06 julio 2015

no se portó bien

-marina parece buena persona –dice mi madre en la cocina. le sirvo más agua, aunque puede que le viniera mejor cualquier otra bebida, más fuerte, con más graduación, algo que la deje amodorrada en la cama unas horas, pero ella me ha dicho que no dos veces. asegura estar bien y prefiere agua. puede que tema la mezcla del alcohol con las pastillas que he visto en su mesilla de noche cuando fui a guardar su jersey y de las que no me ha hablado en ningún momento. también podría ser que con el revuelo que hay en casa se haya despistado. hay otros temas más importantes y nadie podría culparla por tomar pastillas en esta situación. también el médico me las quiso recetar a mí a pesar de mi insistencia en asegurar, como mi madre cuando le doy el vaso de agua, que me encontraba bien. 
-no he hablado mucho con ella, la verdad –contesto yo, un tanto seco. no es la respuesta que ella quisiera escuchar. no hoy. hoy tendría que estar todo en orden. todos tendríamos que llevarnos bien, saludar a los parientes lejanos, ofrecerles más bebida y comida y, una vez solos, quedarnos un rato en el salón, viendo cómo anochece, sin hablar mucho, lo justo, de temas banales como que la prima olivia está cada vez más gorda o el tío rafael ha bebido más de la cuenta. luego prepararíamos una cena ligera aunque a ninguno de los cuatro nos apetezca comer y, finalmente, más temprano que tarde, acompañaríamos a nuestra madre a la cama y le susurraríamos al oído las cosas que se suelen susurrar en estos casos. eso de que estamos aquí para lo que necesite y que no debe preocuparse por nada. sin embargo yo le contesto que no he hablado mucho con marina, indicando explícitamente, y así espero que lo entienda mi madre, a pesar de ser consciente de que hoy no es el día, que no voy a afirmar, así, sin más, que me parece una buena persona. 
-pues deberías –dice ella, dando por finalizado el tema y tragando un sorbo del vaso de agua. luego vuelve al salón, aunque sólo es capaz de dar una decena de pasos hasta el pasillo. marina consigue abrazarla antes de que se caiga al suelo sin hacer casi ruido. mis primas y tíos, los primeros en darse cuenta, se arremolinan alrededor de las dos mujeres que parecen estar bailando un vals y la vecina de delante grita que se aparten todos, que dejen espacio para que mi madre pueda respirar y que le lleven una silla para poder sentarla. mi hermano y yo corremos a ayudar a marina que, tambaleándose, apenas es capaz de soportar el poco peso de mi madre. yo llego antes y sujeto a marina por la cintura. mi hermano, a escasos pasos, se queda parado unos instantes sin saber qué hacer. termina por dejar que sea yo quien dirija la operación y obedece cuando le digo que vaya a por agua. poco a poco mi madre recupera su color y consigue murmurar que está bien, que no ha sido nada, una bajada de presión sin importancia. los invitados aprovechan para decidir que es mejor dejarla reposar e irse a sus casas. al fin y al cabo las bandejas de comida están vacías y hay un partido de fútbol que empieza en una hora. 
-le conviene descansar –aconsejan los más expertos, ya en la puerta, dándome un abrazo, una palmadita en la espalda o un beso en la mejilla. 
-es una suerte que estéis todos con ella. en momentos así la familia es lo que cuenta. es lo más importante de todo –dicen otros y miran hacia el interior de la casa donde se supone que está lo que queda de mi familia. yo asiento, digo que sí cuando hay que decir que sí y no cuando esperan un no, devuelvo los abrazos, las palmaditas y repito una veintena de veces que muchas gracias por venir y por las flores. cuando cierro la puerta por última vez veo a marina y a mi madre sentadas en el sofá, en silencio, cogidas de la mano. mi hermano ha empezado a recoger los vasos y las bandejas que lleva a la cocina a paso rápido, como si después de terminar esta tarea tuviera una larga lista de otras tareas domésticas por hacer. puedo adivinar, sólo con mirarle de reojo, que está nervioso y deseando salir de esta casa. puedo adivinar también que cuando termine de amontonar bandejas en la cocina, mal puestas, una encima de la otra, a punto de caerse, sin saber dónde guardamos los vasos ni donde está el lavavajillas, cogerá su chaqueta y nos dirá que sale a tomar algo. pienso si marina lo acompañará y si mi madre, justo en ese momento, rememorará las disputas entre mi padre y él cada vez que éste anunciaba que salía a tomar algo con sus amigos. me siento al lado de las dos mujeres y le pregunto a mi madre cómo está y si necesita algo. 
-estoy bien. lo que necesitaría es que dejarais de preocuparos –dice lo suficientemente alto como para que mi hermano, aún en la cocina, escuche su ruego. 
-en ese caso –salta él desde la habitación de al lado, dándose por enterado y no desaprovechando la ocasión que buscaba- no te importará si marina y yo salimos un rato para que nos dé el aire. 
-no, claro que no me importa. 
-yo prefiero quedarme –dice marina. 
-no mujer, sal un rato. has estado todo el día encerrada, primero en la iglesia, luego aquí. te vendrá bien distraerte y así ves la ciudad donde nació y creció miguel. 
-prefiero quedarme –repite marina- en serio. no me apetece salir. 
-ya ves qué poco interés tiene, mamá, en saber de dónde salí –dice mi hermano con un trapo húmedo que cuelga de su hombro y que me pregunto si sabe para qué usarlo 
-¿te apetece a ti? 
-no creo que sea buena idea dejar aquí a solas a mamá y a… pero mi madre no deja que termine la frase. 
