25 octubre 2012

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Poesía Vertical, R. Juarroz 

15 octubre 2012

mi hermano (parte II)

nuestra relación ni mejoró ni empeoró. no volvimos a sacar el tema de la conversación en el jardín y cuando a los pocos meses nació su hijo me llamó todavía más contento que cuando me comunicó sus intenciones de boda. en un sobre arrugado recibí centenares de fotos del recién nacido, que sin duda alguna se parecía a la madre y apenas tenía rasgos de él. 
aproveché un fin de semana de poco trabajo para hacerles una visita rápida, después de que mi madre, de nuevo, me lo pidiera. él mismo vino a buscarme al aeropuerto en una furgoneta de su trabajo. durante el camino me contó mil anécdotas del niño, aunque en realidad, a esa temprana edad, el crío se limitara a dormir, comer y gastar pañales. cuando le pregunté por el trabajo comentó que las cosas no iban muy bien, pero que ahora mismo no estaba preocupado por ese tema y que quería disfrutar de su hijo a tiempo completo. al llegar a su casa me sorprendió lo minúscula que era. tenía una sola habitación donde dormían los tres y un comedor desordenado y sucio con la ropa del bebé desperdigada por la moqueta roída. los muebles eran viejos, había poca luz, la bombilla de la cocina estaba fundida y la persiana del salón se había roto y descansaba, torcida, encima del marco de la ventana. ella había adelgazado mucho, tenía ojeras, menos pelo y no pareció alegrarse demasiado al verme. entre sus brazos sujetaba a un niño de mofletes rojizos, regordete y llorón, que me entregó tan pronto dejé la chaqueta, y cuando se vio liberada del peso, se fue a la habitación de la que no salió hasta que me marché. mi hermano la excusó: "esto de tener hijos es agotador. apenas dormimos y ella está exhausta, como yo, claro. ya lo sabrás cuando te toque a ti". yo asentí, comprensivo, y le di la razón, asegurándome de que esta vez no iba a meter la pata. jugué con el niño, le di los regalos que había comprado en londres y dos horas más tarde, decidí que era el momento de marcharme. mi hermano sin embargo insistió en que me quedara a comer y aunque me negué con el pretexto de que no quería molestarles más, terminó llamando para que nos trajeran un par de pizzas y algunas cervezas que comimos en silencio, delante del televisor, mientras su hijo, babeando en el sillón, nos miraba con curiosidad. 

los rumores de despido en mi empresa se convirtieron en hechos. yo me salvé por los pelos, pero me trasladaron a la sucursal de munich como último intento para salvarme el culo e intentar mantener la compañía a flote. trabajaba veinte horas al día, los siete días de la semana. iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. apenas tenía tiempo de pensar en mí y ni mucho menos en mi familia. me olvidé de ellos unos días, quizá unos meses, hasta que de nuevo mi madre se encargó de ponerme al día con una de sus llamadas nocturnas: iba a ser tío por segunda vez. habían pasado sólo quince meses desde el nacimiento del primero. también me contó que habían despedido a mi hermano y que su mujer se pasaba el día fuera de casa, despotricando de él y de su inutilidad. me rogó que le llamara, que le haría bien hablar conmigo, desahogarse, hablar de hombre a hombre y le prometí que lo haría al día siguiente aunque al final dejé pasar veinte días. no entendía qué podía hacer yo. los dos éramos ya mayorcitos para solucionar nuestros propios problemas y no me parecía justo estar siempre pendiente de su vida cuando él apenas se había interesado por la mía. me pudo la culpa. al fin y al cabo era mi hermano y me gustase o no teníamos un vínculo, endeble y quebradizo, pero un vínculo. 

