03 mayo 2014

sesenta toneladas de amor

-¿tienes los ojos cerrados? – pregunta mi mujer. 
-sí – contesto yo y los cierro inmediatamente. 
-¿seguro? 
-seguro. 
-pues ya los puedes abrir. 
-vaya, anette… - atino a decir mientras ella levanta los brazos y se da la vuelta poco a poco para que me recree bien. 
los dos sonreímos, ella más que yo. le hago una señal para que venga a la cama, pero ella sigue dando vueltas y finalmente sentencia: 
-pues en esto tienes que pensar mañana. 
automáticamente se me borra la sonrisa. ella lo nota, da un brinco hacia la cama, a mi lado, y me abraza. 
-cariño, no te preocupes. todo saldrá bien, ya lo verás. 
-lo sé, lo sé. sólo que… 
-que qué. 
-bueno, estoy nervioso. 
-pero vamos a ver, cielo, si lo piensas bien no es nada que no hayas hecho alguna vez antes. quiero decir… 
-no, claro. no me refiero a eso – digo pronunciando ese “eso” con más énfasis. 
-¿entonces? 
-me preocupan los resultados. que me digan, que nos digan, que no podemos tener… - y entonces me quedo callado, incapaz de pronunciar la palabra tabú, la causa que llevamos persiguiendo, intentando sin ningún resultado exitoso, desde hace meses. 
-sshh, no te anticipes. primero vamos a hacer las pruebas y –repite de nuevo– en esto tienes que pensar cuando te encierres en ese cuarto. 
y a continuación comienza a desabrocharme la camisa hasta que consigue quitármela y la tira al suelo. le digo que espere un momento. ella se aparta de mi lado y yo me levanto de la cama. noto que me arde la frente. 
-¿no tienes mucho calor? – pregunto, sofocado. 
ella parece decepcionada. su plan para tranquilizarme no ha hecho efecto y no me contesta. voy hacia la ventana y después de un par de intentos porque siempre se atasca, la abro de par en par. por un momento el aire fresco me sienta bien, pero inmediatamente la habitación se llena de un hedor insoportable. anette, que ha aprovechado el momento para meterse dentro de la cama y taparse hasta el cuello, me grita: 
-¡cierra la ventana! ¡cierra la puta ventana! la mierda de la ballena esa. ¿es que nadie va a hacer nada? 
cierro la ventana deprisa, más aturdido por la reacción de mi mujer que por la tufarada que, a pesar de haber tenido las puertecillas abiertas unos segundos, invade ya toda la casa. 
-maldita sea – murmulla ella, exasperada y dándose la vuelta, de forma que veo sólo su pelo oscuro y largo extendido en la almohada. 
me acerco, tan silencioso como puedo, y pongo mi mano en su hombro desnudo. durante unos instantes no pasa nada y lo asocio a una buena señal. aparto la tira rosada de su camisón de seda. el camisón que se había comprado para tranquilizarme a mí. anette permanece quieta y callada. el olor comienza a disiparse y muy lentamente retiro la sábana y me fijo, por primera vez, en el tanga transparente que lleva debajo de la prenda de seda. le acaricio los muslos, la cintura y después un pecho. el derecho. ella se da la vuelta. con los ojos cerrados, se muerde el labio inferior, levanta la pelvis hacia mí y separa un poco las piernas. me gusta verla así, tan sumida al placer de mis manos, pero tengo tantísimo calor que desearía poder ir a la cocina a por un vaso de agua fresca, aunque sé que hacerlo supondría un nuevo enfado de ella y que ya no tendría opción de remendar el error. me concentro en sus labios, rojos y humedecidos, y la beso. ella escurre su mano por debajo de mis pantalones del pijama, pero de repente se detiene: 
-no puedo. –dice contrariada- esta habitación apesta. 
cuando apagamos la luz, un minuto después, todavía noto la respiración agitada y las venas hinchadas alrededor de mi polla. pienso que ahora me vendría bien, aparte de ese vaso de agua que no he ido a buscar, escabullirme en el baño y hacerme una paja rápida, para dormir más tranquilo y descansar bien, pero también creo que es mejor que aguante y espere a mañana por la mañana, en la clínica, en ese cuartecillo que espero que tenga buenas revistas o vídeos no demasiado antiguos, por si al final, a última hora, el camisón rosado y el tanga transparente de anette no son suficiente. 



