15 octubre 2015

la distancia entre dos personas debería medirse por su intención de quedarse
pensé un día al despertarme, sin ti. 
era septiembre. 
puede que hiciera un sol velado 
de esos que proyectan sombras muy finas 
refrescan la carne 
y apresuran los pasos. 
quédate 
te hubiera dicho en ese caso 
quédate un rato más 
te hubiera susurrado entonces 
quédate hasta que consigamos odiarnos 
y el vértigo 
el precipicio 
la arritmia 
de verte marchar me ahoguen menos que ahora 
todavía capaces de alargar un abrazo 
aún diestros en desplazar la duda, reparar lo débil 
dispuestos, a pesar de todo, 
a olvidar ese día enfermo que nos hizo rehuir la mirada 
torcer el gesto 
sustituir las palabras. 
quédate, te habría propuesto 
por si acaso volvemos a ser más verbo que ancla 
por si tenemos suerte, método, ganas, y esto termina durando 
existiendo 
recordando lo que pudo ser y, míranos, estamos pasando. 
quédate, repetiría cien veces. ciento diez. tantas como me hicieran falta para terminar de creer que te quedas, que no te marchas. 
pero si a pesar de todo 
de todos mis quédate que se estrellan y te abrasan 
de las sombras finas que se hacen opacas 
de la arritmia que se vuelve náusea 
del día enfermo del que crecen larvas 
decidieras marcharte
gritaría a viva voz: vete 
lárgate lejos 
hazlo deprisa 
no estires el tiempo, la trama 
abre la puerta, lanza maletas, memorias, salta de historia 
extiende las alas. 
vete, aullaría 
muerta de miedo y de rabia 
infectada de orgullo vencido, de malas maneras, de alcohol barato que ni borra ni mata
vete. 
y apuntaría con el dedo índice hacia adentro, hacia la sangre negra intoxicando el cuerpo minado. hacia el hueco, el pozo, el filo cortante. 
y puede que entonces por fin callara 
se me acabaran los nombres 
agotara el nosotros 
redujera el recuerdo a otro final anunciado 
y puede que entonces, con ese silencio, con tanto de nada, por fin comprendiera 
que hay cosas que pasan. 

