tú le regalarás flores blancas
sus preferidas
ridículamente caras
no tendrá jarrón
pero se abrirá de piernas,
dócilmente
pendiente de tu mirada, de tus manos
de las nuevas preferencias que aprendiste del porno, de anteriores
con algo de imaginación
que ejecutas con precisión, sin amor
con la camiseta puesta
por si hay que irse deprisa
y prometerle que volverás
mañana.
pero mañana no será.
la llamarás, eso sí
te interesarás por sus miedos
sabrás comprenderla, apiadarte
pronunciar las palabras que se esperan de ti
educadas, fieles
artimañas
y ella te dirá que nadie como tú
nadie
tú le pedirás tiempo, espacio
que entienda
que se joda (no, no se lo dirás así. no,
no lo entenderá así)
que has pasado por
que has sufrido hasta
que has llorado tanto
ofrecerás más flores, más halagos, más citas egoístas
ella se abrirá, se abrirá, se abrirá
comprará dos jarrones
secará los pétalos entre hojas de libros que no ha leído
te pedirá que te quedes y te enviará canciones dedicadas
que escucharás hasta el segundo diez y luego borrarás.
accederás: te quedarás y la despertarás a media noche
montado encima
a oscuras
tirarás de su pelo, mordisquearás su piel fina
te correrás antes que ella, sin preguntar
antes de marcharte le pedirás tiempo, espacio
que entienda.
aprenderá rápido
se echará novio, luego novia
coincidiréis en fiestas, en la calle, en la cama cuando
te llame alguna noche que no tiene compañía
te follará sin preámbulos ni promesas
sus pechos más llenos, su saliva más densa
y al despediros, en el rellano, pedirá que te apresures por si acaso, divertida, con la mirada viva, la mente en otro.
llegarás a tu casa de madrugada
no tendrás alimento que vomitar
bebida que desborde las horas
recuerdo que deformar
la pensarás cuando conozcas a las demás
le escribirás cuando te tiemble el pulso de insomnio y pasado
repetirás palabras que un día te murmuró y aún recuerdas de noche, sentado delante de una carta sin enviar.
sabrás que está bien
que no se esconde
que te echa de menos algunos días alegres
que sigue aprendiendo rápido, mucho, por fin.
te parecerá que creces, rápido
que sabes, mucho
que vives
por fin.
te invitarán a cenas, a tríos, a nueva música, a casas extrañas
dirás sí, no, sí, no, tal vez, sí
te gritarán hijodeputa, miamor, llámame, ven, lárgate
llegarás a tu cama de madrugada
buscarás alguien con quien hablar
quien sea
de lo que sea
teclearás nombres que te maldicen que te olvidaron que te hacen avergonzar y terminarás, aún con el abrigo puesto, acurrucado en un rincón de la cama manchada de vino rancio, semen, restos de cuerpos invisibles.
no soñarás con tu abuela enferma
no soñarás con tu madre triste
no soñarás con viajes ni fortuna. tampoco con ella. al despertar te parecerá que ha transcurrido una década, pero no. apenas habrán sido unas horas luminosas de un día que no valdrá la pena contar
desayunarás migajas y esperarás, esperarás, esperarás
que algo cambie que algo estalle que algo se rompa dentro, fuera, que sepas cómo, por dónde, cuándo, para quién.
te olvidarás de comprar comida y beberás demasiado antes de pensar
te ilusionarás con un inicio que se quedará en inicio
torcido. minúsculo. penoso
trabajarás deseando que el metro te devuelva a casa
a qué casa, te preguntarás cuando compres un espejo nuevo para mirarte de reojo, sin afeitar, sin intención
reconocerás que está siendo diferente. una mierda. nada se rompe. nada cambia. nadie te recogerá cuando temas que estás cayendo. aunque no estarás cayendo, sólo acostumbrándote.
la llamarás: no estará
la llamarás: tendrá poco tiempo
la llamarás: te mandará un beso que sentirás hielo
la llamarás: he conocido a alguien, le anunciarás.
tú
me
conocerás.
llegaré
como todas, sin carruaje, sin adiestrar
despertaré tu curiosidad tu sexo
los poemas que tenías comenzados
otro cuento
querrás demostrarme, esforzarte, intentarlo de verdad
esta vez será distinto
prometerás lo mismo, pronunciarás igual
me regalarás flores blancas
esas flores blancas
la llamarás: sólo quería decirte
te llamará: llamaba para saber
te llamará: no te olvido, nadie como tú, para siempre, pase lo que pase, siempre, siempre, gemelas, almas, nadie.
esas flores blancas
que creerás son mis preferidas.
16 diciembre 2015
08 diciembre 2015
Ahora. Bien. El punto.
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso.
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias.
Hablar solos, A. Neuman
Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabeza de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud.
Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, todo aquello que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso.
Mientras hablábamos me puse en pie, desnuda, frente al espejo del armario. Ezequiel, un poco sudoroso todavía, seguía acostado con las manos por detrás de la nuca. Tenía los pies en cruz y me miraba mientras yo me miraba. Repasé los detalles que más odio de mi cuerpo. La orientación asimétrica de los pezones. La cicatriz de la cesárea. Esa flacidez en la cara interna de los muslos. Ese odioso bultito encima de las rodillas. Las pantorrillas demasiado anchas. Los callos perennes en los dedos meñiques. Después me observé de perfil. Me fijé en los pliegues del vientre. En la atenuación de las nalgas, como si les hubieran absorbido la musculatura a los costados. En la pérdida de redondez de los pechos, cada vez más largos y huecos. Tetas de calcetín, las llamábamos con mi hermana cuando nos burlábamos de las señoras mayores. Me vi bastante horrible. Y esta vez no me importó.
Le confesé a Ezequiel que, desde hace un par de años, tiendo a mirarme demasiado en el espejo. Que he vuelto a prestarle tanta atención como cuando era adolescente. Que con frecuencia me sorprendo examinando mi desnudo, evaluando si podría seguir considerándome deseable. Le pregunté si creía que hacía mal. Él me respondió que al contrario. Que hay que mirarse todos los días. Y comprobar cómo perdemos formas, cómo nuestra piel se va volviendo áspera. Que sólo así podemos comprender y aceptar el paso del tiempo.
A mí me pareció que su respuesta era más bien desagradable. Y nada seductora. Y que en el fondo, haciéndose el científico, estaba llamándome vieja. Me ofendí. Lo insulté. Me excité. Después me insultó él. Después me penetró contra el espejo del armario. Después lloré. Después le di las gracias.
Hablar solos, A. Neuman
26 noviembre 2015
desvalidos
-pensaba que ya no vendríais.
-tu padre -dije fijándome en sus ojos y sus párpados hinchados-, como siempre. estábamos ya en la gasolinera y se ha dado cuenta de que se había olvidado la cartera. cada día está más viejo.
-bueno, eso todos, mamá.
-sí, sí claro, todos, pero tu padre va a pasos agigantados.
-ya.
-¿y tú cómo estás, blanca? –pregunté, asegurándome de que no estaba mateo por allí cerca.
-bien… bueno… yo qué sé. no me apetece mucho hablar, mamá. no quiero que mateo me escuche.
en ese momento el niño apareció corriendo, con su pequeña mochila colgada a la espalda y un avión de plástico en la mano.
-¡abuela!
-¡hola, mi amor!
el niño tuvo la intención de abalanzarse sobre mí para que lo cogiera en alto, como hacía su abuelo, pero yo me arrodillé antes para detenerlo. mis rodillas ya no estaban para soportar el creciente peso del pequeño.
-¿iremos a las atracciones?
-pues claro que iremos. podrás subir a todas las que quieras.
-¡qué bien!
mi nieto dio un salto de alegría y comenzó a corretear por el pasillo, con los brazos en cruz, emulando el sonido de un avión al despegar.
