29 diciembre 2012


Si uno no cree en la predestinación, tiene al menos que admitir que las circunstancias de un encuentro, que por comodidad atribuimos al azar, son de hecho el resultado de una incalculable serie de decisiones tomadas en cada encrucijada de nuestra vida y que secretamente nos han orientado hacia él. No se trata de que hayamos buscado, ni siquiera deseado, aunque sea en el fondo de nuestro inconsciente, todos nuestros encuentros, incluso los más importantes. Más bien, cada uno de nosotros actúa como un artista o un escritor que construye su obra mediante una sucesión de elecciones; un gesto o una palabra no determinan indefectiblemente el gesto o la palabra que sigue, sino que, al contrario, obligan a su autor a una nueva elección. Un pintor que haya dado una pincelada de rojo puede optar por extenderla yuxtaponinendo otra de violeta; puede hacerla vibrar con un trazo de verde. A fin de cuentas, por más que se haya puesto a trabajar con una idea del cuadro en la cabeza, la suma de todas las opciones que haya escogido, sin haberlas previsto todas, producirá un resultado distinto. De este modo dirigimos nuestra vida, por medio de un encadenamiento de actos más deliberados de lo que estamos dispuestos a reconocer -porque sería un fardo excesivamente pesado asumir toda la responsabilidad de los mismos-, y que sin embargo nos ponen en el camino de personas que no pensamos que se dirigían hacia nuestro encuentro desde hacía tanto tiempo.

Celos. La otra vida de Catherine M. - C. Millet 

22 diciembre 2012

trapicheos

ocho días sin llamarle. a algunos les parecerá poco, un tiempo insignificante comparado con los que llevan limpios meses o incluso años, cierto, pero a ella le parece una eternidad. la última vez que le vio le aseguró que era la última, que había terminado con toda esa mierda y que empezaba de nuevo. no supo muy bien por qué se molestaba en darle explicaciones, si ni tan siquiera sabía su nombre. su nombre real, el que aparecía en su dni o por el que le llamaba su madre, si es que tenía una. él, sin embargo, la escuchó y esperó a que terminara con su palabrería. luego la observó con cierta sorna, bajó la mirada hacia sus labios y sus hombros. se guardó de bajar un poco más, no era lo apropiado en esos momentos, y se guardó los billetes en el bolsillo de la chaqueta con expresión indiferente, como si todo eso no fuera con él. 
-bueno, - dijo poniéndose la capucha para ocultar su rostro a los vecinos curiosos – pues suerte y que te vaya bien. ya tienes mi número por si cambias de opinión. 
ella asintió. 
-no será necesario. ya te lo he dicho, lo dejo. 
ella cerró la puerta despacio, sin hacer el menor ruido y se tumbó en el sofá, intentando todavía convencerse de que esa había sido la última vez. 
los dos primeros días los pasó tranquila. se aseguró de mantenerse ocupada y lo consiguió con más o menos éxito, pero al despertar el tercer día supo que mantener su promesa iba a ser mucho más difícil de lo que creía. supuso que tantos años de malos hábitos no podían borrarse en unas horas. eso se repetía a si misma para apaciguarse y mantenerse firme, pero se notaba exaltada, mal humorada, no conseguía concentrarse con nada, tenía el pulso acelerado y cogió el móvil un par de veces, tentada, aunque no llegó a marcar su número, que por algún motivo inexplicable, no había borrado todavía. tal vez para ponerse a prueba. tal vez a modo de red salvadora, como un último recurso, como sucede con los intrépidos trapecistas de un circo, sólo que esto no era un entretenimiento, ni su vida un espectáculo. luego vinieron una sucesión de días borrosos. un recuerdo vago. una neblina espesa y asfixiante. cuando se miraba al espejo no se reconocía y al andar por la calle notaba la mirada de los transeúntes clavada en su cuerpo huesudo y frágil. terminó por no salir de casa e ignorar el reflejo de su propio rostro en el espejo. 
el jueves, al volver a casa después de bajar al estanco a por tabaco se cruzó con ahmed. “coca, marihuana, hachís”, susurró él al pasar por su lado. de su boca salió un hilillo fino de vaho que desapareció en el aire helado. ella agachó la cabeza, rehuyendo sus ojos oscuros, y aceleró el paso. abrió la puerta con dificultad y al meterse en el ascensor notó un mareo y náuseas, pero no fue allí cuando se acordó de él. fue un poco más tarde. después de salir de la ducha y fumar tres cigarrillos, uno detrás de otro, a oscuras, en la cama. 
solía venir los jueves. una visita rápida y precisa. no era necesario que él le preguntara qué quería ni que ella regateara el precio. los dos conocían bien las normas y los dos se atenían bien a ellas. pensó que no debía pensar. puso la radio y después la televisión, pero se cansó enseguida y escuchar voces extrañas le provocaba aún más ansiedad. salió al balcón. ahmed, abrigado con su gorro de lana, atendía a unos chavales impacientes en uno de los portales de enfrente. billetes a cambio de bolsitas blancas bien selladas. todo parecía tan fácil, tan cómodo y tan sencillo. al abasto de cualquiera que quisiese un poco de diversión aquella noche de jueves. sólo hacía falta un poco de dinero.
entró en el piso y se tumbó de nuevo en la cama, tiritando de frío. no debía pensar. no pensar. no debía. no podía. y cuanto más se esforzaba en poner la mente en blanco, más vívidas eran las imágenes que le venían a la cabeza y la sensación de bienestar de después. era inútil. no iba a conseguirlo. al menos no ese día. tampoco hago daño a nadie, se dijo con asombrosa facilidad. al menos yo no me pincho, ni tengo que robar para conseguir lo que quiero. tal vez pueda hacerlo una sola vez. una vez más y lo dejo. esta vez sí, en serio.
“hola, te contactaré en cuanto pueda” 
tiró el móvil al suelo, con las manos temblorosas, no tanto por el mensaje impreciso de él, miles de veces en el pasado había escuchado las mismas palabras, sino por su patética debilidad. sólo habían pasado ocho días. quedaba claro quién había ganado. quién conocía bien su papel. quién se llevaba qué. pero tampoco desconectó su móvil. sentada en un rincón de la cama, esperó. como hacía siempre que le había telefoneado. llamó diez minutos después. 
-hola.
-hola. - contestó él.
no la había olvidado y se alegró.
-necesito que… necesito… ¿podrías…? – balbuceó nerviosa. 
-lo tengo complicado. estoy en la otra punta de la ciudad. está siendo una noche... 
él no terminó la frase. no solía hablar de sus negocios con nadie. mucho menos con su clientela. 
-será rápido – aseguró ella. 
-veré lo que puedo hacer. las antiguas clientas tienen preferencia – bromeó.
pero ella no se rió. 
llegó dos horas después. ella corrió a abrir la puerta cuando escuchó el timbre y los pasos de él subiendo los escalones de dos en dos. al llegar al piso estaba sin aliento. pasó sin saludar y cuando se quitó la capucha ella vio una costra reseca en su frente. no preguntó. sabía que no iba a contarle la verdad ni tampoco era de su incumbencia. le ofreció una cerveza y rozó su brazo al pasar por su lado. olía a colonia barata, de esas que venden en cualquier supermercado de barrio por menos de diez euros. antes de que hubiera tenido tiempo de terminar la lata desabrochó su camisa arrugada.
-¿aquí, en la cocina? – preguntó él. 
ella no contestó y se limitó a cerrar los ojos y a subirse la falda. él la cogió por los brazos y la detuvo. tenía las manos frías. con experta diligencia le bajó las medias y de reojo miró el reloj de la pared. las dos y veinte. 
esta es la última vez, pensó ella cuando él recogió el dinero de encima de la mesilla del pasillo. 
 

15 diciembre 2012

ganas

no tengo ganas
pienso al mirarle a los ojos 
brillantes e ilusionados 
agradecidos 
deseosos, 
pero asiento sin convicción 
porque es más fácil 
más cómodo 
más dañino. 
y coge mis manos, 
las envuelve entre las suyas
cálidas, pero frías, 
las acaricia largamente, las acerca a su rostro exiguo 
las besa con suavidad 
y las dirige a su espalda 
esperando, tal vez, un abrazo 
un gesto 
cualquier gesto 
un juego caduco 
que nos solía entretener.
una letra 
cualquier letra: 
la s de somos, 
no, no es esa. 
la t de tenemos, 
tampoco. 
la n de nosotros. 
y callo. 
sí, la n de nosotros
también la n de nada.
y se ríe, inocente y divertido, por su acierto 
buscando en mi mirada 
un anhelo agotado 
inexistente 
falso. 
y cuando sus labios rozan mi piel 
en un vano intento de alargar 
el hastiado pasatiempo, 
sin presagiar, ni adivinar 
ni querer creer 
que ya no
que ya me es indiferente
que ya ni siento, ni soy
ni compadezco, 
cierro los ojos 
y recuerdo el viento fresco
la luz radiante 
el agradable murmuro 
al otro lado de esa pesada puerta 
a la que apremio mis pasos 
con urgencia, ansia, 
alivio
mientras él todavía espera aprender a silbar 
esa nueva canción 
que improviso
con el paso de las noches
lejana, ausente, 
y en absoluto silencio. 

