28 diciembre 2014

Escribir.

No puedo.

Nadie puede.

Hay que decirlo: no se puede.

Y se escribe.

Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.

Se puede hablar de un mal de escribir.

No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.

Hay una locura de escribir que existe en sí misma. Una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esta locura de escribir. Al contrario.

La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.

Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida. 

Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena. 

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también la más habitual.

La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada en la vida, nada, excepto eso, la vida. 

Escribir, M. Duras

27 diciembre 2014

instrucciones para soplar las velas de cumpleaños

ponga cara de sorpresa al ver la tarta con todas las velas encendidas. sonría a los amigos y familiares que se han reunido para celebrar tan señalada fecha. sonría un poco más, con convicción, hasta que le duelan ligeramente las mandíbulas. cierre los ojos. en este punto puede dejar de sonreír para darle más solemnidad al asunto. pida un deseo. sólo uno. coja aire, aguante un instante la respiración y a continuación sople con energía toda y cada una de las velas hasta que se apaguen y espere. 
espere. espere. espere. espere. 

espere.

13 diciembre 2014

como tantos otros

en esos tiempos no hacíamos nada bien. 
había que conocerse, indagar, dudar 
aclararnos. 
quedábamos a menudo, algunas veces incluso sin excusa 
porque sí 
sólo por vernos, por estar con el otro 
por sentir que, cogidos de la mano, nos preocupábamos menos por la dirección del paseo 
y comprobar, supongo, que nos gustaba estar juntos, 
revueltos, manchados, enfadados, cocinando un plato rico, 
esperando una llamada que tardaba 
escuchándonos a pesar de no decir nada cabal 
mirándonos aunque ya nos hubiéramos contado las pecas 
cien veces. 
de día recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
había que interpretar 
queríamos creer 
creíamos. 
a ciegas. 
de noche nos aventurábamos con posturas extrañas que habíamos visto de algún vídeo porno en internet 
ni ella era rubia 
ni yo aguantaba sesenta minutos 
y a pesar del empeño a ella le gustaba así, normal 
a mí me entusiasmaba asá, como siempre 
nos sobraban brazos y nos faltaban horas, agua fresca 
tal vez un director de escena que se quedara al margen cuando todo comenzaba a salir bien. 
al terminar, anudados, más felices que sorprendidos 
nos reíamos muy alto y recontábamos, otra vez, 
nuestras pecas. 

con el tiempo, como tantos otros, nos normalizamos: 

nos sabíamos eruditos y terminamos las preguntas 
los paseos se acortaron 
los bolsillos de cualquier chaqueta albergaban mejor que las manos 
las suyas heladas de noviembre a marzo, las mías comenzaban a sudar en abril 
a mis platos les faltaba sal, ella abusaba del azúcar 
algún día, en una de esas tardes plomizas y lentas, 
recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
negaba con la cabeza, sonreía mansamente 
alzaba la vista y observaba las nubes 
había que creer 
me convencía que tenía que creer 
luego bajaba la vista hacia el pavimento 
y obedecía. 
distanciamos las llamadas 
usábamos caritas inexpresivas y pulgares hacia arriba que pretendían detallar más que cualquier frase 
perdí la cuenta de los corazones recibidos entre línea y línea cuando a mí me bastaba un vamos a pasear 
se había teñido de rubio. la hacía más joven, aseguraba 
el porno la aburría 
yo seguía sin aguantar sesenta minutos 
tenía más tripa 
más fantasías que imaginación 
una camarera argentina que me deseaba los buenos días con el mismo encanto con el que me rozaba el brazo al servirme el café 
un temor que disimulaba hablando mucho rato 
a gritos 
sin entender qué estaba contando. 
ella, la camarera, me regalaba galletitas 
yo, achispado de esperanza y cafeína, la visitaba cada día 

como tantos otros, nos compramos un cachorro: 

cuatro patas paticortas, dos orejas puntiagudas, un hocico que me olisqueaba el culo cada vez que me ponía de pie 
rasgaba mis zapatillas 
devoraba nuestras sobras 
ladraba a todas horas 
nos exigía atención y juegos. 
la alegría de la casa. 
plutón, le puso ella, que ya no era rubia sino caoba oscuro 
la hacía más seductora, insistía 
y yo me preguntaba, en silencio, mirándola de reojo, leyendo su diario a escondidas, 
para quién. 
alguna noche, en una de esas noches de vueltas e insomnio, 
intentaba recordar si hubo juramentos y pactos. 
me decía que sí, que algo hubo, que yo prometí y ella firmó 
quizás fuera al revés. 
luego cerraba los ojos e intentaba relajarme, no pensar, ausentarme 
pero su respiración calmosa 
sus ronquidos musicales, sosegados 
la mancha húmeda de su babilla acuosa 
plutón, dormitando como un bebé entre sus dulces brazos, me había derrocado, desplazado. anulado. 
y yo, imbécil, cobarde, con más tripa, menos pelo 
sin mi rubia ni mi argentina 
sin aguantar unos jodidos veinte minutos 
sin zapatillas ni pactos 
miraba a esa bestia por la mañana y le preguntaba, cada día, como si me entendiera y fuera a responder,
¿vamos a pasear? 
y como tantos otros, paseábamos.