08 octubre 2015

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alfredo reconoció de inmediato al alumno cuando este salió del portal y se alejó en dirección opuesta. era un chico alto y muy delgado, demasiado. andaba encorvado, con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y los brazos pegados a las costillas. parecía agotado. en clase solía estar callado y sus notas estaban en la media. sólo le había escuchado la voz cuando le había preguntado algo directamente y recordaba que sus respuestas eran breves y torpes. era evidente que no le gustaba ser el centro de atención y mucho menos hablar en público. por ese motivo alfredo dejó de preguntarle y optó por otros alumnos que dieran más juego a debates polémicos, de esos que terminaban con la clase dividida, comentarios improcedentes, algún insulto y ninguna conclusión. intentó recordar su nombre, pero le fue imposible y pensó que de regreso a su casa miraría las listas que la secretaría de la universidad le pasaba puntualmente en cada inicio de curso. llamó al timbre del portal y luego el ascensor con el temor de que el chico saliera del mismo lugar adonde él se disponía a entrar. la sola idea hizo que se estremeciera. sintió una mezcla de pudor y de rechazo. el chico tendría unos veintiún años, era un crío, aunque sabía que las cosas habían cambiado mucho desde que él había tenido veintiún años. descartó la idea, le era más cómodo y no tenía ganas de que esa imagen que ahora le rondaba por la cabeza empañara su inminente cita. en el mismo inmueble había una decena de viviendas y lo más probable era que hubiera visitado a alguien. unos abuelos, un amigo. el ascensor llegó a la planta seis y ana julieta, la dueña, lo recibió en la puerta como hacía siempre. 
-don alfredo, qué ilusión verle. 
-julieta –dijo él- lo mismo digo. 
la mujer lo abrazó con sus brazos rechonchos. 
-entre, por favor. bibiana está ya casi a punto. ¿quiere toma algo mientras tanto? 
alfredo entró al piso y olió ese perfume dulzón y empalagoso que impregnaba todas las habitaciones, sábanas y chicas. se quitó la chaqueta y se la dio a ana julieta que seguía esperando la respuesta de su cliente, pero él la había olvidado y tenía más prisa que de costumbre para ver a bibiana. 
-¿cómo va todo, don alfredo? 
-ese chico… - se sorprendió diciendo, con la imagen todavía del muchacho apresurando el paso a su salida del edificio. ana julieta clavó sus ojos azules en el hombre. 
-¿qué chico? -nada, nada. perdone. cosas mías. todo va estupendamente bien. enseñando a los chicos, como cada año, a ver si convertimos a alguno en un hombre de provecho y terminando mi cuarto libro. 
-eso es estupendo. me alegro mucho por usted, don alfredo. déjeme que vaya a colgar su chaqueta y regreso en seguida. tome asiento, por favor. 
ana julieta desapareció detrás de unas cortinas tupidas que separaban la zona pública de su pequeño despacho y de la aún más pequeña cocina para las chicas. el hombre había estado un par de veces, cuando ana julieta no estaba en el piso y bibiana le había asegurado que no pasaba nada por entrar un momento. habían sido las dos únicas ocasiones en las que alfredo había podido observar a bibiana haciendo algo que no tuviera que ver con su trabajo y en ambas ocasiones había disfrutado de verla con una bata de mercadillo, larga hasta los tobillos, con los bolsillos laterales llenos de pañuelos de papel, limpiando la cafetera y quejándose airosamente porque las demás chicas eran unas despreocupadas y unas guarras. le preguntaría a bibiana. sabía que ana julieta no iba a contarle nada, mucho menos de quién entraba o salía de su negocio. para eso era la jefa y debía dar ejemplo de la profesionalidad y privacidad con la que se anunciaba en los periódicos, pero bibiana era otra historia. a ella le gustaba hablar y estaba acostumbrada a hacerlo con él cuando habían terminado y permanecían unos minutos en la cama, ella esperando a que él recuperara el aliento y él esperando a que ella le informara de que había terminado su hora. el hombre apenas había abierto uno de los periódicos cuando bibiana entró en la sala con ana julieta a su lado. 
-bueno, don alfredo, le dejo en buenas manos –dijo la dueña soltando del brazo a su trabajadora y dejando que esta se le acercara para darle dos besos en las mejillas. 
-qué guapo estás hoy –soltó la chica, entre risas. 
-ya sé que no es verdad, bibi, pero gracias. 
-no diga eso, don alfredo. está usted estupendo para la edad que tiene. ya les gustaría a muchos de esos universitarios suyos estar como usted, se lo aseguro –sentenció la dueña. 
alfredo sonrió y negó con la cabeza. bibiana se despidió de su jefa y, cogida ahora al brazo de su cliente, lo condujo hasta la habitación siete, la preferida del hombre por estar alejada de la sala de espera. le molestaba el ruido del timbre, los constantes pasos de los demás clientes yendo y viniendo y sobre todo la voz de ana julieta, aguda y penetrante, dando la bienvenida o despidiéndose con esa misma atención forzada con la que le había recibido a él. también era la habitación más austera, la que recordaba más un hotel de las afueras que un prostíbulo decorado con espejos de cuerpo entero y cuadros de ingres enmarcados en oro. y no es que al hombre le molestara reconocer que iba de putas una vez a la semana, ni mucho menos, pero consideraba que esa parte de su vida era privada y que, por lo tanto, no debía importarle a nadie más. de esta misma forma, privadamente, trató también las dos relaciones que tuvo después de enviudar y que terminó de mala manera porque las dos le exigían un compromiso que él ya no estaba dispuesto a dar o el tumor benigno que le extirparon en el estómago o sus vacaciones en creta del año pasado. 
bibiana llevaba su conjunto de ropa interior preferido, de color blanco, semi transparente, sencillo y elegante que contrastaba con su piel morena y hacía resaltar su culo voluminoso y firme. se había adelantado unos pasos para que alfredo pudiera recrearse en esas vistas carnosas y bamboleantes de las que muy pronto iba a poder disfrutar. la chica llegó a la puerta de la habitación, la abrió con una llavecita dorada que guardaba en la mano y esperó a que su cliente pasara primero y comenzara a desnudarse, aunque esta vez el hombre se quedó plantado en medio de la habitación, de espaldas a la cama enorme que olía a perfume dulzón y empalagoso. ella se le acercó y, viendo que él no hacía ningún gesto y permanecía quieto, comenzó a desabrocharle la camisa. él la dejó hacer, más ausente que atento a las manos de la chica, hasta que ella llegó al último botón, deslizó las mangas por sus brazos flácidos y fue a colocarla en el respaldo de una silla para que no se arrugara. él siguió sin moverse y a ella le pareció divertido. no solía ser habitual en él. estuvo a punto de preguntarle a qué se debía esa nueva actitud pasiva, pero acostumbrada a ver y a poner en práctica deseos mucho más peculiares, continuó con su labor de desnudar al hombre con sus habilidosos dedos en la hebilla del cinturón. 
-bibi, espera un segundo. 
ella se detuvo y miró al hombre. 
-claro. ¿pasa algo? 
-hoy, al llegar, he visto salir a un chico del portal. 
la mujer siguió mirando al hombre, apartó su mano y se alejó un paso para ver mejor su expresión grave. 
-es una tontería mía. nada serio, no te asustes. sólo quería saber si es cliente vuestro. 
-no conozco a todos los clientes, eso ya lo sabes. aquí entra y sale todo dios a todas horas. hombres que vienen un día y luego desaparecen. apenas me acuerdo de las caras o de los nombres de los habituales, imagínate de los demás. 
-de este te acordarías. es muy joven. alto y delgadurrio, con el flequillo largo. 
la mujer se quedó pensativa unos instantes. no estaba intentando recordar, pero le gustaba la atención con la que alfredo la miraba, expectante por conocer una información que sólo ella iba a poder proporcionarle. 
-¿casper? –titubeó finalmente. 
-¿cómo? 
-lo llamo así, en privado, claro. es tan blanquito que no se me ocurrió mejor apodo. 
-¿sabes su nombre? 
-mmm… jorge, creo. no, espera. no era jorge. joaquín, sí, eso es. 
-¿es cliente tuyo? 
-ay, por favor. no me digas que a estas alturas te vas poner celoso, eh, alfredo. ya sabes que no eres el único y que… 
-qué va, bibi. no va por ahí la cosa. ya soy muy viejo para estas tonterías de celos. dime, ¿es cliente tuyo? 
la mujer dudó. él insistió. 
-bueno… quizá, no lo sé 
-bibi, por favor. 
-qué raro estás hoy, cariño. viene y luego puede estar un tiempo largo sin aparecer. es un crío, tendrá sus historias, como todos. no he hablado más de dos frases con él y sólo sé que se llama así. poco más–dijo finalmente, temiendo haber hablado más de la cuenta y tener problemas con la discreción de la que se jactaba siempre su jefa. 
él acarició su pelo largo y se acercó hasta sentir su aliento. 
-está bien, da igual. era sólo una tontería. 
a continuación cogió sus manos finas y las volvió a poner en la hebilla. bibiana le bajó los pantalones, los calzoncillos y lo acompañó a la ducha antes de secarlo, tumbarlo en la cama y montarse encima de él. 

joaquín dos leyes rojas, leyó en la pantalla de su portátil cuando llegó a casa, horas después. había un jorge, un poco más abajo. jorge lópez lópez. joaquín o jorge. decidió que el chico tenía que llamare joaquín. se había corrido rápido, sin ganas, como un trámite pesado que había que pasar antes de poder volver a su piso. bibiana, por el contrario, se vanaglorió de haber mejorado sus trucos y técnica con él y, viendo que aún faltaba media hora para que terminara su turno, procedió a manosearle las ingles. él negó con la cabeza y le pidió que parara. se vistió deprisa, con la camisa mal abotonada, los calcetines del revés y se marchó quince minutos antes de lo pactado. también ana julieta se extrañó al verlo salir de la habitación con tanta urgencia, pero una vez hubo cobrado y apuntado una nueva cita para la semana siguiente dejó de preocuparse. había estado pensando en el chico todo ese tiempo desde que bibiana había admitido que también era cliente suyo. había imaginado la entrada tímida y silenciosa del muchacho al piso de ana julieta, en la elección de la puta con la que iba a acostarse, por qué bibi y no otra. había imaginado su cuerpecillo esquelético y liviano envuelto por las carnes rotundas de la chica. no pudo evitar preguntarse de dónde sacaba el dinero, de si trabajaba en algún restaurante de comida rápida o si su padre le pasaba una paga semanal para esos caprichos de crío, de si tenía una novia, varias, o no se le levantaba. joaquín dos leyes rojas. cómo no le había llamado la atención semejante nombre cuando le pasaron la lista de alumnos. tenía nombre, pensó, de personaje atormentado y marginal de novela negra, de ese tipo de novelas que podía escribir cualquiera de sus colegas de profesión, ganadores de un premio literario secundario para escritorzuelos sin talento. y sin embargo el muchacho, con ese cuerpo nimio, el flequillo lacio, pardusco y los andares como queriendo pasar desapercibido de su propia sombra era todo lo contrario a un personaje digno de mención en cualquier novela, por muy mala que esta fuera. 
cerró la lista de nombres y respiró profundamente. luego abrió el borrador de su cuarto libro, todavía sin título, y fue a la última página que releyó deprisa y sin prestar mucha atención. suprimió un párrafo, escribió otro más breve y confuso y lo volvió a borrar. olía a bibiana, ese olor dulzón y familiar, ahora molesto y extraño, fuera de lugar, y advirtió que todavía llevaba la misma ropa que cuando había salido de su cama. pensó que probablemente, a estas horas, también su alumno olía igual que él y la idea le pareció más graciosa que incómoda. quizá si el chico era menos escrupuloso que él podría oler ese mismo perfume en su clase al día siguiente. planeó pasearse por entre las mesas de los alumnos, como hacía cuando necesitaba que le prestaran atención, y se acercaría al crío sin necesidad de disimular para comprobar su olor, aunque eso le pareció poco. se levantó de su escritorio agitado por la idea. se quitó la ropa, arrugó la camisa entre sus manos, la olió y luego la dejó en el suelo con el resto de prendas. se metió en la ducha y enjabonó a consciencia todos los pliegues de su cuerpo anciano. antes de quedarse dormido pensó que, le gustara o no, lo haría hablar en clase al día siguiente.