10 diciembre 2012

caso clínico: la vida en la oficina

con los tiempos que corren, no están las cosas como para despotricar demasiado sobre el trabajo. imagino que bastante es tener uno y poder agradecer a los cielos o a quién sea, el seguir recibiendo una paguita cada treinta días. sin embargo, vamos a dejarnos de historias. aún sabiéndonos afortunados, todos en algún momento u otro hemos despotricado con los madrugones, la depresión de un domingo por la noche, las horas extras no remuneradas, el compañero experto en excusas y escaqueos y toda una retahíla de incordios más que vienen incluidos en el pack laboral. 
en fin, que sí, que voy a renegar un poco y que ya que todo está tan mal, pues no vendrá de otro tema más, digo yo. así que sin más dilación, maldita sea: 

la voz del jefe. sólo dos personas en toda la galaxia tienen la capacidad de llamarme y aparecer yo al instante con la cabeza gacha, las manos sudadas, la voz temblorosa y una actitud dócil y mansa, una mezcla de “mierda, ya se ha enterado” y “por dios que sea breve”: mi madre y mi jefe. de mi madre, o de las madres en general, hablaremos en otro momento porque ellas bien valen un caso clínico. pero volviendo a la oficina, esta es la sensación correcta cuando nuestro jefe vocifera nuestro nombre, con su voz rotunda, amenazante, grave y con aplomo. con un vozarrón que debe extenderse por los pasillos, retumbar en las paredes del despacho, colarse por entre las rendijas y explosionar en nuestros oídos. y tres horas después, cuando todo el asunto parece haberse apaciguado, debe seguir tronando en nuestra pobre cabecita de servil asalariado. así debe ser la voz de un jefe. y quien dice voz, dice actitud. porque no nos engañemos, un jefe-colega, que se ríe de nuestras bromas, nos pide opinión sobre temas decisivos y se preocupa por si llegamos a fin de mes no sólo no existe, sino que si existiera acabaría siendo engullido por otro menos amable. lo que se conoce como ley evolutiva del más fuerte, el rey de la jungla, el ciclo de la naturaleza, aquí mando yo y punto que, como no, tanto puede aplicarse a la selva como a la oficina, aunque en muchos casos apenas existan diferencias entre lo uno y lo otro. 

las reuniones. las reuniones laborales están muy bien porque en ellas se llegan a grandes acuerdos y conclusiones que cambiarán el rumbo de la empresa, y del mundo si me apuran, y porque uno puede pensar en qué cenar cuando llegue a casa o organizar planes para el fin de semana sin que los demás se percaten de su total y absoluta falta de interés. para que una reunión resulte efectiva es importante convocar a mucha gente, que todos lleven traje, intercambiar muchas tarjetas y amigables golpecitos en la espalda, proyectar centenares de powerpoint con letras grandes y gráficos y estadísticas basadas en suposiciones, conectar (a la primera) con algún cliente internacional via skype y sobre todo, no desconectar los móviles para poder salir al pasillo de vez en cuando a pretender ser una persona ocupada y muy muy muy imprescindible. también es importante que al final de dichas reuniones, los altos cargos, los que han batallado hasta el final mientras usted intentaba recordar el nombre de esa vecina del pueblo de la que se enamoró perdidamente hace veinte años, se vayan a comer y continúen hablando de lo bien que se les da arreglar el mundo. a su regreso, es posible que sus caros trajes apesten a puro, alcohol y a chalet en los suburbios con servicios las 24 horas. si es así, las negociaciones han sido un éxito, el trato está cerrado y su jefe permanecerá feliz durante un par de horas. y si el jefe está feliz, todos estamos felices y la tierra es un lugar maravilloso.

los emails internos. el día a día en una oficina puede ser muy duro y solitario. horas delante de una pantalla, mirando cifras, emails, gráficos, diseños, porno… en fin, un interminable, espinoso y árido desierto sin oasis. ante este desolador panorama, nada como un poco de distracción con el siempre bienvenido intercambio de emails personales, intransferibles y subidos de tono con el muchacho de la segunda planta o la rubia de exportación para rebajar la presión del ambiente y evadirse un poco de la realidad. es de vital importancia cerciorarse de que no haya cruces de informaciones y de que antes de darle a enviar aparezca el nombre correcto. no queremos que x se entere de que también flirteamos un poco con y, ¿eh? así que para que no haya disgustos ni lamentaciones, mi consejo es que lo dejen todo de lado. sí, todo. los informes, los gráficos, las estadísticas basadas en suposiciones, las videoconferencias a hong kong, los pedidos pendientes, los gritos del jefe y se centren en lo esencial: ¿el muchacho o la rubia? 
si desafortunadamente usted no tiene la suerte de tener a alguien en el edificio que le despierte algún especial interés, no se preocupe. hay formas igual de válidas a la hora de reducir tensiones. ¿para qué creen pues que se inventó internet? con sus redes sociales, su prensa digital, sus vuelos baratos a lugares tropicales a media mañana, sus páginas porno de por la tarde y el estado de las carreteras antes de abandonar la oficina. recuerde de estudiar bien la posición de su mesa y de su ordenador respecto al resto de compañeros y/o clientes y acuérdese de reprimir carcajadas, mejillas sonrojadas y/o erecciones que no vengan a cuento con el entorno no virtual si no quiere levantar sospechas ni broncas innecesarias. 

la climatización. ¿qué sería de una oficina con un sistema de climatización operando correctamente? ¿para qué ser moderado y coherente con las temperaturas exteriores pudiendo estar a cuarenta grados en invierno, evitando a toda costa una deshidratación mortal y a menos diez en verano, pendientes de la congelación y posterior amputación de las extremidades? ¿para qué, si podemos pasarnos el día poniéndonos y quitándonos capas de ropa y mostrar así a los demás nuestro bonito fondo de armario? sería del todo absurdo, evidentemente, y por este motivo el tema de la temperatura permanecerá como uno de los grandes misterios de la humanidad sin resolver. no se molesten en esperar que algún día alguien descubra un remedio, un alivio, una solución. no. moriremos con el desasosiego de saber que el ser humano consiguió volar, llegar a la luna, encontrar una cura contra el cáncer, hacer música y literatura, inventar el pijama, la depilación láser y el vodka con limón, pero que sin embargo, jamás logró ajustar la temperatura en la oficina. 

el comedor. toda empresa que se precie y ame a sus trabajadores dispone de una estancia de reducidas dimensiones, luz artificial, sin calefacción, ni aire acondicionado y con un microondas por cada cien empleados, para que éstos puedan comer allí si no les queda más remedio, también conocido como comedor. el comedor no deja de ser un micro mundo dentro de la empresa, regido por normas no escritas, pero reconocidas por todos los que suelen hacer uso de sus precarias instalaciones: las sillas y las mesas están asignadas según la antigüedad de sus usuarios, de manera que sentarse en un sitio que no corresponde puede crear el caos y la confusión más absoluta. algo a evitar, claro. es importante, de hecho es casi lo más importante de saber el primer día, qué lugar está ya ocupado y cuál queda libre si uno quiere empezar con buen pie con los demás compañeros. si las altas esferas son generosas, es probable que la sala tenga un televisor, lo cual es una ventaja a la hora de esquivar conversaciones tediosas y repetitivas. al fin y al cabo si ya con nuestra media naranja, escogida libre y felizmente, nos cuesta mantener una conversación interesante después de seis meses, imagínense ustedes con un compañero de trabajo con el que no tienen nada en común y conoce desde hace más de diez años. si por el contario no hubiera tele y se niegan a reunir un fondo común para dicho aparato, lo más recomendable es no levantar la vista del plato, evitar el cruce de miradas, terminar pronto y subir cuanto antes al despacho para comprobar si nos ha contestado ya el muchacho de la segunda o la rubia de exportación. 

los becarios. no me digan que no les dan penica los becarios. ahí, con su cara sonriente por las mañanas, su ilusión y sus ganas de aprender a hacer funcionar la fotocopiadora y a preparar los mejores cafés de la oficina, su afán para impresionar a todos con sus conocimientos y por aportar nuevas ideas a la empresa, con su frescura y su inocencia. ay. yo, es ver un becario y querer abrazarle suavecito y desearle lo mejor en la vida porque tanta candidez es lo mínimo que se merece. la vida del becario sí que es dura y desagradecida. y ya no hablo sólo del sueldo mísero que reciben, que sí, que también, sino por las tareas anodinas que deben realizar a pesar de sus tres masters y cinco idiomas nivel avanzado, la invisibilidad de su pobre ser y la temporalidad frugal de su vida laboral en la empresa. así que por favor, cuando se topen con un becario en los pasillos de su empresa, salúdenle, apréndanse su nombre, halaguen ese brillante plan que ideó para reducir los gastos en rollo de papel higiénico y que fue totalmente ignorado e invítenle a un café algún día que no noten ese brillo especial en sus ojos, conocedor, tal vez, finalmente, de que la vida no era tal y como la habían imaginado, que las oportunidades son todas unas putas y que los reyes magos son… bueno… ya nos entendemos. 

evolución anímica. de hecho la evolución anímica de una empresa no difiere mucho de la evolución anímica de una clase de primero de eso, siendo lunes el equivalente a “morir aplastado por una apisonadora no podría ser peor que ésto” y viernes a “jiji, jaja, juju, por fin viernes”, pasando entre medio por toda una serie de estados tales como la-vida-es-una-mierda, el-día-menos-pensado-me-monto-un-chiringuito-en-la-playa-y-a-tomar-por-culo-todo, faltan-tres-meses-para-el-próximo-puente, voy-a-por-lotería-que-tengo-una-corazonada, ojalá-una-epidemia-mortal-que-nos-aniquile-a-todos, y así hasta que pasa otra semana y vuelta a empezar. mi recomendación aquí es olvidarse del día y agradecer estar vivos, tener trabajo y un sueldo a final de mes. así como agradecer también la mierda de vida, la mierda de trabajo y la mierda de sueldo a final de mes. 

y ya. a trabajar (los que puedan) y feliz semana (a todos).
 

