25 septiembre 2014

la enfermedad

hacía meses que mi esposa alba decía encontrarse diferente. no decía mal, sólo diferente y cuando le pedía que concretara más ella se limitaba a encogerse de hombros y repetirme un poco impaciente porque no la comprendía: “te lo acabo de decir: diferente. ni bien ni mal, como si… como si yo qué sé, diferente”. y de allí no salíamos. alguna vez le dolía la cabeza y otras un poco la espalda porque desde que la conocí, hace veinte años, tiene la espalda ligeramente desviada y debe vigilar con los pesos que carga, pero en estas puntuales ocasiones se tomaba una aspirina y se le pasaban todos los males. alba decía que esto, la espalda y la cabeza, no tenían nada que ver con lo otro y yo le replicaba que cómo lo sabía si ella no era doctora y ella se enfadaba y me decía que no, que no era doctora pero sabía qué le pasaba y luego yo le contestaba que en ese caso, especificara qué era lo que le ocurría con lo otro y ella dejaba de hacer lo que estuviera haciendo, me miraba furiosa y se marchaba a otra habitación no sin antes dar un portazo y dedicarme algún insulto. por este motivo dejamos de hablar de lo otro. ella dejó de mencionarlo y yo dejé de preguntar, pero un día, al llegar a casa del trabajo, también lo vi yo. alba estaba sentada en la mesa del comedor riéndose a carcajadas mientras maica, nuestra hija le escenificaba una nueva coreografía que había aprendido en las clases de ballet. vi sus lágrimas deslizarse por sus mejillas y cómo las risas de la madre y la hija sonaban por todo el salón y no pude evitar estremecerme. 
-¿te encuentras bien? – le pregunté. ella dejó de reírse de inmediato, me miró y a continuación miró a maica con nerviosismo, pero afortunadamente, ella seguía agitando sus brazos al aire, intentando no perder la atención de su madre. 
más tarde, ya en la cama y solos, se lo volví a preguntar y confesó que no, que hacía un par de días que había vuelto a sentirse rara, mucho más que las ocasiones anteriores. tenía los ojos brillantes, las mejillas rosadas y me inquieté de verdad. 
-mañana mismo vamos al médico – sentencié antes de que ella apagara la luz y escuchara como su respiración se hacía cada vez más pausada y comenzara a roncar suavemente. 
el médico no supo ver nada fuera de lo común. la auscultó, la hizo toser, le miró dentro de las orejas, de la boca y le dio un par de golpecitos en las rodillas para comprobar sus reflejos. 
-pues no sé, no sé qué puede ser porque parece que todo está perfecto y en el lugar correcto, –bromeó el hombre sin éxito alguno– pero para estar más seguros haremos una analítica de sangre y orina. hay que descartar todas las posibilidades, ¿verdad? 
tampoco en los resultados de las pruebas salió nada anormal. el azúcar un poco alto, pero no era motivo para asustarnos, dijo el médico mientras nos despedía con urgencia porque todavía tenía en espera a diez pacientes más. regresamos a casa más temerosos y confusos y lo peor de todo es que los síntomas persistieron y aunque mi esposa aseguraba que no, que incluso había remitido un poco esa rareza suya, yo cada día la notaba más distinta, sin saber tampoco cómo podía precisar eso. al final, un amigo de un amigo de un compañero de trabajo de alba nos mencionó un especialista que tal vez nos podía ayudar y sin dudarlo ni un minuto, y a pesar de que mi esposa decía que no, lo llamé y concertamos una cita para la semana siguiente. fue la semana más larga de mi vida. y aunque suene cruel decirlo, admito que algunos días de esa interminable semana, llegué a rehuir a mi mujer y es que verla así, tan distinta, me rompía el corazón en mil pedazos. 
la consulta del especialista estaba en la otra punta de la ciudad y alba sugirió ir en autobús. deduje que no quería que condujera hasta allí porque la noche anterior apenas había dormido temiéndome lo peor y por la mañana estaba aún más nervioso que en los últimos días. discutimos por ese motivo y por alguno más aunque al final fue ella quien, con una sonrisa amplia y tranquilizadora, me aseguró que no había de qué preocuparse y que fuéramos andando, disfrutando del paseo y del día soleado que hacía. caminamos a paso lento, cogidos de la mano. ella me contaba las tonterías que le habían ocurrido en la oficina y que maica le había dicho que quería apuntarse a un grupo de animadoras de basquet, pero a mí me era imposible mantener la atención y ni mucho menos seguir el curso de la conversación. pensaba, sin poder quitarme este pensamiento de la cabeza, en cómo iba a ser mi vida sin alba, en cómo iba a poder tirar adelante, si sabría educar bien a nuestra hija, si deberíamos mudarnos a un piso con menos recuerdos y otras mil ideas funestas que empeoraban a cada paso que dábamos. al llegar por fin a la consulta, después de una hora en la que incluso nos perdimos y en la que alba no paró de mofarse de mi pésimo sentido de la orientación, tuve que correr al baño y ahogar mi llanto sentado en el váter. al regresar mi mujer estaba hablando con uno de los pacientes que, acompañado de una mujer mayor que supuse sería su madre, también esperaba su turno para visitar al doctor. los dos hablaban del tiempo, de las ganas que tenían de que llegara el invierno y el frío, a pesar de que tampoco les importaba el calor. la acompañante, al verme, negó disimuladamente con la cabeza, con condescendencia, como si a pesar de la atrocidad de sus respectivas enfermedades todavía tuvieran la templanza de entablar una conversación liviana y de, al fin y al cabo, llevar una vida normal. yo me senté al lado de alba e intenté sonreír cuando el chico me preguntó si no me parecía maravilloso vivir en la ciudad. 
