porque estoy acostumbrada a estar
equivocada
y a callarme. aunque no lo esté.
pero, lo admito, la noche está yendo bien:
eres simpático, atento. me haces reír
eres simpático, atento. me haces reír
también tú pareces cómodo: te
rascas la barbilla cuando dudas, me miras las tetas creyendo que no me doy cuenta y propones de ir a mi casa.
digo que sí y paseamos hacia el
metro rozándonos (cuidadosa y estudiadamente) los brazos, demasiado pálidos para la época.
me cuentas sobre un viaje a méxico y me preguntas si conozco el país.
no, contesto. pero sé, recuerdo,
que
prefieres la carne al punto, la nieve a la playa, que tienes una hermana mayor y lees a houellebecq.
me indicas para que entre primero y buscas dos asientos apartados donde sentarnos. sonríes.
estamos nerviosos, también
borrachos.
queremos vernos desnudos, queremos gustarnos
queremos que dure
fuego
un exceso que nos calme.
queremos que dure
fuego
un exceso que nos calme.
el viaje se hace largo
entran parejas enamoradas
entran hombres cabizbajos
entra una chica pálida que llora mientras su amiga, descalza, acaricia su pelo lacio
entran señoras maquilladas,
silenciosas, que nadie sabe donde han estado.
salimos nosotros, cogidos de la mano
salimos nosotros, apresurados
salimos nosotros, química, llamas y
palabrería barata.
el zumbido de la madrugada, las voces de los vecinos que llegan hasta la
calle, las basuras abiertas, el hedor de otro agosto maduro, ilimitado.
me cuentas de la vez que montaste
una banda, de la vez que rescataste un gato subido a un árbol, del coche que vas a comprarte, de la ex que te llama cada fin de semana.
y tú qué, me preguntas
ya hemos llegado.
entonces me besas. en el portal. tu
lengua sabe a menta y tequila. no sé qué hacer con las manos. subimos a pie los
tres pisos. nos tanteamos en cada rellano. encuentro las llaves a tientas.
espera, te digo.
abro la puerta y pasas.
espera, te digo.
abro la puerta y pasas.
así que aquí vives tú, murmuras.
examinas la casa:
lees los títulos de los libros en voz alta, desapruebas alguno, escudriñas las
fotos, los muebles, acaricias la hoja del helecho junto a la ventana, te
sientas en el sofá con los brazos extendidos, la camisa desabrochada y pides un
poco de agua.
en el baño me miro al espejo
en la cama esperas desnudo
en el baño me refresco la cara, la
nuca. sonrío. bueno, aquí estamos
en la cama me tumbo a tu lado y noto
tu mano en mis nalgas, la falda subida, la urgencia, los dedos que avanzan, la
prisa, el ritmo que marcas sin escucharme. te corres en tres minutos. tres.
minutos.
tres.
la hostia, murmuras, jadeante, victorioso, echándote a un lado
¿tienes una toalla?
¿en serio? me pregunto en el baño
¿en serio? repito en voz alta.
¿en serio? me pregunto en el baño
¿en serio? repito en voz alta.
y me miro al espejo y me dedico un tiempo
apoyada en la pila,
humedezco mi dedo y pienso en uno y en otro y palpo despacio y arqueo la espalda y silencio un gemido amplio, glorioso. triunfante.
y cojo la puta toalla.
sonríes y me das las gracias
sonrío y respondo de nada
sonrío y espero un gesto, un acuerdo tácito, un final apremiante y, sin embargo, lejos de esto, te quedas dormido, enroscado a mi cuerpo tieso y sudado.
sonrío y espero un gesto, un acuerdo tácito, un final apremiante y, sin embargo, lejos de esto, te quedas dormido, enroscado a mi cuerpo tieso y sudado.
la hostia, susurro
entonces te das la vuelta y te cubres con la sábana blanca y yo pienso en nosotros: dos turistas, dos extraños, dos
almas desajustadas. un inicio tan precario, una noche demasiado larga. tres minutos. tres. un desenlace sin drama. un ronquido. otro. un desatino. de tantos.

