18 marzo 2015

ana se detiene delante de la tienda cuando ve a un par de mujeres que están siendo atendidas por la dependienta. rápidamente aparta la mano del pomo y se aleja con disimulo, como si en realidad se hubiera equivocado de tienda y no tuviera ningún motivo para entrar allí. camina por la acera unos metros y al ver un banco vacío se sienta y se abrocha el último botón del abrigo. de su bolso saca el móvil. sabe, antes de mirarlo, que no habrá ningún mensaje ni llamada perdida para ella, pero lo mira igualmente. son las 10.47 de la mañana. hace frío, pero al menos hace sol. en pocos días empezará la primavera, los días han comenzado a alargarse y puede que le apetezca salir por las tardes a dar una vuelta, ni que sea corta. la dos mujeres salen ahora de la tienda. van cogidas del brazo. una tiene su misma edad, puede que dos o tres años mayor pero no mucho más, y la otra es joven. podrían ser madre e hija ya que tienen la misma nariz y la misma forma de mentón, alargado y fino. las dos mujeres pasan por delante de ella. la más joven le está diciendo a la otra que no le gustaba ninguna y que una compañera del trabajo le dijo ayer de otra tienda, al lado del mercado. la mujer más mayor asiente con la cabeza y le contesta que la invita a un café. luego deja de escucharlas. vuelve a mirar el móvil. son las 11.06h. se levanta y se dirige a la tienda donde antes no ha entrado. en el escaparate ve algunas pelucas. hay otros objetos, pero ella sólo se fija en las pelucas del rincón, mal colocadas, detrás de unas planchas de cerámica de último modelo. al lado de una de ellas, un trozo de papel mal cortado en minúsculas y sin tilde anuncia “pelucas oncologicas”. ana empuja la puerta y entra. la tienda es estrecha, larga y poco iluminada. las estanterías llegan hasta el techo y están repletas de mercadería, productos y botes. algunos parece que lleven ahí años por su envoltorio descolorido y lleno de polvo. enseguida aparece la dependienta y la saluda con amabilidad. es una señora bajita y un poco regordeta, bien vestida, con una falda negra, una blusa rosa pálido y unos zapatos negros con poco tacón. va ligeramente maquillada y lleva unos pendientes de perla grisáceos y tres anillos sencillos de oro. ana le devuelve el saludo y desvía la mirada hacia el pelo de la vendedora: una melena espesa y oscura, brillante, ondulada, que le llega hasta los hombros. la mujer pregunta en qué puede ayudarla aunque ya lo ha adivinado antes de que ana, en voz baja, diga que está buscando una peluca y al decirlo alza un poco la mano derecha en dirección a su cabeza, aunque el gesto se queda a medio camino, como si no se atreviera a señalar directamente el motivo de su visita. la dependienta se asegura de no levantar la vista hacia el pelo de ana y se concentra en sus ojos verdosos, pequeños y sin brillo. 
-¿tiene alguna idea de cómo le gustaría? –dice con un tono de voz entrenado ya para estas ocasiones, ni muy animoso ni demasiado fúnebre. 
ana niega con la cabeza, a pesar de que durante estos últimos días ha estado mirando revistas de moda que venían con un especial de peinados para primavera-verano. ha leído que se llevan las ondulaciones vaporosas, los flequillos pop, los cortes simétricos y naturales y los recogidos, pero, no, dice finalmente, no tiene ni idea de cómo le gustaría que fuera la peluca. 
en más de una ocasión se plantó delante del espejo del baño con las tijeras de la cocina en la mano, pero nunca se atrevió a cortar más que unos centímetros de un cabello suelto y al final dejó que fuera el tratamiento quien decidiera por ella. había leído, incluso se lo había confirmado su doctor cuando ella lo había mencionado, que algunos pacientes no sufrían la caída del cabello. sin embargo ana no fue una excepción y su pelo comenzó a debilitarse y a desprenderse de ella a los pocos días de empezar el proceso de curación. tampoco para entonces fue capaz de cortar y le pareció más sencillo rehuir los espejos y los cristales que reflejaban su imagen cada vez más enflaquecida y pálida. 
-pase por aquí, por favor. seguro que encontramos algo ideal para usted –se atreve a decir la dependienta, consciente de que ese “ideal” puede haber sonado un tanto atrevido o superficial y a continuación para compensar su supuesta falta de tacto, con su mano rozando la estrecha cintura de ana, la insta a que pase al interior de la tienda intuyendo, acertadamente, que a las dos les vendrá bien un poco de intimidad para esta adquisición. 