el teléfono sonó un buen rato y cuando estaba a punto de colgar, pensando que tal vez no era una buena hora, lo cogió ella. 
-¿sí? 
-¿ana? hola, soy yo, fer. ¿qué tal estáis? 
-ah, fer - dijo desganada - bueno, tirando. ahora te paso a tu hermano. imagino que querrás hablar con él. 
escuché sus pasos alejándose del aparato y los lloros de fondo, pero no supe distinguir si eran de uno o de los dos niños. mi hermano tardó otro rato más en ponerse y cuando lo hizo me costó reconocer su voz. 
-¿hola? 
-¿estoy hablando con el mejor padre del mundo? 
hubo un momento de silencio. 
-¿quién es? 
-¡tu hermano, joder, tu hermano!
-¿fer? no te había conocido. 
-lógico, no me llamas nunca. ¿cómo te va, capullo? 
-no muy bien. 
-algo me contó mamá. ¿qué ha pasado? 
-nada va bien, nada - hubo un par de segundos de silencio - me despidieron del trabajo, la cosas no iban bien y..., tengo dos hijos, hace cinco meses que no puedo pagar el alquiler y creo que mi mujer está con otro. 
no supe qué decir. hay veces en que las palabras consuelan tan poco que se transforman en sonidos huecos y sin significado.
-no sé qué decir. 
escuché sus sollozos callado, compungido y con un nudo en la garganta. 

le llamé un par de veces más a lo largo del siguiente mes. su desesperación se había convertido en rabia y cada vez se hacía más difícil hablar con él sin recibir reproches, acusaciones y recriminaciones de temas que no venían al caso o que habían pasado hacía años y que sólo él recordaba. a pesar de la insistencia de mi madre, que seguía mediando entre los dos, dejé de llamarle.
poco después me despidieron a mí. los números no salían, no había ventas suficientes y consideraron que la sucursal de munich ya no era importante. decidí que, sin trabajo, ni ganas de volver a londres, ni quedarme en esa ciudad gris y triste como era munich, había llegado el momento de volver a casa y empezar de cero allí. mi madre se alegró y lloró de alegría cuando se lo anuncié por teléfono. creyó que con mi vuelta volveríamos a ser una familia alegre y bien avenida, dispuesta a celebrar las navidades y los cumpleaños alrededor de una mesa generosa en comida y en jolgorio. no quise confesarle que mi intención era estar en su casa el tiempo justo hasta encontrar un trabajo que me permitiera alquilar algo para mí y largarme cuánto antes. 
vino a recogerme a la estación de trenes, en su coche viejo y destartalado y se quejó de mi delgadez y de mis canas nada más verme. me abrazó con fuerza y lloró de nuevo. mi padre, sin embargo, no pareció tan contento y me recordó nada más pisar su suelo que si pensaba quedarme allí mucho tiempo tendría que colaborar con los gastos. “esto no es una pensión, ¿sabes? y tú ya estás grandecito para vivir aquí de prestado. tú y tu hermano, vaya par. no sé qué hicimos mal, la verdad.”, vociferó.

