remigio se despierta cuando todavía es de noche. en circunstancias normales se daría la vuelta en su cama, la misma que tiene desde los quince años y que ahora le queda un poco estrecha, y volvería a quedarse dormido pero sabe que hoy va a ser imposible. nada más recuperar su estado de consciencia le ha venido a la cabeza rosalía y ha sentido esa misma punzada de dolor intenso con la que consiguió dormirse hace menos de tres horas. “maldita hija de puta”, piensa mientras se reincorpora y enciende la luz de la lámpara de la mesilla de noche. a eso añadiría un típico “todas son iguales” que ha escuchado en alguna ocasión de algún amigo suyo, pero en su caso sólo ha estado con rosalía y no tiene con quién compararla. este pequeño detalle lo hace sentirse todavía más ridículo e insignificante así que mentalmente repite, esta vez con un poco más de énfasis, un “hija de perra” y se siente un poco mejor, al menos por el momento, como si la propia rosalía lo hubiera escuchado y se hubiera sentido terriblemente mal a raíz de su insulto.
-¿has dicho algo? ¿te pasa algo? ¿por qué has encendido la luz? ¿no te encuentras bien?
remigio suspira y calla a la espera de que le dejen en paz.
-¿hijo?
su madre da un par de golpecillos suaves a la puerta de su habitación. él se pregunta cómo puede ser que la mujer esté ya despierta y lo haya escuchado hablar.
-no pasa nada, mamá.
-¿seguro? ¿te preparo una tila?
-¡no, mamá! ¡no quiero una puta tila! – le grita a la mujer, suficientemente alto como para, ahora sí, se desvelen los vecinos y la mismísima rosalía, que vive a veinte minutos de su casa.
mientras rebusca en el cajón de la mesilla un paquete de cigarrillos oye cómo su madre se aleja, arrastrando los pies, y regresa a la cama. respira un poco más tranquilo, aunque se da cuenta de que no le queda tabaco y debe levantarse de la cama y salir de la habitación. en calzoncillos recorre el salón y se dirige al pasillo donde cuelga la chaqueta marrón de su padre. en el bolsillo interior derecho encuentra un paquete y coge los dos últimos que le quedaban al hombre, luego abre la puerta del balcón, apoya su prominente panza en la barandilla y enciende el primero. piensa en rosalía, cómo no, en todo lo que le dijo ayer, qué fría e injusta fue y qué poca razón tenía en esas palabras que parecía que fueran escupidas por otra persona, muy distinta a su dulce rosalía. las cosas no van a quedar así, se dice, de repente envalentonado y con una energía que no sabe de dónde ha salido pero que, por primera vez desde ayer, hace que se sienta un poco menos desgraciado. para cuando termina el segundo cigarrillo, ligeramente mareado, ya tiene un magistral plan trazado y ha olvidado toda su desdicha. ahora ya no se trata de recuperar a la que creía que era la mujer de su vida. ahora, piensa remigio, sintiendo un poco de frío por la brisa que se ha levantado, va a demostrar de lo que puede llegar a ser capaz porque ninguna mujer se ríe de él, ni mucho menos lo deja así como así, de un día para otro y sin ninguna explicación convincente a la que él pueda responder.
de nuevo en la cama, le es imposible calmarse, aunque sus motivos son distintos y rosalía ha pasado a un segundo plano. tiene que estudiar bien los detalles, ningún cabo suelto, ningún contratiempo. lo primero de todo es descubrir dónde conseguir un poco de ácido. tampoco está seguro de cuánta cantidad debe usar. recuerda, con una sonrisa tierna que se autocensura inmediatamente, que rosalía es escuchimizada y que su cara es pequeña y estrecha, así que imagina que con unos pocos litros será suficiente. tal vez con la botella de litro y medio de agua que su madre guarda en la nevera bastará. lo complicado será encontrar el ácido. recorre uno a uno su círculo de amigos y con cierta decepción llega a la conclusión de que ninguno de ellos le va a servir para nada en este asunto. remigio sigue pensando un buen rato más. en algún momento se desvía del tema principal y se recrea imaginando el rostro desfigurado de rosalía. ella misma se lo ha buscado, se reafirma una vez más. piensa que quizá en la droguería de doña mercedes puedan tener algo similar, tal vez menos corrosivo, pero igual de fatídico. en ese caso también le valdría, pero debería olvidarse de la botella de litro y medio e ir a por la de cinco. aunque, opina, también tendría que lidiar con la indiscreción de doña mercedes y antes de sacar un billete para pagar el ácido ya tendría a su madre detrás de la oreja preguntándole que para qué va a usar el ácido y que tenga muchísimo cuidado o alguien terminará herido. no, la droguería no es un buen lugar. y sigue pensando otra alternativa hasta que, cuarenta minutos después, se queda dormido, abrazado a su suave almohada de plumas.