con la clienta a unos pasos de distancia se atreve a mirar por primera vez su cabeza despoblada, aunque la mala iluminación del pasillo atenúa esa sensación que siente siempre ante estas situaciones, una mezcla de agradecimiento, pena y terror. 
ana avanza hasta una pequeña habitación con un espejo de cuerpo entero, tres colgadores en forma de botón y una silla de madera. agradece que el cuarto no esté repleto de pelucas de todo tipo posadas sobre cabezas de plástico, rostros idénticos sin expresión de labios rojos y mirada perdida. 
-tome asiento, por favor –dice la mujer de la tienda. 
y al comprobar que su clienta está pálida le ofrece un vaso de agua. ana lo acepta con un movimiento de cabeza y la dependienta dice que vuelve en seguida, que mientras tanto se ponga cómoda. ella se quita el abrigo y mueve un poco la silla para darle la espalda al espejo. inmediatamente se da cuenta de su gesto inútil, infantil y poco pensado pero en vez de recolocar la silla tal y como estaba la deja de espaldas y se queda mirando a la puerta hasta que llega la vendedora con su vaso de agua fresco y un platito con dos galletas. las dos se miran un instante. la mujer asegura que en ese cuarto siempre hace más calor que en el resto de la tienda y que es normal si se siente un poco mareada, aunque en realidad las dos saben que no tiene nada que ver con la temperatura de ese sitio. mientras ana bebe, la dependienta decide romper el hielo y comienza a hablar: 
-pienso que lo que de verdad le sentaría bien, por su tono de piel, es un color rubio ceniza, algo no muy oscuro y discreto, que llame poco la atención. los tonos oscuros no sólo nos ponen años de más, sino que acentúan las facciones y bueno, usted las tiene bien bonitas, pero mejor armonizarlo todo. además, con este color de ojos tan precioso… sí, sin duda hay que optar por algo clarito. y de largada… pues yo le aconsejaría media melenita. lo digo porque algo muy largo es engorroso y además da más calor, aunque bueno, todas las pelucas que tenemos aquí están hechas de los mejores materiales y son de una calidad excepcional, por lo que lo del calor, apenas le afectará. los cortes son todos muy modernos y actuales. por no hablar del tacto sedoso y suave. absolutamente nadie va a darse cuenta de que lleva puesta una peluca, se lo aseguro. mire, compruébelo usted misma. 
la mujer abre una caja y saca una primera peluca que acerca a ana. las dos tocan el pelo. 
-es como si fuera real, ¿verdad? –pregunta sin esperar ninguna respuesta –hecha de fibra de kanekalon, antialérgica y lavable. todas pensadas y testadas teniendo en cuenta las características del cuero cabelludo más delicado. y muy económicas. la relación calidad precio es inigualable y son las que suelen comprar todas las… las… todas las personas -termina por decir, evitando pronunciar la palabra “enfermas”. 
 ana sigue tocando el pelo con la yema de los dedos como si estuviera acariciando una mascota doméstica. 
-¿se la quiere probar? –pregunta- este modelo se llama “callas” por maria callas, la cantante. 
-ya, bueno… no sé… la verdad, la verdad es que no me entusiasma demasiado este modelo… 
-demasiado oscura, ¿no? sí, yo también lo he pensado justo cuando la he visto. pero no se preocupe, déjeme que le enseñe esta otra. mire, mire esta. preciosa, ¿no cree? mire qué brillo. o esta otra, más cortita, pero muy actual. la de chicas que veo yo por la calle estos días con este mismo corte. es que es igualito. ¿no se ha fijado usted? 
la vendedora va sacando pelucas y las va colocando alrededor de ana para que pueda verlas y tocarlas bien. cuando hay una decena fuera de su caja le vuelve a preguntar si desearía probarse una y ana contesta que no está convencida con ninguna de las que ha visto. durante unos segundos las dos mujeres miran las matas de pelo rubio ceniza y castaño dorado en silencio. ana bebe un trago más de agua. 
-¿y rubio? –pregunta titubeante. 
-¿cómo dice? 
-¿no tendrá ninguna rubia? –repite igual de vacilante. 
-¿rubia, rubia? 
-sí, rubia. 
-pero… ¿cómo de rubia, exactamente? 
-nunca he sido rubia, ¿sabe? 
la dependienta piensa que ella tampoco, pero no se cree con derecho a compartir su pensamiento. cuando regresa con las pelucas rubias ana se ha puesto de nuevo el abrigo y está tiritando de frío. 

