12 mayo 2020

los del 329


Hope Gangloff

viven al otro lado de la calle. en el 329. estos días encerrada en casa he memorizado, sin proponérmelo, sus horarios: se levantan más tarde que yo, a eso de las nueve. las diez, si es domingo. los días soleados salen al balcón y pasan allí un par de horas. ella lee en pantalón corto y él revisa el móvil, sin camiseta. los niños se entretienen con cualquier cosa. tienen dos. uno lleva el pelo largo y se parece al padre. el otro, de dos años, tiene una discapacidad. la mayor parte del tiempo lo pasa en brazos de ella, que lo besa en la frente y lo vigila para que no se caiga. apenas puede caminar y cuando consigue ponerse de pie debe sujetarse a las paredes o a los barrotes del balcón o a las piernas de su madre. lleva gafas azules y le gusta aporrear el tambor. el balcón está lleno de plantas secas, aunque estos días, aprovechando que está en casa todo el tiempo, ella ha plantado geranios rojos en las macetas de la ventana. dudo mucho que se acuerde de regarlos y terminarán muriéndose, como ya pasó con el rosal y la costilla de adán.
no supe de su embarazo hasta que vi al pequeño, agarrado al cuello de ella. algunas veces me pregunto si los médicos diagnosticaron la enfermedad antes del parto o después. si hubo la opción de detenerlo todo y, sin embargo, decidieron seguir adelante porque ella quería ser madre de nuevo o porque el primogénito insistía con un hermano pequeño. algunas veces me pregunto si necesitaron ayuda, si acudieron a alguien que les escuchara y les hablara con cuidado cuando regresaron del hospital. si fue ella quien lo sugirió y él, que siempre parece distante y serio, estuvo de acuerdo o se negó y prefirió hacerlo a su manera. algunas veces me pregunto cómo lo harán cuando el niño crezca y ellos envejezcan.
comen a la una. los días nublados encienden todas las luces del comedor y veo la silueta de él, sentado junto al hijo mayor mientras que ella lo hace más cerca de la cocina, que queda al fondo a la derecha. los fines de semana alargan la sobremesa y toman café, que prepara él casi siempre. luego los pierdo de vista unas horas. los imagino en el sofá, dormitando o viendo alguna película que mantenga a los niños callados y quietos. cada uno en un extremo, tecleando en sus móviles o, quizá, recordando algo sin importancia. 
cuando subo a la azotea, por las tardes, para estirar un poco las piernas, puedo ver parte del interior de su habitación de matrimonio. les gusta el blanco, supongo, porque todas sus sábanas y colchas son de este color. al igual que el cabezal de madera. demasiado antiguo y recargado, para mi gusto. en la pared hay varias fotos enmarcadas que, con la distancia, apenas distingo, pero imagino que son de los dos en algún viaje o de los cuatro en alguna celebración, bien vestidos, sonrientes, puede que haciendo muecas. las cortinas, verde oliva, parecen pesadas y tupidas. ella las echa cuando hace ejercicio, todas las tardes a las siete. él las deja abierta y, además, abre la ventana de par en par. no le importa que lo vean, supongo. cuando no pasan coches por la calle puedo escuchar la música, estridente y de ritmo rápido que llega desde la habitación. tiene el cuerpo trabajado y esbelto. y suda. suda con facilidad. levanta pesas, hace sentadillas, estiramientos, todo concentrado y serio. me da la impresión que esa es su hora preferida del día, ajeno a lo que ocurre en el salón o el balcón de la casa: el mayor aburrido, hastiado de estar encerrado en casa tantos días, molesta a su hermano que llora desconsolado mientras la madre, con el pelo aún húmedo y abrigada en su albornoz blanco, prepara la cena. cenan a las ocho. a las nueve llevan los niños a la cama y la casa queda semi oscura. a las once él sale al balcón a fumar. es el único cigarro que se permite al día. no estoy segura de que sea tabaco lo que fuma. a veces se queda un rato más, ensimismado, pensando en sus cosas o revisando el móvil. a ella la adivino cansada, aún con el albornoz puesto y el pelo, por fin, seco y enmarañado. 
nos cruzamos en contadas ocasiones: cuando riego mis plantas del balcón que, a diferencia de las suyas, insisten en florecer y crecer, o cuando salgo para que me dé el sol, por la tarde. pretendemos no vernos, a pesar de la inevitabilidad. ellos siguen con sus juegos y yo apenas me atrevo a levantar la mirada por si se sienten observados, por si invado su intimidad con mi reciente interés por ellos. sólo en una ocasión creí que habían reparado en mí cuando el menor, al verme abrir la puerta del balcón, me señaló varias veces y la madre tuvo que apartarle el brazo. sonreí, pero ella no se dio cuenta o, simplemente, no le apeteció establecer cercanía entre las dos. ese día él no salió al balcón por la noche y todas las luces de la casa se apagaron antes.
desde que los niños pueden salir a la calle pasan mucho más tiempo fuera. es ella quien suele acompañarlos. imagino el revuelo ante el acontecimiento. la imagino a ella preparando el cochecito, ella cargando con la pelota, ella haciéndoles prometer que serán buenos, que no se alejarán, que no tocarán nada, que si se portan bien podrán tomar helado de postre. ella despidiéndose de él de pasada, sin prestarle atención, pidiéndole, quizá, que se acuerde de poner el agua a calentar a la una. él contestando de pasada que sí, que claro, que no se preocupe, que lo pasen bien, que hagan caso a la madre. ¿se acordará de subir tabaco? y cierra la puerta y sale al balcón. los mira apoyado en la barandilla: minúsculas manchas que se mueven sin orden, imagino. y cuando están lo suficientemente lejos mira hacia mi balcón. no sería extraño que me viera, de pie, detrás de la ventana. si es así echo la cortina como hace ella. el timbre suena a los pocos minutos. sube los escalones de dos en dos y encuentra la puerta abierta. tenemos media hora, dice. lo suponía, contesto. a veces nos basta con menos. siempre huele a colonia de niño pequeño. nunca me habla de su familia. imagino a sus hijos saltando por las aceras y cantando una canción aprendida en la escuela. la imagino a ella contemplando la escena, tranquila, puede que feliz. antes de marcharse él aparta un poco la cortina de mi salón y mira hacia su casa: los geranios rojos, el tambor que el hijo menor descuidó en el suelo, la luz encendida que olvidó apagar antes de salir. ojalá todo esto termine pronto, dice. 
cuando vuelven sus hijos él ha puesto la mesa y se ha cambiado de ropa. ella, imagino, le cuenta el paseo, las rabietas, los juegos y las treguas. él, imagino, la escucha distraído mientras el mayor lloriquea porque tiene hambre. ella, imagino, corta el tomate y sazona la carne. él, imagino, pone la tele, revisa el móvil y se detiene y observa las cortinas abiertas de mi casa. nos miramos apenas unos segundos y luego imagino que algún día todo esto va a terminarse.