01 diciembre 2012

todo va bien

las dos mujeres esperan en silencio a que el camarero les traiga el segundo plato. nina ha pedido lasaña vegetal y emma un bistec poco hecho. nina mira el reloj que le regaló su madre con impaciencia. 
-si no se dan un poco de prisa voy a tener que marcharme. 
-están tardando bastante, sí. no lo entiendo, si está casi vacío. ¿qué hora es?
-faltan veinte minutos para las tres. 
-bueno, todavía hay tiempo. 
emma sonríe tímidamente a su hija. más que para tranquilizarla, para agradecerle el detalle que tiene cada semana de invitarla a comer. sabe que últimamente no tiene tiempo para nada y aun así cada martes por la noche le recuerda que la esperará a la salida del trabajo y escogen un restaurante que quede cerca de la oficina. es el único momento de la semana en el que se ven y nina le cuenta los detalles de una vida que, en general, prefiere mantener a resguardo de los comentarios y observaciones de su madre. emma es aún peor que su hija, así que la mayoría de veces sus conversaciones giran alrededor de temas triviales y vagos que a la dos les importan más bien poco. mientras su madre curiosea los comensales de las otras mesas, nina se fija en sus nuevas arrugas y su piel flácida. hoy se ha asegurado de aplicarse más maquillaje en los párpados y la hinchazón queda disimulado debajo los tonos grises y azulados. emma le contó que se había dado un golpe abriendo uno de los armarios de la cocina. nina contestó que debía ir con más cuidado por la casa, que ya no era una niña para ir dándose ese tipo de golpes y emma la serenó asegurando que había sido un golpecillo sin importancia y que no entendía el porqué de semejante moratón. en cualquier caso, dijo, a modo de justificación definitiva, ese día adam estaba en casa, así que no había nada que temer. fue entonces cuando nina aprovechó para preguntar por adam. 

el camarero llega a su mesa dos minutos después. 
-disculpen la tardanza – les dice – hemos tenido un incidente en la cocina que nos ha retrasado todas las ordenes. 
las dos mujeres le sonríen. probablemente si fuera menos guapo y más mayor hubieran aprovechado para quejarse, pero viendo la gracia con la que dispone los platos en la mesa, asienten condescendientes y le dejan ir. las dos miran la comida humeante. 
-tiene un pinta deliciosa – dictamina emma mientras pincha la carne con el tenedor y un jugo rojizo se escurre por entre el tenedor. 
comen en silencio. nina mastica deprisa y la madre hace un ruidito que exaspera a su hija. 
-¿está bueno? – pregunta nina. 
-sí, mucho. ¿quieres probar? 
-no gracias. la mujer se lleva un trozo de carne a la boca e inmediatamente mueve las manos teatralmente intentando, en vano, enfriarlo. 
-caray, cómo quema. ya podía haber avisado – le reprocha al camarero cuando se ha tragado la porción. 
-pues deja que enfríe. 
-no nos va a dar tiempo a tomar los postres. faltan diez minutos… - dice la madre, todavía acalorada y arremangándose un poco las mangas de su camisa blanca. 
es entonces cuando nina ve la marca rojiza en una de sus muñecas. 
-¿qué es eso? 
emma, concentrada de nuevo en su filete crudo, tarda unos segundos en darse cuenta de que su hija mira su brazo y un poco aturdida vuelve a ponerse la manga bien. 
-oh, nada. una torpeza mía. 
-¿una torpeza? déjame ver. 
-no, nina. come rápido. es tarde. 
-¿qué pasó? ¿te quemaste? 
-sí, eso es. estaba friendo y… ya sabes cómo es tu madre, una despistada. sonó el teléfono y salí corriendo y luego... 
-¿fuiste al médico? 
-¡pero qué dices! ¿por una quemadura sin importancia? lo que pasa es que está costando de cicatrizar, como el dichoso párpado. 
-pues tal vez por eso deberías ir a un médico. 
-no empieces, anda, y come que son casi las tres. 
lo mismo hizo cuando le preguntó por adam. “está bien, ya sabes. como siempre. viene, nos vemos un rato, unos días si no está muy atareado y luego se va”. después sonrió, o fue más bien una de esas muecas torcidas y huecas, sin sentido ni significado. la misma que hacía cada vez que aseguraba que las cosas iban bien. nina no quiso indagar mucho más. desde la muerte de su padre, hacía ya quince años, emma había tenido algunas parejas. de hecho fue nina quien, después de respetar un tiempo prudencial de duelo, la instó a salir de casa y la animó para que se apuntara a cursos y conociera a gente nueva. tal vez su hija no quiso concretar si por gente se refería a mujeres solamente o si incluía a algún hombre también. de hecho, tampoco imaginaba que su madre fuera capaz de estar con otro que no fuera su padre y tal vez por ese motivo se extrañó tanto cuando unos meses después, durante una de sus almuerzos semanales, emma le comunicó, un tanto tímida y sonrojada, que había conocido a alguien. no hizo falta preguntar mucho más. con rapidez, nina asoció la turbación de su madre a algo más que una simple amistad y, tal y como marcaban los comportamientos de corrección entre las dos mujeres, disimuló su rechazo inicial y aceptó conocerlo tan pronto como encontraran una fecha acorde para los tres. cuando unos días después vio a su madre aparecer por la puerta del restaurante, bien arreglada, peinada y maquillada como hacía tiempo que no la veía, cogida de la mano de su acompañante, un hombre bajito, regordete, calvo y sin ningún atractivo, notó una punzada débil en el corazón. le vino en mente su padre: un hombre espigado y atractivo, que hacía girar cabezas cuando paseaba por la calle con su hija. “me miran con envidia porque se creen que soy tu novio”, bromeaba él, agarrándola más fuerte del brazo, “si fuera solo, nadie se fijaría en este pobre viejo”. pero nina bien sabía que no era verdad. 
con el tiempo terminó acostumbrándose. tanto a los gestos cariñosos de su madre con sus acompañantes, como a las diferentes parejas que iban pasando por su vida sin pena ni gloria. después del tipo regordete, que ya ni recordaba cómo se llamaba, hubo un matt que alardeaba constantemente de su boyante cuenta corriente y al que emma dejó porque tenía que costearle todos los gastos. un simon que se citaba con ella sólo los domingos por la tarde y del que más tarde se descubrió que nunca se había divorciado de su mujer y que seguía viviendo con ella y un raymond que desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro alguno. después vino adam. 

las dos mujeres se despiden a las tres y cinco en la puerta del restaurante. emma se queda unos segundos viendo cómo su hija apresura el paso hasta que tuerce por una boca calle y la pierde de vista. diría que ha adelgazado un poco, pero estaba guapa y hacía buena cara, así que quizá sea sólo una impresión suya. decide que es temprano todavía y que irá a dar una vuelta antes de irse a casa. pasea sin rumbo durante unos minutos. le gusta observar a la gente que, como ella, caminan a su lado, la mayoría con más prisa y determinación, e imaginarse sus vidas. es un pasatiempo que hace a menudo y que la evade de los pensamientos tristes que últimamente la asaltan. aunque hoy está bien. se siente a gusto y contenta y quizá por eso entra a unos grandes almacenes y durante una hora rebusca por los pasillos alguna prenda para regalarse, por capricho, sin motivo, ni fecha que celebrar. al salir del probador, la dependienta que la ha atendido, una joven esquelética y ojerosa, la observa de una forma extraña. nina enseguida baja la mirada y se tapa el párpado con un mechón de pelo. también revisa su muñeca, pero esta vez está bien cubierta por la manga de su camisa y aunque respira aliviada, sigue intranquila con esos dos ojos clavados en ella. al final, poco convencida pero con ganas de perder de vista a la muchacha, paga y se escabulle rápido, con la cabeza gacha, sin recoger el ticket de pago. 