-por el amor de dios, ya está bien. soy viuda pero no una inválida. además, así aprovecharé para conocer un poco a marina y saber qué vio en ti. 
marina sonríe, mi madre también y miguel me mira esperando mi respuesta.
salimos diez minutos después. mi hermano enciende un cigarrillo antes de salir del portal y me ofrece uno. niego con la cabeza. me dice que hago bien, que él quiere dejarlo y que de hecho lo intentó un par de veces antes de conocer a marina, pero que por un tema u otro siempre acaba recayendo. los nervios y el estrés, se justifica sin mucha convicción, como si fuera a juzgarlo o a recriminarle su poca falta de voluntad. pero no digo nada. me limito a asentir, sonreír, decir sí o no cuando él espera que yo diga sí o no. él va de un tema a otro, todos ellos sin demasiada importancia para mí, aunque me pregunto si a estas alturas, después de tanto tiempo sin saber de él, hay algún tema que me interese. me informa que se cambió el coche y que cuando vuelvan a casa le pedirá a marina que se mude con él. un año y medio juntos, ya va siendo hora de sentar la cabeza, dice. la conoció a través de un amigo en común y para esos entonces ella estaba casada con un comercial que se pasaba el tiempo viajando. puedo imaginarme el resto de la historia y él tampoco se aventura en contarme nada más, no sé si por pudor, por ser algo entre marina y él, o porque se da cuenta de que no me importa en absoluto. tal vez por eso me invita a entrar al primer bar que encontramos. es preferible beber que hablar. en esto estoy seguro que coincidimos los dos. pedimos dos cervezas y nos sentamos en la barra, en silencio. pasa apenas un minuto hasta que él saca su paquete de cigarros, extrae uno y dice que vuelve enseguida. me da una palmadita en el hombro antes de levantarse del taburete e imagino que apenas le da cuatro caladas porque vuelve rápido y cuando se sienta, como si la nicotina le hubiera dado el valor suficiente, se atreve a preguntar: 
-bueno, y tú qué. no me has contado nada de tu vida. ¿cómo va todo? 
ha envejecido mal. es cuatro años mayor y sin embargo parece que tenga diez más. tiene entradas y más canas que el pelo negro que solía lucir, la piel demasiado quemada por el sol y cuando sonríe, como ahora, esperando mi respuesta, deja ver sus dientes torcidos y amarillentos, probablemente de tanto fumar. él espera y yo lo miro sin decir nada. él se cansa de esperar y mira su botella de cerveza. la coge con sus grandes manos, las mismas que podrían romperme la nariz si él quisiera, y la hace girar un par de veces, sorbe y la vuelve a dejar en la barra. luego tose, sólo para que su pregunta no quede sin contestar. 
-toda va bien. tengo un buen trabajo y un buen coche –digo. 
él se ríe estrepitosamente. se echa hacia atrás y casi se cae del taburete. 
-muy bueno, sí señor. así que mi hermanito pequeño tiene un buen trabajo y un buen coche, ¿eh? bueno, eso está bien. muy pero que muy bien. quien lo iba a decir, ¿eh? un coche y un trabajo. 
se está burlando. sé que se está burlando y que podría seguir así un buen rato más. algunos clientes nos miran. yo bajo un poco la cabeza. él decide callarse y no pregunta nada más ni yo tampoco. bebemos sin mediar palabra, despacio. él pide otra ronda cuando terminamos la primera y yo una tercera. después digo que deberíamos volver. en otros tiempos se hubiera asegurado de hacer saber a los demás clientes que su hermano es un aguafiestas que siempre le jode los planes y la diversión, hubiera pedido dos rondas más para luego ir a otro bar, sin mí, pero hoy contesta que sí, que mejor será volver a casa. insiste en pagar. vuelve a hacer alusión a su hermanito pequeño cuando deja un billete de cincuenta en la barra y me dice que me espera fuera, fumando. yo recojo el cambio que me guardo en el bolsillo del pantalón, voy al baño y me miro al espejo. tengo ojeras y siento que necesito dormir diez horas seguidas para recomponerme de las últimas noches en el hospital, pero que tampoco esta noche voy a poder descansar lo suficiente. 

-¿cuántos años tenía? –pregunta miguel antes de llegar a casa. 
-¿quién? 
-papá. 
pienso que muy pocas veces lo había llamado papá. tenía un gran repertorio de motes y apodos, pero casi nunca papá. y casi nunca agradables. 
-sesenta y nueve. 
-¿sufrió mucho? 
-los médicos dijeron que no, que no se dio cuenta de nada. 
-eso es lo que dicen siempre. nunca sufren. casi dan ganas de morirse. 
yo no digo nada. él enciende el último cigarrillo antes de entrar en casa y, negando con la cabeza, repite: 
-sesenta y nueve años… vaya con el viejo. 

marina se levanta del sofá al vernos y nos saluda. paso por su lado y puedo oler el mismo perfume que usa mi madre para ocasiones especiales como bodas y funerales. imagino que habrá estado abrazándola durante un buen rato y se le habrá pegado el olor o bien que habrá husmeado en el baño y el resto de habitaciones mientras ella dormía y nosotros estábamos fuera. puede incluso que haya entrado en mi habitación y se haya parado a ver los posters descoloridos que aún cuelgan en la pared. ella besa a miguel, lo coge de la mano y lo conduce hacia el sofá. le acaricia el pelo y le pregunta cómo está. él no contesta, pero pregunta por nuestra madre. 
