mi marido me fue infiel cuatro de los seis años que estuvimos casados. me enteré, obviamente, por casualidad un día que hacía la colada y descubrí un ticket arrugado de un perfume caro que nunca llegué a recibir. debo admitir que no me extrañó puesto que desde hacía siete meses y a pesar de dormir en la misma cama, no habíamos hecho el amor. él parecía ir siempre cansado y las pocas veces que tomé la iniciativa me encontré con una reticencia que sólo conseguía que terminara encerrada en el baño para llorar cuando él ya se había quedado dormido. poco después, como ya he dicho, encontré el ticket y comprendí su comportamiento. cuando le enseñé mis pruebas él lo negó todo y me aseguró mil veces que no había otra. y era cierto: había tres. también de eso me enteré después. permanecimos juntos un año más. él me convenció. después de mucho insistir reconoció que había estado tonteado con una secretaria de la empresa donde trabajaba, pero que se había dado cuenta de lo mucho que tenía que perder y que había decidido terminar con ese absurdo flirteo porque no quería perderme. esa noche creo que incluso lloró un poco mientras yo le acariciaba el pelo y le rogaba que no me dejara nunca. también esa noche hicimos el amor. él encima de mí, con los ojos cerrados y sus gotas de sudor deslizándose hasta mis hombros. no pude correrme.
seis meses después estando en la cola del supermercado escuché la conversación de dos vecinas. a una de ellas la conocía de vista, de vivir en el mismo bloque que nosotros, unas cuantas plantas más arriba. la otra mujer no la había visto nunca pero me llamó la atención su melena rojiza y sus ojos verdes pintados con tonos dorados y con mucha exageración. la pelirroja, que hablaba en voz alta y se reía mostrando unos dientes pequeños y muy blancos, alardeaba de tener un nuevo amante, un auténtico semental, dijo bajando un poco su tono de voz, que vivía muy cerca de la amiga. mi vecina le dio un codazo o eso creí ver yo e inmediatamente cambiaron de tema. todas las alarmas que hasta ahora había intentado mantener más o menos controladas estallaron en ese momento y corrí a casa, dejando el carrito de la compra abandonado, aterrorizada al imaginarme descubriendo otro ticket que mi marido hubiera descuidado en algún bolsillo interior de sus chaquetas.
estuve dos años en terapia. consuelo, que así se llamaba mi psicóloga, me salvó la vida a base de dos visitas por semana y muchos pañuelos que terminaban empapados de lágrimas en mi regazo. fueron dos años en los que sólo salía de casa para visitarla a ella y a mis padres, que intentaban animarme repitiéndome eso de que había muchos peces en el mar y que yo valía mucho y que tarde o temprano acabaría encontrando a alguien que mereciera la pena. y qué quieren que les diga, algunas veces lo llegué a creer, pero inmediatamente después me venía a la cabeza mi marido y sus tres amantes y se me volvía a caer el mundo encima de nuevo. adelgacé y perdí pelo, me salieron arrugas y ojeras y creí que nunca volvería a recuperar mi dañada autoestima, pero créanme si les digo que de todo se sale y un día, no sé muy bien cómo ni cuándo, me apeteció mirarme al espejo, salir a dar un paseo largo y meterme en un cine un sábado por la noche, sola. aun así, y muy a pesar de los que me rodeaban e intentaban ayudarme me decían que debía volver a confiar en las personas en general y los hombres en particular, yo era incapaz ni tan siquiera de mirarles a los ojos sin sentir una mezcla de rabia y terror que podía devolverme a mi propio e indeseado infierno en cuestión de segundos. y eso ni tan siquiera consuelo supo curarlo.
pasaron unos cuantos años más, no muchos. los justos para despedirme de consuelo con lágrimas en los ojos y jurarle que esperaba no volver a verla jamás, al menos dentro de una consulta. con treinta y siete años hice mi primer viaje sola. apenas fueron tres días, pero me sentí tan orgullosa de mi misma, de mi pequeño logro, que al año siguiente lo alargué a siete y doblé la distancia. en el aeropuerto, mientras esperaba el avión de vuelta a casa, tostada por el sol y con diez kilos de más en la maleta y cinco en el cuerpo, conocí a abel. fue él quien se acercó y se sentó a mi lado -era el único sitio que quedaba libre en la cafetería- y comenzó a hablarme de lo poco que le gustaban los aeropuertos y el miedo que le producía volar. aunque al principio no entendí a qué venía aquella confesión ni porque me lo contaba a mí habiendo otra gente a su alrededor, enseguida me encontré cómoda y sonriéndole sin motivo aparente. no fue hasta que abrí la puerta de mi casa cuando me di cuenta de que en las ocho horas que habíamos pasado juntos en el avión ni tan siquiera me había temblado la voz, sino todo lo contario: me había reído, le había hecho reír, me había burlado de su barba mal afeitada y le había contado incluso que había estado casada. y él, con una expresión tan seria que consiguió asustarme, me confesó en susurros que al menos él no había caído tan bajo. luego le pidió un poco más de vino a la azafata para los dos y bebimos hasta que el avión aterrizó.