vio al chico en el pasillo, de lejos. desvió la mirada hacia joaquín el suficiente tiempo como para que su interlocutor girara la cabeza en la misma dirección e interrumpiera su conversación un segundo. joaquín no se dio cuenta. hablaba por el móvil, sin expresión alguna en su cara medio oculta por su flequillo largo. pasó por el lado del profesor sin saludar, sin verlo, y entró en clase donde se sentó en las filas de en medio, tal y como solía hacer. el profesor entró pocos minutos después y las voces de los alumnos fueron silenciándose a la espera de que él comenzara su exposición. 
-señor joaquín dos leyes rojas –pronunció después de desear a los estudiantes un “buenos días” que quedó sin contestar. 
el chico saltó sobre su silla y algunas risitas se escucharon a su alrededor. los dos hombres se miraron. alfredo sonreía. joaquín ni tan siquiera parpadeaba. nunca antes se había dirigido a un alumno llamándolo “señor”. 
-me gustaría, por favor –continuó-, que me resumiera nuestra última clase. 
los alumnos se miraron extrañados. tampoco antes el hombre les había pedido algo así y todos, menos joaquín, se sintieron aliviados por no ser ellos los escogidos para semejante tarea. el profesor mantenía su sonrisa hierática mientras avanzaba unos pasos hacia él. joaquín cerró la libreta en la que había garabateado algo y que no quería que su profesor viera, se apartó el flequillo con sus manitas pálidas y aniñadas y carraspeó. 
-no pude venir a esa clase, lo siento –dijo con un hilo de voz asustadizo cuando el maestro se paró a su lado y lo miró por debajo del hombro. 
-vaya. 
alfredo aspiró profundamente y a continuación exhaló el aire con lentitud. 
-en ese caso, -prosiguió, evitando mostrar ninguna reacción- alguien podría contarme qué pasó en la anterior clase. 
el silencio se hizo más solemne y amenazante. alguien tosió en las últimas filas. joaquín tragó saliva y bajó la mirada. alfredo se giró y volvió sobre sus pasos hasta llegar a la pizarra en blanco que presidía el aula. el chico soló olía a miedo y a duda y sintió pena por él y asco por sí mismo.

intentó mantenerse alejado de él. apenas lo miraba cuando el chico se presentaba en clase y no se le volvió a ocurrir preguntarle nada más y aun así, cuando sabía que estaba despistado mirando por la ventana o hablando con algún compañero, se descubría observándolo de reojo, atento a algún detalle sin importancia que le indicara qué tipo de persona era. cómo vivía y qué le gustaba, aparte de las putas. releía sus trabajos con detenimiento. de hecho, a pesar de las quejas de los estudiantes, comenzó a mandar más tareas sólo para descubrir algún secreto de joaquín. corregía incluso las comas que el alumno ponía sin criterio y se explayaba en comentarios que no sabía si él iba a leer o ni tan siquiera a apreciar. no era un buen alumno. se defendía lo justo, le faltaba vocabulario y capacidad para argumentar. sus notas distaban mucho de ser prometedoras y a pesar de tan poca brillantez, perdía más el tiempo sumergido en sus palabras toscas que en su cuarto libro que hacía semanas que no avanzaba. 
no coincidió más con él en el portal ni mucho menos en la sala de espera de la casa de ana julieta. cambió sus citas alguna vez, por si había suerte y lo veía, aunque tampoco sabía qué hubiera hecho o dicho de haberlo encontrado allí, saliendo de la habitación con el flequillo despeinado, quizá con las mejillas con algo más de color, de la mano de bibiana. en algún momento creyó que todo había sido un error, una confusión, que joaquín dos leyes rojas jamás había pisado semejante antro. tenía veintiún años, no era su lugar en el mundo, todavía. a bibi le preguntó un par de veces, pero la chica se había asustado con tanto interés y se negaba a dar ninguna información. 
-eso es privado, alfredo. 
-antes no lo era. 
-¿qué te pasa con el crío, ese? ¿ahora te gustan los niños? 
-qué tonterías dices, joder. no es nada de eso. es sólo curiosidad. al fin y al cabo compartimos a la misma puta. 
-como muchos otros. 
-creo que es uno de mis alumnos –se justificó. 
-seguro que aprende más de mí. 
-no lo dudo, pero dime, ¿ha venido últimamente? 
-¿y tú has venido aquí a hablar o a follar? –decía riéndose, quitándole importancia al asunto, bajando sus bragas finas hasta las rodillas y esperando que el cliente desviara toda su atención hacia derroteros más carnales. 
terminó por dejar de preguntar y pidió a ana julieta de conocer a otras chicas. la dueña se inquietó y, mostrándole una preocupación exagerada, le preguntó si bibiana había hecho algo inadecuado. él la tranquilizó y sólo puntualizó que le apetecía un cambio. ella asintió, satisfecha con la escueta explicación, y apoyó al hombre con esa frase tan manida y resignada de que los cambios eran siempre buenos. luego cobró lo estipulado y le presentó a tres mujeres que sacó de la cocina apresuradamente y que le regalaron arrumacos, tocamientos y halagos reusados al oído. las tres le parecieron una copia mala de bibi. 

