15 octubre 2012

mi hermano (parte II)

nuestra relación ni mejoró ni empeoró. no volvimos a sacar el tema de la conversación en el jardín y cuando a los pocos meses nació su hijo me llamó todavía más contento que cuando me comunicó sus intenciones de boda. en un sobre arrugado recibí centenares de fotos del recién nacido, que sin duda alguna se parecía a la madre y apenas tenía rasgos de él. 
aproveché un fin de semana de poco trabajo para hacerles una visita rápida, después de que mi madre, de nuevo, me lo pidiera. él mismo vino a buscarme al aeropuerto en una furgoneta de su trabajo. durante el camino me contó mil anécdotas del niño, aunque en realidad, a esa temprana edad, el crío se limitara a dormir, comer y gastar pañales. cuando le pregunté por el trabajo comentó que las cosas no iban muy bien, pero que ahora mismo no estaba preocupado por ese tema y que quería disfrutar de su hijo a tiempo completo. al llegar a su casa me sorprendió lo minúscula que era. tenía una sola habitación donde dormían los tres y un comedor desordenado y sucio con la ropa del bebé desperdigada por la moqueta roída. los muebles eran viejos, había poca luz, la bombilla de la cocina estaba fundida y la persiana del salón se había roto y descansaba, torcida, encima del marco de la ventana. ella había adelgazado mucho, tenía ojeras, menos pelo y no pareció alegrarse demasiado al verme. entre sus brazos sujetaba a un niño de mofletes rojizos, regordete y llorón, que me entregó tan pronto dejé la chaqueta, y cuando se vio liberada del peso, se fue a la habitación de la que no salió hasta que me marché. mi hermano la excusó: "esto de tener hijos es agotador. apenas dormimos y ella está exhausta, como yo, claro. ya lo sabrás cuando te toque a ti". yo asentí, comprensivo, y le di la razón, asegurándome de que esta vez no iba a meter la pata. jugué con el niño, le di los regalos que había comprado en londres y dos horas más tarde, decidí que era el momento de marcharme. mi hermano sin embargo insistió en que me quedara a comer y aunque me negué con el pretexto de que no quería molestarles más, terminó llamando para que nos trajeran un par de pizzas y algunas cervezas que comimos en silencio, delante del televisor, mientras su hijo, babeando en el sillón, nos miraba con curiosidad. 

los rumores de despido en mi empresa se convirtieron en hechos. yo me salvé por los pelos, pero me trasladaron a la sucursal de munich como último intento para salvarme el culo e intentar mantener la compañía a flote. trabajaba veinte horas al día, los siete días de la semana. iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. apenas tenía tiempo de pensar en mí y ni mucho menos en mi familia. me olvidé de ellos unos días, quizá unos meses, hasta que de nuevo mi madre se encargó de ponerme al día con una de sus llamadas nocturnas: iba a ser tío por segunda vez. habían pasado sólo quince meses desde el nacimiento del primero. también me contó que habían despedido a mi hermano y que su mujer se pasaba el día fuera de casa, despotricando de él y de su inutilidad. me rogó que le llamara, que le haría bien hablar conmigo, desahogarse, hablar de hombre a hombre y le prometí que lo haría al día siguiente aunque al final dejé pasar veinte días. no entendía qué podía hacer yo. los dos éramos ya mayorcitos para solucionar nuestros propios problemas y no me parecía justo estar siempre pendiente de su vida cuando él apenas se había interesado por la mía. me pudo la culpa. al fin y al cabo era mi hermano y me gustase o no teníamos un vínculo, endeble y quebradizo, pero un vínculo. 

