ana se detiene delante de la tienda cuando ve a un par de mujeres que están siendo atendidas por la dependienta. rápidamente aparta la mano del pomo y se aleja con disimulo, como si en realidad se hubiera equivocado de tienda y no tuviera ningún motivo para entrar allí. camina por la acera unos metros y al ver un banco vacío se sienta y se abrocha el último botón del abrigo. de su bolso saca el móvil. sabe, antes de mirarlo, que no habrá ningún mensaje ni llamada perdida para ella, pero lo mira igualmente. son las 10.47 de la mañana. hace frío, pero al menos hace sol. en pocos días empezará la primavera, los días han comenzado a alargarse y puede que le apetezca salir por las tardes a dar una vuelta, ni que sea corta. la dos mujeres salen ahora de la tienda. van cogidas del brazo. una tiene su misma edad, puede que dos o tres años mayor pero no mucho más, y la otra es joven. podrían ser madre e hija ya que tienen la misma nariz y la misma forma de mentón, alargado y fino. las dos mujeres pasan por delante de ella. la más joven le está diciendo a la otra que no le gustaba ninguna y que una compañera del trabajo le dijo ayer de otra tienda, al lado del mercado. la mujer más mayor asiente con la cabeza y le contesta que la invita a un café. luego deja de escucharlas. vuelve a mirar el móvil. son las 11.06h. se levanta y se dirige a la tienda donde antes no ha entrado. en el escaparate ve algunas pelucas. hay otros objetos, pero ella sólo se fija en las pelucas del rincón, mal colocadas, detrás de unas planchas de cerámica de último modelo. al lado de una de ellas, un trozo de papel mal cortado en minúsculas y sin tilde anuncia “pelucas oncologicas”. ana empuja la puerta y entra. la tienda es estrecha, larga y poco iluminada. las estanterías llegan hasta el techo y están repletas de mercadería, productos y botes. algunos parece que lleven ahí años por su envoltorio descolorido y lleno de polvo. enseguida aparece la dependienta y la saluda con amabilidad. es una señora bajita y un poco regordeta, bien vestida, con una falda negra, una blusa rosa pálido y unos zapatos negros con poco tacón. va ligeramente maquillada y lleva unos pendientes de perla grisáceos y tres anillos sencillos de oro. ana le devuelve el saludo y desvía la mirada hacia el pelo de la vendedora: una melena espesa y oscura, brillante, ondulada, que le llega hasta los hombros. la mujer pregunta en qué puede ayudarla aunque ya lo ha adivinado antes de que ana, en voz baja, diga que está buscando una peluca y al decirlo alza un poco la mano derecha en dirección a su cabeza, aunque el gesto se queda a medio camino, como si no se atreviera a señalar directamente el motivo de su visita. la dependienta se asegura de no levantar la vista hacia el pelo de ana y se concentra en sus ojos verdosos, pequeños y sin brillo.
-¿tiene alguna idea de cómo le gustaría? –dice con un tono de voz entrenado ya para estas ocasiones, ni muy animoso ni demasiado fúnebre.
ana niega con la cabeza, a pesar de que durante estos últimos días ha estado mirando revistas de moda que venían con un especial de peinados para primavera-verano. ha leído que se llevan las ondulaciones vaporosas, los flequillos pop, los cortes simétricos y naturales y los recogidos, pero, no, dice finalmente, no tiene ni idea de cómo le gustaría que fuera la peluca.
en más de una ocasión se plantó delante del espejo del baño con las tijeras de la cocina en la mano, pero nunca se atrevió a cortar más que unos centímetros de un cabello suelto y al final dejó que fuera el tratamiento quien decidiera por ella. había leído, incluso se lo había confirmado su doctor cuando ella lo había mencionado, que algunos pacientes no sufrían la caída del cabello. sin embargo ana no fue una excepción y su pelo comenzó a debilitarse y a desprenderse de ella a los pocos días de empezar el proceso de curación. tampoco para entonces fue capaz de cortar y le pareció más sencillo rehuir los espejos y los cristales que reflejaban su imagen cada vez más enflaquecida y pálida.
-pase por aquí, por favor. seguro que encontramos algo ideal para usted –se atreve a decir la dependienta, consciente de que ese “ideal” puede haber sonado un tanto atrevido o superficial y a continuación para compensar su supuesta falta de tacto, con su mano rozando la estrecha cintura de ana, la insta a que pase al interior de la tienda intuyendo, acertadamente, que a las dos les vendrá bien un poco de intimidad para esta adquisición.
con la clienta a unos pasos de distancia se atreve a mirar por primera vez su cabeza despoblada, aunque la mala iluminación del pasillo atenúa esa sensación que siente siempre ante estas situaciones, una mezcla de agradecimiento, pena y terror.
ana avanza hasta una pequeña habitación con un espejo de cuerpo entero, tres colgadores en forma de botón y una silla de madera. agradece que el cuarto no esté repleto de pelucas de todo tipo posadas sobre cabezas de plástico, rostros idénticos sin expresión de labios rojos y mirada perdida.
