30 diciembre 2014

en el jardín

la niña, la más pequeña, se levanta y se sienta en la otra silla, la que le da el sol. está pálida. siempre lo ha estado. casi siempre tiene frío. sus padres se preocuparon al principio. la llevaron al médico y éste se limitó a informarles que la niña era así: pálida y friolera y que no tenían de qué preocuparse. ellos lo creyeron aunque aumentaron las raciones de las comidas, por si acaso. la niña siguió siendo pálida y friolera, pero no enfermó nunca de gravedad. algún resfriado a principios de invierno y alguna gripe intestinal sin importancia. nada más. ahora le da el sol y su pelo claro brilla con intensidad. la otra niña, la mayor, su hermana, sentada a su lado, se aparta con la mano una mosca que revolotea alrededor de su cara. están en el jardín de su casa. es un jardín grande y bien cuidado. hay rosales, margaritas y algunos árboles altos alrededor de una piscina pequeña de plástico con la que han disfrutado todo el verano. las dos están calladas porque aunque podrían contarse cómo pasaron la noche o qué harán esta tarde, prefieren no romper el silencio que se ha instalado en la casa desde hace tres días. en la mesa del jardín todavía quedan los restos de un desayuno copioso y tardío que les ha servido su tía justa: chocolate caliente, bollos, magdalenas y mermelada de melocotón, que no les gusta a ninguna de las dos. apenas han probado bocado y sin embargo en la mesa hay migas y restos de mermelada como si hubieran celebrado un banquete. la niña pequeña mira a su hermana. tiene el pelo más oscuro y largo. le llega casi a la cintura y a pesar de los ruegos de la madre, se niega a cortarlo. también su piel es más morena. la pequeña piensa que de mayor le gustaría ser como ella, igual de bonita, pero, puestos a elegir, preferiría ser menos mandona y no tener esa dichosa manía de tararear siempre la misma canción mientras se cepilla los dientes antes de ir a la cama. la mosca sigue molestándola. algunas veces se posa en su brazo y otras, como ahora, en el párpado derecho. la hermana mayor, sin embargo, ha dejado de moverse y deja que el bicho descanse sobre su cara. 
-¿hasta cuándo tenemos que estar aquí? – pregunta. 
la hermana mayor la mira un instante y se encoje de hombros. esta es la única respuesta que obtiene y sabe que a partir de ahora no es necesario que le pregunte más porque no va a haber ninguna respuesta, al menos con palabras. 
el sol comienza a quemarle las piernas a través de la tela negra. no sabe –todavía es demasiado pequeña para saberlo- que si vistiera de un color más claro la sensación de calor sería menor, pero a pesar de esto no se mueve de la silla y mira embelesada las patas delanteras de la mosca que se frotan frenéticamente la una con la otra sobre la cara de la hermana. ahora le preguntaría cómo hace esa mosca para mantener el equilibrio y no caerse. ella, por ejemplo, cuando intenta mantenerse sobre una sola pierna termina por los suelos. la mosca, sin embargo, no parece que vaya a caerse y no lo comprende. pero la niña calla. calla y mira al insecto que se traslada al entrecejo de la hermana y continua frotándose las patas delanteras. 

la puerta de la casa que da al jardín se abre y aparece tía justa. las niñas se giran en su dirección. no se extrañan de que esté en su casa. lleva tres días instalada en ella y pasa muchas horas encerrada en la habitación, con su madre. a veces las niñas las escuchan cuchichear y otras llorar. saben, aunque no las hayan visto, que es mamá quien llora y que es tía justa quien le pasa el brazo por el hombro, le aparta el pelo y seca sus lágrimas con un pañuelo de papel cuando considera que ya ha llorado suficiente. la mujer avanza con rapidez e intenta sonreír a sus sobrinas aunque es poco convincente. al llegar a la mesa acaricia la mejilla de la mayor y ordena a la pequeña que se ponga a la sombra, que hace demasiado calor para estar sentada al sol. no dice nada de los vestidos gruesos y oscuros que llevan puestos. las niñas tampoco proponen cambiarse de ropa y ponerse algo más fresco. tía justa mira las tazas medio vacías y los bollos intactos. podría decirles que tienen que comer algo, aunque no les apetezca, que va a ser un día largo. podría hacerles un poco de chantaje emocional recordándoles que no deberían preocupar a su madre por no haber desayunado, no hoy, precisamente hoy, pero al final decide callarse, recoge las tazas, las cucharas y las magdalenas. 
-no vamos a tardar mucho- les dice antes de marcharse, pisando las mismas huellas que ha dejado en la hierba saliendo de la casa. 
la hermana menor espera que se cierre la puerta de la casa para mover la silla hasta sentir los rayos de sol en su cara. por primera vez su hermana la mira y ella se percata de que en su cara ya no reposa ninguna mosca. pasan los minutos en silencio. escuchan los ladridos de plutón, en el jardín contiguo y los gritos y las risas de helena, ordenándole que recoja un palo. la hermana menor hace el gesto de querer levantarse e ir a investigar. le gusta plutón y le gustaría aún más tener uno para ella. lo cuidaría bien: le daría leche con galletas todas las mañanas y no le haría ir a recoger ningún palo porque ese siempre le ha parecido un juego muy tonto y aburrido. al poner los pies en el suelo escucha un golpe seco a su lado y da un salto hacia atrás. su hermana, con la mano derecha encima de la mesa, sonríe de una forma extraña. la niña se vuelve a sentar en su silla. 
-¿la has cazado? – pregunta.
la hermana no contesta, pero sigue sonriendo. lentamente, casi sin que se note, comienza a mover la mano por encima de la superficie de la mesa. primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda, más tarde con movimientos circulares y luego en zig zag. la niña no pierde de vista la mano de la hermana e imagina a la mosca, atrapada, a oscuras, moviéndose según los dictados de esa desconcertante cúpula de carne, húmeda y cálida. también a ella le gustaría probar, tener a la mosca debajo de su mano, sentir el cosquilleo de sus alas en la palma y llevarla hasta la otra punta de la mesa del jardín, pero sabe que proponer esto a su hermana significa arriesgarse a que el bicho se escape y a que ésta se enfade con ella por su enorme torpeza. así que no dice nada y sigue observando, casi hipnotizada, debajo de ese sol que cada vez está más alto y arde con más fuerza. en algún momento le parece escucharla. tiene calor y sed, pero sobre todo calor. se baja los calcetines hasta los tobillos y se arremanga el vestido oscuro. 
-¿a qué esperas? 
la niña alza la mirada hacia la hermana. 
-¿a qué esperas? –repite. 
duda. mira la mano de ella, ahora quieta, justo delante de la pequeña. 
-vamos, rápido. no tenemos todo el día –dice la hermana.–un golpe fuerte. rápido. no seas cobardica. 
plutón ladra en el otro jardín, helena chilla y hace tanto calor. también escucha a tía justa desde la puerta de la casa. ya es la hora, venga, deprisa. deben ir. el coche las está esperando. ¿y qué haces con los calcetines bajados? súbetelos ahora mismo. tenemos que marcharnos. ¿a qué esperáis? 
la hermana no ha movido su mano. sonríe. 
-bien fuerte. no me harás ningún daño, no te preocupes por eso. anda, rápido, antes de que te vea tía justa y te castigue. 
la niña levanta el brazo tanto como puede y lo estira al aire. las dos hermanas alzan la vista. por entre los dedillos de la mano de la pequeña se cuelan los rayos de sol que por un momento la ciegan. ahora ella también sonríe. 

28 diciembre 2014

Escribir.

No puedo.

Nadie puede.

Hay que decirlo: no se puede.

Y se escribe.

Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.

Se puede hablar de un mal de escribir.

No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.

Hay una locura de escribir que existe en sí misma. Una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esta locura de escribir. Al contrario.

La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.

Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida. 

Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena. 

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también la más habitual.

La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada en la vida, nada, excepto eso, la vida. 

Escribir, M. Duras

27 diciembre 2014

instrucciones para soplar las velas de cumpleaños

ponga cara de sorpresa al ver la tarta con todas las velas encendidas. sonría a los amigos y familiares que se han reunido para celebrar tan señalada fecha. sonría un poco más, con convicción, hasta que le duelan ligeramente las mandíbulas. cierre los ojos. en este punto puede dejar de sonreír para darle más solemnidad al asunto. pida un deseo. sólo uno. coja aire, aguante un instante la respiración y a continuación sople con energía toda y cada una de las velas hasta que se apaguen y espere. 
espere. espere. espere. espere. 

espere.

