No les nacen los bebés
a las mujeres de mi tiempo.
No les nacen
por el peso inerte de sus profesiones.
No les nacen
por ser hombres
y llevar traje y jornada de 16 horas.
No les nacen porque escuchan que ahora no,
y respetan células.
El vientre sabe el límite de juventud,
el precio del metro de cuna.
No habrá hogar y tiempo.
Les crecerá el exceso,
el juego con extraños,
vestirán deprisa, crecerán deprisa,
impondrán su acento solitario y malcriado.
Niños de pantalla y tardes de abandono,
no nazcáis.
Os perderéis la madre que acunaba aguas
y prometía naturaleza.
Os espera el hormigón,
muro de carga interurbano,
inocentes derramados
por un disparo limpio y diplomático,
la pizarra manipulada,
el amante suicida y drogadicto,
y el hijo, otra vez.
Os espera decidir,
si dejáis nacer al hijo,
para llenar vuestros fracasos.
Silvia Nieva
30 noviembre 2014
12 noviembre 2014
lecciones
el último día, ya de noche, echados en un sofá más corto que nuestras piernas huesudas
me preguntó qué había aprendido de todo aquello.
todo aquello, repetí para mis adentros
como si hubiéramos superado un tumor maligno extendido por todos los órganos malheridos, una guerra nuclear de la que sólo sobrevivieron las larvas, una muerte cercana.
qué había aprendido preguntó
sin insistir en mi respuesta
ensimismado, pensando, tal vez, en la suya propia
y puede que no contestara. no esa noche del último día, echados en un sofá corto
no mientras doblaba sus camisas y las colocaba ordenadamente en su pequeña maleta de cuero encontrada en la calle.
no lo hice cuando me levanté de la cama, una de tantas veces, y reparé en los bultos al lado de la puerta. todo listo para marcharse.
no muy lejos, pero a otra parte.
ni cuando, al regresar, tapándome con la manta hasta la barbilla, susurró que había estado soñando conmigo, aunque no recordaba nada.
qué aprendí.
aprendí que íbamos a seguir siendo dos errores, dos benditos
dos días juntos, dos premios vacilantes
dos gotas de agua de distintos ciclones
y sonreí.
aprendí que cuando grité que no, que nunca más, que se largara, se quedó
que cuando me dolió, seguí admirándolo
que no era distancia, sólo queja
que cuando debimos dejarlo reposar lo removimos
a consciencia
a carcajadas
a bocajarro
y no nos resquebrajamos, ni las sombras ennegrecieron, ni aminoramos el paso, ni cambiamos de sendero.
aprendí que en el futuro iban a unirnos las partidas, las ausencias.
las noticias ocasionales
el titubeo
el espacio vacío y la tierra seca.
que el frío volvería a ser frío
el calor, helado
el silencio más omiso
la carne menos nutrida y sin embargo, a pesar de lo perdido,
íbamos a ser dos milagros, dos inútiles inventos que un día nos funcionaron
dos acordes de una misma nana,
dos valiosos relatos atesorados en un baúl cerrado
dos temores disipados
dos preciosas lecciones, dos iguales.
todo eso aprendí.
me preguntó qué había aprendido de todo aquello.
todo aquello, repetí para mis adentros
como si hubiéramos superado un tumor maligno extendido por todos los órganos malheridos, una guerra nuclear de la que sólo sobrevivieron las larvas, una muerte cercana.
qué había aprendido preguntó
sin insistir en mi respuesta
ensimismado, pensando, tal vez, en la suya propia
y puede que no contestara. no esa noche del último día, echados en un sofá corto
no mientras doblaba sus camisas y las colocaba ordenadamente en su pequeña maleta de cuero encontrada en la calle.
no lo hice cuando me levanté de la cama, una de tantas veces, y reparé en los bultos al lado de la puerta. todo listo para marcharse.
no muy lejos, pero a otra parte.
ni cuando, al regresar, tapándome con la manta hasta la barbilla, susurró que había estado soñando conmigo, aunque no recordaba nada.
qué aprendí.
