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¿Qué te gustaría realmente hacer en la vida?, me preguntaron en una entrevista de trabajo.
Yo
respondí: Me gustaría vivir en una habitación con una ventana que diera
al ras de la calle. Desde esa ventana me contentaría con mirar a la
gente que pasa, observar el fragmento de su vida que discurre ante mis
ojos y luego verlos desaparecer.
Por sus caras supe que no era el empleado que estaban buscando.
Cuatro amigos, D. Trueba
hacía pocos días que dragan se había ido de casa, así es que no estaba en uno de mis mejores momentos. me había dejado cuando yo creía que las cosas iban sobre ruedas y el golpe fue todavía más duro e inesperado. tampoco existía una tercera persona o eso es lo que me aseguró él, y yo creí, lo cual, en mi opinión, empeoraba todavía más la situación porque significaba que se había cansado de mí, que no había tenido necesidad de conocer a otra para darse cuenta de que no quería estar conmigo. se dio cuenta sin la ayuda de nadie y prefirió estar solo antes que mal acompañado, apartarme, borrarme y seguir con su vida al margen de la mía. esos eran los pensamientos que me acompañaban todas las noches, durante horas antes de que las pastillas para dormir comenzaran a hacer el efecto deseado. luego tenía pesadillas y cómo no, soñaba con él. soñaba que me llamaba y me decía que se había equivocado y que quería volver y yo sonreía y bailaba por toda la casa y tiraba las flores marchitas del jarrón y compraba otras frescas.
me despertaba temprano, pero no salía de la cama hasta tarde. hasta que me dolía la espalda y las ganas de mear se hacían insoportables, lo que solía ocurrir a las dos o a las tres de la tarde, hora de comer para el resto de personas que parecían sobrellevar sus cotidianidades mucho mejor que yo. después de mear volvía a la cama.
**
me despertaba temprano, pero no salía de la cama hasta tarde. era muy habitual que me sobresaltara el sonido de la sirena, fuera de la ambulancia o de la policía. vivíamos en un barrio donde las visitas de unos y otros eran habituales, aunque yo prefería las ambulancias porque comportaban menos riesgos. una vez desvelada me costaba volver a dormir. a mí, que en casa de mis padres había sido capaz de dormitar quince horas seguidas, pero de eso hacía ya muchos años, y aunque me acordaba de ellos muy menudo, intentaba no recordarlos demasiado.
por la mañana no había mucho qué hacer. el negocio empezaba después de comer, aunque la mejor hora era a partir de las siete o las ocho de la tarde, cuando los camioneros paraban para cenar en algún bar de carretera y los oficinistas volvían a sus casas. cada una tenía un punto asignado. yo lo compartía con julienne, una senegalesa divertida y despreocupada que bebía vino y fumaba constantemente y gritaba a todo aquel que pasaba a demasiada velocidad. cuando algún coche se paraba delante nuestro y la elegían a ella, me pedía chicles para disimular el mal aliento y no ahuyentar a los clientes. ella había tenido suerte porque aunque era ya mayor y no aguantaba muchas horas de pie, había conseguido los papeles hacía tiempo. se había casado con uno de sus clientes y durante unos años la cosa les había funcionado bien. él no era celoso, decía ella, hasta que empezó a serlo y una noche en la que se llevó un cliente a casa, él, entre gritos, golpes y amenazas, la echó a la calle. julienne lo contaba con mucha gracia:
-eres una puta – chillaba el imbécil de mi marido – escupiendo cerveza por la boca y apuntándome con su dedo rechoncho.
y yo, decía entre risas, pensaba: “pues sí, soy una puta. a buenas horas te das cuenta, cabrón.”