a las nueve y media de la mañana su madre lo despierta con los mismos golpecitos suaves en la puerta que dio la noche anterior.
-hijo, son las nueve y media ya. ¿te traigo un colacao?
-hoy no iré a trabajar, mamá. avisa a papá.
-¿te encuentras bien?
-creo que tengo un poco de fiebre.
la madre, sin avisar, a pesar de anteriores advertencias de remigio, entra en la habitación. el hijo se apresura a taparse con las sábanas hasta la barbilla.
-te he dicho mil veces que llames antes de entrar.
-sólo quería saber si necesitas algo. ¿aviso al médico? déjame ver si tienes fiebr...
-mamá, por favor, – chilla él – sólo son unas décimas, nada grave. déjame dormir un rato más y sal ya de mi cuarto.
la mujer sale, pero poco después regresa y, esta vez sí, llama antes de entrar y deja encima de la mesita de noche una taza de leche con colacao.
-voy a la tienda, a ver si tu padre me necesita – le dice antes de cerrar la puerta con cuidado.
remigio aparta las sábanas y bebe el cola-cao despacio, pensando en el poco tiempo que tiene para llevar a cabo su plan antes de que sus padres vuelvan de trabajar, al mediodía. mientras sigue cavilando sobre dónde agenciarse del ácido que destrozará la preciosa cara de rosalía un estruendo de trompetas y bombos proveniente de la calle le obliga a salir al balcón, de nuevo en calzoncillos. con tanto drama, había olvidado que hoy comenzaban las fiestas del pueblo y que seguramente por la noche habrá baile y quedará con sus amigos. sin duda, hay que darse prisa.
regresa a su cuarto, se viste con lo primero que encuentra del montón de ropa acumulada en la silla del escritorio y coge un billete de cincuenta euros del cajón donde su madre suele guardar el dinero. en el ascensor se mira al espejo por primera vez desde que rosalía lo dejó. tiene una pinta descuidada, con el pelo despeinado, los ojos legañosos y restos de cola-cao en la comisura de los labios y además se da cuenta de que la camiseta que ha escogido lleva tres lamparones anaranjados a la altura del pecho que se intenta limpiar con un poco de saliva, pero lo único que consigue es agrandarlos y hacerlos más visibles aún. “céntrate en lo importante, chico, esto es lo de menos”, se le oye decir.
baja por la calle con aplomo y a paso rápido. al llegar a la esquina donde está la droguería de doña mercedes se detiene unos segundos, dudando de si debería entrar o no. doña mercedes, que lo reconoce enseguida, le sonríe y sale a su encuentro.
-buenos días, remigio – le saluda -ya estamos en fiestas otro año más. hay qué ver cómo pasa el tiempo, ¿eh? ¿cómo está tu madre? hace muchos días que no la veo.
