03 octubre 2020

Detuvo el motor, se aflojó, largó un aire retenido demasiado tiempo. Bueno, ¿qué querés hacer? Me esperaba cualquier cosa menos una pregunta. Pensé que el resultado era positivo o negativo, que me diría cuánto tiempo me quedaba, en semanas, en días. Pensé que lloraría. Pero una pregunta, no. ¿Qué decís? Pero no pude decir nada, pobre. E hizo una pausa en la que toda mi vida fue un silbido agudo. El bosque eran árboles como tigres alzados. No voy a poder olvidar, dijo, y por primera vez fue solemne. Silencio, más ahogado que el anterior. Un zumbido agarrado a mis oídos cayó con la velocidad de un pájaro muerto. No se podría hacer nada después de esa mirada, qué me toca agregar ahora. Cuando vio que no iba a dar batalla, dijo, prendiendo un pucho, además, ellos están esperando un hijo. Bueno, dos, porque son mellicitos. Y, aunque intentamos ponernos serios, nos tentamos de risa, no sé de qué, la palabra mellicitos. ¿Y si tenemos uno nosotros? ¿Otro hijo?, preguntó ahogado en una tos. Y volvimos a estallar de risa. Un hijo más, nosotros. Ahí estuvimos los dos por última vez riendo a risotadas como un matrimonio feliz. Bajé sin abrir la puerta, era un modelo práctico para separarse. Él dio media vuelta y me vio perderme entre matorrales. El primer momento fue puro dolor. Ese tipo de dolor que no se comparte ni con uno mismo. Estuve de luto mucho tiempo, pero en un momento tuve, como la viuda cuando pone la llave en la puerta de su casa, por primera vez, como cuando cena sin hablar, por primera vez, como la viuda se acuesta sola, por primera vez, una tristeza excitante, salvaje.

                                              Matate, amor, Ariana Harwicz

26 agosto 2020

una noche demasiado larga

neil krug
me dices que estoy equivocada y yo me callo
porque estoy acostumbrada a estar equivocada
y a callarme. aunque no lo esté.
pero, lo admito, la noche está yendo bien:
eres simpático, atento. me haces reír
también tú pareces cómodo: te rascas la barbilla cuando dudas, me miras las tetas creyendo que no me doy cuenta y propones de ir a mi casa.
digo que sí y paseamos hacia el metro rozándonos (cuidadosa y estudiadamente) los brazos, demasiado pálidos para la época.
me cuentas sobre un viaje a méxico y me preguntas si conozco el país. 
no, contesto. pero sé, recuerdo, 
que prefieres la carne al punto, la nieve a la playa, que tienes una hermana mayor y lees a houellebecq.
me indicas para que entre primero y buscas dos asientos apartados donde sentarnos. sonríes.
estamos nerviosos, también borrachos.
queremos vernos desnudos, queremos gustarnos
queremos que dure
fuego 
un exceso que nos calme.

el viaje se hace largo
entran parejas enamoradas
entran hombres cabizbajos 
entra una chica pálida que llora mientras su amiga, descalza, acaricia su pelo lacio 
entran señoras maquilladas, silenciosas, que nadie sabe donde han estado.
salimos nosotros, cogidos de la mano
salimos nosotros, apresurados
salimos nosotros, química, llamas y palabrería barata.

el zumbido de la madrugada, las voces de los vecinos que llegan hasta la calle, las basuras abiertas, el hedor de otro agosto maduro, ilimitado. 
me cuentas de la vez que montaste una banda, de la vez que rescataste un gato subido a un árbol, del coche que vas a comprarte, de la ex que te llama cada fin de semana.
y tú qué, me preguntas
ya hemos llegado.
entonces me besas. en el portal. tu lengua sabe a menta y tequila. no sé qué hacer con las manos. subimos a pie los tres pisos. nos tanteamos en cada rellano. encuentro las llaves a tientas. 
espera, te digo.
abro la puerta y pasas.
así que aquí vives tú, murmuras.
examinas la casa: lees los títulos de los libros en voz alta, desapruebas alguno, escudriñas las fotos, los muebles, acaricias la hoja del helecho junto a la ventana, te sientas en el sofá con los brazos extendidos, la camisa desabrochada y pides un poco de agua.

en el baño me miro al espejo
en la cama esperas desnudo
en el baño me refresco la cara, la nuca. sonrío. bueno, aquí estamos
en la cama me tumbo a tu lado y noto tu mano en mis nalgas, la falda subida, la urgencia, los dedos que avanzan, la prisa, el ritmo que marcas sin escucharme. te corres en tres minutos. tres. minutos. 
tres.
la hostia, murmuras, jadeante, victorioso, echándote a un lado
¿tienes una toalla?
¿en serio? me pregunto en el baño
¿en serio? repito en voz alta.
y me miro al espejo y me dedico un tiempo
apoyada en la pila, humedezco mi dedo y pienso en uno y en otro y palpo despacio y arqueo la espalda y silencio un gemido amplio, glorioso. triunfante.

y cojo la puta toalla.

sonríes y me das las gracias
sonrío y respondo de nada
sonrío y espero un gesto, un acuerdo tácito, un final apremiante y, sin embargo, lejos de esto, te quedas dormido, enroscado a mi cuerpo tieso y sudado.
la hostia, susurro
entonces te das la vuelta y te cubres con la sábana blanca y yo pienso en nosotros: dos turistas, dos extraños, dos almas desajustadas. un inicio tan precario, una noche demasiado larga. tres minutos. tres. un desenlace sin drama. un ronquido. otro. un desatino. de tantos.

26 julio 2020


Mi vecino se volvió hacia mí otra vez y me preguntó cuál era el trabajo que me llevaba a Atenas. Advertí por segunda vez el esfuerzo deliberado de su interés; era como si hubiera aprendido a recuperar los objetos que se le caían de las manos. Recuerdo que mis hijos de bebés, sentados en la trona y tirando cosas solo para verlas caer al suelo, actividad que les resultaba tan placentera como terribles eran sus consecuencias. Se quedaban mirando lo que hubiera caído -una galleta a medio comer o una pelota de plástico-, cada vez más nerviosos ante la incapacidad de la cosa por regresar. Al final se echaban a llorar, y por lo general se encontraban con que el objeto en cuestión volvía a ellos por la vía del llanto. Siempre me sorprendía que su reacción a esa cadena de acontecimientos consistiera en repetirlos: en cuanto tenían el objeto en las manos, volvían a tirarlo inclinándose hacia delante para ver cómo caía. Su regocijo no disminuía nunca, y su angustia tampoco. Yo siempre esperaba que en un momento u otro se dieran cuenta de lo innecesario de su angustia y se decidieran a evitarla, pero nunca ocurría. El recuerdo del sufrimiento no surtía efecto alguno en su decisión: al contrario, los obligaba a repetirla, pues ese sufrimiento era la magia que obraba el regreso del objeto, lo que les permitía volver a experimentar el placer de tirarlo. Si la primera vez me hubiera negado a devolvérselo, supongo que habrían aprendido algo muy distinto, aunque no estaba demasiado segura de qué podría haber sido. 

A contraluz, Rachel Cusk