-está durmiendo ya. estaba cansada. tomó una pastilla antes de meterse en la cama. no cenó nada –dice, y me mira esperando, tal vez, mi aprobación. yo sonrío aunque me quedo callado delante de los dos, sin saber si debo sentarme con ellos, si quieren hablar de lo que va a pasar a partir de ahora, si es que se han parado a pensarlo en algún momento, o bien si debo dejarlos solos. tampoco ellos parecen saber cómo actuar. 
-bueno, -dice finalmente mi hermano- yo no sé vosotros, pero ha sido un día larguísimo y estoy agotado. me voy a dormir. ¿nos veremos mañana? 
-claro. me gustaría despedirme de vosotros –respondo sin mucha convicción. 
-y nosotros de ti -dice marina. 
-nos levantaremos pronto. queremos marcharnos temprano –avisa mi hermano. 
-claro, sin problema. yo tampoco creo que vaya a poder dormir mucho–digo, imaginando que nuestros motivos para dormir poco van a ser muy distintos.
los dos suben a la antigua habitación de miguel, justo al lado de la mía porque en algún momento a mis padres les pareció que teniendo las habitaciones contiguas íbamos a pasar más tiempo juntos jugando. puede que no pensaran que en vez de jugar prefiriéramos pelear. oigo como los dos cuchichean en la escalera, marina ahoga su risa y manda a callar a mi hermano, que se ríe con menos disimulo. luego cierran la puerta y sólo se escucha el tráfico, lejano y escaso, típico de un vecindario tranquilo y residencial. me quito los zapatos y me tumbo en el sofá. contemplo las sombras alargadas del salón y pienso en el tiempo que tardará mi madre en recuperarse, en acostumbrarse a estar sola en esta casa, ahora más grande aún de lo que era hace una semana. pienso que tendré que hablar con ella, más adelante, sobre la posibilidad de venderla, de tirar cosas y empaquetar otras y mudarse a un piso más pequeño, en el centro. un sitio sin escaleras ni bañera ni recuerdos. también pienso en mi hermano, ahora abrazado a marina en una cama individual de colchón viejo y gastado, esperando que marina le diga que sí, que se va a vivir con él cuando éste le pregunte y celebrándolo en algún restaurante de esa ciudad donde viven y a la que no me ha invitado nunca. 
me quedo adormilado entre un pensamiento y otro sin haber resuelto nada. no sé cuantos minutos o horas han transcurrido cuando me despierta la luz de la cocina. pienso en mi madre y me apresuro hacia allí pero no es ella sino marina que bebe un vaso de agua. está despeinada y lleva una camiseta grande que le llega hasta las rodillas. imagino que la habrá rescatado del armario de miguel, de cuando todavía usaba este tipo de prendas, grandes y oscuras y con extraños nombres de música que sólo escuchaba él y sus desconocidos amigos. 
-perdona, pensaba que eras mamá –digo fijándome en las uñas de sus pies, pintadas de rojo y redondeadas. 
-lo siento. ¿te he despertado? no sabía que estabas aquí abajo todavía. de saberlo hubiera tenido más cuidado. 
-no pasa nada. estaba tumbado en el sofá. no podía dormir. 
-es normal. miguel tampoco puede. ¿quieres agua? 
digo que sí. ella continúa: 
-siento mucho lo de tu… lo de vuestro padre. no lo conocí, pero a veces miguel hablaba de él. 
me sorprende escuchar esto y le preguntaría qué le ha contado exactamente mi hermano sobre papá, si alguna vez le dedico algún comentario medianamente bueno, pero ella sigue hablando y prefiero no interrumpirla ahora. 
-de ti me habla mucho. 
-¿de mí? 
-sí, de ti. 
-vaya… 
-no se portó bien contigo y lo sabe. 
-bueno, de eso hace ya mucho tiempo. 
-él sigue acordándose. 
ella calla y yo bebo más agua. 
-bueno... creo que voy a subir, ya. mañana nos toca madrugar. 
tiene los ojos grises, los hombros caídos y a través de la camiseta se le adivina un poco de tripa que sobresale. 
-¿vais a tener un hijo? –le pregunto sin pensar. ella baja la mirada hasta la tripa abultada y coloca sus manos sobre ella. 
-no, que yo sepa. 
intenta sonreír. 
-lo siento –digo al tiempo que siento que me estoy ruborizando -qué torpe soy. lo siento de verdad. no quería ofenderte. 
marina sigue sonriendo y niega con la cabeza, dando a entender que no pasa nada, que puede incluso que sea culpa suya por haberse descuidado un poco en los últimos meses. luego se da la vuelta y abre un par de armarios buscando algo, no sé si para mí o para ella. yo me acerco hasta el punto de volver a oler el perfume suave de mi madre en ella. la rodeo con mis brazos y reposo mis manos en su tripa, imitando su posición de hace unos segundos. su cuerpo se tensa, pero no se mueve ni tampoco dice nada. decido avanzar un poco más y beso su nuca, su cuello y sus hombros y presiono más fuerte su cuerpo contra el mío. es entonces cuando empieza a moverse, primero suavemente, luego forcejea y dice que no, que la suelte, que pare, pero yo no oigo nada, no comprendo sus quejas, la aprisiono entre mi cuerpo y los muebles de la cocina y mis manos se deslizan hacia sus pechos. ella cocea inútilmente y lloriquea hasta que logra bajar su cabeza hasta mi brazo y morderlo con fuerza. gritaría, pero eso despertaría a todos. suelto mis brazos de su cuerpo, la dejo ir y doy un paso hacia atrás. me miro el brazo, con la marca ensangrentada de sus dientes en la piel. ella aprovecha para apartarse con rapidez, se estira la camiseta hacia abajo y se aparta el pelo de la cara. me mira un solo instante con una mezcla de terror, incredulidad y asco. pienso que va a decir algo, que me insultará o me dará una bofetada, pero no hace nada de esto. sólo respira agitadamente y me mira hasta que se da la vuelta y sube corriendo las escaleras de dos en dos y la pierdo de vista. mientras intento recuperar un ritmo de respiración pausado observo que también tengo un arañazo largo y fino en el otro brazo. abro el grifo, coloco mi cara debajo y dejo que el agua helada me tranquilice. en mi cabeza repito una y otra vez, como un eco, la frase que ella ha pronunciando hace apenas unos instantes, cuando todo lo que sabía de mi era a través de miguel: “no se portó bien contigo y lo sabe”. 