-bueno –dije-, será mejor que nos vayamos. ¿seguro que no quieres venir con nosotros?
-no, mamá, seguro. necesitamos un fin de semana para nosotros dos. hablar y… y…
no terminó la frase. se tapó la cara con las dos manos y comenzó a sollozar. yo me acerqué para abrazarla, pero blanca se apartó, se secó las dos lágrimas que ya rodaban por sus mejillas e intentó sonreír.
-ya está, ya está. no es nada –dijo para tranquilizarme.
-me da mucha pena verte así. ojalá pudiera ayudarte.
-ya lo haces, mamá.
-¿dónde está él? –me atreví a preguntar.
-se fue al club.
-¿así es como pretende arreglar las cosas? ¿pasándose el día en el club, jugando al tenis?
-mamá, por favor, no empieces.
negué con la cabeza y me abroché la chaqueta.
-vosotros sabréis, hija. mateo, venga, que nos vamos.
ella pareció aliviada al escuchar que por fin íbamos a dejarla sola.
-os llamaré mañana -dijo.
-no tienes por qué. nosotros estaremos bien.
-lo prefiero.
-como quieras. ¡mateo, coge tus cosas, rápido, o nos cerrarán todas las atracciones y no podremos subirnos a ninguna!
mi nieto gritó algo incomprensible desde el salón y corrió hacia donde estábamos. le dio un beso a su madre deprisa, sin mirarla, apartando la cara cuando ella pretendía quitarle una legaña, y me cogió de la mano apremiándome para que nos marcháramos cuanto antes. yo le di otro beso en la mejilla y blanca me acarició el brazo y susurró un “gracias” lastimero. preferí no mirar su rostro y me di la vuelta antes de escuchar, de nuevo, sus sollozos silenciosos para que mateo no se diera cuenta. pascual nos esperaba en el coche, aparcado en segunda fila. ver a su nieto era una de las pocas cosas que le ponía de buen humor últimamente. al verlo, el niño saltó a su regazo y se sentó delante del volante. su abuelo lo besó en la cabeza varias veces y yo tuve ganas de sacarles una foto, aunque no lo hice porque ya íbamos suficientemente tarde y sabía que pascual iba a protestar.
-¿cómo estaba? –preguntó mi marido cuando nos pusimos en marcha.
-bien –mentí- se la veía animada.
-¿le has dicho que venía también mimi con nosotros?
-no.
-¿por qué?
-se me olvidó –volví a mentir-. tampoco creo que a ella le importe mucho, ¿no?
él no contestó, arrancó el coche, puso el intermitente para girar hacia la casa de mimi y miró por el retrovisor a su nieto que estaba ensimismado con un botón de su abrigo rojo. estaba serio y quise preguntarle si se encontraba bien. desde que le habían programado la operación de cadera para dentro de diez días lo sorprendía muchas veces con ese semblante grave y preocupado. por eso sugerí el irnos unos días fuera, cambiar de aires y hacerle olvidar su pierna cada día más inútil. pascual había aceptado sin poner objeciones, pero también reconoció que prefería una estancia corta que le permitiese descansar y andar poco cuando el dolor se hiciera insoportable. elegimos un destino cercano, a cuatro horas en coche, al lado del mar. me preocupé de mirar hoteles céntricos y baratos y cuando por fin encontré uno que además incluía buffet libre para desayunar y tenía habitaciones con vistas al mar, llamó mimi. era tarde. las once de la noche o puede que incluso más tarde. mi marido cogió el teléfono y sólo pude escuchar una parte de la conversación: “deja de llorar, mimi, por favor. miriam, si no paras de llorar no te puedo entender ni sé lo que estás diciendo. cálmate. ¿cuándo se ha ido? mimi, por favor”, repetía una vez y otra. yo lo miraba mordiéndome un pellejo de piel seca del labio, intuyendo lo que había ocurrido. al cabo de un rato en el que pareció que por fin miriam o mimi -tal y como la había bautizado su hermano cuando estaba aprendiendo a hablar- había conseguido explicarle a pascual lo que había ocurrido, mi marino me pasó el teléfono.
-quiere hablar contigo –dijo, poniendo los ojos en blanco.
-hola, cielo.
-se ha marchado, luisa –anunció entre gemidos-. me ha dejado. ni una nota ni nada. es horrible. el muy cabrón. se ha marchado, sin más. quince años juntos y terminar así, de esta manera. con esa puta, esa puta que no me llega ni a la suela de los zapatos. no lo aguanto, luisa. es horrible. me quiero morir. y lo quiero matar.
intenté tranquilizarla, pero era inútil. cada vez que sugería que se mantuviera ocupada, que no pensara más en ello miriam retomaba su retahíla de insultos y amenazas. le pregunté si quería que fuera a hacerle compañía esa noche. pascual, que permanecía a mi lado, apoyado en el marco de la puerta, negó con la cabeza y en voz baja dijo: “ni se te ocurra”. afortunadamente mimi dijo que no, que prefería estar sola, por si acaso su marido volvía más tarde, arrepentido. yo me callé que, recopilando los acontecimientos y sospechas que nos había narrado detalladamente en los últimos meses, eso era muy poco probable que ocurriera.
-miriam… ¿por qué no te vienes el fin de semana que viene con nosotros? –le pregunté antes de colgar.
pascual abrió los ojos de par en par y se puso las manos a la cabeza.
-lo que nos faltaba –sentenció y fue a la cocina, exagerando su cojera, donde se sirvió un vaso de vino.
llegamos cuarenta minutos más tarde de la hora acordada. cuando saqué el móvil del bolso para avisar a mimi de que ya podía bajar vi que tenía diez llamadas perdidas y dos mensajes suyos que borré sin escuchar. apareció quince minutos después, sonriente, con el pelo teñido de caoba y arrastrando una maleta de un tamaño digno de irse de vacaciones un mes entero y no un fin de semana.
-¡hola a todos! –nos saludó con una alegría forzada.
-¿qué te has hecho en el pelo? –le preguntó su hermano mirando la cabellera llamativa con un tono poco convincente.
-te queda genial, mimi –dije yo antes de que ella rompiera a llorar. miriam desvió su mirada hacia el interior del coche.
-por el amor de dios –soltó al ver a mateo-, ¿y este chico tan guapo y tan grande quién es?
mateo, que no la había dejado de mirar, se acurrucó en su asiento y bajó la cabeza en dirección al botón que había estado manoseando durante todo el trayecto.
-¿ya no te acuerdas de mí? –insistió ella. el niño asintió tímidamente, aunque creo que sólo lo hizo para que miriam lo dejara en paz. ella, sin embargo, se alegró de su gesto y le pellizcó la mejilla, reiterando con esa cantinela a la que ya estábamos habituados cuando quería hacernos creer que todo iba bien, lo mucho que había crecido desde la última vez que lo había visto.
pascual condujo con cuidado, procurando no sobrepasar el límite de velocidad ni vociferar cuando otros conductores cometían alguna infracción leve. me había fijado que con mateo en el vehículo era mucho más prudente y por lo tanto no tuve que llamarle la atención en ningún momento, como era habitual cuando íbamos los dos solos. mimi estuvo más pendiente de su móvil que de nuestra conversación que languidecía a los pocos segundos cada vez que sacábamos un tema banal para distraerla y el niño se durmió con su avión de juguete entre las manos. a medio camino le propuse a mi marido de parar y descansar, pero él prefirió continuar y llegar cuanto antes. no supe descifrar si sus ganas de llegar eran porque le apetecía pasar un par de días de descanso o porque en el coche se respiraba un ambiente más bien pesaroso que ninguno de los dos conseguía remontar.
aparcamos delante del hotel a media tarde. mateo hacía rato que se había despertado y empezaba a quejarse de que tenía hambre. su abuelo le prometió que si aguantaba un poco más cenaríamos pizza y luego le compraría un helado en la feria, pero mimi saltó que de eso nada, que con esa dieta el crío iba a enfermar y que debíamos evitar malcriarlo. miré a mi marido esperando que no hiciera caso del comentario, aunque ella, tal vez buscando algo o alguien con quién explotar siguió exponiendo los terribles peligros de una mala alimentación hasta que la recepcionista nos entregó las llaves de las habitaciones.