nina llega a la oficina acalorada y molesta. no soporta las prisas, ni llegar tarde, aunque sospecha que no es eso lo que la ha puesto de mal humor. hay algo más; su madre, claro. no aguanta ese hermetismo suyo, ni esa incapacidad para confiarle sus problemas, preocupaciones o miedos. pero siempre ha sido así, recuerda. incluso cuando vivía su padre, aunque en esa época también recuerda que emma se reía mucho más y que sus carcajadas sonaban auténticas, generosas y despreocupadas. ahora, se dice, sólo se molesta en dibujar ese absurdo guiño, ambiguo y vano, imposible de adivinar si es de pena, de alegría o de resignación. eso es lo que realmente le molesta de su madre. el resto de la tarde, mientras hace fotocopias y contesta el teléfono de manera mecánica y aletargada, marca el número de la madre un par de veces, pero justo antes de que suene cuelga y vuelve a guardar su móvil en el bolso. qué decirle. acaban de pasar una hora juntas y apenas han hablado. seguramente emma acabaría sospechando que le ocurre algo a su hija, una enfermedad, un despido, una decepción o cualquier otro problema imaginario que, como buena madre, le entretiene en horas muertas. no, no tiene ningún sentido llamarla para preguntar, otra vez, cómo se encuentra y si todo está correcto. y sin embargo, cuando sale de trabajar a las seis en punto, en vez de coger el 27 en dirección a su casa, coge el 50 en dirección a la de sus padres, porque aunque su padre murió hace tiempo, para nina sigue siendo la casa de sus padres. durante el viaje siente cierto nerviosismo. no está acostumbrada a hacer este tipo de cosas y mucho menos por su madre. con su padre habría sido diferente. desde siempre había existido entre ellos dos más afinidad y más confianza a la hora de intercambiar opiniones. su madre siempre protestaba cuando los veía salir al jardín y cuchichear durante horas. aunque era más una protesta fingida, superficial, porque hacía frío y alguno de los dos acabaría con una gripe o porque hacía calor y les daría una insolación. ellos se burlaban de los constantes temores de la mujer y continuaban con sus confidencias mientras emma se sentaba en el sofá y cabeceaba, con las manos cruzadas en el regazo y la respiración tranquila. 

al bajar del autobús observa que el coche de adam está aparcado justo delante de la casa. lo recuerda porque la última vez que cenaron los tres, hace ya meses, él se ofreció a llevarla a casa y nina reparó en el color chillón del vehículo y el polvo acumulado en la carrocería. con la fría luz de las farolas, ahora es menos llamativo aunque sigue igual de sucio. se detiende al lado del coche, confundida y recelosa. no esperaba que estuviera con adam, aunque tampoco sabe porque se extraña. su madre no tiene por qué contarle cuándo, ni con quién se ve. tiene su vida y quizá al fin y al cabo todo haya sido un mal entendido por su parte y lo que ella ha interpretado como una expresión entristecida y abúlica son sólo imaginaciones suyas. quizá estén haciendo algo importante, o se estén preparando para salir a cenar, o esperen alguna visita. no, no ha sido una buena idea, pero sin embargo sigue andando hasta llegar a la puerta y con las manos sudadas y frías aprieta el timbre que suena estridente e interrumpe la calma del atardecer en el vecindario. su madre abre la puerta segundos después. se ha cambiado de ropa, aunque sigue llevando el maquillaje. 
-nina, ¿ha pasado algo? ¿estás bien? – pregunta sorprendida al verla. 
-sí, sí. no te preocupes. 
-pasa, hija, no te quedes en la puerta. adam también está en casa, le encantará verte. 
las dos avanzan por el pasadizo hasta llegar al salón. adam está en el sillón del lado de la ventana, donde solía sentarse su padre, con una copa en la mano y las mejillas enrojecidas. 
-vaya, vaya. qué sorpresa – vocifera al ver a nina. 
-hola adam, ¿cómo estás? 
-vamos tirando, vamos tirando – repite mientras se levanta con cierta dificultad y derrama unas gotas de whisky encima de la alfombra. 
los dos se dan dos besos al aire.
-¿te apetece tomar algo? – pregunta emma, ignorando esas gotas que en otros tiempos hubieran sido motivo de reproche a su difunto padre. 
-no, gracias, estoy bien. 
los tres se sientan y sonríen sin convicción. 
-bueno, cuéntanos – dice adam dando otro trago largo - ¿qué tal te va todo? ¿sigues soltera? 
-¡adam! - le reprende emma.
-¿qué pasa? ya tiene edad, ¿no?
nina, cohibida, mira a su madre y después a él. 
-¿de verdad no quieres tomar nada? – inquiere de nuevo su emma – te traeré un poco de zumo o un café, ¿mejor un café? sí, un café será lo mejor – titubea. 
emma se levanta rápido sin que nina pueda contestar que no es necesario, que en realidad ella ya se iba y que no quería interrumpir. adam la mira, sonríe dejando ver sus dientes amarillentos y se sirve un poco más de whisky. 
-¿un café? bah, tómate un whisky conmigo, ¿quieres? 
nina observa su pulso tembloroso, sus ojillos pequeños y chispeantes y sus mofletes rojizos. también puede oler su aliento a pesar de la distancia entre ellos.
-no, adam, de verdad. ahora no, pero gracias. 
-ah, estas mujeres de hoy en día. ni coméis, ni bebéis, ni novios, ni nada de nada – afirma, apurando la copa. 
-será mejor que vaya a ayudar a mamá. 
-claro, claro, siempre con mamá – se burla él, imitando la voz de un crío pequeño e indefenso. 

al entrar en la cocina y antes de que pueda decirle nada a su madre, ésta le pone la mano encima de sus labios. 
-espera, no digas nada. es que tú no lo entiendes, hija. no lo entiendes - se apresura a decir.
nina, aparta la mano helada de su madre y la sujeta entre las suyas. 
-¿qué es lo que no entiendo? ¿qué está pasando aquí? 
-baja la voz, por favor – suplica emma. 
-mamá, ¿qué está pasando aquí? 
-nada. a adam le gusta bromear, ya sabes, pero él es un buen hombre – afirma de nuevo con esa mueca inexpresiva en el rostro y a punto de romper a llorar. 
esta vez nina ya no duda. 
-¿cuánto tiempo hace que bebe? nunca me habías dicho nada.
-bueno, no tiene importancia, ¿no? todo el mundo bebe de vez en cuando.
-mamá... ¿qué te pasó en la muñeca? 
-hija, por favor, vamos a dejarlo. 
-¿y en el párpado hace unas semanas? 
-nina, por favor… 
-¿fue él? 
-no, claro que no. fue culpa mía. él no hizo nada. jamás me pondría la mano encima. es un buen hombre, ya te lo he dicho. 
luego emma comienza a sollozar como una niña. nina la abraza y mientras la calma, insiste otra vez. 
-¿cómo ocurrió, mamá? necesito saberlo. si es un buen hombre, como dices, necesito saberlo. 
-lo es, de verdad que lo es. 
-¿qué pasó?
-nada… yo… yo… no quería que se marchara. – confiesa emma finalmente, todavía entre los brazos de su hija – fue culpa mía. le dije que no se marchara, que se quedara un rato más. unas horas, unos días. que le echaba de menos y que no podía estar sin él. él dijo que era tarde y que tenía que irse, pero yo no quería estar sola. no quería estar más tiempo sola, ¿lo entiendes? no quiero estar sola. no quiero. 
-mamá… 
-intenté retenerlo en el pasillo y luego en la puerta. fue culpa mía. él es un buen hombre. 
nina acaricia el pelo de su madre con suavidad. 
-¿y qué pasó después? – susurra. 
-le agarré por la espalda para detenerlo, él intentó deshacerse de mí. me cogió por la muñeca con fuerza y me empujó. choqué con el mueble y me caí al suelo. 
-¿y después? 
-después nada. me ayudó a levantarme y me llevó hasta la cocina. me sirvió un poco de whisky y lo bebimos en silencio. esa noche se quedó. 
durante unos segundos las dos mujeres también se quedan en silencio. emma mira al suelo y nina la sombra de ojos, casi diluida por las lágrimas, que esconden los restos del moratón de su madre. 
-eh, vosotras dos, ¿habéis trasladado la fiesta a la cocina? – pregunta adam desde el salón. 
-¡no, claro que no! ¿cómo íbamos a hacerte eso? – contesta rápidamente emma.
-¿pues qué hacéis que tardáis tanto? 
-fue culpa mía, ¿lo entiendes? – dice la madre, retocándose el pelo y recuperando ese deformado guiño – lo hice yo. fui yo. pero no te preocupes, hija, ahora todo va bien. ¿lo ves? todo va bien. 

28 noviembre 2012

esa capa de blanco y tedio, de niebla y dudas, de hielo y pena que nos abraza por las mañanas. a esa capa, algunos valientes, también la llaman vida. 

