16 diciembre 2015

flores blancas

tú le regalarás flores blancas 
sus preferidas
ridículamente caras 
no tendrá jarrón 
pero se abrirá de piernas, dócilmente 
pendiente de tu mirada, de tus manos 
de las nuevas preferencias que aprendiste del porno, de anteriores
con algo de imaginación
que ejecutas con precisión, sin amor 
con la camiseta puesta 
por si hay que irse deprisa y prometerle que volverás mañana.
pero mañana no será. 
la llamarás, eso sí 
te interesarás por sus miedos 
sabrás comprenderla, apiadarte 
pronunciar las palabras que se esperan de ti
educadas, fieles 
artimañas 
y ella te dirá que nadie como tú 
nadie 
tú le pedirás tiempo, espacio
que entienda 
que se joda (no, no se lo dirás así. no, no lo entenderá así) 
que has pasado por 
que has sufrido hasta
que has llorado tanto 
ofrecerás más flores, más halagos, más citas egoístas
ella se abrirá, se abrirá, se abrirá 
comprará dos jarrones 
secará los pétalos entre hojas de libros que no ha leído
te pedirá que te quedes y te enviará canciones dedicadas que escucharás hasta el segundo diez y luego borrarás. 
accederás: te quedarás y la despertarás a media noche montado encima
a oscuras 
tirarás de su pelo, mordisquearás su piel fina 
te correrás antes que ella, sin preguntar
antes de marcharte le pedirás tiempo, espacio 
que entienda. 
aprenderá rápido 
se echará novio, luego novia 
coincidiréis en fiestas, en la calle, en la cama cuando te llame alguna noche que no tiene compañía
te follará sin preámbulos ni promesas 
sus pechos más llenos, su saliva más densa
y al despediros, en el rellano, pedirá que te apresures por si acaso, divertida, con la mirada viva, la mente en otro.
llegarás a tu casa de madrugada 
no tendrás alimento que vomitar 
bebida que desborde las horas 
recuerdo que deformar 
la pensarás cuando conozcas a las demás 
le escribirás cuando te tiemble el pulso de insomnio y pasado 
repetirás palabras que un día te murmuró y aún recuerdas de noche, sentado delante de una carta sin enviar. 
sabrás que está bien 
que no se esconde 
que te echa de menos algunos días alegres 
que sigue aprendiendo rápido, mucho, por fin. 
te parecerá que creces, rápido
que sabes, mucho
que vives
por fin. 
te invitarán a cenas, a tríos, a nueva música, a casas extrañas
dirás sí, no, sí, no, tal vez, sí 
te gritarán hijodeputa, miamor, llámame, ven, lárgate 
llegarás a tu cama de madrugada 
buscarás alguien con quien hablar 
quien sea 
de lo que sea
teclearás nombres que te maldicen que te olvidaron que te hacen avergonzar y terminarás, aún con el abrigo puesto, acurrucado en un rincón de la cama manchada de vino rancio, semen, restos de cuerpos invisibles. 
no soñarás con tu abuela enferma 
no soñarás con tu madre triste
no soñarás con viajes ni fortuna. tampoco con ella. al despertar te parecerá que ha transcurrido una década, pero no. apenas habrán sido unas horas luminosas de un día que no valdrá la pena contar 
desayunarás migajas y esperarás, esperarás, esperarás que algo cambie que algo estalle que algo se rompa dentro, fuera, que sepas cómo, por dónde, cuándo, para quién. 
te olvidarás de comprar comida y beberás demasiado antes de pensar 
te ilusionarás con un inicio que se quedará en inicio
torcido. minúsculo. penoso
trabajarás deseando que el metro te devuelva a casa 
a qué casa, te preguntarás cuando compres un espejo nuevo para mirarte de reojo, sin afeitar, sin intención 
reconocerás que está siendo diferente. una mierda. nada se rompe. nada cambia. nadie te recogerá cuando temas que estás cayendo. aunque no estarás cayendo, sólo acostumbrándote. 
la llamarás: no estará 
la llamarás: tendrá poco tiempo 
la llamarás: te mandará un beso que sentirás hielo 
la llamarás: he conocido a alguien, le anunciarás. 
tú 
me 
conocerás.
llegaré 
como todas, sin carruaje, sin adiestrar 
despertaré tu curiosidad tu sexo 
los poemas que tenías comenzados 
otro cuento 
querrás demostrarme, esforzarte, intentarlo de verdad 
esta vez será distinto 
prometerás lo mismo, pronunciarás igual 
me regalarás flores blancas 
esas flores blancas
la llamarás: sólo quería decirte 
te llamará: llamaba para saber
te llamará: no te olvido, nadie como tú, para siempre, pase lo que pase, siempre, siempre, gemelas, almas, nadie. 
esas flores blancas
que creerás son mis preferidas. 

08 diciembre 2015

Ahora. Bien. El punto.
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso. 
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias. 

