sin ellos hubiera descubierto todo un poco más tarde, tal vez nunca.
otras cosas.
lo justo.
puede que nada.
me besó en junio, de noche, primerizos, rodeados de otros borrachos que se besaban con las mismas intenciones.
las mismas náuseas.
los vómitos, a la luz del día, junto a los árboles, se habían resecado.
también nosotros nos marchitamos deprisa.
había que beber de otras manos, sorber de otros cuerpos
libar de otras fuentes, aunque supieran a sal.
sangré la primera vez, en la cama de sus abuelos
me partí en dos y gemí de dolor. miramos de reojo mis muslos manchados, yo avergonzada y quieta. él no sabía nada.
me acompañó a casa en su coche, de madrugada, callados.
quitó la música, se le fueron las ganas y yo esperé su llamada todo un verano en el que heló más que cualquier diciembre.
me burlé de sus trucos falsos, sus palabras vacuas, sus patéticos rituales
para terminar follando en los baños encharcados de cualquier bar,
con la puerta entreabierta y la música suficientemente alta como para acallar un nombre tóxico
ciega de gramos que me pretendían ser feliz
aunque por dentro me acuchillaban cristales afilados y recuerdos nocivos.
desperté al lado de alguien que susurró un “te quiero”
asustadizo y sincero.
y me quedé sin respuesta, muda,
exiliada entre el hueco de su clavícula y su cuello. radiante.
nos preparamos desayunos que excedían nuestro hambre, pero jamás ese apetito que iba a hacernos especiales, únicos, diferentes
cotidianos, acostumbrados, tirando a normales
grises, aburridos, insultados. odio.
odié.
odié hasta convertir mis demonios en el cortejo perfecto,
temblaba ante ellos, bailaba entre ellos. me dejé abatir.
atendí sus aullidos con obediencia devota
sus zarpazos con la piel llagada
sus normas como un nuevo dogma al que acogerme y loar.
confié en el tiempo, que lo cura todo si es que uno quiere,
y si no, también.
“tu problema” me dijo uno después de pagar sesenta euros por una hora en la que acabé con su caja de pañuelos de papel “es que piensas demasiado”.
pensé demasiado en pensar demasiado.
apreté las mandíbulas antes de llorar. antes de reír. antes de bajarme las bragas. después de dar un portazo y huir de lo mejor para mí,
de lo que me convenía.
de lo que iba a hacerme cabal
conté hasta diez, hasta mil.
dejé de contar cuando nos derrumbamos abrazados en el suelo porque ya no se podía caer más bajo.
y aprendí a decir adiós mucho antes que tal vez
porque cuando algo empieza también ha comenzado a terminar
y cuando algo termina hay que empezar a olvidar.
sin ellos hubiera sido otra, otra distinta. todo lo contrario. lo justo. puede que nada.
21 agosto 2014
07 agosto 2014
aunque
suene mal decirlo el día que enterraron a tía águeda, martín y yo estábamos
realmente felices. acabábamos de recibir la noticia, de forma extra oficial por
parte de un primo suyo, de que tía águeda le había cedido en herencia su piso
de la calle norte a martín. yo nunca había estado en el piso puesto que las
pocas veces que había visto a tía águeda había sido en la residencia de ancianos
donde hacía años que estaba ingresada debido a una larga y penosa enfermedad,
pero mientras nos vestíamos para ir a su funeral martín me contó muy por encima
cómo era la vivienda y me pareció un auténtico palacio. aunque era habitable
había que hacer algunas reformas importante, dijo él, porque se trataba de un
piso viejo que llevaba muchos años abandonado, pero eso no me desanimó en
absoluto para mudarnos allí cuanto antes. ese iba a ser nuestro primer hogar y
por fin íbamos a poder irnos a vivir juntos, algo que habíamos fantaseado
durante meses, pero que debido a nuestros ridículos sueldos había sido
imposible de cumplir. ahora, sin embargo, con la muerte de tía águeda, no sólo
íbamos a cumplir uno de nuestros mayores sueños, sino que además venía en forma
de regalo inesperado y podríamos ahorrarnos las visitas al banco, los créditos,
los avales bancarios, las ayudas familiares y la temida hipoteca de por vida. y
puede que escabullirnos de la solemne ceremonia en la iglesia un diez minutos
antes de que terminara para ir a visitar nuestro futuro hogar no fuera la forma
más respetable de despedirnos de tía águeda, pero ella había fallecido y
nosotros seguíamos vivos y teníamos toda la vida por delante.
el piso estaba situado en un barrio residencial muy tranquilo, con poco tráfico, algunos comercios en los bajos de los edificios y un parque a pocos metros. al entrar me sorprendieron los techos altos, la chimenea en el enorme salón y las cuatro habitaciones exteriores que ocupaban los ciento treinta metros cuadrados del piso. es cierto que había que rehacer el baño y que la cocina se había quedado muy anticuada, pero estaba tan entusiasmada con todo lo demás que no quise darle ninguna importancia a los aspectos menos positivos.
-con el dinero ahorrado podríamos empezar por el baño. algo sencillito, no hace falta que pongamos la bañera más cara del catálogo, ¿te parece bien?– dijo martín mientras abría las puertas acristaladas de un inmenso balcón que daba a la calle y yo me olvidaba de todas las bañeras y de los catálogos y me imaginaba tumbada en una hamaca en mi nuevo balcón de mi preciosa casa.
nos mudamos un mes después. teníamos tan pocas pertenencias que ocupamos tan sólo un tercio del gigantesco piso y fuimos haciéndolo nuestro con las fotos de nuestro viaje a grecia de hacía dos veranos, cortinas de tela del ikea y fundas de cojines estampados de la tienda de los chinos. estábamos felices, pletóricos, incrédulos aún por la suerte que habíamos tenido y brindando alegremente alguna madrugada a la salud de tía águeda cuando llevábamos una cuantas copas de más.
las obras empezaron un martes a las ocho de la mañana. me despertó un martilleo ensordecedor y lo primero que me vino a la cabeza fue en un catastrófico desastre natural que estaba arrasando la ciudad y, por consiguiente, también nuestro encantador piso. me levanté y salí de la habitación deprisa para descubrir de dónde provenía semejante jaleo. el suelo y las paredes retumbaban de tal modo que temí que la antigüedad de la finca no resistiera los embistes de los taladros, radiales, sierras circulares y demás herramientas que ahora sonaban al unísono de manera descontrolada.
-por dios, ¿qué es todo este ruido? – preguntó martín que también se había despertado y, plantado en medio del salón, se tapaba las orejas con ambas manos, inútilmente.