-¿pero de qué va? –gritó cuando cerramos la puerta.
-sssh, no grites tanto. puede oírnos.
-ni tan siquiera tiene hijos.
-pascual, está nerviosa.
-está loca.
-no digas eso. está pasando por un…
mateo me interrumpió. salía del baño con los pantalones salpicados. pascual y yo miramos las manchas húmedas y el niño las tapó de inmediato con sus pequeñas manos.
-venga, ahora mismo nos vamos a la feria –dijo su abuelo.
-¿ahora? –pregunté yo.
-sí, mateo y yo y nadie más –zanjó.
el niño olvidó sus pantalones y sonrió. salieron de la habitación hablando de lo grande que sería el helado que iban a comerse y yo me quedé mirando a mi marido que, en ese momento, parecía haber olvidado su pierna coja.
mimi me llamó poco después al teléfono de la habitación. estaba llorando y me pidió si podía ir un momento a verla. me alegré de que pascual y mateo estuvieran fuera, pasándolo bien y comiendo helado. llamé a la puerta suavemente y miriam abrió casi de inmediato. se había quitado los zapatos y se había recogido el pelo en una coleta. me abrazó antes de que pudiera preguntarle si había pasado algo.
-es que no me lo puedo creer, luisa. no puedo terminar de creérmelo. es todo tan, tan… no puedo, no puedo.
yo le daba golpecitos en la espalda, sin saber si debía intervenir o esperar a que terminara su frase. finalmente se separó de mí y me confesó que había llamado a su marido nada más dejar la maleta y que él no se había molestado en responder.
-tal vez estaba ocupado. tal vez no podía atenderte en ese momento.
-lo llamé varias veces.
-¿cuántas veces?
-qué más da.
-no sé si deberías haberlo hecho, mimi. eso sólo empeora tu estado y te hace más daño.
-merezco una explicación, ¿no crees? quince años merecen algo más que irse así, sin más, como si no nos conociéramos de nada.
su voz había ido subiendo de tono.
-lo sé, lo sé. no es justo, pero deberías…
-ya sé lo que debería, joder –chilló-, pero para ti es muy fácil decirlo: deberías, no deberías, deberías eso y no deberías lo otro. muy fácil, sí. tú, tranquila y feliz con tu vida resuelta y con pascual que no te ha dejado por una niñata de veinte años que no sabe ni hablar.
-tienes razón, la tienes: es muy fácil hablar, pero quizá es momento de asumir que…
-¡ah! –gritó de nuevo, dándose la vuelta- déjalo, ¿quieres? cuanto más hablas más pena me doy –dijo antes de dar un portazo y encerrarse en el baño.
esa noche me quedé a dormir con ella. la cama era pequeña y apenas cabíamos. la escuché lloriquear hasta bien entrada la madrugada. decidí que era mejor no hablar y simplemente me dediqué a acariciar su pelo bermellón cuando el gimoteo se convertía en llanto descontrolado. pascual y mateo también durmieron en la misma cama a pesar de que al niño le habían puesto una cama a nuestro lado tal y como habíamos solicitado al hacer la reserva. en su caso, según me contó el niño al día siguiente, entusiasmado, se pasaron la noche viendo películas de dibujos animados y su abuelo llamó al servicio de habitaciones para que les llevaran pizza y patatas fritas.
me desperté muy temprano. mimi dormía y ocupaba el centro de la cama. me levanté sin hacer ruido y corrí un poco las cortinas blancas de la ventana. desde su habitación se veía un minúsculo trozo de mar por entre varios edificios altos y grises. el cielo estaba despejado y pensé que iba a ser un día muy largo.
-¿qué hora es? –me sobresaltó su voz ronca y soñolienta desde la cama.
-buenos días. es temprano todavía. vuelve a dormirte.
pero ella ya se había incorporado.
-gracias por quedarte.
-no es nada.
-perdona por lo de ayer. no quise decir…
-no es nada, en serio. deberías intentar dormir un rato más.
-no creo que pueda.
-en ese caso, bajemos a desayunar. me muero de hambre –dije recordando que la noche anterior ninguna de las dos había cenado.
al contrario de lo que creía, fue un día tranquilo y bonito. mi cuñada volvía a estar de buen humor. sabíamos que era fingido y que de haber estado sola en su casa hubiera estado llorando sin moverse de la cama, pero apreciábamos que hiciera el esfuerzo de reírse con las tonterías que hacía mateo y que de vez en cuando interviniera en nuestras conversaciones. también es cierto que en otras ocasiones se quedaba callada y absorta, como cuando el camero le preguntó si quería el agua fría o natural y fue pascual quien tuvo que responder por ella, pero conseguimos pasar por alto sus reacciones sin que afectara nuestro humor y sin que el niño se diera cuenta de que mimi, de vez en cuando, usaba la manga de su abrigo para secarse las lágrimas. de hecho, parecía que a medida que avanzaba la jornada mateo se iba sintiendo más cómodo con miriam y a menudo reclamaba su presencia para que jugara con él a evitar mojarse con las olas y le contara cuentos de dinosaurios. pascual, un poco apartado, los miraba a los dos encantado.
-creo que fue muy buena idea –me dijo cogiéndome de la mano.
-¿el qué? –pregunté yo a pesar de que ya sabía lo que iba a decir.
-venir aquí. los cuatro juntos. gracias.
yo me acerqué y le besé. sentí que su mano apretaba un poco más la mía e imité su mismo gesto.
después de cenar fuimos todos a la feria. miriam y mateo subieron a la noria y a los autochoques. pascual y yo escogimos un puesto cercano y nos tomamos dos cervezas. le pregunté si le dolía la pierna después de haber estado andando todo el día y me contestó que apenas le había molestado. sabía que no me estaba diciendo la verdad. era fácil saber cuándo mentía: era incapaz de mirarme directamente a los ojos y se rascaba la barbilla con insistencia. luego le pregunté si estaba nervioso por la operación. dejó de rascarse, extendió los brazos por encima de la mesa y me miró.
-no, no lo estoy.
sonreí y le aseguré que todo iba a salir bien.
-no lo sé, luisa. ya no soy un chaval. tardaré en recuperarme varios meses. esto siendo optimista y suponiendo que todo salga bien, que no haya ningún rechazo con lo que me pongan y no deban volver a abrirme. debemos ser realistas.
-a esto yo lo llamo ser pesimista.
-bueno, pues sí, de acuerdo: todo saldrá bien –dijo para no enzarzarnos en una discusión que ninguno de los dos tenía intención de empezar. los gritos de mimi y mateo podían escucharse desde debajo de la noria. los saludamos y ellos nos devolvieron el saludo. pensé en mi nieto, ahí arriba, despreocupado y lleno de comida que no le convenía. también me vino a la cabeza blanca y en cómo estaría a estas horas, sin su hijo y con un marido que prefería pasarse el día en el club de tenis. caí en la cuenta de que todavía no nos había llamado y me asusté temiendo que hubiera ocurrido algo.
-¿te ha llamado blanca? –le pregunté a pascual. él sacó su teléfono del bolsillo y negó con la cabeza.
-dijo que llamaría hoy.
-todavía es hoy, luisa.
-sí, pero es tarde.
cogí el móvil de pascual y comencé a marcar su número.