aprendí que íbamos a seguir siendo dos errores, dos benditos
dos días juntos, dos premios vacilantes
dos gotas de agua de distintos ciclones
y sonreí.
aprendí que cuando grité que no, que nunca más, que se largara, se quedó
que cuando me dolió, seguí admirándolo
que no era distancia, sólo queja
que cuando debimos dejarlo reposar lo removimos
a consciencia
a carcajadas
a bocajarro
y no nos resquebrajamos, ni las sombras ennegrecieron, ni aminoramos el paso, ni cambiamos de sendero.
aprendí que en el futuro iban a unirnos las partidas, las ausencias.
las noticias ocasionales
el titubeo
el espacio vacío y la tierra seca.
que el frío volvería a ser frío
el calor, helado
el silencio más omiso
la carne menos nutrida y sin embargo, a pesar de lo perdido,
íbamos a ser dos milagros, dos inútiles inventos que un día nos funcionaron
dos acordes de una misma nana,
dos valiosos relatos atesorados en un baúl cerrado
dos temores disipados
dos preciosas lecciones, dos iguales.
todo eso aprendí.
25 septiembre 2014
la enfermedad
hacía meses que mi esposa alba decía encontrarse diferente. no decía mal, sólo diferente y cuando le pedía que concretara más ella se limitaba a encogerse de hombros y repetirme un poco impaciente porque no la comprendía: “te lo acabo de decir: diferente. ni bien ni mal, como si… como si yo qué sé, diferente”. y de allí no salíamos. alguna vez le dolía la cabeza y otras un poco la espalda porque desde que la conocí, hace veinte años, tiene la espalda ligeramente desviada y debe vigilar con los pesos que carga, pero en estas puntuales ocasiones se tomaba una aspirina y se le pasaban todos los males. alba decía que esto, la espalda y la cabeza, no tenían nada que ver con lo otro y yo le replicaba que cómo lo sabía si ella no era doctora y ella se enfadaba y me decía que no, que no era doctora pero sabía qué le pasaba y luego yo le contestaba que en ese caso, especificara qué era lo que le ocurría con lo otro y ella dejaba de hacer lo que estuviera haciendo, me miraba furiosa y se marchaba a otra habitación no sin antes dar un portazo y dedicarme algún insulto. por este motivo dejamos de hablar de lo otro. ella dejó de mencionarlo y yo dejé de preguntar, pero un día, al llegar a casa del trabajo, también lo vi yo. alba estaba sentada en la mesa del comedor riéndose a carcajadas mientras maica, nuestra hija le escenificaba una nueva coreografía que había aprendido en las clases de ballet. vi sus lágrimas deslizarse por sus mejillas y cómo las risas de la madre y la hija sonaban por todo el salón y no pude evitar estremecerme.
-¿te encuentras bien? – le pregunté. ella dejó de reírse de inmediato, me miró y a continuación miró a maica con nerviosismo, pero afortunadamente, ella seguía agitando sus brazos al aire, intentando no perder la atención de su madre.
más tarde, ya en la cama y solos, se lo volví a preguntar y confesó que no, que hacía un par de días que había vuelto a sentirse rara, mucho más que las ocasiones anteriores. tenía los ojos brillantes, las mejillas rosadas y me inquieté de verdad.
-mañana mismo vamos al médico – sentencié antes de que ella apagara la luz y escuchara como su respiración se hacía cada vez más pausada y comenzara a roncar suavemente.
el médico no supo ver nada fuera de lo común. la auscultó, la hizo toser, le miró dentro de las orejas, de la boca y le dio un par de golpecitos en las rodillas para comprobar sus reflejos.