el doctor álvarez nos hizo pasar a su despacho cuarenta minutos después de que llegáramos. era un hombre rechoncho de papada prominente y cejas pobladas que se disculpó por el retraso nada más sentarnos enfrente de él. en seguida me di cuenta de que estábamos con el especialista adecuado ya que a pesar de las imprecisiones de mi esposa mientras le contaba sus ambiguos síntomas, él asentía y pareció entenderla al instante. y en esta ocasión no hicieron falta ni más pruebas, ni análisis, ni reconocimientos. cuando alba terminó su breve exposición, el hombre se quitó las gafas, las colocó encima de la mesa, juntó las dos manos y nos miró brevemente: 
-por lo que me ha contado, señora hidalgo, todo parece indicar que es usted feliz. -dictaminó con su voz grave, sin dejar de mirar a alba que por debajo de la mesa cogió mi mano fría y la acarició con el pulgar- y si me lo permiten voy a ser claro y directo porque creo que es siempre mejor para todos: no hay ningún remedio. ninguno. no hay pastillas ni tratamientos ni soluciones homeopáticas que vayan a poder aliviar su estado. hay personas que vienen a mi consulta en un estado inicial pero por lo que me acaba de explicar este no es su caso. si hubieran venido antes, cuando comenzó a notarse extraña, tal vez hubiéramos podido hacer algo, pero a estas alturas me temo que no es así. lo siento mucho, de veras. 
y sin tiempo a que pudiéramos reponernos de la noticia continuó su discurso:
-en lo que debemos centrarnos ahora es en cómo convivir con la enfermedad. voy a serles franco: no va a ser fácil. puede que algún día se levante más… más… cómo decirlo para que me entiendan… más normal… más como… como su marido, por ejemplo: despotricando porque todavía es muy temprano, o muy tarde o porque siempre le toca la cola más larga en el supermercado o porque le desagrada que llueva o por cualquier motivo que, en su estado, le será del todo indiferente, pero no a los demás. sin embargo esto no va a ser lo habitual y de hecho, lo más probable es que después de unos días de estancamiento, su condición vaya a peor y debe estar mentalizada e ir preparándose para ello. y usted también, claro –dijo dirigiéndose a mí por primera vez desde que habíamos entrado a su consulta. 
alba apretó mi mano. noté su calidez y su piel suave y aunque no podía ver su cara porque estaba mirando la del doctor, me la imaginé tranquila, tal y como la había visto en los últimos días. 
-bueno –dijo ella finalmente después de unos segundos en los que todos permanecimos en silencio, observando diferentes rincones de la habitación- supongo que siendo el diagnóstico tan evidente, no hay mucho más que añadir. muchas gracias por todo, doctor. 
por fin pude girarme y contemplar la placidez de su rostro mientras se levantaba y hacía un gesto con la cabeza para que lo hiciera yo también. me encontré fuera de la consulta sin ser capaz de hacer nada. me hubiera gustado hacerle algunas preguntas al doctor álvarez, insistir en si estaba seguro de que no había solución para el caso de mi esposa, gritar bien alto para que alguno de los dos reaccionara, pero en vez de esto, seguí a mi mujer y cerré la puerta tal y como me había pedido el especialista antes de marcharnos. alba se despidió de los demás pacientes que aguardaban su turno en la salita, miró al móvil por si había algún mensaje de maica y a continuación llamó al ascensor. todo ello canturreando una melodía pegadiza y familiar de esas que ponen en la radio todo el día. 
llegamos a casa media horas después. esta vez cogimos el autobús porque mi esposa quería llegar temprano a casa y preparar una tarta de chocolate para después de la cena. yo seguía sin saber qué decir. el médico ya nos había advertido de que su estado empeoraría con el tiempo pero nunca pensé que fuera a ser tan inmediato y aunque ella no se daba cuenta de nada yo no estaba preparado para ello. quería preguntarle cómo íbamos a contárselo a nuestra hija, quería saber si estaba dispuesta a escuchar una segunda opinión de otro especialista o si íbamos a rendirnos, pero ver su sonrisa desbocada y escuchar su tono despreocupado sobre la lista de ingredientes para la maldita tarta podían conmigo, así que callé y atendí sin mediar palabra, asintiendo, disimulando cuando los demás pasajeros del bus nos miraban de reojo e ignorando su mirada vivaracha y esos hoyuelos que de repente le habían salido y que hicieron que me sintiera el hombre más desgraciado de la tierra. 