-¿qué haces? déjala, luisa. ya llamará. si no lo ha hecho tal vez sea porque no ha podido, porque está de celebración o vete a saber tú.
guardé el móvil.
-la llamaré en cuanto lleguemos al hotel, si no lo ha hecho ella antes.
llamó. lo hizo cuando los tres descansábamos en la habitación del hotel. pascual estaba tomando un baño y mateo dibujándose a sí mismo y a miriam en el tren de la bruja. la voz de blanca sonaba neutra e imaginé que estaba haciendo un esfuerzo enorme para que no intuyera cómo iban las cosas por ahí, ni cómo se encontraba ella. hablamos del buen tiempo que nos había hecho, de lo bonito que era el pueblo y de lo bien que se lo estaba pasando mateo. el niño, al descubrir que era su madre quién estaba hablando conmigo, me arrebató el teléfono y no pude preguntarle nada de su situación. mateo le contó con todo tipo de detalle lo que había hecho y comido ese día y luego, cuando se cansó de hablar, me devolvió el móvil.
-dice que no quiere volver –me informó ella-. ya ves, mamá, ni mi hijo quiere estar conmigo.
-qué tonterías estás diciendo –respondí, apartándome un poco del niño que había cogido de nuevo los lápices y le ponía el pelo a mimi de color naranja. -no es ninguna tontería. lo acaba de decir.
-es normal. aquí le malcriamos como nos corresponde a los abuelos, pero dime, hija, ¿os habéis arreglado?
-apenas nos hemos visto. dice… dice que está agobiado, que no le apetece hablar, darle más vueltas y vueltas y no llegar nunca a ninguna conclusión.
-¿cómo espera pues que vuelva todo a la normalidad si no quiere hablar?
-eso es lo que me digo yo. o puede que no quiera ya volver a la normalidad.
y rompió a llorar.
los párpados abultados de mimi, su pelo enmarañado y sus ojeras oscuras no dejaban lugar a dudas de cómo había pasado la noche. llegó tarde, cuando prácticamente habíamos terminado de desayunar, se sentó al lado de mateo sin tomar ni una taza de café y sin mirarnos apenas dijo que no tenía hambre y nos preguntó a qué hora teníamos previsto volver a casa. pascual contestó que después de comer y ella replicó que preferiría que fuera antes, que tenía prisa por regresar y solucionar algo urgente. pascual la miró con más hastío que compasión.
-¿qué debes solucionar?
-ya te lo he dicho: algo urgente. es personal.
-¿ha vuelto federico? ¿es eso?
el nombre del marido de miriam pronunciado por pascual nos hizo saltar a las dos de la silla. mimi observó a su hermano con desprecio y le comenzó a temblar el labio inferior. quise buscar unas palabras reconciliadoras, pero no tuve tiempo: ella se levantó airada, tiró su servilleta con rabia encima de la mesa y despareció del comedor.
-nos iremos después de comer –resolvió mi marido, sirviéndose otro vaso de zumo de naranja.
pero nos fuimos antes. a media mañana comenzó a llover, la feria estaba cerrada, era imposible pasear por la ciudad debido al diluvio que caía, mateo se aburría y se quejaba constantemente de que quería jugar con los videojuegos que tenía en casa y a pascual, a pesar de que no quiso admitirlo, le dolía la pierna y caminaba con dificultad. a las doce nos metimos en el coche, de mala gana, en silencio. ninguno de los cuatro habló hasta que, llegando a una gasolinera a repostar, mateo dijo que tenía que ir al lavabo. mi marido aparcó el coche y nos bajamos los cuatro.
-nos sentará bien tomar algo –dije con la intención de que al menos llegásemos a casa de buen humor, pero nadie respondió.
en la cafetería mimi pidió un carajillo de anís que se bebió casi de un sorbo. al terminarlo pidió otro y nos dijo que nos esperaba fuera. mateo, que estaba inquieto y con ganas de moverse, la siguió a pesar de que le dijimos que se quedara con los abuelos. pascual y yo esperamos los bocadillos que habíamos pedido sentados uno al lado del otro, delante de un gran ventanal que daba a la gasolinera y a la ruidosa autovía. desde ahí también veíamos a miriam y a mateo que, un poco apartado de ella, se entretenía con algo que había encontrado en el suelo. nos tomamos nuestro tiempo para terminarnos los bocadillos. creo que a pesar de que los dos queríamos llegar a casa y relajarnos, ninguno de nosotros quería meterse en el coche durante las próximas cuatro horas de viaje que nos quedaban. pascual parecía cansado y le propuse de conducir yo. me dijo que no hacía falta y sonrió.
-podríamos ir al cine esta noche –propuso. yo asentí y sonreí también. luego volvimos a mirar hacia la autovía, en silencio. mateo se había acercado a mi cuñada. ella miraba su móvil y negaba con la cabeza mientras el niño intentaba conseguir su atención con tozudez y berreos. mimi le dijo algo y se alejó unos pasos, pero mateo corrió hacia ella como si se tratara de un juego, tiró de su falda y le gritó algo. ella se guardó el teléfono en su bolsillo. temblaba y comenzó a mover los brazos y a vociferar. mateo se quedó paralizado, con sus manos todavía agarradas a su falda, incapaz de apartarse de esa mujer que escupía saliva. mimi, sin dejar de aullar, se arrodilló delante del niño, lo cogió por sus finos hombros y empezó a zarandearlo violentamente.
-miriam… -susurré horrorizada.
pero antes de poder levantarme y salir afuera vi el brazo de ella coger impulso hacia atrás y a continuación avanzar hacia adelante, a toda velocidad, hasta que la palma de su mano extendida chocó ruidosamente contra la rosada mejilla de mi nieto. su pequeña cabeza giró y quedó inmóvil, ladeada, durante unos breves segundos hasta que volvió a su posición normal y se encontró con la mirada helada de miriam. el niño colocó su mano en la mejilla golpeada, tan asustado que no podía ni llorar. mimi, que de repente parecía que se había despertado de un sueño muy profundo, lo miró con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera sido ella quien hubiera sido pegada. luego, avergonzada, lo atrajo hacia ella, lo abrazó y comenzó a llorar. me levanté de mi silla, pero pascual me detuvo con su mano.
-luisa, no. ahora no.
lo miré un instante, esperando averiguar qué le pasaba por la cabeza, pero él tenía los ojos clavados en su hermana y el pequeño. yo volví a sentarme y apreté muy fuerte la mandíbula.
nadie habló durante las cuatro horas de viaje. mateo se sentó en una punta del asiento trasero, pegado a la ventana, con el abrigo abrochado hasta arriba y las manos metidas en los bolsillos. le pregunté si tenía frío, pero no contestó. no se quejó de sed, de hambre o de cuánto faltaba para llegar y aunque yo me giré de vez en cuando para comprobar que estaba bien, él no apartó la vista de la carretera. miriam, con su móvil en el regazo, tuvo el detalle de ponerlo en silencio y pascual puso una emisora de música clásica a pesar de que nunca me había dicho que les gustase ese tipo de música. condujo rápido, de forma despistada y provocó el bocinazo de algún que otro conductor, pero no dije nada.
llegamos a media tarde. las farolas de las calles iluminaban penosamente los pocos transeúntes que habían decidido salir a pasear a pesar de la llovizna que nos había acompañado en todo el trayecto y que limpiaba la ciudad. dejamos primero a miriam que saltó del coche apresuradamente, sin apenas despedirse, evitando mirar al niño y ni mucho menos acercarse a él para darle un beso. la vi meterse en el portal de su casa arrastrando su enorme maleta que parecía más pesada que cuando nos fuimos y sentí una tremenda pena por ella. la imaginé abriendo la puerta, diciendo “¿hola?” y registrando todos los rincones de su hogar vacío, buscando una nota de su marido huido o, en el mejor de los casos, a él mismo arrellanado en el sofá del salón con los pies encima de la mesita. me dije a mi misma que la llamaría al día siguiente para ir a tomar un café, pero al instante reconocí que no me apetecía en absoluto y que probablemente iba a pasar una temporada larga sin saber de ella. pocos minutos después pascual aparcó delante de la casa de nuestra hija.
