24 julio 2014

las mejores vacaciones de roberta robles

a roberta robles le encantaba viajar. en su juventud, y debido a un trabajo que le ocupaba la mayor parte del día y a dos hijos que requerían su cuidado y atención, apenas había tenido la ocasión ni tan siquiera de pisar la capital, a pesar de vivir a menos de dos horas en tren. ahora, sin embargo, jubilada, con los dos niños ya creciditos, independientes y divorciada de su marido, gozaba de las cuatro condiciones esenciales para viajar: tiempo, dinero, salud y un poco de curiosidad. y a eso se dedicaba cada vez que tenía ocasión, que solía ser dos o tres veces al año, como mínimo. con cierto orgullo ante sus amistades, solía aprovechar la mínima ocasión para contar que había pisado los cinco continentes y que había estado en los lugares más recónditos y peculiares de la tierra. evidentemente su casa, repleta de objetos de la más diversa índole procedentes de mil y un sitios, y sus ropas, poco comunes en las tiendas y en el pueblo donde aún residía, eran una prueba evidente de ello. 
-viajar es sin duda la mejor escuela de la vida – solía predicar a todo aquel que se parara a hablar con ella ni que fueran cinco minutos y es que su tema preferido, como no podía ser de otra forma, eran sus excursiones, como solía ella llamar a los safaris, expediciones de tres semanas y peregrinaciones a santuarios que organizaba y programaba con una entusiasmo fervoroso. sus hijos le habían advertido ya en varias ocasiones sobre los peligros de viajar sola y a su edad. argumentaban que no era seguro y que en cualquier momento podía tener un accidente grave que, en según qué país, podía derivar en una auténtica catástrofe. ella sin embargo se reía de lo que consideraba tonterías y los tranquilizaba diciendo que lo más terrible que podría pasarle era que muriera y que de ser así ya no tendrían ningún motivo más por el qué preocuparse. era una lucha que sus hijos tenían perdida de antemano y llegó un punto en el que, viendo que su madre alargaba más las estancias y la lejanía de sus viajes, casi aposta, dejaron de insistir. así que cuando una semana antes de partir ella les comentó por teléfono y alegremente su próximo destino, sus dos hijos respiraron más o menos tranquilos al saber que ni estaba en la otra punta del mundo, ni tampoco salía en las noticias por ser considerada una zona problemática. 

dos días antes de marcharse, la mujer ya tenía su maleta preparada, junto a los mapas, las guías y las rutas de interés que había que ver de aquella ciudad que hacía tiempo quería visitar y que por un motivo u otro siempre había ido aplazando. esos dos días los pasó, como también era habitual en ella, cambiando los planes que había trazado con sumo detalle en las anteriores semanas, memorizando palabras en ese idioma extraño e imaginándose paseando por los pasadizos del bazar y las calles del casco antiguo. tenía tantas ganas de llegar que las últimas horas se le hicieron interminables y la noche anterior, a pesar de su experiencia y recorrido, apenas pudo pegar ojo. 
fue su hijo menor quien la acompañó al aeropuerto y aunque él insistió en hacerle compañía un rato puesto que habían llegado tres horas antes, ella se negó arguyendo que él llegaría tarde al trabajo y que no era necesario, aunque en realidad prefería quedarse sola, dar vueltas por las tiendas del duty free y tomarse un té con limón con tiempo. 
-llámanos cuando llegues al hotel, por favor. y ten cuidado. y no bebas agua del grifo. y cuidado con salir hasta muy tarde y con... – le recordó él antes de darle un beso y regresar al coche. 
-sí, sí, sí – lo cortó ella cansada de los consejos de última hora que eran siempre los mismos- os llamaré cuando llegue, no os preocupéis. 

