23 marzo 2014

por orden anacrónico

lunes 26 de enero 2009 
“desaparecen dos menores mientras jugaban en un parque de la urbanización de los arces a doce kilómetros de la localidad de santa augusta de benamayo. la policía nacional busca a dos niños de siete y ocho años, que se encuentran desaparecidos desde este sábado por la tarde cuando, según ha denunciado uno de los padres de los pequeños, se extraviaron mientras jugaban en el parque de dicha urbanización. así lo han confirmado a este periódico fuentes del cuerpo nacional de policía, que sigue tras la pista de los niños y ha iniciado la correspondiente investigación para esclarecer los hechos. las mismas fuentes han explicado que fue el padre de uno de ellos quien realizó una llamada a la comisaria de santa augusta en torno a las 22.05 horas del sábado 19 de enero al ver que su hijo no había vuelto a casa después de estar jugando en el parque. posteriormente, presentó la denuncia formal en la comisaría”. 

martes 27 de enero 2009 
la hermana asunción pide un poco de silencio. los niños están alborotados y tiene que ayudarse de unos golpecitos con el borrador en la pizarra para que los alumnos vuelvan a sus sitios. el polvo que se desprende la hace toser y estornudar y algunos críos no pueden disimular la risa y alborotar aún más. no sabe si tanta agitación es por la nieve o porque ya se han enterado de la noticia. es la primera vez que se enfrenta a algo así, y aunque la directora ha sido muy precisa con las instrucciones y la información que deben dar al alumnado, ella también está nerviosa. 
-a ver, chicos, por favor, un poco de silencio.
los niños van callándose poco a poco y ella, muy brevemente, detiene la mirada en el pupitre vacío de alberto pasquier. 
-puede que… –y levanta un poco la voz por si acaso los del fondo no la escuchan bien- puede que alguno de vosotros ya sepa que el sábado… 
-¿nos va a contar lo que les ha pasado a los niños del parque, hermana? – interrumpe helena bellido y a continuación vuelve el murmullo y la inquietud entre los niños. 
-os voy a contar lo que sabemos hasta el momento, que no es mucho. 
-¿es verdad que los han matado? – pregunta álvaro arroyo. 
los niños se levantan de sus sillas y algunos se llevan las manos a la cabeza, como cuando alguno de ellos está a punto de marcar un gol, pero lo falla en el último minuto. 
-qué barbaridad.-exclama la monja- no, no es verdad. a ver, por favor, callaos de una vez. los niños han desaparecido, pero eso no quiere decir que… 
-¿y cómo sabe que no los han matado? mi padre dice que están muertos. 
la hermana asunción se queda en blanco, sin recursos. puede que el padre no esté tan desencaminado, al fin y al cabo han pasado tres días ya. 
-a ver, chicos, por favor. -dice, mucho menos convencida de lo que tendría que estar. e inmediatamente se da cuenta de que se ha olvidado de todo lo que se ha acordado en la sala de profesores hace apenas unos minutos. se alisa el uniforme con determinación, se coloca delante de la mesa, endereza la espalda y junta las manos. 
-silencio, silencio. ahora mismo vamos a rezar todos un padrenuestro –ordena. 
los niños obedecen. algunos imitan a la monja y juntan también sus pequeñas manos. otros miran al suelo. la mayoría piensa en los juegos que les esperan con la nieve a la hora del recreo. 
-padre nuestro que estás en los cielos, –recita con aplomo ella- santificado sea tu nombre… 

miércoles 28 de enero 2009 
-… -¿en serio? 
-… 
-pues reaccionaste bien, te lo aseguro. yo en tu caso hubiera perdido los nervios. 
-… 
-sí, tienes razón. no vale la pena. en fin… 
-… 
-esto iba a comentarte ahora mismo. lo leí antes de ayer y me acordé inmediatamente de ti. ¿los conocías? es terrible. de verdad. he leído que… 
-… 
-oh, no lo sabía. ¿va al mismo colegio? madre mía, qué horror. ¿y cómo está? 
-… 
-claro, claro, es que es normal, aunque bueno, entre tú y yo, yo lo que no entiendo es cómo es posible que los padres los dejaran solos en el parque. ¿en qué cabeza cabe algo así? hay que ser muy inconsciente, la verdad. 
-… 
-¿un tercer niño? ah, de eso no he leído nada. 
-… 
-en fin, yo sólo opino que vamos de mal en peor y que a saber qué les ha podido pasar a los críos, pero vamos, que si en dos días no han aparecido ni se sabe nada de ellos, me temo una tragedia. una verdadera tragedia. y con la de locos que hay ahí afuera. 
-… 
-sí, sí, perdona, que te he entretenido con esta historia. ya hablamos la semana que viene. oh, y acuérdate de decirle eso a tu hermana, a ver si le va bien. 
-… 
-adiós, adiós. un beso. 

