27 febrero 2013

BLANCO: La visión pesimista es siempre la correcta. Cuando leemos la historia de la humanidad estamos leyendo una saga de derramamiento de sangre, de codicia y de locura, cuyo alcance nadie puede ignorar. Aún así, imaginamos que el futuro será de alguna manera distinto. No tengo ni idea de cómo estamos aquí todavía, pero lo que es seguro es que no vamos a durar mucho más.
NEGRO: Todo eso que ha dicho es tremendo, profesor. Y lo cree de verdad, ¿no?
BLANCO: Sí.
NEGRO: Pues yo me puedo identificar con esos pensamientos.
BLANCO: ¿Puede?
NEGRO: Puedo, sí.
BLANCO: Eso me sorprende. ¿Qué va a hacer, pensar en ellos?
NEGRO: No, si ya he pensado. He pensado en ellos mucho tiempo. No con esas palabras tan bonitas, claro, pero por ahí, por ahí.
BLANCO: Me deja perplejo. ¿Y a qué conclusiones ha llegado?
NEGRO: A ninguna. Sigo pensando.
BLANCO: Ah. Yo no.
NEGRO: Las cosas pueden cambiar.
BLANCO: De ninguna manera. 
NEGRO: A lo mejor se equivoca.
BLANCO: Yo no lo creo.
NEGRO: Pero es algo que no le ha pasado muchas veces en la vida.
BLANCO: ¿El qué?
NEGRO: Equivocarse.
BLANCO: Cuando me equivoco lo reconozco.
NEGRO: A mí me da que no.
BLANCO: Es usted dueño de opinar lo que guste.

El negro se retrepa en la silla y contempla al profesor. Alarga el brazo para coger el periódico que hay encima de la mesa y se retrepa otra vez y se ajusta las gafas. 

NEGRO: Veamos. Crónica en la página tres.

Dobla ampulosamente el periódico.

NEGRO: Sí. Aquí está. Amigos del difunto afirman que no quiso escuchar ningún consejo y que alegó que pensaba ir a su aire les gustara o no.

Se ajusta las gafas.

NEGRO: Un íntimo amigo suyo (levanta la vista) declaró (eso está entre comillas): A ese hijoputa no se le podía decir nada. (Levanta la vista otra vez.) ¿Está permitido escribir eso en el periódico? ¿Hijo de puta? Mientras tanto, espectadores salpicados de sangre entrevistados en el lugar de los hechos... continúa en página cuatro.

Se humedece el pulgar, pasa la página trabajosamente y vuelve a doblar el periódico.

NEGRO: ... declararon que las últimas palabras del individuo al lanzarse contra el tren de cercanías que estaba entrando en la estación de la calle ciento cincuenta y cinco fueron: Yo tengo razón.

Deja el periódico sobre la mesa y se ajusta las gafas y mira por encima de ellas al profesor. 

BLANCO: Muy gracioso.

El negro se quita las gafas y baja la cabeza y se pellizca el puente de la nariz y menea la cabeza.

El Sunset Limited, C. McCarthy

20 febrero 2013

no supe verte. no quise verte 
atrapada en mi propio templo 
de muros sordos y ventanas tapiadas 
escuché tus palabras cordiales 
que traduje como amenazas severas
vi tu mirada franca 
que revestí de burdo cuento
sentí tus ganas sinceras 
que disfracé de ímpetu pasajero. 

no quise creerte. no supe creerte 
me faltaba tiempo 
espacio 
aire 
no sabía nadar 
había olvidado correr.
me asfixiaba. 
y con cada paso que tú dabas 
hacia un nido templado 
yo descendía un peldaño 
hacia el más absoluto vacío,
convencida de estar más a salvo 
en mi propia nada
que entre tus cálidas manos. 

no supe tenerte. no quise tenerte 
negaba un nosotros 
anulaba, tachaba, cercaba.
con premeditada fijación 
escondía mis sombras 
mis grietas 
mis truenos,
aplacaba tus preguntas 
con respuestas inciertas
válidas para uno, huecas para el otro.
silenciaba mis reservas 
con penosos disimulos
con lamentables estrategias 
con alegres vestidos de fiesta 
manchados de esfuerzo y lastre
con sonrisas torcidas 
reales para el uno, tóxicas para el otro. 
me repetía,
te repetía 
que no eras tú quien sobraba 
sino yo,
y con mecánica destreza 
recurrí a discursos anteriores 
gestos efímeros 
demoras y ausencias
despedidas breves 
y me fui alejando, 
sin detenerme, sin dudar,
sin pena ni culpa
ni llantos ni rezos.
sin ti. 

