tampoco estas dos piernas largas, torcidas,
dos palillos -que diría tu padre-
ciento setenta por sesión láser porque a una amiga le funcionó
van a servirte para huir lejos, escabullirte rápido
ni acercarte unos metros al calor de un fuego que prendieron otros y que sí, cierto, funcionó y te calentó un tiempo breve pero ahora, estimada, te hiela, te excluye, te reta a un giro que bien sabemos no vas a iniciar jamás.
tu carácter tranquilo, amable
a veces alegre
paciente cuando toca
por el que te atribuyen tu buen hacer
los buenos modos
la prudencia exacta
la calma y sonrisa esclava
será más bien un tormento, una lacra
para cuando por fin comprendas que era mejor cambiar de táctica
enseñar los dientes, los puños, las entrañas, si es que alguna vez tuviste
aullar por las mañanas
volver a casa arañada, coja, derrotada,
pero
viva
despertarse un poco antes
tener la dosis justa para cuando subiera la arcada
luchar, amiga, con más ansia
levantarse de esa cama que en los mejores días ofrecía más desamparo que reposo y en las peores noches avasallaba con más realidad que pesadillas vagas.
y qué decir de esos los labios
ah, los labios
tus labios, sí, carnosos, bien rojos, vistosos
resultones cuando callaban
hábiles para besar, chupar, morder sin hacer sangrar
inútiles para gritar, exigir, mandar a la mierda
malditos cuando tenían que pronunciar un no en vez de un bueno, un puede en vez de un cierto, un seguro en vez de bajar la mirada, de esperar a que pasara, se olvidara, dejara de partirse
un sí en vez de un para qué
un sí en vez de nada
un sí
un puñetero
sí.
cuarenta y siete kilos y medio de historia narrada por terceros
a trompicones
entre sujetos borrosos y predicados pasivos
sin ni un solo verso que rimara, ni una sola palabra pegada a otra que formara una frase digna de repetirse, de recordarse
sin protagonista a quien regalar flores
sorprender con una fiesta, una cena, un viaje
ni que fuera cerca, ni que fuera corto
ni que fuera.
una historia, querida, tuya, propia
anodina, amorfa, ausente.
cuarenta y siete kilos y medio no bastarán, no,
para detener la mente enferma, la vida anclada
las manos hinchadas de tanto apretarlas
el corazón discreto de tanto amagarlo
el amago que se queda en barro
el barro que se licua en lágrima
la lágrima que se expande en mancha
la mancha que, de densa, traspasa.
cuarenta de normalidad fingida porque en algún momento, alguno al menos,
habría que dejar de morir
y siete
de silencio adusto
y huesos que sólo sustentan aire
y estómago abultado de raíces rotas, inercia, náusea
y medio.


Hay que echar un poquito más, digo de kilos
ResponderEliminar"volver a casa arañada, coja, derrotada"
ResponderEliminarMuy bonito!!
Hay furia en esos 47 kilos de derrotas. Un grito de amargura impactante. No le has dejado ni un milímetro a la esperanza. Pero es que la vida a veces se siente así.
ResponderEliminarAcojonante
ResponderEliminarTengo casi el doble de kilos y tampoco son capaces de sostenerme. Mis putos labios también son de esos.
ResponderEliminarMe ha encantado.
Un abrazo!
Holaa, me encanta tu blog, te pasarías por el mío y me dirías qué te parece que soy nueva por aquí? Muchas gracias! http://puedoynoquiero.blogspot.com.es/
ResponderEliminarSomos una suma interminable de certezas solapadas, de silencios incompletos, de oscura mas latente inseguridad...con lo fácil que sería ser tan sólo lo que somos y sentimos...
ResponderEliminarSomos una suma interminable de certezas solapadas, de silencios incompletos, de oscura mas latente inseguridad...con lo fácil que sería ser tan sólo lo que somos y sentimos...
ResponderEliminar