los días pasaban lentos y a pesar de mi entusiasmo inicial, comencé a desesperarme cuando ninguno de los currículum enviados recibía respuesta alguna. vagaba por la casa evitando a mi padre y ayudando a mi madre con la compra semanal y las tareas domésticas. salía por las tardes a dar una vuelta y volvía a casa a los pocos minutos porque tampoco había muchos sitios a dónde ir. echaba de menos londres y munich, mis amigos, mi trabajo, un apartamento para mí solo y mi vida de antes. 
la vi en una de esas tardes de hastío en las que había ido al cine a ver una película comercial y mal doblada que se me hizo eterna. la reconocí enseguida, aunque se había cortado el pelo y había engordado un poco desde la última vez. estaba sentada en un banco de la plaza, junto a un hombre que le acariciaba la rodilla y se reía con ella. me acerqué entusiasmado, pensando que quizá el hombre sería mi hermano y que a pesar de sus problemas, habían podido reconducir su situación, pero a los pocos metros me di cuenta de que no se trataba de él. al verme empalideció y dejó de reírse de repente. nos miramos unos segundos, esperando que alguno de los dos saludara. el hombre que la acompañaba se extrañó y nos observaba con esa expresión confusa de quien no entiende nada. finalmente le preguntó si me conocía y ella contestó que no. luego me preguntó si tenía algún problema y no fui capaz de responder. estaba furioso con ella y conmigo. había sido un idiota y un miedoso. no sólo allí, en el parque, delante de la mujer de mi hermano con su amigo o amante o lo que fuera, sino toda mi puñetera vida. sólo me había atrevido a hablar con él borracho y en el día de su boda, tal vez el menos apropiado. y ese era yo, su querido hermano.
me metí en el primer bar que encontré abierto y pedí una cerveza. después otra y después un whisky que me abrasó la garganta, el estómago y, por fin, la cobardía. al salir le llame y fui, por primera vez desde que había llegado de munich, a su casa. 
abrió la puerta un hombre envejecido, hinchado, con la mirada perdida, sin apenas pelo, en albornoz y con una lata en la mano. sentí mucha pena y quise abrazarlo, pero no lo hice. tampoco comenté nada de su aspecto dejado y desaliñado. con desgana me invitó a pasar y me ofreció una cerveza que sacó de una nevera casi vacía. arrastraba los pies y al llegar al sofá, el mismo de cuando les había visitado al nacer su primer hijo, se sentó con dificultad. se excusó por el desorden de la casa diciendo que últimamente había estado enfermo pero cuando le pregunté qué le había pasado, no contestó. encima de la mesita del salón había tres o cuatro frascos con pastillas de diferentes colores y tamaños. cogí uno para leer la etiqueta, pero no había suficiente luz en el comedor como para identificar las dolencias que curaban las píldoras. 
-estas son para la espalda – dijo él. 
-¿para la espalda? 
-sí, me duele mucho, pero esto es lo de menos.

habló poco durante el rato que estuve allí y cada vez que le preguntaba algo, parecía que le costaba pensar y todavía más explicarse con claridad. cuando me interesé los niños y su mujer, prefirió cambiar de tema y cuando consideró que mi visita se estaba alargando demasiado, anunció que estaba agotado y que necesitaba dormir. eran las seis de la tarde. me marché con la misma rabia y frustración que había sentido horas antes en el parque y en el bar.

poco después me llamaron para una entrevista de trabajo. salí satisfecho y con la sensación de que les había causado una buena impresión. el sueldo no era gran cosa, pero el trabajo parecía interesante y me permitiría viajar de vez en cuando y olvidarme del panorama familiar. al llegar a casa mi madre estaba preparando la cena y mi padre, sentado en la mesa, refunfuñaba con las noticias del telediario. me saludaron sin demasiado entusiasmo y ninguno de los dos me preguntó sobre cómo había ido la entrevista, a pesar de habérselo dicho antes de salir de casa. comimos en silencio, como siempre, escuchando tragedias mundiales a las que estábamos totalmente insensibilizados y al terminar ayudé a mi madre a recoger y a lavar los platos. a las diez y media les deseé buenas noches a los dos y me metí en mi habitación para leer un rato. 
el teléfono de casa sonó unos minutos más tarde. en un arranque de optimismo pensé que podría ser la respuesta afirmativa de la entrevista que acababa de hacer, sin darme cuenta de que era demasiado tarde como para que nadie se molestara en darme buenas noticias ese día. después pensé que mis padres raramente recibían llamadas y mucho menos a esas horas. me quedé parado en medio de la habitación sin saber muy bien si debía salir o quedarme. me arrimé a la puerta y dejé pasar unos segundos que me parecieron horas. luego escuché un grito aterrador de mi madre que retumbó por toda la casa y me heló la sangre. salí corriendo, asustado, temiendo cualquier cosa, un corte, una caída, un incendio, un ataque al corazón, pero no era nada de esto. mi madre, todavía con el teléfono en la mano, temblando, sollozando y sin poder controlarse, se golpeaba la cabeza y el pecho con sus propios puños ancianos. sólo cuando conseguimos que se sentara y se tomara un trago de vino que corrí a buscar a la cocina, empezó a balbucear las primeras sílabas, sin dejar de temblar ni lamentarse. 

