Nuestra actitud con respecto a la
vida era benevolente, muy benevolente; nosotros la considerábamos con la misma
benevolencia que uno manifiesta a un rinoceronte o a una jirafa en un zoológico.
En efecto, basta con decir que contemplábamos la vida desde fuera; que no nos
gustaba estar inmersos en ella. Por otra parte la vida nos gustaba, pero no la
considerábamos nuestro oficio; para nosotros era un espectáculo al que
asistíamos. Amábamos a la gente, la calle y el ruido, pero solamente como
espectadores. Por eso no se nos hubiera podido tachar de misántropos, pues en
realidad íbamos hacia la gente, pero íbamos como se puede ir al cine. La calle
era lo que más gustaba a mis padres, particularmente las calles meridionales,
por ejemplo de Italia o de España: ¡se podía ver pasar tan bien la vida en
ellas! Pero era justamente eso: la veían pasar. Yo mismo, durante años, no me
di cuenta de que la calle es interesante, sabía solamente que era pintoresca y
que en ella podían verse tipos originales. No se me ocurría la idea de que yo
también era uno de esos tipos. A menudo he observado el escenario de la calle,
con todas esas personas que van en pos de su meta. Era sólo yo el que no tenía
otra meta salvo mirar cómo los otros perseguían la suya. Un día, en una fiesta
mayor, unos amigos me preguntaron qué me atraía más; yo respondí, como si fuera
algo que se daba por sentado, que lo que prefería era observar a la gente. Tuve
que esforzarme un poco para poner buena
cara mientras ellos me arrastraban de diversión en diversión, ya que yo no me
había dicho jamás, hasta el momento, que las diversiones no estaban hechas sólo
para los demás sino también para mí.
En la calle yo tenía ocasión de ver
tipos interesantes, pero no eran tipos con los que me hubiera gustado entrar en
contacto. Era como una película que proyectaran delante de mis ojos que se
detenía tan pronto como yo dejaba mi puesto de espectador. Por la calle pasaban
mujeres “muy elegantes” o que “tenían muy buen aspecto”, pero la idea de que
eran “muy elegantes” y de que pasaran por allí porque también a mí me hubieran
podido parecer deseables no me cruzaba siquiera por la cabeza. Sin duda esto
expresaba la quintaesencia de ese mundo en el que me habían hecho nacer y que
también debía convertirse en mi mundo: la vida es muy buena, pero nosotros no
somos la vida; la vida son los otros.
Bajo el signo de Marte, Fritz Zorn
No hay comentarios:
Publicar un comentario