-pues no sé, no sé qué puede ser porque parece que todo está perfecto y en el lugar correcto, –bromeó el hombre sin éxito alguno– pero para estar más seguros haremos una analítica de sangre y orina. hay que descartar todas las posibilidades, ¿verdad?
tampoco en los resultados de las pruebas salió nada anormal. el azúcar un poco alto, pero no era motivo para asustarnos, dijo el médico mientras nos despedía con urgencia porque todavía tenía en espera a diez pacientes más. regresamos a casa más temerosos y confusos y lo peor de todo es que los síntomas persistieron y aunque mi esposa aseguraba que no, que incluso había remitido un poco esa rareza suya, yo cada día la notaba más distinta, sin saber tampoco cómo podía precisar eso. al final, un amigo de un amigo de un compañero de trabajo de alba nos mencionó un especialista que tal vez nos podía ayudar y sin dudarlo ni un minuto, y a pesar de que mi esposa decía que no, lo llamé y concertamos una cita para la semana siguiente. fue la semana más larga de mi vida. y aunque suene cruel decirlo, admito que algunos días de esa interminable semana, llegué a rehuir a mi mujer y es que verla así, tan distinta, me rompía el corazón en mil pedazos.
la consulta del especialista estaba en la otra punta de la ciudad y alba sugirió ir en autobús. deduje que no quería que condujera hasta allí porque la noche anterior apenas había dormido temiéndome lo peor y por la mañana estaba aún más nervioso que en los últimos días. discutimos por ese motivo y por alguno más aunque al final fue ella quien, con una sonrisa amplia y tranquilizadora, me aseguró que no había de qué preocuparse y que fuéramos andando, disfrutando del paseo y del día soleado que hacía. caminamos a paso lento, cogidos de la mano. ella me contaba las tonterías que le habían ocurrido en la oficina y que maica le había dicho que quería apuntarse a un grupo de animadoras de basquet, pero a mí me era imposible mantener la atención y ni mucho menos seguir el curso de la conversación. pensaba, sin poder quitarme este pensamiento de la cabeza, en cómo iba a ser mi vida sin alba, en cómo iba a poder tirar adelante, si sabría educar bien a nuestra hija, si deberíamos mudarnos a un piso con menos recuerdos y otras mil ideas funestas que empeoraban a cada paso que dábamos. al llegar por fin a la consulta, después de una hora en la que incluso nos perdimos y en la que alba no paró de mofarse de mi pésimo sentido de la orientación, tuve que correr al baño y ahogar mi llanto sentado en el váter. al regresar mi mujer estaba hablando con uno de los pacientes que, acompañado de una mujer mayor que supuse sería su madre, también esperaba su turno para visitar al doctor. los dos hablaban del tiempo, de las ganas que tenían de que llegara el invierno y el frío, a pesar de que tampoco les importaba el calor. la acompañante, al verme, negó disimuladamente con la cabeza, con condescendencia, como si a pesar de la atrocidad de sus respectivas enfermedades todavía tuvieran la templanza de entablar una conversación liviana y de, al fin y al cabo, llevar una vida normal. yo me senté al lado de alba e intenté sonreír cuando el chico me preguntó si no me parecía maravilloso vivir en la ciudad.
el doctor álvarez nos hizo pasar a su despacho cuarenta minutos después de que llegáramos. era un hombre rechoncho de papada prominente y cejas pobladas que se disculpó por el retraso nada más sentarnos enfrente de él. en seguida me di cuenta de que estábamos con el especialista adecuado ya que a pesar de las imprecisiones de mi esposa mientras le contaba sus ambiguos síntomas, él asentía y pareció entenderla al instante. y en esta ocasión no hicieron falta ni más pruebas, ni análisis, ni reconocimientos. cuando alba terminó su breve exposición, el hombre se quitó las gafas, las colocó encima de la mesa, juntó las dos manos y nos miró brevemente:
-por lo que me ha contado, señora hidalgo, todo parece indicar que es usted feliz. -dictaminó con su voz grave, sin dejar de mirar a alba que por debajo de la mesa cogió mi mano fría y la acarició con el pulgar- y si me lo permiten voy a ser claro y directo porque creo que es siempre mejor para todos: no hay ningún remedio. ninguno. no hay pastillas ni tratamientos ni soluciones homeopáticas que vayan a poder aliviar su estado. hay personas que vienen a mi consulta en un estado inicial pero por lo que me acaba de explicar este no es su caso. si hubieran venido antes, cuando comenzó a notarse extraña, tal vez hubiéramos podido hacer algo, pero a estas alturas me temo que no es así. lo siento mucho, de veras.