13 diciembre 2014

como tantos otros

en esos tiempos no hacíamos nada bien. 
había que conocerse, indagar, dudar 
aclararnos. 
quedábamos a menudo, algunas veces incluso sin excusa 
porque sí 
sólo por vernos, por estar con el otro 
por sentir que, cogidos de la mano, nos preocupábamos menos por la dirección del paseo 
y comprobar, supongo, que nos gustaba estar juntos, 
revueltos, manchados, enfadados, cocinando un plato rico, 
esperando una llamada que tardaba 
escuchándonos a pesar de no decir nada cabal 
mirándonos aunque ya nos hubiéramos contado las pecas 
cien veces. 
de día recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
había que interpretar 
queríamos creer 
creíamos. 
a ciegas. 
de noche nos aventurábamos con posturas extrañas que habíamos visto de algún vídeo porno en internet 
ni ella era rubia 
ni yo aguantaba sesenta minutos 
y a pesar del empeño a ella le gustaba así, normal 
a mí me entusiasmaba asá, como siempre 
nos sobraban brazos y nos faltaban horas, agua fresca 
tal vez un director de escena que se quedara al margen cuando todo comenzaba a salir bien. 
al terminar, anudados, más felices que sorprendidos 
nos reíamos muy alto y recontábamos, otra vez, 
nuestras pecas. 

con el tiempo, como tantos otros, nos normalizamos: 

nos sabíamos eruditos y terminamos las preguntas 
los paseos se acortaron 
los bolsillos de cualquier chaqueta albergaban mejor que las manos 
las suyas heladas de noviembre a marzo, las mías comenzaban a sudar en abril 
a mis platos les faltaba sal, ella abusaba del azúcar 
algún día, en una de esas tardes plomizas y lentas, 
recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
negaba con la cabeza, sonreía mansamente 
alzaba la vista y observaba las nubes 
había que creer 
me convencía que tenía que creer 
luego bajaba la vista hacia el pavimento 
y obedecía. 
distanciamos las llamadas 
usábamos caritas inexpresivas y pulgares hacia arriba que pretendían detallar más que cualquier frase 
perdí la cuenta de los corazones recibidos entre línea y línea cuando a mí me bastaba un vamos a pasear 
se había teñido de rubio. la hacía más joven, aseguraba 
el porno la aburría 
yo seguía sin aguantar sesenta minutos 
tenía más tripa 
más fantasías que imaginación 
una camarera argentina que me deseaba los buenos días con el mismo encanto con el que me rozaba el brazo al servirme el café 
un temor que disimulaba hablando mucho rato 
a gritos 
sin entender qué estaba contando. 
ella, la camarera, me regalaba galletitas 
yo, achispado de esperanza y cafeína, la visitaba cada día 

como tantos otros, nos compramos un cachorro: 

cuatro patas paticortas, dos orejas puntiagudas, un hocico que me olisqueaba el culo cada vez que me ponía de pie 
rasgaba mis zapatillas 
devoraba nuestras sobras 
ladraba a todas horas 
nos exigía atención y juegos. 
la alegría de la casa. 
plutón, le puso ella, que ya no era rubia sino caoba oscuro 
la hacía más seductora, insistía 
y yo me preguntaba, en silencio, mirándola de reojo, leyendo su diario a escondidas, 
para quién. 
alguna noche, en una de esas noches de vueltas e insomnio, 
intentaba recordar si hubo juramentos y pactos. 
me decía que sí, que algo hubo, que yo prometí y ella firmó 
quizás fuera al revés. 
luego cerraba los ojos e intentaba relajarme, no pensar, ausentarme 
pero su respiración calmosa 
sus ronquidos musicales, sosegados 
la mancha húmeda de su babilla acuosa 
plutón, dormitando como un bebé entre sus dulces brazos, me había derrocado, desplazado. anulado. 
y yo, imbécil, cobarde, con más tripa, menos pelo 
sin mi rubia ni mi argentina 
sin aguantar unos jodidos veinte minutos 
sin zapatillas ni pactos 
miraba a esa bestia por la mañana y le preguntaba, cada día, como si me entendiera y fuera a responder,
¿vamos a pasear? 
y como tantos otros, paseábamos.

03 diciembre 2014

la habitación 217

la habitación 217 está situada, como bien señala su primer dígito, en la segunda planta del hotel new comfort inn, en ecclestone avenue, a cinco minutos de la estación victoria y a quince del visitadísimo buckingham palace. se remodeló en el año 2005, una remodelación que llevó a uno de los tres socios, nicholas ramsday, a ceder su parte por absoluta disconformidad con los asuntos decorativos de las habitaciones. lo que no indica su primer dígito, aunque tampoco es algo relevante, es que la estancia se encuentra al final del pasillo, a mano derecha, que el cartelito dorado con letras negras que cuelga de su puerta indicando el número de la habitación está un poco oxidado y que la puerta de acceso al baño no cerraba bien hasta que mike, el encargado de mantenimiento, entre otra decena de tareas de las que se ocupa en el hotel, le dedicó un par de horas de trabajo la mañana del 13 de octubre, justo después de tomar su segundo té con leche sin azúcar y su cuarto cigarrillo sin filtro, y consiguió arreglarla. al terminar su trabajo avisó a margarita, la chica de madeira que hace menos de dos semanas que comenzó a trabajar en el new comfort inn, para que limpiara los restos de serrín que había dejado tras la reparación. margarita, después de escuchar a mike, se vio en la obligación de pedirle a una de sus compañeras que tradujera lo que el hombre había dicho. la compañera, manuela, también de madeira, pero con más tiempo en la casa y por lo tanto más acostumbrada al cerrado acento escocés de mike, tradujo sus palabras y añadió un poco de dramatismo al asunto aconsejándole que no perdiera el tiempo y fuera rápidamente a la 217, antes de que la encargada de las habitaciones, rosemary, conocida entre las trabajadoras como “caradeperro” llegara antes, se percatara del montoncito de suciedad y montara en cólera como era habitual en ella cada vez que creía que las chicas no realizaban bien su trabajo. margarita se apresuró tanto como pudo. tanto se apresuró que al llegar se dio cuenta de que había olvidado la aspiradora para recoger el serrín del suelo. sin tiempo a reconsiderar otras posibilidades y temiendo que “caradeperro” apareciese de un momento a otro se arrodilló y recogió el serrín con sus manos agrietadas por el frío y el agua, miró a su alrededor y se decidió por la ventana, la única ventana de la 217, que da a un pequeño patio de luces interior, la abrió con cierta dificultad puesto que en una de sus manos sostenía el serrín, y se deshizo del contenido. inmediatamente después se aclaró las manos con agua puesto que los jaboncillos de aloe vera están reservados a los clientes, entrecerró la puerta que daba al pasillo para tener un poco más de intimidad, se sentó en una esquina de la cama de matrimonio para no arrugar la colcha floreada y rompió a llorar. 
rosemary hizo su ronda de control de calidad unas horas después. de la segunda planta entró en las habitaciones 200, ocupada por el matrimonio arnaud, de parís, que visitaba la ciudad por primera vez y la encontró bonita pero cara, la 202, que era individual y en la que hace unos años hallaron el cuerpo sin vida de una tortuga debajo de la cama, y la 217. por supuesto se percató en menos de lo que tardó en parpadear de que la ventana que daba al patio de luces estaba abierta y se puso hecha una furia. negando con la cabeza y mordiéndose el labio inferior para no estallar en una ristra de insultos dedicados a sus ineptas empleadas, cerró la ventana de un golpe brusco que hizo saltar un trozo minúsculo de madera del marco. al darse la vuelta sus intenciones de reunir a todo su equipo en el pequeño despacho que le habían asignado para explicarles cómo debían hacer su trabajo se vieron gratamente frustradas: jonathan, uno de los recepcionistas, apoyado en la puerta, estaba desabrochándose los pantalones negros de un uniforme que le quedaba ligeramente estrecho. 
-¿estás loco? -susurró ella deteniendo la acción del chico– ¡aquí no! 
e inmediatamente lo cogió de la mano y lo condujo entre risas y susurros a la 518 que, aparte de tener unas bonitas vistas al río, sorprendía a todos los que allí se hospedaban con dos pequeñas cajas que contenían tres bombones de licor situadas en cada una de las mesillas de noche, por expresa orden de ella. esta vez, sin embargo, su equipo había olvidado el detalle, aunque rosemary tenía la cabeza en otra parte y ni tan siquiera reparó en su ausencia. justo cuando la pareja salía de la habitación, primero rosemary y, diez minutos después, jonathan, joao lopes abría la puerta de la 217. agotado por un viaje de veintidós horas y tres escalas, dio un repaso rápido a la moqueta azul oscuro, el escritorio de madera oscura con una lámpara de pie al lado y dos almohadas gruesas apoyadas en el cabecero de la cama. a continuación dejó su maleta en el suelo y se dirigió a recepción donde una sonriente tiffany le preguntó si podía ayudarle en algo. el hombre dijo que sí, que podía y esperó a que tiffany borrara esa estúpida sonrisa de su cara y preguntara en qué podía ayudarle. pero tiffany no lo hizo y siguió sonriendo, esperando que joao le contara en qué podía ella ayudarlo. en ese momento apareció jonathan que un poco despeinado saludó a los dos y se sentó delante del ordenador de las reservas: a las 17.00h estaba previsto que llegara la señora borchgrevink y a las 21.00h el señor stamos, que ya se había alojado algunas otras veces en el hotel. no había más reservas para ese día y viendo que sería una jornada tranquila jonathan tecleó con un dedo y torpemente la página de apuestas en la que solía ganar un sobresueldo gracias a un sexto sentido que casi nadie conocía. 
-no me gusta la habitación –dijo joao lopes. 
-oh, vaya. ¿no está limpia? 
-no he dicho eso. simplemente no me gusta. 
jonathan dejó por un instante de mirar el equipo por el que debía apostar y observó a joao lopes. era un hombre de poca estatura, muy pálido y delgado, con el pelo claro y muy fino. parecía que en cualquier momento iba a desvanecerse. 
-se la podemos cambiar sin problema, señor– intervino el chico, viendo que tiffany seguía sonriendo pero no iba a reaccionar a la petición del cliente. 
-estupendo. eso es lo que deseo. 
el hombre desapareció de la recepción con una nueva tarjeta y tiffany se encaminó hacia la 217. saludó a manuela que terminaba su jornada y a la señora arnaud, de la 200, que aprovechó para notificarle a la chica que iban a quedarse un día más. al abrir la puerta del cuarto tiffany dio un repaso a la habitación: el espejo redondo, de marco dorado y decoración barroca que le había devuelto la imagen cada vez que marcaba ese número de móvil para colgar justo antes de que empezara a sonar, el cuadro encima del escritorio con un paisaje marítimo que le recordaba el último verano en malta y una pequeña papelera donde había tirado, a escondidas, el sobre de una carta de despedida que recibió hace mucho tiempo. le pareció que todo estaba en orden y regresó a su puesto de trabajo. 
-hay gente muy rara, ¿no crees jonny? 
jonathan no contestó a su compañera. acababa de ganar cincuenta libras. 

