11 junio 2014

si no recuerdo mal dejé de escribir en el blog en junio del 2014. no ocurrió nada especial en esas fechas, simplemente me cansé. me daba la sensación de que ya lo había contado todo, que todas las historias y personajes se parecían sospechosamente y que no tenía más recursos para hacerlas de otra forma distinta. al principio me fastidió bastante porque durante mucho tiempo la escritura había sido para mí una forma de evasión, de crear, de pasarlo bien y de pensar en otras cosas cuando tenía problemas. no me malinterpreten, mis problemas en aquella época tampoco eran graves, pero aun así, cuando había algo que no terminaba de funcionar, escribía y ya después parecía que el problema había empequeñecido y que todo tenía solución. pero como digo, lo dejé. quise convencerme de que en realidad se trataba sólo de un descanso y que eso me haría bien para volver con más energía e historias más variadas. luego, pasados unos meses me descubrí, bastante sorprendida, de lo descansada que me hallaba. no tenía que pensar en tramas originales ni en finales sorprendentes, no tenía que romperme la cabeza con detalles creíbles, ni nombres, ni diálogos, ni descripciones. no tenía ni tan siquiera que observar a todas horas y aprovechar cualquier despojo, pista o secuencia para desarrollar un relato decente. rápidamente fui acostumbrándome a tener más tiempo libre y para qué engañarnos, me alegré. no negaré que me entristecía tener tan abandonada una afición que me había dado tan buenos momentos, pero cada vez que me enfrentaba al folio en blanco, algo que sucedía cada vez con menos frecuencia, más pereza sentía y más planes se me ocurrían para levantarme de la silla y olvidarme de ser una gran escritora. me consolaba, si es que alguna vez tenía remordimientos, pensando que jamás me habían contestado de las editoriales a las que había enviado mis manuscritos, ni había ganado ningún premio en los centenares de concursos a los que había hecho llegar tantas horas de esfuerzo. quedaba claro que, aunque mis amigos dijeran lo contrario, qué iban a decir ellos, mi carrera como escritora no tenía ningún futuro prometedor. y así me tranquilizaba y podía ignorar la pantalla en blanco durante intervalos de tiempo más y más espaciados. 
una vez en la que me pudo la melancolía del periodo en el que escribía me propuse comenzar una novela. me dije que lo único que necesitaba era un cambio de género. lanzarme definitivamente a la piscina con algo grande e importante, nada de relatitos de cinco páginas en los que apenas podía profundizar en los temas verdaderamente cruciales que atormentaban al ser humano desde el inicio de los tiempos. ese sería, pensé, mi último intento para acceder al selecto círculo de los grandes escritores y sí, bastante entusiasmada, un verano en el que tuve un mes seguido de vacaciones, la comencé. ni que decir tiene que no la terminé. después de veinte páginas tuve que reconocer que aquella historieta de dos hermanas que no se soportaban y que al final iban a reconciliarse, aunque no sabía lo que ocurriría entremedio, no tenía ni pies ni cabeza y que más me hubiera valido disfrutar de mi mes vacacional yendo a la playa. esa fue la estocada definitiva para dejarlo de una vez por todas. al final de ese mismo verano, en un foro literario en el que participaba de vez en cuando dando mi opinión acerca de libros que leía, conocí a ramón. veinte meses después nos casamos, nos compramos un pisito, tuvimos dos niños y olvidé por completo novelas a medio hacer y relatos de cinco páginas. lo único que no abandoné fue la lectura. supongo que era el único hilillo que, aunque desde el otro lado, el de lectora, me mantenía unida a la escritura y con dos niños pequeños que requerían toda mi atención, no tenía muchas otras opciones. ramón era también un lector voraz, mucho más que yo en realidad, así que nuestra casa estaba atestada de libros que se amontonaban en las estanterías y que nos gustaba comentar y analizar, continuando, un poco inconscientemente, el hábito que había permitido conocernos a través de la red. solíamos leer a última hora del día, cuando los niños dormían y podíamos disfrutar de cierta tranquilidad. lo hacíamos en la cama y aunque yo no conseguía mantener los ojos abiertos más de diez minutos, ramón era capaz de leer hasta bien entrada la madrugada si tenía entre sus manos un libro que le había enganchado. luego, por la mañana, le dolía la cabeza y estaba de un humor de perros, pero aun así hacía lo mismo la noche siguiente hasta que terminaba el dichoso libro. y claro, fue él quien me recomendó ese libro en cuestión. 
-ramón, nunca aciertas. 
-esta vez es distinto, en serio. 
-siempre es distinto y luego siempre es igual. – repetí por enésima vez desde que nos habíamos conocido y habíamos dictaminado que teníamos preferencias literarias totalmente opuestas. 
-hazme caso. es que sé que te encantará. lo sé seguro. podemos apostar algo si quieres. 
fue la apuesta lo que me convenció. bueno, y que sólo tuviera ciento veinte páginas. 

