Escribir.
No puedo.
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.
Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.
Se puede hablar de un mal de escribir.
No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.
Hay una locura de escribir que existe en sí misma. Una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esta locura de escribir. Al contrario.
La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.
Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.
Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también la más habitual.
La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada en la vida, nada, excepto eso, la vida.
Escribir, M. Duras
28 diciembre 2014
27 diciembre 2014
instrucciones para soplar las velas de cumpleaños
ponga cara de sorpresa al ver la tarta con todas las velas encendidas. sonría a los amigos y familiares que se han reunido para celebrar tan señalada fecha. sonría un poco más, con convicción, hasta que le duelan ligeramente las mandíbulas. cierre los ojos. en este punto puede dejar de sonreír para darle más solemnidad al asunto. pida un deseo. sólo uno. coja aire, aguante un instante la respiración y a continuación sople con energía toda y cada una de las velas hasta que se apaguen y espere.
espere. espere. espere. espere.
espere.
espere. espere. espere. espere.
espere.
13 diciembre 2014
como tantos otros
en esos tiempos no hacíamos nada bien.
había que conocerse, indagar, dudar
aclararnos.
quedábamos a menudo, algunas veces incluso sin excusa
porque sí
sólo por vernos, por estar con el otro
por sentir que, cogidos de la mano, nos preocupábamos menos por la dirección del paseo
y comprobar, supongo, que nos gustaba estar juntos,
revueltos, manchados, enfadados, cocinando un plato rico,
esperando una llamada que tardaba
escuchándonos a pesar de no decir nada cabal
mirándonos aunque ya nos hubiéramos contado las pecas
cien veces.
de día recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
había que interpretar
queríamos creer
creíamos.
a ciegas.
de noche nos aventurábamos con posturas extrañas que habíamos visto de algún vídeo porno en internet
ni ella era rubia
ni yo aguantaba sesenta minutos
y a pesar del empeño a ella le gustaba así, normal
a mí me entusiasmaba asá, como siempre
nos sobraban brazos y nos faltaban horas, agua fresca
tal vez un director de escena que se quedara al margen cuando todo comenzaba a salir bien.
al terminar, anudados, más felices que sorprendidos
nos reíamos muy alto y recontábamos, otra vez,
nuestras pecas.
con el tiempo, como tantos otros, nos normalizamos:
nos sabíamos eruditos y terminamos las preguntas
los paseos se acortaron
los bolsillos de cualquier chaqueta albergaban mejor que las manos
las suyas heladas de noviembre a marzo, las mías comenzaban a sudar en abril
a mis platos les faltaba sal, ella abusaba del azúcar
algún día, en una de esas tardes plomizas y lentas,
recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
negaba con la cabeza, sonreía mansamente
alzaba la vista y observaba las nubes
había que creer
me convencía que tenía que creer
luego bajaba la vista hacia el pavimento
y obedecía.
distanciamos las llamadas
usábamos caritas inexpresivas y pulgares hacia arriba que pretendían detallar más que cualquier frase
perdí la cuenta de los corazones recibidos entre línea y línea cuando a mí me bastaba un vamos a pasear
se había teñido de rubio. la hacía más joven, aseguraba
el porno la aburría
yo seguía sin aguantar sesenta minutos
tenía más tripa
más fantasías que imaginación
una camarera argentina que me deseaba los buenos días con el mismo encanto con el que me rozaba el brazo al servirme el café
un temor que disimulaba hablando mucho rato
a gritos
sin entender qué estaba contando.
ella, la camarera, me regalaba galletitas
yo, achispado de esperanza y cafeína, la visitaba cada día
como tantos otros, nos compramos un cachorro:
cuatro patas paticortas, dos orejas puntiagudas, un hocico que me olisqueaba el culo cada vez que me ponía de pie
rasgaba mis zapatillas
devoraba nuestras sobras
ladraba a todas horas
nos exigía atención y juegos.
la alegría de la casa.
plutón, le puso ella, que ya no era rubia sino caoba oscuro
la hacía más seductora, insistía
y yo me preguntaba, en silencio, mirándola de reojo, leyendo su diario a escondidas,
para quién.
alguna noche, en una de esas noches de vueltas e insomnio,
intentaba recordar si hubo juramentos y pactos.
me decía que sí, que algo hubo, que yo prometí y ella firmó
quizás fuera al revés.