el teléfono sonó un buen rato y cuando estaba a punto de colgar, pensando que tal vez no era una buena hora, lo cogió ella. 
-¿sí? 
-¿ana? hola, soy yo, fer. ¿qué tal estáis? 
-ah, fer - dijo desganada - bueno, tirando. ahora te paso a tu hermano. imagino que querrás hablar con él. 
escuché sus pasos alejándose del aparato y los lloros de fondo, pero no supe distinguir si eran de uno o de los dos niños. mi hermano tardó otro rato más en ponerse y cuando lo hizo me costó reconocer su voz. 
-¿hola? 
-¿estoy hablando con el mejor padre del mundo? 
hubo un momento de silencio. 
-¿quién es? 
-¡tu hermano, joder, tu hermano!
-¿fer? no te había conocido. 
-lógico, no me llamas nunca. ¿cómo te va, capullo? 
-no muy bien. 
-algo me contó mamá. ¿qué ha pasado? 
-nada va bien, nada - hubo un par de segundos de silencio - me despidieron del trabajo, la cosas no iban bien y..., tengo dos hijos, hace cinco meses que no puedo pagar el alquiler y creo que mi mujer está con otro. 
no supe qué decir. hay veces en que las palabras consuelan tan poco que se transforman en sonidos huecos y sin significado.
-no sé qué decir. 
escuché sus sollozos callado, compungido y con un nudo en la garganta. 

le llamé un par de veces más a lo largo del siguiente mes. su desesperación se había convertido en rabia y cada vez se hacía más difícil hablar con él sin recibir reproches, acusaciones y recriminaciones de temas que no venían al caso o que habían pasado hacía años y que sólo él recordaba. a pesar de la insistencia de mi madre, que seguía mediando entre los dos, dejé de llamarle.
poco después me despidieron a mí. los números no salían, no había ventas suficientes y consideraron que la sucursal de munich ya no era importante. decidí que, sin trabajo, ni ganas de volver a londres, ni quedarme en esa ciudad gris y triste como era munich, había llegado el momento de volver a casa y empezar de cero allí. mi madre se alegró y lloró de alegría cuando se lo anuncié por teléfono. creyó que con mi vuelta volveríamos a ser una familia alegre y bien avenida, dispuesta a celebrar las navidades y los cumpleaños alrededor de una mesa generosa en comida y en jolgorio. no quise confesarle que mi intención era estar en su casa el tiempo justo hasta encontrar un trabajo que me permitiera alquilar algo para mí y largarme cuánto antes. 
vino a recogerme a la estación de trenes, en su coche viejo y destartalado y se quejó de mi delgadez y de mis canas nada más verme. me abrazó con fuerza y lloró de nuevo. mi padre, sin embargo, no pareció tan contento y me recordó nada más pisar su suelo que si pensaba quedarme allí mucho tiempo tendría que colaborar con los gastos. “esto no es una pensión, ¿sabes? y tú ya estás grandecito para vivir aquí de prestado. tú y tu hermano, vaya par. no sé qué hicimos mal, la verdad.”, vociferó.