hubo retraso. el aviso llegó a los pasajeros cuando estos estaban ya sentados y con el cinturón de seguridad abrochado, de modo que la espera se hizo aún más larga y exasperante. afortunadamente, durante este tiempo, el hombre sentado al lado de roberta se interesó por el motivo de su viaje y al contarle ella que iba de vacaciones los dos comenzaron a hablar animadamente, como si hiciera años que se conocían y les uniera una profunda amistad. el hombre, habitante de la ciudad a la que se dirigían y conocedor de todos los rincones, bombardeó a la mujer sobre nuevos itinerarios y lugares que no debía perderse, alejados de los puntos turísticos que, según su opinión, eran secundarios en comparación con lo que él le acababa de contar. más impaciente que nunca y conocedora de esa información privilegiada que había ido anotando en los márgenes de la guía con letra pequeña e ilegible, empezó a exasperarse y a quejarse sobre la desfachatez de la compañía por tenerlos encerrados allí durante lo que se había convertido ya en una hora. 
-es que no puedo esperar a llegar – le confesó al hombre, emocionada. 
cuando por fin despegaron, una hora y veinte minutos después, la mujer se había dormido, con su cabeza apoyada en el hombro del señor de al lado, y no se despertó hasta que cuatro horas después la azafata les notificó que estaban a punto de aterrizar. roberta se desperezó con rapidez y miró por la ventana. con cierto orgullo que se guardó mucho de compartir, identificó desde el aire un par de minaretes que había memorizado de las fotos de las guías y que tenía apuntados en la lista inicial y que ahora sin embargo habían quedado relegados al último día y sólo si le quedaban algunas horas después de todo lo que debía visitar de su nueva y exclusiva lista. 
se despidió del hombre ya en tierra prometiendo que lo llamaría alguno de esos días para ir a cenar con él, su esposa y sus cuatro hijas en su casa. el hombre le había asegurado que su mujer cocinaba extraordinariamente bien y que en ningún otro lugar, ni tan siquiera en el mejor restaurante de la ciudad, iba a poder probar la típica comida del país como en su propia casa. y sin coste alguno, por supuesto, había añadido al final. roberta estaba encantada con la amable invitación y no podía creer, obviando el retraso del avión, que al fin y al cabo era un mal menor, la suerte que había tenido hasta ahora. todavía no había salido del aeropuerto y las cosas no podían haberle salido mejor. 
el viaje hacia su hotel de cuatro estrellas en pleno centro, tampoco tuvo ningún contratiempo. no sólo no encontraron tráfico ni retenciones, a pesar de ser hora punta en la que muchos trabajadores entraban y salían de la ciudad después de su jornada laboral, sino que el conductor, un hombre joven y parlanchín, estuvo contándole divertidas anécdotas sobre el centenar de viajes que realizaba al día. llegaron a las ocho de la tarde. el chico se apresuró a abrir el maletero de detrás, coger la maleta de su clienta y llevarla hasta la recepción, esperando así una propina sustanciosa que roberta, poco familiarizada todavía con la moneda local, multiplicó por dos. antes de volver al coche, el muchacho le ofreció sus servicios como taxista durante todo lo que durara su estancia, pero ella, muy agradecida, le dijo que no hacía falta, pero que muchas gracias. 
su habitación estaba en un séptimo piso, tenía una cama doble con cuatro almohadones de plumas que no tardó en probar, una bañera en la que cabía toda entera, sin flexionar las rodillas, y gozaba de unas vistas espléndidas de la ciudad. no pudo evitar plantarse delante de la ventana y contemplar todo aquel espectáculo de luces parpadeantes y colores que se mezclaban bajo una anaranjada e impresionante puesta de sol. a punto estuvo de llorar y de dar gracias a dios por poder, por fin, poner los pies en semejante paraíso si no fuera porque se acordó de que debía llamar a sus hijos, deshacer la maleta y tomar una ducha, o tal vez un baño, y luego ya sí, comenzar a explorar esa maravillosa ciudad. 
-no se te ocurrirá ir – le espetó su hijo mayor cuando la mujer, un tanto incauta, le explicó acerca de la invitación que había recibido para ir a cenar. 
-era un hombre encantador. y además, recalcó que sería con su familia. su esposa y cuatro hijas. 