el viaje en autobús se hace largo a pesar de que el trayecto dura apenas quince minutos. en otras circunstancias se hubiera forzado a ir andando hasta su casa, respirar aire fresco, estirar las piernas, aprovechar incluso para comprar un algo de pescado para la cena, pero ahora mismo ana no se siente con fuerzas y de haber tenido el dinero suficiente habría pedido un taxi que la dejara delante de su edificio. por suerte a estas horas hay poco tráfico y el autobús no va demasiado lleno. elije uno de los asientos del final, al lado de la ventada para ver un paisaje que tiene muy visto. en el asiento de delante una anciana se ha quedado adormilada hasta que las puertas del autobús se deslizan y entra un grupo de cinco o seis chicas vociferando, empujándose unas a otras y riéndose. ana las mira y comprueba con una sonrisa comedida que ninguna lleva el peinado de esa peluca que le ha enseñado la dependienta hace un rato. una de las chicas, la de pelo más largo, se sienta al lado sin reparar en ella. el asa de su bolso cae encima del regazo de ana, pero no lo aparta y lo mantiene en su falda. la chica está atareada tecleando en su móvil que no para de emitir sonidos de mensajes entrantes. las demás la rodean, miran la pantalla y se echan a reír de nuevo, esta vez más alto. la anciana se gira, tal vez con la intención de regañarlas, pero se topa con ana. sus miradas se mantienen unos segundos hasta que ana, adivinando que la anciana advertirá su cabeza en breve, vuelve a sumergirse en el paisaje urbano hasta que llega a su parada. ninguna de las chicas se fija tampoco en ella cuando ésta se levanta y tartamudea un “disculpad” para que se aparten que queda silenciado por el ruido del motor y el parloteo de las muchachas. 

el piso está frío y ana no se quita el abrigo hasta que el pequeño calefactor del salón comienza a calentar la sala. deja la bolsa de su compra en el baño y se quita los zapatos para ponerse unos calcetines gruesos de lana y las zapatillas de andar por casa. arrastrando los pies va a la cocina con la intención de hacerse un té, algo que le ayude a dejar de tiritar pero sabe que en realidad sólo está postergando el momento de probarse esa peluca, algo que ha terminado por no hacer en la tienda, delante de una vendedora demasiado pendiente de sus gestos y de su imprevisible reacción. en el baño saca la peluca de la bolsa y se queda mirándola unos segundos. una peluca rubia, de pelo liso, brillante, sedoso y muy largo que al final han encontrado en una de las últimas cajas de la estantería. nadie creería nunca que ese podría ser su pelo natural. no con esa cara, piensa, pero aun así enciende la luz y cuando sus ojos se han acostumbrado a las dos bombillas que cuelgan del techo, se mira al espejo justo lo que tarda en colocársela a la cabeza. se ve muy rara, ni más enferma ni menos, simplemente extraña, otra, y le cuesta acostumbrarse a esta imagen que le muestra el espejo. con la punta de los dedos peina los cabellos para que caigan rectos y ordenados sobre su cara y sus hombros. le gusta el tacto de ese pelo sintético en las mejillas y dedica mucho rato a observarse; primero de cara, luego de perfil y también de espaldas, con un espejo de aumento que antes usaba para depilarse las cejas y que ahora guarda en un rincón del cajón. poco a poco empieza a sentirse cómoda con su aspecto y su melena larga y es entonces cuando se dirige a la cocina, pone la tetera en el fuego y coge unas tijeras. el calorcillo del salón contrasta todavía con el fresco del baño adonde regresa con las tijeras y un poco menos de frío. una vez delante del espejo escoge un mechón al azar, acerca las tijeras y corta unos centímetros de la punta. suspira y para sus adentros admite que no ha sido tan difícil como pensaba que iba a ser. eso la anima. se diría que es ella quien está, por fin, tomando una decisión y a continuación, más convencida, separa otro mechón y corta otra punta y después otra y otra y otra hasta que la pila del baño se llena de cabellos rubios, largos, sedosos y brillantes y en su cabeza luce un peinado a capas desiguales, asimétrico y mal cortado, pero ana sonríe y piensa que tal vez mañana, si hace un buen día y se encuentra con ganas, podría salir a por una peluca un poco más discreta, como si se tratara de su verdadero pelo. 