me despierto muy tarde, a pesar de que antes de acostarme puse el despertador que he terminado por ignorar un par de veces esta mañana. estoy empapado en sudor, la almohada está en el suelo y las sábanas arrugadas a mis pies, pero por fin me siento descansado, como si hubiera estado durmiendo muchos días seguidos en medio de unas placenteras vacaciones. mi estómago ruge de hambre y pienso en que llevo unos días sin casi comer y en que voy a prepararme un desayuno abundante. inmediatamente después me viene a la cabeza el episodio de hace unas horas en la cocina con marina y me levanto deprisa, sobresaltado, con el corazón disparado y el temor de que alguien más se haya enterado. me mareo al levantarme y debo apoyarme a la pared unos segundos para evitar caerme al suelo. cuando consigo fijar la vista avanzo unos pasos, abro la puerta de mi habitación y voy hacia el pasillo. estoy atontado y me cuesta identificar los sonidos que vienen de la planta de abajo. primero pienso en un niño pequeño o en un gato perdido maullando por la casa, pero no, los gemidos son de un adulto. entro rápido en la habitación y me pongo los pantalones que llevaba en el funeral. quisiera que se me ocurriera alguna idea sobre qué debería hacer o qué ocurrirá cuando baje, pero lo único que hago es ponerme más nervioso y termino tropezando con la silla del escritorio. maldigo la puñetera silla y el resto de mobiliario de la casa hasta que salgo de nuevo al pasillo. bajo las escaleras deprisa, de dos en dos. me cuesta poco vislumbrar a mi madre, en un rincón, de pie, al lado de la ventana que da a la calle. 
-buenos días –le digo. ella se gira hacia mí, sonríe y se seca rápidamente las lágrimas. 
-¿has dormido bien? –pregunta. 
-¿y tú? 
contesta que sí, aunque imagino que es mentira y que sólo lo dice para tranquilizarme. me acerco a ella y la abrazo hasta que siento la humedad de sus lágrimas en mi pecho. sé que por mucho que la consuele su pena no va a desaparecer y sin embargo le susurro que está bien y que pronto estará mucho mejor. ella asiente con la cabeza aún escondida entre mis brazos. 
-¿te apetece comer algo? 
le digo que sí y vamos los dos a la cocina, ella delante, a paso lento, casi titubeante, como si hubiera olvidado dónde está cada habitación en la casa. sé que es imposible, que en una noche no ha cambiado nada, pero la veo más pequeña, encorvada y encogida y pienso que voy a tener que quedarme un par o tres de días más ya que una visita por la tarde, al salir del trabajo, ni que sea cada día, no va a ser suficiente. 
en la pila del fregadero veo dos tazas sucias con restos de café. marina y miguel han desayunado antes e intentando escoger bien las palabras para que suenen casuales le pregunto a mi madre si han salido. evito usar sus nombres. evito rememorar sus caras y sus gestos. 
-se han marchado –responde ella. sus ojos vuelven a humedecerse pero esta vez no se esconde cuando la primera lágrima resbala por su mejilla. 
-¿no van a volver? –me atrevo a preguntar de nuevo, pero ahora fijo la mirada en las dos tazas para no tener que verla llorar. 
-ni tan siquiera pude despedirme de ellos –gime ella. no soy capaz de abrazarla ni mucho menos consolarla. me limito a ir hacia la mesa, apartar una de las sillas ruidosamente y dejarme caer, aliviado y hambriento. 
-bueno… - es lo único que digo, en forma de susurro. un “bueno” alargando las vocales, agradecido, tajante, como un punto y final a los días de hospital, a la espera, a saber el diagnóstico, a la llamada a mi hermano para avisarle de la gravedad del asunto, el encuentro seco e incómodo, después de tantos años, a la presentación escueta de marina en la iglesia, a su mirada aterrorizada y a su marcha, por no llamarlo huida, precipitada de esta mañana. 
aparto otra silla para que mi madre se siente a mi lado. ella obedece sin dejar de llorar. pongo mi mano encima de su hombro huesudo. es lo único que me atrevo a hacer. poco a pocos sus sollozos son cada vez más pausados y pienso que deberíamos salir a dar un paseo o a comer algo juntos en algún lugar tranquilo. me digo que cuando se calme se lo propondré y ella dirá que sí. mientras tanto pienso en los dos, en marina y miguel, en su coche, de camino a casa, a toda velocidad, callados y tensos. o tal vez todo lo contrario. me pregunto qué le habrá contado ella a él. qué habrá estado pensando toda la noche para conseguir que mi hermano haya decidido largarse y no haya venido a mi habitación de madrugada a partirme las piernas. me pregunto si habrá tenido que rogarle y si lo ocurrido anoche va a cambiar algo en sus planes para vivir juntos. y sin sorprenderme en absoluto ante mi reacción pienso que me da exactamente igual marina y miguel, lo que hagan, lo que se hayan dicho, la mentira que se irá haciendo grande y con la que tendrán que vivir los dos a partir de ahora. y puede incluso que mientras esté fantaseando con sus futuras disputas, silencios o portazos y lloros tenga una sonrisa discreta en mi cara, la primera en muchos días, aquí, en la cocina, donde empezó todo, al lado de mi madre que, con las mejillas húmedas y los párpados hinchados, me mira atenta e intenta también sonreír.