-claro, ¿qué va a decir él? es que mamá, yo no sé cómo no te ha ocurrido nada malo todavía. la verdad, no lo entiendo. 
roberta se reía despreocupada y al final tuvo que jurarle a su hijo que no iba a ir, aunque en el fondo sabía que lo haría y que posteriormente ya encontraría la forma de contárselo en forma de anécdota hilarante. 
para cuando terminó las llamadas a sus dos hijos eran las nueve y diez de la noche. si se daba prisa con la ducha, pensó, todavía podría dar una vuelta y ver el ambiente que se respiraba en la calle, pero después de la ducha y envuelta en un suave y perfumado albornoz, se tumbó un segundo en su cama mullida y quedó completamente dormida. los golpes en la puerta de la chica que hacía las habitaciones la despertaron al día siguiente a las once y veinte de la mañana. se asustó más al ver la cantidad de horas que había dormido y lo tarde que era que no de ver la muchacha ya dentro de la habitación fregona en mano, disculpándose torpemente con su inglés elemental. se levantó rápido y corrió al baño a levarse la cara, no sin antes despedir a la muchacha con un gesto brusco con la mano para que regresara más tarde. un poco más aseada, se precipitó a abrir la maleta y a escoger la ropa para el día. luego, en mitad de la búsqueda estalló en risas; estaba de vacaciones, no era necesario correr. la ciudad seguiría allí, en pie, esperando por ella diez, veinte minutos e incluso cuatro horas más tarde. no había necesidad de romperse una pierna yendo de un lado hacia el otro como una gallina sin cabeza. así que se sentó en la cama y reparó por primera vez, a pesar de las enormes medidas, en la pantalla de televisión que colgaba de la pared opuesta a su confortable cama. primero vio las noticias en las que sólo informaban de guerras, hambruna y demás desgracias, pero que no le hicieron cambiar de canal, y luego quedó enganchada a un interesante programa de cocina local del que no entendió casi nada, pero que le gustó igualmente y que le dio muchas ideas para cuando se metiera en su propia cocina. a las tres y diez de la tarde escuchó, aún absorta con la última receta colorida y humeante que enfocaba la cámara, sus tripas rugir y recordó que no había probado bocado desde el día anterior. pensó que debería salir a la calle en busca de un buen restaurante donde le sirvieran algún suculento plato cómo había estado viendo en las últimas horas, así que esta vez sí se vistió deprisa con lo primero que encontró, cogió su bolso y el mapa, algunos billetes y salió tan deprisa de su habitación que casi tira al suelo la chica de la limpieza. tenía tantísima hambre que su cabeza no podía pensar en otra cosa que no fuera comida, cantidades indecentes de vianda, cualquier tipo de alimento que la saciara e hiciera sentir su estómago pesado y pleno. le iba bien cualquier cosa. en ese estado de gula no iba a ponerse puntillosa: un plato exquisito de esa maravillosa ciudad que por fin visitaba o una hamburguesa bien cruda o un pescadito a la plancha con muchísimo acompañamiento, así que al pasar por delante del restaurante del hotel pensó que quizá sería mejor comer algo allí, rápidamente, y ya por la noche se dedicaría a callejear con más calma y buscar un buen sitio con encanto y tal vez música en directo. complacida y segura de que su decisión era la acertada entró en el restaurante, una sala lúgubre con mesas viejas y prácticamente vacía, y sin tan siquiera mirar la carta, pidió al camarero, que se levantó de golpe de su silla y escondió inútilmente el periódico deportivo que releía por tercera vez ese día, una pizza tamaño familiar de jamón y piña con mucho queso que devoró en diez minutos. inmediatamente después su estómago comenzó quejarse de la rapidez con la que lo había llenado y tuvo que subir a la habitación a tumbarse. de nuevo, quedó dormida. por la noche seguía sin encontrarse muy bien y creyó coherente permanecer en la habitación, mirando nuevos programas de la televisión local, de la que seguía sin comprender ni una palabra, y observando de vez en cuando el espectacular paisaje de esa maravillosa ciudad desde la ventana del séptimo piso. “mañana, sí que sí”, dijo en voz alta, como si eso confiriera más rotundidad a su afirmación, antes de apagar la luz de la mesilla de noche. 