cualquier otro día remigio hubiera contestado con amabilidad, pero hoy no es día para ser cordial con nadie, mucho menos con esa vieja fisgona y metomentodo que ni tan siquiera tiene un ácido decente para desfigurar caras, así que reinicia su camino, sin todavía tener ninguna idea de cómo conseguirá arruinar la vida de su ex amada, por muy resuelto que esté para hacerlo. es en el estanque donde compra un paquete de cigarrillos donde se le ocurre la idea: no hace falta ningún ácido. basta con un poco de gasolina y unas cerillas. las dos cosas son fáciles de conseguir y el resultado es el mismo. cómo no lo habrá pensado antes. una pira funeraria con rosalía tendida en el centro se le antoja el más bello de los espectáculos para las fiestas del pueblo. y allí mismo, antes de que la chica que le atiende le devuelva el cambio, remigio le pide dos cajitas de cerillas, por si acaso. las guarda en el bolsillo del pantalón y las acaricia constantemente con la yema de los dedos. pero luego piensa que no, que no la quiere matar, sólo quiere que sea muy desgraciada y que él pueda verlo, así que es mucho mejor, por ejemplo, cortarle los dos brazos con un hacha o clavarle unas tijeras y dejarle una buena cicatriz. eso es, unas tijeras. las venden en cualquier chino y las puede esconder con facilidad de forma que no levantará sospechas si se pasea por allí con ellas. mucho mejor que la aparatosidad de un hacha, que, a decir verdad, tampoco sabe si sabría manejar. “un chino de los de todo a un euro. eso es, sólo necesito encontrar un chino”.
a medida que se aproxima a casa de rosalía nota cómo los latidos de su corazón lo ensordecen y lo aíslan del griterío de los niños y la banda musical que, delante del ayuntamiento, toca una melodía pegadiza y repetitiva que estuvo de moda hace unos años. evita cualquier contacto visual con sus vecinos y conocidos, ya que ahora no sería un buen momento para encontrarse con sus amigos que seguro que lo terminarían arrastrando para tomar la primera caña del día. sin embargo le es imposible esquivar a la gitana que se precipita sobre él, literalmente, para que le compre una rosa.
-una rosa, guapetón, una rosa para tu señora, para esta noche, para las fiestas del pueblo. una rosa, qué te costará, ricura. cómprame una rosa, anda cariño. por ser tú, salao, te la dejo a cuatro eurillos. cuatro euros de nada. mira qué bonitas te las traigo. de todos los colores. ¿qué color prefieres? venga, tres euros y te llevas dos.
remigio niega con la cabeza, una vez y otra, pero la gitana insiste y lo persigue unos metros hasta alejarse de la plaza y acercarse a escasos metros del portal de rosalía. teme que la gitana termine arruinando todos sus planes si no se larga de allí inmediatamente.
-dame una. – le ordena con impaciencia.
-claro que sí, cariño mío. una rosa para el caballero. ¿roja o rosa?
-da igual.
-¿cómo que da igual? mi amor, que no es lo mismo rosa que roj…
-rosa, rosa. dame la jodida rosa rosa.
-bueno, bueno… sin ponernos nerviosos. rosa, a ver… una rosa bien bonita y hermosa para el señor.
la gitana se va rápidamente en busca de otro comprador y durante un segundo remigio respira un poco más tranquilo.
-la puta hostia – exclama al darse cuenta que la mujer se ha quedado con el billete de veinte y no le ha devuelto el cambio – ¿es que nada me va a salir bien hoy?
una pareja de ancianos se lo quedan mirando al pasar por su lado. él intenta serenarse y los saluda con un leve movimiento de cabeza y una mueca que pretende ser una sonrisa afable. los ancianos lo ignoran y apresuran un poco el paso. antes de entrar en el portal de rosalía decide fumarse un cigarrillo y repasar lo que debe hacer: primero debe tener en cuenta el portero de la finca. por un lado, que esté trabajando es una ventaja ya que esto significa que la puerta estará abierta y no hay por qué llamar por el telefonillo y por lo tanto rosalía tendrá menos tiempo de reacción al verle. pero por otro lado, no conviene que lo vea entrar, por todo eso de los testigos presenciales, así que habrá que sortearlo como sea. con un poco de suerte, con el jaleo de las fiestas, habrá salido a ver la banda musical, así que no le preocupa mucho este aspecto. luego subirá por las escaleras. nada de ascensores por si coincide con algún vecino de rosalía que también lo conoce. y una vez llegue al cuarto tercero, llamar y nada más abra la puerta su ex amada, clavarle las tijeras con rapidez y sin titubeos, un par o tres de veces, según la resistencia de la chica, eso ya lo irá viendo, piensa. el plan es bien sencillo y esto lo reconforta. aspira la última calada, tira la colilla al suelo y la aplasta con la punta de su zapatilla. ahora mismo se siente tan tranquilo que ni él mismo cree que se disponga a cometer un acto tan atroz, pero está decidido y, ajeno al discurso del alcalde, llega a la puerta de madera donde ha esperado tantas veces a rosalía a que terminara de arreglarse, la empuja con decisión y entra.
