01 diciembre 2019

richard cartwright

Jason mencionó un relato de vampiros que yo había escrito y dijo que tenía cohesión y sentido. Que le sorprendía que yo hubiera escrito algo coherente. Yo dije que ahora era alguien coherente. Me respondió que él seguía sin serlo, y que por eso escribía poesía. Yo le dije que algún día sería coherente. Él dijo no estar seguro de que ese día fuera a llegar alguna vez. Yo le dije que llegaría. Él no lo tenía claro. Yo le dije que pasaría el tiempo y que se haría mayor. Que las cosas pasarían y él se iría dando cuenta de que las cosas pasaban. Que, aunque fuese algo triste, no pasaba nada. Él dijo que, para él, las cosa ya habían pasado. Yo dije que pasarían más cosas, pero que eso llevaría su tiempo y que le sorprendería comprobar hasta qué punto era eso cierto y que cuando te quieres dar cuenta ya estás metido en algo nuevo. Le dije que la vida y la gente mutan. No te vuelves más inteligente por hacerte mayor. La vida no evoluciona. No había victoria. Había mutaciones. Pequeñas mutaciones dialécticas de cosas que se convierten en otras cosas a lo largo de intervalos de tiempos prolongados. La historia no tiene trastorno por déficit de atención. Es como el lento proceso de moler grano; los hechos se van adecuando a nuevos hechos, y van cambiando con éstos hasta el punto de no darnos cuenta siquiera. 

Pórtate bien, N. Cicero

12 mayo 2019

Esa música ya era dancísticamente interesante, a mí me estaba gustando el ejercicio. Tuve la sensación que tengo a veces de sentirme buena bailarina, una descubridora de posibilidades de acción. Sensación rara, esa. Pero Ibrahim estaba inquieto y asustado y un poco avergonzado, ya al parecer yo no conseguía transmitirle seguridad ni holgura. No te atrevía a tocarme, y cuando me tocaba lo hacía flojamente y con el exceso de precaución propio de quien nunca ha bailado o ha bailado poquísimo, ni siquiera en la verbena o en la discoteca. Cuando iba a tocarme pero un espasmo lo asaltaba y no llegaba a concluir el contacto, o cuando a consecuencia del espasmo me daba un manotazo, Ibrahim me pedía perdón. Esto del perdón es propio también de quien no suele bailar, pedir perdón cuando se produce un choque o un pisotón o una caída o un dedo penetra un ojo, o cuando se produce un tirón del pelo o se tocan los femeninos pechos o cualquiera genitales o culos. En lo que dura el perdón, busca la mirada del otro y a consecuencia de ello detiene la danza o la ralentiza, y habiendo perdonado, no recupera la velocidad o la intensidad de la danza hasta pasado un rato o incluso no la recupera jamás, con lo que bailar se convierte en una caricia aburridísima. Quienes sí solemos bailar solo pedimos perdón cuando los accidentes son considerables, y solo detenemos la danza (nunca la ralentizamos) si el accidentado detiene la danza, y si tú eres el accidentado solo detienes la danza (nunca la ralentizas) si te has hecho mucho daño, la temida lesión. Los que no suelen bailar también piden perdón cuando sienten que un paso o un gesto no ha quedado fluido, piden perdón por lo que ellos viven como una interrupción de la calidad del movimiento, y hasta piden perdón cuando no han provocado ellos los accidentes: al estirarle un brazo, hice crujir yo las costuras de la camisa de Ibrahim, y va el tío y me dice que perdón. ¿Perdón por qué? ¿Por ir vestido? Será que se están pidiendo perdón a ellos mismos por atreverse a bailar, por hacer esa cosa prohibida que es moverse sin ninguna finalidad ni utilidad capitalista. Eso pensé pero no se lo dije, porque también pensé que sería la primera clase de danza a la que iba Ibrahim en su vida, y puede que, a sus veintiocho años, hasta la primera vez que bailaba.


Lectura fácil, Cristina Morales

20 abril 2019

los anillos de plata vieja

mi madre cree que morirá pronto 
y por eso ha comenzado a darme sus anillos, anillos de plata vieja
que compró en grecia cuando yo tenía un año 
y ella veintitrés. 
mi madre cree que su vida se acaba, 
a pesar de que el doctor le asegura que está sana;
setenta y un años, tres empastes, una verruga quemada, una prótesis en el fémur derecho de la que aún hoy –un año después- se recupera con tristeza y andares cojos.
mi madre cree que morirá pronto porque su salud de hierro apenas trasciende y dejó de creer en doctores, recetas, tumores benignos que avisan pero no matan. sus horas se llenan de silencio y desgana, sin distracciones ni sed ni hambre. tan solo la inercia.
la inercia para las mañanas vacuas seguidas de tardes perpetuas, en el sofá del lado de la ventana. la inercia para otra noche de insomnio porque las pastillas ya no surgen efecto y ella, que era valiente, ahora le teme a la noche y a los pájaros y a la lluvia y a los niños traviesos que llaman al timbre de casa y luego se esconden en los portales.
mi madre le teme a todo y ahora, ahora es anciana y cree que morirá pronto. o tal vez ya está muerta y, por inercia, sigue viva y me señala la pequeña caja con sus anillos de plata vieja y me los muestra y dice que me los quede y yo me los pruebo y le digo que no, que son suyos, y ella dice que no,
que suyo es sólo el insomnio, la cicatriz corva de la cadera, los miedos. 
algún día suave.
mi madre piensa en su funeral y me cuenta detalles con fines pragmáticos:
ni flores ni música ni mucho menos un cura que hable
ni plegarias ni llanto ni mucho menos un duelo largo  
ni pena ni velas ni mucho menos viejos amigos que la han olvidado
mi madre me hace jurar que será ceniza antes que larva
prefiere la llama a la tierra helada
la inmediatez del fuego a la espera de los huesos sin carne
una urna pequeña
un recuerdo amable
un día suave
su voz tranquila narra un fin para el que está preparada
y yo miro los anillos de plata vieja en mis dedos blancos y le pido que por favor pare.
mi madre espera su día y reparte sus pocos bienes a primas, hermanas, a todo aquel que quiera escucharla.
“quédate, al menos, este”, me dice
“me lo compró tu padre un día nublado”, recuerda
“pasamos el día en la playa y nos perdimos de vuelta a casa”.
el anillo baila en mi dedo fino
mi madre lo mira y sonríe
yo lo miro y espero
“para cuando llegamos a casa, tú te habías dormido y yo aún era brava”.