se despertó temprano, descansada y aliviada al comprobar que su estómago ya se había recuperado de la pizza del día anterior. se duchó, se vistió y bajó a desayunar en el escaso buffet libre que el hotel ofrecía a todos sus huéspedes. comió poco para evitar otro atracón y se preparó, disimuladamente, un par de sándwiches para aguantar hasta la hora de almorzar. luego subió de nuevo a su habitación a coger la guía y el dinero y de nuevo se detuvo unos instantes delante de la ventana para disfrutar de las vistas. parecía un día caluroso, aunque con el aire acondicionado del hotel era difícil precisar a cuántos grados estarían allí fuera, en las estrechas y laberínticas callejuelas. roberta decidió que a más de cuarenta. pensó que tendría que coger alguna gorra para taparse la cabeza y también una prenda de manga larga para cuando quisiera entrar en las mezquitas. y revisar los billetes que llevaba encima. y estudiar la ruta para no terminar dando vueltas alrededor de las mismas calles y perder el poco tiempo que le quedaba en la maravillosa ciudad. había tantas cosas que hacer antes de ponerse en marcha que se sintió un poco agobiada. pero ya era tarde y su mente siguió rumiando: y hacerse entender para comer, para llegar a un sitio, para salir de otro, la pesadez de las piernas, comprar los regalos para los hijos, el hinchazón en los tobillos, comprobar los cambios, el dolor de espalda por cargar con el bolso todo el santo día, encontrar un baño en medio del bazar, un baño, dice, evitar los barrios no recomendados (como si ella, recién llegada, los supieras distinguir), hablar con los taxistas que se empeñaban con contarle mil historias en una lengua imposible de comprender y, además, sonaba mal, hacer fotos, muchas fotos, los regateos eternos para adquirir cualquier gilipollez que en realidad no necesitaba, las llamadas a la oración, la dirección de los metros, las paradas de los autobuses, los horarios de los tranvías, las colas en los museos, en los palacios, en las bibliotecas reales, en los paseos en barco, en el mejor restaurante que recomendaba una guía que ni tan siquiera conocía sus gustos, comerse el curry picante cuando le había especificado muy clarito a un camarero que cobraba por cliente que entraba en el local que no lo quería picante, las miradas curiosas de los habitantes, las miradas menos curiosas de señores que si se encontraba de noche en un callejón oscuro la dejaba sin tan siquiera las gafas de leer, los turistas del mismo país, los turistas de otros países, las danzas folclóricas, los platos autóctonos, los trajes regionales, la manga larga a más de cuarenta grados centígrados, por el amor de dios. y mientras seguía enumerando una lista interminable, se quitó los zapatos, dejó el bolso en la silla y con un gran suspiro de desahogo se tumbó en la cama y encendió la televisión donde emitían el mismo programa de cocina, o eso le pareció al ver los platos que preparaban, pero con distinto presentador. 

en los siguientes cinco días restantes de sus vacaciones la mujer ni se molestó en buscar motivos para quedarse encerrada en su cuarto. incluso colgó el cartelito de “no molestar” en la puerta para que la chica de la limpieza no perturbara su inactividad. también optó por dejar de bajar al lúgubre restaurante y llamar al servicio de habitaciones cada vez que sentía su estómago reclamar un poco de comida y aunque en el menú, situado al lado del teléfono, dentro de una carpeta plastificada en la que había detallados los demás servicios del hotel, que no eran muchos, había una variedad considerable de guisos, la mujer se inclinó siempre por la pizza de jamón y piña, la ensalada de arroz y la sopa de tomate. 
la noche antes de regresar a casa llamó a sus dos hijos para preguntarles si algunos de los dos podría ir a buscarla al aeropuerto. los dos dijeron que sí y los dos le preguntaron acerca del viaje. roberta, que sólo había hablado con el servicio de habitaciones en los últimos días, se dispuso a contarles todo lo que había visto a través de su ventana del séptimo piso, recalcando cada dos por tres lo bien que lo había pasado, las experiencias tan inolvidables que había vivido y lo maravilloso que era la ciudad. cuando su hijo mayor le preguntó si había acudido a la invitación del señor que había conocido en el avión, ella permaneció unos segundos en silencio porque no sabía de quién estaba hablando su hijo. 

