26 noviembre 2018

a las nueve en punto

salió de la nada. o puede que yo cerrara los ojos unos segundos. sí, puede ser: eran la seis de la mañana y llevaba cinco horas conduciendo. no me dio tiempo a frenar. para cuando lo hice la ventana delantera estaba salpicada de sangre. paré el coche en medio de la carretera y abrí la puerta. una bofetada de aire gélido y viento terminó de desvelarme por completo. comencé a tiritar, aunque no tenía nada que ver con la temperatura. era un ciervo pequeño. tenía la tripa abierta y se estaba formando un charco de sangre negruzca y espesa alrededor de su cuerpo reventado. “mierda, joder”, solté. revisé el capó, abollado en un lateral y con restos de vísceras del animal. “joder, joder, joder”, grité en medio de la oscuridad de la noche. no iba a llegar a tiempo. llamar a la policía, esperar a que llegaran, las preguntas, el parte, retirar el cuerpo del animal, más preguntas. puede que incluso me hicieran soplar. me había parado a tomar un par de cervezas hacía unas horas… y luego habría que avisar a polly, a esas horas. se asustaría primero y discutiríamos después. “siempre haces igual”, diría. “eres un irresponsable y tus hijos nunca han sido tu prioridad. un irresponsable y un perdedor”, repetiría varias veces hasta que comenzáramos a chillarnos y uno de los dos colgara, dejando al otro con la palabra en la boca. resoplé varias veces, fui hacia el arcén y pateé algunas piedras pequeñas que salieron disparadas en varias direcciones. había olvidado el frío y notaba la espalda empapada de sudor. habíamos quedado que los recogería a las nueve. “a las nueve en punto”, había recalcado polly varias veces. yo le había asegurado que sí. “a ti ya no te creo nada”, había dicho antes de colgar. les había prometido a los niños que iríamos a pescar, que pasaríamos dos días en las montañas, que haríamos fuego y que subiríamos a los lagos. hacía más de dos meses que no los veía y aunque polly seguía sin fiarse de mí había accedido a regañadientes a que los viera. y ahora no iba a llegar por culpa de un maldito ciervo que me miraba con sus ojos negros y asustados y polly tendría razón. un perdedor. un irresponsable. regresé al coche y busqué en los bolsillos de la chaqueta. saqué un cigarrillo y lo fumé rápido mientras daba vueltas al animal muerto. el sonido de las ramas mecidas por el viento era el único ruido que escuchaba en medio de esa carretera secundaria y desértica. me reí al pensar que, de cruzarse algún otro vehículo y verme ahí, con el ciervo abierto en canal, se llevaría un susto de muerte. había que moverse. le di la última calada al cigarrillo, apagué la colilla con la punta de las botas y me arremangué. los regueros de sangre habían alcanzado el carril contrario y las ruedas traseras del coche. cogí al animal por las patas. tenía un pelaje suave y su cuerpo seguía aún cálido. comencé a tirar de él con fuerza. eran apenas un par de metros hasta la cuneta y el comienzo de la ladera, pero el condenado pesaba una tonelada y, fuera del alcance de las luces del coche, me costaba ver un lugar escondido donde dejarlo. un empujón más. y otro. resollaba. entonces escuché, a lo lejos, el ruido de un motor. alcé la cabeza, pero no vi nada, ni un sólo destello. sólo son imaginaciones tuyas, pensé. acaba con esto rápido y en menos de tres horas estarás con tus hijos. sentía las manos viscosas, el corazón acelerado. la sangre del animal me había manchado la camisa, los bajos de los pantalones y las botas. continué tirando, cada vez más sudado y cansado, hasta llegar a la cuneta y ahí lo dejé, a la vista de todo aquel que pasara por la carretera. después, con un jersey viejo que había empaquetado para la acampada, limpié la parte delantera del coche y el cristal de la ventana que quedó embarrada y pegajosa. me sequé las manos, la frente, el sudor del cuello y tiré el jersey al lado del ciervo. a pesar de poder continuar mi camino seguía alterado. tenía un sabor metálico en la boca y el hedor a sangre e intestinos impregnaba el aire glacial de la noche. “sólo es un ciervo”, me decía, “un puto ciervo. en nada verás a los niños y todo esto habrá pasado”. subí al coche, busqué los cigarrillos y arranqué. el ruido sordo del motor me tranquilizó. miré por el retrovisor mientras me alejaba del animal que se convertía en un bulto deforme y difuso. conduje rápido, más de lo que las señales de tráfico permitían, las ventanas abiertas y la música alta. a las nueve menos cuarto aparqué delante de la casa de polly. bajé del vehículo con una bolsa de regalos que les había comprado a los críos y llamé al timbre. podía escuchar su alboroto mientras bajaban las escaleras y la voz de polly que les pedía que se calmaran. sonreí al pensar en esos días que pasaríamos juntos y en todo lo que íbamos a hacer. polly abrió la puerta y me miró aterrada. los niños, detrás de ella, dejaron de sonreír, entornaron sus ojos pequeños y oscuros y dieron unos pasos hacia atrás.   