-alguien empezó las obras antes que nosotros – grité por encima del estruendo.
creo que fue esa mañana cuando, entre golpes, chirridos y martillazos, me quedé embarazada. pocos días después la vecina del cuarto nos informó de que estaban remodelando el local en los bajos y que, según el encargado de obra, en breve tendríamos una funeraria debajo de casa. no le di mucha importancia. la alegría de estar esperando un hijo secundaba la mayoría de noticias que los demás consideraban importantes y, de hecho, en algún momento me dije que era mucho mejor tener una funeraria debajo del piso que no uno de esos bares que abren hasta las tantas y cuyos clientes ignoran por completo las normas de la convivencia vecinal. a martín, sin embargo, la noticia le desagradó y soltó un comentario que me rondó por la cabeza durante mucho tiempo hasta que, efectivamente, se hizo realidad:
-vamos a estar pisando muertos en nuestra propia casa -sentenció.
la funeraria abrió en la décimo cuarta semana de mi gestación. “funeraria el reposado ocaso” anunciaba un cartel discreto colgado encima de la puerta de cristales tintados. había tenido un embarazo plácido y sin molestias hasta entonces, pero el mismo día en el que leí el letrero subí las escaleras de dos en dos con el tiempo justo para vomitar en la entrada de casa una bilis viscosa y amarga. y fue a partir de ahí cuando comencé a sentir náuseas cada mañana, mareos por las tardes y un terrible malestar a todas horas. martín se esforzaba mucho en cuidarme y mimarme: me masajeaba los pies cuando llegaba del trabajo, cocinaba platos que siempre me habían gustado y que sin embargo ahora me provocaban arcadas con sólo olerlos e intentaba hacerme reír con sus payasadas a pesar de mi constante mal humor. conseguí que el médico me diera la baja aunque me repitió y me aseguró varias veces que lo que me ocurría era algo normal y que todas las molestias que sufría iban a desaparecer en breve. pero sus pronósticos no se cumplieron. empecé a adelgazar, apenas se me notaba la barriga, dormía poco, no me apetecía hacer nada y dejé de salir de casa a pesar de las recomendaciones médicas y la insistencia de martín para que caminara. un día en el que los mareos fueron más insoportables ningún otro día se me ocurrió salir al balcón a respirar un poco de aire fresco. noté una leve mejoría inmediata y decidí quedarme un rato más allí, a la sombra de un sol de agosto abrasador que en otro tiempo no muy lejano hubiera adorado y con el que ahora apenas reparaba. al bajar la vista hacia la calle dos coches fúnebres se detuvieron delante de la entrada de “el reposado ocaso” y dos hombres jóvenes descargaron dos ataúdes de madera oscura y brillante. me quedé absorta mirando los trabajadores, vestidos con ropas oscuras, que con ceremoniosa actitud llevaron hacia dentro del local los muertos junto a sus coronas de flores, mientras algunos allegados se mantenían discretamente alejados de esta incómoda tarea. fue la primera vez en días en que me olvidé por completo de mis males. observar los coches oscuros que iban y venían, monitorizar los hombres vestidos de oscuro, contemplar las familias que lloraban la pérdida a sus seres queridos, escuchar los murmullos, las despedidas, los lamentos, los llantos y los halagos de amigos que se reunían en pequeños grupos a la entrada de la funeraria se convirtió en mi nuevo y más siniestro entretenimiento. pasaba largas horas apoyada en la barandilla viendo cómo la tragedia golpeaba a cada uno de forma distinta. me familiaricé con el dolor y el duelo y por las noches, mientras martín dormía a mí lado, pensaba en los cadáveres que esperaban sepultura debajo de nuestra casa. comencé a olerlos. también el médico me había advertido de un posible desarrollo del sentido olfativo y también me tranquilizó al respeto. lo que él no sabía, ni supo nunca, es que yo olía a muerte constantemente, de día y de noche. fuera y dentro de casa. que el hedor a podredumbre se había metido en nuestra ropa, en mi escaso pelo, entre las sábanas de la cama y dentro de mi propia tripa que cada día abultaba más a pesar de mi poca ingesta. el día que martín me encontró hecha un ovillo en un rincón del salón se asustó. no pude aguantar más y, entre sollozos, le conté lo del olor y lo de mis horas vigilando a los muertos. le supliqué que nos marcháramos de ese piso y buscáramos algo más pequeño en un barrio lleno de vida, pero él me miró extrañado, como si no supiera a lo que me estaba refiriendo, a pesar de que había sido él quien había pronunciado las palabras que cambiaron todo. luego se entregó a un monólogo interminable y predecible sobre la suerte que habíamos tenido con el piso de tía águeda, porque así lo seguía llamando él -no era nuestro piso, sino el piso de tía águeda- y lo imposible que iba a ser conseguir otra vivienda con nuestros ingresos insuficientes.
-¡vamos a tener un hijo en dos meses! –dijo como prueba concluyente y definitiva –no es el momento de hacer mudanzas. no es tu estado, cariño. además, este es un sitio perfecto para que crezca nuestro hijo: hay varias habitaciones y espacio de sobra para que gatee y juegue. hay, hay… hay incluso un parque cruzando la calle. ¿es que no te das cuenta de que somos unos privilegiados? ¿cuántos de nuestros amigos darían lo que fuera para poder vivir aquí?
se calló esperando una respuesta por mi parte. una respuesta que no llegó y que él adivinó como un éxito aplastante en su argumentación.
-sólo estás nerviosa y es algo normal y comprensible, pero cuando nazca el bebé lo verás de otra forma. te olvidarás de… de todo. –afirmó señalando algo impreciso en dirección a la calle- ahora lo que tienes que hacer es cuidarte, comer, salir a pasear. ¿qué te parece si esta noche te preparo una cena estupenda? ¿qué te apetece? dime lo que más te apetezca y lo guisaré para ti.
martín regresó tres horas después cargando con dos bolsas de plástico repletas de paquetes y envases para la cena. antes de marcharse me había sugerido que me pusiera un vestido bonito, pero me encontró en la misma posición en la que me había dejado, despeinada y ojerosa por las pocas horas de sueño. no hizo ningún comentario, sólo se limitó a sonreír y a poner el ramo de margaritas que sostenía en una mano dentro de un jarrón con agua. luego puso música y se acercó con esa expresión socarrona que en algún momento me habría convencido para hacer cualquier cosa, me cogió de las manos y me levantó del sofá con un cuidado exagerado. comenzamos a bailar lentamente. él movía sus pies y yo me limitaba a arrastrar los míos sin ninguna gracia ni predisposición. apoyada mi cabeza en su hombro intenté dejar de respirar ni que fuera durante unos segundos para poder disfrutar de ese baile torpe, aunque sabía que tarde o temprano debería volver a inhalar ese oxígeno putrefacto y cadavérico. la escena, en mi cabeza, no dejaba de ser grotesca y de mal gusto. no teníamos ningún derecho ni ninguna consideración. pero ellos estaban muertos y nosotros todavía no.
-¿lo ves? nada puede salir mal mientras estamos bailando– susurró en algún momento con un tono que pretendía ser reconfortante y que sin embargo a mí me hizo temblar de arriba a abajo. luego se paró y me miró. tenía el pelo desordenado, las mejillas enrojecidas por el calor y la mirada brillante y avispada. me besó en la frente. el calorcillo de sus labios tocando mi piel permaneció unos instantes, pero enseguida se desvaneció y sentí de nuevo tanto frío que me puse a temblar.
-voy a empezar a preparar la cena. tú siéntate, relájate y no te preocupes por nada– dijo ajeno al familiar ruido del motor de un coche que se detenía debajo de casa. sin la necesidad de asomarme al balcón, como tantas veces había hecho, pude imaginar con detalle su cara pálida y amarillenta, su piel ajada, sus manos encima del pecho y sus ojos vidriosos y opacos que durante esa cena tan especial que martín se esmeraba en cocinar iban a apuntar directamente hacia nuestro extraordinario hogar.
el piso estaba situado en un barrio residencial muy tranquilo, con poco tráfico, algunos comercios en los bajos de los edificios y un parque a pocos metros. al entrar me sorprendieron los techos altos, la chimenea en el enorme salón y las cuatro habitaciones exteriores que ocupaban los ciento treinta metros cuadrados del piso. es cierto que había que rehacer el baño y que la cocina se había quedado muy anticuada, pero estaba tan entusiasmada con todo lo demás que no quise darle ninguna importancia a los aspectos menos positivos.