-señora robles, nos deja ya. – exclamó con forzado entusiasmo el recepcionista del hotel al ver avanzar a la mujer por el hall con su maleta. 
-sí, con una gran pena, la verdad. 
-apenas la hemos visto por aquí. espero que haya pasado unos días estupendos en nuestro hotel y en nuestra ciudad. 
-oh, sí. desde luego. todo maravilloso, perfecto. ni una queja. qué delicia – contestó ella superando el entusiasmo inicial del recepcionista mientras entregaba su tarjeta de crédito al hombre y deslizaba un billete por encima de la mesa del que desconocía su valor pero que, a juzgar por su mal disimulada reacción, pareció ser de una cantidad mísera. 
-¿sería tan amable de pedir un taxi para mí? – preguntó ella cuando el él le devolvió la tarjeta. 
-¿un taxi? – repitió, visiblemente molesto. 
-para ir al aeropuerto… 
él marcó un número de mala gana no sin antes guardarse el billete en su bolsillo de la chaqueta.
el taxista tardó menos de cinco minutos en llegar. un hombre bajito y jorobado, medio calvo y de tripa prominente recogió la maleta de la mujer y le indicó con señas que la siguiera. cuando roberta pisó la calle por primera vez en siete días una oleada de calor insoportable le abofeteó la cara y casi se desmaya. notó que le faltaba el aire para respirar y que su ropa estaba completamente empapada de sudor. una vez dentro del coche el hombre se apresuró a poner el aire acondicionado y a apuntarla con un pequeño y ruidoso ventilador de plástico que tenía fijado encima del volante. el pelo de la mujer comenzó a desordenarse. 
-¿al aeropuerto? – preguntó el taxista, casi chillando debido al tráfico que había en la ciudad. roberta, sujetándose el flequillo hacia atrás con las dos manos, asintió. 
-¿primera vez en la ciudad? – preguntó de nuevo dando el primer volantazo. 
-sí. 
-¿bonito? 
-bonito, bonito. todo muy bonito. una ciudad maravillosa – contestó ella deseando que se callara de una puñetera vez, se concentrara en conducir para llegar cuanto antes y poder coger el avión de vuelta a casa. 

08 julio 2014

imborrables noches de frenesí

¿no han fantaseado nunca con quedarse encerrados una noche entera dentro de un supermercado? no hablo de uno de esos supermercados locales donde venden cuatro cosas esenciales para sobrevivir un par de días, no. me refiero a uno de esos de dos o tres plantas donde tienen decenas de marcas para el producto más simple que se pueda uno imaginar. a eso me refiero. ¿lo han imaginado alguna vez, ni que fuera cuando eran pequeños y pasaban por el pasillo de las galletas y los bollos y los chocolates, babeando, y su madre les tenía que tirar del brazo e ignorar sus súplicas y berreos? pues yo, incluso ahora, pasada ya desde hace mucho tiempo, la infancia y la adolescencia seguía soñando con la idea. hasta que sucedió: 

no me extrañó que el guardia de seguridad me llamara. 
-¿podría acompañarme, por favor? – me dijo muy amablemente, como si fuera la clienta un millón y un importante premio me estuviera esperando, aunque sabía que no era por esa razón por la que me llamaba. 
-por favor - repitió esta vez de una forma más tajante. 
yo me levanté, estaba arrodillada, mirando los ingredientes de unos donuts que habían salido nuevos al mercado y que tenían un llamativo y artificial color anaranjado, cogí mi carrito y lo seguí, sin preguntar. cruzamos el pasillo de los desayunos, atravesamos el de las sopas de sobre y finalmente pasamos por las cajas. él delante y yo detrás, con mi carrito, intentando ignorar las miradas curiosas que despertábamos a los demás compradores de última hora. 