al final he tenido que levantarme. la una y diez de la noche de un jueves. no son horas, no son horas. salgo de la cama y descalza, a pesar de que las baldosas están helado, voy a la cocina. no contenta con el ruido de los vecinos de arriba está ese tic tic tic tic tic que no sé de dónde proviene y me pone de los nervios. se lo diría a mi hans. hans, mírame de dónde viene este ruidito que no puedo con él, que me ataca los nervios, que se me mete en el oído y no me lo quito en horas, pero hans está con otros asuntos, con cosas más importantes que ese tic tic tic tic tic tic tic. a ver si de una vez por todas tienen suerte y me hacen abuela. entre el tic tic tic tic tic tic tic y los de arriba voy a volverme loca. en serio. tic tic tic tic tic tic tic tic a todas horas. sea la hora que sea. y luego los de arriba, con la música, las risas, el arrastrar muebles a las tantas, las celebraciones. no puedo más. de nuevo, con el vaso de agua en la mano, reviso el microondas, el reloj, la nevera. lo enchufo y lo desenchufo todo. nada. tic tic tic tic tic tic. y las risas de arriba. si me hicieran abuela de una vez, al menos tendría alguna alegría en la vida, porque a mi edad, ser abuela sería lo único que me haría verdadera ilusión. un bebé rollizo y sano al que poder pasear por el paseo marítimo. tic tic tic tic tic tic. salgo de la cocina y doy un portazo con toda mi escasa fuerza. que me digan algo, si se atreven. con los pies congelados y los dedillos encogidos vuelvo a la cama, pero al pasar por delante de la ventana del comedor vislumbro una sombra que me espanta. coño, exclamo, soltando un gritito y no pudiendo evitar que la mitad del agua se vierta y moje mis dedillos contraídos. me acerco a la ventana y con la nariz pegada al cristal reconozco la sombra abultada y deforme, ancorada en la orilla: la ballena muerta desde hace tres días. una bestia inmensa, de veinte metros, sesenta toneladas, inerte, podrida y abominablemente pestilente. me quedo mirando el monstruo un buen rato. sí, un monstruo, eso he dicho, porque unos dirán que es un animal, pero a mí me parece más bien un monstruo que, según han informado en las noticias y en los periódicos, pues aquí no se habla de otra cosa, puede explotar en cualquier momento. bum. esparcir sus órganos y vísceras por todo el pueblo: su corazón hallado encima del letrero de la peluquería “sandy, siempre bella”, su vegija metida dentro de la pila baptismal de la iglesia renacentista, un trozo de estómago en la mesa de roble del director de la caja de ahorros. un poquito de tráquea en medio del salón de mi casa. por no hablar de ese olor repulsivo que hace que no salga de casa desde hace dos días y que me esté volviendo loca con ese tic tic tic tic tic tic, que ahora, con la puerta cerrada no escucho pero sé que está. tic tic tic tic tic tic. y si me da tanto asco ese pedazo de mierda muerta, y al mismo tiempo tanta fascinación, porque, a pesar del frío que me sube por los pies y asciende hasta la rodilla y los muslos, soy incapaz de distraer mi mirada de otro punto que no sea ese bulto enorme de putrefacción, creo que es porque me veo, a mi edad, sin nietos, torpe y desubicada, con unos vecinos ruidosos y ese tic tic tic tic tic tic tic, igual que ese cadáver nauseabundo al que algunos, venidos expresamente de pueblos vecinos, fotografían desde una distancia prudencial sin bajarse del coche, señalándolo como si fuera lo más aberrante que han visto en sus vidas y tapándose la nariz mientras entornan los ojos a un espectáculo que probablemente no volverán a ver jamás. así me veo yo: como ese bicho viejo y pesado que en algún momento tuvo su función, ahí en el mar, pero que ahora entorpece, afea y asquea la vida cotidiana de los demás. 