los días pasaban lentos y a pesar de mi entusiasmo inicial, comencé a desesperarme cuando ninguno de los currículum enviados recibía respuesta alguna. vagaba por la casa evitando a mi padre y ayudando a mi madre con la compra semanal y las tareas domésticas. salía por las tardes a dar una vuelta y volvía a casa a los pocos minutos porque tampoco había muchos sitios a dónde ir. echaba de menos londres y munich, mis amigos, mi trabajo, un apartamento para mí solo y mi vida de antes. 
la vi en una de esas tardes de hastío en las que había ido al cine a ver una película comercial y mal doblada que se me hizo eterna. la reconocí enseguida, aunque se había cortado el pelo y había engordado un poco desde la última vez. estaba sentada en un banco de la plaza, junto a un hombre que le acariciaba la rodilla y se reía con ella. me acerqué entusiasmado, pensando que quizá el hombre sería mi hermano y que a pesar de sus problemas, habían podido reconducir su situación, pero a los pocos metros me di cuenta de que no se trataba de él. al verme empalideció y dejó de reírse de repente. nos miramos unos segundos, esperando que alguno de los dos saludara. el hombre que la acompañaba se extrañó y nos observaba con esa expresión confusa de quien no entiende nada. finalmente le preguntó si me conocía y ella contestó que no. luego me preguntó si tenía algún problema y no fui capaz de responder. estaba furioso con ella y conmigo. había sido un idiota y un miedoso. no sólo allí, en el parque, delante de la mujer de mi hermano con su amigo o amante o lo que fuera, sino toda mi puñetera vida. sólo me había atrevido a hablar con él borracho y en el día de su boda, tal vez el menos apropiado. y ese era yo, su querido hermano.
me metí en el primer bar que encontré abierto y pedí una cerveza. después otra y después un whisky que me abrasó la garganta, el estómago y, por fin, la cobardía. al salir le llame y fui, por primera vez desde que había llegado de munich, a su casa. 
abrió la puerta un hombre envejecido, hinchado, con la mirada perdida, sin apenas pelo, en albornoz y con una lata en la mano. sentí mucha pena y quise abrazarlo, pero no lo hice. tampoco comenté nada de su aspecto dejado y desaliñado. con desgana me invitó a pasar y me ofreció una cerveza que sacó de una nevera casi vacía. arrastraba los pies y al llegar al sofá, el mismo de cuando les había visitado al nacer su primer hijo, se sentó con dificultad. se excusó por el desorden de la casa diciendo que últimamente había estado enfermo pero cuando le pregunté qué le había pasado, no contestó. encima de la mesita del salón había tres o cuatro frascos con pastillas de diferentes colores y tamaños. cogí uno para leer la etiqueta, pero no había suficiente luz en el comedor como para identificar las dolencias que curaban las píldoras. 
-estas son para la espalda – dijo él. 
-¿para la espalda? 
-sí, me duele mucho, pero esto es lo de menos.

habló poco durante el rato que estuve allí y cada vez que le preguntaba algo, parecía que le costaba pensar y todavía más explicarse con claridad. cuando me interesé los niños y su mujer, prefirió cambiar de tema y cuando consideró que mi visita se estaba alargando demasiado, anunció que estaba agotado y que necesitaba dormir. eran las seis de la tarde. me marché con la misma rabia y frustración que había sentido horas antes en el parque y en el bar.

poco después me llamaron para una entrevista de trabajo. salí satisfecho y con la sensación de que les había causado una buena impresión. el sueldo no era gran cosa, pero el trabajo parecía interesante y me permitiría viajar de vez en cuando y olvidarme del panorama familiar. al llegar a casa mi madre estaba preparando la cena y mi padre, sentado en la mesa, refunfuñaba con las noticias del telediario. me saludaron sin demasiado entusiasmo y ninguno de los dos me preguntó sobre cómo había ido la entrevista, a pesar de habérselo dicho antes de salir de casa. comimos en silencio, como siempre, escuchando tragedias mundiales a las que estábamos totalmente insensibilizados y al terminar ayudé a mi madre a recoger y a lavar los platos. a las diez y media les deseé buenas noches a los dos y me metí en mi habitación para leer un rato. 
el teléfono de casa sonó unos minutos más tarde. en un arranque de optimismo pensé que podría ser la respuesta afirmativa de la entrevista que acababa de hacer, sin darme cuenta de que era demasiado tarde como para que nadie se molestara en darme buenas noticias ese día. después pensé que mis padres raramente recibían llamadas y mucho menos a esas horas. me quedé parado en medio de la habitación sin saber muy bien si debía salir o quedarme. me arrimé a la puerta y dejé pasar unos segundos que me parecieron horas. luego escuché un grito aterrador de mi madre que retumbó por toda la casa y me heló la sangre. salí corriendo, asustado, temiendo cualquier cosa, un corte, una caída, un incendio, un ataque al corazón, pero no era nada de esto. mi madre, todavía con el teléfono en la mano, temblando, sollozando y sin poder controlarse, se golpeaba la cabeza y el pecho con sus propios puños ancianos. sólo cuando conseguimos que se sentara y se tomara un trago de vino que corrí a buscar a la cocina, empezó a balbucear las primeras sílabas, sin dejar de temblar ni lamentarse. 