-pase y deje el carro aquí fuera – me ordenó al llegar a una portezuela pequeña y mal pintada. miré la caja de los helados que había depositado hacía unos pocos minutos en la cesta. 
-pero los helados van a estropearse - me quejé inútilmente. 
-no se preocupe ahora por los helados. – y a continuación me abrió la puerta. 

la escena ya me la conocía de sobras y también todo lo que venía una vez hube cerrado la puerta detrás de mí. no me malinterpreten: cometo hurtos sin importancia, pequeños objetos sin apenas valor. unas horquillas que acaban olvidadas y oxidadas en algún cajón del armario del baño, un pintalabios que no me atrevo a ponerme, unos calcetines de la talla equivocada. como digo, tonterías. pero no lo puedo evitar. me resulta divertido y excitante y qué sería de la vida sin su ápice de aventura, ¿verdad? 
-siéntese - me dijo un señor regordete y con gafas que me miraba con severidad detrás de una mesa de plástico blanca. 
yo hice lo que me pedía y, para no perder el tiempo, me saqué del bolsillo la libretita de tapa azul turquesa que había sustraído de la sección de material escolar. pero el hombre parecía que no tenía tanta prisa como yo y, sin hacerle el menor caso a la libreta de tapa azul turquesa, me escudriñó con sus ojos pequeños y me sometió a un interrogatorio que ni los asesinos en serie más temibles dudo que hayan sufrido alguna vez. y yo, que no quería problemas y nunca se me ha dado muy bien desobedecer a la autoridad, contesté a todo, sincera y medio arrepentida. después de lo que yo consideré una eternidad, el hombre me dejó salir diciéndome que no contactaría con la policía si yo le juraba que no iba a regresar al supermercado nunca más. a mí me pareció un castigo demasiado severo, teniendo en cuenta además que cuando no me daba por sisar, era una clienta bastante habitual y me dejaba una importante parte de mi escaso salario en sus productos y alimentos. pero como digo, no quería enfadarlo más y le prometí que haría tal y como él indicaba. salí mareada y muerta de hambre, pero esta sensación me duró un segundo porque había sucedido algo que era mucho más importante que mi mareo y mi hambre voraz. se había hecho tan tarde que habían apagado las luces y no quedaban ni clientes, ni cajeras, ni guardias de seguridad. mi carrito, sin embargo, seguía allí, al lado de la puerta. imaginé los helados completamente derretidos y despotriqué del guardia de seguridad por su poco sentido común, pero eso tampoco tenía importancia en ese momento. estaba a punto de darme la vuelta y llamar al despacho del hombre regordete para preguntarle cómo iba a poder salir de allí, cuando me di cuenta de que eso hubiera sido el mayor error que iba a cometer en la vida. por fin se me ofrecía la posibilidad de cumplir con una de mis fantasías y rechazar dicho ofrecimiento hubiera sido una auténtica locura por mi parte. y por si fuera poco, esa podía ser mi cura definitiva con el dichoso tema de los hurtos que siempre me hacían pasar algún que otro mal momento. es decir, esa noche estaba en pleno derecho para coger todo lo que me viniera en gana, al fin y al cabo nadie pretendería que me muriera de hambre, y tal vez a partir de ahí, abandonaría definitivamente toda actividad delictiva. y así fue cómo me alejé de puntillas del despacho y esperé a que mis ojos se adaptaran a la tenue luz de emergencia que se posaba delicadamente encima de las estanterías repletas de paquetes, envoltorios brillantes, sabores desconocidos y manjares exquisitos que iba a tener el inmenso placer de catar en las próximas doce horas, sin olvidarme, por supuesto, de la planta superior donde me esperaba el último grito en aparatos electrónicos, sofás que daban masajes, cremas de belleza reparadoras y rejuvenecedoras y colchones de látex reclinables. creo que en mi vida había sido tan feliz. aunque esta sensación fue rápidamente reemplazada por otra menos agradable cuando alargué la mano y me dispuse a coger la primera chocolatina de una caja de bombones belgas prohibitivos para mi bolsillo. ¿era esa la mejor forma de empezar? ¿no sería mejor echar una ojeada a la sección gourmet primero? ¿o tal vez subir a la planta dos y probarme algunos zapatos de tacón de esos que jamás me pondría porque soy incapaz de mantener el equilibrio? de forma que empecé a deambular sin rumbo, de un sitio para otro, evitando la sección de congelados porque empezaba a tener frío, dubitativa, estresada y angustiada, haciendo caso omiso al rugido de mis tripas, esperando encontrar eso, eso que no sabía lo que era pero que estaba convencida de que reconocería tan pronto como lo viera. 