terminó su cuarto manuscrito. era una novela corta que se leía en una tarde y que consiguió una segunda reimpresión meses después de su publicación. sus colegas de trabajo lo felicitaban constantemente por los pasillos de la universidad y algunos medios locales se acercaron a su despacho para entrevistarlo y hacerle fotos que acompañarían sus respuestas de escritor, por fin, reconocido. también sus alumnos, los que habían mantenido más relación con él a lo largo del curso y lo alababan para sacar mejores notas, le insistían en lo mucho que les había gustado el libro. joaquín, como era de esperar, no se acercó nunca. su interés por el alumno se fue desinflando a medida que fue acostumbrándose al cuerpo de la nueva chica de la que nunca recordaba el nombre. era todo lo contrario a bibi: menuda, rubia, poco habladora y demasiado atenta. la veía una vez a la semana y podía adivinar que, a pesar de sus esfuerzos para aparentar lo contrario, odiaba su trabajo, a los clientes y a ella misma. él nunca le preguntó qué hacía allí metida, con tanto asco dentro. se concentraba únicamente en obtener su propio placer y luego se marchaba a casa, olvidándose de esa mirada apática e infeliz y esas manos frías y automáticas. algunas veces, en el pasillo o en la puerta podía escuchar la voz de bibi en la cocina y en una ocasión, a pesar de la discreción que intentaba mantener ana julieta para que los encuentros entre clientes y trabajadoras se redujeran a cero, la vio salir de una de las habitaciones enfilada en unos tacones altos y con un postizo de pelo que le rozaba el culo al caminar. ella también lo vio, le sacó la lengua, divertida y despreocupada, y sonrió. 

dos semanas antes de que terminara el curso tuvo ocasión de llamar a joaquín a su despacho. el trabajo que había presentado el chico era la copia exacta de otro que un alumno conocido había hecho el año anterior. no le hizo falta llegar a la segunda página para comprobar que la redacción no era la del alumno, como tampoco lo eran las expresiones, ni mucho menos la calidad. a estas alturas conocía bien su mediocridad y sin embargo lo leyó entero buscando algo suyo, propio, pero no encontró nada, aparte de su nombre escrito en la portada: joaquín dos leyes rojas. durante dos días acarició la idea de llamarlo al salir de clase, esta vez asustarlo con motivo, sentarlo unos minutos en su despacho, cara a cara, y preguntarle por qué había hecho semejante estupidez, a estas alturas del curso, aunque en realidad eso le daba igual. de haberlo tenido delante sólo le hubiera querido preguntar por bibi, por sus encuentros, por qué y cómo pero sabía bien que sus preguntas iban a causarle más problemas que respuestas. acabó por tirar el trabajo en el montón de tareas corregidas, con un comentario vago y un cinco coma cinco que tapaba parte del nombre del estudiante. al día siguiente los repartiría, felicitando a los que habían obtenido buenas calificaciones y callándose cuando no hubiera nada que decir. 

28 septiembre 2015

ácido

en la víspera del cuarenta cumpleaños de ona, damián, su marido, con el que llevaba casada seis años, le dijo: 
-ona, debo decirte algo que quizá no te guste: mañana no tendrás ningún regalo de cumpleaños por mi parte. 
intentó mantener una voz grave y una expresión seria, como si lo que acababa de decir fuera la peor tragedia que ona podía recibir el día antes de su cumpleaños. sabía que su intento para sonar alarmante y solemne iba a ser inútil. ella soltó una carcajada y entre risas le preguntó qué le había comprado y dónde lo había escondido. él aseguró que no había comprado nada, “nada de nada” repitió, pero para entonces su voz había dejado de ser grave y se había hecho con una almohada con la intención de iniciar una lucha de almohadas como hacían de vez en cuando, cuando las cosas aún podían arreglarse a golpe de almohadas y risas. un rato después ona abrió los cajones del armario esperando que damián, enfrascado en meter un gol al equipo contrario en uno de esos videojuegos que ella aborrecía, se diera cuenta de que no se había olvidado del asunto y seguía a la busca de un paquete grande y bien envuelto. damián, ante el revuelo que estaba montando su mujer, le dio a la tecla de “pausa” y se levantó de su silla, más divertido que molesto.
le dio el anillo antes de que les sirvieran el postre. no habían comido demasiado bien y el servicio había sido muy lento. 
-el anillo es lo de menos –dijo él. 
-¿qué quieres decir? a mí me encanta –contestó ella creyendo que no había sido lo suficientemente efusiva y que quizá su marido había pensado que no le gustaba el regalo. 
-no es eso. a lo que me refiero es que este no es el verdadero regalo. 
-¿ah no? 
ona miró a su alrededor desconcertada. por un instante temió que una banda de mariachis apareciera por el pasillo entonando una ranchera. 
-no. el verdadero regalo es más bien un reto. 
-me estás asustando. 
-antes de cumplir los cuarenta, y para esto te quedan algo menos de siete horas –dijo damián comprobando la hora en su reloj- debes hacer algo que no hayas hecho nunca antes. puede ser lo que sea, tú elijes, pero debe ser algo nuevo. 
-¿y a qué se debe esto? –preguntó ella creyendo que su marido estaba bromeando a pesar de que su cara indicaba lo contrario. 
-así son las normas a partir de ahora: antes de los cuarenta es lo que toca hacer. 
-¿también es aplicable para ti? 
-dentro de siete meses, sin duda. 
-¿hacer puenting? 
-por ejemplo. te quedan siete horas. si eso es lo que decides hacer, tendríamos que ir tirando ya. 
-¿y tú te tirarías también? 
damián asintió sabiendo de sobras que ona no iba a tomar esa opción y que por lo tanto su vida no corría peligro. la mujer comenzó a ponerse nerviosa. su marido hablaba en serio y sabía que si ella no comenzaba a tomárselo de la misma forma él no sólo iba a enfadarse sino que la consideraría una aburrida y una miedica. 
-podrías haberme dado un poco más de tiempo para pensarlo y… inmediatamente calló. era un juego. era un reto. no valían las quejas. 
-voy al baño. quizá para cuando vuelva ya tienes algo pensado. 