por supuesto que la enfermedad hizo mella en nuestra relación. al principio intenté no preocuparme cuando, por ejemplo, dejó de poner el despertador para ir a trabajar o cuando comimos pizza para cenar todos los días durante una semana porque era la comida preferida de nuestra hija o me compró un televisor más grande porque en algún momento dije que ojalá una tele de cincuenta pulgadas para ver bien los partidos del atlético. si nosotros éramos felices, ella era feliz, dijo un día cuando maica saltó de alegría al saber que podía salir con sus amigas hasta las doce de la noche cuando su hora de regreso eran las diez. decisión que desembocó en motivo de discusión entre nosotros mientras la niña callejeaba por ahí, pero que mi mujer zanjó rápidamente con un beso largo y desabrochándome los pantalones con premura. fue ahí, una hora más tarde quizá, tumbados en la cama, cuando me di cuenta del error que había estado cometiendo en los últimos días cediendo a sus caprichos, a sus regalos, a reducir mi horario laboral para estar más tiempo con ella y a organizar esas vacaciones a roma a finales de octubre que ella había sugerido. ¿nos había contagiado ya o había todavía alguna posibilidad de salvarnos? me levanté de la cama como un rayo y me puse los pantalones. 
-¿adónde vas? –preguntó un poco más inquieta de lo normal. y aunque su reacción me tranquilizó porque parecía que no había llegado a un estado terminal, continué vistiéndome a toda prisa. 
-voy a buscar a la niña –contesté sin mirarla- nos vamos de aquí. 
-¿nos vamos? ¿de dónde? ¿quién? 
-¿es que no lo ves? ¿no te das cuenta? ¡nos estás arrastrando y si no hago nada vamos a terminar como tú! 
alba se levantó de la cama y durante un segundo su cuerpo desnudo me despistó de mi cometido. por un momento creí que iba a intentar embaucarme de nuevo, pero antes de que diera un paso hacia mí corrí en dirección a la puerta de la habitación, cogí las llaves del coche y bajé las escaleras a toda prisa en busca de mi hija. no tardé mucho tiempo en encontrarla. estaba sentada en un banco de la plaza que había a pocas manzanas de casa, junto a otras chicas, fumando y bebiendo de una botella de fanta que no tenía el color típico de la fanta. al verme sonrió y me saludó. creo, si la memoria no me falla, que incluso me ofreció una calada del porro que estaba fumando. de un manotazo tiré el porro al suelo y aunque sus amigas protestaron y me dedicaron algún insulto, a ella no pareció importarle mi acto. 
-nos vamos ahora mismo –le ordené ignorando esa mirada, la misma mirada que tenía mi esposa desde que el doctor álvarez le había diagnosticado la enfermedad. 
-qué pena, papá. lo estábamos pasando muy bien. 
-he dicho que nos vamos –repetí, esta vez chillando a la niña. 

