09 febrero 2020

todos venimos de algún lugar (triste)


renée radell
vienen de donde vienen todos los demás
esa parte oscura, un tanto triste
superada de aquella manera, a medias, a fuerza de llantos
desencantos
también con algo de alivio, aunque esto lo verán más tarde
dentro de meses, años, en los que se acaba por aceptar que no eran excepción, ni mucho menos ejemplo, sino más bien
la historia repitiéndose
una vez y otra
el sí que sólo era inercia
el miedo que terminó arraigando
el tedio que aplastó el mañana 
el otro (cualquier otro) que truncó el viaje pactado
una vez y otra
la historia carece de imaginación para hacerlos únicos, primeros
distinguidos.

vienen con las manos en alto
pidiendo paz, una tregua, un momento de calma
un día afable
si ellos fueron culpables ya no recuerdan
si ellos fueron víctimas señalan las heridas abiertas y les echan más sal
de la derrota siempre se sale más viejo y cansado
mira si no sus bocas exhaustas
de tanto rogar, de tanto exigir
mira si no sus brazos ancianos
de sostener techos de chozas que se caen a trozos
mira si no sus cuerpos inertes de tardes de sexo breve
besos exiguos
la cama tan grande
ni un sólo orgasmo.

vienen con los hombros encogidos, el paso lento
con miedo a avanzar porque las trampas pueden
-deben-
estar en cualquier parte. también en sus cabezas, 
aunque esto lo admitirán más adelante
dentro de meses, años, cuando se termina por confesar
que hay descuidos que merman
palabras que amputan
defectos de fábrica que nadie desea.

vienen huecos y desmembrados
ciegos
descreídos
rememorando lo que pudo haber sido
lo que sacrificaron
lo mucho que perdieron
su pequeña tragedia
su única gesta
y puede que entonces nos vean y se acerquen
huelan el absurdo, el espanto
palpen el aire helado
reconozcan en nuestras pupilas la intemperie
la deriva
la poca práctica de estar
de mantenerse a la altura
la historia que reincide
ese lugar triste del que nunca nos fuimos
ese lugar triste del que todos venimos.

02 febrero 2020

Nuestra actitud con respecto a la vida era benevolente, muy benevolente; nosotros la considerábamos con la misma benevolencia que uno manifiesta a un rinoceronte o a una jirafa en un zoológico. En efecto, basta con decir que contemplábamos la vida desde fuera; que no nos gustaba estar inmersos en ella. Por otra parte la vida nos gustaba, pero no la considerábamos nuestro oficio; para nosotros era un espectáculo al que asistíamos. Amábamos a la gente, la calle y el ruido, pero solamente como espectadores. Por eso no se nos hubiera podido tachar de misántropos, pues en realidad íbamos hacia la gente, pero íbamos como se puede ir al cine. La calle era lo que más gustaba a mis padres, particularmente las calles meridionales, por ejemplo de Italia o de España: ¡se podía ver pasar tan bien la vida en ellas! Pero era justamente eso: la veían pasar. Yo mismo, durante años, no me di cuenta de que la calle es interesante, sabía solamente que era pintoresca y que en ella podían verse tipos originales. No se me ocurría la idea de que yo también era uno de esos tipos. A menudo he observado el escenario de la calle, con todas esas personas que van en pos de su meta. Era sólo yo el que no tenía otra meta salvo mirar cómo los otros perseguían la suya. Un día, en una fiesta mayor, unos amigos me preguntaron qué me atraía más; yo respondí, como si fuera algo que se daba por sentado, que lo que prefería era observar a la gente. Tuve que esforzarme un  poco para poner buena cara mientras ellos me arrastraban de diversión en diversión, ya que yo no me había dicho jamás, hasta el momento, que las diversiones no estaban hechas sólo para los demás sino también para mí.

En la calle yo tenía ocasión de ver tipos interesantes, pero no eran tipos con los que me hubiera gustado entrar en contacto. Era como una película que proyectaran delante de mis ojos que se detenía tan pronto como yo dejaba mi puesto de espectador. Por la calle pasaban mujeres “muy elegantes” o que “tenían muy buen aspecto”, pero la idea de que eran “muy elegantes” y de que pasaran por allí porque también a mí me hubieran podido parecer deseables no me cruzaba siquiera por la cabeza. Sin duda esto expresaba la quintaesencia de ese mundo en el que me habían hecho nacer y que también debía convertirse en mi mundo: la vida es muy buena, pero nosotros no somos la vida; la vida son los otros.

Bajo el signo de Marte, Fritz Zorn

18 enero 2020

algunas palabras

hay palabras que ya no uso
porque al pronunciarlas te veo en el balcón, observando la lluvia, algún niño que pasa, que te venza el sueño, que por fin amanezca
te veo
sentado en la silla pequeña, las piernas cruzadas, leyendo un libro que no te gusta, pero terminarás igualmente
porque todo lo que empiezas, decías, lo acabas
también conmigo, 
supongo.

hay palabras que al nombrar
sin darme cuenta
hablando sola, conmigo misma, con cualquiera que pregunte qué tal
me queman el paladar
me secan la boca
agujerean el estómago y
atraviesan la piel
ese instante implacable entre el ayer y lo que hoy arrastro
la experiencia, dicen
un baúl lleno de mármol, pienso.

hay palabras que son maraña, añicos
incendios que arrasan los bosques
también la esperanza
por eso evito ciertas –esas– palabras
las que nos prometimos 
las que nos inventamos
las que escogimos de entre todos los libros
con las que ataviamos días, semanas, noches muy claras
las que se extinguieron con la primera helada
las que, probablemente, susurran los que aún saben de esto:
de ellos
de sostenerse
de equilibrarse
de nuncas y siempres
de comunicarse con códigos frágiles  
de idiomas tan breves e inanes, tallados a mano. joyas preciosas,
y luego quincalla.

hay palabras que callo
por miedo al contagio
por miedo a las minas, al pozo
al color exacto de cada detalle
a ti y a mí esa vez en verano
a ti y a mí, silenciados
a ti y a mí, sin ser nada
y por eso, tal vez, apenas cuento
apenas narro
apenas menciono
apenas salgo al balcón los días lluviosos
apenas te hablo
por eso, tal vez, prefiero que no haya palabras
y me basta –me salva– con mantener la distancia.