no fue un impedimento que viviéramos en ciudades distintas. al menos no lo fue al principio. nos llamábamos a menudo, por la noche, después de trabajar, y nos pasábamos horas hablando de tonterías, de lo que habíamos hecho a lo largo del día, del libro que estábamos leyendo, de cualquier cosa. algunas veces también permanecíamos callados, escuchando la presencia del otro, pendientes de su silencio, que en realidad también hablaba, aunque quizá en un tono de voz un poco más bajito y de temas menos cotidianos. cuando un mes después propuso pasar nuestro primer fin de semana juntos, tardé menos de diez minutos en empaquetar dos bragas, una blusa y comprar un vuelo a madrid. fue un fin de semana maravilloso. la primera noche que pasamos juntos hicimos el amor en el sofá del comedor. abel me quitó la ropa poco a poco, con esmero, como si estuviera desenvolviendo un regalo frágil que requiriera un cuidado excepcional. me acarició largamente y justo cuando intuyó que iba a correrme me pidió, sonriendo, que le mirara a los ojos. quince días después vino a mi casa y durante unos meses que fueron los mejores de mi vida hasta alternamos su sofá con mi cama, su encimera de la cocina con la pared de mi pasillo, su ascensor con mi azotea comunitaria y su asiento trasero del coche con mi bañera. hasta que un mal día comencé a sospechar. puede que, efectivamente, estuviera cansado y su voz sonara más apagada. puede que por un día que no habláramos no pasara nada y que fuera lo más normal del mundo. puede que, tal y como repitió hasta el agotamiento, se hubiera quedado un rato más en la oficina y por eso no lo encontré cuando lo llamé una primera vez. ni una segunda. ni una sexta. puede que el segundo que tardó en contestar fuera el detonante para que por mi cabeza comenzaran a desfilar todas la amantes de mi ex marido, sus excusas, sus tickets arrugados, mal escondidos y sus mentiras. y puede que yo, a pesar de todos los años que habían transcurrido, no hubiera olvidado ni un maldito detalle de mi pasado.
empecé a hacerle la vida imposible, lo cual también quiere decir que empecé a hacérmela a mí misma: tenía que saber en todo momento dónde estaba y con quién, a qué hora llegaría a casa y cuándo iba a llamarme, cuando saldría de viaje o de paseo o a comprar el pan. cuando nos veíamos en su casa aprovechaba cualquier momento de descuido para registrar sus cajones y cuando estaba en la mía revolvía su maleta y no me molestaba en doblar de nuevo su ropa. nunca llegué a encontrar nada sospechoso, pero no abandoné en el empeño y al final, como era de prever, abel no aguantó más y se marchó.
esta vez ni tan siquiera me molesté en volver a terapia. era muy consciente de que consuelo, o cualquier otro profesional, no iban a poder hacer nada conmigo porque lo mío no tenía solución. había enfermado desde hacía muchos años y aunque durante un tiempo creí haber superado mi dolencia, lo que en realidad había sucedido era que, mientras la ignoraba, se había extendido de forma lenta y silenciosa y había afectado a todos los órganos. pero lo más terrible era que uno no moría de esta enfermedad, sino que la arrastraba de por vida, hasta acostumbrarse, hasta optar por no volver a relacionarse con nadie más.