intenté aclarar las ideas mientras conducía. en algún momento mi hija preguntó adónde íbamos porque había tomado la autovía que nos alejaba de la ciudad, pero no contesté y seguí conduciendo media hora más hasta que detuve el coche en una estación de servicio para poner gasolina. ella no levantó la cabeza de la pantalla del móvil. 
-mamá pregunta si vamos a tardar mucho. dice que nos ha preparado una sorpresa que nos alegrará. 
salí del coche y respiré con profundidad un par de veces. hacía una noche fresca y el cielo estaba completamente despejado. cuando terminé de llenar el depósito me dirigí hacia la caseta para pagar. la dependienta, una joven de no más de veinticinco años, estaba discutiendo por teléfono y pareció molestarse al ver que un cliente iba a interrumpir su bronca. mientras esperaba a que me cobrara, un poco apartado del mostrador para cederle cierta intimidad, no pude evitar escuchar su parte de la conversación en la que me enteré de un novio que no estaba a altura, un cuerpo al que le sobraban kilos, una tal ana que era una puta, tres meses para el próximo puente y un tupper de macarrones que le había preparado su madre que sabía a basura. 
-sesenta –espetó justo cuando comenzaba a contarle a su interlocutor lo harta que estaba de tener que trabajar en ese antro. 
dejé los billetes encima del mostrador y me fui. cuando subí al coche mi hija había puesto música y sonaba la misma canción pegadiza que había tarareado alba al salir de la consulta del especialista. me pareció menos pegadiza e incluso comencé a seguir el ritmo con un dedo de la mano. 
-dile a tu madre que llegamos en media hora –contesté y apreté el acelerador para no retrasarnos ni un minuto más.

16 septiembre 2014

el otro lado de la cama

el lado vacío de su cama 
no está vacío. 
no lo está. 
todos lo verían vacío 
los demás, los que no saben 
los que no estuvieron allí 
los que no escucharon las risas 
ni vieron los bailes improvisados, sin música, un martes cualquiera por la noche mientras los vecinos cenaban en silencio, escuchando esas notas imaginadas que no sonaban. 
los que viven lejos, fuera, en otro mundo que no era el suyo. 
“está vacío” le dirían muy serios, puede que preocupados, mirándola de reojo, invitándola a un café de vez en cuando y entendiendo que aún es pronto, que ha pasado poco tiempo. 
“está vacío”: eso le susurrarían, con dulzura, acariciando su pelo oscuro de una forma diferente, ajena 
con sus manos extranjeras y extrañas. 
“vacío”: eso le dirían si es que a ella le diera por preguntar alguna vez 
cuando se temiera que no va a aguantar mucho más 
que no va a poder
cuando está a punto de partirse. abandonarse. 
pero ella no pregunta 
no lo necesita 
ella calla y mira el otro lado de la cama 
y a veces sonríe como lo hacía antes y otras graniza como lo hace ahora 
pero nunca lo ve vacío.