cling cling cling cling. el ruido metálico de algo que no atino a identificar me despierta de repente. me asusto, aunque no es por el ruido, ni por el tacto frío del metal que noto en el codo izquierdo. es porque, por un breve segundo, no sé dónde estoy ni reconozco la sala en la que me encuentro ni el sofá de cuero en el que me he quedado dormida. en seguida recompongo la escena y me cuadra todo. todo menos el ruido y el frío en el codo, que ya no siento por haberme apartado hacia un lado. la penumbra de la habitación no ayuda a que termine de saber qué ha pasado. me levanto rápido y una decena de cuchillos de cocina caen al suelo. el filo de uno de ellos era lo que rozaba mi codo y hacían ese ruido al chocar entre ellos. me asusto de nuevo, pero esta vez de otra forma, menos racional, sintiendo verdadero pánico por lo que hubiera podido ocurrir. aparto los cuchillos con la punta del zapato y me apresuro a lo largo del pasillo de la casa hasta llegar a la habitación del niño, paul. la puerta está cerrada y pienso en si debería llamar primero o derribarla de una patada y zarandear al crío hasta que me explique qué problema tiene conmigo y qué pretendía hacer. un rayo de luz se cuela por debajo de la puerta, pero no escucho nada. puede que se haya quedado dormido con la lámpara de la mesilla encendida. no tengo ni idea de la hora que es y pienso que tal vez sus padres estén a punto de llegar, vean los cuchillos en el suelo de su comedor, se inquieten y no me paguen la noche. no sé qué hacer: hablar con paul o borrar las pistas que claramente indican que el niño es un salvaje y necesita tratamiento psiquiátrico. me quedo parada, con el puño levantado, a escasos centímetros de la puerta. decido que es mejor arreglar lo del salón, no decir nada y no volver nunca más a esta casa, por muy bien que me paguen la hora de canguro. el niño me odia y tampoco es que yo le adore. aunque también pienso que algo de aprecio sí me tendrá ya que en vez de rodearme de cuchillos del ikea, podría haberme clavado uno un poco más afilado, como el que usan para cortar el pollo asado los domingos, por ejemplo, y terminar con uno de sus tantos problemas. no entiendo cómo he podido quedarme dormida sabiendo lo rarito que es, aunque, de hecho, sí lo sé: dos noches sin apenas dormir, primero con la fiesta de ayer en el piso y después la bronca monumental con max la noche anterior. eso hacen un total de diez horas de sueño en dos días. sin embargo no hay excusa para quedarse dormida con paul en casa, vagando a sus anchas, pudiendo hacer lo que le da la real gana. sin encender la luz del salón, recojo con cuidado de no hacer ruido los cuchillos y los ordeno de nuevo en el cajón de la cocina. el niño sigue metido en su cuarto. si ahora saliera es muy probable que notara la expresión de miedo en mi cara. miro el reloj de la pared, colgado encima del horno. la una y diez. imagino que los padres del niño estarán a punto de llegar y esto me alivia y me reconforta. me hago la promesa de no volver nunca más a esa casa, con ese niño monstruoso y enfermo. justo cuando voy a sacar un vaso de la estantería para beber un poco de agua, escucho una puerta que se abre. primero pienso que es paul y siento que se me dispara el corazón, pero luego adivino algunas risas, el sonido de unos tacones y me tranquilizo. son sus padres. voy a su encuentro como si se tratara de los míos. ella luce un moño alto y unos pendientes de brillantes en forma de lágrima. él, con traje y corbata y una sonrisa perfecta, me saluda primero: 
-tina, ¿qué tal? ¿cómo ha ido todo? 
yo miento y digo que bien, que todo ha ido muy bien, que paul ha cenado verduras, que hemos visto una película de dibujos animados y que luego se ha ido a dormir. en realidad no hemos hecho nada de eso, pero yo sólo quiero mi dinero y largarme cuanto antes. los dos sonríen complacidos al escuchar mi parte de la velada. sólo rezo para que paul no aparezca ahora y, con su deseo de hacerme la vida imposible, desmienta mis palabras. la mujer rebusca en su bolsito de piel azulado que le habrá costado una fortuna. parece que no encuentra el monedero y yo no puedo evitar mirar al pasillo una vez y otra. finalmente me da un billete que cojo con rapidez y me lo meto en el bolsillo trasero del pantalón. 
-gracias por todo, tina. te llamaremos la semana que viene – dice ella antes de darse la vuelta y quedarse a solas con su marido de sonrisa perfecta y su hijo indómito. 
yo no contesto nada y me precipito hacia la calle. al abrir la pesada puerta de madera del portal, me recibe una oleada pestilente que respiro profundamente, como si se tratara de un perfume delicioso y agradable como el que llevaba esta noche la madre de paul. repito la acción unas cuatro veces, a conciencia, tranquilamente. el hedor se filtra por mis fosas nasales hasta llegar a mis pulmones y ensancharlos de aire fétido. luego inicio el camino a casa deprisa, con la convicción de que mis compañeros de piso siguen todavía de fiesta, como ayer, y aunque debería cenar e irme a dormir, sospecho que no lo haré. 