(fotos de m. strippoli)


22 noviembre 2012












algunas veces me miro al espejo 
y no te reconozco. 
me sonríes, bostezas, haces muecas, 
me sacas la lengua 
como si nos conociéramos de toda la vida 
y supieras todo de mí. 
alegre unos días 
harta, enferma, esquiva 
otros. 
en silencio 
te devuelto tu imagen
pulcra y nítida
previsible
sin sorpresas, ni sospechas. 
te sonrío, bostezo, hago muecas
y al girarte y apagar la luz 
regreso a mi forma 
invisible 
sin haberte preguntado el motivo
de esos ojos apagados de ayer 
ni esa sonrisa boba de hoy 
ni ese brillo en la tez 
ni el carmín nuevo en los labios. 

obedezco, imito 
y me callo 
el deseo de saber 
por el resto de tus horas.
con quién hablas
a quién evitas
a cuántos decepcionaste
y a cuántos hiciste reír.
si nos habías imaginado así 
si seguimos observando 
canturreando
sorprendiéndonos
si tenemos menos miedos 
si está valiendo la pena 
si los fracasos aún duelen
si el recuerdo de algunas risas 
todavía permanece.
si debo temerte cuando niegas con la cabeza
la mirada opaca
las ganas muertas
la fe rota.
y si debo alegrarme cuando me examinas 
plena, contenida, serena 
y afirmas,
convencida y heroica:
sí, 
en esto nos hemos convertido.
 

18 noviembre 2012


Un día que me encontraba en el campo con un amigo, hablábamos del vértigo; mi amigo no lo conocía.
Le hice varias demostraciones del vértigo sin obtener el más mínimo resultado. Mi amigo no podía apreciar la angustia que se puede sentir viendo a un hombre trabajar en un tejado. A todas las observaciones que le prestentaba, mi amigo se encogía de hombros, lo que no es muy cortés ni muy amable.
De pronto vi un mirlo que acababa de posarse en el extremo de una rama, una rama alta, una rama vieja. La posición del animal era de lo más peligrosa... El viento hacía oscilar la vieja rama, que el pobre bicho apretaba con sus crispadas manitas.
Entonces, volviéndome hacia mi compañero, le dije: 
-Mire, ese mirlo me pone la carne de gallina y me da vértigo. Deprisa, traigamos un colchón bajo el árbol, pues si el pájaro pierde el equilibrio, seguro que se rompe la crisma.
¿Saben lo que me respondió mi amigo?
Fríamente,... simplemente: -Es usted un pesimista.
Convencer a la gente no es fácil.

Memorias de un amnésico y otros escritos, E. Satie

10 noviembre 2012

hoy hace justo un año. sí, creo que fue justo hoy cuando me desperté a media noche y le oí llegar a casa. escuché cómo cerraba la puerta con cuidado, cómo dejaba las llaves encima de la mesa y tropezaba con el mueble del comedor y maldecía en susurros la esquina angulosa y cómo sus pasos cortos y silenciosos llegaron hasta la habitación. apartó las sábanas, se metió en la cama y noté sus manos frías en mi cintura, un beso suave en la nuca y un bisbiseo cansado de buenas noches. a quién quiero engañar. no. no fue así, no sé por qué miento. fue todo al revés. no estaba dormida. hacía días que no dormía. cómo conseguirlo esa noche también. hacía horas que yacía con los ojos abiertos, mirando las grietas del techo, contando los segundos, enumerando los motivos, acallando los latidos coléricos de mi propio corazón y ahogando las ganas de llorar sobre su almohada vacía. hace un año ya. no hubo un buenas noches, ni unas manos frías, ni un roce, ni un beso, ni un triste murmullo. pero sí hubo un tropiezo, sí hubo una puerta que se cerró de golpe y un silencio agónico que resonó en mi cabeza durante toda esa noche eterna. hoy hace un año que me mordí los labios hasta hacerlos sangrar, rememoré peleas, abrazos, silencios y risas. hace un año que aullé su nombre y lo maldije millones de veces como si eso fuera a servir de algo. tiré sus camisas, pisoteé sus discos, despedacé sus libros, quemé sus escritos, borré su número y descolgué esa estúpida foto de la pared. no hubo alivio, ni paz, ni consuelo. no hubo ni tan siquiera un premio de consolación. sólo desorden, cenizas y pedazos desperdigados que reconstruí el día después.
no, espera. tal vez tampoco ocurriera textualmente así. quizá después del beso en la nuca, me rodeó con sus brazos fuertes, repasó los lunares de mi espalda con su lengua húmeda, mordisqueó mis nalgas y pronunció mi nombre al deslizar su mano fría entre mis muslos. sí, fue así. ahora lo recuerdo bien. estoy segura. olí su ropa. olía distinto. no era su perfume. tampoco el mío. esperé. horas. días. semanas. estás loca, dijo finalmente, estás completamente loca. buenas noches, respondí con voz adormilada cuando consiguió despertarme con las yemas de sus dedos sobre mi piel. él no contestó y se concentró en el lento y serpenteante camino hasta mi sexo. separé las piernas. cerré los ojos. respiré hondo. noté un cosquilleo familiar. apreté los puños. gemí. sólo un poco. comencé a buscar más pistas. supongo que me obsesioné. notas, números, citas, descuidos. todo me valía y todo me daba la misma respuesta. obvia, certera y enfermiza. creo que esa fue la primera vez que le noté muy cerca. más cerca. más próximo. más adentro. tal vez hubo más caricias que arañazos, más tiempo que arrebato, más amor que... puede, sí. ya no te quiere. hay alguien más. más afortunada, más interesante, más deseable. cómo no haberme dado cuenta antes. esto no tiene ningún sentido, repitió mil veces. hubieran podido ser diez mil. no me convenció, claro. reposamos agotados, satisfechos, entrelazados, sabiendo que algo habíamos hecho diferente. sin buscarlo ni ser conscientes. estas cosas pasan. algunas veces solamente, pero pasan. nos dormimos con el ruido del tráfico y las sirenas de las ambulancias, ajenos al resto del mundo, a la luz pálida del amanecer, al calor sofocante del mes de agosto, a los recelos, a las sospechas. a todo lo que no fuera nosotros dos. me voy a ir, vivir así es insoportable y no lo aguanto más. podría traer mis cosas, quedarme unos días, sólo por probar. sí, eso dijo. y yo temblé y asentí. dio un portazo brusco. los vecinos se quejaron del estruendo de la noche anterior. abrí la puerta. los vecinos preguntaron por el nuevo inquilino a la mañana siguiente. rompí sus cosas con rencor y rabia. hice un hueco en los cajones, ilusionada y dichosa. tiró sus llaves encima de la mesa y resbalaron al suelo provocando un sonido metálico y hueco. observé los dientes oxidados y pensé que ya no habría que hacer otra copia. compramos macetas con flores de colores brillantes para las ventanas. dijo que lo había jodido todo. a veces sonreíamos sin motivo. no hubo más de él. ni de nosotros. las flores continúan en la ventana, alegrando la vista de quien las quiera ver. 

de todo esto hace un año. sí, ahora me acuerdo bien. así fue exactamente cómo sucedió todo. un año, ya. un año entero. un año sin mucho. no, tampoco. un año de nada. 

01 noviembre 2012

de camino a casa

a media mañana entro en el servicio. me aseguro de que no hay nadie dentro y al cerrar la puerta, me desabrocho rápido el pantalón y me bajo los calzoncillos hasta las rodillas. cualquiera que me viera creería que soy un cerdo o que estoy enfermo. me da igual. pienso en bárbara. no creo que sea el único que lo haga. me concentro en la falda que lleva hoy, en el nuevo perfume que se ha puesto y en el rastro dulzón que deja por el pasillo cuando pasa. me recreo en cómo se le marcan los pezones a través de la tela ligera y en la coleta alta que deja al descubierto su nuca delgada y fina. tardo apenas unos segundos en correrme y salpico la taza del váter con mi semen pegajoso y blanquecino. no me siento mejor cuando salgo. tal vez un poco más aliviado, pero sé que es algo temporal y que cuando vuelva a verla, en media hora o esta tarde tarde, después de la reunión de ventas, paseando su culo redondo y firme, deteniéndose en mi mesa para que le explique algún detalle sin importancia del último informe, y se apoye ligeramente en la mesa y adivine su pecho abundante a escasos centímetros de mi boca, tendré que volver al baño a cascármela como un adolescente en celo. 

entró hace un par de meses. hacía menos de media hora que había puesto los pies en el edificio y todos sabíamos ya su nombre y sus medidas. era alta, de curvas perfectas, pelo ondulado, largo, de color ceniza y unas piernas interminables y bronceadas que lucía enfilada encima de unos tacones altos. aunque lo que atrajo mi atención nada más verla fueron sus labios rojizos y carnosos que ella mordisqueaba sin darse cuenta mientras robles-sanz le contaba las excelencias de la compañía y le enseñaba las instalaciones. ella asentía a todo e intentaba memorizar los nombres de sus compañeros. cuando se acercaron a mí mesa tenía las manos sudadas y me aclaré la voz antes de darle una bienvenida que sonó repetitiva y poco original. ella me miró unos segundos y contestó “gracias” educadamente antes de continuar con la tanda de presentaciones. les seguí con la mirada, recreándome en el balanceo de sus nalgas a cada paso que daba, hasta que gonzalo me dio un codazo en el estómago. 
-tío, deja algo para después, ¿no? 