04 septiembre 2014

amor, con v de visionaria

mi marido me fue infiel cuatro de los seis años que estuvimos casados. me enteré, obviamente, por casualidad un día que hacía la colada y descubrí un ticket arrugado de un perfume caro que nunca llegué a recibir. debo admitir que no me extrañó puesto que desde hacía siete meses y a pesar de dormir en la misma cama, no habíamos hecho el amor. él parecía ir siempre cansado y las pocas veces que tomé la iniciativa me encontré con una reticencia que sólo conseguía que terminara encerrada en el baño para llorar cuando él ya se había quedado dormido. poco después, como ya he dicho, encontré el ticket y comprendí su comportamiento. cuando le enseñé mis pruebas él lo negó todo y me aseguró mil veces que no había otra. y era cierto: había tres. también de eso me enteré después. permanecimos juntos un año más. él me convenció. después de mucho insistir reconoció que había estado tonteado con una secretaria de la empresa donde trabajaba, pero que se había dado cuenta de lo mucho que tenía que perder y que había decidido terminar con ese absurdo flirteo porque no quería perderme. esa noche creo que incluso lloró un poco mientras yo le acariciaba el pelo y le rogaba que no me dejara nunca. también esa noche hicimos el amor. él encima de mí, con los ojos cerrados y sus gotas de sudor deslizándose hasta mis hombros. no pude correrme. seis meses después estando en la cola del supermercado escuché la conversación de dos vecinas. a una de ellas la conocía de vista, de vivir en el mismo bloque que nosotros, unas cuantas plantas más arriba. la otra mujer no la había visto nunca pero me llamó la atención su melena rojiza y sus ojos verdes pintados con tonos dorados y con mucha exageración. la pelirroja, que hablaba en voz alta y se reía mostrando unos dientes pequeños y muy blancos, alardeaba de tener un nuevo amante, un auténtico semental, dijo bajando un poco su tono de voz, que vivía muy cerca de la amiga. mi vecina le dio un codazo o eso creí ver yo e inmediatamente cambiaron de tema. todas las alarmas que hasta ahora había intentado mantener más o menos controladas estallaron en ese momento y corrí a casa, dejando el carrito de la compra abandonado, aterrorizada al imaginarme descubriendo otro ticket que mi marido hubiera descuidado en algún bolsillo interior de sus chaquetas. 
estuve dos años en terapia. consuelo, que así se llamaba mi psicóloga, me salvó la vida a base de dos visitas por semana y muchos pañuelos que terminaban empapados de lágrimas en mi regazo. fueron dos años en los que sólo salía de casa para visitarla a ella y a mis padres, que intentaban animarme repitiéndome eso de que había muchos peces en el mar y que yo valía mucho y que tarde o temprano acabaría encontrando a alguien que mereciera la pena. y qué quieren que les diga, algunas veces lo llegué a creer, pero inmediatamente después me venía a la cabeza mi marido y sus tres amantes y se me volvía a caer el mundo encima de nuevo. adelgacé y perdí pelo, me salieron arrugas y ojeras y creí que nunca volvería a recuperar mi dañada autoestima, pero créanme si les digo que de todo se sale y un día, no sé muy bien cómo ni cuándo, me apeteció mirarme al espejo, salir a dar un paseo largo y meterme en un cine un sábado por la noche, sola. aun así, y muy a pesar de los que me rodeaban e intentaban ayudarme me decían que debía volver a confiar en las personas en general y los hombres en particular, yo era incapaz ni tan siquiera de mirarles a los ojos sin sentir una mezcla de rabia y terror que podía devolverme a mi propio e indeseado infierno en cuestión de segundos. y eso ni tan siquiera consuelo supo curarlo. 
pasaron unos cuantos años más, no muchos. los justos para despedirme de consuelo con lágrimas en los ojos y jurarle que esperaba no volver a verla jamás, al menos dentro de una consulta. con treinta y siete años hice mi primer viaje sola. apenas fueron tres días, pero me sentí tan orgullosa de mi misma, de mi pequeño logro, que al año siguiente lo alargué a siete y doblé la distancia. en el aeropuerto, mientras esperaba el avión de vuelta a casa, tostada por el sol y con diez kilos de más en la maleta y cinco en el cuerpo, conocí a abel. fue él quien se acercó y se sentó a mi lado -era el único sitio que quedaba libre en la cafetería- y comenzó a hablarme de lo poco que le gustaban los aeropuertos y el miedo que le producía volar. aunque al principio no entendí a qué venía aquella confesión ni porque me lo contaba a mí habiendo otra gente a su alrededor, enseguida me encontré cómoda y sonriéndole sin motivo aparente. no fue hasta que abrí la puerta de mi casa cuando me di cuenta de que en las ocho horas que habíamos pasado juntos en el avión ni tan siquiera me había temblado la voz, sino todo lo contario: me había reído, le había hecho reír, me había burlado de su barba mal afeitada y le había contado incluso que había estado casada. y él, con una expresión tan seria que consiguió asustarme, me confesó en susurros que al menos él no había caído tan bajo. luego le pidió un poco más de vino a la azafata para los dos y bebimos hasta que el avión aterrizó. 