“la revelación del año que promete ser la revelación del siglo. un escritor que desde el primer minuto atrapa y sorprende por su originalidad, frescura e inteligencia” fue lo primero que leí antes de abrir el libro. así que subí un poco más el listón y esperé, ansiosamente, que el libro fuera una mierda. y es que ya no se trataba de la apuesta. era la envidia, obviamente. 
comencé a leerlo en el metro, después de dejar a los niños en el colegio, de camino al trabajo. mi marido se había dedicado a subrayar algunas frases ingeniosas, algo que odio que haga porque yo soy de esas que cuidan los libros como si fueran tesoros y cuando he terminado de leerlos siguen intactos, pero él, como no, es todo lo contrario. las frases eran realmente ingeniosas. aunque también lo eran las descripciones y los diálogos y los nombres de los personajes. al llegar al trabajo ya estaba enganchada y mi envidia fue rápidamente sustituida por una sentida admiración. no pude evitar hacer una búsqueda en google del autor, ponerle cara y descubrir un poco más de él. me sorprendió que fuera tan joven, tenía veintitrés años, y que ese fuese su primer y último libro ya que había muerto seis meses después de publicarlo en un accidente de tráfico. la noticia me perturbó. era injusto que alguien con tantísimo talento y con una carrera tan prometedora, una carrera que hubiera deseado para mí misma, falleciera tan joven. permanecí absorta, mirando esa cara infantil, pecosa y pálida en la pantalla durante un buen rato y luego comencé a responder emails hasta la hora de comer. también durante la hora de natación de los críos devoré más páginas del libro, muy ajena a sus insistentes llamadas de atención cada vez que hacían una voltereta nueva. 

me llamo alan, alan h. avner, 

leí. levanté la cabeza del libro y volví a leer.

me llamo alan, alan h. avner, y es probable que me recuerden de “ahora sí soy yo”, ese programa que emitió el canal 15, los viernes a las diez de la noche y en el que cumplíamos el sueño de miles de infelices. 

pero qué coño, exclamé, ahora sin vacilación ninguna. 

yo era su presentador. sí, ese joven de sonrisa brillante y hoyuelo en la barbilla, impecablemente bien vestido, que siempre tenía pañuelos a mano. 

me cago en su puta madre, susurré mordiéndome el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. 

debo confesar que durante el par de años que duró el programa me harté de que la gente me parase por la calle, me pidiera autógrafos y me felicitase por el gran trabajo que realizábamos. al principio me halagaba, pero llegó un punto en el que uno ya casi no podía hacer nada sin que una multitud le persiguiera por todas partes. alguien llegó a decir que yo era un dios, aunque al fin y al cabo, mi trabajo sólo consistía en conducir la emisión. 

cerré el libro y lo tiré al suelo con rabia. las madres que estaban cerca me miraron con temor y preocupación, pero no hice ningún ademán para tranquilizarlas. estaba temblando. me levanté un poco mareada y recogí el libro del suelo como si fuera una bomba que fuese a estallar en cualquier momento. luego lo guardé en el bolso y esperé fuera a que los niños salieran de la piscina. a pesar del griterío, de las carreras y las peleas entre ellos, mientras regresábamos a casa tuve tiempo de calmarme y barajar mis posibilidades. podía probar que el cuento era mío y que ese escritorzuelo no se había molestado ni en cambiar los nombres de los protagonistas. imaginaba que a pesar de los años, el relato seguía colgado en ese maldito blog abandonado y que efectivamente, esa sería mi única y más concluyente prueba. luego recordé que el falsificador había muerto y que sólo me quedaba exigir mis derechos a una editorial cuyas oficinas de veinte pisos estarían en londres o en nueva york. inmediatamente me di cuenta que solamente dependía de mí convertir a ese niñato desgraciado en uno de esos escritores de culto y eso me pareció tan ridículo y al mismo tiempo me hizo tanta gracia que solté una estrepitosa carcajada en medio de la calle. mis hijos me miraron, primero un poco sorprendidos y luego divertidos, y se rieron conmigo hasta que llegamos a casa. 
-¿qué os pasa? ¿qué es tan gracioso? – preguntó mi marido al vernos entrar. 
-mamá se ha vuelto loca – dijo uno de ellos. eso me pareció aún más delirante que todo lo que había ocurrido ese día. 
-¿loca? – inquirió él, un poco intranquilo. 

un par de días después, al ver el libro arrinconado encima de la estantería, ramón me preguntó si me lo había leído ya y qué me había parecido. 
-yo hubiera podido hacerlo mejor- contesté. 
-¿no te ha gustado? ¿perdí la apuesta? 
-no, la ganaste. el libro me encantó, pero yo hubiera podido hacerlo mejor – repetí, convencida de que así era. 