el periódico local y la televisión nacional se hicieron eco de la noticia al día siguiente. “el presunto asesino, un hombre de treinta y un años -decía la presentadora, una chica joven y guapa, con semblante serio, que a continuación pasaría a informar sobre la ola de calor que asestaba el país- acuchilló a su mujer y a sus dos hijos de uno y tres años y después se tiró al vacío desde un quinto piso, provocándose lesiones de extrema gravedad. el hombre, que según los vecinos, era una persona agradable y amable, se había quedado en el paro hacía un año y acababa de recibir una orden de desahucio.” 

mi padre se niega a visitarle en el hospital, apenas habla y jamás nos pregunta por su estado de salud. también ha quitado la foto de nosotros dos que tenía colgada en el pasillo de la entrada y ahora hay sólo un hueco en forma rectangular delimitado por motas de polvo que se acumularon a lo largo de los años. ha envejecido de golpe, no mira la televisión, ni refunfuña, ni se queja por todo lo que le molestaba antes. ha dejado de jugar al dominó con sus amigos y camina encorvado como si soportara una pesada carga encima de sus hombros. mi madre, como yo, le visita a diario. ella va por las mañanas, le cuenta lo que le ha sucedido a lo largo del día, airea la habitación y le humedece el rostro con una toalla cuando hace mucho calor, aunque los médicos dicen que no sirve para nada. también visita las tumbas de sus nietos y les pones flores frescas una vez a la semana. nunca hablamos de lo ocurrido y si no fuera por los otros, fuera de la habitación, uniformados, vigilando, podríamos decir que fue sólo un accidente y que contamos las horas para que vuelva a recuperarse. algunas otras veces miro a mi madre y la veo asustada, desorientada y frágil. la imagino cogiendo el autobús, recorriendo centenares de kilómetros y visitándole una vez al mes a un lugar mucho más hostil y desconocido que este hospital, donde revisarán su bolso y cronometrarán el tiempo que pasa con su hijo, detrás de unas rejas o un cristal doble, sucio y empañado. y es ahí cuando creo que tal vez lo mejor sería que mi hermano no saliera de ésta y nos dejara ir. 

8 comentarios:

  1. Una recopilación de miserias humanas in crescendo que está más allá de la pena que inspiran los personajes. De todos modos a mí el asesino es el que más me conmueve, y toda esa infelicidad que arrastra como los pies cuando recibe a su hermano. El hermano que cuenta la historia es perfectamente humano, se engaña a sí mismo pero no puede esconder su profundo egoísmo y su hipocresía. Como la vida misma.

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  2. Iba a poner un comentario a la altura de. Pero nada, es que te sales. Mucho.

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  3. Necesito tiempo para leerlo con mucha calma, como leo siempre tus textos, pero estoy siempre, lo sabes.


    Muchos besos

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  4. Magnífico. Me han gustado mucho las dos partes y espero con ansia a que publiques una tercera. Gracias por el rato que me has hecho pasar.

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  5. Frío, un escalofrío me ha recorrido la columna vertebral de pies a cabeza. Lo juro.

    No sé dónde tienes el límite querida, es complicado escribir más o menos bien siempre, pero mucho más, hacerlo cada día mejor, como dice Núria X, salirte. Hilia, tú eres escritora ¿lo sabes verdad? la mayoría somos aprendices, pero tú...

    Me llevo cada vez que te leo tus letras, tus metáforas, tus soliloquios, todo, a los rincones esenciales de mi alma, es un gran lugar donde almacenar el asombro.

    Inmensa Hilia, inmensa eres.

    Beso

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  6. Qué sensación más extraña se te queda al terminar de leerlo, no deja indiferente a nadie.
    Grande.

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  7. Magnífico (por decir algo)
    Qué capacidad tan asombrosa para las letras. Y has conseguido algo que hacía mucho tiempo que la poesía no me arrancaba: una lágrima. Leyéndote me dan ganas de volver a la prosa. Sí, es eso. Inspiras.

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