volví a perder peso y pelo y lo único a lo que me dedicaba era a ir a trabajar por las mañanas, regresar por la tarde y tomar dos pastillas para dormir seis horas cada noche. y así pasó tanto tiempo que ni tan siquiera me atrevería a precisar si fueron meses o años. luego, una mañana de finales de octubre, en la parada del 47 que iba a llevarme a la oficina, alguien dijo “parece que empieza a refrescar, ¿eh?”. tuvo que repetirlo dos veces para que me diera cuenta de que se dirigía a mí. por primera vez, aunque tiempo después me aclaró que hacía más de dos meses que coincidíamos en la parada todas las mañanas, reparé en el hombre: tenía los ojos pequeños, un poco bizco, las cejas pobladas, la nariz recta y puntiaguda y los labios finos y amoratados por el frío. cuando al llegar el autobús se levantó del banco me fijé en su muleta, su pierna derecha diez centímetros más corta que la izquierda y su brazo tullido y raquítico pegado a un cuerpo maltrecho y torcido. una malformación del feto, me aclaró pocos días después de su primer comentario referente al tiempo cuando me pilló mirándolo de reojo mientras subía con dificultad las escalerillas del autobús.
comenzamos a hablar. se convirtió, de hecho, en la única persona y la primera persona con la que hablaba de lunes a viernes, fuera del trabajo y del ámbito familiar. normalmente era él quien escogía el tema y no solía ser nada original: el tiempo, el último escándalo político, su jefe incompetente, cualquier chorrada con la que yo terminaba por dejar de escuchar al cabo de un rato. pasadas algunas semanas se atrevió a compartir un poco de su vida privada, o más bien de lo poco que había sucedido en ella, y fue ahí donde me di cuenta de que tal vez cabía alguna posibilidad de que a su lado no me sintiera una enferma.
-¿quién quieres que se fije en mí? – repetía a menudo sonriendo, resignado, aferrado a su muleta decorada con pegatinas de ciudades que no había visitado jamás.
no me enamoré de él. era buena persona, inteligente, educado, sabía cocinar y se preocupaba por mí, pero no pude enamorarme de él. tampoco el sexo fue nunca bueno; era torpe, le costaba moverse y cuando era yo quien se ponía encima o se la chupaba aguantaba justo dos minutos antes de eyacular encima de mis pechos. pero al menos estaba tranquila, no había sospechas ni sufrimiento. en mi vida había sentido tanta calma. no sufría por saber dónde estaba metido o con quién estaría hablando, ni mucho menos fantaseando con sus innumerables amantes. quién iba a fijarse en él, me decía yo también cuando alguna vez pensaba que había cometido un grave error. una noche de esas en que las dudas me hicieron temblar de rabia e impotencia por haberme lanzado a los brazos de un pobre hombre que nos creía la pareja ideal comencé a empaquetar mis cosas mientras él todavía estaba en el trabajo. no me importaba volver a sufrir si esto significaba recuperar un poco de ilusión. sin embargo, al escuchar la puerta y ese “hola” animado y alegre con el que siempre llegaba a casa escondí la maleta debajo de la cama, esperando el momento adecuado para largarme, sin avisar. esa misma noche, cansado y con la voz temblorosa, me pidió que nos casáramos. se disculpó por no poder arrodillarse y con mucha solemnidad extrajo de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada que contenía un anillo fino de plata con un diamante minúsculo en forma de corazón. asentí. no me salían las palabras y él dedujo que estaba demasiado emocionada como para poder contestarle con vocablos. sonrió y tiró su muleta al suelo para abrazarme, susurró algo que no escuché bien y me besó. después preparamos la cena en silencio y nos fuimos a dormir temprano porque al día siguiente había que madrugar para ir al trabajo.
fue una boda discreta y rápida en el juzgado de la ciudad, entre otra veintena de parejas más. él estrenó una chaqueta gris que le venía grande y yo un vestido sencillo de color salmón demasiado fino para el día lluvioso y nublado que hacía. después nos fuimos a un pequeño restaurante con su hermana y el marido de ella. comimos de todo y mucho y de postres ellos nos sorprendieron, a pesar de que habíamos insistido en que no hicieran nada especial, con una tarta nupcial de nata que me sentó mal y terminé vomitando en el baño del restaurante.