13 febrero 2013

una judith (parte III de III)

a la mañana siguiente, me convencí de que lo mejor era coger el toro por los cuernos: debía ver al señor patel y hablar las cosas cara a cara. no me veía capaz de soportar otro día más de incertidumbre y por fin había encontrado una justificación coherente a mi descuido. se me había ocurrido justo después de mi pesadilla, después de mi tercera tila, y no sé porque no se me había ocurrido antes. era plausible, coherente, y sobre todo sencilla y humana. hacía tiempo, alguien me había contado que si uno quiere contar una mentirijilla y no ser pillado, es imprescindible que se explaye en detalles innecesarios, que pierda tiempo con lo anecdótico, con florituras sin importancia. esas pequeñas aclaraciones no sólo la hacen real, sino que también ayudan a que quien escucha se centre en lo banal y olvide la falsa trama. desde la cinco de la mañana, había tenido el tiempo suficiente para perfilar toda la historia y durante el trayecto en metro, aplastada entre el maletín de un ejecutivo asiático y el violoncelo de un joven africano, terminé de atar los últimos cabos. estaba incluso animada pensando que era una buena historia y que el señor patel no sólo me felicitaría por mi buena acción, sino que recuperaría mi trabajo. 
al llegar al museo me cambié como cada día y me dirigí al despacho de mi jefe. llamé a la puerta un par de veces, pero nadie abrió, así que empujé y pasé. ya había estado alguna otra vez. en realidad no era sólo su despacho, sino más bien la sala de operaciones donde él y los supervisores de cada zona planificaban los horarios y realizaban demás tareas de despacho. era un espacio pequeño y asfixiante, repleto de mesas, sillas, teléfonos que no paraban de sonar, pantallas y guardias saliendo y entrando a todas horas. contrastaba con la paz y la quietud de las salas y tal vez por esto la cara del señor patel siempre parecía estar en tensión, como a punto de estallar. estuve un rato plantada delante de la entrada, entorpeciendo el paso a todos e intentando reconocer al señor patel entre tanto ajetreo. al final, la señorita jones, una de las supervisoras que siempre me recordaba que el año pasado había estado de vacaciones en madrid y que le habían robado la cartera y la cámara, me informó de que el señor patel todavía no había llegado. 
-¿puedo hacer algo por ti, almudeno? 
-no, necesitaría hablar con él, personalmente. 
-ah vaya, ¿va todo bien? 
-sí, sí, en realidad no es nada importante. 
-¿estás segura? tienes mala cara, ¿te encuentras bien? 
sin duda no era un buen inicio. no había ni empezado a mentir y alguien ajeno al percance del día anterior ya notaba algo extraño en mí. contesté que me encontraba bien y me fui a mi sala, con judith, holofernes y demás personajes donde pasé el resto de la mañana debatiéndome entre mejorar mi versión de los hechos o afrontar los acontecimientos y mi inminente pérdida de trabajo. decidí darme una última oportunidad y cuando vino mi sustituto a la hora de comer, y después de escuchar una nueva broma sobre chicles y cabezas cortadas que siguió sin parecerme graciosa, pasé de nuevo por la oficina del señor patel. esta vez sí estaba y aunque me vio nada más entrar, continuó haciendo sus gestiones. intenté adivinar de qué humor estaría, pero con ese hombre era del todo imposible. siempre parecía dispuesto a asesinarle a uno con la mirada o mejor aún, con sus propias manos. me acerqué hasta estar a escasos centímetros y fue entonces cuando levantó la vista, me miró con cara de asco y preguntó: 
-dígame, miss almudeno. 
-buenas tardes, señor patel. me gustaría… me gustaría... – comencé a tartamudear – me gustaría hablar con usted sobre... sobre lo que pasó ayer. 
-¿sobre lo que pasó ayer?
-exactamente. 
-¿se refiere al asunto del cuadro de judith de eglon van der nees? 
-el mismo – dije asombrada de sus conocimientos y su memoria. 
-adelante. la escucho. 
miré a mi alrededor. había tres o cuatro supervisores y me sentí incómoda. hubiera preferido un poco más de intimidad y tratar todo el tema con más privacidad. ya se me hacía bastante difícil mentirle a uno, como para hacerlo delante de cuatro más. 
-no se preocupe – manifestó él al darse cuenta de mi retraimiento –todos estamos al corriente de lo sucedido. 
sus palabras me pusieron más en evidencia y por si alguno de los que estaban allí todavía no se había dado cuenta de mi presencia, era evidente que con el comentario del señor patel ahora sí lo estaba. carraspeé y me dispuse a hablar. 
-verá. yo… yo, yo sólo quería, quería… quería explicarle que si pasó lo que pasó no fue porque no estuviera cumpliendo con mi trabajo. 
-no creo que nadie haya dicho eso. 
-no, bueno, ya… pero me parecía importante aclararlo. 
-aquí está todo muy claro, almudeno. 
-en realidad, - contesté sin entender qué era exactamente lo que estaba claro – si no me di cuenta de cómo sucedió ni pude hacer nada para impedirlo fue porque… porque… porque estaba ayudando a una anciana. sí, ella… ella, había… había perdido la cartera y estaba preocupada no porque llevara mucho dinero, sino porque en ella guardaba las fotos de su nieta, recién nacida. 
-vaya.
empecé a sospechar de que mi historia no era tan buena como había creído, pero ahora no podía detenerme. debía terminar mi exposición y el señor patel parecía pensar lo mismo por la forma que tenía de mirarme. 
-sí, hacía apenas dos semanas que había nacido lucas - continué. 
-¿lucas? 
-sí, lucas. era polaco. 
-pero, acaba de decir que era una niña. 
-¿ah, sí? no, no, era un niño. lucas. sí, eso me dijo. estoy segura. 
-y al final, ¿la encontraron? 
-¿el qué? 
-la cartera que había perdido la señora. 
-ah, sí, claro. estaba en el suelo. se le había caído en un descuido, pero claro durante el tiempo que estuvimos buscándola, alguien se acercó al cuadro y… y en fin… así fue. 
-bueno, pues me alegro de que encontraran la cartera con las fotos. ¿quiere contarme algo más? 
le miré estupefacta. tal vez se estuviera riendo de mí, delante de mis propias narices, pero de nuevo su cara hermética me desconcertaba. 
-no, eso es todo. 
-muchas gracias, pues. vuelva al trabajo, por favor. 
antes de marcharme miré a los cuatro supervisores. todos habían dejado de hacer sus tareas y me observaban divertidos. por sus rostros, menos inexpresivos que el de mi jefe, pude adivinar que acababa de hacer el mayor de los ridículos, que mi historia era una patraña sin pies ni cabeza y que mi afán por justificarme había sido una pésima idea. salí abatida, furiosa, indignada y con un nudo en el estómago y en la garganta. pero lo peor de todo fue saber que, hasta nueva orden, debería seguir esperando mi castigo, en la sala 21, con esa estúpida judith y su expresión de no haber roto nunca un maldito plato. 
llegamos a finales de semana sin ninguna resolución de mi caso. también empecé a relajarme, a reírme cuando alguien me ofrecía un chicle y a dudar de si habría o no una pena por mi conducta. el viernes, a punto de terminar la jornada, la señora reid nos informó sobre el horario para la próxima semana. me alegré al comprobar que seguían contando conmigo y de que estaba en la sala de los impresionistas franceses con alberto en la sala de al lado, de manera que podríamos pasarnos el día charlando de lo mucho que echábamos de menos madrid y salamanca y la tortilla de patatas y el sol y las terrazas.
y no pasó nada más. con los meses el episodio de judith de eglon van der nees quedó relegado a un chascarrillo más y cuando ben, mi antiguo compañero de sala contigua fue pillado en el bar mientras se suponía que debía estar vigilando los servicios supe que, definitivamente, mi judith y yo habíamos dejado de ser el foco de atención. 