el señor stamos se adelantó en su llegada al hotel y en cambio la señora borchgrevink se retrasó. la habitación 217 le pareció decente, aunque a decir verdad si ahora alguien le preguntara qué tal el hotel no habría sabido capaz de destacar ningún detalle. tampoco estaba allí para eso. esperaba a isabella, que, como ya se ha dicho, se retrasó. cuando ella llamó a la puerta io stamos se apresuró en abrir y se fundieron en un abrazo que desembocó en un beso largo que desembocó en otro abrazo y otro beso. luego se separaron y se miraron de arriba abajo. hacía dos meses que no se veían, pero por fin habían conseguido encontrar una noche para los dos. después de tomar una ducha, isabella propuso ir a cenar fuera, pero io prefería saltarse la cena y así se lo hizo saber. comenzaron a discutir. el tema de la cena, que en realidad era del todo irrelevante, dio paso a aquel día en el que isabella no contestó a ninguno de los mensajes que io le había enviado y a un ramo de flores que llegó con una semana de retraso después de haber conseguido ese importante ascenso laboral. empezaron a subir el tono de voz, ajenos al poco grosor de las paredes, y en algún momento antes de que los dos se fueran, ella le dio una patada a la pequeña papelera. joao lopes, alojado en la habitación de al lado, dejó el pintalabios rojo en la pila del lavabo. 
-por el amor de dios– susurró fastidiado y a continuación se miró al espejo y con la punta del índice humedecida difuminó un poco la sombra violácea del párpado derecho que se había aplicado segundos antes. 
mike también escuchó la discusión de la pareja. según la versión que daría al día siguiente a la gerente del hotel, samantha magnier, parecía que allí dentro se estuviera liando una bien gorda, dijo literalmente a la mujer que censuró la expresión poco neutra de él alzando un poco la mano para detener al hombre de alguna otra frase más subida de tono. 
-¿y qué estaba haciendo usted a esas horas todavía en el hotel? – preguntó ella cuando mike terminó de dar su versión de los hechos. 
el hombre la miró sorprendido y durante unos instantes no supo qué responder. 
-¿no termina usted a las siete? –insistió samantha. 
-tenía trabajo. a última hora me llamaron para que arreglara un grifo que goteaba. 
-¿un grifo que goteaba? ya. comprendo. bueno, eso es todo. muchas gracias, mike. 
-no hay de qué. 
mike se levantó y cerró la puerta del despacho con cuidado. samantha había conseguido ponerlo de mal humor. hacía más de diez años que trabajaba en ese hotel como para que ahora llegase aquella mojerzuela con títulos e idiomas pero sin tener ni idea de cómo usar un destornillador y fuera a cuestionarle sus horarios y, peor aún, su trabajo. su enfado, sin embargo, desapareció por completo y una risotada invadió la 217 cuando en la esquina del fondo a la derecha, justo debajo de la ventana, observó el charquito de orina que había dejado después de que io e isabella se hubieran marchado por separado, furiosos el uno con el otro, y sin pagar la habitación. 
-parece que los invitados de la 217 lo pasaron en grande ayer –informó a rosemary “caradeperro” cuando la vio tomándose su café en la cantina del hotel. 
-¿por qué lo dices? 
-¿no te has enterado de nada? –inquirió él y, sin dejar de observar a la mujer, extendió los brazos en los respaldos de las sillas laterales y negó con la cabeza. 

margarita llegó a la habitación con un cubo de agua caliente y jabón. a pesar de las pocas indicaciones que había comprendido de “caradeperro” rápidamente distinguió la mancha en la moqueta y con diligencia se arrodilló delante de ella y se dispuso a frotar el tejido hasta eliminarla. cincuenta minutos después la 217 presentaba el mismo aspecto que cualquier otra habitación y la chica, con algunas gotas de sudor en la frente y la espalda dolorida, se sentó en una esquina de la cama de matrimonio para no arrugar la colcha floreada y rompió a llorar. jonathan, creyendo que era rosemary quien estaba en la habitación, interrumpió el llanto de ella. 
-perdona –dijo, sin saber adónde mirar –creía que… que… eras otra persona que… -y despareció sin terminar la frase. 
ella se secó las lágrimas de las mejillas, se alisó el uniforme y salió del cuarto con el olor del agua, jabón y orina en las manos. al mismo tiempo que joao lopes. los dos se ignoraron a pesar de ir en la misma dirección, uno detrás del otro. para la reunión que tenía el hombre ese día en hillbay insurance group ltd, a treinta minutos del hotel si había poco tráfico en la ciudad, había escogido un traje azul oscuro, camisa blanca de algodón, corbata de rayas grises y anaranjadas y zapatos de cuero negros, regalo de sus padres en su treinta y tres cumpleaños. en el ascensor, antes de salir a recepción, se miró al espejo. 
-por el amor de dios –susurró y se dio la vuelta para dejar de ver esa imagen de él. 
ya en recepción tiffany le deseó unos muy buenos días al verlo y le preguntó qué tal había dormido. el hombre contestó que bien y le entregó su tarjeta visa. tiffany leyó su nombre en alto: “joao lopes”. 
-sí, ese soy yo- dijo él. 
-gracias por alojarse en el comfort inn, señor lopes –contestó ella al devolverle la tarjeta visa. 
durante unos minutos la recepción estuvo vacía y en silencio. tiffany se pasó los dedos por su cabello ondulado y sedoso y se comió un bombón reservado para los clientes. luego, en voz baja, leyó el nombre de los huéspedes que estaba previsto que llegaran a lo largo del día: sarah mutter, anish gupta, michelle tardy, pedro jovellanos y mireia alcázar, la clase b del sexto curso del colegio queen’s college compuesta por veintidós alumnos, vilma strausch y jean pierre lyvio. 

30 noviembre 2014

No les nacen los bebés
a las mujeres de mi tiempo. 
No les nacen 
por el peso inerte de sus profesiones. 

No les nacen 
por ser hombres 
y llevar traje y jornada de 16 horas. 

No les nacen porque escuchan que ahora no, 
y respetan células. 
El vientre sabe el límite de juventud, 
el precio del metro de cuna. 

No habrá hogar y tiempo. 
Les crecerá el exceso, 
el juego con extraños, 
vestirán deprisa, crecerán deprisa, 
impondrán su acento solitario y malcriado. 

Niños de pantalla y tardes de abandono, 
no nazcáis. 
Os perderéis la madre que acunaba aguas 
y prometía naturaleza. 

Os espera el hormigón, 
muro de carga interurbano, 
inocentes derramados 
por un disparo limpio y diplomático, 
la pizarra manipulada, 
el amante suicida y drogadicto, 
y el hijo, otra vez. 

Os espera decidir, 
si dejáis nacer al hijo, 
para llenar vuestros fracasos. 

Silvia Nieva

12 noviembre 2014

lecciones

el último día, ya de noche, echados en un sofá más corto que nuestras piernas huesudas
me preguntó qué había aprendido de todo aquello. 
todo aquello, repetí para mis adentros 
como si hubiéramos superado un tumor maligno extendido por todos los órganos malheridos, una guerra nuclear de la que sólo sobrevivieron las larvas, una muerte cercana. 
qué había aprendido preguntó 
sin insistir en mi respuesta 
ensimismado, pensando, tal vez, en la suya propia 
y puede que no contestara. no esa noche del último día, echados en un sofá corto 
no mientras doblaba sus camisas y las colocaba ordenadamente en su pequeña maleta de cuero encontrada en la calle. 
no lo hice cuando me levanté de la cama, una de tantas veces, y reparé en los bultos al lado de la puerta. todo listo para marcharse. 
no muy lejos, pero a otra parte. 
ni cuando, al regresar, tapándome con la manta hasta la barbilla, susurró que había estado soñando conmigo, aunque no recordaba nada. 
qué aprendí. 
aprendí que íbamos a seguir siendo dos errores, dos benditos 
dos días juntos, dos premios vacilantes 
dos gotas de agua de distintos ciclones 
y sonreí. 
aprendí que cuando grité que no, que nunca más, que se largara, se quedó 
que cuando me dolió, seguí admirándolo 
que no era distancia, sólo queja 
que cuando debimos dejarlo reposar lo removimos 
a consciencia 
a carcajadas 
a bocajarro 
y no nos resquebrajamos, ni las sombras ennegrecieron, ni aminoramos el paso, ni cambiamos de sendero. 
aprendí que en el futuro iban a unirnos las partidas, las ausencias. 
las noticias ocasionales 
el titubeo 
el espacio vacío y la tierra seca. 
que el frío volvería a ser frío 
el calor, helado
el silencio más omiso 
la carne menos nutrida y sin embargo, a pesar de lo perdido, 
íbamos a ser dos milagros, dos inútiles inventos que un día nos funcionaron 
dos acordes de una misma nana, 
dos valiosos relatos atesorados en un baúl cerrado 
dos temores disipados 
dos preciosas lecciones, dos iguales. 

todo eso aprendí. 