lo único que cambió en nuestra vida de casados fue que aparté la idea de volver a hacer las maletas. me resigné a mi calma buscada y encontrada y él también pareció resignarse a que cuando se acercaba yo me apartara, a veces con disimulo, otras, la mayoría, bruscamente, sin mediar palabra, como si estuviera cerca de un gato que me produjera alergia o de una enfermedad altamente contagiosa y terminal. también desarrollé un absurdo sentido del ridículo cada vez que salía a la calle con él. sentía que todo el mundo nos miraba: a él por su cuerpo deforme y a mí por la pobre mujer desesperada que no había conseguido a nadie mejor. de nuevo opté por encerrarme en casa, aunque esta vez no estaba sola y fue aún peor. no podía controlar mi creciente mal humor, discutía con él por cualquier cosa para así no tener que hablarle en dos o tres días y a pesar de que él intentaba complacerme en todo yo sólo buscaba los fallos para poder tirárselos en cara a la mínima oportunidad. para complicarlo aún más me acordaba constantemente de abel, de lo feliz que había sido con él, de lo idiota que había sido al sospechar de él y de las pésimas decisiones que había tomado en la vida. lloraba a todas horas, escondida en cualquier rincón para que mi marido no preguntara. una mañana llamé a consuelo pero quien cogió el teléfono me informó de que la consulta era ahora un centro de estética especializado en tratamientos de rejuvenecimiento y que la anterior inquilina se había mudado a otro lugar. cuando pregunté, al borde del llanto, si sabía adónde se había mudado me contestó que no y colgó porque no podía hacer esperar más a sus clientas. inmediatamente, sin pensarlo dos veces, con el pulso acelerado y una ilusión que hacía años que no sentía, marqué el número de abel.
nos citamos en un hotel al lado del aeropuerto. él tenía cuatro horas antes de coger otro avión hacia estocolmo. al verme se levantó del sillón y me dio un abrazo como si nunca me hubiera comportado como una histérica con él. también pidió dos vinos y me dijo que estaba guapísima, aunque yo sabía que era mentira porque aunque había pasado más dos horas probándome vestidos y maquillaje hay tragedias que no se pueden ocultar con blusas finas y carmín rojo. apenas hablamos. nos mirábamos, sonreíamos y dábamos otro sorbo al vino sin ser capaces de preguntar qué había sido de nuestras vidas, no sé si por temor o porque no nos importaba. cuando el camarero se percató de nuestras copas vacías y se acercó para saber si deseábamos algo más abel contestó que no, que ya nos íbamos, dejó un billete de diez en la mesa, se levantó y yo le seguí sin preguntar.
esa noche llegué muy tarde a casa. en el ascensor revisé por primera vez el móvil y conté diez llamadas perdidas y tres mensajes de voz de mi marido que gradualmente mostraba su preocupación por si me había sucedido algo. en el último mensaje me decía que iba a salir a dar una vuelta para ver si me encontraba. lo imaginé abrigado, con la nariz roja, su muleta, arrastrando su pierna débil, buscándome inútilmente en parques, avenidas y tal vez algún hospital, pero no sentí ningún remordimiento ni culpa. las últimas horas con abel eran mucho más poderosas y me permitieron anular cualquier atisbo de malestar. me sentía feliz, ligera, aliviada y sobre todo confiada. ni tan siquiera me apresuré en elucubrar una excusa creíble para cuando abriera la puerta de casa y me topara con la mirada asustadiza de mi marido tullido. tampoco hizo falta. al entrar comprobé que todavía no había llegado y aproveché para meterme en la cama y descansar un poco. me dormí plácidamente, como un bebé, rememorando las manos, los labios, las palabras y las caricias con las que abel me había obsequiado unas horas antes.
me desperté a las once de la mañana, con los brazos de mi marido rodeándome por la cintura y su cabeza apoyada en mi espalda. cuando intenté moverme para deshacerme de él y levantarme, él se despertó y me abrazó aún más fuerte.
-no me dejes nunca. –dijo en voz baja, temeroso de sus propias palabras– prométeme que no me dejarás nunca.
yo cerré los ojos, cogí su mano, con más pena que afecto, y esperé a que volviera a dormirse para llamar a abel.
estuve dos años en terapia. consuelo, que así se llamaba mi psicóloga, me salvó la vida a base de dos visitas por semana y muchos pañuelos que terminaban empapados de lágrimas en mi regazo. fueron dos años en los que sólo salía de casa para visitarla a ella y a mis padres, que intentaban animarme repitiéndome eso de que había muchos peces en el mar y que yo valía mucho y que tarde o temprano acabaría encontrando a alguien que mereciera la pena. y qué quieren que les diga, algunas veces lo llegué a creer, pero inmediatamente después me venía a la cabeza mi marido y sus tres amantes y se me volvía a caer el mundo encima de nuevo. adelgacé y perdí pelo, me salieron arrugas y ojeras y creí que nunca volvería a recuperar mi dañada autoestima, pero créanme si les digo que de todo se sale y un día, no sé muy bien cómo ni cuándo, me apeteció mirarme al espejo, salir a dar un paseo largo y meterme en un cine un sábado por la noche, sola. aun así, y muy a pesar de los que me rodeaban e intentaban ayudarme me decían que debía volver a confiar en las personas en general y los hombres en particular, yo era incapaz ni tan siquiera de mirarles a los ojos sin sentir una mezcla de rabia y terror que podía devolverme a mi propio e indeseado infierno en cuestión de segundos. y eso ni tan siquiera consuelo supo curarlo.