-max, no has cenado nada. ¿te encuentras bien? 
-no tengo mucha hambre. 
-¿no tendrás fiebre? – dice mi madre acercando su mano en mi frente para tomarme la temperatura. yo me aparto y ella retira la mano, un tanto molesta por mi gesto. -no, no tengo fiebre. sólo que no tengo hambre. ¿puedo salir un rato? – pregunto, a pesar de que sé que es tarde y que mi madre es muy estricta con los horarios. 
-¿ahora? ¿un jueves? ¿has terminado los deberes? ¿salir a dónde? ¿con quién?
sabía que no iba a resultar. cualquier cosa que se salga de sus inamovibles esquemas le provoca un histerismo que me fastidia. 
-da igual, mamá. mejor me quedo y termino de estudiar. 
ella me sonríe, orgullosa de que yo mismo haya tomado una decisión tan madura y coherente y me acaricia el pelo. esta vez dejo que lo haga e incluso lleno la cuchara de esa sopa de verduras que parece vómito y me lo llevo a la boca. vaca idiota. saldré igualmente, cuando tú te hayas quedado dormida delante del televiso con algún programa insufrible de esos que nadie soporta. terminamos de comer en silencio. mi hermana pequeña ayuda a recoger la mesa mientras mi madre le recuerda lo bonita y buena que es. yo me encierro en mi cuarto y miro el móvil. nada. ni una llamada, ni un mensaje. puta estúpida. en el cajón del escritorio busco la cajita de madera que me regaló tina y de allí saco un poco de hierba. me lío tres porros, asegurándome de meter más marihuana que tabaco y vuelvo a mirar el móvil, a pesar de no haber escuchado ese sonido tan familiar de cuando alguien te escribe. maldita hija de puta. no sé por qué no la mandé a la mierda mucho antes. que si no estaba segura, que si no quería nada serio, que si quería divertirse, bla bla bla. a mí me sonaba a mierda todo. supongo que es una suerte haberme dado cuenta ahora y no dentro de seis meses, cuando las cosas fueran más serias. eso dicen todos, pero no todos se dan cuenta de lo mucho que me gustaba. jodida tina. 
-buenas noches, max – me dice mi hermana al otro lado de la puerta. 
a veces tengo la sensación de que ella es la mayor de los dos. con once años tiene las cosas más claras que yo que tengo cuatro más. también es mejor estudiante y la preferida del abuelo, por eso le suelta más pasta cuando la visitamos algunos domingos. 
-buenas noches, idiota – contesto yo y cojo el móvil y a punto estoy de lanzarlo contra la pared si no fuera porque pienso que todavía va a llamar. dentro de un rato. estoy seguro. 
enciendo el ordenador y abro facebook. durante un rato me entretengo leyendo las chorradas que escribe allí la gente. “te quiero”, “¿habéis visto la ballena?”, “un día muy especial con fulanito”, “la vida puede ser maravillosa”. cuando me he cansado de tanto imbécil, tecleo el nombre de tina y repaso sus frases en busca de algún mensaje subliminal dirigido a mí y que sólo yo sepa entender. no encuentro nada y termino escribiendo: “a la mierda”. releo mi frase un par de veces y durante un segundo me siento mucho mejor, reconciliado con el mundo, pero el silencio de mi móvil hace que se me pase enseguida y me acuerde de la bronca con tina de hace dos días. antes de derrumbarme recordando lo que llegó a decirme, me pongo las zapatillas, la chaqueta, cojo el móvil, las llaves y los porros y asomo la cabeza por la puerta. no se escucha ningún ruido aparte de la voz lejana del presentador. avanzo con cuidado y veo el perfil de mi madre, la cabeza ladeada, la papada incipiente y una babilla colgando de su labio inferior. abro la puerta con cuidado y por fin salgo de casa. las primeras caladas del porro, que me dejan un poco atontado, hacen que no me percate del olor a muerto que invade la ciudad. camino sin rumbo fijo, más preocupado por mantener el canuto encendido que por cualquier otro asunto. creo que en algún momento incluso escucho mi propia risa, floja al principio, y más estridente y despreocupada cuando me doy cuenta de que estoy solo en la calle y de que me da todo igual. a medida que me voy acercando a la playa la peste se hace más inaguantable y sin embargo sigo avanzando en dirección al cetáceo, maravillado por estar tan cerca de él, a tres pasos, a dos, a uno. a escasos centímetros. me siento a su lado, tiro la colilla entre las rocas y enciendo el segundo porro. aspiro y expulso el humo espeso hasta consumir la mitad, después, con cierta dificultad, me levanto y alargo el brazo tembloroso y toco la carcasa grisácea del animal con temor y asco, como si, a pesar de los días que lleva descomponiéndose delante de todo el pueblo, pudiera de repente alzar su aleta y aplastarme debajo de ella. me río de nuevo y aspiro el cigarrillo, cuyo papel comienza a despegarse. rodeo el animal sin apartar mi mano, ahora también infecta, de su cuerpo hasta que me quedo plantado delante de su enorme boca. le doy una patada. luego otra mucho más fuerte. pienso que, en el caso de que ahora estallara, sería una manera muy singular de morir. cuando me dispongo a patearla por tercera vez, suena el móvil y su timbre agudo me parece mucho más irreal, lejano y absurdo que esta jodida ballena muerta que se resiste a reventar.