“imborrables noches de frenesí”, eso fue lo que dio por finalizada mi abrumadora e infructuosa búsqueda. sucedió una hora después, cuando en el segundo piso, con los pies reventados de tanto andar y la cabeza a punto de estallar por haber memorizado las ofertas especiales de cada sección, me detuve delante del libro y decidí sentarme y darme un respiro. supongo que había títulos mucho más estimulantes intelectualmente, pero estaba tan agotada, tan harta de indagar, que no me planteé seguir buscando. nada más. y con el libro ya en mis manos, ayudada por una linterna que cogí prestada de la sección de bricolaje y observando la portada en la que una pareja se besaba apasionadamente enfrente de una puesta de sol en lo que parecía ser una isla paradisíaca pensé que, ya que estaba siendo una noche extraordinaria y puestos a hacer cosas fuera de lo común, bien podría darle una oportunidad a una lectura que en circunstancias normales hubiera descartado. pero cuando la protagonista, mary elizabeth kate, huérfana, amnésica, antropóloga y rubia despampanante, subía al avión rumbo a parís y se sentaba al lado de edward collingwood, joven, atlético, con ascendencia real y terriblemente seductor, empecé a sentir tantísimo sueño que no fui capaz ni tan siquiera de llegar a la sección de jardinería, que estaba a escasos metros, para tumbarme en una de sus tumbonas de resina trenzada. y así me encontró un reponedor a las nueve y media de la mañana: en el suelo, en posición fetal y abrazada a “imborrables noches de frenesí” que permanecía abierto por la página diez. 
-¡por el amor de dios! ¿está usted bien? ¿qué hace aquí? ¿cómo ha entrado? – me despertó el joven, más asustado que yo. 
intenté levantarme pero me dolía tanto la espalda que desistí de inmediato y me quedé tendida en el suelo, lo cual asustó aún más al muchacho. 
-creo que no me puedo levantar – conseguí decir entre gemidos y bufidos. 
él se agachó y me sujetó por las axilas con cuidado hasta lograr que me sentara. inmediatamente vi el libro y me acordé de mary elisabeth kate y edward collingwood y no pude reprimir asociar su encuentro en el avión que tanto prometía con el que estábamos teniendo el reponedor y yo, en las frías baldosas del supermercado, pero me dolía tanto la espalda que tampoco me pude reír. 
-¿qué hace aquí? – me preguntó de nuevo el chico, esta vez esperando que le contestara y como no tenía la cabeza para urdir ninguna explicación, le conté la verdad, obviando, claro está, la parte del robo y el interrogatorio de tercer grado. 
-qué barbaridad. ¿y ha pasado aquí toda la noche? esto es imperdonable. ahora mismo llamo a mi jefe y le… 
-déjalo, si ya estoy bien – dije haciendo un segundo intento para ponerme en pie y apartando un poco el libro con disimulo para que no me vinculara con él. – en realidad estoy segura de que fue culpa mía. creo que me despisté y no hice caso a los avisos de megafonía. a veces puedo ser tan despistada, pero bueno, ahora ya me puedo ir. 
y la verdad es que comenzaba a tener muchas ganas de marcharme, pero el empleado insistió una vez más. 