jueves 29 de enero 2009 
leonor no se atreve a salir de casa. ha estado nevando toda la noche -y lo sabe bien porque no ha dormido ni un solo minuto- y las calles estarán cubiertas de hielo resbaladizo. hace cinco años pasó casi un mes hospitalizada por una caída en la calle arrabal. algunas veces, cuando el tiempo amenaza con tormentas, todavía siente unos pinchazos insoportables en la cadera y cojea cuando ha andado más de una hora. pero no es el mal tiempo lo que la retiene en casa. ahora mismo no se acuerda de su cadera y ni la nieve ni el hielo le dan ningún miedo. es algo distinto. una tontería. no puede pasar nada. están su hija y su marido, dormidos todavía, pero el niño no está solo y lo que sabe de sobras es que tarde o temprano tendrá que separarse de él. han pasado cuatro días. tendrá que volver al colegio, hacer vida normal, incluso salir a jugar al parque. no puede encerrarlo para siempre. ni encerrarse ella con él. por eso va a salir, temprano, y va a volver con algunos detalles para todos, nada importante, sólo detalles, un pavo para poner al horno, un poco de jamón del caro. y flores, también flores. 

-¿qué es todo esto? – pregunta el marido al verla llegar, dos horas después, cargada de paquetes envueltos en colores brillantes y bolsas. 
-nada. compré algunas cosas para… ¿dónde está alberto? 
-¡¿algunas cosas?! 
-¿y alberto? 
-jugando con su hermana. en su habitación – aclara antes de que ella pregunte de nuevo 
-¿a qué viene esto, leonor? 
ella no responde y se dirige a la cocina. su marido la sigue y se apoya en la puerta mientras ella comienza a sacar de las bolsas embutidos, quesos caros y una enorme tarta de chocolate para guardarlo todo en la nevera. 
-leonor, escucha. esto no está bien. quiero decir… todavía hay dos niños que... podría haber sido...
pero ella empieza a llorar y el marido no puede hacer más que acercarse y abrazarla por la cintura y, cuando se ha calmado un poco, ayudarla a guardar el resto de víveres, poner las flores en un jarrón, en silencio, compungidos porque no deberían celebrarlo, no está bien, no es lo correcto, no cuando todavía no se sabe nada de los dos niños desaparecidos. ninguna pista. ningún indicio. pero lo van a celebrar. esa misma noche. ellos cuatro solamente. no tienen que admitir que están de celebración ni tampoco tiene porqué saberlo nadie. 

viernes 30 de enero 2009 
“la búsqueda de los dos niños desaparecidos el pasado sábado en la urbanización de los arces ha sido suspendida hasta mañana por la mañana cuando se espera que las condiciones meteorológicas adversas que están afectando toda la zona remitan. los agentes y grupos especiales de la policía, junto con la ayuda de algunos voluntarios, han ampliado la zona de búsqueda y registro ya que hasta el momento no se ha encontrado ninguna pista que pueda esclarecer el paradero actual de los niños. el portavoz de la familia de unos de los menores ha informado que, a pesar de los días que han transcurrido, siguen con la esperanza de encontrarlos con vida y confían con que los trabajos policiales den pronto resultados satisfactorios. las informaciones que apuntaban sobre el hallazgo de una chaqueta que podría pertenecer a uno de los menores en un pozo cercano a la urbanización han sido desmentidas por el cuerpo de policía”. 

sábado 31 de enero 2009 
alberto se despierta a las diez y media de la mañana. desde que sucedió lo del parque, vive mejor: su madre no le da la vara con lo de cepillarse los dientes antes de acostarse, se puede levantar a la hora que le dé la gana, come tarta de chocolate para desayunar y puede incordiar a su hermana sin recibir ningún castigo. por no hablar de los regalos. cada vez que su eleonor sale a comprar, ni que sea el pan, le trae algún detalle. las cosas no podrían ir mejor, piensa cuando levanta la persiana y ve los copos de nieve cayendo sobre los tejados de los vecinos. rápidamente sale de su habitación y corre hacia la habitación de su hermana, sin llamar a la puerta a pesar de las peleas que han tenido por este motivo. 
-¡salgamos a jugar! la hermana lo mira por encima del libro que está leyendo. 
-ya sabes que mamá no va a dejarnos. –murmura antes de volver al libro- es culpa tuya. 
el niño, enfadado, sale disparado y baja las escaleras hasta la cocina. 
-¿ya te has despertado? – le pregunta su madre. 
-mamá, ¿podemos salir a jugar un rato? 
-tienes que desayunar. 
-¿y cuando termine? 
-ya veremos. primero a desayunar. 
alberto coge la taza con prisas y se sienta en la mesa de la cocina dispuesto a batir su propio récord con el trozo de tarta para poder salir a jugar cuanto antes, pero sin querer le da un codazo al jarrón con las flores que eleonor compró el jueves. las flores se desparraman por el suelo y el jarrón se rompe por la mitad. la madre no consigue ahogar un grito agudo y el niño se asusta y se encoje en su silla. 
-no pasa nada. no pasa nada- dice ella, pero él adivina que hoy tampoco va a pisar la calle. 