12 abril 2014

fue durante la adolescencia de ana cuando su madre, adela, se dio cuenta de que su hija no iba a ser una belleza. de pequeña, los ojillos hundidos y apenas separados el uno del otro, la nariz torcida y unos dientes amarillentos y mal alineados le habían conferido a la niña un aire gracioso, de niña traviesa incluso, pero ahora todos estos rasgos se habían acentuado y esa inocente fealdad había dejado paso a un aspecto desaliñado y repelente, causante de mal disimuladas miradas cada vez que salía a la calle. por no nombrar un insistente acné que se resistía a desaparecer a pesar de los mil y un jabones, cremas, geles y medicamentos que le habían recetado, un pelo grasiento y escaso que se pegaba a su penosa cara, una frente abultada y un cuerpo huesudo y deforme. su carácter retraído y tosco tampoco ayudaba a que ana tuviera demasiados amigos y que la mayor parte del tiempo lo pasara recluida en su habitación con la excusa de que debía estudiar. aunque tampoco en eso brillaba: sus notas eran mediocres, destacando sólo en asignaturas que no auguraban ningún éxito profesional ni, por supuesto, ningún tipo de bonanza económica. adela se preocupaba a menudo y no dudaba en compartir su incertidumbre con su marido que, más centrado en su colección de monedas antiguas, tranquilizaba a su mujer asegurando que la niña era del todo normal y que mejor que pasara las noches en casa que no haciendo botellón en la calle con vete a saber quién. el tiempo demostró que el marido de adela tenía un poco de razón: ana terminó los estudios, consiguió un trabajo de administrativa adjunta en una compañía de seguros para el hogar con el que podía pagar el alquiler de una habitación tan minúscula que apenas cabía una cama y su acné desapareció, aunque no los surcos y las rojeces en su piel apagada, ni los párpados hinchados, ni esa personalidad anodina que la mantenía aislada del resto del mundo. algún domingo se acercaba a comer a casa de sus padres. empezaban con un vermut mísero de aceitunas y cortezas de cerdo en el que rápidamente agotaban los temas de conversación. adela, poco amiga de los silencios incómodos, insistía en preguntar a su hija sobre cualquier nimiedad, cualquier cosa le valía, pero viendo que las contestaciones se reducían a monosílabos casi inaudibles y a un tic nervioso que iba en aumento, terminaban comiendo en silencio, cada uno en su mundo, muy alejado de ese almuerzo familiar. ana terminó espaciando las visitas y ninguno de los tres pareció demasiado afectado con el cambio. 
fue en una de esas llamadas a mitad de semana para confirmar que todo seguía igual en la vida de su hija, cuando ana comunicó a su madre que el próximo domingo iría a comer con su novio. al colgar, la madre tuvo la impresión de que esa había sido la conversación más larga que había tenido con su hija, aunque estuvieron hablando apenas tres minutos, y tuvo que morderse la lengua en varias ocasiones para no avasallar a su hija con la decena de preguntas que le surgían a colación del muchacho que iban a conocer. 
-ha dicho novio, paco. novio – repitió por segunda vez a su marido mientras terminaban de cenar. 
-¿te hubiera gustado más que hubiera sido “novia”? – contestó él tratando de quitar importancia al asunto, aun sabiendo que su esposa tenía razón y que todo aquello los cogía totalmente por sorpresa. 
-ay, paco, no me refiero a esto. es sólo que… bueno… ya lo sabes. ana es un poco.... nunca ha sido una niña muy… muy… bueno… - y dejó la frase sin terminar porque sabía que no encontraría un adjetivo que se ajustara a su hija sin que, de un modo u otro, saliera más perjudicada. 
-pero eso era antes, cuando era pequeña y no hablaba con nadie y tenía la cara llena de granos. ahora las cosas han cambiado – y titubeó antes de afirmar – ahora ya es todo una mujer, una mujer normal y corriente. 
ella lo miró sorprendida y a punto estuvo de puntualizar ese “normal y corriente” con el que no estaba de acuerdo, pero se guardó su opinión para no ensombrecer un acontecimiento que, en teoría, iba a ser motivo de alegría para la familia. 
el resto de días adela los pasó organizando un menú fuera de lo común, lavando los manteles que habían quedado relegados a un rincón del cajón a falta de celebraciones e intentando convencer a su marido de que necesitaban un nueva cubertería. también llamó a ana para confirmar si su novio comía de todo, o tenía alguna alergia o le gustaba eso o lo otro, pero al comprobar que la hija volvía a sus gruñidos breves y malhumorados, entendió que no debía molestar más. 