-con el dinero ahorrado podríamos empezar por el baño. algo sencillito, no hace falta que pongamos la bañera más cara del catálogo, ¿te parece bien?– dijo martín mientras abría las puertas acristaladas de un inmenso balcón que daba a la calle y yo me olvidaba de todas las bañeras y de los catálogos y me imaginaba tumbada en una hamaca en mi nuevo balcón de mi preciosa casa.
nos mudamos un mes después. teníamos tan pocas pertenencias que ocupamos tan sólo un tercio del gigantesco piso y fuimos haciéndolo nuestro con las fotos de nuestro viaje a grecia de hacía dos veranos, cortinas de tela del ikea y fundas de cojines estampados de la tienda de los chinos. estábamos felices, pletóricos, incrédulos aún por la suerte que habíamos tenido y brindando alegremente alguna madrugada a la salud de tía águeda cuando llevábamos una cuantas copas de más.
las obras empezaron un martes a las ocho de la mañana. me despertó un martilleo ensordecedor y lo primero que me vino a la cabeza fue en un catastrófico desastre natural que estaba arrasando la ciudad y, por consiguiente, también nuestro encantador piso. me levanté y salí de la habitación deprisa para descubrir de dónde provenía semejante jaleo. el suelo y las paredes retumbaban de tal modo que temí que la antigüedad de la finca no resistiera los embistes de los taladros, radiales, sierras circulares y demás herramientas que ahora sonaban al unísono de manera descontrolada.
-por dios, ¿qué es todo este ruido? – preguntó martín que también se había despertado y, plantado en medio del salón, se tapaba las orejas con ambas manos, inútilmente.
-alguien empezó las obras antes que nosotros – grité por encima del estruendo.
creo que fue esa mañana cuando, entre golpes, chirridos y martillazos, me quedé embarazada. pocos días después la vecina del cuarto nos informó de que estaban remodelando el local en los bajos y que, según el encargado de obra, en breve tendríamos una funeraria debajo de casa. no le di mucha importancia. la alegría de estar esperando un hijo secundaba la mayoría de noticias que los demás consideraban importantes y, de hecho, en algún momento me dije que era mucho mejor tener una funeraria debajo del piso que no uno de esos bares que abren hasta las tantas y cuyos clientes ignoran por completo las normas de la convivencia vecinal. a martín, sin embargo, la noticia le desagradó y soltó un comentario que me rondó por la cabeza durante mucho tiempo hasta que, efectivamente, se hizo realidad:
-vamos a estar pisando muertos en nuestra propia casa -sentenció.
la funeraria abrió en la décimo cuarta semana de mi gestación. “funeraria el reposado ocaso” anunciaba un cartel discreto colgado encima de la puerta de cristales tintados. había tenido un embarazo plácido y sin molestias hasta entonces, pero el mismo día en el que leí el letrero subí las escaleras de dos en dos con el tiempo justo para vomitar en la entrada de casa una bilis viscosa y amarga. y fue a partir de ahí cuando comencé a sentir náuseas cada mañana, mareos por las tardes y un terrible malestar a todas horas. martín se esforzaba mucho en cuidarme y mimarme: me masajeaba los pies cuando llegaba del trabajo, cocinaba platos que siempre me habían gustado y que sin embargo ahora me provocaban arcadas con sólo olerlos e intentaba hacerme reír con sus payasadas a pesar de mi constante mal humor. conseguí que el médico me diera la baja aunque me repitió y me aseguró varias veces que lo que me ocurría era algo normal y que todas las molestias que sufría iban a desaparecer en breve. pero sus pronósticos no se cumplieron. empecé a adelgazar, apenas se me notaba la barriga, dormía poco, no me apetecía hacer nada y dejé de salir de casa a pesar de las recomendaciones médicas y la insistencia de martín para que caminara. un día en el que los mareos fueron más insoportables ningún otro día se me ocurrió salir al balcón a respirar un poco de aire fresco. noté una leve mejoría inmediata y decidí quedarme un rato más allí, a la sombra de un sol de agosto abrasador que en otro tiempo no muy lejano hubiera adorado y con el que ahora apenas reparaba. al bajar la vista hacia la calle dos coches fúnebres se detuvieron delante de la entrada de “el reposado ocaso” y dos hombres jóvenes descargaron dos ataúdes de madera oscura y brillante. me quedé absorta mirando los trabajadores, vestidos con ropas oscuras, que con ceremoniosa actitud llevaron hacia dentro del local los muertos junto a sus coronas de flores, mientras algunos allegados se mantenían discretamente alejados de esta incómoda tarea. fue la primera vez en días en que me olvidé por completo de mis males. observar los coches oscuros que iban y venían, monitorizar los hombres vestidos de oscuro, contemplar las familias que lloraban la pérdida a sus seres queridos, escuchar los murmullos, las despedidas, los lamentos, los llantos y los halagos de amigos que se reunían en pequeños grupos a la entrada de la funeraria se convirtió en mi nuevo y más siniestro entretenimiento. pasaba largas horas apoyada en la barandilla viendo cómo la tragedia golpeaba a cada uno de forma distinta. me familiaricé con el dolor y el duelo y por las noches, mientras martín dormía a mí lado, pensaba en los cadáveres que esperaban sepultura debajo de nuestra casa. comencé a olerlos. también el médico me había advertido de un posible desarrollo del sentido olfativo y también me tranquilizó al respeto. lo que él no sabía, ni supo nunca, es que yo olía a muerte constantemente, de día y de noche. fuera y dentro de casa. que el hedor a podredumbre se había metido en nuestra ropa, en mi escaso pelo, entre las sábanas de la cama y dentro de mi propia tripa que cada día abultaba más a pesar de mi poca ingesta. el día que martín me encontró hecha un ovillo en un rincón del salón se asustó. no pude aguantar más y, entre sollozos, le conté lo del olor y lo de mis horas vigilando a los muertos. le supliqué que nos marcháramos de ese piso y buscáramos algo más pequeño en un barrio lleno de vida, pero él me miró extrañado, como si no supiera a lo que me estaba refiriendo, a pesar de que había sido él quien había pronunciado las palabras que cambiaron todo. luego se entregó a un monólogo interminable y predecible sobre la suerte que habíamos tenido con el piso de tía águeda, porque así lo seguía llamando él -no era nuestro piso, sino el piso de tía águeda- y lo imposible que iba a ser conseguir otra vivienda con nuestros ingresos insuficientes.
-¡vamos a tener un hijo en dos meses! –dijo como prueba concluyente y definitiva –no es el momento de hacer mudanzas. no es tu estado, cariño. además, este es un sitio perfecto para que crezca nuestro hijo: hay varias habitaciones y espacio de sobra para que gatee y juegue. hay, hay… hay incluso un parque cruzando la calle. ¿es que no te das cuenta de que somos unos privilegiados? ¿cuántos de nuestros amigos darían lo que fuera para poder vivir aquí?
se calló esperando una respuesta por mi parte. una respuesta que no llegó y que él adivinó como un éxito aplastante en su argumentación.
