en esos tiempos no hacíamos nada bien.
había que conocerse, indagar, dudar
aclararnos.
quedábamos a menudo, algunas veces incluso sin excusa
porque sí
sólo por vernos, por estar con el otro
por sentir que, cogidos de la mano, nos preocupábamos menos
por la dirección del paseo
y comprobar, supongo, que nos gustaba estar juntos,
revueltos, manchados, enfadados, cocinando un plato rico,
esperando una llamada que tardaba
escuchándonos a pesar de no decir nada cabal
mirándonos aunque ya nos hubiéramos contado las pecas
cien veces.
de día recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus
juramentos y pactos
había que interpretar
queríamos creer
creíamos.
a ciegas.
de noche nos aventurábamos con posturas extrañas que habíamos visto de algún vídeo porno en internet
ni ella era rubia
ni yo aguantaba sesenta minutos
y a pesar del empeño
a ella le gustaba así, normal
a mí me entusiasmaba asá, como siempre
nos sobraban brazos y nos faltaban horas, agua fresca
tal vez un director de escena que se quedara al margen cuando todo comenzaba a salir bien.
al terminar, anudados, más felices que sorprendidos
nos reíamos muy alto y recontábamos, otra vez,
nuestras pecas.
con el tiempo, como tantos otros, nos normalizamos:
nos sabíamos eruditos y terminamos las preguntas
los paseos se acortaron
los bolsillos de cualquier chaqueta albergaban mejor que las manos
las suyas heladas de noviembre a marzo, las mías comenzaban a sudar en abril
a mis platos les faltaba sal, ella abusaba del azúcar
algún día, en una de esas tardes plomizas y lentas,
recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
negaba con la cabeza, sonreía mansamente
alzaba la vista y observaba las nubes
había que creer
me convencía que tenía que creer
luego bajaba la vista hacia el pavimento
y obedecía.
distanciamos las llamadas
usábamos caritas inexpresivas y pulgares hacia arriba que pretendían detallar más que cualquier frase
perdí la cuenta de los corazones recibidos entre línea y línea
cuando a mí me bastaba un vamos a pasear
se había teñido de rubio. la hacía más joven, aseguraba
el porno la aburría
yo seguía sin aguantar sesenta minutos
tenía más tripa
más fantasías que imaginación
una camarera argentina que me deseaba los buenos días con el mismo encanto con el que me rozaba el brazo al servirme el café
un temor que disimulaba hablando mucho rato
a gritos
sin entender qué estaba contando.
ella, la camarera, me regalaba galletitas
yo, achispado de esperanza y cafeína, la visitaba cada día
como tantos otros, nos compramos un cachorro:
cuatro patas paticortas, dos orejas puntiagudas, un hocico que me olisqueaba el culo cada vez que me ponía de pie
rasgaba mis zapatillas
devoraba nuestras sobras
ladraba a todas horas
nos exigía atención y juegos.
la alegría de la casa.
plutón, le puso ella, que ya no era rubia sino caoba oscuro
la hacía más seductora, insistía
y yo me preguntaba, en silencio, mirándola de reojo, leyendo su diario a escondidas,
para quién.
alguna noche, en una de esas noches de vueltas e insomnio,
intentaba recordar si hubo juramentos y pactos.
me decía que sí, que algo hubo, que yo prometí y ella firmó
quizás fuera al revés.
luego cerraba los ojos e intentaba relajarme, no pensar, ausentarme
pero su respiración calmosa
sus ronquidos musicales, sosegados
la mancha húmeda de su babilla acuosa
plutón, dormitando como un bebé entre sus dulces brazos, me había derrocado, desplazado. anulado.
y yo, imbécil, cobarde, con más tripa, menos pelo
sin mi rubia ni mi argentina
sin aguantar unos jodidos veinte minutos
sin zapatillas ni pactos
miraba a esa bestia por la mañana y le preguntaba, cada día, como si me entendiera y fuera a responder,
¿vamos a pasear?
y como tantos otros, paseábamos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


vamos lo que es normalizarse
ResponderEliminarmenudo castigo al minino
Yo no quiero un perro que reponga los espacios vacíos ni justifique mi existencia, y no, no vivo en la ilusión de los primeros días, supongo que incluso más en la realidad de los posteriores...
ResponderEliminarYo tan sólo quiero, como tantos otros, seguir sintiéndome vivo...
iba a decir 'rutina' pero espero que en mi futuro, la rutina no sea un perro en el que ahogar abrazos.
ResponderEliminarEs que las películas de amor tienen segunda parte y es de terror.
ResponderEliminarEsa bestia con la que despierta el protagonista es la misma persona de la que se enamoró más algún añadido o alguna resta leves. La argentina es una bestia en potencia o algo peor pero juega con la ley de la ventaja de no haberse dado a conocer.
No vivimos de la realidad, vivimos de la imaginación. Le colocamos un sueño encima a una persona de la que nos enamoramos y cuando nos cansamos y se pasa el sueño, queda la humana. El final tan brillante como siempre pero menos abierto está claro. A pesar de todo siguen paseando. La rutina gana y el amor pierde. Como suele ocurrir.
Cuando uno está solo también deambula entre la rutina y la ilusión, luego no es un problema del amor. Es lo que yo creo. Lo cuentas muy bien, utilizando el detalle para contar el todo, haces pensar.
ResponderEliminarPor eso existe el divorcio y tantos que lo hemos utilizado, sino te resignas, acabas, eso es lo normal, has escrito más textos sobre este tema, siempre distintos, siempre brillantes, pero siempre me queda eso regusto de tristeza, porque es así, tal cual.
ResponderEliminarAbrazo más beso y café cuando podamos
el si no es separado...
ResponderEliminar¡Me ha chiflado la foto! jiji
ResponderEliminarPienso lo mismo que RH, la monotonía somos nosotros enfrentándonos a la vida, porque hemos escogido esa manera de hacerlo.
Por el resto, el poema es genial :)
Un besito.
El feed de blogger me la ha jugado, porque juraría que este poema ha pasado totalmente desapercibido por ahí. Mal. Me encanta. Hay algo muy real. Tú lo hacer real, por buena escritora, porque yo juraría que la cruda experiencia se halla tras los versos, en una historia que se repite cada día en el mundo, pero no por ello deja de estremecer, sorprender, desolar. Y sin embargo, no apostaría todo a ello, porque cuando las letras son innatas, el autor hace magia, y no necesita de la experiencia. Me dejó triste el poema, sí, mucho. Y aunque me dijesen, bueno, esto no es real, respondería como en aquel poema de González, bueno, lo que yo siento sí lo es.
ResponderEliminar