-hombre remigio, - le grita el portero desde la otra punta, con la escoba en una mano y un trapo para el polvo en la otra – pues sí que vienes temprano hoy.
remigio lo mira y comienza a temblar de impotencia y rabia. “da igual. que me vea. que me vea el portero y que me vea todo el mundo. que sepan que he sido yo. no voy a esconderme de nada. no soy ningún cobarde. que sepan de lo que soy capaz. sí, fui yo. qué pasa.”, reconsidera mientras se acerca al portero.
-ya ves. rosalía quería quedar hoy temprano para ir a la feria.
-claro que sí, hombre. aprovechad hoy que mañana ha dicho el hombre del tiempo que va a llover todo el día. cada año igual: empiezan las fiestas y llueve.
-ya, bueno. pues voy subiendo.
-ve, ve, no te entretengo.
remigio se da la vuelta y llama al ascensor. ya que lo ha visto el portero tampoco importará si todos los vecinos del edificio lo ven también. de hecho, cuantos más testigos haya, menos dudas habrá sobre la autoría del acto y mientras espera el ascensor y silba una melodía que se acaba de inventar, acaricia las tijeras y piensa en la cara de rosalía. los treinta segundos hasta llegar a la cuarta planta se le hacen interminables. se peina con los dedos el poco pelo que le queda hacia detrás y tose un par de veces para aclararse la voz, aunque sabe que no va a cruzar ni una palabra con ella. no hace falta perder el tiempo ahora con más explicaciones cuando ella ya lo dejó todo claro el día anterior. además, teme que si empiezan a hablar, a él le costará más hundir las tijeras entre sus carnes. eso si no comienza a suplicarle que no lo haga y que la perdone y que se ha equivocado. “no, ahora ya es demasiado tarde para disculpas. el daño ya está hecho y hay que ser práctico. práctico y rápido”.
para cuando sale al rellano ha sacado las tijeras de su bolsillo. con cuatro pasos más se planta delante de la puerta de rosalía y coge aire una vez, dos, tres. baja la mirada hacia las tijeras y observa maravillado la rosa rosa en la otra mano que había olvidado por completo. hay que reconocer que, a pesar de los veinte euros que le ha robado, la gitana ha escogido la más bonita que tenía de todas. “céntrate, céntrate, joder, no es momento para rosas. llama al puto timbre y dale a esa zorra lo que le corresponde”. acerca su dedo índice al timbre y nota un calambrazo con el contacto y ya no sabe si es su estado alterado o un mal contacto del aparto, pero en cualquier caso, no deja que eso le perturbe en lo más mínimo. aparta el dedo, aprieta las tijeras con su mano y espera.
en el descenso hacia la planta baja se siente ligero. aunque sigue temblando, todas sus preocupaciones han desaparecido y sabe que al menos hoy dormirá sabiendo que ha hecho lo que tenía que hacer. se despide animosamente del portero, que lo ve salir del portal sin rosalía, pero con una enorme sonrisa en su rostro. al llegar a la plaza del ayuntamiento remigio busca con la mirada a sus amigos, aunque no consigue encontrar a ninguno. le da igual. regresará a casa, tomará una ducha, se cambiará de ropa y se pondrá algo limpio y almorzará con sus padres viendo las noticias. con un poco de suerte su madre ha preparado algún guiso digno de fiesta mayor. camina con brío, empuñando las tijeras, todavía impolutas, en su mano.
“conmigo no se juega. no, no. de ninguna forma. a ver si aprendes de una vez por todas”, dice en alto. “te lo merecías” y a continuación estalla en sonoras carcajadas mientras visualiza perfectamente la rosa rosa que ha dejado con sumo cuidado en el centro del felpudo de la entrada en casa de rosalía.