-tome asiento, por favor –dice la mujer de la tienda.
y al comprobar que su clienta está pálida le ofrece un vaso de agua.
ana lo acepta con un movimiento de cabeza y la dependienta dice que vuelve en seguida, que mientras tanto se ponga cómoda. ella se quita el abrigo y mueve un poco la silla para darle la espalda al espejo. inmediatamente se da cuenta de su gesto inútil, infantil y poco pensado pero en vez de recolocar la silla tal y como estaba la deja de espaldas y se queda mirando a la puerta hasta que llega la vendedora con su vaso de agua fresco y un platito con dos galletas. las dos se miran un instante. la mujer asegura que en ese cuarto siempre hace más calor que en el resto de la tienda y que es normal si se siente un poco mareada, aunque en realidad las dos saben que no tiene nada que ver con la temperatura de ese sitio. mientras ana bebe, la dependienta decide romper el hielo y comienza a hablar:
-pienso que lo que de verdad le sentaría bien, por su tono de piel, es un color rubio ceniza, algo no muy oscuro y discreto, que llame poco la atención. los tonos oscuros no sólo nos ponen años de más, sino que acentúan las facciones y bueno, usted las tiene bien bonitas, pero mejor armonizarlo todo. además, con este color de ojos tan precioso… sí, sin duda hay que optar por algo clarito. y de largada… pues yo le aconsejaría media melenita. lo digo porque algo muy largo es engorroso y además da más calor, aunque bueno, todas las pelucas que tenemos aquí están hechas de los mejores materiales y son de una calidad excepcional, por lo que lo del calor, apenas le afectará. los cortes son todos muy modernos y actuales. por no hablar del tacto sedoso y suave. absolutamente nadie va a darse cuenta de que lleva puesta una peluca, se lo aseguro. mire, compruébelo usted misma.
la mujer abre una caja y saca una primera peluca que acerca a ana. las dos tocan el pelo.
-es como si fuera real, ¿verdad? –pregunta sin esperar ninguna respuesta –hecha de fibra de kanekalon, antialérgica y lavable. todas pensadas y testadas teniendo en cuenta las características del cuero cabelludo más delicado. y muy económicas. la relación calidad precio es inigualable y son las que suelen comprar todas las… las… todas las personas -termina por decir, evitando pronunciar la palabra “enfermas”.
ana sigue tocando el pelo con la yema de los dedos como si estuviera acariciando una mascota doméstica.
-¿se la quiere probar? –pregunta- este modelo se llama “callas” por maria callas, la cantante.
-ya, bueno… no sé… la verdad, la verdad es que no me entusiasma demasiado este modelo…
-demasiado oscura, ¿no? sí, yo también lo he pensado justo cuando la he visto. pero no se preocupe, déjeme que le enseñe esta otra. mire, mire esta. preciosa, ¿no cree? mire qué brillo. o esta otra, más cortita, pero muy actual. la de chicas que veo yo por la calle estos días con este mismo corte. es que es igualito. ¿no se ha fijado usted?
la vendedora va sacando pelucas y las va colocando alrededor de ana para que pueda verlas y tocarlas bien. cuando hay una decena fuera de su caja le vuelve a preguntar si desearía probarse una y ana contesta que no está convencida con ninguna de las que ha visto. durante unos segundos las dos mujeres miran las matas de pelo rubio ceniza y castaño dorado en silencio. ana bebe un trago más de agua.
-¿y rubio? –pregunta titubeante.
-¿cómo dice?
-¿no tendrá ninguna rubia? –repite igual de vacilante.
-¿rubia, rubia?
-sí, rubia.
-pero… ¿cómo de rubia, exactamente?
-nunca he sido rubia, ¿sabe?
la dependienta piensa que ella tampoco, pero no se cree con derecho a compartir su pensamiento.
cuando regresa con las pelucas rubias ana se ha puesto de nuevo el abrigo y está tiritando de frío.
el viaje en autobús se hace largo a pesar de que el trayecto dura apenas quince minutos. en otras circunstancias se hubiera forzado a ir andando hasta su casa, respirar aire fresco, estirar las piernas, aprovechar incluso para comprar un algo de pescado para la cena, pero ahora mismo ana no se siente con fuerzas y de haber tenido el dinero suficiente habría pedido un taxi que la dejara delante de su edificio. por suerte a estas horas hay poco tráfico y el autobús no va demasiado lleno. elije uno de los asientos del final, al lado de la ventada para ver un paisaje que tiene muy visto. en el asiento de delante una anciana se ha quedado adormilada hasta que las puertas del autobús se deslizan y entra un grupo de cinco o seis chicas vociferando, empujándose unas a otras y riéndose. ana las mira y comprueba con una sonrisa comedida que ninguna lleva el peinado de esa peluca que le ha enseñado la dependienta hace un rato. una de las chicas, la de pelo más largo, se sienta al lado sin reparar en ella. el asa de su bolso cae encima del regazo de ana, pero no lo aparta y lo mantiene en su falda. la chica está atareada tecleando en su móvil que no para de emitir sonidos de mensajes entrantes. las demás la rodean, miran la pantalla y se echan a reír de nuevo, esta vez más alto. la anciana se gira, tal vez con la intención de regañarlas, pero se topa con ana. sus miradas se mantienen unos segundos hasta que ana, adivinando que la anciana advertirá su cabeza en breve, vuelve a sumergirse en el paisaje urbano hasta que llega a su parada. ninguna de las chicas se fija tampoco en ella cuando ésta se levanta y tartamudea un “disculpad” para que se aparten que queda silenciado por el ruido del motor y el parloteo de las muchachas.