cada vez que nos explicaba su historia nos echábamos a reír y ella bebía más vino y me pedía más chicles y yo pensaba: “qué suerte tiene julienne”
**
“qué suerte tiene dragan”, me decía a menudo en esos días de pastillas, noches perpetuas y almohadas húmedas. qué suerte poder decir hasta aquí. se acabó. yo decido. yo me marcho. yo te dejo. yo puedo vivir sin ti. yo tengo planes que no te incluyen. yo prescindo de ti, de tu compañía, de tu risa, de tus manos, de tu cuerpo que ya conozco demasiado bien, de tus ideas que ya no me sorprenden. yo jamás había tenido tanta autonomía. no mientras estuve con él. quizá con otros hice lo mismo. sí, seguramente les había contado la misma historia que me contó él, con paciencia, sentado al borde del sofá, con la espalda erguida y la voz suave, aguantando mis lloros y mis reproches que ya no servían de nada. y es que dragan, una vez tomaba decisiones, no se echaba para atrás. era algo que siempre me había gustado de él, esa capacidad para decidir y no perder el tiempo barajando opciones y posibilidades que no conducían a ninguna parte. todo lo contrario a mí. por eso, cuando me dijo “tenemos que dejarlo” -“tenemos”, dijo, como si yo hubiera intervenido en su decisión- sabía que no había vuelta atrás y que por mucho que habláramos, por mucho que yo quisiera demostrarle el buen equipo que formábamos, ya me había dejado. sus maletas permanecían alineadas y dispuestas en la habitación contigua, por si me hacían falta más pruebas. lo vi cuando pasé por delante, corriendo, apresurada, para ir a al baño a vomitar.
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la primera vez fue en la cabina de un camión. julienne estaba conmigo, limpiándose con unas toallitas húmedas y antes de subir me dijo: “esos serán los treinta euros más difíciles, pero luego verás como todo va rodado”. subí aterrada, no tanto por lo que me tocaba hacer, sino por si no lo hacía bien y el cliente se enfurecía conmigo y me quitaba el dinero. había escuchado historias de todo tipo y lo único que quería era cobrar, hacer mi trabajo y marcharme, sin complicaciones. él era un hombre cincuentón, gordo y calvo. me saludó y dijo que conduciría hasta encontrar una vía secundaria donde nadie nos molestara. asentí con la cabeza y con todo el desparpajo que pude le pregunté qué quería. él se rió estrepitosamente y contestó:
-pues qué va a ser, mujer, ¡follar! a ver si te crees que hemos venido a hablar del tiempo.
pensé que había sido afortunada porque nunca me había gustado chuparla, ni cuando había tenido novios que tardaban lo justo en reconducir mi cabeza hasta sus genitales nada más empezar con los preliminares. cuando paró el camión me monté encima de él y me restregué hasta que me apartó de un manotazo, me subió la falda, ordenó que me quitara la blusa y me la metió sin haber tenido tiempo de sacar de mi bolso ni el lubricante ni el preservativo.
duró apenas quince minutos. no fue agradable, pero tampoco fue terrible, y aunque al principio me dolió y quise decirle que fuera menos brusco, callé y me concentré en los detalles de una estampita de una virgen que tenía en la cabina. cuando terminamos él tenía la camisa sudada y yo las nalgas arañadas. abotoné mi blusa, me subí las bragas, guardé el dinero en el bolsillo y sin tener tiempo de bajar del camión, vomité.
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mi estado oscilaba entre la pena y la ira. algunos días sentía tantísimo dolor en el pecho que no era capaz ni de tragar saliva. otros sentía un odio irracional hacia todas esas parejas que paseaban felices, cogidas de la mano, ajenas a mi tortura. internamente les deseaba lo peor. me reía por su candidez idiota, por su entusiasmo transitorio, por su estúpido enamoramiento. tarde o temprano alguno de los dos abandonaría la barca y el otro se quedaría remando solo, en círculos, a la deriva. como yo. sólo me interesaban las tragedias porque con ellas me sentía ligeramente aliviada. miraba las noticias y leía los periódicos en busca de rupturas, divorcios, dramas pasionales que me hicieran ver que en el fondo había sido una suerte que dragan me hubiera dejado y así ahorrarme el disgusto más adelante. después, cuando me había convencido de que sí, de que era una suerte que me hubiese dejado, releía todos los mensajes que habíamos intercambiado en tiempos pasados y volvía a derrumbarme.
pasaron tres meses y veintitrés días. me había acostumbrado a mi propia miseria. sentirse desgraciada formaba parte de mi vida, como también lo era abrir los ojos para llorar y comprar comida para dejar que se pudriera en la nevera.
llamó por la noche. me preguntó cómo estaba, cómo iban las cosas y si nos podíamos ver.