Hablar solos, A. Neuman

26 noviembre 2015

desvalidos

-pensaba que ya no vendríais. 
-tu padre -dije fijándome en sus ojos y sus párpados hinchados-, como siempre. estábamos ya en la gasolinera y se ha dado cuenta de que se había olvidado la cartera. cada día está más viejo. 
-bueno, eso todos, mamá. 
-sí, sí claro, todos, pero tu padre va a pasos agigantados. 
-ya. 
-¿y tú cómo estás, blanca? –pregunté, asegurándome de que no estaba mateo por allí cerca. 
-bien… bueno… yo qué sé. no me apetece mucho hablar, mamá. no quiero que mateo me escuche. 
en ese momento el niño apareció corriendo, con su pequeña mochila colgada a la espalda y un avión de plástico en la mano. 
-¡abuela! 
-¡hola, mi amor! 
el niño tuvo la intención de abalanzarse sobre mí para que lo cogiera en alto, como hacía su abuelo, pero yo me arrodillé antes para detenerlo. mis rodillas ya no estaban para soportar el creciente peso del pequeño. 
-¿iremos a las atracciones? 
-pues claro que iremos. podrás subir a todas las que quieras. 
-¡qué bien! 
mi nieto dio un salto de alegría y comenzó a corretear por el pasillo, con los brazos en cruz, emulando el sonido de un avión al despegar. 
-bueno –dije-, será mejor que nos vayamos. ¿seguro que no quieres venir con nosotros? 
-no, mamá, seguro. necesitamos un fin de semana para nosotros dos. hablar y… y… 
no terminó la frase. se tapó la cara con las dos manos y comenzó a sollozar. yo me acerqué para abrazarla, pero blanca se apartó, se secó las dos lágrimas que ya rodaban por sus mejillas e intentó sonreír. 
-ya está, ya está. no es nada –dijo para tranquilizarme. 
-me da mucha pena verte así. ojalá pudiera ayudarte. 
-ya lo haces, mamá. 
-¿dónde está él? –me atreví a preguntar. 
-se fue al club. 
-¿así es como pretende arreglar las cosas? ¿pasándose el día en el club, jugando al tenis?
-mamá, por favor, no empieces. 
negué con la cabeza y me abroché la chaqueta. 
-vosotros sabréis, hija. mateo, venga, que nos vamos. 
ella pareció aliviada al escuchar que por fin íbamos a dejarla sola. 
-os llamaré mañana -dijo. 
-no tienes por qué. nosotros estaremos bien. 
-lo prefiero. 
-como quieras. ¡mateo, coge tus cosas, rápido, o nos cerrarán todas las atracciones y no podremos subirnos a ninguna! 
mi nieto gritó algo incomprensible desde el salón y corrió hacia donde estábamos. le dio un beso a su madre deprisa, sin mirarla, apartando la cara cuando ella pretendía quitarle una legaña, y me cogió de la mano apremiándome para que nos marcháramos cuanto antes. yo le di otro beso en la mejilla y blanca me acarició el brazo y susurró un “gracias” lastimero. preferí no mirar su rostro y me di la vuelta antes de escuchar, de nuevo, sus sollozos silenciosos para que mateo no se diera cuenta. pascual nos esperaba en el coche, aparcado en segunda fila. ver a su nieto era una de las pocas cosas que le ponía de buen humor últimamente. al verlo, el niño saltó a su regazo y se sentó delante del volante. su abuelo lo besó en la cabeza varias veces y yo tuve ganas de sacarles una foto, aunque no lo hice porque ya íbamos suficientemente tarde y sabía que pascual iba a protestar. 
-¿cómo estaba? –preguntó mi marido cuando nos pusimos en marcha. 
-bien –mentí- se la veía animada. 
-¿le has dicho que venía también mimi con nosotros? 
-no. 
-¿por qué? 
-se me olvidó –volví a mentir-. tampoco creo que a ella le importe mucho, ¿no? 
él no contestó, arrancó el coche, puso el intermitente para girar hacia la casa de mimi y miró por el retrovisor a su nieto que estaba ensimismado con un botón de su abrigo rojo. estaba serio y quise preguntarle si se encontraba bien. desde que le habían programado la operación de cadera para dentro de diez días lo sorprendía muchas veces con ese semblante grave y preocupado. por eso sugerí el irnos unos días fuera, cambiar de aires y hacerle olvidar su pierna cada día más inútil. pascual había aceptado sin poner objeciones, pero también reconoció que prefería una estancia corta que le permitiese descansar y andar poco cuando el dolor se hiciera insoportable. elegimos un destino cercano, a cuatro horas en coche, al lado del mar. me preocupé de mirar hoteles céntricos y baratos y cuando por fin encontré uno que además incluía buffet libre para desayunar y tenía habitaciones con vistas al mar, llamó mimi. era tarde. las once de la noche o puede que incluso más tarde. mi marido cogió el teléfono y sólo pude escuchar una parte de la conversación: “deja de llorar, mimi, por favor. miriam, si no paras de llorar no te puedo entender ni sé lo que estás diciendo. cálmate. ¿cuándo se ha ido? mimi, por favor”, repetía una vez y otra. yo lo miraba mordiéndome un pellejo de piel seca del labio, intuyendo lo que había ocurrido. al cabo de un rato en el que pareció que por fin miriam o mimi -tal y como la había bautizado su hermano cuando estaba aprendiendo a hablar- había conseguido explicarle a pascual lo que había ocurrido, mi marino me pasó el teléfono. 
-quiere hablar contigo –dijo, poniendo los ojos en blanco. 
-hola, cielo. 
-se ha marchado, luisa –anunció entre gemidos-. me ha dejado. ni una nota ni nada. es horrible. el muy cabrón. se ha marchado, sin más. quince años juntos y terminar así, de esta manera. con esa puta, esa puta que no me llega ni a la suela de los zapatos. no lo aguanto, luisa. es horrible. me quiero morir. y lo quiero matar.
intenté tranquilizarla, pero era inútil. cada vez que sugería que se mantuviera ocupada, que no pensara más en ello miriam retomaba su retahíla de insultos y amenazas. le pregunté si quería que fuera a hacerle compañía esa noche. pascual, que permanecía a mi lado, apoyado en el marco de la puerta, negó con la cabeza y en voz baja dijo: “ni se te ocurra”. afortunadamente mimi dijo que no, que prefería estar sola, por si acaso su marido volvía más tarde, arrepentido. yo me callé que, recopilando los acontecimientos y sospechas que nos había narrado detalladamente en los últimos meses, eso era muy poco probable que ocurriera. 
-miriam… ¿por qué no te vienes el fin de semana que viene con nosotros? –le pregunté antes de colgar. 
pascual abrió los ojos de par en par y se puso las manos a la cabeza. 
-lo que nos faltaba –sentenció y fue a la cocina, exagerando su cojera, donde se sirvió un vaso de vino. 

llegamos cuarenta minutos más tarde de la hora acordada. cuando saqué el móvil del bolso para avisar a mimi de que ya podía bajar vi que tenía diez llamadas perdidas y dos mensajes suyos que borré sin escuchar. apareció quince minutos después, sonriente, con el pelo teñido de caoba y arrastrando una maleta de un tamaño digno de irse de vacaciones un mes entero y no un fin de semana. 
-¡hola a todos! –nos saludó con una alegría forzada. 
-¿qué te has hecho en el pelo? –le preguntó su hermano mirando la cabellera llamativa con un tono poco convincente. 
-te queda genial, mimi –dije yo antes de que ella rompiera a llorar. miriam desvió su mirada hacia el interior del coche. 
-por el amor de dios –soltó al ver a mateo-, ¿y este chico tan guapo y tan grande quién es? 
mateo, que no la había dejado de mirar, se acurrucó en su asiento y bajó la cabeza en dirección al botón que había estado manoseando durante todo el trayecto. 
-¿ya no te acuerdas de mí? –insistió ella. el niño asintió tímidamente, aunque creo que sólo lo hizo para que miriam lo dejara en paz. ella, sin embargo, se alegró de su gesto y le pellizcó la mejilla, reiterando con esa cantinela a la que ya estábamos habituados cuando quería hacernos creer que todo iba bien, lo mucho que había crecido desde la última vez que lo había visto. 
pascual condujo con cuidado, procurando no sobrepasar el límite de velocidad ni vociferar cuando otros conductores cometían alguna infracción leve. me había fijado que con mateo en el vehículo era mucho más prudente y por lo tanto no tuve que llamarle la atención en ningún momento, como era habitual cuando íbamos los dos solos. mimi estuvo más pendiente de su móvil que de nuestra conversación que languidecía a los pocos segundos cada vez que sacábamos un tema banal para distraerla y el niño se durmió con su avión de juguete entre las manos. a medio camino le propuse a mi marido de parar y descansar, pero él prefirió continuar y llegar cuanto antes. no supe descifrar si sus ganas de llegar eran porque le apetecía pasar un par de días de descanso o porque en el coche se respiraba un ambiente más bien pesaroso que ninguno de los dos conseguía remontar. 
aparcamos delante del hotel a media tarde. mateo hacía rato que se había despertado y empezaba a quejarse de que tenía hambre. su abuelo le prometió que si aguantaba un poco más cenaríamos pizza y luego le compraría un helado en la feria, pero mimi saltó que de eso nada, que con esa dieta el crío iba a enfermar y que debíamos evitar malcriarlo. miré a mi marido esperando que no hiciera caso del comentario, aunque ella, tal vez buscando algo o alguien con quién explotar siguió exponiendo los terribles peligros de una mala alimentación hasta que la recepcionista nos entregó las llaves de las habitaciones. 
-¿pero de qué va? –gritó cuando cerramos la puerta. 
-sssh, no grites tanto. puede oírnos. 
-ni tan siquiera tiene hijos. 
-pascual, está nerviosa. 
-está loca. 
-no digas eso. está pasando por un… 
mateo me interrumpió. salía del baño con los pantalones salpicados. pascual y yo miramos las manchas húmedas y el niño las tapó de inmediato con sus pequeñas manos. 
-venga, ahora mismo nos vamos a la feria –dijo su abuelo. 
-¿ahora? –pregunté yo. 
-sí, mateo y yo y nadie más –zanjó. 
el niño olvidó sus pantalones y sonrió. salieron de la habitación hablando de lo grande que sería el helado que iban a comerse y yo me quedé mirando a mi marido que, en ese momento, parecía haber olvidado su pierna coja. 
mimi me llamó poco después al teléfono de la habitación. estaba llorando y me pidió si podía ir un momento a verla. me alegré de que pascual y mateo estuvieran fuera, pasándolo bien y comiendo helado. llamé a la puerta suavemente y miriam abrió casi de inmediato. se había quitado los zapatos y se había recogido el pelo en una coleta. me abrazó antes de que pudiera preguntarle si había pasado algo. 
-es que no me lo puedo creer, luisa. no puedo terminar de creérmelo. es todo tan, tan… no puedo, no puedo. 
yo le daba golpecitos en la espalda, sin saber si debía intervenir o esperar a que terminara su frase. finalmente se separó de mí y me confesó que había llamado a su marido nada más dejar la maleta y que él no se había molestado en responder. 
-tal vez estaba ocupado. tal vez no podía atenderte en ese momento. 
-lo llamé varias veces. 
-¿cuántas veces? 
-qué más da. 
-no sé si deberías haberlo hecho, mimi. eso sólo empeora tu estado y te hace más daño. 
-merezco una explicación, ¿no crees? quince años merecen algo más que irse así, sin más, como si no nos conociéramos de nada. 
su voz había ido subiendo de tono. 
-lo sé, lo sé. no es justo, pero deberías… 
-ya sé lo que debería, joder –chilló-, pero para ti es muy fácil decirlo: deberías, no deberías, deberías eso y no deberías lo otro. muy fácil, sí. tú, tranquila y feliz con tu vida resuelta y con pascual que no te ha dejado por una niñata de veinte años que no sabe ni hablar. 
-tienes razón, la tienes: es muy fácil hablar, pero quizá es momento de asumir que… 
-¡ah! –gritó de nuevo, dándose la vuelta- déjalo, ¿quieres? cuanto más hablas más pena me doy –dijo antes de dar un portazo y encerrarse en el baño. 
esa noche me quedé a dormir con ella. la cama era pequeña y apenas cabíamos. la escuché lloriquear hasta bien entrada la madrugada. decidí que era mejor no hablar y simplemente me dediqué a acariciar su pelo bermellón cuando el gimoteo se convertía en llanto descontrolado. pascual y mateo también durmieron en la misma cama a pesar de que al niño le habían puesto una cama a nuestro lado tal y como habíamos solicitado al hacer la reserva. en su caso, según me contó el niño al día siguiente, entusiasmado, se pasaron la noche viendo películas de dibujos animados y su abuelo llamó al servicio de habitaciones para que les llevaran pizza y patatas fritas.