19 mayo 2015

en cinco años me daría miedo seguir aquí 
así 
con las manos apoyadas en la cintura 
los labios morados de ansia 
la sonrisa torcida porque no siempre fue fácil mantener el equilibrio 
la mirada apuntando lejos, más, más lejos aún 
ahí, justo donde sólo alcanzo imaginando, esperando
intuyendo desde hace mucho que no va a llegar 
que en realidad nunca llega 
que eso era un cuento chino que contaban los mayores para que me fuera a dormir antes, más tranquila y les dejara a ellos, más tranquilos, hablar de sus cosas. cosas serias. cosas de adultos. cosas. 
y si llegase 
si por un casual 
si eso que imagino y espero con las manos agrietadas, temblorosas, apoyadas en la cintura ancha, abultada, llena de líquidos tibios y papilla agria
los labios resecos de rememorar historias que enterré a pulso, a ciegas 
la sonrisa, qué sonrisa 
la mirada apuntando lejos 
a los pájaros que huyen 
la mirada apuntando lejos, más lejos 
al cielo sordo que sólo contempla 
la mirada apuntando lejos, más, más lejos aún 
a la grieta que se ensancha con cada renuncia, rumor, súplica, perdón. 
si eso llegara por fin 
un día de esos inesperado en los que salí a por flores 
y regresé con piedras pesadas 
yo me quedaría muy quieta, sentada en mi silla y admitiría, no sin cierto rubor, que sí, que me tragué el cuento chino, los reyes magos, los niños de parís, la fábula del esfuerzo y la constancia, del amor que todo lo puede, del dar y recibir, del hoy por ti y mañana 
mañana, mañana, mañana. 
y luego me callaría y me pararía a observar cómo todo brota y verdea 
y aplaudiría como un crío chico que alza su primer castillo de arena sin pensar que las olas ablandan y engullen. 
y puede, sí, podría ser, que en el algún momento 
entre desplome y acierto 
vértigo y suelo 
dudara de si es verdad, de si es para mí, de si va a servir
de si va a durar. 
si eso llegara 
ni que fuera en veinte años 
me daría menos miedo seguir aquí 
así 
con las ideas asfixiando las ganas 
el corazón palpitando, sano, hacia la plaga 
el eje asentado justo en el linde de lo que cae 
y lo que se estrella 
pero, ciertamente, sería menos miedo 
menos que ahora 
aquí 
así 
y veinte años, al fin y al cabo, no son casi nada.

04 mayo 2015

una cucharilla de café

que la señora dorotea garro lleve tres minutos mirando fijamente la pared blanca que tiene delante es algo poco habitual. en su bolso lleva dos gruesos libros: uno se lo recomendó su marido. es la biografía de un exitoso y famoso hombre de negocios que murió recientemente después de sufrir una penosa y larga enfermedad. el otro lo compró ella la semana pasada para fines laborales aunque todavía no lo ha empezado y sin duda ahora sería un buen momento para hacerlo, si no fuera porque está mirando la pared blanca. también lleva en su bolso el móvil, una libreta sin estrenar y las notas que su secretaria le ha impreso para la conferencia a la que asistirá esta tarde. pero la pared blanca es más poderosa que todos los libros, apuntes y aparatos tecnológicos. 
la idea es tan ridícula que no entiende cómo ha llegado a ella ni cómo puede ser que haya dedicado tres minutos exactos pensando en cómo proceder: una cucharilla de café en la mesa, junto a su tacita blanca, pequeña y sucia, ni tan siquiera bonita, con los gérmenes y bacterias de un cliente anterior que no ha visto ni mucho menos conoce. en eso está pensando mientras mira la pared blanca. una cucharilla que seguramente no cuesta más de dos euros y que podría hacerle pasar el ridículo más espantoso de su vida. una cucharilla que, inesperadamente, se ha convertido en un trofeo. es muy ridículo. es muy ridículo porque con su sueldo podría comprar un centenar de cucharillas no como esa, sino de plata, con el escudo de la familia grabado si así lo deseara. es muy ridículo porque en su vida se le ha ocurrido sustraer algo de alguien porque sí, sin motivo ni justificación. porque desde pequeña le enseñaron que este tipo de cosas no se hacían y nunca lo había cuestionado. es muy ridículo porque debería estar usando este poco tiempo libre que tiene, entre llamadas y emails y reuniones, para hacer algo más que observar la pared blanca y pensar en que lo más conveniente sería envolver la cucharilla con una servilleta de papel y luego, rápidamente, meterla en su bolso. sí, eso sería lo mejor. sobre todo rapidez, sin titubeos, pero sin llamar la atención. es todo tan ridículo que alarga la mano, alcanza el servilletero metálico y de él extrae tres servilletas finas, se pone el bolso en el regazo, lo abre de par en par y mira a su alrededor. 
-¿me llevo todo esto? –le sorprende un chico, justo a sus espaldas, con marcas de acné en las mejillas y delantal verde, sujetando una enorme bandeja con algunas tazas y platos. dorotea reprime dar un saltito sobre su silla. 