pasaron unos cuantos años más, no muchos. los justos para despedirme de consuelo con lágrimas en los ojos y jurarle que esperaba no volver a verla jamás, al menos dentro de una consulta. con treinta y siete años hice mi primer viaje sola. apenas fueron tres días, pero me sentí tan orgullosa de mi misma, de mi pequeño logro, que al año siguiente lo alargué a siete y doblé la distancia. en el aeropuerto, mientras esperaba el avión de vuelta a casa, tostada por el sol y con diez kilos de más en la maleta y cinco en el cuerpo, conocí a abel. fue él quien se acercó y se sentó a mi lado -era el único sitio que quedaba libre en la cafetería- y comenzó a hablarme de lo poco que le gustaban los aeropuertos y el miedo que le producía volar. aunque al principio no entendí a qué venía aquella confesión ni porque me lo contaba a mí habiendo otra gente a su alrededor, enseguida me encontré cómoda y sonriéndole sin motivo aparente. no fue hasta que abrí la puerta de mi casa cuando me di cuenta de que en las ocho horas que habíamos pasado juntos en el avión ni tan siquiera me había temblado la voz, sino todo lo contario: me había reído, le había hecho reír, me había burlado de su barba mal afeitada y le había contado incluso que había estado casada. y él, con una expresión tan seria que consiguió asustarme, me confesó en susurros que al menos él no había caído tan bajo. luego le pidió un poco más de vino a la azafata para los dos y bebimos hasta que el avión aterrizó.
no fue un impedimento que viviéramos en ciudades distintas. al menos no lo fue al principio. nos llamábamos a menudo, por la noche, después de trabajar, y nos pasábamos horas hablando de tonterías, de lo que habíamos hecho a lo largo del día, del libro que estábamos leyendo, de cualquier cosa. algunas veces también permanecíamos callados, escuchando la presencia del otro, pendientes de su silencio, que en realidad también hablaba, aunque quizá en un tono de voz un poco más bajito y de temas menos cotidianos. cuando un mes después propuso pasar nuestro primer fin de semana juntos, tardé menos de diez minutos en empaquetar dos bragas, una blusa y comprar un vuelo a madrid. fue un fin de semana maravilloso. la primera noche que pasamos juntos hicimos el amor en el sofá del comedor. abel me quitó la ropa poco a poco, con esmero, como si estuviera desenvolviendo un regalo frágil que requiriera un cuidado excepcional. me acarició largamente y justo cuando intuyó que iba a correrme me pidió, sonriendo, que le mirara a los ojos. quince días después vino a mi casa y durante unos meses que fueron los mejores de mi vida hasta alternamos su sofá con mi cama, su encimera de la cocina con la pared de mi pasillo, su ascensor con mi azotea comunitaria y su asiento trasero del coche con mi bañera. hasta que un mal día comencé a sospechar. puede que, efectivamente, estuviera cansado y su voz sonara más apagada. puede que por un día que no habláramos no pasara nada y que fuera lo más normal del mundo. puede que, tal y como repitió hasta el agotamiento, se hubiera quedado un rato más en la oficina y por eso no lo encontré cuando lo llamé una primera vez. ni una segunda. ni una sexta. puede que el segundo que tardó en contestar fuera el detonante para que por mi cabeza comenzaran a desfilar todas la amantes de mi ex marido, sus excusas, sus tickets arrugados, mal escondidos y sus mentiras. y puede que yo, a pesar de todos los años que habían transcurrido, no hubiera olvidado ni un maldito detalle de mi pasado.