el periódico local y la televisión nacional se hicieron eco de la noticia al día siguiente. “el presunto asesino, un hombre de treinta y un años -decía la presentadora, una chica joven y guapa, con semblante serio, que a continuación pasaría a informar sobre la ola de calor que asestaba el país- acuchilló a su mujer y a sus dos hijos de uno y tres años y después se tiró al vacío desde un quinto piso, provocándose lesiones de extrema gravedad. el hombre, que según los vecinos, era una persona agradable y amable, se había quedado en el paro hacía un año y acababa de recibir una orden de desahucio.” 

mi padre se niega a visitarle en el hospital, apenas habla y jamás nos pregunta por su estado de salud. también ha quitado la foto de nosotros dos que tenía colgada en el pasillo de la entrada y ahora hay sólo un hueco en forma rectangular delimitado por motas de polvo que se acumularon a lo largo de los años. ha envejecido de golpe, no mira la televisión, ni refunfuña, ni se queja por todo lo que le molestaba antes. ha dejado de jugar al dominó con sus amigos y camina encorvado como si soportara una pesada carga encima de sus hombros. mi madre, como yo, le visita a diario. ella va por las mañanas, le cuenta lo que le ha sucedido a lo largo del día, airea la habitación y le humedece el rostro con una toalla cuando hace mucho calor, aunque los médicos dicen que no sirve para nada. también visita las tumbas de sus nietos y les pones flores frescas una vez a la semana. nunca hablamos de lo ocurrido y si no fuera por los otros, fuera de la habitación, uniformados, vigilando, podríamos decir que fue sólo un accidente y que contamos las horas para que vuelva a recuperarse. algunas otras veces miro a mi madre y la veo asustada, desorientada y frágil. la imagino cogiendo el autobús, recorriendo centenares de kilómetros y visitándole una vez al mes a un lugar mucho más hostil y desconocido que este hospital, donde revisarán su bolso y cronometrarán el tiempo que pasa con su hijo, detrás de unas rejas o un cristal doble, sucio y empañado. y es ahí cuando creo que tal vez lo mejor sería que mi hermano no saliera de ésta y nos dejara ir. 

12 octubre 2012

mi hermano (parte I)

cuando salgo de trabajar la mayoría de días voy a visitarle. en el hospital son muy estrictos con las horas de visita y apenas puedo quedarme diez minutos. lo justo para ver su rostro demacrado, las costras y las agujas inyectadas en sus delgados brazos. al principio me costaba reconocerlo, sobre todo durante los primeros segundos, pero he acabado por acostumbrarme a ese rostro inmóvil e inexpresivo y a ese olor a medicamento que impregna mi ropa y mi pelo y no puedo quitarme de encima hasta que llego a casa y me meto en la ducha. 
suelo sentarme a su lado y termino mirando por la ventana. no son unas vistas especialmente bonitas, claro que nadie lo esperaría de un hospital, pero aún así me ayudan a entretenerme y a evitar pensar en qué es lo que le pasó por la cabeza ese día. hace casi cuatro semanas que está ingresado y los médicos no se atreven a darnos un diagnóstico. creo que alguna de las enfermeras me rehúye cuando me ve y no la culpo. tal vez yo haría lo mismo en su lugar. también están los otros, como les llama mi madre, a cierta distancia, intentando ser discretos y respetuosos con la familia. al principio me molestaba que mi madre utilizara ese término y le preguntaba con cierto cinismo a quién se refería cuando hablaba de los “otros”. ella me miraba suplicante, como queriendo decir, "por favor hijo mío, no me lo pongas más difícil", así que cedí. era su forma de atenuar lo sucedido y yo no tenía ningún derecho a complicarlo más. al final, también yo terminé por llamarles así. algunas veces me saludan cuando llego con un leve movimiento de cabeza, aunque la mayoría, como las enfermeras, miran hacia otro lado y esperan que mi visita termine pronto y puedan volver a bromear y a hablar de temas triviales. 