me desperté muy temprano. mimi dormía y ocupaba el centro de la cama. me levanté sin hacer ruido y corrí un poco las cortinas blancas de la ventana. desde su habitación se veía un minúsculo trozo de mar por entre varios edificios altos y grises. el cielo estaba despejado y pensé que iba a ser un día muy largo. 
-¿qué hora es? –me sobresaltó su voz ronca y soñolienta desde la cama. 
-buenos días. es temprano todavía. vuelve a dormirte. 
pero ella ya se había incorporado. 
-gracias por quedarte. 
-no es nada. 
-perdona por lo de ayer. no quise decir… 
-no es nada, en serio. deberías intentar dormir un rato más. 
-no creo que pueda. 
-en ese caso, bajemos a desayunar. me muero de hambre –dije recordando que la noche anterior ninguna de las dos había cenado. 

al contrario de lo que creía, fue un día tranquilo y bonito. mi cuñada volvía a estar de buen humor. sabíamos que era fingido y que de haber estado sola en su casa hubiera estado llorando sin moverse de la cama, pero apreciábamos que hiciera el esfuerzo de reírse con las tonterías que hacía mateo y que de vez en cuando interviniera en nuestras conversaciones. también es cierto que en otras ocasiones se quedaba callada y absorta, como cuando el camero le preguntó si quería el agua fría o natural y fue pascual quien tuvo que responder por ella, pero conseguimos pasar por alto sus reacciones sin que afectara nuestro humor y sin que el niño se diera cuenta de que mimi, de vez en cuando, usaba la manga de su abrigo para secarse las lágrimas. de hecho, parecía que a medida que avanzaba la jornada mateo se iba sintiendo más cómodo con miriam y a menudo reclamaba su presencia para que jugara con él a evitar mojarse con las olas y le contara cuentos de dinosaurios. pascual, un poco apartado, los miraba a los dos encantado. 
-creo que fue muy buena idea –me dijo cogiéndome de la mano. 
-¿el qué? –pregunté yo a pesar de que ya sabía lo que iba a decir. 
-venir aquí. los cuatro juntos. gracias. 
yo me acerqué y le besé. sentí que su mano apretaba un poco más la mía e imité su mismo gesto. 
después de cenar fuimos todos a la feria. miriam y mateo subieron a la noria y a los autochoques. pascual y yo escogimos un puesto cercano y nos tomamos dos cervezas. le pregunté si le dolía la pierna después de haber estado andando todo el día y me contestó que apenas le había molestado. sabía que no me estaba diciendo la verdad. era fácil saber cuándo mentía: era incapaz de mirarme directamente a los ojos y se rascaba la barbilla con insistencia. luego le pregunté si estaba nervioso por la operación. dejó de rascarse, extendió los brazos por encima de la mesa y me miró. 
-no, no lo estoy. 
sonreí y le aseguré que todo iba a salir bien. 
-no lo sé, luisa. ya no soy un chaval. tardaré en recuperarme varios meses. esto siendo optimista y suponiendo que todo salga bien, que no haya ningún rechazo con lo que me pongan y no deban volver a abrirme. debemos ser realistas. 
-a esto yo lo llamo ser pesimista. 
-bueno, pues sí, de acuerdo: todo saldrá bien –dijo para no enzarzarnos en una discusión que ninguno de los dos tenía intención de empezar. los gritos de mimi y mateo podían escucharse desde debajo de la noria. los saludamos y ellos nos devolvieron el saludo. pensé en mi nieto, ahí arriba, despreocupado y lleno de comida que no le convenía. también me vino a la cabeza blanca y en cómo estaría a estas horas, sin su hijo y con un marido que prefería pasarse el día en el club de tenis. caí en la cuenta de que todavía no nos había llamado y me asusté temiendo que hubiera ocurrido algo. 
-¿te ha llamado blanca? –le pregunté a pascual. él sacó su teléfono del bolsillo y negó con la cabeza. 
-dijo que llamaría hoy. 
-todavía es hoy, luisa. 
-sí, pero es tarde. 
cogí el móvil de pascual y comencé a marcar su número. 
-¿qué haces? déjala, luisa. ya llamará. si no lo ha hecho tal vez sea porque no ha podido, porque está de celebración o vete a saber tú. 
guardé el móvil. 
-la llamaré en cuanto lleguemos al hotel, si no lo ha hecho ella antes. 
llamó. lo hizo cuando los tres descansábamos en la habitación del hotel. pascual estaba tomando un baño y mateo dibujándose a sí mismo y a miriam en el tren de la bruja. la voz de blanca sonaba neutra e imaginé que estaba haciendo un esfuerzo enorme para que no intuyera cómo iban las cosas por ahí, ni cómo se encontraba ella. hablamos del buen tiempo que nos había hecho, de lo bonito que era el pueblo y de lo bien que se lo estaba pasando mateo. el niño, al descubrir que era su madre quién estaba hablando conmigo, me arrebató el teléfono y no pude preguntarle nada de su situación. mateo le contó con todo tipo de detalle lo que había hecho y comido ese día y luego, cuando se cansó de hablar, me devolvió el móvil. 
-dice que no quiere volver –me informó ella-. ya ves, mamá, ni mi hijo quiere estar conmigo. 
-qué tonterías estás diciendo –respondí, apartándome un poco del niño que había cogido de nuevo los lápices y le ponía el pelo a mimi de color naranja. -no es ninguna tontería. lo acaba de decir. 
-es normal. aquí le malcriamos como nos corresponde a los abuelos, pero dime, hija, ¿os habéis arreglado? 
-apenas nos hemos visto. dice… dice que está agobiado, que no le apetece hablar, darle más vueltas y vueltas y no llegar nunca a ninguna conclusión. 
-¿cómo espera pues que vuelva todo a la normalidad si no quiere hablar? 
-eso es lo que me digo yo. o puede que no quiera ya volver a la normalidad. 
y rompió a llorar. 

