02 febrero 2020

Nuestra actitud con respecto a la vida era benevolente, muy benevolente; nosotros la considerábamos con la misma benevolencia que uno manifiesta a un rinoceronte o a una jirafa en un zoológico. En efecto, basta con decir que contemplábamos la vida desde fuera; que no nos gustaba estar inmersos en ella. Por otra parte la vida nos gustaba, pero no la considerábamos nuestro oficio; para nosotros era un espectáculo al que asistíamos. Amábamos a la gente, la calle y el ruido, pero solamente como espectadores. Por eso no se nos hubiera podido tachar de misántropos, pues en realidad íbamos hacia la gente, pero íbamos como se puede ir al cine. La calle era lo que más gustaba a mis padres, particularmente las calles meridionales, por ejemplo de Italia o de España: ¡se podía ver pasar tan bien la vida en ellas! Pero era justamente eso: la veían pasar. Yo mismo, durante años, no me di cuenta de que la calle es interesante, sabía solamente que era pintoresca y que en ella podían verse tipos originales. No se me ocurría la idea de que yo también era uno de esos tipos. A menudo he observado el escenario de la calle, con todas esas personas que van en pos de su meta. Era sólo yo el que no tenía otra meta salvo mirar cómo los otros perseguían la suya. Un día, en una fiesta mayor, unos amigos me preguntaron qué me atraía más; yo respondí, como si fuera algo que se daba por sentado, que lo que prefería era observar a la gente. Tuve que esforzarme un  poco para poner buena cara mientras ellos me arrastraban de diversión en diversión, ya que yo no me había dicho jamás, hasta el momento, que las diversiones no estaban hechas sólo para los demás sino también para mí.

En la calle yo tenía ocasión de ver tipos interesantes, pero no eran tipos con los que me hubiera gustado entrar en contacto. Era como una película que proyectaran delante de mis ojos que se detenía tan pronto como yo dejaba mi puesto de espectador. Por la calle pasaban mujeres “muy elegantes” o que “tenían muy buen aspecto”, pero la idea de que eran “muy elegantes” y de que pasaran por allí porque también a mí me hubieran podido parecer deseables no me cruzaba siquiera por la cabeza. Sin duda esto expresaba la quintaesencia de ese mundo en el que me habían hecho nacer y que también debía convertirse en mi mundo: la vida es muy buena, pero nosotros no somos la vida; la vida son los otros.

Bajo el signo de Marte, Fritz Zorn

No hay comentarios:

Publicar un comentario