06 noviembre 2018

Revolución

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. 
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo... Ah, si no fuera por ese "cierto tiempo". Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. 
Era necesario lleva a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez "cierto tiempo" también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no solo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio- sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. 
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.


La vida para principiantes, Slawomir Mrozek

23 octubre 2018

lo que no cura el amor lo remediarán las estadísticas

mi madre –con buena intención, supongo- me repetía a menudo que viajara por todo el mundo antes de casarme
que conociera a muchos antes de ponerme seria
ponerme seria, decía para evitar algunas palabras que a ella
sesenta y dos años, alta, bien plantada, cintura estrecha, pelo lacio
sombra siempre
le seguían resultando dolorosas
marido
era una de ellas
abandono, otra, más tardía.
pronosticaba, por mis pocas palabras y tendencia al desánimo, una elección desacertada
un futuro opaco
un esposo atolondrado o
mucho peor
demasiado listo.
de querer ser madre, decía, mejor compra un cactus 
adopta un perro, de salir bien lo del cactus
mide antes tus posibilidades y cuídate de hacer planes para toda la vida. viaja a un lugar más remoto aún, si sigues en el empeño.
y para terminar, por si todo aquello no era suficiente, por si todo eso no me disuadía y no me hacía encoger en el sofá raído del lado de la ventana
sentenciaba: el amor, hija mía, dura tres años.
desde entonces, cría tonta, leo y calculo:
uno de cada diez matrimonios se rompe al final del verano
dos tercios de la población engaña a su pareja
en menos de una década el número de divorciados superará al de solteros
tres años dura el amor. tres.
así que viajo y estoy a salvo
así que cuido de trece cactus que apenas piden nada
así que paseo a plutón por la mañana
él, trota tras su pelota. yo, sigo contando
uno de cada cuatro varones admite
y observo al muchacho sentado en el banco, la mirada velada, el temblor de su mano pálida
dos de cada cinco mujeres nunca
y pienso en mi madre sombra, sentada en el sofá raído, esperando la visita de un cadáver
mil de cada mil se arrepienten
pero permanecerán callados
uno de cada uno volvería
pero contará lo contrario
y yo, indemne, aparte, respirando el mismo aire helado de los desconsolados
de los que juraron antes de saberse amados
de quienes viven perdidos en su propia escafandra 
y yo, la excepción torcida de las hijas sabias,
miro mapas de tierras extrañas, siempre prudente, siempre al margen.
y eso hago: llego y me marcho
llego y me marcho
porque tres años
dura
y tres años, muchas de muchísimas veces, es demasiado.

  

*datos totalmente inventados.