los párpados abultados de mimi, su pelo enmarañado y sus ojeras oscuras no dejaban lugar a dudas de cómo había pasado la noche. llegó tarde, cuando prácticamente habíamos terminado de desayunar, se sentó al lado de mateo sin tomar ni una taza de café y sin mirarnos apenas dijo que no tenía hambre y nos preguntó a qué hora teníamos previsto volver a casa. pascual contestó que después de comer y ella replicó que preferiría que fuera antes, que tenía prisa por regresar y solucionar algo urgente. pascual la miró con más hastío que compasión. 
-¿qué debes solucionar? 
-ya te lo he dicho: algo urgente. es personal. 
-¿ha vuelto federico? ¿es eso? 
el nombre del marido de miriam pronunciado por pascual nos hizo saltar a las dos de la silla. mimi observó a su hermano con desprecio y le comenzó a temblar el labio inferior. quise buscar unas palabras reconciliadoras, pero no tuve tiempo: ella se levantó airada, tiró su servilleta con rabia encima de la mesa y despareció del comedor. 
-nos iremos después de comer –resolvió mi marido, sirviéndose otro vaso de zumo de naranja. 
pero nos fuimos antes. a media mañana comenzó a llover, la feria estaba cerrada, era imposible pasear por la ciudad debido al diluvio que caía, mateo se aburría y se quejaba constantemente de que quería jugar con los videojuegos que tenía en casa y a pascual, a pesar de que no quiso admitirlo, le dolía la pierna y caminaba con dificultad. a las doce nos metimos en el coche, de mala gana, en silencio. ninguno de los cuatro habló hasta que, llegando a una gasolinera a repostar, mateo dijo que tenía que ir al lavabo. mi marido aparcó el coche y nos bajamos los cuatro. 
-nos sentará bien tomar algo –dije con la intención de que al menos llegásemos a casa de buen humor, pero nadie respondió. 
en la cafetería mimi pidió un carajillo de anís que se bebió casi de un sorbo. al terminarlo pidió otro y nos dijo que nos esperaba fuera. mateo, que estaba inquieto y con ganas de moverse, la siguió a pesar de que le dijimos que se quedara con los abuelos. pascual y yo esperamos los bocadillos que habíamos pedido sentados uno al lado del otro, delante de un gran ventanal que daba a la gasolinera y a la ruidosa autovía. desde ahí también veíamos a miriam y a mateo que, un poco apartado de ella, se entretenía con algo que había encontrado en el suelo. nos tomamos nuestro tiempo para terminarnos los bocadillos. creo que a pesar de que los dos queríamos llegar a casa y relajarnos, ninguno de nosotros quería meterse en el coche durante las próximas cuatro horas de viaje que nos quedaban. pascual parecía cansado y le propuse de conducir yo. me dijo que no hacía falta y sonrió. 
-podríamos ir al cine esta noche –propuso. yo asentí y sonreí también. luego volvimos a mirar hacia la autovía, en silencio. mateo se había acercado a mi cuñada. ella miraba su móvil y negaba con la cabeza mientras el niño intentaba conseguir su atención con tozudez y berreos. mimi le dijo algo y se alejó unos pasos, pero mateo corrió hacia ella como si se tratara de un juego, tiró de su falda y le gritó algo. ella se guardó el teléfono en su bolsillo. temblaba y comenzó a mover los brazos y a vociferar. mateo se quedó paralizado, con sus manos todavía agarradas a su falda, incapaz de apartarse de esa mujer que escupía saliva. mimi, sin dejar de aullar, se arrodilló delante del niño, lo cogió por sus finos hombros y empezó a zarandearlo violentamente. 
-miriam… -susurré horrorizada. 
pero antes de poder levantarme y salir afuera vi el brazo de ella coger impulso hacia atrás y a continuación avanzar hacia adelante, a toda velocidad, hasta que la palma de su mano extendida chocó ruidosamente contra la rosada mejilla de mi nieto. su pequeña cabeza giró y quedó inmóvil, ladeada, durante unos breves segundos hasta que volvió a su posición normal y se encontró con la mirada helada de miriam. el niño colocó su mano en la mejilla golpeada, tan asustado que no podía ni llorar. mimi, que de repente parecía que se había despertado de un sueño muy profundo, lo miró con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera sido ella quien hubiera sido pegada. luego, avergonzada, lo atrajo hacia ella, lo abrazó y comenzó a llorar. me levanté de mi silla, pero pascual me detuvo con su mano. 
-luisa, no. ahora no. 
lo miré un instante, esperando averiguar qué le pasaba por la cabeza, pero él tenía los ojos clavados en su hermana y el pequeño. yo volví a sentarme y apreté muy fuerte la mandíbula. 

nadie habló durante las cuatro horas de viaje. mateo se sentó en una punta del asiento trasero, pegado a la ventana, con el abrigo abrochado hasta arriba y las manos metidas en los bolsillos. le pregunté si tenía frío, pero no contestó. no se quejó de sed, de hambre o de cuánto faltaba para llegar y aunque yo me giré de vez en cuando para comprobar que estaba bien, él no apartó la vista de la carretera. miriam, con su móvil en el regazo, tuvo el detalle de ponerlo en silencio y pascual puso una emisora de música clásica a pesar de que nunca me había dicho que les gustase ese tipo de música. condujo rápido, de forma despistada y provocó el bocinazo de algún que otro conductor, pero no dije nada. 
llegamos a media tarde. las farolas de las calles iluminaban penosamente los pocos transeúntes que habían decidido salir a pasear a pesar de la llovizna que nos había acompañado en todo el trayecto y que limpiaba la ciudad. dejamos primero a miriam que saltó del coche apresuradamente, sin apenas despedirse, evitando mirar al niño y ni mucho menos acercarse a él para darle un beso. la vi meterse en el portal de su casa arrastrando su enorme maleta que parecía más pesada que cuando nos fuimos y sentí una tremenda pena por ella. la imaginé abriendo la puerta, diciendo “¿hola?” y registrando todos los rincones de su hogar vacío, buscando una nota de su marido huido o, en el mejor de los casos, a él mismo arrellanado en el sofá del salón con los pies encima de la mesita. me dije a mi misma que la llamaría al día siguiente para ir a tomar un café, pero al instante reconocí que no me apetecía en absoluto y que probablemente iba a pasar una temporada larga sin saber de ella. pocos minutos después pascual aparcó delante de la casa de nuestra hija. 
-será mejor que subas sólo tú –me dijo sin intención de moverse del vehículo. pensé que tenía razón y con el niño cogido de la mano llamé al timbre y esperé a que blanca me abriera. estaba muy guapa y sonriente. tanto que me extrañó. no había rastro de sus ojos rojos ni de su rostro agotado y triste. me dio un beso y una decena a su hijo que se quedó abrazado a ella más de lo normal. 
-¿te lo has pasado bien con los abuelos? –le preguntó al niño. 
-sí –titubeó él sin dar más explicación. 
-¿no ha subido papá? 
-estaba cansado, blanca. la cadera le tiene mortificado. 
-qué pena. había preparado un pastel de chocolate. 
-no te preocupes. vendremos otro día. te veo muy bien –aseguré. 
ella sonrió aún más, mostrando sus pequeños dientes. 
-al final hablamos. creo que va a ir todo bien. 
-me alegro mucho, hija. 
-podríais venir mañana a cenar. a ricardo le gustaría veros. 
-mañana es imposible, nos viene fatal –me inventé. 
-vaya, qué agenda más ocupada tenéis. 
-otro día, ¿de acuerdo? tengo que irme ya. tu padre está mal aparcado. estás muy guapa, hija. este vestido te queda muy bien. 
me despedí de ella. mateo había desaparecido y cuando blanca lo llamó para que viniera a darme un beso yo insistí en que no era necesario, que no lo molestara y lo dejara tranquilo. salí de su casa y llamé al ascensor. mi hija me acompañó al rellano y esperó conmigo, todavía sonriendo. 
-dile a papá que gracias y que se cuide mucho. 
me metí en el ascensor y apoyé la espalda y la cabeza en una de las paredes laterales. respiré hondo un par de veces e intenté recordar el día anterior, cuando los cuatro paseábamos por la orilla y buscábamos un sitio tranquilo donde comer. lo habíamos pasado bien. casi lo habíamos conseguido. el ascensor llegó a la planta baja y me crucé con un chico joven y su perro que llegaban de la calle. les sujeté la puerta para que entraran. el perro ladró al verme y el chico tiró de él, pronunciando un nombre ridículo que imaginé era el de la mascota. respiré hondo de nuevo un par de veces más antes de salir del portal. crucé la carretera sin mirar a ambos lados. me dolían las rodillas y la cabeza. vi a pascual diciéndole adiós con la mano a blanca que, apoyada en el barandilla del balcón, le mandaba besos y le hacía muecas divertidas. 
-¿cómo está? –me preguntó cuando me vio. 
-me ha dicho que te quiere mucho. 
él giró la llave y puso el coche en marcha. condujo muy despacio, deteniéndose en todos los pasos de cebra donde alguien esperaba para cruzar. al pararnos en un semáforo en ámbar, a pocos bloques de casa, dijo:
-todavía podemos ir al cine, si te apetece. 
yo lo miré y contesté que eso estaría bien y él repitió que sí, que eso estaría bien. 