-sólo estás nerviosa y es algo normal y comprensible, pero cuando nazca el bebé lo verás de otra forma. te olvidarás de… de todo. –afirmó señalando algo impreciso en dirección a la calle- ahora lo que tienes que hacer es cuidarte, comer, salir a pasear. ¿qué te parece si esta noche te preparo una cena estupenda? ¿qué te apetece? dime lo que más te apetezca y lo guisaré para ti.
martín regresó tres horas después cargando con dos bolsas de plástico repletas de paquetes y envases para la cena. antes de marcharse me había sugerido que me pusiera un vestido bonito, pero me encontró en la misma posición en la que me había dejado, despeinada y ojerosa por las pocas horas de sueño. no hizo ningún comentario, sólo se limitó a sonreír y a poner el ramo de margaritas que sostenía en una mano dentro de un jarrón con agua. luego puso música y se acercó con esa expresión socarrona que en algún momento me habría convencido para hacer cualquier cosa, me cogió de las manos y me levantó del sofá con un cuidado exagerado. comenzamos a bailar lentamente. él movía sus pies y yo me limitaba a arrastrar los míos sin ninguna gracia ni predisposición. apoyada mi cabeza en su hombro intenté dejar de respirar ni que fuera durante unos segundos para poder disfrutar de ese baile torpe, aunque sabía que tarde o temprano debería volver a inhalar ese oxígeno putrefacto y cadavérico. la escena, en mi cabeza, no dejaba de ser grotesca y de mal gusto. no teníamos ningún derecho ni ninguna consideración. pero ellos estaban muertos y nosotros todavía no.
-¿lo ves? nada puede salir mal mientras estamos bailando– susurró en algún momento con un tono que pretendía ser reconfortante y que sin embargo a mí me hizo temblar de arriba a abajo. luego se paró y me miró. tenía el pelo desordenado, las mejillas enrojecidas por el calor y la mirada brillante y avispada. me besó en la frente. el calorcillo de sus labios tocando mi piel permaneció unos instantes, pero enseguida se desvaneció y sentí de nuevo tanto frío que me puse a temblar.
-voy a empezar a preparar la cena. tú siéntate, relájate y no te preocupes por nada– dijo ajeno al familiar ruido del motor de un coche que se detenía debajo de casa. sin la necesidad de asomarme al balcón, como tantas veces había hecho, pude imaginar con detalle su cara pálida y amarillenta, su piel ajada, sus manos encima del pecho y sus ojos vidriosos y opacos que durante esa cena tan especial que martín se esmeraba en cocinar iban a apuntar directamente hacia nuestro extraordinario hogar.
24 julio 2014
las mejores vacaciones de roberta robles
a roberta robles le encantaba viajar. en su juventud, y debido a un trabajo que le ocupaba la mayor parte del día y a dos hijos que requerían su cuidado y atención, apenas había tenido la ocasión ni tan siquiera de pisar la capital, a pesar de vivir a menos de dos horas en tren. ahora, sin embargo, jubilada, con los dos niños ya creciditos, independientes y divorciada de su marido, gozaba de las cuatro condiciones esenciales para viajar: tiempo, dinero, salud y un poco de curiosidad. y a eso se dedicaba cada vez que tenía ocasión, que solía ser dos o tres veces al año, como mínimo. con cierto orgullo ante sus amistades, solía aprovechar la mínima ocasión para contar que había pisado los cinco continentes y que había estado en los lugares más recónditos y peculiares de la tierra. evidentemente su casa, repleta de objetos de la más diversa índole procedentes de mil y un sitios, y sus ropas, poco comunes en las tiendas y en el pueblo donde aún residía, eran una prueba evidente de ello.
-viajar es sin duda la mejor escuela de la vida – solía predicar a todo aquel que se parara a hablar con ella ni que fueran cinco minutos y es que su tema preferido, como no podía ser de otra forma, eran sus excursiones, como solía ella llamar a los safaris, expediciones de tres semanas y peregrinaciones a santuarios que organizaba y programaba con una entusiasmo fervoroso. sus hijos le habían advertido ya en varias ocasiones sobre los peligros de viajar sola y a su edad. argumentaban que no era seguro y que en cualquier momento podía tener un accidente grave que, en según qué país, podía derivar en una auténtica catástrofe. ella sin embargo se reía de lo que consideraba tonterías y los tranquilizaba diciendo que lo más terrible que podría pasarle era que muriera y que de ser así ya no tendrían ningún motivo más por el qué preocuparse. era una lucha que sus hijos tenían perdida de antemano y llegó un punto en el que, viendo que su madre alargaba más las estancias y la lejanía de sus viajes, casi aposta, dejaron de insistir. así que cuando una semana antes de partir ella les comentó por teléfono y alegremente su próximo destino, sus dos hijos respiraron más o menos tranquilos al saber que ni estaba en la otra punta del mundo, ni tampoco salía en las noticias por ser considerada una zona problemática.
dos días antes de marcharse, la mujer ya tenía su maleta preparada, junto a los mapas, las guías y las rutas de interés que había que ver de aquella ciudad que hacía tiempo quería visitar y que por un motivo u otro siempre había ido aplazando. esos dos días los pasó, como también era habitual en ella, cambiando los planes que había trazado con sumo detalle en las anteriores semanas, memorizando palabras en ese idioma extraño e imaginándose paseando por los pasadizos del bazar y las calles del casco antiguo. tenía tantas ganas de llegar que las últimas horas se le hicieron interminables y la noche anterior, a pesar de su experiencia y recorrido, apenas pudo pegar ojo.
fue su hijo menor quien la acompañó al aeropuerto y aunque él insistió en hacerle compañía un rato puesto que habían llegado tres horas antes, ella se negó arguyendo que él llegaría tarde al trabajo y que no era necesario, aunque en realidad prefería quedarse sola, dar vueltas por las tiendas del duty free y tomarse un té con limón con tiempo.
-llámanos cuando llegues al hotel, por favor. y ten cuidado. y no bebas agua del grifo. y cuidado con salir hasta muy tarde y con... – le recordó él antes de darle un beso y regresar al coche.
-sí, sí, sí – lo cortó ella cansada de los consejos de última hora que eran siempre los mismos- os llamaré cuando llegue, no os preocupéis.
hubo retraso. el aviso llegó a los pasajeros cuando estos estaban ya sentados y con el cinturón de seguridad abrochado, de modo que la espera se hizo aún más larga y exasperante. afortunadamente, durante este tiempo, el hombre sentado al lado de roberta se interesó por el motivo de su viaje y al contarle ella que iba de vacaciones los dos comenzaron a hablar animadamente, como si hiciera años que se conocían y les uniera una profunda amistad. el hombre, habitante de la ciudad a la que se dirigían y conocedor de todos los rincones, bombardeó a la mujer sobre nuevos itinerarios y lugares que no debía perderse, alejados de los puntos turísticos que, según su opinión, eran secundarios en comparación con lo que él le acababa de contar. más impaciente que nunca y conocedora de esa información privilegiada que había ido anotando en los márgenes de la guía con letra pequeña e ilegible, empezó a exasperarse y a quejarse sobre la desfachatez de la compañía por tenerlos encerrados allí durante lo que se había convertido ya en una hora.