25 septiembre 2014

la enfermedad

hacía meses que mi esposa alba decía encontrarse diferente. no decía mal, sólo diferente y cuando le pedía que concretara más ella se limitaba a encogerse de hombros y repetirme un poco impaciente porque no la comprendía: “te lo acabo de decir: diferente. ni bien ni mal, como si… como si yo qué sé, diferente”. y de allí no salíamos. alguna vez le dolía la cabeza y otras un poco la espalda porque desde que la conocí, hace veinte años, tiene la espalda ligeramente desviada y debe vigilar con los pesos que carga, pero en estas puntuales ocasiones se tomaba una aspirina y se le pasaban todos los males. alba decía que esto, la espalda y la cabeza, no tenían nada que ver con lo otro y yo le replicaba que cómo lo sabía si ella no era doctora y ella se enfadaba y me decía que no, que no era doctora pero sabía qué le pasaba y luego yo le contestaba que en ese caso, especificara qué era lo que le ocurría con lo otro y ella dejaba de hacer lo que estuviera haciendo, me miraba furiosa y se marchaba a otra habitación no sin antes dar un portazo y dedicarme algún insulto. por este motivo dejamos de hablar de lo otro. ella dejó de mencionarlo y yo dejé de preguntar, pero un día, al llegar a casa del trabajo, también lo vi yo. alba estaba sentada en la mesa del comedor riéndose a carcajadas mientras maica, nuestra hija le escenificaba una nueva coreografía que había aprendido en las clases de ballet. vi sus lágrimas deslizarse por sus mejillas y cómo las risas de la madre y la hija sonaban por todo el salón y no pude evitar estremecerme. 
-¿te encuentras bien? – le pregunté. ella dejó de reírse de inmediato, me miró y a continuación miró a maica con nerviosismo, pero afortunadamente, ella seguía agitando sus brazos al aire, intentando no perder la atención de su madre. 
más tarde, ya en la cama y solos, se lo volví a preguntar y confesó que no, que hacía un par de días que había vuelto a sentirse rara, mucho más que las ocasiones anteriores. tenía los ojos brillantes, las mejillas rosadas y me inquieté de verdad. 
-mañana mismo vamos al médico – sentencié antes de que ella apagara la luz y escuchara como su respiración se hacía cada vez más pausada y comenzara a roncar suavemente. 
el médico no supo ver nada fuera de lo común. la auscultó, la hizo toser, le miró dentro de las orejas, de la boca y le dio un par de golpecitos en las rodillas para comprobar sus reflejos. 
-pues no sé, no sé qué puede ser porque parece que todo está perfecto y en el lugar correcto, –bromeó el hombre sin éxito alguno– pero para estar más seguros haremos una analítica de sangre y orina. hay que descartar todas las posibilidades, ¿verdad? 
tampoco en los resultados de las pruebas salió nada anormal. el azúcar un poco alto, pero no era motivo para asustarnos, dijo el médico mientras nos despedía con urgencia porque todavía tenía en espera a diez pacientes más. regresamos a casa más temerosos y confusos y lo peor de todo es que los síntomas persistieron y aunque mi esposa aseguraba que no, que incluso había remitido un poco esa rareza suya, yo cada día la notaba más distinta, sin saber tampoco cómo podía precisar eso. al final, un amigo de un amigo de un compañero de trabajo de alba nos mencionó un especialista que tal vez nos podía ayudar y sin dudarlo ni un minuto, y a pesar de que mi esposa decía que no, lo llamé y concertamos una cita para la semana siguiente. fue la semana más larga de mi vida. y aunque suene cruel decirlo, admito que algunos días de esa interminable semana, llegué a rehuir a mi mujer y es que verla así, tan distinta, me rompía el corazón en mil pedazos. 
la consulta del especialista estaba en la otra punta de la ciudad y alba sugirió ir en autobús. deduje que no quería que condujera hasta allí porque la noche anterior apenas había dormido temiéndome lo peor y por la mañana estaba aún más nervioso que en los últimos días. discutimos por ese motivo y por alguno más aunque al final fue ella quien, con una sonrisa amplia y tranquilizadora, me aseguró que no había de qué preocuparse y que fuéramos andando, disfrutando del paseo y del día soleado que hacía. caminamos a paso lento, cogidos de la mano. ella me contaba las tonterías que le habían ocurrido en la oficina y que maica le había dicho que quería apuntarse a un grupo de animadoras de basquet, pero a mí me era imposible mantener la atención y ni mucho menos seguir el curso de la conversación. pensaba, sin poder quitarme este pensamiento de la cabeza, en cómo iba a ser mi vida sin alba, en cómo iba a poder tirar adelante, si sabría educar bien a nuestra hija, si deberíamos mudarnos a un piso con menos recuerdos y otras mil ideas funestas que empeoraban a cada paso que dábamos. al llegar por fin a la consulta, después de una hora en la que incluso nos perdimos y en la que alba no paró de mofarse de mi pésimo sentido de la orientación, tuve que correr al baño y ahogar mi llanto sentado en el váter. al regresar mi mujer estaba hablando con uno de los pacientes que, acompañado de una mujer mayor que supuse sería su madre, también esperaba su turno para visitar al doctor. los dos hablaban del tiempo, de las ganas que tenían de que llegara el invierno y el frío, a pesar de que tampoco les importaba el calor. la acompañante, al verme, negó disimuladamente con la cabeza, con condescendencia, como si a pesar de la atrocidad de sus respectivas enfermedades todavía tuvieran la templanza de entablar una conversación liviana y de, al fin y al cabo, llevar una vida normal. yo me senté al lado de alba e intenté sonreír cuando el chico me preguntó si no me parecía maravilloso vivir en la ciudad. 
el doctor álvarez nos hizo pasar a su despacho cuarenta minutos después de que llegáramos. era un hombre rechoncho de papada prominente y cejas pobladas que se disculpó por el retraso nada más sentarnos enfrente de él. en seguida me di cuenta de que estábamos con el especialista adecuado ya que a pesar de las imprecisiones de mi esposa mientras le contaba sus ambiguos síntomas, él asentía y pareció entenderla al instante. y en esta ocasión no hicieron falta ni más pruebas, ni análisis, ni reconocimientos. cuando alba terminó su breve exposición, el hombre se quitó las gafas, las colocó encima de la mesa, juntó las dos manos y nos miró brevemente: 
-por lo que me ha contado, señora hidalgo, todo parece indicar que es usted feliz. -dictaminó con su voz grave, sin dejar de mirar a alba que por debajo de la mesa cogió mi mano fría y la acarició con el pulgar- y si me lo permiten voy a ser claro y directo porque creo que es siempre mejor para todos: no hay ningún remedio. ninguno. no hay pastillas ni tratamientos ni soluciones homeopáticas que vayan a poder aliviar su estado. hay personas que vienen a mi consulta en un estado inicial pero por lo que me acaba de explicar este no es su caso. si hubieran venido antes, cuando comenzó a notarse extraña, tal vez hubiéramos podido hacer algo, pero a estas alturas me temo que no es así. lo siento mucho, de veras. 
y sin tiempo a que pudiéramos reponernos de la noticia continuó su discurso:
-en lo que debemos centrarnos ahora es en cómo convivir con la enfermedad. voy a serles franco: no va a ser fácil. puede que algún día se levante más… más… cómo decirlo para que me entiendan… más normal… más como… como su marido, por ejemplo: despotricando porque todavía es muy temprano, o muy tarde o porque siempre le toca la cola más larga en el supermercado o porque le desagrada que llueva o por cualquier motivo que, en su estado, le será del todo indiferente, pero no a los demás. sin embargo esto no va a ser lo habitual y de hecho, lo más probable es que después de unos días de estancamiento, su condición vaya a peor y debe estar mentalizada e ir preparándose para ello. y usted también, claro –dijo dirigiéndose a mí por primera vez desde que habíamos entrado a su consulta. 
alba apretó mi mano. noté su calidez y su piel suave y aunque no podía ver su cara porque estaba mirando la del doctor, me la imaginé tranquila, tal y como la había visto en los últimos días. 
-bueno –dijo ella finalmente después de unos segundos en los que todos permanecimos en silencio, observando diferentes rincones de la habitación- supongo que siendo el diagnóstico tan evidente, no hay mucho más que añadir. muchas gracias por todo, doctor. 
por fin pude girarme y contemplar la placidez de su rostro mientras se levantaba y hacía un gesto con la cabeza para que lo hiciera yo también. me encontré fuera de la consulta sin ser capaz de hacer nada. me hubiera gustado hacerle algunas preguntas al doctor álvarez, insistir en si estaba seguro de que no había solución para el caso de mi esposa, gritar bien alto para que alguno de los dos reaccionara, pero en vez de esto, seguí a mi mujer y cerré la puerta tal y como me había pedido el especialista antes de marcharnos. alba se despidió de los demás pacientes que aguardaban su turno en la salita, miró al móvil por si había algún mensaje de maica y a continuación llamó al ascensor. todo ello canturreando una melodía pegadiza y familiar de esas que ponen en la radio todo el día. 
llegamos a casa media horas después. esta vez cogimos el autobús porque mi esposa quería llegar temprano a casa y preparar una tarta de chocolate para después de la cena. yo seguía sin saber qué decir. el médico ya nos había advertido de que su estado empeoraría con el tiempo pero nunca pensé que fuera a ser tan inmediato y aunque ella no se daba cuenta de nada yo no estaba preparado para ello. quería preguntarle cómo íbamos a contárselo a nuestra hija, quería saber si estaba dispuesta a escuchar una segunda opinión de otro especialista o si íbamos a rendirnos, pero ver su sonrisa desbocada y escuchar su tono despreocupado sobre la lista de ingredientes para la maldita tarta podían conmigo, así que callé y atendí sin mediar palabra, asintiendo, disimulando cuando los demás pasajeros del bus nos miraban de reojo e ignorando su mirada vivaracha y esos hoyuelos que de repente le habían salido y que hicieron que me sintiera el hombre más desgraciado de la tierra. 