y sin tiempo a que pudiéramos reponernos de la noticia continuó su discurso:
-en lo que debemos centrarnos ahora es en cómo convivir con la enfermedad. voy a serles franco: no va a ser fácil. puede que algún día se levante más… más… cómo decirlo para que me entiendan… más normal… más como… como su marido, por ejemplo: despotricando porque todavía es muy temprano, o muy tarde o porque siempre le toca la cola más larga en el supermercado o porque le desagrada que llueva o por cualquier motivo que, en su estado, le será del todo indiferente, pero no a los demás. sin embargo esto no va a ser lo habitual y de hecho, lo más probable es que después de unos días de estancamiento, su condición vaya a peor y debe estar mentalizada e ir preparándose para ello. y usted también, claro –dijo dirigiéndose a mí por primera vez desde que habíamos entrado a su consulta.
alba apretó mi mano. noté su calidez y su piel suave y aunque no podía ver su cara porque estaba mirando la del doctor, me la imaginé tranquila, tal y como la había visto en los últimos días.
-bueno –dijo ella finalmente después de unos segundos en los que todos permanecimos en silencio, observando diferentes rincones de la habitación- supongo que siendo el diagnóstico tan evidente, no hay mucho más que añadir. muchas gracias por todo, doctor.
por fin pude girarme y contemplar la placidez de su rostro mientras se levantaba y hacía un gesto con la cabeza para que lo hiciera yo también. me encontré fuera de la consulta sin ser capaz de hacer nada. me hubiera gustado hacerle algunas preguntas al doctor álvarez, insistir en si estaba seguro de que no había solución para el caso de mi esposa, gritar bien alto para que alguno de los dos reaccionara, pero en vez de esto, seguí a mi mujer y cerré la puerta tal y como me había pedido el especialista antes de marcharnos. alba se despidió de los demás pacientes que aguardaban su turno en la salita, miró al móvil por si había algún mensaje de maica y a continuación llamó al ascensor. todo ello canturreando una melodía pegadiza y familiar de esas que ponen en la radio todo el día.
llegamos a casa media horas después. esta vez cogimos el autobús porque mi esposa quería llegar temprano a casa y preparar una tarta de chocolate para después de la cena. yo seguía sin saber qué decir. el médico ya nos había advertido de que su estado empeoraría con el tiempo pero nunca pensé que fuera a ser tan inmediato y aunque ella no se daba cuenta de nada yo no estaba preparado para ello. quería preguntarle cómo íbamos a contárselo a nuestra hija, quería saber si estaba dispuesta a escuchar una segunda opinión de otro especialista o si íbamos a rendirnos, pero ver su sonrisa desbocada y escuchar su tono despreocupado sobre la lista de ingredientes para la maldita tarta podían conmigo, así que callé y atendí sin mediar palabra, asintiendo, disimulando cuando los demás pasajeros del bus nos miraban de reojo e ignorando su mirada vivaracha y esos hoyuelos que de repente le habían salido y que hicieron que me sintiera el hombre más desgraciado de la tierra.
por supuesto que la enfermedad hizo mella en nuestra relación. al principio intenté no preocuparme cuando, por ejemplo, dejó de poner el despertador para ir a trabajar o cuando comimos pizza para cenar todos los días durante una semana porque era la comida preferida de nuestra hija o me compró un televisor más grande porque en algún momento dije que ojalá una tele de cincuenta pulgadas para ver bien los partidos del atlético. si nosotros éramos felices, ella era feliz, dijo un día cuando maica saltó de alegría al saber que podía salir con sus amigas hasta las doce de la noche cuando su hora de regreso eran las diez. decisión que desembocó en motivo de discusión entre nosotros mientras la niña callejeaba por ahí, pero que mi mujer zanjó rápidamente con un beso largo y desabrochándome los pantalones con premura. fue ahí, una hora más tarde quizá, tumbados en la cama, cuando me di cuenta del error que había estado cometiendo en los últimos días cediendo a sus caprichos, a sus regalos, a reducir mi horario laboral para estar más tiempo con ella y a organizar esas vacaciones a roma a finales de octubre que ella había sugerido. ¿nos había contagiado ya o había todavía alguna posibilidad de salvarnos? me levanté de la cama como un rayo y me puse los pantalones.