-es que no puedo esperar a llegar – le confesó al hombre, emocionada.
cuando por fin despegaron, una hora y veinte minutos después, la mujer se había dormido, con su cabeza apoyada en el hombro del señor de al lado, y no se despertó hasta que cuatro horas después la azafata les notificó que estaban a punto de aterrizar. roberta se desperezó con rapidez y miró por la ventana. con cierto orgullo que se guardó mucho de compartir, identificó desde el aire un par de minaretes que había memorizado de las fotos de las guías y que tenía apuntados en la lista inicial y que ahora sin embargo habían quedado relegados al último día y sólo si le quedaban algunas horas después de todo lo que debía visitar de su nueva y exclusiva lista.
se despidió del hombre ya en tierra prometiendo que lo llamaría alguno de esos días para ir a cenar con él, su esposa y sus cuatro hijas en su casa. el hombre le había asegurado que su mujer cocinaba extraordinariamente bien y que en ningún otro lugar, ni tan siquiera en el mejor restaurante de la ciudad, iba a poder probar la típica comida del país como en su propia casa. y sin coste alguno, por supuesto, había añadido al final. roberta estaba encantada con la amable invitación y no podía creer, obviando el retraso del avión, que al fin y al cabo era un mal menor, la suerte que había tenido hasta ahora. todavía no había salido del aeropuerto y las cosas no podían haberle salido mejor.
el viaje hacia su hotel de cuatro estrellas en pleno centro, tampoco tuvo ningún contratiempo. no sólo no encontraron tráfico ni retenciones, a pesar de ser hora punta en la que muchos trabajadores entraban y salían de la ciudad después de su jornada laboral, sino que el conductor, un hombre joven y parlanchín, estuvo contándole divertidas anécdotas sobre el centenar de viajes que realizaba al día. llegaron a las ocho de la tarde. el chico se apresuró a abrir el maletero de detrás, coger la maleta de su clienta y llevarla hasta la recepción, esperando así una propina sustanciosa que roberta, poco familiarizada todavía con la moneda local, multiplicó por dos. antes de volver al coche, el muchacho le ofreció sus servicios como taxista durante todo lo que durara su estancia, pero ella, muy agradecida, le dijo que no hacía falta, pero que muchas gracias.
su habitación estaba en un séptimo piso, tenía una cama doble con cuatro almohadones de plumas que no tardó en probar, una bañera en la que cabía toda entera, sin flexionar las rodillas, y gozaba de unas vistas espléndidas de la ciudad. no pudo evitar plantarse delante de la ventana y contemplar todo aquel espectáculo de luces parpadeantes y colores que se mezclaban bajo una anaranjada e impresionante puesta de sol. a punto estuvo de llorar y de dar gracias a dios por poder, por fin, poner los pies en semejante paraíso si no fuera porque se acordó de que debía llamar a sus hijos, deshacer la maleta y tomar una ducha, o tal vez un baño, y luego ya sí, comenzar a explorar esa maravillosa ciudad.
-no se te ocurrirá ir – le espetó su hijo mayor cuando la mujer, un tanto incauta, le explicó acerca de la invitación que había recibido para ir a cenar.
-era un hombre encantador. y además, recalcó que sería con su familia. su esposa y cuatro hijas.
-claro, ¿qué va a decir él? es que mamá, yo no sé cómo no te ha ocurrido nada malo todavía. la verdad, no lo entiendo.
roberta se reía despreocupada y al final tuvo que jurarle a su hijo que no iba a ir, aunque en el fondo sabía que lo haría y que posteriormente ya encontraría la forma de contárselo en forma de anécdota hilarante.
para cuando terminó las llamadas a sus dos hijos eran las nueve y diez de la noche. si se daba prisa con la ducha, pensó, todavía podría dar una vuelta y ver el ambiente que se respiraba en la calle, pero después de la ducha y envuelta en un suave y perfumado albornoz, se tumbó un segundo en su cama mullida y quedó completamente dormida. los golpes en la puerta de la chica que hacía las habitaciones la despertaron al día siguiente a las once y veinte de la mañana. se asustó más al ver la cantidad de horas que había dormido y lo tarde que era que no de ver la muchacha ya dentro de la habitación fregona en mano, disculpándose torpemente con su inglés elemental. se levantó rápido y corrió al baño a levarse la cara, no sin antes despedir a la muchacha con un gesto brusco con la mano para que regresara más tarde. un poco más aseada, se precipitó a abrir la maleta y a escoger la ropa para el día. luego, en mitad de la búsqueda estalló en risas; estaba de vacaciones, no era necesario correr. la ciudad seguiría allí, en pie, esperando por ella diez, veinte minutos e incluso cuatro horas más tarde. no había necesidad de romperse una pierna yendo de un lado hacia el otro como una gallina sin cabeza. así que se sentó en la cama y reparó por primera vez, a pesar de las enormes medidas, en la pantalla de televisión que colgaba de la pared opuesta a su confortable cama. primero vio las noticias en las que sólo informaban de guerras, hambruna y demás desgracias, pero que no le hicieron cambiar de canal, y luego quedó enganchada a un interesante programa de cocina local del que no entendió casi nada, pero que le gustó igualmente y que le dio muchas ideas para cuando se metiera en su propia cocina. a las tres y diez de la tarde escuchó, aún absorta con la última receta colorida y humeante que enfocaba la cámara, sus tripas rugir y recordó que no había probado bocado desde el día anterior. pensó que debería salir a la calle en busca de un buen restaurante donde le sirvieran algún suculento plato cómo había estado viendo en las últimas horas, así que esta vez sí se vistió deprisa con lo primero que encontró, cogió su bolso y el mapa, algunos billetes y salió tan deprisa de su habitación que casi tira al suelo la chica de la limpieza. tenía tantísima hambre que su cabeza no podía pensar en otra cosa que no fuera comida, cantidades indecentes de vianda, cualquier tipo de alimento que la saciara e hiciera sentir su estómago pesado y pleno. le iba bien cualquier cosa. en ese estado de gula no iba a ponerse puntillosa: un plato exquisito de esa maravillosa ciudad que por fin visitaba o una hamburguesa bien cruda o un pescadito a la plancha con muchísimo acompañamiento, así que al pasar por delante del restaurante del hotel pensó que quizá sería mejor comer algo allí, rápidamente, y ya por la noche se dedicaría a callejear con más calma y buscar un buen sitio con encanto y tal vez música en directo. complacida y segura de que su decisión era la acertada entró en el restaurante, una sala lúgubre con mesas viejas y prácticamente vacía, y sin tan siquiera mirar la carta, pidió al camarero, que se levantó de golpe de su silla y escondió inútilmente el periódico deportivo que releía por tercera vez ese día, una pizza tamaño familiar de jamón y piña con mucho queso que devoró en diez minutos. inmediatamente después su estómago comenzó quejarse de la rapidez con la que lo había llenado y tuvo que subir a la habitación a tumbarse. de nuevo, quedó dormida. por la noche seguía sin encontrarse muy bien y creyó coherente permanecer en la habitación, mirando nuevos programas de la televisión local, de la que seguía sin comprender ni una palabra, y observando de vez en cuando el espectacular paisaje de esa maravillosa ciudad desde la ventana del séptimo piso. “mañana, sí que sí”, dijo en voz alta, como si eso confiriera más rotundidad a su afirmación, antes de apagar la luz de la mesilla de noche.