y llegó el domingo. 

los invitados llamaron al timbre a las dos en punto, tal y como habían anunciado que harían. adela, que llevaba levantada desde las siete de la mañana, limpiando lo que ya había limpiado el día anterior, corrió a abrir la puerta. paco, más calmado, se acercó con el periódico a medio leer en la mano. delante de sus narices apareció su raquítica hija, con el pelo un poco más corto, pero igual de grasiento, y un chico alto, bronceado, de ojos claros, pelo oscuro, sonrisa perfecta y dientes blancos sujetando un bonito ramos de flores variadas. adela no pudo evitar asomar la cabeza por la puerta a la espera de toparse con un segundo chico, un poco menos agraciado, que fuera el novio de su hija, pero en el rellano no había nadie más. 
-no saben las ganas que tenía de conocerlos. soy john. – se presentó el chico acercándose a adela para darle dos besos y a continuación alargar la mano a paco. 
-por favor, john, tutéanos, que no somos tan mayores. 
-en eso tiene, tienes, toda la razón, adela. podrías pasar tranquilamente por la hermana de ana. – resolvió, abrazando a ana que, dócilmente, le devolvió el abrazo y no lo soltó hasta llegar al salón. los cuatro rieron y al darse la vuelta, adela repasó la espalda ancha y musculada de john. 
la mesa estaba puesta y el vermut, con una decena de platos nuevos, servido. adela, que no había conseguido la nueva cubertería y aún seguía un poco molesta con paco, tuvo que recurrir a la vecina del sexto con quien tomaba el café algún que otro día y que, cómo no, estaba al tanto de la comida del domingo. 
-todo esto tiene una pinta estupenda. – dijo john al ver la mesa - ana me ha dicho que eres una excelente cocinera, adela. 
-¿en serio te ha dicho esto mi hija? – inquirió ella sin terminar de creerse la buena voluntad del chico. 
-y un gran coleccionista de monedas, paco. 
-esta hija nuestra… - intervino el padre – es toda una caja de sorpresas, ¿verdad, adela? 
los dos se miraron e inmediatamente miraron a john que con su sonrisa perfecta esperaba órdenes de los anfitriones para poder sentarse y empezar con los mejillones al vapor. 

