porque estas cosas se saben desde un principio
–por rotundo que sea–
que esta guerra íbamos a perderla
por cobardes
por experiencia
por regla, nunca excepción.
y, sin embargo, nos mantuvimos firmes
convencidos de haber creado algo
un hilo
un camino
un espacio blanco
que iba a permanecer
como permanecen las manchas de sangre en la ropa limpia.
quizá por eso discutíamos poco
y cuando lo hacíamos, mentíamos
nos mentíamos
cómo no hacerlo con tanta prudencia
tanto miedo a admitir
que había días descoloridos
tardes desganadas
hilos que eran sogas
y caminos, acantilados.
y que si yo te llamaba egoísta
lo decía más bien por mí
por querer algo en lo que tú no estabas
por cesar en lo que tú insistías
y que si tú me llamabas ridícula
lo decías más bien por ti
por suponerme en un lugar del que te habías marchado
hacía tiempo
sin avisar
sin demasiados contratiempos.
así que discutíamos poco
mientras apagábamos fuegos
por dentro
aislados
lejos de ese principio rotundo
que ni uno ni otro recordaba.
de esta forma se pierden las guerras
puntos muertos
estancados
dos que se creen únicos
dos que se van hundiendo
dos, y luego uno.
y luego uno, desnortado
uno, equilibrista
uno, hueco
a medias
poca cosa
es lo que tienen las guerras
este tipo de guerras
que insisten en mantenernos de pie
carcomidos de culpa, miedo
gris y hielo
aunque vivos, siempre vivos, supongo.