se despertó temprano, descansada y aliviada al comprobar que su estómago ya se había recuperado de la pizza del día anterior. se duchó, se vistió y bajó a desayunar en el escaso buffet libre que el hotel ofrecía a todos sus huéspedes. comió poco para evitar otro atracón y se preparó, disimuladamente, un par de sándwiches para aguantar hasta la hora de almorzar. luego subió de nuevo a su habitación a coger la guía y el dinero y de nuevo se detuvo unos instantes delante de la ventana para disfrutar de las vistas. parecía un día caluroso, aunque con el aire acondicionado del hotel era difícil precisar a cuántos grados estarían allí fuera, en las estrechas y laberínticas callejuelas. roberta decidió que a más de cuarenta. pensó que tendría que coger alguna gorra para taparse la cabeza y también una prenda de manga larga para cuando quisiera entrar en las mezquitas. y revisar los billetes que llevaba encima. y estudiar la ruta para no terminar dando vueltas alrededor de las mismas calles y perder el poco tiempo que le quedaba en la maravillosa ciudad. había tantas cosas que hacer antes de ponerse en marcha que se sintió un poco agobiada. pero ya era tarde y su mente siguió rumiando: y hacerse entender para comer, para llegar a un sitio, para salir de otro, la pesadez de las piernas, comprar los regalos para los hijos, el hinchazón en los tobillos, comprobar los cambios, el dolor de espalda por cargar con el bolso todo el santo día, encontrar un baño en medio del bazar, un baño, dice, evitar los barrios no recomendados (como si ella, recién llegada, los supieras distinguir), hablar con los taxistas que se empeñaban con contarle mil historias en una lengua imposible de comprender y, además, sonaba mal, hacer fotos, muchas fotos, los regateos eternos para adquirir cualquier gilipollez que en realidad no necesitaba, las llamadas a la oración, la dirección de los metros, las paradas de los autobuses, los horarios de los tranvías, las colas en los museos, en los palacios, en las bibliotecas reales, en los paseos en barco, en el mejor restaurante que recomendaba una guía que ni tan siquiera conocía sus gustos, comerse el curry picante cuando le había especificado muy clarito a un camarero que cobraba por cliente que entraba en el local que no lo quería picante, las miradas curiosas de los habitantes, las miradas menos curiosas de señores que si se encontraba de noche en un callejón oscuro la dejaba sin tan siquiera las gafas de leer, los turistas del mismo país, los turistas de otros países, las danzas folclóricas, los platos autóctonos, los trajes regionales, la manga larga a más de cuarenta grados centígrados, por el amor de dios. y mientras seguía enumerando una lista interminable, se quitó los zapatos, dejó el bolso en la silla y con un gran suspiro de desahogo se tumbó en la cama y encendió la televisión donde emitían el mismo programa de cocina, o eso le pareció al ver los platos que preparaban, pero con distinto presentador.
en los siguientes cinco días restantes de sus vacaciones la mujer ni se molestó en buscar motivos para quedarse encerrada en su cuarto. incluso colgó el cartelito de “no molestar” en la puerta para que la chica de la limpieza no perturbara su inactividad. también optó por dejar de bajar al lúgubre restaurante y llamar al servicio de habitaciones cada vez que sentía su estómago reclamar un poco de comida y aunque en el menú, situado al lado del teléfono, dentro de una carpeta plastificada en la que había detallados los demás servicios del hotel, que no eran muchos, había una variedad considerable de guisos, la mujer se inclinó siempre por la pizza de jamón y piña, la ensalada de arroz y la sopa de tomate.
la noche antes de regresar a casa llamó a sus dos hijos para preguntarles si algunos de los dos podría ir a buscarla al aeropuerto. los dos dijeron que sí y los dos le preguntaron acerca del viaje. roberta, que sólo había hablado con el servicio de habitaciones en los últimos días, se dispuso a contarles todo lo que había visto a través de su ventana del séptimo piso, recalcando cada dos por tres lo bien que lo había pasado, las experiencias tan inolvidables que había vivido y lo maravilloso que era la ciudad. cuando su hijo mayor le preguntó si había acudido a la invitación del señor que había conocido en el avión, ella permaneció unos segundos en silencio porque no sabía de quién estaba hablando su hijo.
-señora robles, nos deja ya. – exclamó con forzado entusiasmo el recepcionista del hotel al ver avanzar a la mujer por el hall con su maleta.
-sí, con una gran pena, la verdad.
-apenas la hemos visto por aquí. espero que haya pasado unos días estupendos en nuestro hotel y en nuestra ciudad.
-oh, sí. desde luego. todo maravilloso, perfecto. ni una queja. qué delicia – contestó ella superando el entusiasmo inicial del recepcionista mientras entregaba su tarjeta de crédito al hombre y deslizaba un billete por encima de la mesa del que desconocía su valor pero que, a juzgar por su mal disimulada reacción, pareció ser de una cantidad mísera.
-¿sería tan amable de pedir un taxi para mí? – preguntó ella cuando el él le devolvió la tarjeta.
-¿un taxi? – repitió, visiblemente molesto.
-para ir al aeropuerto…
él marcó un número de mala gana no sin antes guardarse el billete en su bolsillo de la chaqueta.
el taxista tardó menos de cinco minutos en llegar. un hombre bajito y jorobado, medio calvo y de tripa prominente recogió la maleta de la mujer y le indicó con señas que la siguiera. cuando roberta pisó la calle por primera vez en siete días una oleada de calor insoportable le abofeteó la cara y casi se desmaya. notó que le faltaba el aire para respirar y que su ropa estaba completamente empapada de sudor. una vez dentro del coche el hombre se apresuró a poner el aire acondicionado y a apuntarla con un pequeño y ruidoso ventilador de plástico que tenía fijado encima del volante. el pelo de la mujer comenzó a desordenarse.
-¿al aeropuerto? – preguntó el taxista, casi chillando debido al tráfico que había en la ciudad. roberta, sujetándose el flequillo hacia atrás con las dos manos, asintió.
-¿primera vez en la ciudad? – preguntó de nuevo dando el primer volantazo.
-sí.
-¿bonito?
-bonito, bonito. todo muy bonito. una ciudad maravillosa – contestó ella deseando que se callara de una puñetera vez, se concentrara en conducir para llegar cuanto antes y poder coger el avión de vuelta a casa.
-viajar es sin duda la mejor escuela de la vida – solía predicar a todo aquel que se parara a hablar con ella ni que fueran cinco minutos y es que su tema preferido, como no podía ser de otra forma, eran sus excursiones, como solía ella llamar a los safaris, expediciones de tres semanas y peregrinaciones a santuarios que organizaba y programaba con una entusiasmo fervoroso. sus hijos le habían advertido ya en varias ocasiones sobre los peligros de viajar sola y a su edad. argumentaban que no era seguro y que en cualquier momento podía tener un accidente grave que, en según qué país, podía derivar en una auténtica catástrofe. ella sin embargo se reía de lo que consideraba tonterías y los tranquilizaba diciendo que lo más terrible que podría pasarle era que muriera y que de ser así ya no tendrían ningún motivo más por el qué preocuparse. era una lucha que sus hijos tenían perdida de antemano y llegó un punto en el que, viendo que su madre alargaba más las estancias y la lejanía de sus viajes, casi aposta, dejaron de insistir. así que cuando una semana antes de partir ella les comentó por teléfono y alegremente su próximo destino, sus dos hijos respiraron más o menos tranquilos al saber que ni estaba en la otra punta del mundo, ni tampoco salía en las noticias por ser considerada una zona problemática.
dos días antes de marcharse, la mujer ya tenía su maleta preparada, junto a los mapas, las guías y las rutas de interés que había que ver de aquella ciudad que hacía tiempo quería visitar y que por un motivo u otro siempre había ido aplazando. esos dos días los pasó, como también era habitual en ella, cambiando los planes que había trazado con sumo detalle en las anteriores semanas, memorizando palabras en ese idioma extraño e imaginándose paseando por los pasadizos del bazar y las calles del casco antiguo. tenía tantas ganas de llegar que las últimas horas se le hicieron interminables y la noche anterior, a pesar de su experiencia y recorrido, apenas pudo pegar ojo.
fue su hijo menor quien la acompañó al aeropuerto y aunque él insistió en hacerle compañía un rato puesto que habían llegado tres horas antes, ella se negó arguyendo que él llegaría tarde al trabajo y que no era necesario, aunque en realidad prefería quedarse sola, dar vueltas por las tiendas del duty free y tomarse un té con limón con tiempo.