-es que creo que deberíamos compensarla de alguna forma. nosotros, bueno, la compañía, la ha encerrado aquí, en contra de su voluntad. es algo inadmisible. déjeme al menos que lo consulte con mi jefe. él sabrá qué hacer. 
al escuchar la palabra “compensación” mis ganas de marcharme se disiparon con una rapidez pasmosa y la versión del chico cobraba más sentido cada vez que abría la boca. al fin y al cabo, pensé: ¿quién querría pasar toda una noche encerrada en un supermercado? 
-tienes toda la razón. – me oí decirle al muchacho - consulta con él. 
-ahora mismo vuelvo. no se mueva usted de aquí. 
-claro. 
el chico se alejó corriendo y cuando lo perdí de vista, me apresuré (es un decir, claro, ya que mi espalda seguía dolorida por todas partes) a coger el libro del suelo y a meterlo dentro del bolso. luego repasé los demás títulos sin encontrar ninguno que me llamara la atención. pasaron unos diez minutos cuando reapareció el reponedor acompañado de otro hombre, quien supuse que era el encargado. 
-buenos días. rodrigo me acaba de contar lo que ha ocurrido - dijo con voz grave - y lo siento mucho. no entiendo cómo ha podido pasar, con el sistema de videovigilancia que tenemos y las alarmas y... en fin, ¿necesita usted algo? 
-no se preocupe, estoy bien
-en ese caso, por favor, acompáñeme. gracias, rodrigo, puedes volver a tu trabajo – le ordenó al reponedor que me había descubierto. 
el chico pareció desilusionado por no poder saber cómo iba a terminar todo aquello y la verdad es que a mí también me hubiera gustado que nos acompañara puesto que él parecía tener mucho más claras las razones por las cuales yo debía mostrarme furiosa y ofendida. 
de nuevo cruzamos pasillos y secciones que ya formaban parte de mi entorno familiar. el local había abierto hacía pocos minutos y los primeros clientes que habían llegado me miraban, otra vez, con curiosidad y recelo. comenzaba a estar cansada de dar tantas vueltas y echaba de menos mi cama y un café con leche con galletas en mi taza preferida, usurpada de una cafetería  en el aeropuerto de helsinki, pero finalmente llegamos a la misma portezuela donde la noche anterior me había interrogado el jefe regordete de ojos pequeños. me entró el pánico. ¿qué probabilidades había de que el hombre doblara el turno y me lo encontrara sentado al otro lado de la mesa, más sorprendido que yo al verme allí pocas horas después de nuestro primer encuentro? ¿valía la pena una recompensa, si es que llegaba a haberla, con otro interrogatorio minucioso y eterno cuando lo único que yo quería era largarme a mi casa? 
-si no le importa – dije al encargado que había ya llamado a la puerta – creo que prefiero irme. 
-¿cómo? será sólo un segundo, créame. 
no le dije que de estar el hombre que temía que estuviera ahí metido, iba a ser mucho más que un segundo, sin embargo sí le expliqué que ya había perdido mucho tiempo, que llegaba tarde a no sé dónde y que no me encontraba bien. pero no fue hasta que le aseguré que no iba a denunciarlos cuando pareció estar más conforme y dispuesto a dejarme ir. 
-está bien, como usted prefiera – afirmó finalmente. 
yo me di la vuelta antes de que llamara de nuevo a la puerta de su jefe y a paso rápido me dirigí hacia los rótulos luminosos que indicaban la salida. al pasar por el detector antirrobo se activó la alarma y empalidecí. había olvidado el libro por completo y sentía que de esa ya no iba a salir indemne. me detuve y miré al encargado que, sonriendo detrás de mí, miró al guardia de seguridad y le hizo una señal con la mano para que me dejara pasar. 
-no se preocupe – dijo el guarda – estas máquinas pitan cuando les da la gana. puede usted pasar. 
-muchas gracias – logré musitar sin levantar la vista del suelo, agarrando el bolso con fuerza. 
cuando por fin conseguí salir a la calle y gozar de la brisa fresca y los rayos de sol que calentaban mi cara, me maldije por no aprovechar la momentánea situación de amnistía, por una vez en la vida a mi favor, para ir a por la caja de bombones belgas, prohibitivos para mi bolsillo.