empecé a hacerle la vida imposible, lo cual también quiere decir que empecé a hacérmela a mí misma: tenía que saber en todo momento dónde estaba y con quién, a qué hora llegaría a casa y cuándo iba a llamarme, cuando saldría de viaje o de paseo o a comprar el pan. cuando nos veíamos en su casa aprovechaba cualquier momento de descuido para registrar sus cajones y cuando estaba en la mía revolvía su maleta y no me molestaba en doblar de nuevo su ropa. nunca llegué a encontrar nada sospechoso, pero no abandoné en el empeño y al final, como era de prever, abel no aguantó más y se marchó.
esta vez ni tan siquiera me molesté en volver a terapia. era muy consciente de que consuelo, o cualquier otro profesional, no iban a poder hacer nada conmigo porque lo mío no tenía solución. había enfermado desde hacía muchos años y aunque durante un tiempo creí haber superado mi dolencia, lo que en realidad había sucedido era que, mientras la ignoraba, se había extendido de forma lenta y silenciosa y había afectado a todos los órganos. pero lo más terrible era que uno no moría de esta enfermedad, sino que la arrastraba de por vida, hasta acostumbrarse, hasta optar por no volver a relacionarse con nadie más.
volví a perder peso y pelo y lo único a lo que me dedicaba era a ir a trabajar por las mañanas, regresar por la tarde y tomar dos pastillas para dormir seis horas cada noche. y así pasó tanto tiempo que ni tan siquiera me atrevería a precisar si fueron meses o años. luego, una mañana de finales de octubre, en la parada del 47 que iba a llevarme a la oficina, alguien dijo “parece que empieza a refrescar, ¿eh?”. tuvo que repetirlo dos veces para que me diera cuenta de que se dirigía a mí. por primera vez, aunque tiempo después me aclaró que hacía más de dos meses que coincidíamos en la parada todas las mañanas, reparé en el hombre: tenía los ojos pequeños, un poco bizco, las cejas pobladas, la nariz recta y puntiaguda y los labios finos y amoratados por el frío. cuando al llegar el autobús se levantó del banco me fijé en su muleta, su pierna derecha diez centímetros más corta que la izquierda y su brazo tullido y raquítico pegado a un cuerpo maltrecho y torcido. una malformación del feto, me aclaró pocos días después de su primer comentario referente al tiempo cuando me pilló mirándolo de reojo mientras subía con dificultad las escalerillas del autobús.
comenzamos a hablar. se convirtió, de hecho, en la única persona y la primera persona con la que hablaba de lunes a viernes, fuera del trabajo y del ámbito familiar. normalmente era él quien escogía el tema y no solía ser nada original: el tiempo, el último escándalo político, su jefe incompetente, cualquier chorrada con la que yo terminaba por dejar de escuchar al cabo de un rato. pasadas algunas semanas se atrevió a compartir un poco de su vida privada, o más bien de lo poco que había sucedido en ella, y fue ahí donde me di cuenta de que tal vez cabía alguna posibilidad de que a su lado no me sintiera una enferma.
-¿quién quieres que se fije en mí? – repetía a menudo sonriendo, resignado, aferrado a su muleta decorada con pegatinas de ciudades que no había visitado jamás.
no me enamoré de él. era buena persona, inteligente, educado, sabía cocinar y se preocupaba por mí, pero no pude enamorarme de él. tampoco el sexo fue nunca bueno; era torpe, le costaba moverse y cuando era yo quien se ponía encima o se la chupaba aguantaba justo dos minutos antes de eyacular encima de mis pechos. pero al menos estaba tranquila, no había sospechas ni sufrimiento. en mi vida había sentido tanta calma. no sufría por saber dónde estaba metido o con quién estaría hablando, ni mucho menos fantaseando con sus innumerables amantes. quién iba a fijarse en él, me decía yo también cuando alguna vez pensaba que había cometido un grave error. una noche de esas en que las dudas me hicieron temblar de rabia e impotencia por haberme lanzado a los brazos de un pobre hombre que nos creía la pareja ideal comencé a empaquetar mis cosas mientras él todavía estaba en el trabajo. no me importaba volver a sufrir si esto significaba recuperar un poco de ilusión. sin embargo, al escuchar la puerta y ese “hola” animado y alegre con el que siempre llegaba a casa escondí la maleta debajo de la cama, esperando el momento adecuado para largarme, sin avisar. esa misma noche, cansado y con la voz temblorosa, me pidió que nos casáramos. se disculpó por no poder arrodillarse y con mucha solemnidad extrajo de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada que contenía un anillo fino de plata con un diamante minúsculo en forma de corazón. asentí. no me salían las palabras y él dedujo que estaba demasiado emocionada como para poder contestarle con vocablos. sonrió y tiró su muleta al suelo para abrazarme, susurró algo que no escuché bien y me besó. después preparamos la cena en silencio y nos fuimos a dormir temprano porque al día siguiente había que madrugar para ir al trabajo.