01 julio 2014
27 junio 2014
reconozcámoslo: empezamos con mal pie.
él me hacía más alta. yo con menos tripa.
tampoco había hecho mención a esa nariz grande y desviada
ni a su frente abultada, ese andar desmañado
ni el pantalón viejo, deslucido y arrugado. pero nos sonreímos y, como dicta el protocolo, nos besamos las mejillas heladas.
nuestro primer roce me produjo escalofrío.
olía a susto, a derrota. a soledad y a vacío.
su frase más larga fue un balbuceo nervioso
“¿qué quieres hacer?”
éramos tan previsibles que entramos en el primer bar que encontramos en el paseo.
dos pasos por delante busqué una mesa en el centro,
rodeada de extraños
él, detrás, pudo por fin bajar la mirada hasta el final de mi espalda.
nos sentamos uno enfrente del otro
con la distancia suficiente como para apartar mi mano si a él le daba por alargar la suya.
hablamos poco, con monosílabos,
hasta la segunda cerveza tibia que nos sirvió un camarero pendiente de un partido que pasaría a la historia. otra historia, no la nuestra.
me contó de un trabajo de ocho horas, a veinte minutos de casa, una hora para comer y dos compañeras insoportables.
una ex enloquecida y aún enamorada,
como todos los ex que inventamos a nuestra pesarosa medida,
un libro sin terminar, pero muy recomendable.
un pasado brillante. y fingido.
“bueno, y tú qué” preguntó al rato
tan tarde, tan apático, que no hubo forma de ingeniar nada.
pedimos dos más
finalizó el partido
"una derrota injusta", afirmó uno. y me hizo gracia
como si existieran los finales neutrales.
nos quedamos solos
alargó la mano
desvié la mirada
llegamos a su casa lúgubre en un sexto sin ascensor
nos besamos a oscuras, con los abrigos puestos y los latidos acartonados
qué frío su cuarto, qué húmedas las sábanas
qué torpe su lengua y qué pocas mis ganas.
“puedes quedarte, si quieres” dijo tendido en la cama
abierto de piernas, manchado y triunfal.
qué triste todo
qué pena daba
qué alivio salir de su mundo en llamas.
pero insistió.
insistió hasta hacerme creer que también para nosotros había medallas
insistió porque un clavo ardiendo era mejor que una paja.
insistió porque había que compensar su torpe lengua, sus negadas manos,
su cuerpo idiota que había perdido práctica.
qué ridículos fuimos durante ese tiempo
esforzados en encender un fuego con agua
qué lamentable su afán infantil, su puesta en escena,
su frenética carrera para convertir lo que yo sabía imposible
en lo que él quería estable.
y qué gloriosa, qué memorable esa primera riña banal un domingo soleado.
lo leí en sus ojos, en su temblor inquieto,
en una disculpa atropellada
pintado con letras centelleantes en las paredes de toda la casa.
una grieta, una fuga, un nudo
la derrota injusta y mi excusa encontrada.
y no es que la necesitara, cierto,
bastaba con haber abandonado antes
pero yo también era cobarde, mezquina y atontada.
hasta que cerré la puerta y tiré la llave.
y no crujió nada.
le olvidé como quien no ha pasado.
le olvidé rápido. le olvidé feliz.
con la ligereza de quien se desprende de una silla rota,
polvorienta, que sobraba.
y ahora, algunos días, muy raros y escasos,
cuando me puede una imaginada nostalgia,
aún recuerdo que lo mejor de nosotros fue, sin duda, alejarme.
él me hacía más alta. yo con menos tripa.
tampoco había hecho mención a esa nariz grande y desviada
ni a su frente abultada, ese andar desmañado
ni el pantalón viejo, deslucido y arrugado. pero nos sonreímos y, como dicta el protocolo, nos besamos las mejillas heladas.
nuestro primer roce me produjo escalofrío.
olía a susto, a derrota. a soledad y a vacío.
su frase más larga fue un balbuceo nervioso
“¿qué quieres hacer?”