08 marzo 2015

perpetuación


I. 

créanme si les aseguro que nunca conocerán a nadie que aprecie la belleza tanto como lo hago yo. puede que esta frase no les impresione en absoluto. puede que esto que acabo de decir no lo consideren ningún mérito especial ni un motivo digno del que vanagloriarse ya que, al fin y al cabo, a todos nos gusta estar rodeados de cosas bonitas. cierto. les doy la razón. es preferible lo bello a lo desagradable. pero déjenme que les especifique que yo nací con un don especial para apreciar, detectar y crear belleza. crear, sí, eso dije. a eso me dedico desde hace años: a convertir en único, armonioso, y perfecto algo que era común, torcido, detestable. eso me hace un privilegiado. recibo sonrisas, agradecimientos y regalos al terminar mi trabajo. los regalos suelo devolverlos a su comprador con una nota escrita a mano. las sonrisas y los agradecimientos los acepto de buena gana, conteniendo mis comentarios y observaciones. prefiero que sean ellos, o ellas, quienes hablen, se admiren delante del espejo y luego levanten la vista y me vean a mí, un poco apartado, en un segundo plano, con las gafas aún puestas, buscando todavía algo que mejorar. supongo que ahora me tocará escuchar eso de que la belleza está en el ojo del que mira. no se engañen. no es así. nos gusta pensar así porque somos imperfectos. porque es más fácil aceptarnos que mirarnos al espejo cada mañana y reconocernos desgraciados. nos decimos, poco convencidos, que lo que nos hace únicos y especiales es esa nariz, ese pelo, ese lunar en medio de la frente. lo que nos dio la naturaleza, los genes, la suerte y por lo tanto debemos aceptarlo así. a muchos les funciona de esta forma y me alegro por ellos. pero yo les pregunto… ¿y si la naturaleza me hubiera dado un carácter depresivo, debería también aceptarlo hasta llegar al suicidio? qué barbaridad, qué salvajada y qué poco tacto. y se hace llamar profesional. qué poca vergüenza. pero piénsenlo bien: ¿no puede causar el mismo daño un cáncer que una obsesión? ¿no podrían llegar a matarnos ambos? ¿quién decide el motivo por lo que vale la pena preocuparse y por lo que no? ¿quién dictamina los límites de lo que entra dentro de lo llamado normal de lo artificioso o no natural? 
“que se vea natural, doctor”, me ruegan la mayoría. “que parezca que no me he hecho nada, que soy así”. y yo asiento y les digo que en ese caso tal vez sería aconsejable una 95 y no una 100, pero ellas se niegan. “no, no, una 100, doctor, pero natural”. y yo asiento de nuevo y les pongo una 100 y ellas, al verse unos días después, desearían haberse puesto una 110. la naturaleza era sabia hasta que aparecimos nosotros y la embestimos, la atropellamos, nos reímos de sus creaciones anodinas y casuales y la redujimos a mera base neutra para concebir algo, alguien, mejorado, más joven, más atractivo, más perfecto. o por lo menos, si no me aceptan ninguno de los adjetivos, más seguro de sí mismo, más confiado y valiente. más preparado para enfrentarse a su nueva vida, a su propio cáncer, a su futura depresión. algunas veces, sin embargo, en muy raras ocasiones, no tiene nada que ver con nada de esto. no se trata de tallas, sobrantes o rellenos. algunas veces ni tan siquiera tiene que ver con la capacidad de decidir sobre nosotros mismos. 

II. 