la comida fue un éxito, aunque en realidad la comida fue lo de menos. el novio de ana encandiló a todos con sus historias de cuando vivía en australia, sus proyectos futuros, su sentido del humor, sus buenas maneras y, cómo no, su insultante belleza. cada vez que adela se levantaba para cambiar los platos, él se adelantaba y la ayudaba en la cocina. se interesó por las monedas de paco e incluso le aconsejó un par de tiendas que paco desconocía para que fuera a visitarlas. y cada vez que podía, besaba a su novia en la frente abultada o en el dorso de la mano esquelética o le acariciaba el pelo grasiento sin que sus atenciones llegaran a ser empalagosas. incluso ana había encadenado algunas frases seguidas, se había servido tres copas de vino y se había reído a gusto mostrando sus dientes amarillentos y mal alineados, aunque sus padres, pendientes de john, no repararon en ella en ningún momento. a las siete de la tarde se levantaron de la mesa. la madre recalcó algunas veces que no podía creer que el tiempo hubiera transcurrido tan rápido y paco hizo un último intento para que la pareja se quedara a cenar. 
-tenemos jamón y queso y podemos hacer una tortilla de patatas en un momento. ¿verdad, adela? ¿a ti te gusta la tortilla, john? 
-por supuesto. 
-no, papá. no podemos quedarnos más.
-por un día que venís. qué os costará. ¿a saber cuándo volveréis a venir? ¿cuándo os va bien volver? venga, pongamos fecha, john, entre tú y yo. ¿qué te parece el próximo sábado? 
y así estuvieron un buen rato hasta que los jóvenes consiguieron recoger sus abrigos y despedirse en el ascensor. 
al cerrar la puerta de casa paco volvió al periódico que había dejado a medio leer y adela recogió lo que quedaba en la mesa. antes de entrar en la cocina y secar la cubertería de la vecina no pudo evitar pensar, de nuevo, en lo guapo que era john y en qué habría visto en su hija. 
-paco, - soltó sin poder aguantarse más - ¿qué crees que john habrá visto en…? 
paco levantó la vista del periódico y esperó a que su esposa terminara la frase. ella calló. 
-¿qué decías? 
-oh, nada importante. estaba guapa ana, hoy. ese corte de pelo le favorecía bastante, ¿no crees? 
él no se molestó en contestar y volvió a su periódico. 

cuando esa noche llamó ana para agradecer a su madre el trabajo que había dedicado en ese almuerzo, adela sintió un nudo en la garganta y a punto estuvo de dejar ir una lagrimilla. 
-no es nada, hija. lo hice con mucho gusto, de verdad. y john… john es encantador. 
luego se calló y durante unos segundos permanecieron las dos en silencio. 
-bueno… – dijo ana, a punto de despedirse. 
adela hubiera querido decir que el nuevo corte de pelo le sentaba muy bien y que estaba muy guapa, pero ana había colgado ya y, bien pensado, sabía que eso tampoco era cierto. 

09 abril 2014

-¿Qué harías si pudieras modificar el sistema de enseñanza? -preguntó ambiguamente-. ¿Has pensado en eso alguna vez?
-Tengo que irme, de veras... - dijo Teddy.
-Contéstame sólo a esa pregunta -dijo Nicholson-. De hecho, la enseñanza es mi obsesión..., es en lo que me ocupo. Por eso te pregunto.
-Bueno..., no estoy muy seguro de lo que haría -dijo Teddy-. Lo que sé es que no empezaría con las cosas con que por lo general empiezan las escuelas. -Cruzó los brazos y reflexionó un instante-. Creo que primero reuniría a todos los niños y les enseñaría a meditar. Trataría de enseñarles a descubrir quiénes son, y no simplemente cómo se llaman y todas esas cosas... Pero antes creo que les haría olvidar todo lo que les han dicho sus padres y todos los demás. Quiero decir, aunque los padres les hubieran dicho que un elefante es grande, yo les sacaría eso de la cabeza. Un elefante es grande sólo cuando está al lado de otra cosa, un perro, o una mujer, por ejemplo -Teddy recapacitó un instante-. Ni siquiera les diría que un elefante tiene trompa. A lo sumo, les mostraría un elefante, si tuviera uno a mano, pero les dejaría ir hacia el elefante sabiendo ellos tanto de él como el elefante de ellos. Lo mismo haría con la hierba y todas las demás cosas. Ni siquiera les diría que la hierba es verde. Los colores son sólo nombres. Porque, si usted les dice que la hierba es verde, van a empezar a esperar que la hierba tenga algún aspecto determinado, el que usted dice, en vez de algún otro que puede ser igualmente bueno y quizá mejor. No sé. Yo les haría vomitar hasta el último pedacito de manzana que sus padres y todo el mundo les han hecho morder. 
-¿No se correría el peligro de formar una generación de pequeños ignorantes?
-¿Por qué? No serían más ignorantes que un elefante. O un pájaro. O un árbol -dijo Teddy-. El hecho de que se sea de cierta forma en lugar de comportarse simplemente de cierta forma no significa que alguien sea un ignorante.

Nueve cuentos, J. D. Salinger