07 abril 2020

qué, cuándo


conroy maddox
no siempre lo preguntan así
sólo algunos
los que, quizá, no entienden de tacto
o esperan demasiado de mí
en cualquier caso, apuntan y esperan
observan y esperan
callan y esperan.
qué, cuándo
¿cuándo cambiarás de trabajo?
¿qué harás con ese imbécil?
¿cuándo dejarás de fumar, de morderte las uñas?
¿cuándo terminas la novela, empiezas la dieta, abandonas esa estúpida manía de rezar todas las noches?
¿qué vas a decir? ¿qué tienes pensado?
¿cuándo aprenderás la lección, a elegir bien, organizar el día, planificar el futuro?
¿cuándo crees que vas a hacer algo?
y esperan
esto esperan de mí:
una gran decisión, una actuación admirable, un resultado brillante.
hizo lo que tenía que hacer, lo convenido. ni un solo desvío en el trayecto, ni una sola mancha en el vestido blanco de los domingos.
esto esperan:
una versión útil, recta.

otra

otra que no cierra los ojos cuando preguntan cuándo
otra que no tiembla cuando preguntan cuándo
otra que no discute cuando preguntan qué
otra que no se hunde cuando preguntan qué
otra que no ensucia el vestido blanco de los domingos
otra que no tirita y balbucea
otra, impecable.
algunos preguntan buscando un consuelo:
no hizo nada. como yo
un desprecio:
hizo mal. como ellos
una burla:
hizo poco. como los cobardes
una evidencia:
hizo de todo. como los que vacilan.
y yo, uñas rotas y la novela sin terminar, susurro:
no esperes reflejo de ti en mí
soy un efecto invisible
una frase a medias
nadie de quien sentirse particularmente orgulloso
nadie a quien regalar flores en fechas señaladas, ni una felicitación tardía por logros mediocres. 
nadie por quien brindar en las fiestas. nadie acostumbrado a los aplausos.

no hay qué
no sé cuándo.

20 marzo 2020

Otra vez me tradujo una poeta de Berlín.
Había estado enamorada de un español

sabía muy bien lo que hacía.

Sólo tuvimos un disgusto
acerca de un dibujo de Max Ernst

El dibujo se llamaba (en castellano)
Aquí todavía todo está flotando

y ella quería saber si flotaba en el mar
o flotaba en el aire

porque en alemán son verbos diferentes

"Comprende las limitaciones de mi idioma",
le dije admirada de la precisión del alemán

"El dibujo te lo has inventado, no lo conozco,
no existe" me dijo como una severa Ama
germánica de fusta y cuero negro

Empleó tres días en rastrear todos los archivos
hasta encontrar el nombre del dibujo de Max Ernst

a esa altura yo ya me había enamorado de ella
y ella, medio de mí

paseábamos juntas por la Kudamm
atravesábamos en metro la estación del muro
contemplábamos los cisnes del Wansee
y escuchábamos a Bach

nos enamoramos tanto que respondía por mí las entrevistas que
me hacía
la televisión de Berlín

una vez nos citamos en un discreto hotel 
de Alexanderplatz
pero al final
no fuimos a la cita
porque ella tenía marido 
y yo tenía una amante

no queríamos complicar la traducción.

El libro se publicó en Berlín

y ya no me acuerdo cómo se llama. 

De ella me dijeron que se divorció
dejó de escribir poemas
y está encerrada en un loquero

Le mandé un mensaje
"Aquí todavía todo está flotando".


Anna, Cristina Peri Rossi