sábado 24 de enero 2009 
manuel y sergio se han quitado las chaquetas. llevan casi una hora chillando, empujándose y persiguiéndose. alberto los mira desde el otro lado del parque, un poco aburrido con su balón deshinchado. desearía acercarse y preguntarles si puede jugar con ellos, pero no se atreve y permanece sentado en el banco, un poco húmedo y frío. sólo decide acercarse cuando manuel, el más pequeño, le grita si les puede dejar la pelota, sólo un rato, apostilla. alberto asiente y se la entrega. manuel la chuta lejos y sergio corre detrás. alberto duda unos instantes, mira a sergio alejarse y a continuación emprende él también una carrera en dirección al balón. cuando alcanza a sergio lo estira del pantalón, pero él consigue deshacerse de su rival y chuta de nuevo. la pelota se pierde por el boscaje de los alrededores del parque y los tres niños emprenden una búsqueda que termina en una batalla de piratas tuertos con espadas de palos secos y tesoros de monedas con piedrecillas redondeadas. la tarde va cayendo y sólo cuando comienza a oscurecer, alberto, con más años, con más criterio, imagina lo tarde que tiene que ser y se preocupa por la bronca que le va a caer en cuanto llegue a su casa. 
-tengo que marcharme- les dice a los otros dos. 
-¿no te puedes quedar un rato más? 
-mi madre me regañará si no vuelvo a casa. 
-qué lástima. ¿pero puedes volver mañana? 
-no lo sé. 
-nosotros sí. estaremos aquí. 
alberto sonríe y se despide con prisas. no le importa que no hayan encontrado la pelota, tal vez mañana puedan buscarla de nuevo. aunque mejor jugar a los corsarios. apresura los pasos e inicia una carrera hacia su casa. qué rabia no poder quedarse con ellos, piensa, ni que fueran diez minutos más para librar la última y definitiva batalla de piratas tuertos. nota la cara helada y el estómago vacío, pero pronto vislumbra la luz del portal de su casa. 
-mamá, ¿podré ir mañana al parque? – le pregunta a eleonor nada más cerrar la puerta. 
la madre se levanta del sofá y se acerca al niño. primero lo mira para asegurarse de que está bien y no tiene ningún rasguño, luego lo zarandea y le grita: 
-no vuelvas a hacernos esto nunca más. ¿me oyes? nunca más. tu padre y yo estábamos muy preocupados por ti. ¿sabes la hora que es? 
el niño la mira con los ojos muy abiertos, sorprendido y asustado, y piensa en sus nuevos dos amigos, aún jugando en el parque, y en la suerte que tienen de tener unos padres que les dejan jugar hasta tan tarde.

13 marzo 2014

los hombres invisibles

la segunda vez que la vecina del sexto bajó para preguntar si teníamos sal se lo conté a helena. estábamos cenando y recuerdo que mi comentario no le causó ninguna reacción. no es que yo la buscara ya que, sinceramente, tampoco sabía muy bien qué pensar. la muchacha tenía vecinos más cercanos y aunque la primera vez no le di ninguna importancia, la segunda, en una misma semana, sí que me dejó algo desconcertado. 
-¿qué vecina? – preguntó mi esposa sin levantar la vista del plato de guisantes. 
-la del sexto. la chica rubia. 
-¿la que pone la música tan alta los sábados por la mañana? 
-sí. 
-ah, bueno. a ésa lo que le pasa es que no se ha enterado de que juanjo ya no vive aquí. 
-claro. juanjo. cómo no lo había pensado antes. 
ella me miró un momento, extrañada, pero no dijo nada más y volvió a su plato de comida. 
antes de meterme en la cama, en el baño, con restos de pasta de dientes en la comisura de los labios, me miré en el espejo. obviamente no vi nada diferente de lo que había visto esa misma mañana, ni el día anterior. el reflejo de un señor de cincuenta y largos, con un poco de papada a pesar de sus intentos para mantener el peso a raya, tirando a calvo y las cejas pobladas me disipó todas las dudas: era a juanjo, nuestro hijo que se había ido a vivir con unos amigos hacía poco más de un mes, a quien hubiera querido encontrarse la vecina del sexto. 