no tardaron en llegar los rumores de que aitor, de comercio exterior, y con demás affaires laborales a sus espaldas, había conseguido acostarse con ella una semana después de su inicio y de que tenían un lío. él, conocedor del creciente rumor que se propagaba por los despachos, se aseguró de mantener su admirada reputación a base de comentarios bien explícitos sobre lo bien que se movía bárbara entre sus sábanas. una vez que coincidí con él en la sala del café escuché cómo le comentaba a un par de compañeros de departamento la predilección de la chica a la hora de practicar sexo en lugares públicos, a la vista de otros, sin pudor alguno, recreándose incluso. mientras esperaba que el vaso se llenara de un sucedáneo marrón y amargo, noté cómo comenzaban a apretarme los pantalones, imaginándomela sentada encima de mi mesa, con las piernas ligeramente separadas, sin bragas, apretando sus labios, apartando mis informes amontonados y suplicándome que me la follara. ella, muchos más discreta que el imbécil de aitor, quizá también debido a su breve antigüedad en la empresa, sonreía complacida cada vez que se cruzaba con él por los pasillos y se aseguraba de llevar la falda cada día más corta y más ajustada a su magnífico cuerpo. 
nosotros dos comenzamos a hablar de forma habitual bastante después de oir accidentalmente esa estúpida confidencia. fue una tarde en la que había bajado a la calle a fumar y a tranquilizarme después de una reunión inacabable con unos clientes puntillosos que al final prefirieron trabajar con la competencia. ella bajó al poco rato y nos saludamos como en anteriores ocasiones con un “hola” inaudible. intenté ignorarla. a pesar de mis pajas antes de irme a dormir, no quería parecer el típico cretino que babea y cae rendido a sus pies por su espectacular belleza. además, teniendo a aitor era imposible que se fijara en mí y mi enclenque cuerpo sin gracia ni musculación ni firmeza. fue ella sin embargo quien se acercó y me pidió fuego. estoy seguro de que llevaba su propio mechero en el bolsillo, pero interpreté su gesto como un acercamiento y claro, me animé. 
-¿qué tal te va? – dije después de que ella hiciera la primera calada. 
sonrió y me miró con sus hermosos ojos almendrados. 
-todo bien. 
-¿sí? vaya, me alegro. no es fácil trabajar con el broncas. 
-¿con quién? 
-con robles-sanz. así es como le llamamos. siempre gritando y echando broncas a todo lo que se cruce con él. cree que si no brama, no respondemos. es muy energúmeno, el pobre. 
se rió. 
-sí, es un poco exigente, pero hasta ahora me he librado de su furia. 
hizo otra calada. sonreí y repasé sus pechos moviéndose pausadamente al ritmo de su respiración. ella me pilló y rápidamente bajé la vista al suelo y apagué la colilla con la punta del zapato. 
-bueno… voy entrando. 
-espera, - contestó apurando una última calada – subo contigo. 
en el ascensor intenté buscar un tema de conversación, pero no hubo forma. me impacienté. olía su perfume demasiado cerca y notaba casi el calorcillo agradable de su cuerpo rotundo. a ella no pareció importarle ese silencio tenso. jugueteaba con un collar plateado y se miraba en el espejo, complacida. imaginé que tal vez, unos días antes, o quizá a última hora de esa misma tarde, ella y aitor aprovecharían ese minúsculo cubículo en el que estábamos encerrados ahora para nuevas embestidas. 
-hasta luego. – dijo al bajar, una planta más abajo que la mía y dejando tras de sí el olor dulzón de su fragancia. 
cuando llegué a la quinta me apresuré al baño e imaginé que era yo quien la embestía con violencia y quien la hacía gemir hasta llegar al orgasmo. 

al volver a mi mesa de trabajo el teléfono estaba sonando. he descolgado y justo al contestar han colgado. he pensado que tal vez era ella. a veces me llama para preguntar si bajo a fumar o cuándo le enviaré las estadísticas de producción que le paso a finales de mes. tiene una voz suave y agradable, alargando las eses de forma inconsciente y algunas veces, cuando me llama por mi nombre, siento una punzada débil en el pecho. no suele hacerlo a menudo. he revisado los emails y el resto de la tarde la he pasado en internet, buscando vuelos baratos a algún lugar exótico para el próximo puente, aunque de sobras sé que al final terminaré quedándome en casa. a última hora, cuando ya había apagado el ordenador, me ha llamado el broncas a su despacho. es algo muy típico de él, querer resolver todos los problemas a última hora y esperar que sus empleados estemos dispuestos y encantados para lo que él ordene. al final he salido una hora más tarde, hambriento, con dos nuevos proyectos para desarrollar y de mala leche. al llegar al parking he visto bárbara a unos metros de distancia. intentaba poner su coche en marcha sin éxito alguno. 
-¿no te arranca? – he preguntado. 
se ha sobresaltado. 
-perdona - me he disculpado. 
-no sé qué pasa – ha dicho, haciendo girar de nuevo la llave -esta mañana no he tenido ningún problema. 
-puede que sea la batería. 
-ni idea, no entiendo de coches. maldita sea, precisamente hoy. 
tenía las mejillas enrojecidas y parecía nerviosa. 
-¿tienes prisa? si quieres puedo llevarte. 
ha alzado la cabeza y me ha mirado agradecida y sonriente. 
-me harías un inmenso favor. 
se ha levantado del asiento y su falda de tubo ha subido unos centímetros, que no se ha molestado en devolver a su posición inicial. ha cerrado la puerta con un golpe seco y me ha seguido despotricando de su vehículo y de lo cómodo que sería tener un chófer privado. al subir al coche el aire se ha impregnado rápidamente de su olor. ella parecía más calmada y he puesto música. 
-me encanta este grupo. 
ha reposado su coleta brillante, recién cepillada, en el asiento y ha comenzado a tararear la melodía. 
-¿dónde vamos? – he preguntado al salir del garaje. 
-calle verdi, pero si tienes que desviarte mucho, puedes dejarme donde te vaya mejor. 
-no, no es problema. – he contestado disimulando mi decepción. 
va a ver a aitor, claro. por qué si no tendría tanta prisa. 
hace un par de años aitor nos invitó a la inauguración de su nuevo piso. era un ático con vistas al río, a pocos minutos del centro de la ciudad, tres habitaciones, dos baños y un salón amplio y luminoso con una chimenea y un pantalla de televisión de tamaño desproporcionado para ver el fútbol. estaba en la calle verdi, una zona que desde hacía poco se había convertido en un lugar de moda donde iban a parar los jóvenes modernos que se ganaban bien la vida. 
he conducido hasta la primera rotonda intentando apaciguar mis nervios mientras recordaba con exactitud la cama grande de su habitación, en el centro, flanqueada por dos focos de luz tenue, con las sábanas oscuras y arrugadas y los barrotes metálicos del cabecero. luego he observado a bárbara por el rabillo del ojo. tenía un botón de la camisa desabrochado de más y he visto el delicado bordado de color negro de su sujetador. en vez de seguir por gran vía y torcer a la derecha, me he desviado hasta coger la salida norte. ella ha parado de canturrear. 
-¿por dónde vamos? 
no he contestado y he pisado el acelerador hasta sobrepasar el límite de velocidad que indicaba una estúpida señal de tráfico abollada. 
-¿vamos por un atajo? – ha insistido ella y con la expresión seria. 
-sí – la he tranquilizado yo.
pero no ha tarareado más y ha enderezado su espalda con los ojos atentos a la carretera. sólo cuando llevábamos diez kilómetros alejándonos de la ciudad y he tomado un camino de carros sin asfaltar, ha vociferado: 
-¿dónde coño vamos? 
-cálmate, ¿quieres? ¿no te fías de mí o qué? 
ella se ha quitado el cinturón con cierta dificultad. 
-para. para el coche inmediatamente. 
he mirado los alrededores. había campos de trigo a punto de ser segados y bosques de pinos altos. la única casa que se veía a lo lejos parecía abandonada y he pensado que era un buen lugar. he pisado el freno de golpe y los neumáticos han derrapado levantando una nubecilla de polvo y gravilla tras de sí. 
-¿se puede saber qué cojones haces? – ha gritado, con la mirada asustada, justo antes de que me abalanzara sobre su cuerpo voluptuoso y le subiera la falda buscando, impaciente y frenético, su sexo. 
ella ha comenzado a chillar como una histérica. he tenido que abofetear su preciosa cara y tapar su boca con mi mano izquierda mientras que con la derecha desabrochaba mis pantalones y me desprendía de sus bragas negras y minúsculas, a conjunto con su sujetador. hasta el último segundo no ha parado de moverse, golpearme y arañarme con sus pequeñas manos, pero cuando la he penetrado brusca y violentamente, ha permanecido quieta, con la mirada fija en el parabrisas y los brazos pegados a su cuerpo. me ha molestado su pasividad y le he arrancado la blusa, buscando una reacción, un gesto, una resistencia. los botones perlados han resbalado silenciosamente y han desaparecido por los rincones y las ranuras del coche. la visión de sus pechos rotundos, suaves y blanquecinos, ocultos bajo la fina tela del sujetador, agitados por la respiración entrecortada, han hecho acrecentar la rabia de mis sacudidas. he apartado la tira del sujetador de sus hombros y, una vez desnudos, he pegado mi cabeza entre ellos. los he olido, manoseado, lamido y he mordisqueado sus pezones oscuros mientras me movía encima de ella cada vez más rápido, con el sonido hueco de sus ingles empapadas en sudor chocando contra mis huevos hinchados, refregándome contra su bajo vientre, notando sus latidos, sus fluidos, sus paredes viscosas abriéndose a mi paso, sintiéndome sin aliento, sin pulso y a punto de correrme. tres minutos después he eyaculado. he soltado un agudo gemido de alivio y descanso y con la vista nublada he levantado mi cabeza a la altura de sus ojos oscuros. ella ha apartado su cara, contraída y crispada, y al separarme de su sexo húmedo, rosado y dolorido, he observado que tenía el bello rasurado. para aitor. 