por supuesto que la enfermedad hizo mella en nuestra relación. al principio intenté no preocuparme cuando, por ejemplo, dejó de poner el despertador para ir a trabajar o cuando comimos pizza para cenar todos los días durante una semana porque era la comida preferida de nuestra hija o me compró un televisor más grande porque en algún momento dije que ojalá una tele de cincuenta pulgadas para ver bien los partidos del atlético. si nosotros éramos felices, ella era feliz, dijo un día cuando maica saltó de alegría al saber que podía salir con sus amigas hasta las doce de la noche cuando su hora de regreso eran las diez. decisión que desembocó en motivo de discusión entre nosotros mientras la niña callejeaba por ahí, pero que mi mujer zanjó rápidamente con un beso largo y desabrochándome los pantalones con premura. fue ahí, una hora más tarde quizá, tumbados en la cama, cuando me di cuenta del error que había estado cometiendo en los últimos días cediendo a sus caprichos, a sus regalos, a reducir mi horario laboral para estar más tiempo con ella y a organizar esas vacaciones a roma a finales de octubre que ella había sugerido. ¿nos había contagiado ya o había todavía alguna posibilidad de salvarnos? me levanté de la cama como un rayo y me puse los pantalones. 
-¿adónde vas? –preguntó un poco más inquieta de lo normal. y aunque su reacción me tranquilizó porque parecía que no había llegado a un estado terminal, continué vistiéndome a toda prisa. 
-voy a buscar a la niña –contesté sin mirarla- nos vamos de aquí. 
-¿nos vamos? ¿de dónde? ¿quién? 
-¿es que no lo ves? ¿no te das cuenta? ¡nos estás arrastrando y si no hago nada vamos a terminar como tú! 
alba se levantó de la cama y durante un segundo su cuerpo desnudo me despistó de mi cometido. por un momento creí que iba a intentar embaucarme de nuevo, pero antes de que diera un paso hacia mí corrí en dirección a la puerta de la habitación, cogí las llaves del coche y bajé las escaleras a toda prisa en busca de mi hija. no tardé mucho tiempo en encontrarla. estaba sentada en un banco de la plaza que había a pocas manzanas de casa, junto a otras chicas, fumando y bebiendo de una botella de fanta que no tenía el color típico de la fanta. al verme sonrió y me saludó. creo, si la memoria no me falla, que incluso me ofreció una calada del porro que estaba fumando. de un manotazo tiré el porro al suelo y aunque sus amigas protestaron y me dedicaron algún insulto, a ella no pareció importarle mi acto. 
-nos vamos ahora mismo –le ordené ignorando esa mirada, la misma mirada que tenía mi esposa desde que el doctor álvarez le había diagnosticado la enfermedad. 
-qué pena, papá. lo estábamos pasando muy bien. 
-he dicho que nos vamos –repetí, esta vez chillando a la niña. 

intenté aclarar las ideas mientras conducía. en algún momento mi hija preguntó adónde íbamos porque había tomado la autovía que nos alejaba de la ciudad, pero no contesté y seguí conduciendo media hora más hasta que detuve el coche en una estación de servicio para poner gasolina. ella no levantó la cabeza de la pantalla del móvil. 
-mamá pregunta si vamos a tardar mucho. dice que nos ha preparado una sorpresa que nos alegrará. 
salí del coche y respiré con profundidad un par de veces. hacía una noche fresca y el cielo estaba completamente despejado. cuando terminé de llenar el depósito me dirigí hacia la caseta para pagar. la dependienta, una joven de no más de veinticinco años, estaba discutiendo por teléfono y pareció molestarse al ver que un cliente iba a interrumpir su bronca. mientras esperaba a que me cobrara, un poco apartado del mostrador para cederle cierta intimidad, no pude evitar escuchar su parte de la conversación en la que me enteré de un novio que no estaba a altura, un cuerpo al que le sobraban kilos, una tal ana que era una puta, tres meses para el próximo puente y un tupper de macarrones que le había preparado su madre que sabía a basura. 
-sesenta –espetó justo cuando comenzaba a contarle a su interlocutor lo harta que estaba de tener que trabajar en ese antro. 
dejé los billetes encima del mostrador y me fui. cuando subí al coche mi hija había puesto música y sonaba la misma canción pegadiza que había tarareado alba al salir de la consulta del especialista. me pareció menos pegadiza e incluso comencé a seguir el ritmo con un dedo de la mano. 
-dile a tu madre que llegamos en media hora –contesté y apreté el acelerador para no retrasarnos ni un minuto más.

16 septiembre 2014

el otro lado de la cama

el lado vacío de su cama 
no está vacío. 
no lo está. 
todos lo verían vacío 
los demás, los que no saben 
los que no estuvieron allí 
los que no escucharon las risas 
ni vieron los bailes improvisados, sin música, un martes cualquiera por la noche mientras los vecinos cenaban en silencio, escuchando esas notas imaginadas que no sonaban. 
los que viven lejos, fuera, en otro mundo que no era el suyo. 
“está vacío” le dirían muy serios, puede que preocupados, mirándola de reojo, invitándola a un café de vez en cuando y entendiendo que aún es pronto, que ha pasado poco tiempo. 
“está vacío”: eso le susurrarían, con dulzura, acariciando su pelo oscuro de una forma diferente, ajena 
con sus manos extranjeras y extrañas. 
“vacío”: eso le dirían si es que a ella le diera por preguntar alguna vez 
cuando se temiera que no va a aguantar mucho más 
que no va a poder
cuando está a punto de partirse. abandonarse. 
pero ella no pregunta 
no lo necesita 
ella calla y mira el otro lado de la cama 
y a veces sonríe como lo hacía antes y otras graniza como lo hace ahora 
pero nunca lo ve vacío.

04 septiembre 2014

amor, con v de visionaria

mi marido me fue infiel cuatro de los seis años que estuvimos casados. me enteré, obviamente, por casualidad un día que hacía la colada y descubrí un ticket arrugado de un perfume caro que nunca llegué a recibir. debo admitir que no me extrañó puesto que desde hacía siete meses y a pesar de dormir en la misma cama, no habíamos hecho el amor. él parecía ir siempre cansado y las pocas veces que tomé la iniciativa me encontré con una reticencia que sólo conseguía que terminara encerrada en el baño para llorar cuando él ya se había quedado dormido. poco después, como ya he dicho, encontré el ticket y comprendí su comportamiento. cuando le enseñé mis pruebas él lo negó todo y me aseguró mil veces que no había otra. y era cierto: había tres. también de eso me enteré después. permanecimos juntos un año más. él me convenció. después de mucho insistir reconoció que había estado tonteado con una secretaria de la empresa donde trabajaba, pero que se había dado cuenta de lo mucho que tenía que perder y que había decidido terminar con ese absurdo flirteo porque no quería perderme. esa noche creo que incluso lloró un poco mientras yo le acariciaba el pelo y le rogaba que no me dejara nunca. también esa noche hicimos el amor. él encima de mí, con los ojos cerrados y sus gotas de sudor deslizándose hasta mis hombros. no pude correrme. seis meses después estando en la cola del supermercado escuché la conversación de dos vecinas. a una de ellas la conocía de vista, de vivir en el mismo bloque que nosotros, unas cuantas plantas más arriba. la otra mujer no la había visto nunca pero me llamó la atención su melena rojiza y sus ojos verdes pintados con tonos dorados y con mucha exageración. la pelirroja, que hablaba en voz alta y se reía mostrando unos dientes pequeños y muy blancos, alardeaba de tener un nuevo amante, un auténtico semental, dijo bajando un poco su tono de voz, que vivía muy cerca de la amiga. mi vecina le dio un codazo o eso creí ver yo e inmediatamente cambiaron de tema. todas las alarmas que hasta ahora había intentado mantener más o menos controladas estallaron en ese momento y corrí a casa, dejando el carrito de la compra abandonado, aterrorizada al imaginarme descubriendo otro ticket que mi marido hubiera descuidado en algún bolsillo interior de sus chaquetas. 
estuve dos años en terapia. consuelo, que así se llamaba mi psicóloga, me salvó la vida a base de dos visitas por semana y muchos pañuelos que terminaban empapados de lágrimas en mi regazo. fueron dos años en los que sólo salía de casa para visitarla a ella y a mis padres, que intentaban animarme repitiéndome eso de que había muchos peces en el mar y que yo valía mucho y que tarde o temprano acabaría encontrando a alguien que mereciera la pena. y qué quieren que les diga, algunas veces lo llegué a creer, pero inmediatamente después me venía a la cabeza mi marido y sus tres amantes y se me volvía a caer el mundo encima de nuevo. adelgacé y perdí pelo, me salieron arrugas y ojeras y creí que nunca volvería a recuperar mi dañada autoestima, pero créanme si les digo que de todo se sale y un día, no sé muy bien cómo ni cuándo, me apeteció mirarme al espejo, salir a dar un paseo largo y meterme en un cine un sábado por la noche, sola. aun así, y muy a pesar de los que me rodeaban e intentaban ayudarme me decían que debía volver a confiar en las personas en general y los hombres en particular, yo era incapaz ni tan siquiera de mirarles a los ojos sin sentir una mezcla de rabia y terror que podía devolverme a mi propio e indeseado infierno en cuestión de segundos. y eso ni tan siquiera consuelo supo curarlo. 
pasaron unos cuantos años más, no muchos. los justos para despedirme de consuelo con lágrimas en los ojos y jurarle que esperaba no volver a verla jamás, al menos dentro de una consulta. con treinta y siete años hice mi primer viaje sola. apenas fueron tres días, pero me sentí tan orgullosa de mi misma, de mi pequeño logro, que al año siguiente lo alargué a siete y doblé la distancia. en el aeropuerto, mientras esperaba el avión de vuelta a casa, tostada por el sol y con diez kilos de más en la maleta y cinco en el cuerpo, conocí a abel. fue él quien se acercó y se sentó a mi lado -era el único sitio que quedaba libre en la cafetería- y comenzó a hablarme de lo poco que le gustaban los aeropuertos y el miedo que le producía volar. aunque al principio no entendí a qué venía aquella confesión ni porque me lo contaba a mí habiendo otra gente a su alrededor, enseguida me encontré cómoda y sonriéndole sin motivo aparente. no fue hasta que abrí la puerta de mi casa cuando me di cuenta de que en las ocho horas que habíamos pasado juntos en el avión ni tan siquiera me había temblado la voz, sino todo lo contario: me había reído, le había hecho reír, me había burlado de su barba mal afeitada y le había contado incluso que había estado casada. y él, con una expresión tan seria que consiguió asustarme, me confesó en susurros que al menos él no había caído tan bajo. luego le pidió un poco más de vino a la azafata para los dos y bebimos hasta que el avión aterrizó. 