-sí, por favor. llévate todo. 
el chico recoge la cucharilla de café y la taza del cliente anterior, pasa la bayeta y mira la taza de dorotea aún medio llena que termina también por colocar encima de la bandeja. la mujer, nerviosa, saca un par de monedas de su monedero y las deja en la mesa. el chico dice algo del cambio, pero ella ya se ha levantado y se dirige a la puerta, a paso rápido, recordando todos los temas pendientes que debería estar terminando ahora mismo en la oficina y que menuda ridiculez, menuda tontería. ¿cómo se le ha podido ocurrir algo así? una cucharilla de café. es para morirse de risa. 

al llegar a su amplio despacho, su secretaria, la tercera en un año, le pone al corriente de lo que ha ocurrido mientras estaba fuera. se hace evidente que la chica está incómoda, que la teme incluso, porque apenas le mira a los ojos, carraspea y le tiembla ligeramente la voz al transmitir los mensajes, ordenados de urgentes a innecesarios según su propio criterio, que no suele coincidir con el de su jefa. la señora garro es consciente del temor que provoca, especialmente a los nuevos, y reconoce que no le disgusta en absoluto causar esta reacción a los que dependen de ella. alguna vez ha declarado ante sus colegas más cercanos que con su actitud fría y cortante consigue que el trabajo se desarrolle de una manera eficaz y en silencio, algo, esto último, que siempre ha considerado un verdadero regalo y que algunos, menos diplomáticos, dirían que roza la obsesión. mientras la secretaria le recuerda la reunión de consejo de esta tarde, garro la interrumpe y le dice que puede marcharse y que no le pase ninguna llamada. la secretaría quisiera asegurarse de que ha dicho ninguna llamada, pero teme una contestación airosa, o peor aún enfurecerla, de modo que cierra la puerta con suavidad y se dirige a su mesa de trabajo esperando que en toda la tarde nadie vaya a llamar a la puta ésa, como suele llamarla en sus círculos más cercanos cuando debe referirse a ella. dorotea garro saca de su bolso el móvil y los apuntes de la conferencia. al mirar la pantalla comprueba que pelayo, su marido, ha llamado dos veces e imagina que es para recordarle la cena de esta noche con uno de los socios de él y su tercera esposa. antes de devolverle la llamada se sienta encima de la mesa de roble oscuro y mira por la ventana de ese décimo piso en el que se ubica su despacho. un piso más arriba se encuentra el despacho del director general con quien mantiene una relación excelente y quien ha reconocido en más de una ocasión, en medio de cualquier reunión o delante de cualquier accionista, sin pudor alguno, que garro es la directiva más brillante de toda la compañía. el móvil vuelve a sonar. 
-te he llamado dos veces, ¿dónde estabas? 
-fui a tomar un café. 
-¿y no podías contestarme? -estaba ocupada –miente la mujer cuando pelayo le pregunta. 
-he reservado mesa a las diez. ¿te va a dar tiempo? 
-sí, supongo, y en el caso de que la conferencia se alargara me marcharía antes. 
-¿estás segura? 
-claro, no es importante. ¿dónde has reservado? 
-en el mismo sitio que la semana pasada. dijiste que te había gustado y pensé que… 
-¿al que fuimos con jaime? 
-no, al otro. al que fuimos a cenar, cerca de mi trabajo. césar y herta nos esperan allí. 
-de acuerdo, nos vemos allí pues. tengo que colgar, estoy muy liada. 
la mujer pone el móvil en silencio y mira su reloj. falta todavía una hora y media para la reunión, tres para la conferencia y tres para la cena. teniendo en cuenta, asume, que la reunión de consejo será una gran pérdida de tiempo donde hablarán los de siempre sobre temas vagos y sin interés, no es necesario preparar ningún resumen de cuentas ni informe y podrá limitarse a repiquetear su estilográfica encima de la mesa y a poner en duda las disparatadas propuestas de los que todavía tienen que probar que su puesto en la empresa es imprescindible. esto le deja un generoso margen de tiempo libre y sin darse un minuto más para pensarlo de nuevo, coge su bolso y sale del despacho. la secretaria, al verla, cuelga el teléfono y espera indicaciones pero garro pasa por delante de ella a toda prisa, sin mirarla ni tampoco detallar adónde va a estar o cuándo va a volver. 
-la puta ésa, qué harta estoy de ella, en serio –continúa diciendo la chica cuando vuelve a coger el teléfono y su interlocutor pregunta por qué ha tenido que colgar tan de repente. 

con la misma seguridad con la que ha salido del edificio dorotea descarta un par de locales que le parecen demasiado próximos a su oficina -y por lo tanto con la posibilidad de encontrarse con alguna cara familiar- demasiado pequeños o demasiado llenos. caminar sin rumbo fijo tampoco es algo a lo que esté acostumbrada, a no ser que se encuentre de vacaciones y tenga todo el tiempo del mundo disponible, y quizá por eso empieza a dudar y a sentir esa sensación de estar haciendo el más bochornoso ridículo. a su edad. con un nivel avanzado en inglés y alemán, un máster, un divorcio, un ático recién reformado y un apartamento en las montañas, treinta y seis años de ascensos y promociones, todos los continentes visitados y una suma de kilómetros viajados que bien podrían equivaler a dos vueltas al mundo. y por fin lo encuentra. en una esquina entre dos calles poco transitadas. desde fuera parece grande, pero al entrar se siente decepcionada o más bien enfadada consigo misma por no haber sabido escoger un sitio mejor. el sonido de la campanilla encima de la puerta de entrada hace que la camarera levante la cabeza de la revista que está leyendo y saluda a su clienta alegremente, con un tono de voz que garro considera demasiado alto. la mujer le devuelve el saludo, menos efusivo, y gira la cabeza hacia las mesas vacías y limpias, sin restos de tazas ni cucharitas de café. 