-llámanos cuando llegues al hotel, por favor. y ten cuidado. y no bebas agua del grifo. y cuidado con salir hasta muy tarde y con... – le recordó él antes de darle un beso y regresar al coche.
-sí, sí, sí – lo cortó ella cansada de los consejos de última hora que eran siempre los mismos- os llamaré cuando llegue, no os preocupéis.
hubo retraso. el aviso llegó a los pasajeros cuando estos estaban ya sentados y con el cinturón de seguridad abrochado, de modo que la espera se hizo aún más larga y exasperante. afortunadamente, durante este tiempo, el hombre sentado al lado de roberta se interesó por el motivo de su viaje y al contarle ella que iba de vacaciones los dos comenzaron a hablar animadamente, como si hiciera años que se conocían y les uniera una profunda amistad. el hombre, habitante de la ciudad a la que se dirigían y conocedor de todos los rincones, bombardeó a la mujer sobre nuevos itinerarios y lugares que no debía perderse, alejados de los puntos turísticos que, según su opinión, eran secundarios en comparación con lo que él le acababa de contar. más impaciente que nunca y conocedora de esa información privilegiada que había ido anotando en los márgenes de la guía con letra pequeña e ilegible, empezó a exasperarse y a quejarse sobre la desfachatez de la compañía por tenerlos encerrados allí durante lo que se había convertido ya en una hora.
-es que no puedo esperar a llegar – le confesó al hombre, emocionada.
cuando por fin despegaron, una hora y veinte minutos después, la mujer se había dormido, con su cabeza apoyada en el hombro del señor de al lado, y no se despertó hasta que cuatro horas después la azafata les notificó que estaban a punto de aterrizar. roberta se desperezó con rapidez y miró por la ventana. con cierto orgullo que se guardó mucho de compartir, identificó desde el aire un par de minaretes que había memorizado de las fotos de las guías y que tenía apuntados en la lista inicial y que ahora sin embargo habían quedado relegados al último día y sólo si le quedaban algunas horas después de todo lo que debía visitar de su nueva y exclusiva lista.
se despidió del hombre ya en tierra prometiendo que lo llamaría alguno de esos días para ir a cenar con él, su esposa y sus cuatro hijas en su casa. el hombre le había asegurado que su mujer cocinaba extraordinariamente bien y que en ningún otro lugar, ni tan siquiera en el mejor restaurante de la ciudad, iba a poder probar la típica comida del país como en su propia casa. y sin coste alguno, por supuesto, había añadido al final. roberta estaba encantada con la amable invitación y no podía creer, obviando el retraso del avión, que al fin y al cabo era un mal menor, la suerte que había tenido hasta ahora. todavía no había salido del aeropuerto y las cosas no podían haberle salido mejor.
el viaje hacia su hotel de cuatro estrellas en pleno centro, tampoco tuvo ningún contratiempo. no sólo no encontraron tráfico ni retenciones, a pesar de ser hora punta en la que muchos trabajadores entraban y salían de la ciudad después de su jornada laboral, sino que el conductor, un hombre joven y parlanchín, estuvo contándole divertidas anécdotas sobre el centenar de viajes que realizaba al día. llegaron a las ocho de la tarde. el chico se apresuró a abrir el maletero de detrás, coger la maleta de su clienta y llevarla hasta la recepción, esperando así una propina sustanciosa que roberta, poco familiarizada todavía con la moneda local, multiplicó por dos. antes de volver al coche, el muchacho le ofreció sus servicios como taxista durante todo lo que durara su estancia, pero ella, muy agradecida, le dijo que no hacía falta, pero que muchas gracias.
su habitación estaba en un séptimo piso, tenía una cama doble con cuatro almohadones de plumas que no tardó en probar, una bañera en la que cabía toda entera, sin flexionar las rodillas, y gozaba de unas vistas espléndidas de la ciudad. no pudo evitar plantarse delante de la ventana y contemplar todo aquel espectáculo de luces parpadeantes y colores que se mezclaban bajo una anaranjada e impresionante puesta de sol. a punto estuvo de llorar y de dar gracias a dios por poder, por fin, poner los pies en semejante paraíso si no fuera porque se acordó de que debía llamar a sus hijos, deshacer la maleta y tomar una ducha, o tal vez un baño, y luego ya sí, comenzar a explorar esa maravillosa ciudad.
-no se te ocurrirá ir – le espetó su hijo mayor cuando la mujer, un tanto incauta, le explicó acerca de la invitación que había recibido para ir a cenar.
-era un hombre encantador. y además, recalcó que sería con su familia. su esposa y cuatro hijas.
-claro, ¿qué va a decir él? es que mamá, yo no sé cómo no te ha ocurrido nada malo todavía. la verdad, no lo entiendo.
roberta se reía despreocupada y al final tuvo que jurarle a su hijo que no iba a ir, aunque en el fondo sabía que lo haría y que posteriormente ya encontraría la forma de contárselo en forma de anécdota hilarante.
para cuando terminó las llamadas a sus dos hijos eran las nueve y diez de la noche. si se daba prisa con la ducha, pensó, todavía podría dar una vuelta y ver el ambiente que se respiraba en la calle, pero después de la ducha y envuelta en un suave y perfumado albornoz, se tumbó un segundo en su cama mullida y quedó completamente dormida. los golpes en la puerta de la chica que hacía las habitaciones la despertaron al día siguiente a las once y veinte de la mañana. se asustó más al ver la cantidad de horas que había dormido y lo tarde que era que no de ver la muchacha ya dentro de la habitación fregona en mano, disculpándose torpemente con su inglés elemental. se levantó rápido y corrió al baño a levarse la cara, no sin antes despedir a la muchacha con un gesto brusco con la mano para que regresara más tarde. un poco más aseada, se precipitó a abrir la maleta y a escoger la ropa para el día. luego, en mitad de la búsqueda estalló en risas; estaba de vacaciones, no era necesario correr. la ciudad seguiría allí, en pie, esperando por ella diez, veinte minutos e incluso cuatro horas más tarde. no había necesidad de romperse una pierna yendo de un lado hacia el otro como una gallina sin cabeza. así que se sentó en la cama y reparó por primera vez, a pesar de las enormes medidas, en la pantalla de televisión que colgaba de la pared opuesta a su confortable cama. primero vio las noticias en las que sólo informaban de guerras, hambruna y demás desgracias, pero que no le hicieron cambiar de canal, y luego quedó enganchada a un interesante programa de cocina local del que no entendió casi nada, pero que le gustó igualmente y que le dio muchas ideas para cuando se metiera en su propia cocina. a las tres y diez de la tarde escuchó, aún absorta con la última receta colorida y humeante que enfocaba la cámara, sus tripas rugir y recordó que no había probado bocado desde el día anterior. pensó que debería salir a la calle en busca de un buen restaurante donde le sirvieran algún suculento plato cómo había estado viendo en las últimas horas, así que esta vez sí se vistió deprisa con lo primero que encontró, cogió su bolso y el mapa, algunos billetes y salió tan deprisa de su habitación que casi tira al suelo la chica de la limpieza. tenía tantísima hambre que su cabeza no podía pensar en otra cosa que no fuera comida, cantidades indecentes de vianda, cualquier tipo de alimento que la saciara e hiciera sentir su estómago pesado y pleno. le iba bien cualquier cosa. en ese estado de gula no iba a ponerse puntillosa: un plato exquisito de esa maravillosa ciudad que por fin visitaba o una hamburguesa bien cruda o un pescadito a la plancha con muchísimo acompañamiento, así que al pasar por delante del restaurante del hotel pensó que quizá sería mejor comer algo allí, rápidamente, y ya por la noche se dedicaría a callejear con más calma y buscar un buen sitio con encanto y tal vez música en directo. complacida y segura de que su decisión era la acertada entró en el restaurante, una sala lúgubre con mesas viejas y prácticamente vacía, y sin tan siquiera mirar la carta, pidió al camarero, que se levantó de golpe de su silla y escondió inútilmente el periódico deportivo que releía por tercera vez ese día, una pizza tamaño familiar de jamón y piña con mucho queso que devoró en diez minutos. inmediatamente después su estómago comenzó quejarse de la rapidez con la que lo había llenado y tuvo que subir a la habitación a tumbarse. de nuevo, quedó dormida. por la noche seguía sin encontrarse muy bien y creyó coherente permanecer en la habitación, mirando nuevos programas de la televisión local, de la que seguía sin comprender ni una palabra, y observando de vez en cuando el espectacular paisaje de esa maravillosa ciudad desde la ventana del séptimo piso. “mañana, sí que sí”, dijo en voz alta, como si eso confiriera más rotundidad a su afirmación, antes de apagar la luz de la mesilla de noche.