no fue un impedimento que viviéramos en ciudades distintas. al menos no lo fue al principio. nos llamábamos a menudo, por la noche, después de trabajar, y nos pasábamos horas hablando de tonterías, de lo que habíamos hecho a lo largo del día, del libro que estábamos leyendo, de cualquier cosa. algunas veces también permanecíamos callados, escuchando la presencia del otro, pendientes de su silencio, que en realidad también hablaba, aunque quizá en un tono de voz un poco más bajito y de temas menos cotidianos. cuando un mes después propuso pasar nuestro primer fin de semana juntos, tardé menos de diez minutos en empaquetar dos bragas, una blusa y comprar un vuelo a madrid. fue un fin de semana maravilloso. la primera noche que pasamos juntos hicimos el amor en el sofá del comedor. abel me quitó la ropa poco a poco, con esmero, como si estuviera desenvolviendo un regalo frágil que requiriera un cuidado excepcional. me acarició largamente y justo cuando intuyó que iba a correrme me pidió, sonriendo, que le mirara a los ojos. quince días después vino a mi casa y durante unos meses que fueron los mejores de mi vida hasta alternamos su sofá con mi cama, su encimera de la cocina con la pared de mi pasillo, su ascensor con mi azotea comunitaria y su asiento trasero del coche con mi bañera. hasta que un mal día comencé a sospechar. puede que, efectivamente, estuviera cansado y su voz sonara más apagada. puede que por un día que no habláramos no pasara nada y que fuera lo más normal del mundo. puede que, tal y como repitió hasta el agotamiento, se hubiera quedado un rato más en la oficina y por eso no lo encontré cuando lo llamé una primera vez. ni una segunda. ni una sexta. puede que el segundo que tardó en contestar fuera el detonante para que por mi cabeza comenzaran a desfilar todas la amantes de mi ex marido, sus excusas, sus tickets arrugados, mal escondidos y sus mentiras. y puede que yo, a pesar de todos los años que habían transcurrido, no hubiera olvidado ni un maldito detalle de mi pasado. 
empecé a hacerle la vida imposible, lo cual también quiere decir que empecé a hacérmela a mí misma: tenía que saber en todo momento dónde estaba y con quién, a qué hora llegaría a casa y cuándo iba a llamarme, cuando saldría de viaje o de paseo o a comprar el pan. cuando nos veíamos en su casa aprovechaba cualquier momento de descuido para registrar sus cajones y cuando estaba en la mía revolvía su maleta y no me molestaba en doblar de nuevo su ropa. nunca llegué a encontrar nada sospechoso, pero no abandoné en el empeño y al final, como era de prever, abel no aguantó más y se marchó. 
esta vez ni tan siquiera me molesté en volver a terapia. era muy consciente de que consuelo, o cualquier otro profesional, no iban a poder hacer nada conmigo porque lo mío no tenía solución. había enfermado desde hacía muchos años y aunque durante un tiempo creí haber superado mi dolencia, lo que en realidad había sucedido era que, mientras la ignoraba, se había extendido de forma lenta y silenciosa y había afectado a todos los órganos. pero lo más terrible era que uno no moría de esta enfermedad, sino que la arrastraba de por vida, hasta acostumbrarse, hasta optar por no volver a relacionarse con nadie más. 
volví a perder peso y pelo y lo único a lo que me dedicaba era a ir a trabajar por las mañanas, regresar por la tarde y tomar dos pastillas para dormir seis horas cada noche. y así pasó tanto tiempo que ni tan siquiera me atrevería a precisar si fueron meses o años. luego, una mañana de finales de octubre, en la parada del 47 que iba a llevarme a la oficina, alguien dijo “parece que empieza a refrescar, ¿eh?”. tuvo que repetirlo dos veces para que me diera cuenta de que se dirigía a mí. por primera vez, aunque tiempo después me aclaró que hacía más de dos meses que coincidíamos en la parada todas las mañanas, reparé en el hombre: tenía los ojos pequeños, un poco bizco, las cejas pobladas, la nariz recta y puntiaguda y los labios finos y amoratados por el frío. cuando al llegar el autobús se levantó del banco me fijé en su muleta, su pierna derecha diez centímetros más corta que la izquierda y su brazo tullido y raquítico pegado a un cuerpo maltrecho y torcido. una malformación del feto, me aclaró pocos días después de su primer comentario referente al tiempo cuando me pilló mirándolo de reojo mientras subía con dificultad las escalerillas del autobús. 
comenzamos a hablar. se convirtió, de hecho, en la única persona y la primera persona con la que hablaba de lunes a viernes, fuera del trabajo y del ámbito familiar. normalmente era él quien escogía el tema y no solía ser nada original: el tiempo, el último escándalo político, su jefe incompetente, cualquier chorrada con la que yo terminaba por dejar de escuchar al cabo de un rato. pasadas algunas semanas se atrevió a compartir un poco de su vida privada, o más bien de lo poco que había sucedido en ella, y fue ahí donde me di cuenta de que tal vez cabía alguna posibilidad de que a su lado no me sintiera una enferma. 
-¿quién quieres que se fije en mí? – repetía a menudo sonriendo, resignado, aferrado a su muleta decorada con pegatinas de ciudades que no había visitado jamás. 

no me enamoré de él. era buena persona, inteligente, educado, sabía cocinar y se preocupaba por mí, pero no pude enamorarme de él. tampoco el sexo fue nunca bueno; era torpe, le costaba moverse y cuando era yo quien se ponía encima o se la chupaba aguantaba justo dos minutos antes de eyacular encima de mis pechos. pero al menos estaba tranquila, no había sospechas ni sufrimiento. en mi vida había sentido tanta calma. no sufría por saber dónde estaba metido o con quién estaría hablando, ni mucho menos fantaseando con sus innumerables amantes. quién iba a fijarse en él, me decía yo también cuando alguna vez pensaba que había cometido un grave error. una noche de esas en que las dudas me hicieron temblar de rabia e impotencia por haberme lanzado a los brazos de un pobre hombre que nos creía la pareja ideal comencé a empaquetar mis cosas mientras él todavía estaba en el trabajo. no me importaba volver a sufrir si esto significaba recuperar un poco de ilusión. sin embargo, al escuchar la puerta y ese “hola” animado y alegre con el que siempre llegaba a casa escondí la maleta debajo de la cama, esperando el momento adecuado para largarme, sin avisar. esa misma noche, cansado y con la voz temblorosa, me pidió que nos casáramos. se disculpó por no poder arrodillarse y con mucha solemnidad extrajo de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada que contenía un anillo fino de plata con un diamante minúsculo en forma de corazón. asentí. no me salían las palabras y él dedujo que estaba demasiado emocionada como para poder contestarle con vocablos. sonrió y tiró su muleta al suelo para abrazarme, susurró algo que no escuché bien y me besó. después preparamos la cena en silencio y nos fuimos a dormir temprano porque al día siguiente había que madrugar para ir al trabajo. 