15 septiembre 2018

deshacerse del cuerpo

ahora que ya nadie me quiere
ahora que nadie pregunta qué leí ayer, cómo visto hoy, nos veremos mañana
ahora que a nadie le cuento qué recordé ayer, con quién soñé hoy, no
no nos veremos mañana
me observo distinta
brillante. amable
tan sabia, ida y valiente 
ahora que nadie apunta y dispara
que quedan sólo rasguños sin importancia
un par de recuerdos, dos caricias, dos noches en blanco
me deshice de mi cuerpo
antiguo
ese que entorpecía los días futuros
ese que cobijó cuchillos, piedras y engaños
ese que usé como escudo maltrecho. arma cortante
ese que pedía limosna en la puerta de cualquier inicio
ese que -tal vez- te conoció por azar, por error, por ahuyentar el tedio, 
por espantar la grieta doliente después de un desenlace.
me deshice de él:
de mi cuerpo 
antiguo 
el que habitaba en una casa en llamas
el que se resquebrajó como la tierra seca. nula.
el que -tal vez- reconoció tu pena, tu mentira, tu alma de niño muerto
de espinas y arañas.
me deshice de él
un cuerpo
antiguo.
y ahora,
ahora que nadie, ahora que nada
mis rodillas no soportan ninguna ficción lastimosa ningún cuento trágico
ningún personaje cubierto de sombras tristes
mis dedos, más caprichosos, juguetean ante cualquier precipicio y demanda
mi boca, más entregada, se ríe de ganas y hambre 
la mirada regala fruta y flores. los pechos un verano suave hasta mediados de marzo. la piel un refugio. una cima con vistas, ni una alambrada. 
me deshice de él
y, sin él,
también
me deshice del último trozo de ti -personaje y araña- apegado a un cuerpo antiguo.

27 agosto 2018



No es simplemente, entre comillas, tristeza, del mismo modo que uno se siente triste en un funeral o en una película. Es más algo que se cierne sobre ti de pronto. Una cosa intemporal. Igual que la luz en invierno antes del crepúsculo. O que, muy bien, como cuando, digamos, en el clímax del acto sexual, en el mismo clímax, cuando ella empieza a correrse, cuando está reaccionando realmente a lo que le haces y tú puedes ver en su cara que se está empezando a correr, y sus ojos se ensanchan de esa forma que denota tanto sorpresa como reconocimiento, algo que ninguna mujer viva puede fingir si la miras directamente a los ojos y la ves realmente, ya sabes de qué estoy hablando, ese momento culminante de máxima conexión sexual humana en que te sientes más próximo a ella, te sientes con ella, mucho más cercano y real y extático que tu propio orgasmo, que siempre se parece más a soltarte involuntariamente de la persona que te está agarrando para evitar que te caigas, un simple estornudo neural que ni siquiera está en el mismo distrito que el orgasmo de ella (y ya sé lo que vas a decir a esto, pero te lo diré de todos modos), pero incluso en ese momento de conexión máxima y triunfo conjunto y placer por conseguir que la mujer empiece a correrse se abre un lapso de tristeza infinita, ese momento en que se pierden en sus propios ojos y sus ojos se abren al máximo y luego cuando empiezan a correrse y a gritar se cierran, los ojos, y tu sientes la diminuta y familiar aguja de la tristeza dentro de tu entusiasmo mientras ellas se encogen sobre sí mismas y cierran los ojos y notas que han cerrado los ojos para dejarte fuera, te has convertido en un intruso, ahora están unidas con la propia sensación, con el clímax, y detrás de esos párpados cerrados los ojos se han dado la vuelta por completo y están mirando fijamente hacia su propio interior, a algún vacío al que tú las has enviado pero no puedes seguirlas. 