el piso está frío y ana no se quita el abrigo hasta que el pequeño calefactor del salón comienza a calentar la sala. deja la bolsa de su compra en el baño y se quita los zapatos para ponerse unos calcetines gruesos de lana y las zapatillas de andar por casa. arrastrando los pies va a la cocina con la intención de hacerse un té, algo que le ayude a dejar de tiritar pero sabe que en realidad sólo está postergando el momento de probarse esa peluca, algo que ha terminado por no hacer en la tienda, delante de una vendedora demasiado pendiente de sus gestos y de su imprevisible reacción.
en el baño saca la peluca de la bolsa y se queda mirándola unos segundos. una peluca rubia, de pelo liso, brillante, sedoso y muy largo que al final han encontrado en una de las últimas cajas de la estantería. nadie creería nunca que ese podría ser su pelo natural. no con esa cara, piensa, pero aun así enciende la luz y cuando sus ojos se han acostumbrado a las dos bombillas que cuelgan del techo, se mira al espejo justo lo que tarda en colocársela a la cabeza. se ve muy rara, ni más enferma ni menos, simplemente extraña, otra, y le cuesta acostumbrarse a esta imagen que le muestra el espejo. con la punta de los dedos peina los cabellos para que caigan rectos y ordenados sobre su cara y sus hombros. le gusta el tacto de ese pelo sintético en las mejillas y dedica mucho rato a observarse; primero de cara, luego de perfil y también de espaldas, con un espejo de aumento que antes usaba para depilarse las cejas y que ahora guarda en un rincón del cajón. poco a poco empieza a sentirse cómoda con su aspecto y su melena larga y es entonces cuando se dirige a la cocina, pone la tetera en el fuego y coge unas tijeras. el calorcillo del salón contrasta todavía con el fresco del baño adonde regresa con las tijeras y un poco menos de frío. una vez delante del espejo escoge un mechón al azar, acerca las tijeras y corta unos centímetros de la punta. suspira y para sus adentros admite que no ha sido tan difícil como pensaba que iba a ser. eso la anima. se diría que es ella quien está, por fin, tomando una decisión y a continuación, más convencida, separa otro mechón y corta otra punta y después otra y otra y otra hasta que la pila del baño se llena de cabellos rubios, largos, sedosos y brillantes y en su cabeza luce un peinado a capas desiguales, asimétrico y mal cortado, pero ana sonríe y piensa que tal vez mañana, si hace un buen día y se encuentra con ganas, podría salir a por una peluca un poco más discreta, como si se tratara de su verdadero pelo.
18 marzo 2015
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un relato denso. Una peluca que viste muchas historias
ResponderEliminarMinucioso relato. En los detalles está la literatura, que diría Nabokov. Cómo el viaje desde la compra de una peluca(oncológica, hasta aprendemos que tiene su especialización) hasta casa va transformando al personaje. O nos mantiene en tensión porque le conocemos unas dudas, le sabemos un conflicto(con llevarla o no llevarla) y al final le adivinamos una transformación(lo suficientemente sutil para que después de acabado el relato todavía algunos pensemos en si realmente saldrá a por otra peluca o no¿Ha empezado a creer en el pelo sintético o...? Por lo menos quiere hacerlo, yo veo una historia dónde una mujer intenta ilusionarse de nuevo en mitad de una nueva situación difícil).
ResponderEliminarNunca es fácil escribir sobre temas así. Me gusta mucho cómo lo has tratado. Además, como tema central has escogido las pelucas, lo cual me ha llevado a pensar a cuando mi abuela sufrió cáncer y yo era pequeña. Me resultaba natural ver su peluca allí colgada en una especie de maniquí de poliexpan. Yo me la probaba y bailaba con ella y lo veía todo tan normal. Pero está claro que la percepción de un niño no se asemeja a la de un adulto, y menos aún cuando se trata de escribir sobre un personaje que padece dicha enfermedad. Me han gustado los detalles del teléfono, el rubio platino y lo bien caracterizada que está la dependienta al intentar no pronunciar la palabra tabú (cáncer) en la que se ha convertido hoy en día en nuestra sociedad.
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