-¿adónde vas? –preguntó un poco más inquieta de lo normal. y aunque su reacción me tranquilizó porque parecía que no había llegado a un estado terminal, continué vistiéndome a toda prisa.
-voy a buscar a la niña –contesté sin mirarla- nos vamos de aquí.
-¿nos vamos? ¿de dónde? ¿quién?
-¿es que no lo ves? ¿no te das cuenta? ¡nos estás arrastrando y si no hago nada vamos a terminar como tú!
alba se levantó de la cama y durante un segundo su cuerpo desnudo me despistó de mi cometido. por un momento creí que iba a intentar embaucarme de nuevo, pero antes de que diera un paso hacia mí corrí en dirección a la puerta de la habitación, cogí las llaves del coche y bajé las escaleras a toda prisa en busca de mi hija. no tardé mucho tiempo en encontrarla. estaba sentada en un banco de la plaza que había a pocas manzanas de casa, junto a otras chicas, fumando y bebiendo de una botella de fanta que no tenía el color típico de la fanta. al verme sonrió y me saludó. creo, si la memoria no me falla, que incluso me ofreció una calada del porro que estaba fumando. de un manotazo tiré el porro al suelo y aunque sus amigas protestaron y me dedicaron algún insulto, a ella no pareció importarle mi acto.
-nos vamos ahora mismo –le ordené ignorando esa mirada, la misma mirada que tenía mi esposa desde que el doctor álvarez le había diagnosticado la enfermedad.
-qué pena, papá. lo estábamos pasando muy bien.
-he dicho que nos vamos –repetí, esta vez chillando a la niña.
intenté aclarar las ideas mientras conducía. en algún momento mi hija preguntó adónde íbamos porque había tomado la autovía que nos alejaba de la ciudad, pero no contesté y seguí conduciendo media hora más hasta que detuve el coche en una estación de servicio para poner gasolina. ella no levantó la cabeza de la pantalla del móvil.
-mamá pregunta si vamos a tardar mucho. dice que nos ha preparado una sorpresa que nos alegrará.
salí del coche y respiré con profundidad un par de veces. hacía una noche fresca y el cielo estaba completamente despejado. cuando terminé de llenar el depósito me dirigí hacia la caseta para pagar. la dependienta, una joven de no más de veinticinco años, estaba discutiendo por teléfono y pareció molestarse al ver que un cliente iba a interrumpir su bronca. mientras esperaba a que me cobrara, un poco apartado del mostrador para cederle cierta intimidad, no pude evitar escuchar su parte de la conversación en la que me enteré de un novio que no estaba a altura, un cuerpo al que le sobraban kilos, una tal ana que era una puta, tres meses para el próximo puente y un tupper de macarrones que le había preparado su madre que sabía a basura.
-sesenta –espetó justo cuando comenzaba a contarle a su interlocutor lo harta que estaba de tener que trabajar en ese antro.
dejé los billetes encima del mostrador y me fui. cuando subí al coche mi hija había puesto música y sonaba la misma canción pegadiza que había tarareado alba al salir de la consulta del especialista. me pareció menos pegadiza e incluso comencé a seguir el ritmo con un dedo de la mano.
-dile a tu madre que llegamos en media hora –contesté y apreté el acelerador para no retrasarnos ni un minuto más.
-¿te encuentras bien? – le pregunté. ella dejó de reírse de inmediato, me miró y a continuación miró a maica con nerviosismo, pero afortunadamente, ella seguía agitando sus brazos al aire, intentando no perder la atención de su madre.
más tarde, ya en la cama y solos, se lo volví a preguntar y confesó que no, que hacía un par de días que había vuelto a sentirse rara, mucho más que las ocasiones anteriores. tenía los ojos brillantes, las mejillas rosadas y me inquieté de verdad.
-mañana mismo vamos al médico – sentencié antes de que ella apagara la luz y escuchara como su respiración se hacía cada vez más pausada y comenzara a roncar suavemente.
el médico no supo ver nada fuera de lo común. la auscultó, la hizo toser, le miró dentro de las orejas, de la boca y le dio un par de golpecitos en las rodillas para comprobar sus reflejos.