no fue un impedimento que viviéramos en ciudades distintas. al menos no lo fue al principio. nos llamábamos a menudo, por la noche, después de trabajar, y nos pasábamos horas hablando de tonterías, de lo que habíamos hecho a lo largo del día, del libro que estábamos leyendo, de cualquier cosa. algunas veces también permanecíamos callados, escuchando la presencia del otro, pendientes de su silencio, que en realidad también hablaba, aunque quizá en un tono de voz un poco más bajito y de temas menos cotidianos. cuando un mes después propuso pasar nuestro primer fin de semana juntos, tardé menos de diez minutos en empaquetar dos bragas, una blusa y comprar un vuelo a madrid. fue un fin de semana maravilloso. la primera noche que pasamos juntos hicimos el amor en el sofá del comedor. abel me quitó la ropa poco a poco, con esmero, como si estuviera desenvolviendo un regalo frágil que requiriera un cuidado excepcional. me acarició largamente y justo cuando intuyó que iba a correrme me pidió, sonriendo, que le mirara a los ojos. quince días después vino a mi casa y durante unos meses que fueron los mejores de mi vida hasta alternamos su sofá con mi cama, su encimera de la cocina con la pared de mi pasillo, su ascensor con mi azotea comunitaria y su asiento trasero del coche con mi bañera. hasta que un mal día comencé a sospechar. puede que, efectivamente, estuviera cansado y su voz sonara más apagada. puede que por un día que no habláramos no pasara nada y que fuera lo más normal del mundo. puede que, tal y como repitió hasta el agotamiento, se hubiera quedado un rato más en la oficina y por eso no lo encontré cuando lo llamé una primera vez. ni una segunda. ni una sexta. puede que el segundo que tardó en contestar fuera el detonante para que por mi cabeza comenzaran a desfilar todas la amantes de mi ex marido, sus excusas, sus tickets arrugados, mal escondidos y sus mentiras. y puede que yo, a pesar de todos los años que habían transcurrido, no hubiera olvidado ni un maldito detalle de mi pasado. 
empecé a hacerle la vida imposible, lo cual también quiere decir que empecé a hacérmela a mí misma: tenía que saber en todo momento dónde estaba y con quién, a qué hora llegaría a casa y cuándo iba a llamarme, cuando saldría de viaje o de paseo o a comprar el pan. cuando nos veíamos en su casa aprovechaba cualquier momento de descuido para registrar sus cajones y cuando estaba en la mía revolvía su maleta y no me molestaba en doblar de nuevo su ropa. nunca llegué a encontrar nada sospechoso, pero no abandoné en el empeño y al final, como era de prever, abel no aguantó más y se marchó. 
esta vez ni tan siquiera me molesté en volver a terapia. era muy consciente de que consuelo, o cualquier otro profesional, no iban a poder hacer nada conmigo porque lo mío no tenía solución. había enfermado desde hacía muchos años y aunque durante un tiempo creí haber superado mi dolencia, lo que en realidad había sucedido era que, mientras la ignoraba, se había extendido de forma lenta y silenciosa y había afectado a todos los órganos. pero lo más terrible era que uno no moría de esta enfermedad, sino que la arrastraba de por vida, hasta acostumbrarse, hasta optar por no volver a relacionarse con nadie más. 
volví a perder peso y pelo y lo único a lo que me dedicaba era a ir a trabajar por las mañanas, regresar por la tarde y tomar dos pastillas para dormir seis horas cada noche. y así pasó tanto tiempo que ni tan siquiera me atrevería a precisar si fueron meses o años. luego, una mañana de finales de octubre, en la parada del 47 que iba a llevarme a la oficina, alguien dijo “parece que empieza a refrescar, ¿eh?”. tuvo que repetirlo dos veces para que me diera cuenta de que se dirigía a mí. por primera vez, aunque tiempo después me aclaró que hacía más de dos meses que coincidíamos en la parada todas las mañanas, reparé en el hombre: tenía los ojos pequeños, un poco bizco, las cejas pobladas, la nariz recta y puntiaguda y los labios finos y amoratados por el frío. cuando al llegar el autobús se levantó del banco me fijé en su muleta, su pierna derecha diez centímetros más corta que la izquierda y su brazo tullido y raquítico pegado a un cuerpo maltrecho y torcido. una malformación del feto, me aclaró pocos días después de su primer comentario referente al tiempo cuando me pilló mirándolo de reojo mientras subía con dificultad las escalerillas del autobús. 
comenzamos a hablar. se convirtió, de hecho, en la única persona y la primera persona con la que hablaba de lunes a viernes, fuera del trabajo y del ámbito familiar. normalmente era él quien escogía el tema y no solía ser nada original: el tiempo, el último escándalo político, su jefe incompetente, cualquier chorrada con la que yo terminaba por dejar de escuchar al cabo de un rato. pasadas algunas semanas se atrevió a compartir un poco de su vida privada, o más bien de lo poco que había sucedido en ella, y fue ahí donde me di cuenta de que tal vez cabía alguna posibilidad de que a su lado no me sintiera una enferma. 
-¿quién quieres que se fije en mí? – repetía a menudo sonriendo, resignado, aferrado a su muleta decorada con pegatinas de ciudades que no había visitado jamás. 