-¿dónde vamos? – he preguntado al salir del parking. 
-calle verdi, pero si tienes que desviarte mucho, puedes dejarme donde te vaya mejor. 
-no, no es problema – he contestado disimulando mi decepción. 
-gracias, eres un sol. 
he sonreído y la he observado por el rabillo del ojo. por descuido tenía un botón de su camisa desabrochado de más y he visto el delicado bordado de color negro de su sujetador. he conducido hacia gran vía sin acordarme de que a esa hora el tráfico suele ser pésimo. durante cinco minutos hemos estado parados entre el 45 y una furgoneta de mudanzas. ella ha comenzado a mover el pie y a chasquear la lengua, inquieta. 
-¿tenías que estar a alguna hora en concreto? – he preguntado. 
ella ha dejado de moverse. 
-perdona, te estoy poniendo nervioso a ti también – ha dicho y ha cruzado las piernas. 
de nuevo su falda ha subido unos milímetros. hemos estado unos minutos en silencio, escuchando las notas de una melodía empalagosa, con letra comercial y voz estridente. después hemos avanzado unos metros y de nuevo nos hemos quedado parados diez minutos. para complicarlo todavía más ha comenzado a lloviznar y los conductores han hecho sonar sus bocinas como si eso ayudara a avanzar algunos metros. bárbara ha apoyado su cabeza en el respaldo, ha cerrado los ojos y con sus dedos finos ha masajeado sus hombros huesudos y tensados. he reparado en su cuello largo y estirado, en sus pestañas largas, en su nariz pequeña y picuda, sus labios rojizos, su tez pálida y un minúsculo lunar en la barbilla. estoy convencido de que aitor jamás se ha percatado de él. 
-¿qué estas mirando? – ha preguntado de repente, divertida y halagada. 
-¿eh? oh, nada… nada – he conseguido tartamudear, haciendo más reiterada mi completa imbecilidad. 
-ya – se ha limitado a contestar. 
hemos llegado a la calle verdi veinte minutos después. en silencio, con el único ruido de fondo de las bocinas estridentes, las gotas martilleando el techo metálico del coche y los anuncios de la radio. ella con su mano encima de su muslo. yo imitando su gesto para ocultar mi erección. 
-muchas gracias – ha dicho cuando nos hemos detenido en la acera – eres un sol. 
-eso ya lo habías dicho antes – he bromeado, pero ella ya estaba fuera del vehículo y no ha escuchado mi patético comentario. 
ha cerrado la puerta con cuidado, acompañándola con deferencia y me ha saludado con la mano. después ha corrido hacia el portal para no mojarse con la lluvia que seguía cayendo, o porque no deseaba dilatar más el momento de encontrarse con aitor. yo he arrancado y he conducido hasta mi casa, en la otra punta de la ciudad. al cerrar la puerta he respirado sosegadamente un par de veces, me he quitado la chaqueta, he aflojado mi corbata, he ido hasta mi cama, me he tumbado en la penumbra y me he desabotonado los pantalones, otra vez. 

25 octubre 2012

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Poesía Vertical, R. Juarroz 

15 octubre 2012

mi hermano (parte II)

nuestra relación ni mejoró ni empeoró. no volvimos a sacar el tema de la conversación en el jardín y cuando a los pocos meses nació su hijo me llamó todavía más contento que cuando me comunicó sus intenciones de boda. en un sobre arrugado recibí centenares de fotos del recién nacido, que sin duda alguna se parecía a la madre y apenas tenía rasgos de él. 
aproveché un fin de semana de poco trabajo para hacerles una visita rápida, después de que mi madre, de nuevo, me lo pidiera. él mismo vino a buscarme al aeropuerto en una furgoneta de su trabajo. durante el camino me contó mil anécdotas del niño, aunque en realidad, a esa temprana edad, el crío se limitara a dormir, comer y gastar pañales. cuando le pregunté por el trabajo comentó que las cosas no iban muy bien, pero que ahora mismo no estaba preocupado por ese tema y que quería disfrutar de su hijo a tiempo completo. al llegar a su casa me sorprendió lo minúscula que era. tenía una sola habitación donde dormían los tres y un comedor desordenado y sucio con la ropa del bebé desperdigada por la moqueta roída. los muebles eran viejos, había poca luz, la bombilla de la cocina estaba fundida y la persiana del salón se había roto y descansaba, torcida, encima del marco de la ventana. ella había adelgazado mucho, tenía ojeras, menos pelo y no pareció alegrarse demasiado al verme. entre sus brazos sujetaba a un niño de mofletes rojizos, regordete y llorón, que me entregó tan pronto dejé la chaqueta, y cuando se vio liberada del peso, se fue a la habitación de la que no salió hasta que me marché. mi hermano la excusó: "esto de tener hijos es agotador. apenas dormimos y ella está exhausta, como yo, claro. ya lo sabrás cuando te toque a ti". yo asentí, comprensivo, y le di la razón, asegurándome de que esta vez no iba a meter la pata. jugué con el niño, le di los regalos que había comprado en londres y dos horas más tarde, decidí que era el momento de marcharme. mi hermano sin embargo insistió en que me quedara a comer y aunque me negué con el pretexto de que no quería molestarles más, terminó llamando para que nos trajeran un par de pizzas y algunas cervezas que comimos en silencio, delante del televisor, mientras su hijo, babeando en el sillón, nos miraba con curiosidad. 

los rumores de despido en mi empresa se convirtieron en hechos. yo me salvé por los pelos, pero me trasladaron a la sucursal de munich como último intento para salvarme el culo e intentar mantener la compañía a flote. trabajaba veinte horas al día, los siete días de la semana. iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. apenas tenía tiempo de pensar en mí y ni mucho menos en mi familia. me olvidé de ellos unos días, quizá unos meses, hasta que de nuevo mi madre se encargó de ponerme al día con una de sus llamadas nocturnas: iba a ser tío por segunda vez. habían pasado sólo quince meses desde el nacimiento del primero. también me contó que habían despedido a mi hermano y que su mujer se pasaba el día fuera de casa, despotricando de él y de su inutilidad. me rogó que le llamara, que le haría bien hablar conmigo, desahogarse, hablar de hombre a hombre y le prometí que lo haría al día siguiente aunque al final dejé pasar veinte días. no entendía qué podía hacer yo. los dos éramos ya mayorcitos para solucionar nuestros propios problemas y no me parecía justo estar siempre pendiente de su vida cuando él apenas se había interesado por la mía. me pudo la culpa. al fin y al cabo era mi hermano y me gustase o no teníamos un vínculo, endeble y quebradizo, pero un vínculo. 

el teléfono sonó un buen rato y cuando estaba a punto de colgar, pensando que tal vez no era una buena hora, lo cogió ella. 
-¿sí? 
-¿ana? hola, soy yo, fer. ¿qué tal estáis? 
-ah, fer - dijo desganada - bueno, tirando. ahora te paso a tu hermano. imagino que querrás hablar con él. 
escuché sus pasos alejándose del aparato y los lloros de fondo, pero no supe distinguir si eran de uno o de los dos niños. mi hermano tardó otro rato más en ponerse y cuando lo hizo me costó reconocer su voz. 
-¿hola? 
-¿estoy hablando con el mejor padre del mundo? 
hubo un momento de silencio. 
-¿quién es? 
-¡tu hermano, joder, tu hermano!
-¿fer? no te había conocido. 
-lógico, no me llamas nunca. ¿cómo te va, capullo? 
-no muy bien. 
-algo me contó mamá. ¿qué ha pasado? 
-nada va bien, nada - hubo un par de segundos de silencio - me despidieron del trabajo, la cosas no iban bien y..., tengo dos hijos, hace cinco meses que no puedo pagar el alquiler y creo que mi mujer está con otro. 
no supe qué decir. hay veces en que las palabras consuelan tan poco que se transforman en sonidos huecos y sin significado.
-no sé qué decir. 
escuché sus sollozos callado, compungido y con un nudo en la garganta. 