-siéntese donde quiera- grita la chica desde el otro lado de la barra. dorotea vuelve a mirar el local. ahora quisiera marcharse y seguir buscando otro sitio, pero la chica vuelve a hablar y sabe que su sentido del decoro, heredado de su madre, va a hacer que se quede. 
-¿qué va a tomar? –pregunta- la especialidad de hoy es la sopa de cebolla. aunque quizá es muy tarde para eso pero nunca se sabe. aquí hay gente que almuerza a las cuatro y media y otros a las doce. por eso yo pregunto, por si acaso. 
dorotea se limita a contestar que tomará un zumo de naranja, sin saber si la camarera espera que ella aporte algún dato más acerca del variado horario de almuerzo de la clientela de la cafetería. 
-ahora mismo se lo llevo –dice la chica, sin muestras de decepción por la escueta contestación de garro. 
opta por la mesa del rincón, con dos sillones marrones en vez de las sillas de madera. considera que los respaldos altos de los sillones van a ser una ventaja, como mullidos escudos que la harán invisible de los posibles consumidores que ahora mismo brillan por su ausencia. una vez sentada, abre el bolso y mira su móvil. no hay llamadas y todavía falta una hora para la reunión de consejo. todo bien. pero las cosa no salen bien. tres chicos que dorotea supone deberían estar en la universidad o trabajando entran al poco rato y se sientan en la mesa contigua y aunque ninguno de ellos repara en la mujer, ella presiente que lo harán justo cuanto coja la cucharita para introducirla en su bolso. cucharita que, por otra parte, no viene con el zumo de naranja que ha pedido y que debe reclamar expresamente a la camarera, junto a un sobrecillo de azúcar para disimular. 
-perdone, es que casi nunca me piden azúcar para el zumo y una se acostumbra a que todo el mundo lo tome igual, como si a todos nos gustara lo mismo, ¿sabe? aunque estas son unas naranjas muy dulces. nos las traen directas del campo, sin intermediarios. ya verá cómo el sabor no tiene nada que ver con las del supermercado, pero aquí tiene –dice entregándole dos sobres de azúcar- por si no se convence el sabor. oh, y aquí tiene la cucharilla. espere, le daré otra. esta veo que está muy ennegrecida. qué raro, no sé de qué puede ser. 
garro regresa a su mesa vencida. ha pasado de ser una anónima clienta a la propietaria temporal y exclusiva de una cucharilla escogida especialmente por una camarera que no aprueba el azúcar en el zumo de naranja. bajo estas circunstancias se hace imposible pasar desapercibida y mucho menos llevarse una cucharilla. el insignificante hurto sin importancia llevaría su cara y de vuelta a la mesa reconoce que sentiría demasiada vergüenza cuando por la noche, entre sus sábanas de seda de la china, se acordara de esa desgraciada que comparte el secreto, la debilidad, puede que la enfermedad -si esta actitud permanece- con ella. así que dorotea termina por tomarse el zumo de naranja mirando la pared asalmonada que tiene a su derecha, escuchando la conversación de los tres chicos que de vez en cuando nombran las virtudes de un equipo de fútbol o las excelencias de una chica y cuando se marcha de la cafetería, agotada y sin ganas de volver al despacho, la camarera recupera los dos sobrecillos de azúcar sin abrir y la cuchara limpia y piensa que el mundo sería un lugar mucho mejor si la gente supiera lo que quiere, al menos a la hora de tomarse un simple zumo de naranja. 

-lo siento muchísimo –se disculpa- me entretuvieron, no hubo forma de poder escabullirme y para colmo intentar aparcar en esta zona... he estado dando vueltas quince minutos. ¡quince minutos! es imposible. al final he tenido que meterme en un párking. 
-dorotea, esta es herta –la corta el marido de garro que cree una falta de educación que su mujer esté hablando de aparcamientos sin haber hecho antes las presentaciones con la nueva esposa de su socio. 
-¡herta! -exclama ella efusivamente para compensar el descuido -¡cuántas ganas tenía de conocerte! he oído hablar tanto de ti. y tan bien. 
herta sonríe y se levanta para darle dos besos. es una mujer alta y corpulenta, de mejillas rojas y rizos rubios que le caen por encima de una frente ancha y ligeramente húmeda de sudor. dorotea la había imaginado más joven por el mero hecho de ser ya la tercera esposa y porque césar siempre le ha parecido un tipo superficial, aunque ahora, con los rechonchos brazos de herta rodeándole la cintura, se arrepiente de haber tenido esta impresión del socio de pelayo. 