no se llamaba rebeca, pero la llamaremos así para referirnos a ella. vino por recomendación de una amiga, me dijo en la primera visita mientras se desabrochaba la blusa. no quería nada exagerado y escuchó mi opinión con una seriedad que me agradó. preguntó poco y no se limpió las marcas azules del rotulador que marcaban por dónde cortaríamos la semana siguiente. era una mujer guapa, mejorable, pero guapa. con ese tipo de rasgos delicados, poco pronunciados e intemporales, con buen porte y buen gusto en el vestir. tenía cuarenta y cinco años, el pelo largo, oscuro y rizado, una nariz pequeña y ligeramente torcida hacia la derecha, los ojos demasiado juntos para mi gusto, pero grandes y brillantes, tirando a grisáceos, el cuello largo y unos labios finos que intentaba aumentar pintándolos de un color rojo vino. le pregunté si tenía hijos y si les había dado el pecho. contestó que sí, uno, de siete años, pero que no le había dado nada. 
-nada de pecho, quiero decir -aclaró- siempre han estado así: caídas y flácidas. 
yo asentí. no encontré ningún motivo para animarla o contradecir sus palabras. si había venido a mi consulta no era para salir de ella con una palmadita en el hombro y una reconciliación con su cuerpo. 
-no se preocupe. esto va a dejar de ser así – contesté cuando terminé mi reconocimiento. ella no respondió y esperó a que le dijera que podía vestirse de nuevo. cuando lo hice esperó unos segundos de más o quizá fue sólo una impresión mía. al salir de la consulta repasé su historial y por curiosidad tecleé su dirección en google. en la pantalla apareció la fachada blanca de un edificio moderno, de esos con pocas ornamentaciones y formas cúbicas, balcones amplios y ventanales grandes. releí su nombre y lo pronuncié en voz alta. por un momento temí haberlo hecho demasiado alto y que rebeca entrara de nuevo en el despacho, pero no fue así. había dejado el rastro de un perfume fresco, alimonado que permaneció en la habitación hasta la siguiente visita. pensé que esa mujer merecía unos pechos perfectos, turgentes y redondeados, y así los ejecuté cuando regresó, un poco nerviosa, unos días después. 

III. 

en la segunda visita apareció con su hijo. 
-¿su hijo? –pregunté yo al ver al pequeño. 
-sí, parece mentira que sea mío, ¿verdad? 
a continuación se disculpó por haber venido con él a la consulta arguyendo que no había podido localizar al padre para que se lo quedara un par de horas. yo le aseguré que no pasaba nada, al fin y al cabo era sólo una visita rutinaria que iba a durar poco tiempo. 
-¿cómo te llamas? –le pregunté a la criatura para intentar hacerlo sentir más a gusto, pero el niño se escondió detrás de las piernas de su madre y no salió de allí hasta que rebeca le pidió que se sentara en la silla, a su lado, y le alcanzó el móvil. al niño le cambió la cara y fue allí donde pude fijarme bien en él, en su carita y sus gestos. hice pasar a mi clienta a la sala contigua donde tenía mejor iluminación y un espejo de cuerpo entero. ninguno de los dos creyó conveniente pedirle al niño que nos acompañara, aunque supongo que por motivos distintos: a mí porque me parecía extraño, tal vez indecoroso, a pesar de la corta edad del niño que seguramente no sabía qué tipo de médico era yo, y a la madre, probablemente, por motivos de comodidad. por eso le dejamos allí, sentado en su silla, absorto en la pantalla, emitiendo gruñidos sordos cuando conseguía marcar un gol o matar a un marciano. 
-son perfectas, doctor, en serio. perfectas – dijo la mujer, mostrando sus pequeños dientes blancos y bien alineados. 
era bonita cuando sonreía. aunque también lo era cuando estaba seria o con los ojos cerrados, inconsciente, tumbada en la cama del quirófano. y tenía razón: lo eran. las mejores que he esculpido en mi vida. la herida había cicatrizado bien y era casi imperceptible y el hinchazón había desaparecido por completo. la forma era tal y como la había imaginado desde el principio. no había ninguna deformidad y su propio cuerpo parecía haber aceptado de forma natural esa nueva curvatura que realzaba, afeminaba y erguía el resto del tronco. los dos sonreímos. esta vez, terminada la exploración, no le pedí que se vistiera. y esta vez estoy convencido de que tardó más de la cuenta en coger la blusa del respaldo de la silla donde la había dejado hacía pocos minutos. 
volví al despacho, excitado. nunca antes me había pasado algo similar y no supe decidir si el motivo era la visión de rebeca medio desnuda en la sala de al lado o, fantaseando en un futuro próximo, totalmente desnuda, yaciendo en la cama. me sequé el sudor de la frente y tragué un poco de saliva a pesar de tener la boca seca. el niño permanecía inmóvil en su silla, tal y como lo habíamos dejado, encorvado, moviendo sus pequeños dedos magistral y ágilmente. no se inmutó al escuchar mis pasos ni cuando me senté delante de él. conseguí apaciguarme un poco. lo estuve mirando un buen rato, sin pestañear apenas y tampoco yo me percaté cuando rebeca entró en la habitación. la mujer miró al crío y luego a mí. su sonrisa había desaparecido y su rostro se había vuelto sombrío y grave. 
-usted también se ha dado cuenta, ¿verdad? – preguntó, aunque no era una pregunta, estaba claro, sino más bien una afirmación. 
el niño por fin alzó la cabeza. con sus ojos abultados primero miró a su madre y luego a mí. una melodía pegadiza y simplona indicaba que acababa de perder la partida de lo que fuera a lo que estuviera jugando. 