fue una boda discreta y rápida en el juzgado de la ciudad, entre otra veintena de parejas más. él estrenó una chaqueta gris que le venía grande y yo un vestido sencillo de color salmón demasiado fino para el día lluvioso y nublado que hacía. después nos fuimos a un pequeño restaurante con su hermana y el marido de ella. comimos de todo y mucho y de postres ellos nos sorprendieron, a pesar de que habíamos insistido en que no hicieran nada especial, con una tarta nupcial de nata que me sentó mal y terminé vomitando en el baño del restaurante.
lo único que cambió en nuestra vida de casados fue que aparté la idea de volver a hacer las maletas. me resigné a mi calma buscada y encontrada y él también pareció resignarse a que cuando se acercaba yo me apartara, a veces con disimulo, otras, la mayoría, bruscamente, sin mediar palabra, como si estuviera cerca de un gato que me produjera alergia o de una enfermedad altamente contagiosa y terminal. también desarrollé un absurdo sentido del ridículo cada vez que salía a la calle con él. sentía que todo el mundo nos miraba: a él por su cuerpo deforme y a mí por la pobre mujer desesperada que no había conseguido a nadie mejor. de nuevo opté por encerrarme en casa, aunque esta vez no estaba sola y fue aún peor. no podía controlar mi creciente mal humor, discutía con él por cualquier cosa para así no tener que hablarle en dos o tres días y a pesar de que él intentaba complacerme en todo yo sólo buscaba los fallos para poder tirárselos en cara a la mínima oportunidad. para complicarlo aún más me acordaba constantemente de abel, de lo feliz que había sido con él, de lo idiota que había sido al sospechar de él y de las pésimas decisiones que había tomado en la vida. lloraba a todas horas, escondida en cualquier rincón para que mi marido no preguntara. una mañana llamé a consuelo pero quien cogió el teléfono me informó de que la consulta era ahora un centro de estética especializado en tratamientos de rejuvenecimiento y que la anterior inquilina se había mudado a otro lugar. cuando pregunté, al borde del llanto, si sabía adónde se había mudado me contestó que no y colgó porque no podía hacer esperar más a sus clientas. inmediatamente, sin pensarlo dos veces, con el pulso acelerado y una ilusión que hacía años que no sentía, marqué el número de abel.
nos citamos en un hotel al lado del aeropuerto. él tenía cuatro horas antes de coger otro avión hacia estocolmo. al verme se levantó del sillón y me dio un abrazo como si nunca me hubiera comportado como una histérica con él. también pidió dos vinos y me dijo que estaba guapísima, aunque yo sabía que era mentira porque aunque había pasado más dos horas probándome vestidos y maquillaje hay tragedias que no se pueden ocultar con blusas finas y carmín rojo. apenas hablamos. nos mirábamos, sonreíamos y dábamos otro sorbo al vino sin ser capaces de preguntar qué había sido de nuestras vidas, no sé si por temor o porque no nos importaba. cuando el camarero se percató de nuestras copas vacías y se acercó para saber si deseábamos algo más abel contestó que no, que ya nos íbamos, dejó un billete de diez en la mesa, se levantó y yo le seguí sin preguntar.
esa noche llegué muy tarde a casa. en el ascensor revisé por primera vez el móvil y conté diez llamadas perdidas y tres mensajes de voz de mi marido que gradualmente mostraba su preocupación por si me había sucedido algo. en el último mensaje me decía que iba a salir a dar una vuelta para ver si me encontraba. lo imaginé abrigado, con la nariz roja, su muleta, arrastrando su pierna débil, buscándome inútilmente en parques, avenidas y tal vez algún hospital, pero no sentí ningún remordimiento ni culpa. las últimas horas con abel eran mucho más poderosas y me permitieron anular cualquier atisbo de malestar. me sentía feliz, ligera, aliviada y sobre todo confiada. ni tan siquiera me apresuré en elucubrar una excusa creíble para cuando abriera la puerta de casa y me topara con la mirada asustadiza de mi marido tullido. tampoco hizo falta. al entrar comprobé que todavía no había llegado y aproveché para meterme en la cama y descansar un poco. me dormí plácidamente, como un bebé, rememorando las manos, los labios, las palabras y las caricias con las que abel me había obsequiado unas horas antes.
me desperté a las once de la mañana, con los brazos de mi marido rodeándome por la cintura y su cabeza apoyada en mi espalda. cuando intenté moverme para deshacerme de él y levantarme, él se despertó y me abrazó aún más fuerte.
