he conocido a un chico. otro.
un estúpido.
el típico tío que te mira desde el otro lado de un antro oscuro
con tres vodkas aguados encima
a esa hora de la noche en las que sólo quedan
dañados, borrachos e ilusos.
el típico que sin sonrisa, sin guiño ni suplica disimulada
aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera
para saltar el muro y preguntar por tu nombre.
un libro
una canción
por el día de un calendario antiguo que marcaste con un círculo en rojo
y asiente y se ríe
y te hace dudar.
he conocido al típico egoísta
que olvida fechas difusas, pasadas
celebraciones alrededor de una mesa vacía y copas rotas
pero recuerda la intensidad exacta de un abrazo por la espalda
olvida perfumes y flores
pero recuerda el olor preciso de una cama manchada y húmeda
olvida la caja de bombones anual envuelta con prisas y lazo
rosa apagado
pero recuerda el sabor del hielo derritiéndose entre unos labios
que están aprendiendo a perdonar
olvida ramos, velas, tarjetas, promesas y para siempres
pero recuerda susurros, minutos y risas.
he conocido al típico cabrón
que aprovecha un descuido, un hueco, un silencio cualquiera
para arrinconarte contra las baldosas frías del baño
y te oprime con su cuerpo, con su fuerza, con urgencia
y te aprisiona
y te sujeta las muñecas finas
y te levanta la falda
y te busca y te tantea y te guía
y te recorre con la mirada, los dedos, las ganas
y te baja las bragas
y se arrodilla
y cierras los ojos
y separas las piernas
y respiras deprisa
y baila y empuja
y estiras el cuello
arqueas la espalda
aprietas los puños
muerdes el aire
y gimes
y apremia
y tiemblas
y relame
y exiges
y embiste más fuerte.
he conocido al típico hijo de puta
el típico cretino, mezquino y cobarde
que no quiere, que no espera
nada de ti.
el típico cerdo asqueroso
que confirma, querida,
tu regla infalible:
todos iguales,
todos.
la misma pasta
la misma voz contando el mismo cuento con final feliz
para las que siguen creyendo en perdices y princesas
la misma ridícula trampa donde tú, querida,
experta en escarcha y maletas a medio hacer,
diestra en jaulas, humo y expolios
te juraste, hace ya mucho,
no volver a caer jamás.
17 noviembre 2013
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Amén...supongo...
ResponderEliminarMismo libro, misma historia, mismo principio y final. Y tanto sabemos y tanto damos y tanto nos quitan, y seguimos y seguimos. Mira a ver porqué nunca nos cansamos de leer siempre lo mismo. Algo tendrán que tener. Quizás no sean ellos.
ResponderEliminarMagnífico retrato de la interminable recaída en el mismo cabrón. Real. Ellas dicen que quieren uno comprensivo, educado, que las mime y tenga detalles. Y luego actúan prefiriendo al cabrón. Y el cabrón no tiene la culpa porque si se lo lleva todo es porque razón no le falta, cumple sus objetivos. Si no fuera quién es viviría peor. Supongo que también habrá ciertas edades a las que ya no alcanza su poder. Pero es mucho suponer.
ResponderEliminarPor momentos he perdido el aliento, y no quería suspirar hasta llegar al final, un verso interminable de una entrada de longitud que sin pausa ni respiro es merecido leer de una tacada.
ResponderEliminarY sí, ha merecido la pena el color morado de mi cara por tal de soltar todo el aire al terminar.
Genial la entrada.
Hay dos tipos de patrones: Los que se repiten y los que se recortan.
ResponderEliminarLa ley del deseo no conoce de ningún tipo de clemencia o excepción. Es así, y creo que me gusta que sea así. Nos recuerda lo miserablemente animales que al fin y al cabo somos.
ResponderEliminarHe conocido unos cuantos, pero reconozco que por atracción fatal...
ResponderEliminarBuen retrato Hilia, monstrua eres, coño...
Te abrazo toda
Touché.
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