-espero que no te importe, pero has tardado tanto que ya hemos pedido el vino y los primeros –bromea césar que también se acerca para besarla. 
dorotea sonríe y se sienta al lado de su marido que sin mucha convicción le pregunta qué tal le ha ido el día. la mujer ignora la pregunta y desea que el camarero no se demore mucho trayendo el vino. 
herta habla por los codos. al principio su marcado acento nórdico, enfatizando las erres y alargando las eses, le parece divertido, pero cuando después de media hora la mujer ha contado sólo la mitad de esa divertida historia que sólo resulta divertirla a ella y a césar de aquella vez que perdió un avión en vietnam y tuvo que pasar una noche en un hostal de mala muerte con chiches en las sábanas y arañas y ratas paseando por la habitación, garro pide otra botella de vino al camarero. herta celebra la excelente idea y antes de que el chico se aleje de la mesa, pide otra más, para luego. 
cuánto más bebe la tercera esposa de césar más imposible parece que vaya a callarse en algún momento. pelayo no ayuda en absoluto, preguntando a la mujer acerca de detalles que ella aprovecha para enlazar con otras vivencias que no tienen nada que ver pero que resultan, en su opinión, igual de hilarantes. para cuando llegan los segundos humeantes y con un aspecto delicioso, su marido también ha advertido que no hace falta animar mucho a herta para que les cuente su vida y tanto él como su mujer se limitan a cortar los bistecs al punto en silencio, un poco hundidos en sus sillas, asintiendo cuando ella pregunta si esta o aquella palabra está bien pronunciada y sonriendo cuando césar aconseja a su esposa que coma o se le enfriará el lenguado con salsa de setas que ha pedido y que permanece intacto. 
-ay césar, cómo eres. siempre pendiente de mí. ojalá hubieras estado conmigo esa vez que me rompí la clavícula cuando me caí del caballo, en el rancho de mi abuelo, y tuve que quedarme dos semanas en la cama. ¿césar no os lo ha contado? eso sí que fue buena –contesta ella clavando el tenedor a un trozo de seta que tardará tres minutos en llevarse a la boca. 
cuando aparece el camarero y les pregunta si tomarán postres y todos coinciden que no, que están muy llenos y que van a pasar a los cafés la pareja se anima un poco, como si empezara a intuir el fin de esa velada. puede que pelayo haya disfrutado con herta, su frescura, sus eses alargadas y sus pronombres incorrectos, pero la patada que su esposa le ha propinado por debajo de la mesa cuando estaba a punto de pedir una cuarta botella de vino, no deja lugar a dudas de que dorotea no estará dispuesta a pasar otra noche como esta en mucho tiempo. 
-aquí están los cafés –les interrumpe el camarero- dos solos, uno con sacarina. los coloca delante de césar y herta. pelayo y dorotea no suelen tomar café por la noche porque les desvela y terminan dando vueltas en la cama hasta que uno de los dos, normalmente pelayo, se levanta y va al salón a ver alguna película que echen por la televisión. herta arrastra la tacita hasta tenerla casi al borde de la mesa, coge su cucharita y empieza a remover el líquido con suavidad. garro clava su mirada en el pequeño objeto de metal. 
-¿te gusta? –le pregunta herta creyendo que está admirando su alianza. 
-es preciosa, sí –contesta la otra mientras nota cómo le sube un calorcillo incómodo por las mejillas. 
-césar tiene muy buen gusto. desde que nos conocimos no he cambiado ninguno de sus regalos. siempre da en, en el… 
-clavo. 
-en el clavo, eso. 
-muy bonita –repite dorotea sin dejar de observar la cucharilla moviéndose en minúsculos círculos, bajo la rechoncha mano de herta. 
-tendríamos que ir pidiendo la cuenta –interrumpe pelayo, esperando que con su intervención la pareja de recién casados se dé por aludida y aligeren con el café. su esposa le echa una mirada reprobadora que él no comprende. ¿no parecía tener las mismas ganas de llegar a casa que él? parece estar inquiriendo. ella pone los ojos en blanco. la pareja de recién casados sin embargo no ha pillado la intención de pelayo. esta vez es césar quien tiene una historia que contar acerca del anillo de boda y herta, encantada de escucharla de nuevo, va añadiendo comentarios jocosos, anécdotas sin importancia y muchas risotadas que procovan que los comensales de la mesa vecina giren la cabeza hacia su dirección. dorotea también está encantada, participa de la conversación, se interesa por el relato y en ningún momento desvía los ojos de la cucharita que encima del mantel blanco ha dejado una pequeña mancha de café a su alrededor. de vez en cuando, cuando la crónica de césar lo permite, apoya todo su torso encima de la mesa mostrando de esta forma más interés y curiosidad, pero en realidad lo que está haciendo es medir la distancia entre ella y el objeto. si alargara un poco el brazo, apenas unos centímetros, podría alcanzar la cucharilla con facilidad. imagina que una vez en sus manos, césar detendría su narración y todos la mirarían, esperando una explicación a su gesto poco habitual. puede que de todas las historias que se han contado esta noche la suya terminara siendo la más inverosímil. pues veréis, les diría sujetando bien la cucharita y abriendo la cremallera del bolso, llevo todo el día intentando robar una cucharita de café y me ha sido imposible hasta ahora. la suya no sería una historia demasiado larga y al terminarla todos esperarían unos segundos antes de echarse a reír por semejante ocurrencia absurda. pelayo, creyendo que su mujer ha bebido demasiado y que ya es hora de marcharse, aprovecharía para levantar la mano y hacer ese inequívoco movimiento de quien está pidiendo la cuenta al camarero. luego césar se apresuraría a sacar su billetera de cuero y pelayo negaría con la cabeza y diría que no, que es su turno y que de ninguna manera permitiría que pagara su socio. herta, en medio de la discusión entre los dos hombre, se reiría bien alto y sugeriría de ir a tomar unas copas al bar de enfrente y el camarero tendría que ser finalmente quien decidiera quién de los dos pagaría la cena escogiendo al azar, o según quién aborreciera más, una tarjeta de crédito u otra. podría intentarlo, sí. podría adelantar un poco más su torso, apoyar los codos, alargar el brazo y hacerse con esa cucharita de café que ensucia el mantel.