10 noviembre 2015

no sabía decir no 
decirte no; 
no quiero 
no me gusta 
no me apetece 
no lo lamento 
no te entiendo 
no discuto 
no sabía 
no 
y decía sí 
sin querer, sin saber, sin discutir, sin entender 
que así tampoco 
que así andábamos a tientas, en círculos incompletos 
funcionaba torcido 
nos hacía exiguos 
nos sabía a poco 
nos acercaba más al bucle, al montón, al final pronunciado 
que a la historia especial que confiábamos que era. 
pero entiéndeme 
míralo por este lado mío, absurdo, cobarde 
principiante: 
si decía sí en vez de no era para que durase
para que sirviera, para que escucháramos la misma canción cuando escaseaban las palabras, los tanteos 
la ilusión diluida en dudas 
y decía sí, repetía sí 
sí 
me limpiaba la boca con sí 
sosegaba la intuición con sí
amañaba las citas con sí 
evitaba la sentencia con sí 
no preguntabas y respondía que sí 
no me veías y murmuraba que sí 
no me abrazabas y sollozaba que sí 
sí 
ese era mi lado, mi deformada parte, mi particular forma de hacer rodar una rueda rota 
porque de lo contrario 
de lo contrario al sí 
¿cómo habernos bañado en esa playa sucia en las afueras? 
¿cómo haber viajado sin memoria sin cargos sin consciencia? 
¿cómo habernos visto desnudos, infantiles, perdidos, drogados? 
¿cómo alimentar la risa y el cuento? 
yo musitaba sí porque no sabía decirte no 
y para cuando un día, un límite, un giro, dije no 
no esperes 
no mires 
no me toques 
no te siento 
no lo intentes 
no fastidies 
no lo jodas más 
respirábamos más rencor que bálsamo
había más trinchera que playa sucia 
los cuerpo desnudos, a solas, a oscuras, temblaban de rabia 
y el cuento mudaba a drama. 
todo esto 
nada de esto 
por decir no. 
ahora callo, opino poco, escogen por mí cuando tengo hambre 
señalan por mí los guisos, los libros, los ruegos 
pronuncian sí sin titubeo 
proclaman no con rotundidad 
sus voces, bien altas 
sus juicios, bien firmes 
y cada vez que los escucho 
ahí afuera 
escupiendo saliva e inmutables discursos 
pienso en lo simple que les resulta a ellos 
y en la herida que se infectó en nosotros. 

04 noviembre 2015

cuarentena

-tu marido no tendría que hablarte así. 
-no, no estamos casa… está nervioso. y cansado. ha dormido muy poco estos últimos días. 
-igual que tú. 
-bueno… es que él es así. no lo ha dicho con mala intención. se preocupa por mí, pero a veces le pueden las formas.
la enfermera se acerca a lucía y retira la venda, en silencio. prefiere no contestar. 
-bueno, esto empieza a tener muy buena pinta. 
-¿sí? ¿crees que podremos irnos a casa pronto? 
-esto lo tendrá que decidir el médico. 
-ya tengo ganas. aunque no me quejo. aquí me cuidáis muy bien. 
la enfermera asiente y sonríe. vuelve a tapar la herida y se acerca a la cuna donde duerme el bebé. 
-qué bonito es –dice. 
-queda mal que lo diga yo, que soy la madre, pero sí, yo también lo creo. y se porta muy bien. 
-es una suerte. así te recuperarás antes. recuerda que has tenido un parto complicado y que en casa debes descansar mucho. deben ayudarte. en todo –dice, esperando que lucía se dé cuenta de que, de nuevo, se está refiriendo a héctor. luego sale de la habitación. 
lucía se queda unos instantes mirando la puerta entreabierta. piensa en héctor. se ha comportado como un auténtico energúmeno, con esos gritos que por pocas despiertan al pequeño. cierto que ella se había olvidado de tomar la pastilla y que en eso sí tiene la culpa. “es que eres un desastre, lucía, un puto desastre. siempre lo has sido, pero joder, ahora no, joder. no estás en lo que tienes que estar. ¿te has visto la cara? pareces una muerta, no te aguantas de pie. te han repetido mil veces que nada de visitas y ayer tus padres estuvieron aquí toda la tarde, que si esto que si lo otro, que si no hay prisa. toda la puta tarde. y luego que sí estás agotada y no te puedes ni mover de la cama. joder, pues claro, qué esperas. si no haces caso a los médicos no saldremos de aquí, joder, lucía. que a veces parece que tengas la cabeza en la luna y yo no puedo estar todo el puñetero día pendiente de las putas pastillas que debes tomarte y que al final no te tomas porque joder lucía, eres un puto desastre. y luego, ya para rematar, estas putas visitas y las putas enfermeras que no paran de entrar y salir a todas horas, sin llamar ni nada, y aquí no hay quien duerma ni descanse, joder. joder”. eso había dicho. más o menos. gritando, agitando los brazos y apuntándola con el índice de vez en cuando, yendo de un lado a otro de la habitación mientras esquivaba la enfermera que intentaba hacer su trabajo. lucía le rogaba que se callase y que estaba montando una escena, pero él no escuchaba más que sus propios berridos. cada quince días le monta alguna escena. es un hombre con carácter, siempre ha dicho a sus amigas cuando les comenta la última bronca que han tenido. ellas se asustan, pero a continuación la mujer les cuenta que también la mima y le prepara la cena cada día. sí que está harta. claro que lo está. también los vecinos, aunque nunca han llamado a la puerta a las tantas, cuando héctor suele explotar, ni le han comentado nada en el ascensor cuando se la han encontrado a solas. en esas ocasiones ella les rehúye la mirada y si cuenta con suficiente antelación prefiere subir los cinco pisos andando, aun estando de ocho meses y una semana.
lucía deja de pensar en héctor cuando su hijo gimotea desde la cuna. se levanta deprisa aunque no es lo aconsejable y lo coge con cuidado. a pesar de que su peso está dentro de la normalidad a ella el parece más pequeño y frágil que el resto de bebés que ha tenido oportunidad de abrazar antes. sin duda es un niño precioso y bueno. se pasa el día durmiendo, no le muerde los pezones cuando mama, come bien, eructa y se parece a ella cuando era pequeña, lo cual molesta a héctor aunque no se lo haya dicho. le hace gracia que, de repente, sin haberlo buscado demasiado, se haya convertido en mamá y que de ahora en adelante sea la responsable de esa criatura que pone caras extrañas a todas horas y la mira sin verla todavía. él hacía tiempo que insistía. 
-una pequeña lucía. sería como tú, pero en pequeño. 
-¿y si fuera un niño? –bromeaba ella, sin tomar demasiado en serio las palabras de su pareja. 
-no, tendríamos una niña, de esto estoy seguro. 
pero luego ella, justo cuando él ponía los ojos en blanco y comenzaba a susurrar “oh, dios, oh dios, oh dios” le recordaba que debía correrse fuera. el condón era una opción que sólo habían usado las primeras veces y ella era poco partidaria de tomar una pastilla cada día. poco partidaria y muy olvidadiza. él, muy a su pesar, más por comodidad que por el riesgo de un embarazo que no buscaban y no evitaban, la obedecía. sólo un par de veces no había podido aguantar y se había dejado caer encima de ella, disculpándose torpemente, sin llegar a ser creíble. en esas ocasiones ella le había echado una bronca también poco creíble. con el tiempo, viendo que la relación no se extinguía y que héctor dormía todas las noches en casa de ella, lucía dejó de recriminarle su falta de responsabilidad y él, feliz por no tener que controlar sus eyaculaciones fuera o dentro, se corría, la abrazaba y le aseguraba que había sido el polvo más maravilloso de su vida. poco después, cuando el test de embarazo dio positivo los dos lo celebraron. quizá el hombre lo hizo más efusivamente. como era costumbre en él gritó por el pequeño piso de la mujer, dio brincos y golpeó una puerta y cuando ella le dijo que se iban a enterar todos los vecinos salió al rellano y bramó: 
-¡voy a ser padre! ¿os habéis enterado bien? ¡padre! 
lucía lo arrastró hacia dentro, abochornada, pero sonriendo. luego ella bajó a por una botella de champán y se mojó los labios un par de veces mientras él rellenaba su copa hasta quedarse dormido en el sofá. 