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tres meses después me daba igual chupar que follar. lo único que me importaba era cobrar. y los papeles. julienne decía que estuviera tranquila, que la policía tenía cosas más importantes que hacer que perseguir a putas y echarlas del país, pero cada vez que veía un coche patrullando por nuestra zona, me escondía. no quería volver a mi país. no me apetecía volver a vender pescado en el tenderete de mi tía, vivir con mi familia en un cobertizo con goteras y cobrar una sexta parte de lo que conseguía con los clientes, trabajando el doble de horas a cuarenta grados bajo el sol. tal vez no había conseguido ser peluquera, como le contaba a mi madre cuando la llamaba una vez por semana, pero al menos ganaba lo suficiente como para que ellos se alimentaran todo el mes. también había empezado a salir con un chico y a tener clientes regulares, dos o tres, que esperaban su turno y que al subir a su coche me preguntaban cómo me iban las cosas, cuándo conseguiría los papeles y si no les haría ninguna rebaja en el precio.
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no pensé en lo que podría salir mal. no en esos momentos. dragan quería verme y asumí que se trataba de una reconciliación. en mi cabeza no cabían más desgracias. creía tener el cupo completo. por teléfono su voz había sonado calmada y alegre. tal vez no dijo “quiero volver”, tal vez sólo dijo “podríamos vernos”, pero para mí era casi lo mismo, una cosa llevaba a la otra y me ilusioné como una niña pequeña en la mañana del día de reyes. me vestí deprisa, me peiné y me maquillé un poco para disimular mi palidez enfermiza. cogí el coche y puse música alegre. canturreaba e imaginaba cómo sería el encuentro, quién diría qué y cuánto tiempo tardaríamos en romper el hielo y reírnos de todo el malentendido.
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-todo esto es un malentendido. – dijo el hombre.
cuando levanté la cabeza de su entrepierna quedé cegada por unos focos apuntándome en los ojos. tardé unos segundos en comprender qué estaba sucediendo. miré la cara del hombre, asustado y repitiendo una y otra vez que no era lo que parecía. me aparté y él se subió los pantalones apresuradamente mientras el que sujetaba la linterna le pedía la documentación. miré a los dos policías que sonreían con cierta sorna. no disponía de mucho tiempo antes de que alguno de ellos se fijara en mí. abrí la puerta y eché a correr tan deprisa como pude.
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nunca fui de correr mucho. siempre respetaba las señales de tráfico y me paraba en los pasos de cebra y no pasaba si el semáforo estaba en ámbar, cosa que a dragan parecía hacerle mucha gracia. decía que conducía como una anciana, tan prudente y cauta, pero ese día sí corría. tenía la cabeza en otro sitio. tenía ganas de verle. no me di cuenta.
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no me di cuenta. tenía la cabeza en otro sitio. huir, escapar. no quería volver a mi país.
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no la vi. cuando intenté frenar ya era demasiado tarde.
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no lo vi. de nuevo los focos me deslumbraron y sólo pude ver algo borroso y oscuro acercándose a toda velocidad. paré en seco, cerré los ojos, me protegí la cara con los brazos y noté un terrible golpe en la cadera y otro de mi cráneo chocando contra el cemento. y después ya nada.
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detuve el coche en medio de la carretera y salí temblando de frío y de pánico. el cuerpo de la chica yacía en la calzada, con las piernas separadas, los brazos extendidos y la cabeza ladeada. inerte. tenía el rostro ensangrentado, los ojos abiertos y una expresión de terror que no olvidaré jamás en la vida. no sabía qué hacer y me asusté. desde el coche todavía podía escuchar la música alegre que ahora sonaba discordante y me acordé de dragan, que seguía esperándome y se preguntaría por qué me estaba retrasando. me aparté de ella. primero poco a poco, sin hacer ruido ni apenas respirar y una vez dentro del coche, aceleré rápido, con la mirada clavada en el retrovisor. el cuerpo se convirtió en un bulto sin forma y un poco después en un minúsculo punto irreconocible. si conseguía calmarme un poco, si lograba acompasar la respiración, si dejaban de sudarme las manos y la frente, me repetía una y otra vez, todo saldría bien y dragan y yo volveríamos a estar juntos. en eso era en lo único en lo que debía pensar. y eso era lo único que debía importarme.