fue una boda discreta y rápida en el juzgado de la ciudad, entre otra veintena de parejas más. él estrenó una chaqueta gris que le venía grande y yo un vestido sencillo de color salmón demasiado fino para el día lluvioso y nublado que hacía. después nos fuimos a un pequeño restaurante con su hermana y el marido de ella. comimos de todo y mucho y de postres ellos nos sorprendieron, a pesar de que habíamos insistido en que no hicieran nada especial, con una tarta nupcial de nata que me sentó mal y terminé vomitando en el baño del restaurante. 
lo único que cambió en nuestra vida de casados fue que aparté la idea de volver a hacer las maletas. me resigné a mi calma buscada y encontrada y él también pareció resignarse a que cuando se acercaba yo me apartara, a veces con disimulo, otras, la mayoría, bruscamente, sin mediar palabra, como si estuviera cerca de un gato que me produjera alergia o de una enfermedad altamente contagiosa y terminal. también desarrollé un absurdo sentido del ridículo cada vez que salía a la calle con él. sentía que todo el mundo nos miraba: a él por su cuerpo deforme y a mí por la pobre mujer desesperada que no había conseguido a nadie mejor. de nuevo opté por encerrarme en casa, aunque esta vez no estaba sola y fue aún peor. no podía controlar mi creciente mal humor, discutía con él por cualquier cosa para así no tener que hablarle en dos o tres días y a pesar de que él intentaba complacerme en todo yo sólo buscaba los fallos para poder tirárselos en cara a la mínima oportunidad. para complicarlo aún más me acordaba constantemente de abel, de lo feliz que había sido con él, de lo idiota que había sido al sospechar de él y de las pésimas decisiones que había tomado en la vida. lloraba a todas horas, escondida en cualquier rincón para que mi marido no preguntara. una mañana llamé a consuelo pero quien cogió el teléfono me informó de que la consulta era ahora un centro de estética especializado en tratamientos de rejuvenecimiento y que la anterior inquilina se había mudado a otro lugar. cuando pregunté, al borde del llanto, si sabía adónde se había mudado me contestó que no y colgó porque no podía hacer esperar más a sus clientas. inmediatamente, sin pensarlo dos veces, con el pulso acelerado y una ilusión que hacía años que no sentía, marqué el número de abel. 
nos citamos en un hotel al lado del aeropuerto. él tenía cuatro horas antes de coger otro avión hacia estocolmo. al verme se levantó del sillón y me dio un abrazo como si nunca me hubiera comportado como una histérica con él. también pidió dos vinos y me dijo que estaba guapísima, aunque yo sabía que era mentira porque aunque había pasado más dos horas probándome vestidos y maquillaje hay tragedias que no se pueden ocultar con blusas finas y carmín rojo. apenas hablamos. nos mirábamos, sonreíamos y dábamos otro sorbo al vino sin ser capaces de preguntar qué había sido de nuestras vidas, no sé si por temor o porque no nos importaba. cuando el camarero se percató de nuestras copas vacías y se acercó para saber si deseábamos algo más abel contestó que no, que ya nos íbamos, dejó un billete de diez en la mesa, se levantó y yo le seguí sin preguntar. 

esa noche llegué muy tarde a casa. en el ascensor revisé por primera vez el móvil y conté diez llamadas perdidas y tres mensajes de voz de mi marido que gradualmente mostraba su preocupación por si me había sucedido algo. en el último mensaje me decía que iba a salir a dar una vuelta para ver si me encontraba. lo imaginé abrigado, con la nariz roja, su muleta, arrastrando su pierna débil, buscándome inútilmente en parques, avenidas y tal vez algún hospital, pero no sentí ningún remordimiento ni culpa. las últimas horas con abel eran mucho más poderosas y me permitieron anular cualquier atisbo de malestar. me sentía feliz, ligera, aliviada y sobre todo confiada. ni tan siquiera me apresuré en elucubrar una excusa creíble para cuando abriera la puerta de casa y me topara con la mirada asustadiza de mi marido tullido. tampoco hizo falta. al entrar comprobé que todavía no había llegado y aproveché para meterme en la cama y descansar un poco. me dormí plácidamente, como un bebé, rememorando las manos, los labios, las palabras y las caricias con las que abel me había obsequiado unas horas antes. 
me desperté a las once de la mañana, con los brazos de mi marido rodeándome por la cintura y su cabeza apoyada en mi espalda. cuando intenté moverme para deshacerme de él y levantarme, él se despertó y me abrazó aún más fuerte. 
-no me dejes nunca. –dijo en voz baja, temeroso de sus propias palabras– prométeme que no me dejarás nunca. 
yo cerré los ojos, cogí su mano, con más pena que afecto, y esperé a que volviera a dormirse para llamar a abel.

02 septiembre 2014

Para descifrar un enigma hay dos alternativas: la acumulación infinita de datos diferentes o la utilización infinita de un mismo dato. Se puede tomar una serie, cualquier serie, y ver cómo se transforma y reaparece y se reproduce. O tomar un hecho, una partícula insignificante de vida (un botón negro de nácar) y seguir su recorrido invisible en la multiplicación de los días. Un hecho, una serie: ¿en qué punto construir la relación?

Prisión perpetua, R. Piglia

21 agosto 2014

sin ellos hubiera descubierto todo un poco más tarde, tal vez nunca. 
otras cosas. 
lo justo. 
puede que nada. 

me besó en junio, de noche, primerizos, rodeados de otros borrachos que se besaban con las mismas intenciones. 
las mismas náuseas. 
los vómitos, a la luz del día, junto a los árboles, se habían resecado. 
también nosotros nos marchitamos deprisa. 
había que beber de otras manos, sorber de otros cuerpos 
libar de otras fuentes, aunque supieran a sal. 
sangré la primera vez, en la cama de sus abuelos 
me partí en dos y gemí de dolor. miramos de reojo mis muslos manchados, yo avergonzada y quieta. él no sabía nada. 
me acompañó a casa en su coche, de madrugada, callados. 
quitó la música, se le fueron las ganas y yo esperé su llamada todo un verano en el que heló más que cualquier diciembre. 
me burlé de sus trucos falsos, sus palabras vacuas, sus patéticos rituales 
para terminar follando en los baños encharcados de cualquier bar, 
con la puerta entreabierta y la música suficientemente alta como para acallar un nombre tóxico 
ciega de gramos que me pretendían ser feliz 
aunque por dentro me acuchillaban cristales afilados y recuerdos nocivos. 
desperté al lado de alguien que susurró un “te quiero” 
asustadizo y sincero. 
y me quedé sin respuesta, muda, 
exiliada entre el hueco de su clavícula y su cuello. radiante. 
nos preparamos desayunos que excedían nuestro hambre, pero jamás ese apetito que iba a hacernos especiales, únicos, diferentes 
cotidianos, acostumbrados, tirando a normales 
grises, aburridos, insultados. odio. 
odié. 
odié hasta convertir mis demonios en el cortejo perfecto, 
temblaba ante ellos, bailaba entre ellos. me dejé abatir.
atendí sus aullidos con obediencia devota 
sus zarpazos con la piel llagada 
sus normas como un nuevo dogma al que acogerme y loar. 
confié en el tiempo, que lo cura todo si es que uno quiere, 
y si no, también. 
“tu problema” me dijo uno después de pagar sesenta euros por una hora en la que acabé con su caja de pañuelos de papel “es que piensas demasiado”. 
pensé demasiado en pensar demasiado. 
apreté las mandíbulas antes de llorar. antes de reír. antes de bajarme las bragas. después de dar un portazo y huir de lo mejor para mí, de lo que me convenía. 
de lo que iba a hacerme cabal 
conté hasta diez, hasta mil. 
dejé de contar cuando nos derrumbamos abrazados en el suelo porque ya no se podía caer más bajo. 
y aprendí a decir adiós mucho antes que tal vez 
porque cuando algo empieza también ha comenzado a terminar
y cuando algo termina hay que empezar a olvidar. 

sin ellos hubiera sido otra, otra distinta. todo lo contrario. lo justo. puede que nada.

07 agosto 2014

aunque suene mal decirlo el día que enterraron a tía águeda, martín y yo estábamos realmente felices. acabábamos de recibir la noticia, de forma extra oficial por parte de un primo suyo, de que tía águeda le había cedido en herencia su piso de la calle norte a martín. yo nunca había estado en el piso puesto que las pocas veces que había visto a tía águeda había sido en la residencia de ancianos donde hacía años que estaba ingresada debido a una larga y penosa enfermedad, pero mientras nos vestíamos para ir a su funeral martín me contó muy por encima cómo era la vivienda y me pareció un auténtico palacio. aunque era habitable había que hacer algunas reformas importante, dijo él, porque se trataba de un piso viejo que llevaba muchos años abandonado, pero eso no me desanimó en absoluto para mudarnos allí cuanto antes. ese iba a ser nuestro primer hogar y por fin íbamos a poder irnos a vivir juntos, algo que habíamos fantaseado durante meses, pero que debido a nuestros ridículos sueldos había sido imposible de cumplir. ahora, sin embargo, con la muerte de tía águeda, no sólo íbamos a cumplir uno de nuestros mayores sueños, sino que además venía en forma de regalo inesperado y podríamos ahorrarnos las visitas al banco, los créditos, los avales bancarios, las ayudas familiares y la temida hipoteca de por vida. y puede que escabullirnos de la solemne ceremonia en la iglesia un diez minutos antes de que terminara para ir a visitar nuestro futuro hogar no fuera la forma más respetable de despedirnos de tía águeda, pero ella había fallecido y nosotros seguíamos vivos y teníamos toda la vida por delante.