ona ha dudado antes de entrar al centro. ha entrado en otros parecidos, una decena o puede que más, y sabe muy bien qué le van a contar. ha escuchado la misma información tantas veces que ya sabe el orden con la que la irán suministrando: primero que durante esa semana no puede tomar aspirinas porque provocan que la sangre se dense, lo cual no es aconsejable. luego que el procedimiento es fácil y rápido, que apenas notará nada porque le pondrán una crema anestésica, que le pueden salir pequeños moratones, nada grave. se disimula con un poco de maquillaje, asegurarán siempre y finalmente, la frase que sirve para convencerlas a todas: que una vez terminen los pinchacitos y se mire al espejo va a pensar que por qué no había tomado antes la decisión. ahí ella siempre sonríe y desvía la mirada, avergonzada de no haber tomado todavía la decisión y de necesitar aún más tiempo para terminar de pensarlo. el médico suele adivinar su indecisión y accede a darle un poco de margen, claro, piénselo, pero antes de levantarse y salir del despacho repite que va a quedar estupenda, que es algo muy común y que no va a arrepentirse. no suele haber muchas variaciones en las visitas. tampoco las espera. 
-ahora mismo te atenderán, cariño –le dice una de las chicas con bata rosa con una gran sonrisa. la recepcionista también la ha llamado “cariño” cuando ha entrado y se lo ha repetido al acompañarla a la sala de espera y, con la misma gran sonrisa que acaba de recibir, le ha pedido que se siente un minutito. sospecha que usar la palabra “cariño” a menudo para reconfortar a las clientas es algo obligatorio para trabajar aquí, como también lo es tener menos de veinticinco años y saber andar con tacones. comprende que así sea. de la misma forma que comprende que ahora mismo se encuentre rodeada de fotografías bien enmarcadas de rostros bellos y armoniosos de piel lisa, pómulos bien definidos, pestañas tupidas, labios carnosos y pelo largo y brillante. agradece que no haya ningún espejo y que se haya traído un libro de casa para no tener que recurrir a las revistas de moda de encima de las mesitas. es todo tan descorazonador que si no fuese porque no le apetece llegar a casa tan pronto, se levantaría y le diría a la recepcionista que ha sido todo un error y que se lo ha pensado mejor. luego, ya en la calle, imagina que se sentiría como una idiota y puede que una vez en casa, delante del espejo llorase a gusto sólo para sentir aún más pena de sí misma, de sus miedos, inseguridades y de su incapacidad para tomar decisiones. por eso se queda sentada en el sofá tapizado de rosa y asiente con la cabeza a la chica de la bata rosa que acaba de llamarla “cariño”. si no fuera porque es preferible no pensar en este tipo de detalles debería darse cuenta de que hace mucho tiempo que nadie la ha llamado de este modo. 

fueron a una playa nudista. ese fue el reto. damián se apresuró en sacar la tarjeta de crédito de su cartera para pagar y salir del restaurante cuanto antes. les quedaban siete horas y no quería perder más tiempo en ese lugar. a ella le gustó el repentino entusiasmo de su marido y él no podía salir de su asombro. repetía insistentemente cómo podía ser que ona no hubiera estado antes en una playa nudista y cómo podía ser que, después de seis años juntos, no supiera algo tan importante de ella ni se les hubiera pasado por la cabeza ir alguna vez antes. ella sonreía y casi avergonzada se excusaba diciendo que ya sabía de sobras que ella nunca había sido mucho de playa, que le molestaba la arena, la gente, el calor y que enseguida se quemaba la piel. damián asentía. era verdad, sí. prefería los destinos vacacionales frescos y nublados, pero a su marido seguía pareciéndole algo casi imperdonable y disfrutaba tomándole el pelo sobre todas las cosas bochornosas que podían sucederle en cuanto pisara la molesta arena. no sucedió nada bochornoso. todo lo contrario. a él le sorprendió el poco titubeo que mostró ona al quitarse el vestido y, una vez desnuda, se quedase unos instantes de pie en vez de tumbarse en la toalla, desafiando a todos los que, voluntaria o involuntariamente, se interesaron por los recién llegados. ese día se quedaron hasta que se puso el sol y a lo largo de ese final de verano repitieron la aventura que dejó de ser aventura y pasó a convertirse en rutina. 
el reto de damián que tenía lugar siete meses después, se adelantó tres semanas antes de la fecha de su cumpleaños. ona sacó el tema del ya conocido reto, pero la reacción de su marido no fue la esperada. 
-no sé, ona. no estoy muy animado para retos estos días –se limitó a decirle a su mujer. 
el hombre había estado serio y callado en los últimos tiempos. cuando ella le había preguntado a qué se debía ese cambio de ánimo, él le había dicho que eran sólo nervios y que las cosas en el trabajo no marchaban muy bien. se hablaba de un ere y estaba preocupado. eso era todo. ona lo tranquilizó. ella trabajaba y tenían algunos ahorros en el banco. si al final resultaba que le despedían podían ir tirando de su sueldo durante un tiempo. no había de qué alarmarse. damián esbozó una sonrisa poco creíble y dijo que tenía razón, que no había de qué preocuparse, pero con el paso de los días su ánimo empeoró y la mayoría de noches prefería dormir en el sofá que en la cama con ona. 
-¿hay algo más? –le preguntó un sábado por la tarde ella, después de que él hubiera pasado toda la mañana tumbado en el sofá con el pijama y la tele encendida. 
-¿qué quieres decir? 
-¿hay alguien más? –rectificó ella. 
damián se enderezó y por primera vez en días pareció aliviado de poder decir que no, que no era nada de eso. 
-¿entonces qué es? ya hablamos de que no debes preocuparte por el trabajo. saldremos como sea y además, todavía no os han reunido ni os han dicho nada. puede que ni tan siquiera te vayan a despedir. 
-no es esto. –dijo con voz trémula- en realidad no tiene que ver con el trabajo, ni con alguien más. 
la mujer se sentó a su lado. le temblaban las piernas y no quería que su marido lo advirtiera. él apagó la televisión y bajó la cabeza. ona lo cogió de la mano, pero él la retiró en seguida y la colocó encima de su rodilla. 
-creo que me quiero ir, ona. que me voy a ir de aquí, de casa. que ya no estoy enamorado de ti. 
ese fue el reto de damián, terminó concluyendo ella un tiempo después, cuando su marido había recogido todas sus cosas y se hubo evaporado de su casa y de su vida. poco después supo por amigos que le contestaban con sinceridad cuando ella preguntaba, a pesar de aconsejarle de que no debía preguntar, que él se había ido de viaje y que no tenía planeada la vuelta. ona encajó la noticia añadiendo una pastilla más para poder conciliar tres horas de sueño seguidas, aunque la nueva medida no ayudó en absoluto y la mayoría de noches las pasaba mirando una esquina del techo en la que se había formado una minúscula grieta. adelgazó, dejó de ir a playas nudistas y las escasas veces que salía de casa y se cruzaba con una pareja por la calle los observaba con todo el odio y el rencor que podía sacar de su interior. damián llamó un día. eran las tres de la mañana y ona ni tan siquiera se sobresaltó al escuchar el timbre del móvil. 
-hola, ona –dijo él. 
sonaba como si estuviera abajo, en el portal de casa, esperando a que ella le abriera la puerta como solía hacer cuando había olvidado las llaves. ella quedó muda y paralizada. 
-sólo te llamaba para… para saber cómo estás. y para felicitarte. 
sólo su marido, porque seguía siendo su marido, se había acordado, o se había atrevido, a llamarla ese día. estaba en mongolia. ella tendida en la cama con las sábanas sin cambiar desde hacía tres semanas. miraba la grieta del techo. no había mayor reto que ese en su vida. cuando acertó a pronunciar alguna palabra le comunicó que no quería que la volviera a llamar nunca más. él comenzó a decir algo que quedó en una frase que se desvaneció a medida que ella alejaba el móvil de su oreja y quedó sin terminar. 