-!mallory, querida! !hacía una semana que no te veía!
-!hola grace! sí, he estado ocupadísima.
-ay, estas amas de casa que nunca paran... estás guapa, ¿has perdido peso?
-¿tú crees?
-sin duda, cielo, sin duda.
a grace se le da de maravilla mentir. mallory no ha perdido peso. es más, hoy que lleva una falda floreada hasta las rodillas, puede observar sus pantorrillas inmensas y fofas que soportan un culo de dimensiones descomunales y una tripa que sin duda obstaculiza la visión de sus propios pies. ha comprobado, sin embargo, que cuando les dice esto a las clientas, ellas compran más en la tienda y al fin y al cabo esto son ganancias para su negocio. sin embargo, mallory es una buena clienta y suele gastarse cantidades considerables de dinero en salsas, pastas, sopas en lata y agua embotellada. alguna vez, piensa grace, le gustaría preguntar a dónde va a parar tanta comida, ya que aunque su perímetro sea escandaloso, es prácticamente imposible que su marido y sus dos hijas consuman tanto en tan poco tiempo.
mallory se mueve por la tienda con dificultad. los pasillos, a pesar de conocerlos de memoria, son estrechos y suele ser habitual que entre el carrito y su patoso contoneo rompa algún tarro o tiré al suelo alguna bolsa de verdura. mallory se disculpa a gritos y grace le responde desde la caja registradora que no se preocupe, que ella lo recoge en cuanto termine de la compra. en realidad piensa que con lo torpe que es, se caería al recogerlo y que con su propio peso acabaría por romperse un tobillo y sería ella quien la tendría que levantar del suelo, o peor aún, llevarla al hospital. mallory le da las gracias, entre risas y más disculpas, y sigue con su compra, descubriendo nuevas salsas para acompañar los filetes y sintiendo un delicioso placer cuando ve las tartas de chocolate rellenas de chocolate imprescindibles para su desayuno.
al llegar a la caja su carro está a rebosar. grace sonríe:
-caray, mallory… ¿celebráis algo? – al terminar de pronunciar sus palabras se arrepiente. para nada querría enemistarse con la gorda de mallory, pero ella, sorprendida y bienhumorada, contesta:
-¿celebrar? oh no, no.
-ah, vaya. sólo lo decía por las salsas y porque como ahora viene el tiempo de las barbacoas creí que tal vez tú y ted ibais a organizar alguna. por cierto, ¿cómo están las niñas?
-las niñas bien, ya sabes, creciendo. la pequeña acaba de entrar en el equipo de animadoras y está encantada. tendrías que verla, ensayando en el jardín, con los pompones arriba y abajo. !dadme una a, dadme una r! y así todo el santo día.
-vaya, eso está muy bien. – responde grace y empieza a pasar los productos por la banda magnética.
las dos mujeres se quedan en silencio unos segundos. grace no quiere meter más la pata y cuando está a punto de comentar el calor que hace, mallory se adelanta.
-verás… - empieza asegurándose que están a solas en la tienda – ¿te puedo contar algo?
grace deja el bote de pepinillos agridulces en la cinta. pocas cosas le gustan tanto como las confesiones, los rumores y los cotilleos. su tema preferido son sin duda las infidelidades, pero mallory está demasiado gorda como para tener un lío con otro. tal vez sea su marido ted. sí, podría ser ted que por fin hubiese descubierto las ventajas de un cuerpo menos deforme que los de su esposa.
-claro, querida mía.
-debes prometerme que no se lo contarás a nadie.
-mallory por el amor de dios, soy una tumba. ¿qué ha pasado?
-bueno – estira de nuevo su cuello rechoncho hacia los pasillos – quizá esto te parecerá extraño, pero toda esta comida…
-¿sí?
grace está a punto de explotar, aunque empieza a sospechar que no se trata de un asunto de cuernos y sus expectativas se desinflan un poco.
-es para nuestro búnker.
grace da un pequeño salto, como si de repente alguien le hubiera dado una patada en el culo y se tapa la boca con la mano derecha. ha escuchado bien, pero prefiere que se lo repita una o mil veces, hasta que comprenda a qué se refiere exactamente.