le llamé un par de veces más a lo largo del siguiente mes. su desesperación se había convertido en rabia y cada vez se hacía más difícil hablar con él sin recibir reproches, acusaciones y recriminaciones de temas que no venían al caso o que habían pasado hacía años y que sólo él recordaba. a pesar de la insistencia de mi madre, que seguía mediando entre los dos, dejé de llamarle.
poco después me despidieron a mí. los números no salían, no había ventas suficientes y consideraron que la sucursal de munich ya no era importante. decidí que, sin trabajo, ni ganas de volver a londres, ni quedarme en esa ciudad gris y triste como era munich, había llegado el momento de volver a casa y empezar de cero allí. mi madre se alegró y lloró de alegría cuando se lo anuncié por teléfono. creyó que con mi vuelta volveríamos a ser una familia alegre y bien avenida, dispuesta a celebrar las navidades y los cumpleaños alrededor de una mesa generosa en comida y en jolgorio. no quise confesarle que mi intención era estar en su casa el tiempo justo hasta encontrar un trabajo que me permitiera alquilar algo para mí y largarme cuánto antes. 
vino a recogerme a la estación de trenes, en su coche viejo y destartalado y se quejó de mi delgadez y de mis canas nada más verme. me abrazó con fuerza y lloró de nuevo. mi padre, sin embargo, no pareció tan contento y me recordó nada más pisar su suelo que si pensaba quedarme allí mucho tiempo tendría que colaborar con los gastos. “esto no es una pensión, ¿sabes? y tú ya estás grandecito para vivir aquí de prestado. tú y tu hermano, vaya par. no sé qué hicimos mal, la verdad.”, vociferó.

los días pasaban lentos y a pesar de mi entusiasmo inicial, comencé a desesperarme cuando ninguno de los currículum enviados recibía respuesta alguna. vagaba por la casa evitando a mi padre y ayudando a mi madre con la compra semanal y las tareas domésticas. salía por las tardes a dar una vuelta y volvía a casa a los pocos minutos porque tampoco había muchos sitios a dónde ir. echaba de menos londres y munich, mis amigos, mi trabajo, un apartamento para mí solo y mi vida de antes. 
la vi en una de esas tardes de hastío en las que había ido al cine a ver una película comercial y mal doblada que se me hizo eterna. la reconocí enseguida, aunque se había cortado el pelo y había engordado un poco desde la última vez. estaba sentada en un banco de la plaza, junto a un hombre que le acariciaba la rodilla y se reía con ella. me acerqué entusiasmado, pensando que quizá el hombre sería mi hermano y que a pesar de sus problemas, habían podido reconducir su situación, pero a los pocos metros me di cuenta de que no se trataba de él. al verme empalideció y dejó de reírse de repente. nos miramos unos segundos, esperando que alguno de los dos saludara. el hombre que la acompañaba se extrañó y nos observaba con esa expresión confusa de quien no entiende nada. finalmente le preguntó si me conocía y ella contestó que no. luego me preguntó si tenía algún problema y no fui capaz de responder. estaba furioso con ella y conmigo. había sido un idiota y un miedoso. no sólo allí, en el parque, delante de la mujer de mi hermano con su amigo o amante o lo que fuera, sino toda mi puñetera vida. sólo me había atrevido a hablar con él borracho y en el día de su boda, tal vez el menos apropiado. y ese era yo, su querido hermano.
me metí en el primer bar que encontré abierto y pedí una cerveza. después otra y después un whisky que me abrasó la garganta, el estómago y, por fin, la cobardía. al salir le llame y fui, por primera vez desde que había llegado de munich, a su casa. 
abrió la puerta un hombre envejecido, hinchado, con la mirada perdida, sin apenas pelo, en albornoz y con una lata en la mano. sentí mucha pena y quise abrazarlo, pero no lo hice. tampoco comenté nada de su aspecto dejado y desaliñado. con desgana me invitó a pasar y me ofreció una cerveza que sacó de una nevera casi vacía. arrastraba los pies y al llegar al sofá, el mismo de cuando les había visitado al nacer su primer hijo, se sentó con dificultad. se excusó por el desorden de la casa diciendo que últimamente había estado enfermo pero cuando le pregunté qué le había pasado, no contestó. encima de la mesita del salón había tres o cuatro frascos con pastillas de diferentes colores y tamaños. cogí uno para leer la etiqueta, pero no había suficiente luz en el comedor como para identificar las dolencias que curaban las píldoras. 
-estas son para la espalda – dijo él. 
-¿para la espalda? 
-sí, me duele mucho, pero esto es lo de menos.

habló poco durante el rato que estuve allí y cada vez que le preguntaba algo, parecía que le costaba pensar y todavía más explicarse con claridad. cuando me interesé los niños y su mujer, prefirió cambiar de tema y cuando consideró que mi visita se estaba alargando demasiado, anunció que estaba agotado y que necesitaba dormir. eran las seis de la tarde. me marché con la misma rabia y frustración que había sentido horas antes en el parque y en el bar.

poco después me llamaron para una entrevista de trabajo. salí satisfecho y con la sensación de que les había causado una buena impresión. el sueldo no era gran cosa, pero el trabajo parecía interesante y me permitiría viajar de vez en cuando y olvidarme del panorama familiar. al llegar a casa mi madre estaba preparando la cena y mi padre, sentado en la mesa, refunfuñaba con las noticias del telediario. me saludaron sin demasiado entusiasmo y ninguno de los dos me preguntó sobre cómo había ido la entrevista, a pesar de habérselo dicho antes de salir de casa. comimos en silencio, como siempre, escuchando tragedias mundiales a las que estábamos totalmente insensibilizados y al terminar ayudé a mi madre a recoger y a lavar los platos. a las diez y media les deseé buenas noches a los dos y me metí en mi habitación para leer un rato. 
el teléfono de casa sonó unos minutos más tarde. en un arranque de optimismo pensé que podría ser la respuesta afirmativa de la entrevista que acababa de hacer, sin darme cuenta de que era demasiado tarde como para que nadie se molestara en darme buenas noticias ese día. después pensé que mis padres raramente recibían llamadas y mucho menos a esas horas. me quedé parado en medio de la habitación sin saber muy bien si debía salir o quedarme. me arrimé a la puerta y dejé pasar unos segundos que me parecieron horas. luego escuché un grito aterrador de mi madre que retumbó por toda la casa y me heló la sangre. salí corriendo, asustado, temiendo cualquier cosa, un corte, una caída, un incendio, un ataque al corazón, pero no era nada de esto. mi madre, todavía con el teléfono en la mano, temblando, sollozando y sin poder controlarse, se golpeaba la cabeza y el pecho con sus propios puños ancianos. sólo cuando conseguimos que se sentara y se tomara un trago de vino que corrí a buscar a la cocina, empezó a balbucear las primeras sílabas, sin dejar de temblar ni lamentarse. 

el periódico local y la televisión nacional se hicieron eco de la noticia al día siguiente. “el presunto asesino, un hombre de treinta y un años -decía la presentadora, una chica joven y guapa, con semblante serio, que a continuación pasaría a informar sobre la ola de calor que asestaba el país- acuchilló a su mujer y a sus dos hijos de uno y tres años y después se tiró al vacío desde un quinto piso, provocándose lesiones de extrema gravedad. el hombre, que según los vecinos, era una persona agradable y amable, se había quedado en el paro hacía un año y acababa de recibir una orden de desahucio.” 

mi padre se niega a visitarle en el hospital, apenas habla y jamás nos pregunta por su estado de salud. también ha quitado la foto de nosotros dos que tenía colgada en el pasillo de la entrada y ahora hay sólo un hueco en forma rectangular delimitado por motas de polvo que se acumularon a lo largo de los años. ha envejecido de golpe, no mira la televisión, ni refunfuña, ni se queja por todo lo que le molestaba antes. ha dejado de jugar al dominó con sus amigos y camina encorvado como si soportara una pesada carga encima de sus hombros. mi madre, como yo, le visita a diario. ella va por las mañanas, le cuenta lo que le ha sucedido a lo largo del día, airea la habitación y le humedece el rostro con una toalla cuando hace mucho calor, aunque los médicos dicen que no sirve para nada. también visita las tumbas de sus nietos y les pones flores frescas una vez a la semana. nunca hablamos de lo ocurrido y si no fuera por los otros, fuera de la habitación, uniformados, vigilando, podríamos decir que fue sólo un accidente y que contamos las horas para que vuelva a recuperarse. algunas otras veces miro a mi madre y la veo asustada, desorientada y frágil. la imagino cogiendo el autobús, recorriendo centenares de kilómetros y visitándole una vez al mes a un lugar mucho más hostil y desconocido que este hospital, donde revisarán su bolso y cronometrarán el tiempo que pasa con su hijo, detrás de unas rejas o un cristal doble, sucio y empañado. y es ahí cuando creo que tal vez lo mejor sería que mi hermano no saliera de ésta y nos dejara ir.