empezó a escribir un diario a los cuarenta y dos. algunos días sólo escribía frases que había leído en libros de gente que escribía mejor que ella y que le habían gustado. otros pegaba fotos de paisajes en los que le gustaría estar o de casas decoradas con mucho gusto y dinero en las que le hubiera gustado vivir si las cosas hubieran ido de otra manera. otros días se quedaba hasta muy tarde tachando, re escribiendo, buscando las palabras que tan precisas se fijaban en su mente y que sin embargo quedaban distorsionadas sobre el papel. otros días no era capaz ni tan siquiera de abrir el diario y permanecía con el bolígrafo en la mano y un nudo en el estómago. también comenzó a fumar cigarrillos mentolados, de esos alargados y muy finos que aspiraba a todas horas, con más ansia que placer. 

para los cuarenta y tres se fue de viaje a grecia. hacía tantísimo calor que no salía de la habitación del hotel hasta las seis de la tarde, aunque para cuando llegaba esa hora seguía pensando que hubiera sido mejor opción escoger un país menos caluroso. estuvo diez días y en el sexto, mientras dudaba en entrar a un bar y tomar algo, conoció a un austríaco que le sirvió de excusa para no abandonar la habitación hasta su día de partida. era la primera vez que se acostaba con un hombre desde que damián se había marchado de casa. algunas veces había pensado en cómo sería. había intentado imaginar si iba a ser capaz, si conseguiría olvidar a damián o, a última hora, si llegaba a presentarse la ocasión, iba a visualizar a su marido desnudándola y pidiéndole entre jadeos que más deprisa o más despacio. siempre había llegado a la misma conclusión: nunca iba a poder quitarse el recuerdo de su esposo de encima, pero, tal y como había ocurrido ese primer día en la playa nudista, se alegró al comprobar que después de tanto tiempo había más ganas que sombras y dudas y tan pronto se desprendió de su sujetador y le bajó la cremallera del pantalón al austríaco tuvo que reprimir una risa que hubiera inquietado a los dos. 
de gustav, así se llamaba el hombre, le gustó que preguntaba muy poco y que parecía intuir mucho. también le gustaron sus ojos vivarachos y la dedicación, obsesión casi, para que ella llegara al orgasmo cada vez que comenzaban a besarse. el día que ona regresaba a casa, él le preguntó si quería que volvieran a verse. fue a recogerlo al aeropuerto un mes después con mucho entusiasmo y con nervios en el estómago. habían estado hablando por teléfono, se habían enviado emails y mensajes recordando lo bien que lo habían pasado en grecia. habían planeado excursiones y nuevas posturas y lugares para cuando volvieran a estar juntos, pero nada más verlo supo que esta vez no iba a funcionar. el hombre de ojos vivarachos le pareció ahora un ser menudo, callado, sin atractivo alguno y, ¿ese inmenso oso de peluche que sujetaba con la mano era para ella? 
él adivinó rápidamente que la mujer no estaba disfrutando tanto como sus gemidos le hacían creer cuando la pilló mirando la grieta del techo que se había alargado un par de centímetros en los últimos años. cuando se atrevió a preguntar, ona tuvo que admitir que algo había cambiado, aunque no supo precisar qué, ni si era ella o él. gustav escuchó sin perder la compostura y una vez ella hubo terminado su poco precisa explicación, él salió de la cama, se puso los calzoncillos y comenzó a empaquetar lo poco que había dejado esparcido por la casa. 
-¿qué haces? –preguntó ella. 
-creo que es mejor que me vaya a un hotel estos cuatro días que me quedan antes de volver. 
-puedes quedarte, si quieres. a mí no me importa. puedes dormir en el sofá. 
el austríaco se quedó. disimularon la mutua incomodidad con paseos largos y silenciosos y cenas con películas que uno de los dos ya había visto anteriormente. ona lo acompañó al aeropuerto y dijo que sentía que las cosas no hubieran salido bien. él respondió que no era necesario disculparse y que le deseaba mucha suerte en todo. se besaron, casi sin tocarse. cuando ona llegó a casa cogió el oso de peluche, instalado en uno de los sofás, presidiendo el comedor, y lo metió en una bolsa de basura. era tan grande que la mitad de su cabeza sobresalía por encima de la bolsa. luego buscó el móvil en su bolso y comenzó a marcar el número de damián, esperando que no lo hubiera cambiado en todo este tiempo. al cuarto dígito se detuvo y dejó de marcar. 