se despertó temprano, descansada y aliviada al comprobar que su estómago ya se había recuperado de la pizza del día anterior. se duchó, se vistió y bajó a desayunar en el escaso buffet libre que el hotel ofrecía a todos sus huéspedes. comió poco para evitar otro atracón y se preparó, disimuladamente, un par de sándwiches para aguantar hasta la hora de almorzar. luego subió de nuevo a su habitación a coger la guía y el dinero y de nuevo se detuvo unos instantes delante de la ventana para disfrutar de las vistas. parecía un día caluroso, aunque con el aire acondicionado del hotel era difícil precisar a cuántos grados estarían allí fuera, en las estrechas y laberínticas callejuelas. roberta decidió que a más de cuarenta. pensó que tendría que coger alguna gorra para taparse la cabeza y también una prenda de manga larga para cuando quisiera entrar en las mezquitas. y revisar los billetes que llevaba encima. y estudiar la ruta para no terminar dando vueltas alrededor de las mismas calles y perder el poco tiempo que le quedaba en la maravillosa ciudad. había tantas cosas que hacer antes de ponerse en marcha que se sintió un poco agobiada. pero ya era tarde y su mente siguió rumiando: y hacerse entender para comer, para llegar a un sitio, para salir de otro, la pesadez de las piernas, comprar los regalos para los hijos, el hinchazón en los tobillos, comprobar los cambios, el dolor de espalda por cargar con el bolso todo el santo día, encontrar un baño en medio del bazar, un baño, dice, evitar los barrios no recomendados (como si ella, recién llegada, los supieras distinguir), hablar con los taxistas que se empeñaban con contarle mil historias en una lengua imposible de comprender y, además, sonaba mal, hacer fotos, muchas fotos, los regateos eternos para adquirir cualquier gilipollez que en realidad no necesitaba, las llamadas a la oración, la dirección de los metros, las paradas de los autobuses, los horarios de los tranvías, las colas en los museos, en los palacios, en las bibliotecas reales, en los paseos en barco, en el mejor restaurante que recomendaba una guía que ni tan siquiera conocía sus gustos, comerse el curry picante cuando le había especificado muy clarito a un camarero que cobraba por cliente que entraba en el local que no lo quería picante, las miradas curiosas de los habitantes, las miradas menos curiosas de señores que si se encontraba de noche en un callejón oscuro la dejaba sin tan siquiera las gafas de leer, los turistas del mismo país, los turistas de otros países, las danzas folclóricas, los platos autóctonos, los trajes regionales, la manga larga a más de cuarenta grados centígrados, por el amor de dios. y mientras seguía enumerando una lista interminable, se quitó los zapatos, dejó el bolso en la silla y con un gran suspiro de desahogo se tumbó en la cama y encendió la televisión donde emitían el mismo programa de cocina, o eso le pareció al ver los platos que preparaban, pero con distinto presentador.
en los siguientes cinco días restantes de sus vacaciones la mujer ni se molestó en buscar motivos para quedarse encerrada en su cuarto. incluso colgó el cartelito de “no molestar” en la puerta para que la chica de la limpieza no perturbara su inactividad. también optó por dejar de bajar al lúgubre restaurante y llamar al servicio de habitaciones cada vez que sentía su estómago reclamar un poco de comida y aunque en el menú, situado al lado del teléfono, dentro de una carpeta plastificada en la que había detallados los demás servicios del hotel, que no eran muchos, había una variedad considerable de guisos, la mujer se inclinó siempre por la pizza de jamón y piña, la ensalada de arroz y la sopa de tomate.
la noche antes de regresar a casa llamó a sus dos hijos para preguntarles si algunos de los dos podría ir a buscarla al aeropuerto. los dos dijeron que sí y los dos le preguntaron acerca del viaje. roberta, que sólo había hablado con el servicio de habitaciones en los últimos días, se dispuso a contarles todo lo que había visto a través de su ventana del séptimo piso, recalcando cada dos por tres lo bien que lo había pasado, las experiencias tan inolvidables que había vivido y lo maravilloso que era la ciudad. cuando su hijo mayor le preguntó si había acudido a la invitación del señor que había conocido en el avión, ella permaneció unos segundos en silencio porque no sabía de quién estaba hablando su hijo.
-señora robles, nos deja ya. – exclamó con forzado entusiasmo el recepcionista del hotel al ver avanzar a la mujer por el hall con su maleta.
-sí, con una gran pena, la verdad.
-apenas la hemos visto por aquí. espero que haya pasado unos días estupendos en nuestro hotel y en nuestra ciudad.
-oh, sí. desde luego. todo maravilloso, perfecto. ni una queja. qué delicia – contestó ella superando el entusiasmo inicial del recepcionista mientras entregaba su tarjeta de crédito al hombre y deslizaba un billete por encima de la mesa del que desconocía su valor pero que, a juzgar por su mal disimulada reacción, pareció ser de una cantidad mísera.
-¿sería tan amable de pedir un taxi para mí? – preguntó ella cuando el él le devolvió la tarjeta.
-¿un taxi? – repitió, visiblemente molesto.
-para ir al aeropuerto…
él marcó un número de mala gana no sin antes guardarse el billete en su bolsillo de la chaqueta.
el taxista tardó menos de cinco minutos en llegar. un hombre bajito y jorobado, medio calvo y de tripa prominente recogió la maleta de la mujer y le indicó con señas que la siguiera. cuando roberta pisó la calle por primera vez en siete días una oleada de calor insoportable le abofeteó la cara y casi se desmaya. notó que le faltaba el aire para respirar y que su ropa estaba completamente empapada de sudor. una vez dentro del coche el hombre se apresuró a poner el aire acondicionado y a apuntarla con un pequeño y ruidoso ventilador de plástico que tenía fijado encima del volante. el pelo de la mujer comenzó a desordenarse.
-¿al aeropuerto? – preguntó el taxista, casi chillando debido al tráfico que había en la ciudad. roberta, sujetándose el flequillo hacia atrás con las dos manos, asintió.
-¿primera vez en la ciudad? – preguntó de nuevo dando el primer volantazo.
-sí.
-¿bonito?
-bonito, bonito. todo muy bonito. una ciudad maravillosa – contestó ella deseando que se callara de una puñetera vez, se concentrara en conducir para llegar cuanto antes y poder coger el avión de vuelta a casa.
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