a todos nos sorprendió el anuncio de boda de mi hermano. ni tan siquiera sabíamos que estaba saliendo con una chica, y ni mucho menos que ella estaba embarazada. mi hermano siempre había sido un chico callado y tímido que podía pasar horas encerrado en su habitación con sus libros, sus pantallas y sus videojuegos. jamás había demostrado demasiado interés por el mundo exterior, ni mucho menos por las mujeres, que consideraba seres retorcidos, complicados y falsos. las pocas veces que había salido el tema, en alguna celebración familiar, a la hora de los postres cuando el alcohol facilitaba el preguntar sobre temas más íntimos, él solía zanjarlo diciendo que estaba mejor sin ellas. 
-¿así que nunca vas a echarte una novieta? – preguntaba mi tía amalia con una copa de vino dulce en la mano. 
-no. 
-esto lo dices porque todavía no has conocido a una chica que te guste. 
-ni la quiero conocer. 
-bueno, eres muy joven todavía. dentro de cinco años seguro que no piensas lo mismo. 
-seguro que sí. 
todos los familiares se reían por la terquedad de mi hermano. mi madre, sentada a su lado, le daba la razón y decía que era un chico listo y mi padre, callado, temía que acabara siendo un enfermo maricón, que era como solía llamar a los homosexuales. a mí no solían preguntarme porque a esa edad, por aquellos entonces yo tenía doce años, ya perseguía a mi prima laura por donde fuera de la casa, rogándole a todas horas que se subiera la falda y que a cambio haría cualquier cosa que me pidiera. desafortunadamente, ella nunca necesitó nada de mí y acabé por desistir de mi misión. 

durante la infancia mi hermano y yo éramos uña y carne. a pesar de los cuatro años de edad que nos diferenciaban, pasábamos horas juntos, nos inventábamos juegos a los que sólo sabíamos jugar nosotros dos y teníamos secretos inconfesables para nuestros padres y demás familiares, pero con el paso de los años, comenzamos a distanciarnos. yo tenía mi pandilla de amigos y él prefería quedarse en casa, en su habitación. cuando me marché de casa, a los veintitres años, perdí todo el contacto con él y sólo sabía cómo le iban la cosas a través de mi madre que, preocupada, me contaba en voz baja para que no se enterara mi padre, que el chico apenas salía de casa, que casi no tenía amigos y que eso no era lo normal para un muchacho de su edad. me pedía que le llamara de vez en cuando, o que le llevara al cine, o que fuera a visitarles más a menudo, pero yo, aparte de la pandilla, había empezado a salir con una inglesa y sólo tenía tiempo para estar con ella. un tiempo después, la inglesa decidió volver a londres y me pidió que me marchara con ella y sin dudarlo, entusiasmado y enamorado, le dije que sí, poniendo más distancia aún entre mi familia y yo. como era de esperar, la inglesa se aburrió de mí al poco de llegar, pero en vez de volver a casa decidí quedarme en la ciudad una temporada que acabó convirtiéndose en años. aprendí el idioma y con el tiempo conseguí un buen puesto de trabajo en una empresa textil internacional y un apartamento pequeño en los suburbios, donde pasaba pocas horas debido al trabajo. mientras tanto mi hermano seguía viviendo con mis padres y haciendo trabajillos de pintor y de fontanería que le permitían comprarse más videojuegos y llevar una vida tranquila, pero enclaustrada. 