Entrevistas breves con hombres repulsivos, D. F. Wallace 

23 agosto 2018

cogí el tren de las ocho


no sé si te interesará saber que cogí el tren de las ocho. ése fue el tren que cogí. tenía previsto llegar a madrid a las 10.40h, aunque ni la hora ni la ciudad de destino me importaban en absoluto. yo sólo quería subir a un tren, alejarme, y también quería quedarme en tu ciudad y suponer que todo había sido un gran mal entendido. había llorado más en un día que en todo 2018, eso creo que te lo dije. no lo recuerdo bien. sí recuerdo el calor, el ruido sofocado de alguien trasteando en la cocina y a tus vecinos tirando la basura por el balcón. mi asiento era el 8a, coche 8, por si quieres más señas. me alegró saber que estaba al lado de la ventana. con girar un poco la cabeza hacia el paisaje nadie iba a advertir si lloraba o algo de esa tierra seca había llamado mi atención. subí mi maleta al portaequipajes. apenas pesaba. te había dado todos los regalos dos días antes y ahora sólo me llevaba de vuelta el bañador que no había usado y un par de libros que tal vez iba a leer mientras tú te echabas la siesta. ahora no, ahora no, ahora no, me dije cuando noté que me temblaba la barbilla por un recuerdo que ni tan siquiera había sucedido. fue inútil. giré la cabeza. la primera lágrima cayó en la rodilla. en el andén había una pareja que había abierto su maleta y buscaba entre la ropa y un señor con traje mirando su móvil. la segunda se detuvo en la comisura de los labios. este es mi sitio. me giré con los lagrimones en las mejillas. era tan inútil disimular. este es mi sitio, repitió alzando su billete. saqué el mío del bolso, me sequé las lágrimas y le dije que también era el mío. no, tú deberías estar en el coche 9, dijo, ése es tu sitio, no este. guardé mi billete, asentí sin despegar la vista del suelo, susurré gracias, perdón, vaya, adiós, gracias.  cogí mi maleta ligera, sin tus regalos, y salí al andén como si en realidad hubiera cambiado de idea, como si la llegada a madrid a las 10.40h pudiera retrasarse cuatro, siete, once días. te aseguro que lo pensé. te aseguro que di un paso en la dirección contraria al coche 9 y luego me detuve y tragué saliva y me acordé del camino a tu casa, cuesta arriba, media hora a paso lento en línea recta. estarías durmiendo y no habrías leído aún mi nota.
cuando el tren arrancó cerré los ojos. señores pasajeros, gracias por escoger nuestros servicios. apreté la mandíbula y me tapé la cara con las dos manos. las noté pegajosas y frías. no me había duchado en dos días. tampoco me había cambiado de ropa. cuando las aparté ya no había estación ni andén ni señor con traje y móvil. no había posibilidad de bajarse y desearte los buenos días. darte un abrazo y notar cómo chocaban los huesos de nuestras caderas estrechas. las afueras: edificios altos de ladrillo rojo, huertos descuidados, casetas de madera vieja, techos hundidos, malas hierbas. las afueras: el polvo arenoso en los columpios, un zapato abandonado junto a una botella de plástico, una canción de hace seis años. la despedida antes de tiempo. la misma camiseta de flores blancas, arrugada y húmeda con la que había llegado hacía tan pocas horas.