-será mejor que subas sólo tú –me dijo sin intención de moverse del vehículo. pensé que tenía razón y con el niño cogido de la mano llamé al timbre y esperé a que blanca me abriera. estaba muy guapa y sonriente. tanto que me extrañó. no había rastro de sus ojos rojos ni de su rostro agotado y triste. me dio un beso y una decena a su hijo que se quedó abrazado a ella más de lo normal.
-¿te lo has pasado bien con los abuelos? –le preguntó al niño.
-sí –titubeó él sin dar más explicación.
-¿no ha subido papá?
-estaba cansado, blanca. la cadera le tiene mortificado.
-qué pena. había preparado un pastel de chocolate.
-no te preocupes. vendremos otro día. te veo muy bien –aseguré.
ella sonrió aún más, mostrando sus pequeños dientes.
-al final hablamos. creo que va a ir todo bien.
-me alegro mucho, hija.
-podríais venir mañana a cenar. a ricardo le gustaría veros.
-mañana es imposible, nos viene fatal –me inventé.
-vaya, qué agenda más ocupada tenéis.
-otro día, ¿de acuerdo? tengo que irme ya. tu padre está mal aparcado. estás muy guapa, hija. este vestido te queda muy bien.
me despedí de ella. mateo había desaparecido y cuando blanca lo llamó para que viniera a darme un beso yo insistí en que no era necesario, que no lo molestara y lo dejara tranquilo. salí de su casa y llamé al ascensor. mi hija me acompañó al rellano y esperó conmigo, todavía sonriendo.
-dile a papá que gracias y que se cuide mucho.
me metí en el ascensor y apoyé la espalda y la cabeza en una de las paredes laterales. respiré hondo un par de veces e intenté recordar el día anterior, cuando los cuatro paseábamos por la orilla y buscábamos un sitio tranquilo donde comer. lo habíamos pasado bien. casi lo habíamos conseguido. el ascensor llegó a la planta baja y me crucé con un chico joven y su perro que llegaban de la calle. les sujeté la puerta para que entraran. el perro ladró al verme y el chico tiró de él, pronunciando un nombre ridículo que imaginé era el de la mascota. respiré hondo de nuevo un par de veces más antes de salir del portal. crucé la carretera sin mirar a ambos lados. me dolían las rodillas y la cabeza. vi a pascual diciéndole adiós con la mano a blanca que, apoyada en el barandilla del balcón, le mandaba besos y le hacía muecas divertidas.
-¿cómo está? –me preguntó cuando me vio.
-me ha dicho que te quiere mucho.
él giró la llave y puso el coche en marcha. condujo muy despacio, deteniéndose en todos los pasos de cebra donde alguien esperaba para cruzar. al pararnos en un semáforo en ámbar, a pocos bloques de casa, dijo:
-todavía podemos ir al cine, si te apetece.
yo lo miré y contesté que eso estaría bien y él repitió que sí, que eso estaría bien.
-tu padre -dije fijándome en sus ojos y sus párpados hinchados-, como siempre. estábamos ya en la gasolinera y se ha dado cuenta de que se había olvidado la cartera. cada día está más viejo.
-bueno, eso todos, mamá.
-sí, sí claro, todos, pero tu padre va a pasos agigantados.
-ya.
-¿y tú cómo estás, blanca? –pregunté, asegurándome de que no estaba mateo por allí cerca.
-bien… bueno… yo qué sé. no me apetece mucho hablar, mamá. no quiero que mateo me escuche.
en ese momento el niño apareció corriendo, con su pequeña mochila colgada a la espalda y un avión de plástico en la mano.
-¡abuela!
-¡hola, mi amor!
el niño tuvo la intención de abalanzarse sobre mí para que lo cogiera en alto, como hacía su abuelo, pero yo me arrodillé antes para detenerlo. mis rodillas ya no estaban para soportar el creciente peso del pequeño.
-¿iremos a las atracciones?
-pues claro que iremos. podrás subir a todas las que quieras.
-¡qué bien!
mi nieto dio un salto de alegría y comenzó a corretear por el pasillo, con los brazos en cruz, emulando el sonido de un avión al despegar.
-bueno –dije-, será mejor que nos vayamos. ¿seguro que no quieres venir con nosotros?
-no, mamá, seguro. necesitamos un fin de semana para nosotros dos. hablar y… y…
no terminó la frase. se tapó la cara con las dos manos y comenzó a sollozar. yo me acerqué para abrazarla, pero blanca se apartó, se secó las dos lágrimas que ya rodaban por sus mejillas e intentó sonreír.
-ya está, ya está. no es nada –dijo para tranquilizarme.
-me da mucha pena verte así. ojalá pudiera ayudarte.
-ya lo haces, mamá.
-¿dónde está él? –me atreví a preguntar.
-se fue al club.
-¿así es como pretende arreglar las cosas? ¿pasándose el día en el club, jugando al tenis?
-mamá, por favor, no empieces.
negué con la cabeza y me abroché la chaqueta.
-vosotros sabréis, hija. mateo, venga, que nos vamos.
ella pareció aliviada al escuchar que por fin íbamos a dejarla sola.
-os llamaré mañana -dijo.
-no tienes por qué. nosotros estaremos bien.
-lo prefiero.
-como quieras. ¡mateo, coge tus cosas, rápido, o nos cerrarán todas las atracciones y no podremos subirnos a ninguna!
mi nieto gritó algo incomprensible desde el salón y corrió hacia donde estábamos. le dio un beso a su madre deprisa, sin mirarla, apartando la cara cuando ella pretendía quitarle una legaña, y me cogió de la mano apremiándome para que nos marcháramos cuanto antes. yo le di otro beso en la mejilla y blanca me acarició el brazo y susurró un “gracias” lastimero. preferí no mirar su rostro y me di la vuelta antes de escuchar, de nuevo, sus sollozos silenciosos para que mateo no se diera cuenta. pascual nos esperaba en el coche, aparcado en segunda fila. ver a su nieto era una de las pocas cosas que le ponía de buen humor últimamente. al verlo, el niño saltó a su regazo y se sentó delante del volante. su abuelo lo besó en la cabeza varias veces y yo tuve ganas de sacarles una foto, aunque no lo hice porque ya íbamos suficientemente tarde y sabía que pascual iba a protestar.
-¿cómo estaba? –preguntó mi marido cuando nos pusimos en marcha.
-bien –mentí- se la veía animada.
-¿le has dicho que venía también mimi con nosotros?
-no.
-¿por qué?
-se me olvidó –volví a mentir-. tampoco creo que a ella le importe mucho, ¿no?