dejé el museo cuatro meses después. conseguí otro trabajo más activo en el que me pagaban por pensar y contestar emails y responder al teléfono y negociar precios y otros trámites que hacían que el día pasara rápido e incluso me faltaran horas. 
en una de esas ocasiones en las que había terminado más tarde de lo normal se me ocurrió dar un paseo para airearme y acabé delante del museo. no pude reprimir las ganas de entrar. era tarde y había ya poca gente en las salas. reconocí algunas caras y me detuve a saludar a alberto, que seguía allí, muerto de aburrimiento pero bien acomodado. antes de salir, recordé a mi judith y fui hacia la sala 21, que, como siempre, estaba vacía. rápidamene examiné la mayoría de las obras, pero en el hueco en el que tenía que estar esa en concreto, había un horrible bodegón de frutas maduras, flores secas y moscas. fui directa al vigilante, un chico joven que se entretenía garabateando en el margen de un díptico del museo, y le pregunté por el cuadro. 
-ah, sí, ya me acuerdo. sí, la judith esa. pues la retiraron no hace mucho tiempo. imagino que estará abajo, en la bodega, junto con otros descartados.
-vaya, qué pena. me hubiera gustado mucho verla. 
-pero, pero... – exclamó sorprendido – si tenemos otras obras mucho más bonitas, ¡dónde va a parar! ¿ha visto ya a da vinci? ¿y a los impresionistas franceses? 

le sonreí agradecida por la información y le aseguré de que no me iría sin visitarlos. de camino a la salida sentí un poco de pena y pensé que de haber visto a mi judith ese día, seguro que me hubiera gustado mucho más que cualquier renombrado impresionista francés.