pasaron justo diez días, diez días en los que me olvidé de ella porque me había quedado claro que su interés se centraba en mi hijo, hasta que volvió a aparecer. aun así debo admitir que al reconocerla por la mirilla de la puerta me puse nervioso y me peiné con los dedos los cuatro pelos que todavía me quedan hacia atrás. 
-perdona que te moleste de nuevo. – dijo cuando abrí la puerta. 
-no pasa nada, mujer. 
ella clavó su mirada en mi delantal de piñas y cerezas y yo escondí inmediatamente la tripa. 
-no, en serio. pensarás que soy una inútil, pero es… 
-para nada. – dije sin dejar que terminara la frase y sintiéndome un poco ridículo por haberla interrumpido, por mi delantal de piñas y cerezas y por esconder la tripa. 
-verás, es que me voy de viaje mañana y no alcanzo a coger la maleta de encima de mi armario y bueno, me preguntaba si podrías ayudarme. 
-por supuesto, faltaría más. para esto estamos los vecinos. 
los dos nos reímos como si aquella hubiera sido la mejor broma que escuchábamos en años. 
-espera un segundo que apague el fuego de… ahora mismo vuelvo. 
al llegar a la cocina tiré el delantal al suelo y maldije cien veces a la vecina, a la maleta, a la sal de hacía diez días, a mi hijo por no vivir en casa y por supuesto, a mí. luego recordé las clarividentes palabras de helena y deseé que hubiera estado allí para que comprobara cómo de equivocada estaba con todo el asunto. porque lo estaba, ¿no? abrí la nevera y busqué la botella de vino. puede que no. puede que sólo se tratara de una simple maleta y de un poco de sal. dejé la botella en la encimera, cogí las llaves de casa y cerré la puerta. 
-muchas gracias, de verdad. no sabes cómo te lo agradezco. – dijo la chica al verme. 
subimos por la escalera en vez de esperar el ascensor que llevaba dos días atascado entre la primera y la segunda planta, cosa que agradecí para no tener que compartir un espacio tan reducido con ella, aunque tener un primer plano de su culo, debajo de esos pantalones ajustadísimos a pocos centímetros de mi cara no ayudó en absoluto a mantener la calma. a ella no pareció importarle y casi puedo asegurar que aminoró la marcha sólo para que me recreara en sus formas redondeadas. mentiré si dijera que desvié la vista hacia cualquier otra parte y mentiré aún más si dijera que comencé a fantasear sobre lo que podría ocurrir en su casa. eran sólo dos pisos, pero ella llegó jadeando, a pesar de tener la mitad de años y de haber subido con muy poca prisa. pensé que estaba exagerando y, siendo sincero, no me importó en absoluto. a estas alturas me había olvidado incluso de la maleta. me condujo directamente a su habitación y casi no pude fijarme en las fotos en blanco y negro de ella, con muy poca ropa, colgadas a lo largo del pasillo. 
-perdona por el desorden. –se excusó cuando entramos en su cuarto- pero es que con esto del viaje no he tenido tiempo de nada. 
mientras me señalaba la maleta, encima de un armario no demasiado alto, conté dos bragas y un sujetador encima de la cama. por primera vez me quedé mirándola sin mediar palabra, sin buscar un tema de conversación para disimular mi nerviosismo ni sus intenciones. seguía sin creer que fuera yo el elegido y no mi hijo, ni cualquier otro, pero al fin y al cabo el que estaba en su habitación, el que había ido a buscar expresamente para la sal, para la maleta y para cualquier otra excusa, porque ahora veía claro que eran excusas, era a mí. ella tampoco pareció incomodarse y sonrió, tranquila, como si por fin hubiera conseguido el trofeo que había estado persiguiendo hacía semanas. 

esa noche me fue imposible dormir. daba vueltas en la cama sin encontrar una postura cómoda a pesar de no tener ningún motivo para tanta inquietud. me fui de su piso. de hecho, sería más preciso decir que hui, sin que pasara absolutamente nada, ni un roce. me acobardé, me acordé de helena, de juanjo, del tormentoso asuntillo que se llevaba entre manos mi cuñado con su secretaria, del fuego de la cocina que había olvidado apagar, de la botella de vino fuera de la nevera. hui y esta vez tampoco me fijé en las fotos del pasillo y cuando bajé las escaleras, de dos en dos, me torcí el tobillo y sólo cuando cerré la puerta de mi casa pensé “eres un auténtico capullo”. 