éramos tan previsibles que entramos en el primer bar que encontramos en el paseo.
dos pasos por delante busqué una mesa en el centro,
rodeada de extraños
él, detrás, pudo por fin bajar la mirada hasta el final de mi espalda.
nos sentamos uno enfrente del otro
con la distancia suficiente como para apartar mi mano si a él le daba por alargar la suya.
hablamos poco, con monosílabos,
hasta la segunda cerveza tibia que nos sirvió un camarero pendiente de un partido que pasaría a la historia. otra historia, no la nuestra.
me contó de un trabajo de ocho horas, a veinte minutos de casa, una hora para comer y dos compañeras insoportables.
una ex enloquecida y aún enamorada,
como todos los ex que inventamos a nuestra pesarosa medida,
un libro sin terminar, pero muy recomendable.
un pasado brillante. y fingido.
“bueno, y tú qué” preguntó al rato
tan tarde, tan apático, que no hubo forma de ingeniar nada.
pedimos dos más
finalizó el partido
"una derrota injusta", afirmó uno. y me hizo gracia
como si existieran los finales neutrales.
nos quedamos solos
alargó la mano
desvié la mirada
llegamos a su casa lúgubre en un sexto sin ascensor
nos besamos a oscuras, con los abrigos puestos y los latidos acartonados
qué frío su cuarto, qué húmedas las sábanas
qué torpe su lengua y qué pocas mis ganas.
“puedes quedarte, si quieres” dijo tendido en la cama
abierto de piernas, manchado y triunfal.
qué triste todo
qué pena daba
qué alivio salir de su mundo en llamas.
pero insistió.
insistió hasta hacerme creer que también para nosotros había medallas
insistió porque un clavo ardiendo era mejor que una paja.
insistió porque había que compensar su torpe lengua, sus negadas manos,
su cuerpo idiota que había perdido práctica.
qué ridículos fuimos durante ese tiempo
esforzados en encender un fuego con agua
qué lamentable su afán infantil, su puesta en escena,
su frenética carrera para convertir lo que yo sabía imposible
en lo que él quería estable.
y qué gloriosa, qué memorable esa primera riña banal un domingo soleado.
lo leí en sus ojos, en su temblor inquieto,
en una disculpa atropellada
pintado con letras centelleantes en las paredes de toda la casa.
una grieta, una fuga, un nudo
la derrota injusta y mi excusa encontrada.
y no es que la necesitara, cierto,
bastaba con haber abandonado antes
pero yo también era cobarde, mezquina y atontada.
hasta que cerré la puerta y tiré la llave.
y no crujió nada.
le olvidé como quien no ha pasado.
le olvidé rápido. le olvidé feliz.
con la ligereza de quien se desprende de una silla rota,
polvorienta, que sobraba.
y ahora, algunos días, muy raros y escasos,
cuando me puede una imaginada nostalgia,
aún recuerdo que lo mejor de nosotros fue, sin duda, alejarme.
20 junio 2014
En primer lugar, me gustaría que fuera guapa,
y que caminara cuidadosamente sobre mi poesía
en el momento más solitario de una tarde,
su cabello por el cuello húmedo todavía
de lavárselo. Debería llevar puesto
un impermeable, uno viejo, sucio
por no tener bastante dinero para llevarlo al tinte.
Sacará las gafas, y allí,
en la librería, hojeará
mis poemas, luego pondrá el libro
en la estantería. Y se dirá a sí misma:
“Por este precio, puedo llevar
mi impermeable a la tintorería”. Y lo hará.
Escogiendo un lector, T. Kooser
y que caminara cuidadosamente sobre mi poesía
en el momento más solitario de una tarde,
su cabello por el cuello húmedo todavía
de lavárselo. Debería llevar puesto
un impermeable, uno viejo, sucio
por no tener bastante dinero para llevarlo al tinte.
Sacará las gafas, y allí,
en la librería, hojeará
mis poemas, luego pondrá el libro
en la estantería. Y se dirá a sí misma:
“Por este precio, puedo llevar
mi impermeable a la tintorería”. Y lo hará.
Escogiendo un lector, T. Kooser
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