él no contestó, arrancó el coche, puso el intermitente para girar hacia la casa de mimi y miró por el retrovisor a su nieto que estaba ensimismado con un botón de su abrigo rojo. estaba serio y quise preguntarle si se encontraba bien. desde que le habían programado la operación de cadera para dentro de diez días lo sorprendía muchas veces con ese semblante grave y preocupado. por eso sugerí el irnos unos días fuera, cambiar de aires y hacerle olvidar su pierna cada día más inútil. pascual había aceptado sin poner objeciones, pero también reconoció que prefería una estancia corta que le permitiese descansar y andar poco cuando el dolor se hiciera insoportable. elegimos un destino cercano, a cuatro horas en coche, al lado del mar. me preocupé de mirar hoteles céntricos y baratos y cuando por fin encontré uno que además incluía buffet libre para desayunar y tenía habitaciones con vistas al mar, llamó mimi. era tarde. las once de la noche o puede que incluso más tarde. mi marido cogió el teléfono y sólo pude escuchar una parte de la conversación: “deja de llorar, mimi, por favor. miriam, si no paras de llorar no te puedo entender ni sé lo que estás diciendo. cálmate. ¿cuándo se ha ido? mimi, por favor”, repetía una vez y otra. yo lo miraba mordiéndome un pellejo de piel seca del labio, intuyendo lo que había ocurrido. al cabo de un rato en el que pareció que por fin miriam o mimi -tal y como la había bautizado su hermano cuando estaba aprendiendo a hablar- había conseguido explicarle a pascual lo que había ocurrido, mi marino me pasó el teléfono.
-quiere hablar contigo –dijo, poniendo los ojos en blanco.
-hola, cielo.
-se ha marchado, luisa –anunció entre gemidos-. me ha dejado. ni una nota ni nada. es horrible. el muy cabrón. se ha marchado, sin más. quince años juntos y terminar así, de esta manera. con esa puta, esa puta que no me llega ni a la suela de los zapatos. no lo aguanto, luisa. es horrible. me quiero morir. y lo quiero matar.
intenté tranquilizarla, pero era inútil. cada vez que sugería que se mantuviera ocupada, que no pensara más en ello miriam retomaba su retahíla de insultos y amenazas. le pregunté si quería que fuera a hacerle compañía esa noche. pascual, que permanecía a mi lado, apoyado en el marco de la puerta, negó con la cabeza y en voz baja dijo: “ni se te ocurra”. afortunadamente mimi dijo que no, que prefería estar sola, por si acaso su marido volvía más tarde, arrepentido. yo me callé que, recopilando los acontecimientos y sospechas que nos había narrado detalladamente en los últimos meses, eso era muy poco probable que ocurriera.
-miriam… ¿por qué no te vienes el fin de semana que viene con nosotros? –le pregunté antes de colgar.
pascual abrió los ojos de par en par y se puso las manos a la cabeza.
-lo que nos faltaba –sentenció y fue a la cocina, exagerando su cojera, donde se sirvió un vaso de vino.
llegamos cuarenta minutos más tarde de la hora acordada. cuando saqué el móvil del bolso para avisar a mimi de que ya podía bajar vi que tenía diez llamadas perdidas y dos mensajes suyos que borré sin escuchar. apareció quince minutos después, sonriente, con el pelo teñido de caoba y arrastrando una maleta de un tamaño digno de irse de vacaciones un mes entero y no un fin de semana.
-¡hola a todos! –nos saludó con una alegría forzada.
-¿qué te has hecho en el pelo? –le preguntó su hermano mirando la cabellera llamativa con un tono poco convincente.
-te queda genial, mimi –dije yo antes de que ella rompiera a llorar. miriam desvió su mirada hacia el interior del coche.
-por el amor de dios –soltó al ver a mateo-, ¿y este chico tan guapo y tan grande quién es?
mateo, que no la había dejado de mirar, se acurrucó en su asiento y bajó la cabeza en dirección al botón que había estado manoseando durante todo el trayecto.
-¿ya no te acuerdas de mí? –insistió ella. el niño asintió tímidamente, aunque creo que sólo lo hizo para que miriam lo dejara en paz. ella, sin embargo, se alegró de su gesto y le pellizcó la mejilla, reiterando con esa cantinela a la que ya estábamos habituados cuando quería hacernos creer que todo iba bien, lo mucho que había crecido desde la última vez que lo había visto.
pascual condujo con cuidado, procurando no sobrepasar el límite de velocidad ni vociferar cuando otros conductores cometían alguna infracción leve. me había fijado que con mateo en el vehículo era mucho más prudente y por lo tanto no tuve que llamarle la atención en ningún momento, como era habitual cuando íbamos los dos solos. mimi estuvo más pendiente de su móvil que de nuestra conversación que languidecía a los pocos segundos cada vez que sacábamos un tema banal para distraerla y el niño se durmió con su avión de juguete entre las manos. a medio camino le propuse a mi marido de parar y descansar, pero él prefirió continuar y llegar cuanto antes. no supe descifrar si sus ganas de llegar eran porque le apetecía pasar un par de días de descanso o porque en el coche se respiraba un ambiente más bien pesaroso que ninguno de los dos conseguía remontar.
aparcamos delante del hotel a media tarde. mateo hacía rato que se había despertado y empezaba a quejarse de que tenía hambre. su abuelo le prometió que si aguantaba un poco más cenaríamos pizza y luego le compraría un helado en la feria, pero mimi saltó que de eso nada, que con esa dieta el crío iba a enfermar y que debíamos evitar malcriarlo. miré a mi marido esperando que no hiciera caso del comentario, aunque ella, tal vez buscando algo o alguien con quién explotar siguió exponiendo los terribles peligros de una mala alimentación hasta que la recepcionista nos entregó las llaves de las habitaciones.
-¿pero de qué va? –gritó cuando cerramos la puerta.
-sssh, no grites tanto. puede oírnos.
-ni tan siquiera tiene hijos.
-pascual, está nerviosa.
-está loca.
-no digas eso. está pasando por un…
mateo me interrumpió. salía del baño con los pantalones salpicados. pascual y yo miramos las manchas húmedas y el niño las tapó de inmediato con sus pequeñas manos.
-venga, ahora mismo nos vamos a la feria –dijo su abuelo.
-¿ahora? –pregunté yo.
-sí, mateo y yo y nadie más –zanjó.
el niño olvidó sus pantalones y sonrió. salieron de la habitación hablando de lo grande que sería el helado que iban a comerse y yo me quedé mirando a mi marido que, en ese momento, parecía haber olvidado su pierna coja.
mimi me llamó poco después al teléfono de la habitación. estaba llorando y me pidió si podía ir un momento a verla. me alegré de que pascual y mateo estuvieran fuera, pasándolo bien y comiendo helado. llamé a la puerta suavemente y miriam abrió casi de inmediato. se había quitado los zapatos y se había recogido el pelo en una coleta. me abrazó antes de que pudiera preguntarle si había pasado algo.
-es que no me lo puedo creer, luisa. no puedo terminar de creérmelo. es todo tan, tan… no puedo, no puedo.
yo le daba golpecitos en la espalda, sin saber si debía intervenir o esperar a que terminara su frase. finalmente se separó de mí y me confesó que había llamado a su marido nada más dejar la maleta y que él no se había molestado en responder.
-tal vez estaba ocupado. tal vez no podía atenderte en ese momento.
-lo llamé varias veces.
-¿cuántas veces?
-qué más da.
-no sé si deberías haberlo hecho, mimi. eso sólo empeora tu estado y te hace más daño.
-merezco una explicación, ¿no crees? quince años merecen algo más que irse así, sin más, como si no nos conociéramos de nada.
su voz había ido subiendo de tono.
-lo sé, lo sé. no es justo, pero deberías…
-ya sé lo que debería, joder –chilló-, pero para ti es muy fácil decirlo: deberías, no deberías, deberías eso y no deberías lo otro. muy fácil, sí. tú, tranquila y feliz con tu vida resuelta y con pascual que no te ha dejado por una niñata de veinte años que no sabe ni hablar.