-¿cómo dices? ¿qué quieres decir? ¿un qué?
mallory abre una bolsa de patatas fritas que grace todavía no ha cobrado. coge un puñado con su rolliza mano y las mastica ruidosamente hasta que traga la masa y con la boca vacía empieza a hablar:
-imagino que estarás al corriente ya, a estas alturas, de que el fin del mundo es algo inminente. habrás leído sobre ello. lo dicen todas las revistas especializadas. hace tiempo que ted y yo hemos estado informándonos, leyendo libros, yendo a conferencias y charlas. fue en uno de estos cursos de iniciación y preparación donde conocimos a ray perkins, quizá hayas oído hablar de él. es un reconocido físico que dejó su trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a adoctrinar a todos aquellos que desearan salvarse del apocalipsis. ha escrito centenares de libros, todos un éxito. es un hombre inteligentísimo, cercano y digno de admirar y fue él quien nos recomendó hacernos construir un búnker para nuestra familia y amigos y estar tranquilos por el resto de nuestros días. hace ocho años que lo tenemos y desde entonces voy comprando poco a poco los abastecimientos para vivir allí el tiempo que sea necesario. cielo, el mundo es una amenaza constante y nunca se sabe quién nos bombardeará primero.
grace siempre fue una mujer parlanchina, pero ahora mismo no puede más que exclamar un discreto “oh!” que mallory interpreta como un “por favor, cuéntame más”.
-hacía tiempo que quería comentártelo porque, querida, yo siempre te he tenido como a una buena amiga, pero ya sabes… estas cosas son delicadas y mucha gente no nos comprende y dice que estamos locos y demás tonterías, pero ahora que lo sabes, no sé, quizá puedas venir a tomar el té en el búnker un día de estos. es un lugar precioso, nada frío ni impersonal. lo estoy arreglando para que quede como un auténtico hogar. ¡fíjate en lo bien que tiene que estar que a veces las niñas van a pasar allí los fines de semana! con esto te lo digo todo.
-¿y dices que es seguro?
-oh nena, seguro como que el fin del mundo está cerca.
cuando la gorda de mallory sale por la puerta, grace se queda pensativa un rato. da una vuelta por los pasillos de la tienda, repletos de comida, recoge las latas del suelo que ha dejado mallory por su paso y piensa en cuánto tiempo podría sobrevivir ella y joe a un ataque nuclear en su casita de madera y siente un escalofrío a lo largo de su huesuda espalda. la campanilla de la puerta de entrada le devuelve a la realidad. la señora cauffman saluda con la mano.
-¿os ha llegado ya la levadura? – pregunta.
-al fondo. al lado de la harina y los cereales.
la observa desde lejos, sin que se dé cuenta y cuando la señora cauffman se dispone a pagar, grace juraría que ha comprado más de lo que suele ser habitual en ella y su escaso presupuesto semanal. podría preguntarle si va a celebrar algo, si espera visita de familiares, si cree que el enemigo está al acecho, pero no tiene tanta confianza como con mallory y, en realidad, no está preparada para otra confesión inesperada. mientras coloca las cosas en la bolsa de papel, se fija en que todos los productos están enlatados y envasados al vacío. empieza a sentirse incómoda y nerviosa. mira el calendario detrás de la caja que con letras rojas señala un mes de abril tocando a su fin.
al salir la última clienta, apaga todas las luces, cierra la tienda y llama a su marido, que a estas horas imagina que seguirá metido en la fábrica. el teléfono suena un par de veces y después contesta uno de sus empleados.
-¿qué?
en circunstancias normales grace le replicaría al chaval que esas no son formas de contestar el teléfono, pero ahora mismo tiene otras prioridades mucho más importantes.
-¿está joe?
-¿quién le llama?
-su esposa.
joe tarda siglos en ponerse al teléfono. sospecha que si fuera un nuevo cliente no le haría esperar ni la mitad del tiempo y se enfurece todavía más.
-grace, ¿qué pasa? – dice él sin perder el tiempo.
-oye cariño, ¿cuánto dinero tenemos en la cuenta?
-¿qué? ¿por qué me preguntas esto?
-joe, necesito una cifra exacta.
joe se sienta encima de la desordenada mesa de su despacho y escucha las palabras atropelladas de su esposa que al cabo de unos minutos terminan confundiéndose con el atronador ruido de las máquinas.