21 mayo 2014

un cuerpo 10

presto especial atención a los artículos en revistas especializadas 
a otras que no tanto 
a las entrevistas con personas que saben 
a los veinte sencillos pasos para.
subrayo con boli rojo, repito en voz alta y memorizo, 
por si acaso 
hago listas interminables de lo que me conviene
de lo que me haría estorbo, desgraciada, débil. 
los lunes medito, trazo un plan. algo suave. 
los martes estiro. 
los miércoles corro, como si fuera a llegar a algún lugar 
privilegiado. 
los sábados me miro en un espejo de cuerpo entero 
que tengo detrás de la puerta de mi habitación. 
rebusco pliegues, sobrantes 
errores, descuidos. 
cambio la fuente, un gesto, dos detalles sin importancia 
y cuando creo haber terminado,
si es que terminar es concluir, rematar con el punto y final,
respirar, liberado,
hago eso tan nefasto y dañino: me comparo con otros. 
cánones de belleza que pulverizan la media 
con sólo dos litros de agua al día y una base de maquillaje neutro. 
talentos innatos, el don, el esfuerzo de la nada. 
bendita genética. 
me comparo, sí. 

los domingos ejercito el doble. 
el deporte es tan bueno para la salud. 

sigo a rajatabla la dieta de un experto cuyo despacho atestado de libros miro con más envidia que curiosidad. 
“constancia”, me recuerda cada vez que le confieso, 
un poco avergonzada, 
que no hice nada esa semana, que estuve tumbada en el sofá, mirando un círculo creciente de humedad en el techo, 
tachando mentalmente, a conciencia, uno a uno, 
los veinte sencillos pasos para. 
y le insisto que no doy más de sí, que yo no sirvo para esto, que hasta aquí lo que se daba. 
“bobadas”, dice el versado, 
repiqueteando sus estilizados dedos 
en la portada rústica de lo último de uno al que aplauden. 
“constancia”, me repito a mí misma al salir a la calle, 
imitando su voz grave, con convicción, 
más erguida y motivada 
hasta que vislumbro el escaparate de la esquina 
mi imagen opaca, deformada 
y justo detrás, en una bandeja de plata, 
el bizcocho de nueces y pasas
las tramas confusas, disparatadas 
el pastel para seis de nata, trufa y caramelo, los personajes sin alma
la caja con lazo rojo de bombones de chocolate amargo
los principios que no enganchan, los finales que se encallan
los esbozos arrinconados que nunca llegan a nada. 

los domingos ejercito el doble. 
la práctica es tan buena para algunas fábulas. 

14 mayo 2014

Me gustó porque se agitaba suspendida en un limbo de atractivo que variaba desde la convicción de ser beneficiaria de una belleza incontestable al temor irracional de resultar fea, me gustó porque le bastaba una hora para recorrer la escala completa del ánimo, porque un día dejaba de fumar, otro de beber, y al otro gastaba las suelas, se quemaba los labios, ponía a trabajar el hígado al límite. Me gustó porque estaba sentada sobre la juventud como si fuese una conquista y no un estado que nos quitan para empezar otro juego; la juventud era algo que iba a defender porque era tan suya como la mancha color café que le iba de una mejilla a otra venciendo el puente de la nariz. Me gustó porque me trataba como si yo perteneciese a una especie distinta, que ya nacía madura, que no sospechaba nada de las fuerzas y los sentimientos encontrados que la atravesaban a ella. Me gustaba cómo se las daba de estar al cabo de la calle sobre emociones cuya profundidad y dureza apenas intuía nada. Me gustó porque hay chicas de ojos sabios que saben más de lo que han vivido, y ella no era una de esas chicas. Me gustó porque es un lujo escuchar a una persona que todavía busca una justificación racional (¡ética!) a sus preferencias, convencida de que cada impulso brota de una decisión meditada, y que un día logrará armonizar el barullo cotidiano en una idea coherente de ella misma, y la besé porque todos los jóvenes son unos predicadores. La besé porque me gustan las personas y es maravilloso que sus vocecitas interiores no se apaguen nunca. La besé, aunque un beso le valía poco porque confundía la madurez sexual con un listado de "experiencias" eróticas organizadas según la dificultad: pruebas que atraviesas y superas y sueltas y dejas caer al suelo como una serpentina de papel para no volver a recogerla. Me gustó que me contase que perdió la virginidad a los quince años y tres meses, y que la premura del chico la forzó un poco y le dolió, que desarrolló sensaciones negativas hacia la penetración y que las fue superando para no quedarse fuera de la vida; y aunque ya era casi vieja (rozaba los veintidós) sabía que podía conseguir algo importante con su vida. Me gustó cómo me miraban sus ojos miopes cuando salían de la ducha, y me gustó porque entre todo ese caudal indefinido de mujeres y hombres decidió que prefería a los varones y entre todos los que pudo escoger para protagonizar la aventura de su vida se había decidido por mí.

Divorcio en el aire, G. Torné