-tienes razón, la tienes: es muy fácil hablar, pero quizá es momento de asumir que…
-¡ah! –gritó de nuevo, dándose la vuelta- déjalo, ¿quieres? cuanto más hablas más pena me doy –dijo antes de dar un portazo y encerrarse en el baño.
esa noche me quedé a dormir con ella. la cama era pequeña y apenas cabíamos. la escuché lloriquear hasta bien entrada la madrugada. decidí que era mejor no hablar y simplemente me dediqué a acariciar su pelo bermellón cuando el gimoteo se convertía en llanto descontrolado. pascual y mateo también durmieron en la misma cama a pesar de que al niño le habían puesto una cama a nuestro lado tal y como habíamos solicitado al hacer la reserva. en su caso, según me contó el niño al día siguiente, entusiasmado, se pasaron la noche viendo películas de dibujos animados y su abuelo llamó al servicio de habitaciones para que les llevaran pizza y patatas fritas.
me desperté muy temprano. mimi dormía y ocupaba el centro de la cama. me levanté sin hacer ruido y corrí un poco las cortinas blancas de la ventana. desde su habitación se veía un minúsculo trozo de mar por entre varios edificios altos y grises. el cielo estaba despejado y pensé que iba a ser un día muy largo.
-¿qué hora es? –me sobresaltó su voz ronca y soñolienta desde la cama.
-buenos días. es temprano todavía. vuelve a dormirte.
pero ella ya se había incorporado.
-gracias por quedarte.
-no es nada.
-perdona por lo de ayer. no quise decir…
-no es nada, en serio. deberías intentar dormir un rato más.
-no creo que pueda.
-en ese caso, bajemos a desayunar. me muero de hambre –dije recordando que la noche anterior ninguna de las dos había cenado.
al contrario de lo que creía, fue un día tranquilo y bonito. mi cuñada volvía a estar de buen humor. sabíamos que era fingido y que de haber estado sola en su casa hubiera estado llorando sin moverse de la cama, pero apreciábamos que hiciera el esfuerzo de reírse con las tonterías que hacía mateo y que de vez en cuando interviniera en nuestras conversaciones. también es cierto que en otras ocasiones se quedaba callada y absorta, como cuando el camero le preguntó si quería el agua fría o natural y fue pascual quien tuvo que responder por ella, pero conseguimos pasar por alto sus reacciones sin que afectara nuestro humor y sin que el niño se diera cuenta de que mimi, de vez en cuando, usaba la manga de su abrigo para secarse las lágrimas. de hecho, parecía que a medida que avanzaba la jornada mateo se iba sintiendo más cómodo con miriam y a menudo reclamaba su presencia para que jugara con él a evitar mojarse con las olas y le contara cuentos de dinosaurios. pascual, un poco apartado, los miraba a los dos encantado.
-creo que fue muy buena idea –me dijo cogiéndome de la mano.
-¿el qué? –pregunté yo a pesar de que ya sabía lo que iba a decir.
-venir aquí. los cuatro juntos. gracias.
yo me acerqué y le besé. sentí que su mano apretaba un poco más la mía e imité su mismo gesto.
después de cenar fuimos todos a la feria. miriam y mateo subieron a la noria y a los autochoques. pascual y yo escogimos un puesto cercano y nos tomamos dos cervezas. le pregunté si le dolía la pierna después de haber estado andando todo el día y me contestó que apenas le había molestado. sabía que no me estaba diciendo la verdad. era fácil saber cuándo mentía: era incapaz de mirarme directamente a los ojos y se rascaba la barbilla con insistencia. luego le pregunté si estaba nervioso por la operación. dejó de rascarse, extendió los brazos por encima de la mesa y me miró.
-no, no lo estoy.
sonreí y le aseguré que todo iba a salir bien.
-no lo sé, luisa. ya no soy un chaval. tardaré en recuperarme varios meses. esto siendo optimista y suponiendo que todo salga bien, que no haya ningún rechazo con lo que me pongan y no deban volver a abrirme. debemos ser realistas.
-a esto yo lo llamo ser pesimista.
-bueno, pues sí, de acuerdo: todo saldrá bien –dijo para no enzarzarnos en una discusión que ninguno de los dos tenía intención de empezar. los gritos de mimi y mateo podían escucharse desde debajo de la noria. los saludamos y ellos nos devolvieron el saludo. pensé en mi nieto, ahí arriba, despreocupado y lleno de comida que no le convenía. también me vino a la cabeza blanca y en cómo estaría a estas horas, sin su hijo y con un marido que prefería pasarse el día en el club de tenis. caí en la cuenta de que todavía no nos había llamado y me asusté temiendo que hubiera ocurrido algo.
-¿te ha llamado blanca? –le pregunté a pascual. él sacó su teléfono del bolsillo y negó con la cabeza.
-dijo que llamaría hoy.
-todavía es hoy, luisa.
-sí, pero es tarde.
cogí el móvil de pascual y comencé a marcar su número.
-¿qué haces? déjala, luisa. ya llamará. si no lo ha hecho tal vez sea porque no ha podido, porque está de celebración o vete a saber tú.
guardé el móvil.
-la llamaré en cuanto lleguemos al hotel, si no lo ha hecho ella antes.
llamó. lo hizo cuando los tres descansábamos en la habitación del hotel. pascual estaba tomando un baño y mateo dibujándose a sí mismo y a miriam en el tren de la bruja. la voz de blanca sonaba neutra e imaginé que estaba haciendo un esfuerzo enorme para que no intuyera cómo iban las cosas por ahí, ni cómo se encontraba ella. hablamos del buen tiempo que nos había hecho, de lo bonito que era el pueblo y de lo bien que se lo estaba pasando mateo. el niño, al descubrir que era su madre quién estaba hablando conmigo, me arrebató el teléfono y no pude preguntarle nada de su situación. mateo le contó con todo tipo de detalle lo que había hecho y comido ese día y luego, cuando se cansó de hablar, me devolvió el móvil.
-dice que no quiere volver –me informó ella-. ya ves, mamá, ni mi hijo quiere estar conmigo.
-qué tonterías estás diciendo –respondí, apartándome un poco del niño que había cogido de nuevo los lápices y le ponía el pelo a mimi de color naranja. -no es ninguna tontería. lo acaba de decir.
-es normal. aquí le malcriamos como nos corresponde a los abuelos, pero dime, hija, ¿os habéis arreglado?
-apenas nos hemos visto. dice… dice que está agobiado, que no le apetece hablar, darle más vueltas y vueltas y no llegar nunca a ninguna conclusión.
-¿cómo espera pues que vuelva todo a la normalidad si no quiere hablar?
-eso es lo que me digo yo. o puede que no quiera ya volver a la normalidad.
y rompió a llorar.
los párpados abultados de mimi, su pelo enmarañado y sus ojeras oscuras no dejaban lugar a dudas de cómo había pasado la noche. llegó tarde, cuando prácticamente habíamos terminado de desayunar, se sentó al lado de mateo sin tomar ni una taza de café y sin mirarnos apenas dijo que no tenía hambre y nos preguntó a qué hora teníamos previsto volver a casa. pascual contestó que después de comer y ella replicó que preferiría que fuera antes, que tenía prisa por regresar y solucionar algo urgente. pascual la miró con más hastío que compasión.
-¿qué debes solucionar?
-ya te lo he dicho: algo urgente. es personal.
-¿ha vuelto federico? ¿es eso?
el nombre del marido de miriam pronunciado por pascual nos hizo saltar a las dos de la silla. mimi observó a su hermano con desprecio y le comenzó a temblar el labio inferior. quise buscar unas palabras reconciliadoras, pero no tuve tiempo: ella se levantó airada, tiró su servilleta con rabia encima de la mesa y despareció del comedor.
-nos iremos después de comer –resolvió mi marido, sirviéndose otro vaso de zumo de naranja.
pero nos fuimos antes. a media mañana comenzó a llover, la feria estaba cerrada, era imposible pasear por la ciudad debido al diluvio que caía, mateo se aburría y se quejaba constantemente de que quería jugar con los videojuegos que tenía en casa y a pascual, a pesar de que no quiso admitirlo, le dolía la pierna y caminaba con dificultad. a las doce nos metimos en el coche, de mala gana, en silencio. ninguno de los cuatro habló hasta que, llegando a una gasolinera a repostar, mateo dijo que tenía que ir al lavabo. mi marido aparcó el coche y nos bajamos los cuatro.