el piso estaba situado en un barrio residencial muy tranquilo, con poco tráfico, algunos comercios en los bajos de los edificios y un parque a pocos metros. al entrar me sorprendieron los techos altos, la chimenea en el enorme salón y las cuatro habitaciones exteriores que ocupaban los ciento treinta metros cuadrados del piso. es cierto que había que rehacer el baño y que la cocina se había quedado muy anticuada, pero estaba tan entusiasmada con todo lo demás que no quise darle ninguna importancia a los aspectos menos positivos.
-con el dinero ahorrado podríamos empezar por el baño. algo sencillito, no hace falta que pongamos la bañera más cara del catálogo, ¿te parece bien?– dijo martín mientras abría las puertas acristaladas de un inmenso balcón que daba a la calle y yo me olvidaba de todas las bañeras y de los catálogos y me imaginaba tumbada en una hamaca en mi nuevo balcón de mi preciosa casa.
nos mudamos un mes después. teníamos tan pocas pertenencias que ocupamos tan sólo un tercio del gigantesco piso y fuimos haciéndolo nuestro con las fotos de nuestro viaje a grecia de hacía dos veranos, cortinas de tela del ikea y fundas de cojines estampados de la tienda de los chinos. estábamos felices, pletóricos, incrédulos aún por la suerte que habíamos tenido y brindando alegremente alguna madrugada a la salud de tía águeda cuando llevábamos una cuantas copas de más.

las obras empezaron un martes a las ocho de la mañana. me despertó un martilleo ensordecedor y lo primero que me vino a la cabeza fue en un catastrófico desastre natural que estaba arrasando la ciudad y, por consiguiente, también nuestro encantador piso. me levanté y salí de la habitación deprisa para descubrir de dónde provenía semejante jaleo. el suelo y las paredes retumbaban de tal modo que temí que la antigüedad de la finca no resistiera los embistes de los taladros, radiales, sierras circulares y demás herramientas que ahora sonaban al unísono de manera descontrolada.
-por dios, ¿qué es todo este ruido? – preguntó martín que también se había despertado y, plantado en medio del salón, se tapaba las orejas con ambas manos, inútilmente.
-alguien empezó las obras antes que nosotros – grité por encima del estruendo.
creo que fue esa mañana cuando, entre golpes, chirridos y martillazos, me quedé embarazada. pocos días después la vecina del cuarto nos informó de que estaban remodelando el local en los bajos y que, según el encargado de obra, en breve tendríamos una funeraria debajo de casa. no le di mucha importancia. la alegría de estar esperando un hijo secundaba la mayoría de noticias que los demás consideraban importantes y, de hecho, en algún momento me dije que era mucho mejor tener una funeraria debajo del piso que no uno de esos bares que abren hasta las tantas y cuyos clientes ignoran por completo las normas de la convivencia vecinal. a martín, sin embargo, la noticia le desagradó y soltó un comentario que me rondó por la cabeza durante mucho tiempo hasta que, efectivamente, se hizo realidad:
-vamos a estar pisando muertos en nuestra propia casa -sentenció.

la funeraria abrió en la décimo cuarta semana de mi gestación. “funeraria el reposado ocaso” anunciaba un cartel discreto colgado encima de la puerta de cristales tintados. había tenido un embarazo plácido y sin molestias hasta entonces, pero el mismo día en el que leí el letrero subí las escaleras de dos en dos con el tiempo justo para vomitar en la entrada de casa una bilis viscosa y amarga. y fue a partir de ahí cuando comencé a sentir náuseas cada mañana, mareos por las tardes y un terrible malestar a todas horas. martín se esforzaba mucho en cuidarme y mimarme: me masajeaba los pies cuando llegaba del trabajo, cocinaba platos que siempre me habían gustado y que sin embargo ahora me provocaban arcadas con sólo olerlos e intentaba hacerme reír con sus payasadas a pesar de mi constante mal humor. conseguí que el médico me diera la baja aunque me repitió y me aseguró varias veces que lo que me ocurría era algo normal y que todas las molestias que sufría iban a desaparecer en breve. pero sus pronósticos no se cumplieron. empecé a adelgazar, apenas se me notaba la barriga, dormía poco, no me apetecía hacer nada y dejé de salir de casa a pesar de las recomendaciones médicas y la insistencia de martín para que caminara. un día en el que los mareos fueron más insoportables ningún otro día se me ocurrió salir al balcón a respirar un poco de aire fresco. noté una leve mejoría inmediata y decidí quedarme un rato más allí, a la sombra de un sol de agosto abrasador que en otro tiempo no muy lejano hubiera adorado y con el que ahora apenas reparaba. al bajar la vista hacia la calle dos coches fúnebres se detuvieron delante de la entrada de “el reposado ocaso” y dos hombres jóvenes descargaron dos ataúdes de madera oscura y brillante. me quedé absorta mirando los trabajadores, vestidos con ropas oscuras, que con ceremoniosa actitud llevaron hacia dentro del local los muertos junto a sus coronas de flores, mientras algunos allegados se mantenían discretamente alejados de esta incómoda tarea. fue la primera vez en días en que me olvidé por completo de mis males. observar los coches oscuros que iban y venían, monitorizar los hombres vestidos de oscuro, contemplar las familias que lloraban la pérdida a sus seres queridos, escuchar los murmullos, las despedidas, los lamentos, los llantos y los halagos de amigos que se reunían en pequeños grupos a la entrada de la funeraria se convirtió en mi nuevo y más siniestro entretenimiento. pasaba largas horas apoyada en la barandilla viendo cómo la tragedia golpeaba a cada uno de forma distinta. me familiaricé con el dolor y el duelo y por las noches, mientras martín dormía a mí lado, pensaba en los cadáveres que esperaban sepultura debajo de nuestra casa. comencé a olerlos. también el médico me había advertido de un posible desarrollo del sentido olfativo y también me tranquilizó al respeto. lo que él no sabía, ni supo nunca, es que yo olía a muerte constantemente, de día y de noche. fuera y dentro de casa. que el hedor a podredumbre se había metido en nuestra ropa, en mi escaso pelo, entre las sábanas de la cama y dentro de mi propia tripa que cada día abultaba más a pesar de mi poca ingesta. el día que martín me encontró hecha un ovillo en un rincón del salón se asustó. no pude aguantar más y, entre sollozos, le conté lo del olor y lo de mis horas vigilando a los muertos. le supliqué que nos marcháramos de ese piso y buscáramos algo más pequeño en un barrio lleno de vida, pero él me miró extrañado, como si no supiera a lo que me estaba refiriendo, a pesar de que había sido él quien había pronunciado las palabras que cambiaron todo. luego se entregó a un monólogo interminable y predecible sobre la suerte que habíamos tenido con el piso de tía águeda, porque así lo seguía llamando él -no era nuestro piso, sino el piso de tía águeda- y lo imposible que iba a ser conseguir otra vivienda con nuestros ingresos insuficientes.
-¡vamos a tener un hijo en dos meses! –dijo como prueba concluyente y definitiva –no es el momento de hacer mudanzas. no es tu estado, cariño. además, este es un sitio perfecto para que crezca nuestro hijo: hay varias habitaciones y espacio de sobra para que gatee y juegue. hay, hay… hay incluso un parque cruzando la calle. ¿es que no te das cuenta de que somos unos privilegiados? ¿cuántos de nuestros amigos darían lo que fuera para poder vivir aquí?
se calló esperando una respuesta por mi parte. una respuesta que no llegó y que él adivinó como un éxito aplastante en su argumentación.
-sólo estás nerviosa y es algo normal y comprensible, pero cuando nazca el bebé lo verás de otra forma. te olvidarás de… de todo. –afirmó señalando algo impreciso en dirección a la calle- ahora lo que tienes que hacer es cuidarte, comer, salir a pasear. ¿qué te parece si esta noche te preparo una cena estupenda? ¿qué te apetece? dime lo que más te apetezca y lo guisaré para ti.
martín regresó tres horas después cargando con dos bolsas de plástico repletas de paquetes y envases para la cena. antes de marcharse me había sugerido que me pusiera un vestido bonito, pero me encontró en la misma posición en la que me había dejado, despeinada y ojerosa por las pocas horas de sueño. no hizo ningún comentario, sólo se limitó a sonreír y a poner el ramo de margaritas que sostenía en una mano dentro de un jarrón con agua. luego puso música y se acercó con esa expresión socarrona que en algún momento me habría convencido para hacer cualquier cosa, me cogió de las manos y me levantó del sofá con un cuidado exagerado. comenzamos a bailar lentamente. él movía sus pies y yo me limitaba a arrastrar los míos sin ninguna gracia ni predisposición. apoyada mi cabeza en su hombro intenté dejar de respirar ni que fuera durante unos segundos para poder disfrutar de ese baile torpe, aunque sabía que tarde o temprano debería volver a inhalar ese oxígeno putrefacto y cadavérico. la escena, en mi cabeza, no dejaba de ser grotesca y de mal gusto. no teníamos ningún derecho ni ninguna consideración. pero ellos estaban muertos y nosotros todavía no.
-¿lo ves? nada puede salir mal mientras estamos bailando– susurró en algún momento con un tono que pretendía ser reconfortante y que sin embargo a mí me hizo temblar de arriba a abajo. luego se paró y me miró. tenía el pelo desordenado, las mejillas enrojecidas por el calor y la mirada brillante y avispada. me besó en la frente. el calorcillo de sus labios tocando mi piel permaneció unos instantes, pero enseguida se desvaneció y sentí de nuevo tanto frío que me puse a temblar.
-voy a empezar a preparar la cena. tú siéntate, relájate y no te preocupes por nada– dijo ajeno al familiar ruido del motor de un coche que se detenía debajo de casa. sin la necesidad de asomarme al balcón, como tantas veces había hecho, pude imaginar con detalle su cara pálida y amarillenta, su piel ajada, sus manos encima del pecho y sus ojos vidriosos y opacos que durante esa cena tan especial que martín se esmeraba en cocinar iban a apuntar directamente hacia nuestro extraordinario hogar.