-pues no sé, no sé qué puede ser porque parece que todo está perfecto y en el lugar correcto, –bromeó el hombre sin éxito alguno– pero para estar más seguros haremos una analítica de sangre y orina. hay que descartar todas las posibilidades, ¿verdad?
tampoco en los resultados de las pruebas salió nada anormal. el azúcar un poco alto, pero no era motivo para asustarnos, dijo el médico mientras nos despedía con urgencia porque todavía tenía en espera a diez pacientes más. regresamos a casa más temerosos y confusos y lo peor de todo es que los síntomas persistieron y aunque mi esposa aseguraba que no, que incluso había remitido un poco esa rareza suya, yo cada día la notaba más distinta, sin saber tampoco cómo podía precisar eso. al final, un amigo de un amigo de un compañero de trabajo de alba nos mencionó un especialista que tal vez nos podía ayudar y sin dudarlo ni un minuto, y a pesar de que mi esposa decía que no, lo llamé y concertamos una cita para la semana siguiente. fue la semana más larga de mi vida. y aunque suene cruel decirlo, admito que algunos días de esa interminable semana, llegué a rehuir a mi mujer y es que verla así, tan distinta, me rompía el corazón en mil pedazos.
la consulta del especialista estaba en la otra punta de la ciudad y alba sugirió ir en autobús. deduje que no quería que condujera hasta allí porque la noche anterior apenas había dormido temiéndome lo peor y por la mañana estaba aún más nervioso que en los últimos días. discutimos por ese motivo y por alguno más aunque al final fue ella quien, con una sonrisa amplia y tranquilizadora, me aseguró que no había de qué preocuparse y que fuéramos andando, disfrutando del paseo y del día soleado que hacía. caminamos a paso lento, cogidos de la mano. ella me contaba las tonterías que le habían ocurrido en la oficina y que maica le había dicho que quería apuntarse a un grupo de animadoras de basquet, pero a mí me era imposible mantener la atención y ni mucho menos seguir el curso de la conversación. pensaba, sin poder quitarme este pensamiento de la cabeza, en cómo iba a ser mi vida sin alba, en cómo iba a poder tirar adelante, si sabría educar bien a nuestra hija, si deberíamos mudarnos a un piso con menos recuerdos y otras mil ideas funestas que empeoraban a cada paso que dábamos. al llegar por fin a la consulta, después de una hora en la que incluso nos perdimos y en la que alba no paró de mofarse de mi pésimo sentido de la orientación, tuve que correr al baño y ahogar mi llanto sentado en el váter. al regresar mi mujer estaba hablando con uno de los pacientes que, acompañado de una mujer mayor que supuse sería su madre, también esperaba su turno para visitar al doctor. los dos hablaban del tiempo, de las ganas que tenían de que llegara el invierno y el frío, a pesar de que tampoco les importaba el calor. la acompañante, al verme, negó disimuladamente con la cabeza, con condescendencia, como si a pesar de la atrocidad de sus respectivas enfermedades todavía tuvieran la templanza de entablar una conversación liviana y de, al fin y al cabo, llevar una vida normal. yo me senté al lado de alba e intenté sonreír cuando el chico me preguntó si no me parecía maravilloso vivir en la ciudad.
el doctor álvarez nos hizo pasar a su despacho cuarenta minutos después de que llegáramos. era un hombre rechoncho de papada prominente y cejas pobladas que se disculpó por el retraso nada más sentarnos enfrente de él. en seguida me di cuenta de que estábamos con el especialista adecuado ya que a pesar de las imprecisiones de mi esposa mientras le contaba sus ambiguos síntomas, él asentía y pareció entenderla al instante. y en esta ocasión no hicieron falta ni más pruebas, ni análisis, ni reconocimientos. cuando alba terminó su breve exposición, el hombre se quitó las gafas, las colocó encima de la mesa, juntó las dos manos y nos miró brevemente:
-por lo que me ha contado, señora hidalgo, todo parece indicar que es usted feliz. -dictaminó con su voz grave, sin dejar de mirar a alba que por debajo de la mesa cogió mi mano fría y la acarició con el pulgar- y si me lo permiten voy a ser claro y directo porque creo que es siempre mejor para todos: no hay ningún remedio. ninguno. no hay pastillas ni tratamientos ni soluciones homeopáticas que vayan a poder aliviar su estado. hay personas que vienen a mi consulta en un estado inicial pero por lo que me acaba de explicar este no es su caso. si hubieran venido antes, cuando comenzó a notarse extraña, tal vez hubiéramos podido hacer algo, pero a estas alturas me temo que no es así. lo siento mucho, de veras.