-¿señora ona ligero? ya puede usted pasar, por favor. 
la doctora flavia umbría la recibe en la puerta de su despacho. es una mujer bajita, delgada, rubia de pelo largo y piel excesivamente bronceada de un color anaranjado muy artificial. es una copia de una copia de una copia de esas mujeres delgadas, rubias y morenas que se dedican a ir de compras los viernes por la tarde, llevan bisutería de oro vistosa y huelen a perfume caro. la doctora la invita a sentarse en un silla blanca en su blanco despacho. le hace las mismas preguntas que le han hecho otros doctores y teclea con dos dedos la información en su portátil: teléfono, edad y el motivo de su visita. levanta la vista cuando termina de escribir y escudriña el rostro de la paciente mientras esta señala los surcos que le gustaría corregir. la doctora umbría asiente a cada una de las palabras de ona y cuando esta ha terminado le pregunta: 
-¿ha perdido usted mucho peso últimamente? 
ona duda unos instantes. piensa en el tabaco, el diario y la grieta de su habitación. decide que es mejor no entrar en detalles. 
-no, siempre he sido así. 
-ya. bueno, es una suerte, supongo. 
ona calla y la doctora aprovecha su silencio para sacar un espejo de uno de los cajones de su escritorio y lo coloca encima de la mesa, en medio de las dos. 
-mire, -dice acercando la punta de su bolígrafo plateado al rostro de ona y levantando ligeramente su pómulo derecho- flacidez. eso es lo que ocurre. a partir de esta edad es algo muy normal. a mí me pasa igual. sin embargo, si le inyectamos un poco aquí y aquí, ¿lo ve? quedaría así. 
ona mira su cara estirada con el bolígrafo de la doctora sujetando lo que su edad ya no es capaz de soportar. se siente ridícula y preferiría no tener que mirar mucho rato más. desvía la mirada al rostro perfecto de flavia umbría. es liso y terso, los labios con un ligero brillo rosado y la piel bien cuidada, sin rojeces ni marcas de ningún tipo. le gusta cuando las doctoras que ha visitado reconocen que ellas se han hecho retoques. algunas no hace falta que lo confiesen. a esas las ha tachado de su lista y no tocarán su cara. por el contario, cuando quien la atiende luce sin complejos su piel arrugada se siente vanidosa e insegura. se dice que debe aceptar el paso del tiempo y su edad. se dice que hay cosas más importantes en la vida. se dice que con ese mismo dinero podría inscribirse a un curso de lo que fuera, pero luego llega a casa y en algún momento, antes de meterse en la ducha por la noche, o cuando se aplica una crema rejuvenecedora que compró en el supermercado antes de marcharse a trabajar, se ve en el espejo. es sólo un instante. el instante justo para ver una cara que no es fresca ni mucho menos radiante ni mucho menos joven. unas facciones que no reconoce y se dice que en realidad, por mucho que lo piense, no existe nada que le interese lo suficiente como para inscribirse a ningún curso. 
-yo lo tenía peor que tú, –continúa diciendo la doctora que se ha tomado la confianza de tutearla- se me notaba mucho más que a ti, te lo aseguro. mucho peor. ahora ya se me está yendo y debo volver a pincharme, pero sí, lo tenía peor. 
-¿en serio? vaya… nadie lo diría. a mí me parece que está todo tan… tan en su lugar. 
la doctora retira el bolígrafo de la mejilla de ona. los surcos vuelven a su lugar y la doctora guarda el espejo. 
-a ti te quedaría igual, igual, igual. igualito. –sostiene – y podrías venir este viernes por la tarde. 
-¿este viernes? pensaba que teníais cerrado. 
-oh no, cariño. ese es el día que más trabajo tenemos aquí. 
ona sale del despacho y se dirige a recepción. hay cambio de turno y la nueva recepcionista está atareada con unos papeles desordenados y un teléfono que suena insistentemente. ona espera delante de ella. 
-un segundo, por favor –le pide la chica, olvidando ese “cariño” por el que seguramente la podrían sancionar. 
-claro. 
tiene el pelo muy largo, oscuro y brillante y viste con un vestido negro que le queda por encima de las rodillas, elegante y ajustado. la hace más mayor de lo que debe de ser, pero aun así es probable que no llegue a los veinticinco, piensa ona. la chica descuelga el teléfono y atiende a la llamada con extrema educación mientras dos hombres entran en ese momento en el centro. uno de ellos tiene unos cuarenta y largos. el otro está en medio de la cincuentena. los dos van bien vestidos con prendas caras y bien conjuntadas. saludan y se quitan las gafas de sol. ona les saluda de reojo, ligeramente incómoda porque preferiría un poco más de intimidad. el más joven la mira un segundo antes de posar su mirada en el escote de la recepcionista. el otro acaba de ver la fotografía aumentada que cuelga encima del sofá. 
-¡cojones! –suelta, entusiasmado -¡qué mujer! ¡qué belleza! 
el hombre más joven mira la fotografía pero no dice nada y se sienta en el sofá, de espaldas a ella, con las piernas separadas y los brazos extendidos a lo largo del respaldo. a ona no le hace falta mirar la fotografía. lo ha hecho cuando entró en el centro y también ella quedó impresionada por la belleza de ese rosto aumentado y retocado. la recepcionista cuelga el teléfono y sonríe a ona. 
-es que joder, es muy guapa, ¿eh? pero que muy guapa. –insiste el cincuentón –vamos, que no me importaría en absoluto conocerla.
la recepcionista sonríe aunque no sabe muy bien si debería o bien debería ignorar los comentarios del hombre asombrado. decide esconder la cara entre su bonito pelo brillante unos instantes, los justos para que el silencio normalice la situación. 
-¿cómo ha ido, cariño? –le pregunta a ona. 
-creo que bien –responde ella en voz baja, sin atreverse a mirar a la chica, incómoda, pequeña, invisible. 
-ah, pues perfecto. 
-sí, perfecto. 
el cincuentón se acerca a la fotografía. su nariz fina y picuda roza casi el cristal que protege el papel. 
-¡madre mía! –exclama de nuevo, maravillado. 
ona quiere marcharse de allí. es lo único que desea hacer ahora mismo, pero la recepcionista debe informarla de los precios. ona no quiere saber los precios. quiere desaparecer. la recepcionista imprime las tarifas, pero el papel se atasca y debe poner de nuevo algunas hojas y darle al botón e imprimir mientras el cincuentón se sienta en el sofá, de cara a la fotografía aumentada y retocada, y asiente con la cabeza, orgulloso, como si fuera el creador de semejante obra de arte. 
-aquí tiene – dice la recepcionista y deja el papel de los precios encima del mostrador, a la vista de todo el que tenga curiosidad por ver. ona quisiera cogerlo y arrugarlo delante de la recepcionista y los nuevos clientes, pero no lo hace. sólo permanece de pie, de espaldas al hombre que contempla una fotografía de alguien que no es real y sigue susurrando cumplidos. la recepcionista coge su fluorescente verde y subraya las opciones de la clienta: 
-un vial son 380 euros y si decidiera hacerse dos pues serían 500. 
ona alarga la mano para coger el papel y marcharse, pero la chica se avanza a su intención y retira la hoja unos centímetros para terminar su explicación: 
-todo con un 5% de descuento incluido en el precio final. la oferta es válida hasta el 30 de septiembre. 
-gracias –acierta a decir ona. 
-¿le doy hora para el viernes, cariño? 
los dos hombres se levantan cuando les toca su turno. se apoyan en el mostrador con los cuerpos inclinados ligeramente hacia adelante. ninguno de ellos ha escuchado el adiós de ona cuando ha pasado por delante de ellos. la recepcionista esboza la misma sonrisa franca y educada que dedica a todos los clientes y se coloca el pelo largo y brillante a un lado dejando el escote más visible. 
ona rompe el sobre con las tarifas nada más salir a la calle. camina unos metros con los trocitos de papel pegados en la palma de la mano sudada antes de encontrar una papelera y depositarlos dentro. siente que tiene un nudo en la garganta, pero ponerse a llorar ahora, de rabia, de impotencia, de vieja, sólo va a empeorar las cosas. llamaría la atención, la gente se giraría a mirarla y puede que algún buen samaritano se acercara a preguntarle si está bien o si necesita ayuda, como si le ocurriera algo muy grave. aprieta las mandíbulas y se pone las gafas de sol. detrás de ellas se permite dejar ir un par de lágrimas que no necesita disimular porque, al igual que ella, también pasan desapercibidas. sigue andando hasta la primera parada de autobús que encuentra y veinte minutos más tarde llega a su casa. 
cinco días después cumple cuarenta y cuatro años. la ola de calor que llevaba instalada una semana ha remitido por fin, pero sigue siendo difícil dormir por las noches. ona se ha despertado dos veces. la primera debido a una pesadilla en la que se miraba al espejo y descubría que tenía sólo media cara. la otra mitad se había convertido en una masa amorfa, llagada y monstruosa. la segunda vez se moría de sed y de calor y se ha levantado a tomar un vaso de agua. empezaba a clarecer. ha salido al balcón y se ha sentado en el suelo, reprimiendo las ganas de fumar. ha decidido dejarlo justo hoy. en la calle apenas pasan coches y mucho menos transeúntes. vuelve a la cama sabiendo que le va a costar dormir de nuevo y después de media hora de dar vueltas y no encontrar la postura ni la tranquilidad necesarias, se levanta y prepara un café que toma en el sofá, mirando las noticias de la mañana. a las nueve en punto la llama su madre. quiere ser la primera en felicitarla, le dice en un tono jovial que no consigue ser convincente. 
-¿nos vemos a las dos? 
-sí, claro. 
-no te he comprado nada, pero verás el sitio al que te voy a llevar. 
-no hace falta que me regales nada, ya lo sabes. 
-bueno, bueno, espera a ver el sitio, creo que te encantará. 
a las dos en punto la hija llama al timbre de la casa de la madre. lleva un vestido azul, floreado, que le aprieta por la cintura. tenía que haberlo tirado hace ya años pero hoy lo vio en un rincón del armario y ha pensado que todavía podría ponérselo. ahora hubiera preferido llevar algo más ancho y discreto. la madre, al verla, le dice que está muy guapa.
-¿te has cortado el pelo? 
-no, está como siempre. 
-no sé, te veo muy guapa. 
van a un restaurante cerca de la casa de la madre. a pesar de tener una salud de hierro y de no haber sufrido nunca ningún susto, la madre de ona se cansa con facilidad y prefiere no alejarse mucho de su casa. siempre que la hija sugiere coger el coche o planear cualquier excursión que se aleje de su barrio la mujer termina su discurso con un “por si acaso” imbatible que hace renunciar a ona de toda iniciativa. 

