cigarro que se permite al día. no estoy
segura de que sea tabaco lo que fuma. a veces se queda un rato más, ensimismado,
pensando en sus cosas o revisando el móvil. a ella la adivino cansada, aún con
el albornoz puesto y el pelo, por fin, seco y enmarañado.
nos cruzamos en contadas ocasiones:
cuando riego mis plantas del balcón que, a diferencia de las suyas, insisten en
florecer y crecer, o cuando salgo para que me dé el sol, por la
tarde. pretendemos no vernos, a pesar de la inevitabilidad. ellos siguen con sus juegos y yo apenas me atrevo a levantar
la mirada por si se sienten observados, por si invado su intimidad con mi reciente interés por ellos. sólo en una ocasión creí que habían reparado en mí cuando el menor,
al verme abrir la puerta del balcón, me señaló varias veces y la madre tuvo que apartarle el brazo.
sonreí, pero ella no se dio cuenta o, simplemente, no le apeteció establecer
cercanía entre las dos. ese día él no salió al balcón por la noche y todas las luces de la
casa se apagaron antes.
desde que los niños pueden salir a
la calle pasan mucho más tiempo fuera. es ella quien suele acompañarlos.
imagino el revuelo ante el acontecimiento. la imagino a ella preparando el
cochecito, ella cargando con la pelota, ella haciéndoles prometer que serán buenos,
que no se alejarán, que no tocarán nada, que si se portan bien podrán tomar
helado de postre. ella despidiéndose de él de pasada, sin prestarle atención,
pidiéndole, quizá, que se acuerde de poner el agua a calentar a la una. él
contestando de pasada que sí, que claro, que no se preocupe, que lo pasen bien,
que hagan caso a la madre. ¿se acordará de subir tabaco? y cierra la puerta y
sale al balcón. los mira apoyado en la barandilla: minúsculas manchas que se
mueven sin orden, imagino. y cuando están lo suficientemente lejos mira hacia
mi balcón. no sería extraño que me viera, de pie, detrás de la ventana. si es
así echo la cortina como hace ella. el timbre suena a los pocos minutos. sube
los escalones de dos en dos y encuentra la puerta abierta. tenemos media hora,
dice. lo suponía, contesto. a veces nos basta con menos. siempre huele a
colonia de niño pequeño. nunca me habla de su familia. imagino a sus hijos saltando por las aceras y cantando una canción aprendida en la escuela. la imagino a ella contemplando la escena, tranquila, puede que feliz. antes de marcharse él aparta un poco la cortina de mi salón y mira hacia su casa: los geranios rojos, el
tambor que el hijo menor descuidó en el suelo, la luz encendida que olvidó apagar
antes de salir. ojalá todo esto termine pronto, dice.
cuando vuelven sus hijos él ha puesto la mesa y se ha cambiado de ropa. ella, imagino, le cuenta el paseo, las rabietas, los juegos y las treguas. él, imagino, la escucha distraído mientras el mayor lloriquea porque tiene hambre. ella, imagino, corta el tomate y sazona la carne. él, imagino, pone la tele, revisa el móvil y se detiene y observa las cortinas abiertas de mi casa. nos miramos apenas unos segundos y luego imagino que algún día todo esto va a terminarse.
cuando vuelven sus hijos él ha puesto la mesa y se ha cambiado de ropa. ella, imagino, le cuenta el paseo, las rabietas, los juegos y las treguas. él, imagino, la escucha distraído mientras el mayor lloriquea porque tiene hambre. ella, imagino, corta el tomate y sazona la carne. él, imagino, pone la tele, revisa el móvil y se detiene y observa las cortinas abiertas de mi casa. nos miramos apenas unos segundos y luego imagino que algún día todo esto va a terminarse.


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