-no me dejes nunca. –dijo en voz baja, temeroso de sus propias palabras– prométeme que no me dejarás nunca.
yo cerré los ojos, cogí su mano, con más pena que afecto, y esperé a que volviera a dormirse para llamar a abel.


Dios...mío...
ResponderEliminarMe gustaría poderle decir a ella que se ha convertido en su marido, que solo piensa en sí misma y que no ve lo que tiene delante...
Este texto es... destructivo... me ha destruído completamente... Y eso no quiere decir que sea malo, sino todo lo contrario...
El pozo de suciedad psicológica en el que nos somete este nuevo perfil tuyo es profundo, profundo. Comete errores como víctima y los sigue cometiendo como verdugo. Están muy bien tratados los síntomas de cuando un hombre está manteniendo una relación fuera de la pareja(siete meses sin sexo), la inseguridad y las heridas que dejan en la mujer y por supuesto la idea de que todos podemos hacer aquello que tanto odiábamos que nos hicieran. Como Shakespeare, entiendes el alma humana y entras y sales de un hombre o una mujer como Pedro por su casa.
ResponderEliminarUn retrato de cómo es la vida y las relaciones y cómo a veces nos acabamos convirtiendo en aquello de lo que huimos. Un relato fantástico.
ResponderEliminarPerfecta disección de una de tantas de nuestras imperfecciones...
ResponderEliminarImposible soltarlo hasta el final...no dejes de escribir.
Así es la mayoría de las veces
ResponderEliminarLo triste es que en realidad es así. Da igual lo bajas que sean las expectativas, siempre terminan por ser demasiado altas.
ResponderEliminarMuy bueno el relato. Cómo dice Cristina, destructivo, pero... somos así.
ResponderEliminarUn abrazo!
Me resulta difícil comentar esto en pocas lineas, resulta que entiendo a todos, la postura de todos, la del marido aburrido, la de la mujer "ciervo" despechada y abandonada sexualmente, con la autoestima tan hecha polvo que se agarra a lo primero que encuentra y que le hace sentir que es la reina del mambo (entre comillas claro) y lo que lleva es una frustración que te c..... porque por mu guapa-o, inteligente, sensual y puta madre que seas, cuando llega el engaño, la infidelidad, la realidad es que la autoestima se va a tomar por c...
ResponderEliminarel que más y el que menos hemos pasado por alguna de esas y sabemos lo que es, tanto hacerlo, como que te lo hagan, y es que comer cada día pan y chocolate, por muy rico que esté, llega a hartar, en toda la fauna que existe, no hay un solo animal que se apareé siempre con la misma hembra y viceversa... Bueno, y paro ya, te dije al principio que me resultaba difícil resumir, lo que me resulta facilísimo es decirte que eres una monstrua, qué maldita sea... yo voy a ver algún día tu nombre detrás de los cristales de las mejores librerías de por lo menos este país, así que ya estás tardando... espabila qué lo tendremos que celebrar...
Te achucho, como la trucha al trucho y te adoro... más.
que lástima...pero que cierto...jodidamente triste...
ResponderEliminarbrindo por quien lucha por no morir en vida!!!!
brindo por ti baby!!!!
He terminado hoy 'Written on the body' de Jeanette Winterson, en parte, una oda a la infidelidad, y tu texto ya ha sido como ponerle la guinda final al pastel. ¡Muy rico!
ResponderEliminarCondensas novelas en tus relatos (no es nada fácil). No sé, me cuesta comentarlo pero no por sentirlo próximo en lo personal sino por la complejidad enorme del paisaje humano que desvela. Somos tan distintos: personas tan distintas, vidas tan diferentes, reacciones tan dispares, mundos tan distantes... Una cosa que me pesa alguna vez es tener cierta (demasiada tal vez) facilidad para "comprender" los comportamientos de otras personas. A veces ayuda, sin embargo, otras te hace sentirte como una especie de extraterrestre en este mundo.
ResponderEliminarSe me ha quedado un vacío en el pecho que a ver qué hago yo ahora. Ay.
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