y sin tiempo a que pudiéramos reponernos de la noticia continuó su discurso:
-en lo que debemos centrarnos ahora es en cómo convivir con la enfermedad. voy a serles franco: no va a ser fácil. puede que algún día se levante más… más… cómo decirlo para que me entiendan… más normal… más como… como su marido, por ejemplo: despotricando porque todavía es muy temprano, o muy tarde o porque siempre le toca la cola más larga en el supermercado o porque le desagrada que llueva o por cualquier motivo que, en su estado, le será del todo indiferente, pero no a los demás. sin embargo esto no va a ser lo habitual y de hecho, lo más probable es que después de unos días de estancamiento, su condición vaya a peor y debe estar mentalizada e ir preparándose para ello. y usted también, claro –dijo dirigiéndose a mí por primera vez desde que habíamos entrado a su consulta.
alba apretó mi mano. noté su calidez y su piel suave y aunque no podía ver su cara porque estaba mirando la del doctor, me la imaginé tranquila, tal y como la había visto en los últimos días.
-bueno –dijo ella finalmente después de unos segundos en los que todos permanecimos en silencio, observando diferentes rincones de la habitación- supongo que siendo el diagnóstico tan evidente, no hay mucho más que añadir. muchas gracias por todo, doctor.
por fin pude girarme y contemplar la placidez de su rostro mientras se levantaba y hacía un gesto con la cabeza para que lo hiciera yo también. me encontré fuera de la consulta sin ser capaz de hacer nada. me hubiera gustado hacerle algunas preguntas al doctor álvarez, insistir en si estaba seguro de que no había solución para el caso de mi esposa, gritar bien alto para que alguno de los dos reaccionara, pero en vez de esto, seguí a mi mujer y cerré la puerta tal y como me había pedido el especialista antes de marcharnos. alba se despidió de los demás pacientes que aguardaban su turno en la salita, miró al móvil por si había algún mensaje de maica y a continuación llamó al ascensor. todo ello canturreando una melodía pegadiza y familiar de esas que ponen en la radio todo el día.
llegamos a casa media horas después. esta vez cogimos el autobús porque mi esposa quería llegar temprano a casa y preparar una tarta de chocolate para después de la cena. yo seguía sin saber qué decir. el médico ya nos había advertido de que su estado empeoraría con el tiempo pero nunca pensé que fuera a ser tan inmediato y aunque ella no se daba cuenta de nada yo no estaba preparado para ello. quería preguntarle cómo íbamos a contárselo a nuestra hija, quería saber si estaba dispuesta a escuchar una segunda opinión de otro especialista o si íbamos a rendirnos, pero ver su sonrisa desbocada y escuchar su tono despreocupado sobre la lista de ingredientes para la maldita tarta podían conmigo, así que callé y atendí sin mediar palabra, asintiendo, disimulando cuando los demás pasajeros del bus nos miraban de reojo e ignorando su mirada vivaracha y esos hoyuelos que de repente le habían salido y que hicieron que me sintiera el hombre más desgraciado de la tierra.