IV. 

la casa de rebeca era, tal y como había imaginado, grande, luminosa y bien decorada. se notaba que había dedicado muchas horas en buscar y elegir un mueble y no otro y ese tono de pintura que daba sensación de amplitud a las estancias a pesar de ser ya espaciosas. llegué puntual, a las nueve, tal y como habíamos quedado. de la cocina salía un olor delicioso, aunque ella repitió un par de veces que era una pésima cocinera. creo que dijo algo más acerca de la receta que estaba gratinándose en el horno, pero yo me había centrado en el movimiento hipnótico y danzarín de sus muslos que se dirigían a la cocina, de donde salió con un par de copas y una botella de vino. llevaba un vestido negro ajustado y largo hasta las rodillas. me sorprendió que no hubiera optado por una prenda más escotada ahora que podía lucirse e inmediatamente pensé que tal vez había sufrido un repentino ataque de recato pensando en mi visita. no dejaba de ser irónico que mantuviera sus pechos escondidos a quien se los había visto, marcado, abierto, hinchado, cosido y curado. 
-¿cómo te gusta la carne? – preguntó mientras me alcanzaba la copa llena de vino. 
no llegamos a la cena. o mejor dicho, para cuando nos dimos cuenta estaba carbonizada. no nos importó. al menos a mí, aunque ella pareció decepcionada por no poder ofrecerme una primera cita tal y como la había planeado. me hizo reír y le pedí que se metiera en la cama de nuevo, aunque verla ahí, apoyada en la puerta del dormitorio, desnuda, con las piernas cruzadas y sus generosos pechos apuntando hacia mi boca me pareció la imagen más hermosa que había tenido en una buena temporada. rebeca resultó ser una amante sosa y poco imaginativa, para qué engañarnos. le costaba tomar la iniciativa y se movía poco. a veces, estando yo encima de ella, moviéndome con suavidad o con brusquedad (tampoco sabía adivinar qué la estimulaba más a ella) me daba la impresión que parecía más preocupada en mantener su peinado intacto que en disfrutar, dejarse llevar, desmelenarse un poco, tener un orgasmo en definitiva. y sin embargo, su pasividad, su poca empatía y su cara siempre serena parecían excitarme aún más. aunque también puede que fuera el simple roce de sus magníficos senos sobre mi torso velludo. 
repetí la visita a su casa en las siguientes semanas. cada vez nos encontrábamos más a gusto el uno con el otro. a ella le gustaba contarme de su día a día que solía ser plácido y relajado gracias a la pensión que recibía de un ex marido que odiaba y yo le contaba de mi día en la consulta, manteniendo, por supuesto, el anonimato de mis clientes. rebeca escuchaba mis historias sin pestañear y al terminarlas se interesaba por los detalles de las operaciones y los resultados en los pacientes. una noche conseguí que se pusiera encima de mí y me corrí con tanta rapidez que me sentí desmañado e infantil. 
-he pensado en ponerme un poco más de pecho- dijo al rato, mientras descansaba mi cabeza entre sus dos senos impecables. 
esa noche dormí muy poco. me desperté a menudo y cada vez era debido a alguna pesadilla en la que sufría un accidente, una persecución o una amputación. a las seis de la mañana me levanté para ir al baño y beber un vaso de agua fresco. rebeca se despertó y me preguntó si estaba bien. creo que no llegué a contestarla. estaba enfadado, aunque es posible que ella no lo hubiera adivinado. de camino al baño pasé por delante de la habitación de su hijo. era la primera noche que había estado con nosotros. habíamos cenado pizza y habíamos visto una película de dibujos animados, pero habíamos hablado muy poco. él era tímido y a mí me incomodaba su presencia a pesar de que rebeca hizo todo lo posible para que los dos nos sintiéramos a gusto. la puerta de su cuarto estaba abierta y decidí entrar. el niño se había tapado con la sábana y sólo se intuía un bulto deforme y poco voluminoso encima de la cama. me acerqué con cuidado. no quería despertarlo, sólo mirarlo un rato, con calma, familiarizándome de una vez por todas a esa pequeña cara. el niño no se inmutó cuando aparté la sábana. había muy poca luz y me costó enfocar la vista a su rostro, pero una vez lo conseguí, olvidé todo lo demás: dónde estaba, mi sed, los angustiosos sueños, los pechos de rebeca y mi enfado absurdo. me aproximé aún más y lo acaricié con la punta de los dedos. tenía la piel muy suave. después me arrodillé hasta que nuestras narices casi se tocaron. recordé cuando rebeca lo nombró por primera vez. recuerdo que dijo que tenía siete años y me estremecí. al volver a la habitación ella también se había desvelado. me metí en la cama y me abrazó unos minutos. luego humedeció su mano con saliva abundante y lentamente la deslizó hasta mi polla. en algún momento, cuando estaba a punto de correrme, susurró “todo saldrá bien”. yo gemí alto y eyaculé salpicando de semen sus dedos, su cara y sus pechos insuficientes. 