-nos sentará bien tomar algo –dije con la intención de que al menos llegásemos a casa de buen humor, pero nadie respondió.
en la cafetería mimi pidió un carajillo de anís que se bebió casi de un sorbo. al terminarlo pidió otro y nos dijo que nos esperaba fuera. mateo, que estaba inquieto y con ganas de moverse, la siguió a pesar de que le dijimos que se quedara con los abuelos. pascual y yo esperamos los bocadillos que habíamos pedido sentados uno al lado del otro, delante de un gran ventanal que daba a la gasolinera y a la ruidosa autovía. desde ahí también veíamos a miriam y a mateo que, un poco apartado de ella, se entretenía con algo que había encontrado en el suelo. nos tomamos nuestro tiempo para terminarnos los bocadillos. creo que a pesar de que los dos queríamos llegar a casa y relajarnos, ninguno de nosotros quería meterse en el coche durante las próximas cuatro horas de viaje que nos quedaban. pascual parecía cansado y le propuse de conducir yo. me dijo que no hacía falta y sonrió.
-podríamos ir al cine esta noche –propuso. yo asentí y sonreí también. luego volvimos a mirar hacia la autovía, en silencio. mateo se había acercado a mi cuñada. ella miraba su móvil y negaba con la cabeza mientras el niño intentaba conseguir su atención con tozudez y berreos. mimi le dijo algo y se alejó unos pasos, pero mateo corrió hacia ella como si se tratara de un juego, tiró de su falda y le gritó algo. ella se guardó el teléfono en su bolsillo. temblaba y comenzó a mover los brazos y a vociferar. mateo se quedó paralizado, con sus manos todavía agarradas a su falda, incapaz de apartarse de esa mujer que escupía saliva. mimi, sin dejar de aullar, se arrodilló delante del niño, lo cogió por sus finos hombros y empezó a zarandearlo violentamente.
-miriam… -susurré horrorizada.
pero antes de poder levantarme y salir afuera vi el brazo de ella coger impulso hacia atrás y a continuación avanzar hacia adelante, a toda velocidad, hasta que la palma de su mano extendida chocó ruidosamente contra la rosada mejilla de mi nieto. su pequeña cabeza giró y quedó inmóvil, ladeada, durante unos breves segundos hasta que volvió a su posición normal y se encontró con la mirada helada de miriam. el niño colocó su mano en la mejilla golpeada, tan asustado que no podía ni llorar. mimi, que de repente parecía que se había despertado de un sueño muy profundo, lo miró con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera sido ella quien hubiera sido pegada. luego, avergonzada, lo atrajo hacia ella, lo abrazó y comenzó a llorar. me levanté de mi silla, pero pascual me detuvo con su mano.
-luisa, no. ahora no.
lo miré un instante, esperando averiguar qué le pasaba por la cabeza, pero él tenía los ojos clavados en su hermana y el pequeño. yo volví a sentarme y apreté muy fuerte la mandíbula.
nadie habló durante las cuatro horas de viaje. mateo se sentó en una punta del asiento trasero, pegado a la ventana, con el abrigo abrochado hasta arriba y las manos metidas en los bolsillos. le pregunté si tenía frío, pero no contestó. no se quejó de sed, de hambre o de cuánto faltaba para llegar y aunque yo me giré de vez en cuando para comprobar que estaba bien, él no apartó la vista de la carretera. miriam, con su móvil en el regazo, tuvo el detalle de ponerlo en silencio y pascual puso una emisora de música clásica a pesar de que nunca me había dicho que les gustase ese tipo de música. condujo rápido, de forma despistada y provocó el bocinazo de algún que otro conductor, pero no dije nada.
llegamos a media tarde. las farolas de las calles iluminaban penosamente los pocos transeúntes que habían decidido salir a pasear a pesar de la llovizna que nos había acompañado en todo el trayecto y que limpiaba la ciudad. dejamos primero a miriam que saltó del coche apresuradamente, sin apenas despedirse, evitando mirar al niño y ni mucho menos acercarse a él para darle un beso. la vi meterse en el portal de su casa arrastrando su enorme maleta que parecía más pesada que cuando nos fuimos y sentí una tremenda pena por ella. la imaginé abriendo la puerta, diciendo “¿hola?” y registrando todos los rincones de su hogar vacío, buscando una nota de su marido huido o, en el mejor de los casos, a él mismo arrellanado en el sofá del salón con los pies encima de la mesita. me dije a mi misma que la llamaría al día siguiente para ir a tomar un café, pero al instante reconocí que no me apetecía en absoluto y que probablemente iba a pasar una temporada larga sin saber de ella. pocos minutos después pascual aparcó delante de la casa de nuestra hija.
-será mejor que subas sólo tú –me dijo sin intención de moverse del vehículo. pensé que tenía razón y con el niño cogido de la mano llamé al timbre y esperé a que blanca me abriera. estaba muy guapa y sonriente. tanto que me extrañó. no había rastro de sus ojos rojos ni de su rostro agotado y triste. me dio un beso y una decena a su hijo que se quedó abrazado a ella más de lo normal.
-¿te lo has pasado bien con los abuelos? –le preguntó al niño.
-sí –titubeó él sin dar más explicación.
-¿no ha subido papá?
-estaba cansado, blanca. la cadera le tiene mortificado.
-qué pena. había preparado un pastel de chocolate.
-no te preocupes. vendremos otro día. te veo muy bien –aseguré.
ella sonrió aún más, mostrando sus pequeños dientes.
-al final hablamos. creo que va a ir todo bien.
-me alegro mucho, hija.
-podríais venir mañana a cenar. a ricardo le gustaría veros.
-mañana es imposible, nos viene fatal –me inventé.
-vaya, qué agenda más ocupada tenéis.
-otro día, ¿de acuerdo? tengo que irme ya. tu padre está mal aparcado. estás muy guapa, hija. este vestido te queda muy bien.
me despedí de ella. mateo había desaparecido y cuando blanca lo llamó para que viniera a darme un beso yo insistí en que no era necesario, que no lo molestara y lo dejara tranquilo. salí de su casa y llamé al ascensor. mi hija me acompañó al rellano y esperó conmigo, todavía sonriendo.
-dile a papá que gracias y que se cuide mucho.
me metí en el ascensor y apoyé la espalda y la cabeza en una de las paredes laterales. respiré hondo un par de veces e intenté recordar el día anterior, cuando los cuatro paseábamos por la orilla y buscábamos un sitio tranquilo donde comer. lo habíamos pasado bien. casi lo habíamos conseguido. el ascensor llegó a la planta baja y me crucé con un chico joven y su perro que llegaban de la calle. les sujeté la puerta para que entraran. el perro ladró al verme y el chico tiró de él, pronunciando un nombre ridículo que imaginé era el de la mascota. respiré hondo de nuevo un par de veces más antes de salir del portal. crucé la carretera sin mirar a ambos lados. me dolían las rodillas y la cabeza. vi a pascual diciéndole adiós con la mano a blanca que, apoyada en el barandilla del balcón, le mandaba besos y le hacía muecas divertidas.
-¿cómo está? –me preguntó cuando me vio.
-me ha dicho que te quiere mucho.
él giró la llave y puso el coche en marcha. condujo muy despacio, deteniéndose en todos los pasos de cebra donde alguien esperaba para cruzar. al pararnos en un semáforo en ámbar, a pocos bloques de casa, dijo:
-todavía podemos ir al cine, si te apetece.
yo lo miré y contesté que eso estaría bien y él repitió que sí, que eso estaría bien.
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