¿te puedo contar algo más? no recuerdo cómo llegamos a madrid. recuerdo los campos, un pantano verdoso, fragmentos de conversación sobre un jugador de tenis famoso, alguien que tosía. recuerdo mirar el teléfono una vez y otra, secarme la cara empapada cada vez que pasábamos por un túnel, revisar la hora y preguntarme si te habrías despertado, si habrías visto mi nota, si mi ausencia te habría perturbado de algún modo, por nimio que fuera. recuerdo que una señora se sentó a mi lado y dijo algo en francés y yo la miré y ella dijo algo más, esta vez en castellano, y yo negué con la cabeza porque era lo único que podía hacer: negar, negar, negar y luego ella se cambió de asiento porque imagino que mi aspecto, mi olor, mi sombra eran demasiado lúgubres para esa mañana de agosto. llegamos a madrid. a las 10.33h. se formaron colas para salir antes de que el tren se detuviera. todos tenían un lugar al que ir. yo fui la última en levantarme. no quería salir. salir de ese vagón silencioso era alejarme más, esta vez por mi propio pie, un paso y después otro, bien consciente de que caminaba en la dirección equivocada. un paso y después otro hacia todo aquello que no habíamos planeado. uno y después otro como si tuviera alguna indicación de lo qué hacer a partir de ese momento. busqué un banco, eso hice. permanecer sentada algún tiempo más, sin tener más responsabilidad que respirar y acostumbrarme al temblor de mi cuerpo. encontré uno justo delante del panel informativo de salidas: ahí estaba tu ciudad, ahí la mía. 900 kilómetros de distancia (996, me corrige google). ni tan siquiera teníamos ya eso en común. entonces sonó el teléfono. me sobresalté. tu nombre en la pantalla. ahora no, ahora no, ahora no. sentí que no iba a estar a la altura de esa despedida. dónde estás, me preguntaste. tu voz sonaba suave y triste. pocas cosas decía en la nota que te escribí: que te cuidaras mucho y que no me llamaras ni me escribieras. no había otra forma, preguntaste. creo que también había escrito gracias por todo. quizá sólo gracias. por qué así, preguntaste. escribí que lo sentía mucho. cuando nos volveremos a ver, preguntaste. escribí que no podía quedarme. cuando nos volveremos a ver, repetiste. escribí que te quería. dejaste de preguntar. ¿sabes? lo hice lo mejor que supe. luego colgué, o puede que colgaras tú primero. sí, seguramente lo hicieras tú primero porque cuando pronuncié tu nombre ya no seguías ahí, esperando. guardé el móvil. la primera lágrima cayó en el suelo grisáceo de atocha. alcé la vista. el tren hacia tu ciudad ya no estaba en el panel informativo. para el mío faltaban dos horas y media. el tiempo suficiente, quizá, para encontrar un motivo distorsionado para cogerlo. la segunda cayó en la camiseta arrugada y húmeda. 

02 marzo 2018

de espaldas

el uniforme le queda corto. los tobillos, anchos y peludos, asoman por debajo del dobladillo del pantalón. la camisa le aprieta por los costados y las axilas y las mangas de la chaqueta le quedan a medio brazo.
-qué guapo estás –susurra mariela.
-¿tú crees?
ella le besa la mejilla y sale de la habitación contestando un sí que se pierde entre los ladridos de gata, la perra que adoptaron hace cuatro años.
-yo creo que me han dado una talla menos. ¿no crees que es una talla menos? –grita dándose media vuelta delante del espejo y haciendo una mueca de desapruebo.
mariela no responde y gata ladra con insistencia, exigiendo caricias y atención. rubén pasa por su lado sin mirarla. si al menos pudiera conseguir una chaqueta más grande para esta noche, estaría más cómodo, más centrado.
-¿has visto mi móvil?
-encima de la mesa, amor.
-voy a llamar a vicente. a ver si tiene una talla más grande que le sobre. esta me aprieta de aquí y de aquí. apenas puedo moverme. ¿lo ves?
mariela alza la vista de su pantalla y asiente sólo para que se quede tranquilo.
-¿sí, no? –insiste él- ¿o tú me ves bien?
-ay, amor, qué pesado te pones a veces.

el trabajo es fácil y está bien pagado. entró gracias a vicente, que aseguró a los de arriba que su amigo era un tipo responsable y serio. y lo es. nunca, desde que comenzó, hace un año y medio, ha llegado tarde, se lleva bien con todos sus compañeros y no causa problemas. gracias a eso, en estos últimos meses, le permiten, de vez en cuando, escoger donde trabajar.
-nada de segunda, ni estaciones de metro, vicente. ahí abajo, sin ver la luz del día, me entra claustrofobia y me agobio mucho. un día casi me desmayo del calor que hacía. y la gente. y el griterío.
-entonces, ¿qué?
-hombre, si pudiera en primera, no te digo que no.
vicente se ríe.
-claro, claro, en primera, anda que no sabes tú. cómo si ahí no hubiera gente ni griterío.
-es otra cosa. nada que ver.
-veremos lo que puedo hacer. ¿no te importa trabajar los domingos?
rubén sonríe. no cree que lo haya conseguido tan fácilmente.
-domingos, sábados y lo que haga falta.