no me enamoré de él. era buena persona, inteligente, educado, sabía cocinar y se preocupaba por mí, pero no pude enamorarme de él. tampoco el sexo fue nunca bueno; era torpe, le costaba moverse y cuando era yo quien se ponía encima o se la chupaba aguantaba justo dos minutos antes de eyacular encima de mis pechos. pero al menos estaba tranquila, no había sospechas ni sufrimiento. en mi vida había sentido tanta calma. no sufría por saber dónde estaba metido o con quién estaría hablando, ni mucho menos fantaseando con sus innumerables amantes. quién iba a fijarse en él, me decía yo también cuando alguna vez pensaba que había cometido un grave error. una noche de esas en que las dudas me hicieron temblar de rabia e impotencia por haberme lanzado a los brazos de un pobre hombre que nos creía la pareja ideal comencé a empaquetar mis cosas mientras él todavía estaba en el trabajo. no me importaba volver a sufrir si esto significaba recuperar un poco de ilusión. sin embargo, al escuchar la puerta y ese “hola” animado y alegre con el que siempre llegaba a casa escondí la maleta debajo de la cama, esperando el momento adecuado para largarme, sin avisar. esa misma noche, cansado y con la voz temblorosa, me pidió que nos casáramos. se disculpó por no poder arrodillarse y con mucha solemnidad extrajo de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada que contenía un anillo fino de plata con un diamante minúsculo en forma de corazón. asentí. no me salían las palabras y él dedujo que estaba demasiado emocionada como para poder contestarle con vocablos. sonrió y tiró su muleta al suelo para abrazarme, susurró algo que no escuché bien y me besó. después preparamos la cena en silencio y nos fuimos a dormir temprano porque al día siguiente había que madrugar para ir al trabajo. 