fue mi madre quien me llamó para contármelo. era un martes por la noche y cuando vi el número de casa parpadeando en el móvil estuve tentado de no contestar. yo seguía en el trabajo. llevábamos una temporada complicada y estresante y había rumores de que despedirían a la mitad de la plantilla. no contaba con el humor suficiente para hablar con ella ni escuchar sus cansinas quejas sobre cómo mi padre estaba cada día más insoportable, su dolor de espalda y su hartazgo de la vida en general. sin embargo me pudo el remordimiento y me fui hacia la sala del café buscando algo de silencio e intimidad y respondí. 
-hola mamá. ¿cómo estás? 
-hijo mío, ya sabes, como siempre. 
-¿esto significa bien o mal? 
-ay hijo, ¿has hablado con tu hermano? 
inmediatamente supe que había pasado algo. mi madre no dejaba pasar oportunidad para lamentarse y sabía de sobras que mi hermano y yo no teníamos por costumbre hablar a menudo. 
-no mamá, no he hablado con él. ¿está bien? 
-bueno… para esto te llamaba. 
su voz sonaba asustada e intranquila, como quien ha recibido una sorpresa tan inesperada e insólita que todavía no ha tenido tiempo de decidir si es buena o mala. 
-¿qué ha pasado? – pregunté un poco alterado. 
-nos ha dicho que se casa. 
-¿que se casa? ¿mi hermano? esto sí que es un notición. 
-sí… y también que vamos a ser abuelos. no sé. si me lo hubieras dicho tú, pero tu hermano… 
-¿hijos? ¿cuándo? ¿mi hermano? 
-no sé…, no sé nada más – se limitó a decir. 
pocos días después fue él quien me llamó para darme las noticias. fingí no saber nada y le felicité por partida doble. parecía contento y me hizo prometerle que llegaría un día antes de la boda para conocer a su futura esposa, de la que repitió un par de veces que era la mujer de su vida. cuando colgué, revisé el calendario y reparé en que el día de la celebración que acababa de decirme coincidía con un importante viaje de negocios a china, pero estaba claro que ese día no podía fallarle a mi lejano hermano. 

la ceremonia se celebró en la iglesia del pueblo. la novia lucía una panza monumental y caminaba con lentitud y dificultad por el pasillo de la iglesia. el cura le echó un par de miradas reprobables, pero ninguno de los invitados pareció advertirlo y cuando por fin pronunció el esperado “sí, quiero” muchos sacaron sus pañuelos blancos para secarse las lágrimas. entre ellos, mi madre. 
el banquete se hizo en un restaurante al lado de la carretera y lo mejor del menú fueron las croquetas caseras de jamón. los novios pululaban por toda la sala cogidos de la mano, recibiendo las felicitaciones de los que todavía no habían tenido la oportunidad de hacerlo, rellenando las copas medio vacías, regalando puros y sonriendo. cuando por fin él se acercó bromeó sobre mi obsesión por el trabajo y mi soltería, ella le quitó hierro al asunto y afirmó que tarde o temprano yo también acabaría cayendo, como todos, aunque para empezar, dijo acariciando su tripa con cuidado, iba a ser tío. mi hermanó soltó una carcajada y ella le miró con cariño. 
cuando terminó el baile y los invitados comenzaron a marcharse salí al jardín posterior del restaurante. había bebido bastante y sentía la cabeza pesada. me senté en uno de los bancos, enfrente de los columpios donde algunos niños jugaban ajenos a la supervisión de sus padres y se ensuciaban la ropa con la arena del parque. él vino poco después y se sentó a mi lado. tenía la cara enrojecida y la frente sudada. sacó un puro de su bolsillo, lo encendió, abrió la boca y expulsó el humo espeso dibujando aros en el aire. miré su recién estrenada sortija, dorada y brillante, y luego a él. 
-no sabía que fumabas. claro que tampoco sabía que te casabas. o que ibas a tener un hijo. 
-ya ves. la vida es una caja de sorpresas. 
-¿por qué te casas? quiero decir… ¿cuánto tiempo hace que la conoces? 
-qué importa esto. 
-sí que importa. claro que importa. 
-a mí no me importa. 
mi hermano y su maldita terquedad, recordé. 
-no tienes por qué hacerlo, ¿sabes? – en ese momento me di cuenta de que había bebido demasiado y de que también había hablado demasiado. 
-¿qué coño dices? 
-¿estás seguro de que el niño es tuyo? 
-estás borracho, tío. 
-perdona, no quería… 
se levantó negando con su cabeza grande y afeitada y entró de nuevo al comedor. se dirigió hacia donde estaba su esposa, que hablaba con su grupo de amigas animadamente, y le acarició un mechón de pelo rizado que le caía por encima de los hombros desnudos. yo bebí otra copa y puede que un par más y cuando desperté a la mañana siguiente, en mi antigua habitación de casa de mis padres, seguía pensando lo mismo; no tenía por qué haberlo hecho.