así que ahora mariela se ha quedado sin los paseos que daban por el parque grande, cogidos de la mano, en silencio o hablando de lo que iban a cenar por la noche, compartiendo un helado o un cucurucho de castañas. no se queja, el dinero les hace falta, pero lo echa de menos. le compensa verlo feliz, inquieto desde primera hora de la mañana, haciendo rabiar a gata y acicalándose a conciencia delante del espejo del baño. cuando se despiden en la puerta ella siempre le hace la misma broma:
-hoy sales seguro. hazme una señal, ¿de acuerdo?
y rubén repite siempre la misma respuesta:
-¡pero si yo no soy la estrella!
-levanta una ceja o tócate la nariz. –continúa ella- o mejor aún, ¡mándame un beso!
-sabes que no puedo. me despedirían al instante.
-eres un soso, rubén. tu trabajo es más importante que yo.
él la besa y baja por las escaleras, para apaciguarse un poco, aunque sabe que la calma durará poco tiempo. ella busca con el mando la cadena que dará el partido y se acurruca en el sofá. gata no tarda en subirse y ambas se duermen hasta que alguno de los equipos marca el primer gol y el estruendo de gritos y aplausos las despiertan de golpe.

el único partido en el que rubén sintió miedo fue hace ocho meses. se rumoreaba que el árbitro había sido comprado y que iban a recompensar a los jugadores generosamente. el campo, lleno por primera vez en semanas, ofrecía un césped escaso y seco y algunas de las sillas descoloridas tenían el respaldo roto. cuando el árbitro sacó la primera tarjeta roja, diez minutos después de que comenzara el partido, los himnos dieron paso a los insultos. alguien lanzó un mechero que cayó a los pies de rubén. él miró a su alrededor. centenares de caras crispadas y enrojecidas, escupiendo “hijo de puta” al árbitro. puede que a él también. ignoró el mechero, pero no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió la espalda y terminó en su nuca rapada. apretó los puños con disimulo, separó un poco las piernas y alzó ligeramente la barbilla hacia el cielo nublado, recordando el consejo que le había dado vicente y que, en su opinión, no fallaba nunca.
-si te ven seguro, no se atreverán a nada.
separó un poco más las piernas, pero la sensación de que algo iba a suceder no se le pasó.
cuando los abucheos ensordecieron sus tímpanos intuyó una nueva injusticia, esta vez mucho más grave. qué puede ser más grave que una roja, se preguntó sin dejar de observar las muecas, los gestos, las bufandas pisadas en el suelo, algún empujón airado. tragó saliva. algunos asistentes con niños se levantaron y abandonaron las gradas. un chico de no más de catorce años lloraba asustado. rubén comprobó que separar las piernas no servía como remedio y bajó la barbilla, aunque eso lo encaraba directamente a un público embravecido y soez. cuando por fin el árbitro pitó el final de la primera parte creyó que los ánimos iban a apaciguarse, pero fue justo entonces cuando alguien saltó al campo. al verlo por la tele, al día siguiente, junto a mariela que aún temblaba del susto, vio todo lo que había ocurrido a sus espaldas. las cámaras mostraban que ellos poco podrían haber hecho para detener aquella batalla campal que se desató en cuestión de segundos. martínez salió corriendo, en dirección al chaval, pero detrás de él lo siguieron un grupo de cuatro o cinco chicos, igual o más jóvenes. algunos con la cara tapada. a ellos se sumaron siete u ocho del equipo contrario. rubén reaccionó tarde. cuando finalmente se giró para ver a quién gritaba el poco público que quedaba en su zona, una treintena de personas estaban zurrándose delante de la portería contraria. nadie les echó una bronca. nadie les dijo que no habían hecho bien su trabajo. nadie los culpó de los doce heridos leves y los tres hospitalizados, pero mariela le suplicó que hablara con su jefe para que lo cambiaran de lugar de trabajo.
-¡pero si a mí me encanta estar ahí! –dijo él, sintiendo que estaba mintiendo, pero que prefería eso a bajar al metro.
-algún día uno de estos críos locos te sacará una navaja y verás lo encantado que estarás.
-estás exagerando. es la primera vez que ha habido lío, pero no es lo habitual y lo sabes bien. una navaja me la pueden sacar en el metro, en un museo o en un centro comercial. te la pueden sacar a ti en la calle cuando vas a por el pan.
mariela puso los ojos en blanco.
-además, esta vez casi salgo en la tele.
el domingo siguiente regresó a un campo de segunda. el equipo local perdió por siete a uno, pero jugadores, entrenador y aficionados admitieron que había sido un resultado justo.