por supuesto que la enfermedad hizo mella en nuestra relación. al principio intenté no preocuparme cuando, por ejemplo, dejó de poner el despertador para ir a trabajar o cuando comimos pizza para cenar todos los días durante una semana porque era la comida preferida de nuestra hija o me compró un televisor más grande porque en algún momento dije que ojalá una tele de cincuenta pulgadas para ver bien los partidos del atlético. si nosotros éramos felices, ella era feliz, dijo un día cuando maica saltó de alegría al saber que podía salir con sus amigas hasta las doce de la noche cuando su hora de regreso eran las diez. decisión que desembocó en motivo de discusión entre nosotros mientras la niña callejeaba por ahí, pero que mi mujer zanjó rápidamente con un beso largo y desabrochándome los pantalones con premura. fue ahí, una hora más tarde quizá, tumbados en la cama, cuando me di cuenta del error que había estado cometiendo en los últimos días cediendo a sus caprichos, a sus regalos, a reducir mi horario laboral para estar más tiempo con ella y a organizar esas vacaciones a roma a finales de octubre que ella había sugerido. ¿nos había contagiado ya o había todavía alguna posibilidad de salvarnos? me levanté de la cama como un rayo y me puse los pantalones.
-¿adónde vas? –preguntó un poco más inquieta de lo normal. y aunque su reacción me tranquilizó porque parecía que no había llegado a un estado terminal, continué vistiéndome a toda prisa.
-voy a buscar a la niña –contesté sin mirarla- nos vamos de aquí.
-¿nos vamos? ¿de dónde? ¿quién?
-¿es que no lo ves? ¿no te das cuenta? ¡nos estás arrastrando y si no hago nada vamos a terminar como tú!
alba se levantó de la cama y durante un segundo su cuerpo desnudo me despistó de mi cometido. por un momento creí que iba a intentar embaucarme de nuevo, pero antes de que diera un paso hacia mí corrí en dirección a la puerta de la habitación, cogí las llaves del coche y bajé las escaleras a toda prisa en busca de mi hija. no tardé mucho tiempo en encontrarla. estaba sentada en un banco de la plaza que había a pocas manzanas de casa, junto a otras chicas, fumando y bebiendo de una botella de fanta que no tenía el color típico de la fanta. al verme sonrió y me saludó. creo, si la memoria no me falla, que incluso me ofreció una calada del porro que estaba fumando. de un manotazo tiré el porro al suelo y aunque sus amigas protestaron y me dedicaron algún insulto, a ella no pareció importarle mi acto.
-nos vamos ahora mismo –le ordené ignorando esa mirada, la misma mirada que tenía mi esposa desde que el doctor álvarez le había diagnosticado la enfermedad.
-qué pena, papá. lo estábamos pasando muy bien.
-he dicho que nos vamos –repetí, esta vez chillando a la niña.
intenté aclarar las ideas mientras conducía. en algún momento mi hija preguntó adónde íbamos porque había tomado la autovía que nos alejaba de la ciudad, pero no contesté y seguí conduciendo media hora más hasta que detuve el coche en una estación de servicio para poner gasolina. ella no levantó la cabeza de la pantalla del móvil.
-mamá pregunta si vamos a tardar mucho. dice que nos ha preparado una sorpresa que nos alegrará.
salí del coche y respiré con profundidad un par de veces. hacía una noche fresca y el cielo estaba completamente despejado. cuando terminé de llenar el depósito me dirigí hacia la caseta para pagar. la dependienta, una joven de no más de veinticinco años, estaba discutiendo por teléfono y pareció molestarse al ver que un cliente iba a interrumpir su bronca. mientras esperaba a que me cobrara, un poco apartado del mostrador para cederle cierta intimidad, no pude evitar escuchar su parte de la conversación en la que me enteré de un novio que no estaba a altura, un cuerpo al que le sobraban kilos, una tal ana que era una puta, tres meses para el próximo puente y un tupper de macarrones que le había preparado su madre que sabía a basura.
-sesenta –espetó justo cuando comenzaba a contarle a su interlocutor lo harta que estaba de tener que trabajar en ese antro.
dejé los billetes encima del mostrador y me fui. cuando subí al coche mi hija había puesto música y sonaba la misma canción pegadiza que había tarareado alba al salir de la consulta del especialista. me pareció menos pegadiza e incluso comencé a seguir el ritmo con un dedo de la mano.
-dile a tu madre que llegamos en media hora –contesté y apreté el acelerador para no retrasarnos ni un minuto más.
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