el restaurante no sorprende a la hija pero cuando la madre, una vez sentadas en una mesa al lado de la ventana, le pregunta, ona miente y dice que es precioso y que los platos tienen muy bien pinta. ona no tiene hambre y juguetea con una sopa fría mientras la madre le cuenta los cotilleos de la escalera y aparta la cebolla de su ensalada a un lado del plato. el restaurante se llena poco a poco de parejas jóvenes y familias numerosas que con sus charlas van enmudeciendo a las dos mujeres. el camarero les pregunta “¿qué tal?” sin esperar respuesta y retira los primeros platos que ninguna de las dos ha terminado. esperan los segundos mirando los demás clientes o por la ventana. es entonces cuando ona reconoce a damián. sin duda es él. puede que más delgado y con más canas, también se ha quitado la barba y no reconoce su camisa a cuadros, pero guarda la misma expresión y el mismo gesto de impaciencia mientras espera poder cruzar la calle. 
-damián –susurra. 
-¿qué? –pregunta la madre. 
ona se levanta. su silla cae al suelo, pero no se detiene a levantarla y dejarla en su lugar. sale disparada y sólo en la puerta se para y vuelve a mirar a damián que ha comenzado a andar, de espaldas a ella. la madre ve a los dos a través de la ventana. ona lleva la servilleta manchada en una mano, pero ninguno de los dos se ha dado cuenta. el camarero se acerca y con cuidado deja los platos humeantes que han pedido encima de la mesa. durante un breve segundo también mira a la pareja a través de la ventana hasta que un cliente llama su atención para que le traiga otro tenedor. ona habla y gesticula. damián asiente, niega y luego vuelve a asentir. los dos miran en dirección a la ventana. la madre levanta la mano para saludarlo, pero el gesto queda a medio camino porque damián sólo ve el cristal oscuro y el sol refleja en su cara. se despiden con dos besos en la mejilla y damián deja su mano en el hombro de ona mientras sus labios rozan la piel de ella. luego se da la vuelta y espera a que el semáforo se ponga en verde y ona regresa al local. 
-damián –susurra la madre. 
ona mira el bistec crudo de su plato y lo aparta a un lado. 
-sí. 
-¿cómo está? 
-dice que bien. 
la madre teme preguntar más de la cuenta. no quisiera reabrir heridas así que pincha un trozo de pechuga de pollo requemada que le sabe a plástico y espera que el silencio con el que han comenzado el segundo plato no se alargue hasta los postres. con el trozo de pollo en la boca piensa que el restaurante no es para tanto, pero tampoco se lo dice a ona, no fuera a pensar que esta celebración de cumpleaños no está a la altura. 
se despiden en el portal de la casa de la madre. ella insiste para que ona suba un rato, pero la hija dice que no puede, que ha quedado con una amiga y que no le da tiempo. la madre dice que lo entiende, que no pasa nada, que vaya vida más ajetreada lleva y que está muy guapa, repite por segunda vez. 
-¿seguro que no te has hecho nada en el pelo? 
ona asegura que la llamará mañana, le da un beso y acelera el paso hasta que gira la esquina y puede dejar de fingir que tiene prisa. se detiene en mitad de la calle y se desabrocha un botón del vestido con la intención de poder respirar mejor. no ha quedado con ninguna amiga. tampoco ha dejado de pensar en damián desde que lo ha visto esperando en el semáforo. también él le ha dicho que estaba muy guapa y que cómo hacía para mantenerse tan bien. ona ha sentido que la tela del vestido estrangulaba su cintura. 
-bueno, -ha dicho al ver que damián esperaba realmente una respuesta, un secreto, un truco– he dejado de fumar. 
-vaya, no sabía que fumabas –ha contestado él. 
ona hubiera querido decir que había mucho más que él desconocía. él hubiera querido proponer de quedar algún día de estos y ponerse al día. ella hubiera querido contarle que hay una grieta en la habitación y que está a punto de tocar el suelo, pero que se ha acostumbrado a ella. 
-en realidad, me he puesto ácido. 
damián sigue sonriendo, sin entender muy bien qué quiere decir ona. luego se han despedido y la mano de él ha descansado un segundo en el hombro de ella. 
ona desabrocha otro botón y luego un tercero. un hombre joven que pasa por su lado la mira y se detiene a cierta distancia al ver que la mujer va a por el cuarto. el vestido cae al suelo y la mujer se queda en ropa interior desconjuntada y descolorida, sujetando su bolsito de tela, mirando el tramo de calle que le queda por recorrer hasta llegar a la suya. el hombre joven se aparta unos pocos pasos cuando la mujer pasa por su lado, sin ni tan siquiera notar su presencia, huele a perfume caro y tiene los ojos brillantes. luego también él reinicia su camino girándose de vez en cuando, tentado en recoger el vestido, hasta que la pierde de vista.