comparte vagón con hinchas del equipo visitante que lucen sus camisetas de manga corta, a pesar de los nueve grados en la ciudad. han derramado cerveza en el suelo, ahora pegajoso y ennegrecido. rubén siente el hormigueo en el estómago, no tanto por el trabajo, sino por el partido. la final. hacía ocho años que el equipo no llegaba tan lejos y les basta con marcar un gol para proclamarse campeones. un gol solamente, se dice mirando la tripa que sobresale por debajo de una de las camisetas del tipo que se ha sentado a su lado. un gol no es nada. y rissantini se ha recuperado de su lesión en tiempo record y creen que podrá jugar hoy. un gol y serán campeones. nunca ha trabajado en una final y sólo una vez entró en el campo, de excursión con el colegio, cuando tenía diez años. detrás de sus compañeros, escondido y disimulando, se arrodilló y arrancó un poco de hierba para llevarse de recuerdo y guardarla en su cajón de los secretos. también estuvo una semana rogándole a su padre que lo llevara al campo a ver un partido, como hacían todos los padres de sus amigos, pero tuvo que contentarse con la habitual pantalla del salón y una dosis extra de coca-cola que le sirvió su padre con la condición de que se callara un rato.
los del bar de enfrente de casa también se han enterado. no sabe cómo. tal vez mariela. en los últimos días lo han invitado a cafés y cañas cada vez que pasaba por delante. le han preguntado si lo conseguirían, si serían campeones, como si él tuviera un poder especial sobre el equipo y, escuchada su opinión, si podría conseguir alguna entrada, ni que fuera arriba del todo. durante unos días se ha sentido, o más bien le han hecho sentir, importante. él estará en el campo, en la final, a pocos metros de rissantini. menuda suerte. pues si no puedes conseguir una entrada, a ver si logras una camiseta firmada, para el crío.

al llegar a su parada el vagón se vacía y mientras avanza por el pasillo, a pocos pasos de los hinchas del equipo contrario, resuena el rugido de la multitud. el hormigueo, lejos de desaparecer, le perfora el estómago. tal vez no esté preparado para esto, piensa. tal vez me precipité. puede que mariela tuviera razón: un museo, un centro comercial… otra horda de visitantes pasa por su lado. hombretones de metro noventa y cien kilos, que llevan todo el día bebiendo cerveza.

vicente lo está esperando. lo saluda y lo mira de arriba abajo.
-¿qué le ha pasado a tu uniforme?
rubén siente la camisa pegada a las axilas sudadas. se excusa torpemente y vicente se ríe al descubrir sus tobillos desnudos.
-así no puedes salir, por dios. ¡menuda pinta y menuda imagen para la empresa!
rebuscan en las cajas de cartón arrinconada debajo de la mesa de su pequeño vestuario. los pantalones de talla extra grande se mezclan con chalecos que están en desuso. al final no queda más remedio que admitir que rubén saldrá al campo con lo puesto, pero tan pronto comienzan a inspeccionar los asientos, los baños y los pasillos en busca de paquetes sospechosos se han olvidado sus tobillos al aire.

