03 diciembre 2019

una red

Tyler Spangler
me dices que soy tu red y sonríes 
y yo espero alguna palabra más 
que no llega 
y te imito y sonrío
también
porque imagino (no me queda otro remedio si quiero salir indemne de este desplome)
que ser tu red es tu bálsamo, tu remedio
un parche que suaviza la caída,
(esa en la planeamos mansamente desde hace demasiado tiempo)
algo bueno que te salva de esta rutina nuestra
de este color grisáceo en el que vivimos 
y donde hemos aprendido a ser.

me dices que soy tu red un martes a media tarde
cuando hace dos horas discutíamos y nos reconciliamos sin convicción porque venía tu madre a cenar
y yo pienso que -de poder elegir- preferiría ser cualquier otra cosa:
una revuelta, un atracón 
un soplo
una cuerda floja para los valientes. o los desesperados
unas alas, ni que fueran rotas
una enfermedad de esas que te postra en la cama y hace sentirte vivo en cada minúsculo trozo de cuerpo exhausto, 
desde la arteria hasta la entraña.

me dices que soy tu red y yo pienso en una despedida que nos cuesta y postergamos
porque yo soy cobarde y tú práctico
tú salto y yo cornisa.
y cuando tu madre nos ve, sentados uno al lado del otro, delante de una ensalada que hemos preparado sin mirarnos, sin necesidad de consultarnos si aceitunas o mejor rábanos, y nos dice “qué bonitos sois”
yo, red y descenso, me pregunto:
¿qué hago aquí?
si no me gusta tu madre
ni las aceitunas
ni tu mano en mi muslo para señalarme, una vez más, que todo va bien, que saldremos de ésta como salimos de otras antes
cuando queríamos sobrevivir y buscábamos una cura o un milagro, que a veces es lo mismo y otras es sólo una argucia para los vencidos y los incautos.
¿qué hago yo aquí?
si, de ser verdaderamente tu red, quitaría los platos y traería el postre
pero
lo único que deseo es levantarme para no sentir
tu mano en mi muslo
y abrir la ventana de la cocina y correr hasta la valla oxidada
esa que construimos juntos
esa que cercaba nuestra historia
la que creímos refugio y se convirtió en coto y miseria.

me dices que soy tu red y yo sólo espero que para cuando lleguemos al suelo raso
no exista otra palabra, otra manera, otra oportunidad que nos asegure ni nos ampare
que la caída sea limpia. definitiva
que nos levantemos magullados, pero no muertos
que las direcciones sean benévolas, pero opuestas
que busques otras redes
que encuentre otros vuelos.

01 diciembre 2019

richard cartwright

Jason mencionó un relato de vampiros que yo había escrito y dijo que tenía cohesión y sentido. Que le sorprendía que yo hubiera escrito algo coherente. Yo dije que ahora era alguien coherente. Me respondió que él seguía sin serlo, y que por eso escribía poesía. Yo le dije que algún día sería coherente. Él dijo no estar seguro de que ese día fuera a llegar alguna vez. Yo le dije que llegaría. Él no lo tenía claro. Yo le dije que pasaría el tiempo y que se haría mayor. Que las cosas pasarían y él se iría dando cuenta de que las cosas pasaban. Que, aunque fuese algo triste, no pasaba nada. Él dijo que, para él, las cosa ya habían pasado. Yo dije que pasarían más cosas, pero que eso llevaría su tiempo y que le sorprendería comprobar hasta qué punto era eso cierto y que cuando te quieres dar cuenta ya estás metido en algo nuevo. Le dije que la vida y la gente mutan. No te vuelves más inteligente por hacerte mayor. La vida no evoluciona. No había victoria. Había mutaciones. Pequeñas mutaciones dialécticas de cosas que se convierten en otras cosas a lo largo de intervalos de tiempos prolongados. La historia no tiene trastorno por déficit de atención. Es como el lento proceso de moler grano; los hechos se van adecuando a nuevos hechos, y van cambiando con éstos hasta el punto de no darnos cuenta siquiera. 

Pórtate bien, N. Cicero

12 mayo 2019

Esa música ya era dancísticamente interesante, a mí me estaba gustando el ejercicio. Tuve la sensación que tengo a veces de sentirme buena bailarina, una descubridora de posibilidades de acción. Sensación rara, esa. Pero Ibrahim estaba inquieto y asustado y un poco avergonzado, ya al parecer yo no conseguía transmitirle seguridad ni holgura. No te atrevía a tocarme, y cuando me tocaba lo hacía flojamente y con el exceso de precaución propio de quien nunca ha bailado o ha bailado poquísimo, ni siquiera en la verbena o en la discoteca. Cuando iba a tocarme pero un espasmo lo asaltaba y no llegaba a concluir el contacto, o cuando a consecuencia del espasmo me daba un manotazo, Ibrahim me pedía perdón. Esto del perdón es propio también de quien no suele bailar, pedir perdón cuando se produce un choque o un pisotón o una caída o un dedo penetra un ojo, o cuando se produce un tirón del pelo o se tocan los femeninos pechos o cualquiera genitales o culos. En lo que dura el perdón, busca la mirada del otro y a consecuencia de ello detiene la danza o la ralentiza, y habiendo perdonado, no recupera la velocidad o la intensidad de la danza hasta pasado un rato o incluso no la recupera jamás, con lo que bailar se convierte en una caricia aburridísima. Quienes sí solemos bailar solo pedimos perdón cuando los accidentes son considerables, y solo detenemos la danza (nunca la ralentizamos) si el accidentado detiene la danza, y si tú eres el accidentado solo detienes la danza (nunca la ralentizas) si te has hecho mucho daño, la temida lesión. Los que no suelen bailar también piden perdón cuando sienten que un paso o un gesto no ha quedado fluido, piden perdón por lo que ellos viven como una interrupción de la calidad del movimiento, y hasta piden perdón cuando no han provocado ellos los accidentes: al estirarle un brazo, hice crujir yo las costuras de la camisa de Ibrahim, y va el tío y me dice que perdón. ¿Perdón por qué? ¿Por ir vestido? Será que se están pidiendo perdón a ellos mismos por atreverse a bailar, por hacer esa cosa prohibida que es moverse sin ninguna finalidad ni utilidad capitalista. Eso pensé pero no se lo dije, porque también pensé que sería la primera clase de danza a la que iba Ibrahim en su vida, y puede que, a sus veintiocho años, hasta la primera vez que bailaba.


Lectura fácil, Cristina Morales