V. 

tenía razón, aunque supongo que en ese momento sólo lo dijo para tranquilizarme, pero sí, salió todo bien aunque hubo complicaciones y la operación se alargó más de lo previsto. rebeca lloró y yo también lo hice, a escondidas, debajo del agua hirviente de la ducha de mi casa porque la primera noche no quise quedarme. no podía. la versión oficial fue que estaba muy cansado y necesitaba reposar, dormir unas horas. ella lo comprendió, me animó a ello, y me dio un beso que apenas rozó mi mejilla cuando nos despedimos. la recuperación fue lenta y laboriosa. algunos puntos se infectaron y hubo que duplicar la medicación. un día más tarde apareció la fiebre y rebeca perdió los nervios. me culpó de negligente, de no saber lo que hacía, de carnicero y creo que en algún momento me gritó asesino. inmediatamente se dio cuenta de la gravedad de sus palabras, se secó las lágrimas y me pidió perdón repetidas veces. yo asentí y miré al suelo. al día siguiente la fiebre había desaparecido y todos respiramos más tranquilos. me quedé a cenar y rebeca insistió en que me quedara también a dormir. acepté. nos acostamos por primera vez después de la operación. fue ella quien me tumbó en la cama, me bajó los calzoncillos hasta los tobillos, se montó encima de mí y quien gimió a los pocos minutos de iniciar aquellos movimientos circulares y pausados que nunca antes había practicado conmigo. luego aceleró el ritmo y con la palma de su mano sujetó mi cabeza para que no desviara mi mirada de la suya. tenía los ojos brillantes y una sonrisa amplia y desconcertante. de repente ladeó ligeramente la cabeza y se detuvo en seco. 
-¿qué pasa, cariño? –preguntó asustada. 
miré hacia la puerta abierta del dormitorio. su hijo, a pocos metros, se rascaba una de las vendas manchada de sangre. los dos corrimos hacia él, desnudos y alarmados. retiré la venda y respiré tranquilo al comprobar que era sólo una costra seca que había saltado. rebeca fue a por alcohol y un poco de algodón que aplicó sobre la violácea cara del niño con cuidado mientras yo soplaba e insistía en lo valiente que estaba siendo. él apretó los puños y la mandíbula pero en ningún momento se quejó ni lloró. tampoco nos miró ni hizo ningún gesto de aprobación cuando su madre, a modo de recompensa por su buena conducta, insistió en que durmiera en nuestra cama. yo quise explicarle que tal vez no era la mejor idea, pero preferí no interferir entre madre e hijo. al fin y al cabo, sólo era su doctor. le costó muy poco quedarse dormido, a diferencia de nosotros, que estuvimos en silencio, escuchando la respiración del crío, durante mucho tiempo. yo miraba al techo, intentaba no pensar en nada. rebeca no perdía de vista al niño y acariciaba su pelo claro, sonriente y calmada. 
-ahora es igual a mí, justo igual –susurró. 
nos miramos. tenía el pelo desordenado y una minúscula mancha de sangre debajo de los labios que limpié con mi dedo. después me levanté de la cama y fui hacia el salón. el cielo empezaba a clarear por entre los edificios del otro lado del parque. mi cuerpo tiritaba de frío y recordé que aún seguía desnudo. pensé en regresar a la cama con rebeca y su hijo, pero en vez de encaminar mis pasos hacía su habitación abrí la puerta del balcón y me senté en una de las repisas. intenté recordar las visitas que estaban programadas para ese día y con más pena que alegría me percaté por primera vez desde que rebeca había entrado a mi consulta de que acababa de alcanzar la cumbre de toda mi trayectoria profesional, pero nadie iba a poder reconocerlo nunca.