a su derecha, a menos de dos metros, rissantini, calentando. a su izquierda, un poco más alejados, díaz, marques, kjügger y el míster, que no para quieto y da instrucciones a grito pelado. el partido hace veinte minutos que ha comenzado y rubén intuye todo lo que ocurre a través de las caras de los aficionados y de los propios jugadores que, sentados en el banquillo, gesticulan tanto o más que el míster. rubén está inquieto. sólo un gol. aprieta los puños. recuerda la postura indicada de vicente, pero es imposible permanecer quieto. cada vez que alguien en las gradas se levanta siente que por fin ha sucedido. un gol. sólo uno. cuando vuelve a sentarse le maldice interiormente y junta las piernas. el míster pasa por detrás de él, pidiendo calma a su equipo:
-chicos, chicos, jugad con la cabeza –les grita. 
rubén puede oler su perfume de lo cerca que está. nada más y nada menos que el míster. el mismo que jugó en este equipo hace veintisiete años. el mismo cuyo póster colgaba de la cabecera de su cama. el mismo que lo hizo llorar de pena cuando anunció que se retiraba.
-rissantini, mueve el culo –vuelve a gritar.
rissantini corre a su lado. rissantini va a salir a jugar. increíble. hace dos días era impensable que pudiera, después de la brutal entrada que recibió en el partido anterior. la grada ovaciona al delantero. lo llaman genio, dios, duende, el grande. aplauden con fervor y, como ellos, desea que sea él quien los lleve a la gloria. si puede ser, pronto. pero el gol no llega y el míster brama, chilla, se desgañita justo detrás del cogote de rubén.
-así, no, marques. así no –vocifera y rubén debe imaginar qué cagada habrá hecho el inútil de marques que hace tiempo que debería haber sido cedido a algún equipo de tercera regional.
la afición se impacienta, consultan sus móviles en busca de algo que se han perdido en el campo, miran el marcador, se arremangan las mangas, abuchean, protestan y tiran las cáscaras de las pipas al suelo. en algún momento los silbidos se multiplican. la afición se pone en pie y estiran sus cabezas para ver con claridad. se hace un silencio extraño. rubén nota que el corazón le late demasiado deprisa y tiene la camisa estrecha empapada. se dice que está trabajando, que debe calmarse, pero no funciona. separa las piernas, vuelve a juntarlas y se pregunta si será rissantini. si, tal vez, le ha pasado algo. una caída. tiene que ser eso. se ha lesionado. lo han lesionado. esa panda de vikingos no saben jugar limpio. el míster se ha alejado y sólo puede guiarse por las caras de espanto de los chavales que tiene en la primera fila. pero pasados unos segundos rissantini, o quien sea, parece que consigue levantarse. el público aplaude. si pudiera ladear un poco la cabeza. sólo un poco para ver si se trata de rissantini. levanta la barbilla. separa las piernas. aprieta los puños. un puñetero gol. alguien pide que corran más. otro pide calma. ya no puede distinguir de dónde vienen las ordenes. pero la calma no llega y la afición vuelve a levantarse. algunos se llevan las manos a la cabeza, otros se giran y prefieren no ver, los chavales de la primera fila brincan y se abrazan mucho antes de que el campo estalle en un clamor atronador. un gol. no hay duda. ha habido un gol. un gol de los suyos. de su equipo. de los campeones. los gritos no cesan. todos se felicitan y se abrazan. un gol. un golpe fuerte en la espalda lo desplaza unos pasos hacia delante. siente un dolor seco en las lumbares. se gira sin entender ni saber qué ha ocurrido. pegados a él, el míster, rissantini, bueyo y marques se abrazan e improvisan un baile sencillo. el míster, rissantini, bueyo y marques. decenas de flashes lo deslumbran. cámaras de todo el mundo graban la escena que millones de espectadores ven en sus hogares. los astros del fútbol, en primer plano, celebrando. rubén con su camisa estrecha y sudada y sus pantalones demasiado cortos, justo detrás, sonríe, levanta el brazo tímidamente y, con un poco más de decisión a medida que alza la mano y la despliega, le dedica un saludo a mariela.