fue una boda discreta y rápida en el juzgado de la ciudad, entre otra veintena de parejas más. él estrenó una chaqueta gris que le venía grande y yo un vestido sencillo de color salmón demasiado fino para el día lluvioso y nublado que hacía. después nos fuimos a un pequeño restaurante con su hermana y el marido de ella. comimos de todo y mucho y de postres ellos nos sorprendieron, a pesar de que habíamos insistido en que no hicieran nada especial, con una tarta nupcial de nata que me sentó mal y terminé vomitando en el baño del restaurante. 
lo único que cambió en nuestra vida de casados fue que aparté la idea de volver a hacer las maletas. me resigné a mi calma buscada y encontrada y él también pareció resignarse a que cuando se acercaba yo me apartara, a veces con disimulo, otras, la mayoría, bruscamente, sin mediar palabra, como si estuviera cerca de un gato que me produjera alergia o de una enfermedad altamente contagiosa y terminal. también desarrollé un absurdo sentido del ridículo cada vez que salía a la calle con él. sentía que todo el mundo nos miraba: a él por su cuerpo deforme y a mí por la pobre mujer desesperada que no había conseguido a nadie mejor. de nuevo opté por encerrarme en casa, aunque esta vez no estaba sola y fue aún peor. no podía controlar mi creciente mal humor, discutía con él por cualquier cosa para así no tener que hablarle en dos o tres días y a pesar de que él intentaba complacerme en todo yo sólo buscaba los fallos para poder tirárselos en cara a la mínima oportunidad. para complicarlo aún más me acordaba constantemente de abel, de lo feliz que había sido con él, de lo idiota que había sido al sospechar de él y de las pésimas decisiones que había tomado en la vida. lloraba a todas horas, escondida en cualquier rincón para que mi marido no preguntara. una mañana llamé a consuelo pero quien cogió el teléfono me informó de que la consulta era ahora un centro de estética especializado en tratamientos de rejuvenecimiento y que la anterior inquilina se había mudado a otro lugar. cuando pregunté, al borde del llanto, si sabía adónde se había mudado me contestó que no y colgó porque no podía hacer esperar más a sus clientas. inmediatamente, sin pensarlo dos veces, con el pulso acelerado y una ilusión que hacía años que no sentía, marqué el número de abel. 
nos citamos en un hotel al lado del aeropuerto. él tenía cuatro horas antes de coger otro avión hacia estocolmo. al verme se levantó del sillón y me dio un abrazo como si nunca me hubiera comportado como una histérica con él. también pidió dos vinos y me dijo que estaba guapísima, aunque yo sabía que era mentira porque aunque había pasado más dos horas probándome vestidos y maquillaje hay tragedias que no se pueden ocultar con blusas finas y carmín rojo. apenas hablamos. nos mirábamos, sonreíamos y dábamos otro sorbo al vino sin ser capaces de preguntar qué había sido de nuestras vidas, no sé si por temor o porque no nos importaba. cuando el camarero se percató de nuestras copas vacías y se acercó para saber si deseábamos algo más abel contestó que no, que ya nos íbamos, dejó un billete de diez en la mesa, se levantó y yo le seguí sin preguntar. 

esa noche llegué muy tarde a casa. en el ascensor revisé por primera vez el móvil y conté diez llamadas perdidas y tres mensajes de voz de mi marido que gradualmente mostraba su preocupación por si me había sucedido algo. en el último mensaje me decía que iba a salir a dar una vuelta para ver si me encontraba. lo imaginé abrigado, con la nariz roja, su muleta, arrastrando su pierna débil, buscándome inútilmente en parques, avenidas y tal vez algún hospital, pero no sentí ningún remordimiento ni culpa. las últimas horas con abel eran mucho más poderosas y me permitieron anular cualquier atisbo de malestar. me sentía feliz, ligera, aliviada y sobre todo confiada. ni tan siquiera me apresuré en elucubrar una excusa creíble para cuando abriera la puerta de casa y me topara con la mirada asustadiza de mi marido tullido. tampoco hizo falta. al entrar comprobé que todavía no había llegado y aproveché para meterme en la cama y descansar un poco. me dormí plácidamente, como un bebé, rememorando las manos, los labios, las palabras y las caricias con las que abel me había obsequiado unas horas antes. 
me desperté a las once de la mañana, con los brazos de mi marido rodeándome por la cintura y su cabeza apoyada en mi espalda. cuando intenté moverme para deshacerme de él y levantarme, él se despertó y me abrazó aún más fuerte. 
-no me dejes nunca. –dijo en voz baja, temeroso de sus propias palabras– prométeme que no me dejarás nunca. 
yo cerré los ojos, cogí su mano, con más pena que afecto, y esperé a que volviera a dormirse para llamar a abel.

02 septiembre 2014

Para descifrar un enigma hay dos alternativas: la acumulación infinita de datos diferentes o la utilización infinita de un mismo dato. Se puede tomar una serie, cualquier serie, y ver cómo se transforma y reaparece y se reproduce. O tomar un hecho, una partícula insignificante de vida (un botón negro de nácar) y seguir su recorrido invisible en la multiplicación de los días. Un hecho, una serie: ¿en qué punto construir la relación?

Prisión perpetua, R. Piglia