héctor entra en la habitación. 
-hola, niña –susurra con voz melosa y tranquila. lucía lo mira, deja a su hijo en la cuna y niega con la cabeza. 
-te has pasado de la raya, en serio. he pasado una vergüenza increíble. ya está bien, hombre. ya está bien. 
-lo siento. estaba nervioso. 
-siempre lo sientes, siempre estás nervioso y siempre terminas montando una escena. y no lo soporto. no te aguanto cuando te pones como un cavernícola. te lo he dicho mil veces: no quiero que grites. no es tan difícil de entender. 
-no te tomaste la pastilla. estaba preocupado.
-joder con la pastilla. pues me la tomé un poco después y aquí sigo, sana y salva, como puedes ver. 
héctor mira a su hijo y sonríe. 
-qué bonito es, lucía –dice con un hilillo de voz- qué bien lo hemos hecho, ¿verdad? 
lucía pasa su brazo por la cintura de el hombre y él apoya su cabeza en el hombro de ella. los dos se quedan delante de la cuna un buen rato, contemplando al pequeño que se ha dormido. 

el médico no quiere arriesgarse y no le da el alta hasta que el corte comienza a cicatrizar. 
-esto no está al 100% todavía –avisa a lucía –lo cual quiere decir que nada de esfuerzos, nada de paseos largos o llevar un vida muy activa, al menos todavía. tú misma lo notarás, te cansarás con facilidad y es algo completamente normal de lo que no debes preocuparte. la tensión sigue estando alta y el hematoma tardará en desaparecer, pero lo hará, tranquila. sólo que debes vigilar. debes seguir con las pastillas para la tensión. es muy importante que las tomes cada día y también me gustaría que te viera un cardiólogo. asegúrate de que tu dieta es completa y rica en proteínas. esto facilitará tu recuperación, pero repito, ten paciencia. tuviste un parto largo y difícil y necesitarás unas semanas para que vuelva todo a su lugar. en fin, lucía, ha sido un placer conocerte y te deseo mucha suerte en esta aventura de ser madre. 
lucía se estremece ligeramente. le da la impresión que las voces y el comportamiento de su pareja han sido la comidilla estos días en los pasillos del hospital y que todos los trabajadores están al corriente de su genio, incluido su médico que, a consciencia o no, ya ha excluido a su pareja de llevar a cabo la importante tarea de ser padre de forma modélica y le pasa el papelón a la recién estrenada madre. héctor, sin llegar a tales sutilezas ni conclusiones, se acerca a estrecharle la mano al médico y sólo cuando éste les deja solos en la habitación suelta: 
-estos todo lo solucionan con descanso y paciencia. para decir eso yo también puedo decir que soy médico, joder.
ella niega con la cabeza. 
-¿qué pasa? ¿qué he dicho? ¿no te parece que es cierto? –pregunta él, un tanto molesto por la poca comprensión de la mujer. lucía le pide que cargue con las flores y las bolsas antes de que sus preguntas suban de tono. 

cuando abren la puerta del piso a ella le llega un hedor insoportable que viene de la cocina y sospecha que la última vez que héctor bajó la basura fue hace seis días. pero no dice nada. tampoco hace alusión a la tapa del wáter levantada ni al calcetín desparejado y arrinconado entre la mesa y una de las sillas, en el salón. héctor la apremia para que se siente en el sofá donde una manta arrugada cubre parte de la tapicería. imagina que fue aquí donde durmió esa noche que tuvieron bronca en el hospital y ella le mandó que se largara y la dejara en paz de una vez por todas. lucía aparta la manta y se sienta, resoplando por haber subido cinco pisos de un tirón. 
-ay, qué gusto estar de nuevo en casa –dice, aunque se calla que está aterrorizada porque ahora ya no cuenta con tres enfermeras pendientes de ella y del niño a todas horas. héctor deja las bolsas en el suelo, en medio del minúsculo salón, y se sienta a su lado, con el pequeño en sus brazos. 
-bueno, pues ya estamos todos aquí –dice. 
se quedan en silencio y en penumbra. afuera hace sol, pero el minúsculo salón no tiene ventanas exteriores y ninguno de los dos ha encendido la lamparita que les permite verse cuando están mirando algún programa de televisión. lucía tarda pocos minutos en quedarse dormida, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, la boca entreabierta y los primeros botones de la camisa desabrochados. héctor la mira de reojo. sus pechos, enormes, hinchados de leche, ascienden y descienden al ritmo de una respiración casi imperceptible. al comprobar que está totalmente dormida alarga un brazo y coloca su mano encima de uno de ellos, casi sin tocarlo. ella no se mueve. no tarda en sentir la erección que le aprieta la tela de los pantalones. con cuidado para no despertar a nadie se levanta con el niño en brazos y lo deja en la cunita de la habitación, se estira en la cama de matrimonio, se baja los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y ahoga un gemido de placer cuando el semen mancha varias prendas de ropa esparcidas por la cama. justo cuando él también comienza a adormilarse, su hijo reclama la comida en forma de llanto descontrolado. héctor se despereza, se apresura a cogerlo y lo lleva ante lucía que con el lloriqueo también se ha despertado. 
-¿dónde estabas? –pregunta. 
-enseñándole a nuestro hijo su nuevo hogar. 
-ay, héctor, cada día te quiero más. 
-qué tonta eres. anda toma. 
lucía se saca una teta que se desploma con gravedad y se la acerca al niño que con asombrosa facilidad se pega al pezón y comienza a succionar emitiendo unos ruiditos que hacen sonreír a la madre. 
-es tragón como su padre –se ríe el hombre-. es que somos igualitos, ¿lo ves, nena? igualitos. ay, menudo cabrón. 
-no lo llames así.
-es en plan cariñoso, joder, lucía. ya sabes que no… 
-me da igual. no me gusta. no lo hagas más. 
héctor se aparta unos pasos y mira la escena en silencio, temiendo que cualquier justificación por su parte pueda desembocar en otra discusión sin sentido. durante el tiempo que lucía le da el pecho se mantiene ahí, parado, delante de ellos, con los brazos pegados a la espalda y la mirada atenta a la boca de su hijo, en contacto con esas mamas descomunales. cuando el pequeño termina de comer le pide a la madre que se lo dé para que eructe. 
-a mí se me da mejor -sentencia