08 febrero 2015

la semana más fría del año

la semana más fría del año puede ocurrir en cualquier momento aunque siempre es, por supuesto, el menos esperado, cuando uno creía que no podría suceder porque era imposible, porque no había indicios ni señales, ni el cielo había enrojecido, ni los pájaros volaban en dirección opuesta a la tormenta. puede que suceda a principios de agosto o puede que empiece un dos de febrero a las diez de la noche. en punto. puede incluso, en ocasiones muy especiales, suceder dos veces en un mismo año. es algo infrecuente, cierto, pero ha llegado a suceder. yo lo he visto. 
la semana más fría del año no acarrea nieve ni tampoco vientos huracanados que arrasan con las palmeras y los techos de madera de las cabañas al lado de la orilla. en realidad, durante esa semana se pueden alcanzar máximas de cuarenta y tres grados a la sombra a las siete de la tarde. aunque también puede coincidir con una mañana plácida de finales de abril, cuando el día es largo, la brisa fresca y el sol abriga, pero no abrasa. puede coexistir con el segundo orgasmo de una pareja de enamorados -o desconocidos- que se corre al mismo tiempo mientras se miran a los ojos y susurran que se aman en la habitación contigua. con atrapar una mosca y arrancarle lentamente sus alas vidriosas con la punta de unos dedos manchados de culpa, semen y sollozos. o con la espera de esa llamada que no va a cambiar el rumbo de ninguna vida, de ese premio que no hace célebre ningún trabajo o de ese tren que no es un tren, sino una trampa. 

los síntomas a lo largo de esa semana son distintivos: el cuerpo se vuelve ingrávido, transparente, anecdótico. el corazón, por supuesto, sigue latiendo y por las arterias corre la sangre espesa y viva. las rodillas se mueven cuando así lo ordena el cerebro y el aparato digestivo está preparado para convertir el alimento en energía. pero durante esa semana no hay alimento, no hay movimiento y los latidos apenas se perciben. nada debe entorpecer la mente, el pensamiento, las ideas. las culebras y el veneno. las vísceras y el aullido. la locura se instala cómodamente en la cuna donde reposar la cabeza. la cólera hace el resto. no hay tregua. no hay tiempo muerto. no hay hambre ni sed ni tan siquiera una herida abierta, palpable, por dónde meter el puño y sujetar los órganos vacíos. hay vómito y lágrimas y vino oscuro para ganarle a la noche unos minutos de sueño. los días diáfanos son noche. las risas de otros son noche. el consuelo ajeno es noche. el tiempo lo cura todo es noche. cuantos más kilos de carne fértil se pierden más se gana en deformidad, en visiones tóxicas, en recuerdos infecciosos, rotos. 
a lo largo de esa semana se padece una amputación por minuto, un aborto cada media hora y los desgarros, que producen regueros de palabras invisibles, son constantes y desmedidos. el centro de gravedad se desplaza cien metros por debajo del subsuelo y la única vocecilla que se escucha por la calle, en la cama, entre los pilares inservibles de una casa en ruinas, es la de una niña muda, sin piernas ni manos, con garfios oxidados en los ojos, que suplica que te agazapes a su lado. y uno lo hace. sin dudarlo. obedece, la abraza y se deja arañar por esas puntas metálicas hasta que los cortes son caricias y la sangre… la sangre es siempre sangre. 
y sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario, poco de lo detallado hasta ahora es comparable con lo que puede acontecer después. en realidad, para seros sinceros, poco de lo descrito es preocupante o terminal. en serio, no lo es. lo peor, el capítulo más viciado y demente de este periodo escueto, es que al terminar la semana más fría del año empieza el verdadero invierno, siberia, un desierto de nada: abrir los ojos, apartar las sábanas, levantarse. aceptar. acostumbrarse.


(para los que se quedan)