luego cerraba los ojos e intentaba relajarme, no pensar, ausentarme
pero su respiración calmosa
sus ronquidos musicales, sosegados
la mancha húmeda de su babilla acuosa
plutón, dormitando como un bebé entre sus dulces brazos, me había derrocado, desplazado. anulado.
y yo, imbécil, cobarde, con más tripa, menos pelo
sin mi rubia ni mi argentina
sin aguantar unos jodidos veinte minutos
sin zapatillas ni pactos
miraba a esa bestia por la mañana y le preguntaba, cada día, como si me entendiera y fuera a responder,
¿vamos a pasear?
y como tantos otros, paseábamos.
había que conocerse, indagar, dudar
aclararnos.
quedábamos a menudo, algunas veces incluso sin excusa
porque sí
sólo por vernos, por estar con el otro
por sentir que, cogidos de la mano, nos preocupábamos menos por la dirección del paseo
y comprobar, supongo, que nos gustaba estar juntos,
revueltos, manchados, enfadados, cocinando un plato rico,
esperando una llamada que tardaba
escuchándonos a pesar de no decir nada cabal
mirándonos aunque ya nos hubiéramos contado las pecas
cien veces.
de día recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
había que interpretar
queríamos creer
creíamos.
a ciegas.
de noche nos aventurábamos con posturas extrañas que habíamos visto de algún vídeo porno en internet
ni ella era rubia
ni yo aguantaba sesenta minutos
y a pesar del empeño a ella le gustaba así, normal
a mí me entusiasmaba asá, como siempre
nos sobraban brazos y nos faltaban horas, agua fresca
tal vez un director de escena que se quedara al margen cuando todo comenzaba a salir bien.
al terminar, anudados, más felices que sorprendidos
nos reíamos muy alto y recontábamos, otra vez,
nuestras pecas.
con el tiempo, como tantos otros, nos normalizamos:
nos sabíamos eruditos y terminamos las preguntas
los paseos se acortaron
los bolsillos de cualquier chaqueta albergaban mejor que las manos
las suyas heladas de noviembre a marzo, las mías comenzaban a sudar en abril
a mis platos les faltaba sal, ella abusaba del azúcar
algún día, en una de esas tardes plomizas y lentas,
recordaba, repetía y le daba mil vueltas a sus juramentos y pactos
negaba con la cabeza, sonreía mansamente
alzaba la vista y observaba las nubes
había que creer
me convencía que tenía que creer
luego bajaba la vista hacia el pavimento
y obedecía.
distanciamos las llamadas
usábamos caritas inexpresivas y pulgares hacia arriba que pretendían detallar más que cualquier frase
perdí la cuenta de los corazones recibidos entre línea y línea cuando a mí me bastaba un vamos a pasear
se había teñido de rubio. la hacía más joven, aseguraba
el porno la aburría
yo seguía sin aguantar sesenta minutos
tenía más tripa
más fantasías que imaginación
una camarera argentina que me deseaba los buenos días con el mismo encanto con el que me rozaba el brazo al servirme el café
un temor que disimulaba hablando mucho rato
a gritos
sin entender qué estaba contando.
ella, la camarera, me regalaba galletitas
yo, achispado de esperanza y cafeína, la visitaba cada día
como tantos otros, nos compramos un cachorro:
cuatro patas paticortas, dos orejas puntiagudas, un hocico que me olisqueaba el culo cada vez que me ponía de pie
rasgaba mis zapatillas
devoraba nuestras sobras
ladraba a todas horas
nos exigía atención y juegos.
la alegría de la casa.
plutón, le puso ella, que ya no era rubia sino caoba oscuro
la hacía más seductora, insistía
y yo me preguntaba, en silencio, mirándola de reojo, leyendo su diario a escondidas,
para quién.
alguna noche, en una de esas noches de vueltas e insomnio,
intentaba recordar si hubo juramentos y pactos.
me decía que sí, que algo hubo, que yo prometí y ella firmó
quizás fuera al revés.
luego cerraba los ojos e intentaba relajarme, no pensar, ausentarme
pero su respiración calmosa
sus ronquidos musicales, sosegados
la mancha húmeda de su babilla acuosa
plutón, dormitando como un bebé entre sus dulces brazos, me había derrocado, desplazado. anulado.
y yo, imbécil, cobarde, con más tripa, menos pelo
sin mi rubia ni mi argentina
sin aguantar unos jodidos veinte minutos
sin zapatillas ni pactos
miraba a esa bestia por la mañana y le preguntaba, cada día, como si me entendiera y fuera a responder,
¿vamos a pasear?
y como tantos otros, paseábamos.
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