la recuperación de lucía es más lenta de lo que ella desearía. la mayoría de días desplazarse desde su habitación hasta la cocina, un recorrido de menos de seis metros, le supone un esfuerzo gigantesco. su tensión sigue alta y el hematoma tiene un aspecto repugnante que evita mirar a menudo. a veces también siente unas punzadas agudas en el vientre que le hacen doblegarse de dolor, pero esto ha preferido no hablarlo con nadie y espera que sea algo temporal y sin importancia. ha hecho caso a los médicos y les ha pedido a todos sus amigos y familiares que de momento eviten visitarlos. su madre la tildó de exagerada cuando la llamó inmediatamente después del anunciamiento y le informó de que su hermana no montó tanto drama cuando tuvo a los gemelos. un día la visita sin cita previa y al ver la cara demacrada de su hija, el pelo estropajoso y sucio, el pijama manchado de leche y los ojos llorosos, se disculpa y se hace cargo del niño durante tres horas para que ella pueda descansar. cuando lucía se despierta, más animada, la madre le pregunta si héctor la ayuda y ella asegura que sí, que mucho, pero reconoce que desde que ha vuelto al trabajo las dificultades se han multiplicado. la madre se ofrece para ir todos los días unas horas, pero lucía dice que no, que prefiere hacerse cargo ella sola de su familia y que es sólo cuestión de días, hasta que se acostumbre a las novedades. la madre cuenta mentalmente los veinte días que han transcurrido desde el parto, tiempo suficiente para que se haya habituado a ese nuevo ser diminuto que apenas reclama la atención de nadie. pero en vez de contradecirla, le acaricia el pelo sin lavar, besa a su nieto en la cabeza calva y se despide. 
esa misma noche héctor llega más tarde de la cuenta. lucía esperaba que llegara temprano y pudiese hacer algunos recados que ella no puede hacer, pero cuando héctor abre la puerta distingue los ojos rojizos y la mirada ausente. 
-¿has fumado? –le pregunta a modo de bienvenida. 
-pero qué dices. 
-tienes toda la cara. y apestas. 
-estás loca. 
-y tú tienes un problema con los porros. 
-no empecemos. 
-no estoy empezando nada, pero ya te dije en su momento que no quiero este tipo de padre para mi hijo. 
-¿mi hijo? ¿pero de qué vas? también es hijo mío. 
-lo hablamos y me prometiste que ibas a dejarlo. 
-lucía, ¿qué puta mosca te ha picado ahora? que no he fumado, joder, ya te lo he dicho. sólo estoy cansado y ahora mismo, después de un día de mierda, sólo quiero disfrutar del pequeño un rato, darle el biberón, cenar con tranquilidad e irme a dormir. 
lucía le quita al niño el biberón de la boca y se lo ofrece a héctor. el niño cierra y abre los labios y agita sus manos al aire como buscando algo a tientas. 
-aquí tienes. tú mismo. yo me voy a descansar un rato porque no eres el único que ha tenido un día de mierda, pero claro, tú no puedes darte cuenta de esto porque sólo piensas en ti y a los demás nos pueden dar por el… 
-lucía, por favor –interrumpe él -. déjalo. vete a la cama y vete ya. 
ella pone al niño encima del sofá y se levanta. héctor se sienta al lado del hijo y le acaricia la tripa. el niño estira los brazos y las piernas y comienza a lloriquear. 
-ya va, ya va –dice el padre mientras coge el biberón y se lo pone en la boca, pero el niño aparta la cara y comienza a retorcerse, molesto y gimiendo más enérgicamente.
-pero vamos a ver… ¿qué te pasa a ti ahora? ¿ya no quieres comer o qué? 
héctor intenta de nuevo meterle el biberón y el niño de nuevo retira su pequeña cabeza. 
-me cago en la hostia. mira –le dice al bebé, alzando la voz-, hasta que no te calles, no hay biberón ni carantoñas. ¿me entiendes? ya está bien, hombre, que parezco aquí el imbécil de turno y no, que aquí quien manda soy yo. 
los berridos del niño se convierten en un aullido constante e insoportable, pero el hombre se mantiene firme en su decisión. enciende la tele y sube el volumen, ignorando los reclamos del pequeño. 
-mando yo –repite una vez y otra-, que os quede claro a todos.
lucía sale disparada del cuarto. le gusta mirar a su pareja cuando cuida de su hijo y cuando éste no se da cuenta. le enternece ver a héctor desviviéndose por el pequeño, hablándole en susurros y besándole la planta de sus diminutos pies, pero la escena que acaba de presenciar desde detrás de la puerta entreabierta de la habitación la ha enfurecido. 
-¡qué coño estás haciendo! –le grita al padre que salta del sofá al verla aparecer de repente- ¿no te das cuenta de que es un bebé? ¿de que no entiende? ¿de que no es su intención putearte? ¿eres imbécil o qué cojones te pasa? 
la madre le arranca al niño de los brazos y lo mece demasiado deprisa. el pequeño, lejos de tranquilizarse, sigue llorando y el hombre brama que está harto de todo, que no puede más y que va a marcharse de casa. 
-pues lárgate. vete y déjanos en paz. estamos todos hartos de ti. 
-eso haré, no te preocupes. me voy a largar y así me pierdes de vista. y yo a ti. desde que eres madre estás insoportable, no te aguanto. siempre quejándote, siempre con esta cara de muerta. mira cómo está la casa. parece una puta leonera. ¡no hemos ni salido a dar un paseo desde que llegamos del hospital! 
-¡deja de chillar! los vecinos van a oírte. 
-los vecinos me importan una mierda. una puta mierda. por mi –dice, yendo hacia la ventana de la cocina, abriéndola de par en par y sacando la cabeza por ella- que se enteren todos los vecinos de que son todos unos capullos.
lucía se encierra en la habitación con el niño y llora. el pequeño también. héctor patea una silla que cae al suelo, coge su chaqueta y sale del piso dando un portazo y maldiciendo a gritos. 

lucía se mira al espejo por primera vez desde que parió. sus tobillos han vuelto a la normalidad y lucen finos y ligeramente bronceados. el hematoma apenas se nota y su tripa está casi plana. se ha cortado el pelo por encima de los hombros y está pensando en cambiarse el color y teñirse de rubio dorado. 
-y ahora tú y yo nos vamos al parque –le dice a su hijo que la mira y hace una mueca que ella interpreta como una sonrisa. 
en el portal se cruza con la vecina del tercero que la saluda y pregunta cómo va todo. 
-pues bien, bien –dice ella-, vamos tirando. esto de ser madre es algo único.
-y tanto. todos lo pintan como si fuera coser y cantar, pero nada de eso –responde la vecina que ha malinterpretado sus palabras y ha escuchado las broncas de la pareja. 
-sí, bueno… pues vamos al parque para aprovechar este solecito. 
-claro, claro. que vaya muy bien. 
todavía se cansa cuando anda mucho rato y el sorprendente peso que va ganando su hijo hace limitar sus salidas. a pesar de esto cada día consigue dar una vuelta más a la manzana sin quedarse sin aire. al niño le encanta salir. lo mira todo con curiosidad y sonríe más que cuando está en casa. algunas veces, cuando no puede dormir o está inquieto, la madre lo mete en el portabebés y lo lleva hasta el final de la calle. para cuando regresan, él duerme plácidamente con la cabeza apoyada en su pecho y las manitas entrelazadas. en el parque se encuentra con otras madres, la mayoría con hijos más crecidos que ya gatean, que la escuchan y la aconsejan con trucos que no salen en ninguna revista especializada y sin embargo funcionan. de ellas ha aprendido, por ejemplo, a bañarlo con un gel que sólo venden en un supermercado cercano y que es mano de santo para que el bebé duerma bien por las noches o usar una determinada crema que hidrata milagrosamente los pezones agrietados. ella habla poco. espera que un día aparezca una madre con un niño más pequeño y pueda lucirse con su experiencia y sabiduría, pero de momento permanece callada cuando las demás se quejan de que sus vástagos han pintado las paredes del salón con lápices rojos o de que van a apuntarlos a fútbol el año que viene. 
cuando regresa a casa héctor ya ha llegado y está en la cocina, preparando la comida. 
-qué bien huele –dice ella. 
-crema de calabaza casera –contesta él. 
lucía deja al pequeño en la cuna del dormitorio, baja un poco la persiana para que no le dé tanto el sol y se dirige a la cocina. 
-qué guapa estás hoy. 
-¿ah, sí? 
héctor la atrae hacía él y la besa. cuando ella intenta separarse nota que él la empuja de nuevo hacía su cuerpo con más firmeza. se besan unos segundos más. las manos de él se deslizan hacia su culo y lo acaricia en círculos, con suavidad. lucía se deja hacer, recreándose en las cálidas manos de su pareja y sintiendo un ligero cosquilleo en la tripa hasta que escucha el líquido de la olla verterse por encima de la vitro. abre los ojos y comprueba que la mitad del contenido se ha desperdiciado. esta vez consigue separarse de él y aparta el recipiente del fuego. héctor coge su mano antes de que ella vaya a por una bayeta húmeda y la vuelve a abrazar. 
-¿sabes qué día es hoy? –pregunta con voz melosa. lucía intenta hacer memoria de cumpleaños, santos y demás festejos. 
-¿hoy? –titubea. 
él asiente. sus manos vuelven a estar posadas en su culo.
-hoy. 
-no se me ocurre nada. 
-hoy pasamos la cuarentena, amor –dice sonriente. 
lucía se da cuenta por primera vez que desde que llegaron del hospital no sólo no ha pensado en el sexo, sino que las intenciones de héctor le producen cansancio y hastío. no siente todavía que su cuerpo esté preparado ni, lo que es más importante, su cabeza. 
-¿en serio? –pregunta de nuevo, sabiendo que su pareja habrá estado contando los días, las horas y los minutos hasta llegar al día de hoy y que es muy improbable que esté equivocado. el hombre no contesta, besa sus mejillas y después baja hacia el cuello. lucía siente su aliento cálido y la mata de cabello rizado y oscuro cosquilleándole la punta de la nariz. sin moverse ni un ápice, conteniendo la respiración, espera que héctor se dé cuenta de que ella no está participando de la celebración, pero él no percibe nada extraño y sus manos pasan de su culo a sus pechos y después al botón del pantalón que desabrocha con celeridad. 
-espera, espera, espera. 
-¿qué pasa? -él levanta la cabeza y la mira sorprendido- ¿qué te ocurre? 
-héctor, no sé… no sé si yo… 
él espera a que ella termine la frase, pero la mujer no lo hace, se aparta y se abrocha el pantalón sin mirarlo. él resopla. ella sabe perfectamente lo que va a ocurrir a continuación y se retira unos pasos más. 
-esto es increíble. increíble –estalla. 
-héctor. 
-no, ni héctor ni no héctor. el médico… el médico dijo… ¿sabes cuánto hace que no follo!?!? antes porque estabas embarazada y ahora porque no lo estás y yo ya no puedo más, estoy que me subo por las paredes, lucía. me mato a pajas en el sofá, a las tres de la mañana para no despertaros, porque sé que necesitas recuperarte y descansar, pero todo tiene un límite y joder, yo ya lo he superado. mírate, tú estás bien. el otro día me lo dijiste. me dijiste que te encontrabas estupenda y que te apetecía hacer todo lo que hacías antes. pensé que, de entre todas esas cosas, estaba lo de hacer el amor conmigo, pero ya veo que no. que yo he pasado a un segundo, que digo segundo… a tu jodido décimo plano. no te importo en absoluto. ya no soy nadie para ti. esto es insoportable, inaguantable, ningún hombre lo toleraría y, y, y… y mira, una cosa te voy a decir, lucía, y esto no es una amenaza ni nada de eso, es sólo un, un, un… hecho. algo que tú misma has provocado. mira, lucía, si tú no puedes darme lo que necesito, voy a ir a buscarme a… 
-¿otra? 
a héctor le asombra la expresión impasible de ella. incluso su tono de voz ha sido flemático y confiado. en ocasiones anteriores está seguro de que ella hubiera lanzado algo al suelo y le hubiera gritado hasta perder la voz y a continuación hubiera habido una reconciliación y, por lo tanto, el tan ansiado polvo, pero ahora no sabe qué hacer y se la queda mirando, esperando que reaccione y vaya a por un plato o un jarrón, pero ella no hace nada de esto. 
-me largo –dice finalmente, exasperado, dominado por la rabia y la impotencia. ella pasa por su lado y va la habitación donde su hijo sigue durmiendo, a pesar del escándalo que ha montado su padre. héctor da un puñetazo a la pared y sale de casa, pero esta vez el portazo que tenía intención de dar para demostrar más aún su cabreo queda reprimido por la presencia de la vecina que, en el rellano, estaba a punto de llamar al timbre.
-¿y usted qué coño quiere? –le espeta, sin esperar ninguna respuesta y bajando los escalones de dos en dos. 
la vecina acerca la oreja a la puerta. es incapaz de escuchar nada y, temiendo que le hombre regrese en cualquier momento y esta vez haga algo más que gritarle, decide volver a su casa y evitar meterse en problemas. 
lucía espera unos minutos. quiere asegurarse de que héctor se ha marchado y no va a volver a bramar en el caso de que la vea de nuevo. se recrea observando a su niño y de repente, viéndolo dormido, sano y al margen de las trifulcas de sus padres, se siente agradecida y privilegiada. a paso lento va a la cocina y limpia la crema de calabaza vertida, recoge los cacharros que ha limpiado héctor y los coloca en los cajones. abre la ventana y deja que la casa se aireé. comienza a atardecer y pronto el pequeño reclamará su comida, pero calcula que aún tiene unos diez minutos. tal vez veinte. se sienta encima de la encimera, se concentra en su respiración, apoya la cabeza en uno de los armarios y se abre ligeramente de piernas. la primera imagen que le viene a la cabeza son las manos de héctor en su culo. después se concentra en sus besos en la nuca y el cosquilleo que ha sentido durante unos instantes antes de que todo estallara. sonríe. siente que su cuerpo responde a sus estímulos y con más premura de la que se hubiera servido él, su mano derecha se abre paso entre el pantalón y las braguitas. se maravilla al comprobar lo húmeda que está y lo rápido que va a llegar al orgasmo pero en vez de retrasar el momento, como le hubiera pedido a héctor, y recrearse con movimientos lentos, decide hacer todo lo contrario y mueve los dedos agitadamente, casi con violencia hasta que nota los primeros espasmos y se corre dejando ir un suspiro en alto que está segura que a héctor le habría gustado escuchar. al abrir los ojos se pregunta si también este gemido habrá llegado a los oídos de los vecinos. cierra la ventana deprisa, más divertida que arrepentida, retira algunos mechones de su cara y comienza a preparar el biberón. 

héctor llega dos horas después. gira la llave despacio y con cuidado de no hacer ruido, cuelga su chaqueta en el perchero polvoriento, arrastra los pies hasta el salón y saluda a lucía que está en el sofá, viendo un programa de televisión donde todos lloran. ella le devuelve el saludo sin girarse y le pregunta si ha cenado. él contesta que no. le gustaría decirle que ha estado andando, que ha llegado al paseo marítimo y que ha seguido por ahí, que tal vez se ha pasado un poco antes, que no quería decir eso, que está cansado y tiene sed, pero solo le contesta que no. ella le dice que hay una ración de pescado en el horno, por si le apetece. él dice que gracias e, intuyendo que lucía no quiere verlo ni mucho menos hablar con él y que su enfado es monumental, va a la cocina y calienta el plato de pescado en el microondas. lucía entra un poco después y se sienta enfrente de él. el hombre nota su mirada, pero no se atreve a levantar la vista de su plato reseco. “te he hecho las maletas”, imagina que dirá lucía a continuación, pero lejos de esto, ella permanece callada, mirándolo hasta que él finalmente se decide a devolverle la mirada y, carraspeando primero, le dice que el pescado está muy rico. ella asiente y vuelven a quedarse en silencio. él termina su comida, deja el tenedor aceitoso encima de la mesa y es entonces cuando lucía se levanta. héctor levanta también la cabeza, en dirección a ella, a la expectativa de lo que va a ocurrir. ella se le acerca, aparta su silla y se sienta en su regazo. él sonríe tímidamente, temeroso de moverse o de hablar por si eso fuera a estropear el momento. 
-héctor –dice ella con voz tranquila-, eres muy tonto, héctor. muy tonto. pero que muy muy muy tonto. 
y mientras lo reitera una vez y otra y otra, coloca su mano en la entrepierna de él y presiona suavemente.