cuando por la mañana mi mujer me preguntó qué me había pasado esa noche, lo solté todo. me pareció que era la forma más natural de hacer las cosas, de abandonar esa sensación de culpa, ese peso, a pesar de mi inocencia. era domingo, estábamos desayunando y leyendo los suplementos del periódico. juanjo vendría un poco más tarde a comer paella y puede que por la tarde nos fuéramos al cine o a cenar una pizza. 
-vino la vecina. otra vez. –dije muy sosegado– creo que... creo que… -y ahí empecé a tartamudear. 
-¿crees que…? 
-bueno, -carraspeé- puede que esto te parezca la mayor absurdidad de la historia. a mí me lo parecía al principio, pero luego ya no. 
ella permaneció en silencio. 
-creo que está interesada en mí, de algún modo. 
-¿de algún modo? ¿qué modo? ¿la vecina, la rubita, la que podría ser tu hija? ¿en serio? 
me sentí un completo idiota, pero proseguí, ahora bastante menos relajado. 
-vino otra vez, bajó dos pisos para que la ayudara con la maleta, quiero decir, habiendo otros vecinos que... 
-¿la maleta? ¿qué maleta? ¿se puede saber qué te pasa? 
-si dejas de interrumpirme podría contarte toda la historia. 
se levantó y se sirvió otro café que se bebió mientras yo le intentaba hacer un resumen de lo ocurrido. puede que eludiera algunos detalles como el sorbo de vino que creí necesitar o los jadeos al subir la escalera y puede que en vez de dos bragas le contara que había cuatro, pero al terminar ella dejó la taza en la mesa y mirando muy fijamente una grieta en la pared de la cocina anunció: 
-pienso que todo esto son sólo imaginaciones tuyas. quiero decir… ¿realmente crees que esa niña, esa niña que podría estar con cualquier otro, con cualquier otro chico de su edad, quiero decir, iba a fijarse en ti? ¿de verdad lo crees así? no sé qué os pasa a los hombres. llegados a cierta edad y sólo porque os piden un par de favores ya suponéis que… bah, da igual, no sé ni por qué me molesto con esto. es la mayor tontería que he escuchado jamás. por tu propio bien y por el bien de todos, vuelve a la tierra. 
quise gritarle que la equivocada era ella, que yo no estaba en el saco de esos hombres a los que se refería, pero me di cuenta de que no iba a servir de nada. perdiendo los papeles sólo iba a conseguir darle la razón. lo más grave fue que acababa de darme cuenta de que, a ojos de mi esposa, había cruzado ya la frontera de los hombres invisibles. esos hombres que no causan ninguna reacción, ningún sonrojo, ninguna mirada insinuante y en los que nadie repara mientras se pasea un domingo por la calle, algo a lo que yo estaba habituándome hasta que apareció la vecina de arriba. “eres un auténtico capullo”, me repetí, por segunda vez. 

pasamos la semana sin hablarnos. a pesar de mis intentos inútiles para ignorar la última conversación en la cocina, helena seguía enfadada conmigo. aproveché su silencio para buscar día sí, día también, cinco minutos para encerrarme en el baño y pajearme debajo de la ducha. lo hacía de forma violenta, como si con ello fuera a olvidarme de la vecina, pero obteniendo el efecto contrario. estaba furioso conmigo, con ella y con mi mujer y sin embargo, no podía evitar mirar por la mirilla cada vez que escuchaba el ascensor detenerse en nuestra planta y esperar que de allí saliera la chica y tocara nuestro timbre. también subí unas cuantas veces hasta su piso para adivinar un ruido, una canción, un fragmento de conversación telefónica, la lavadora, algo que me indicara que había vuelto de su viaje. no tenía ningún plan, quiero decir que tampoco sabía qué iba a hacer yo cuando volviera. ni mucho menos qué iba a hacer ella. teniendo en cuenta que había desaparecido de su casa de la forma más ridícula, tenía muy pocas esperanzas de que volviera a insistir. tal vez era mucho mejor así. tal vez tendría que terminar dándole la razón a helena y tomar consciencia de mi invisibilidad.

pero volvió de su viaje, claro. la música nos interrumpió un sábado a las doce mientras decidíamos quién bajaba al supermercado y quién fregaba el suelo. helena se cuidó mucho de hacer ningún comentario y yo tuve que disimular mi impaciencia para subir esas dos plantas que nos separaban y asegurarme de que la música salía de su piso. lo hice un poco después, cuando pude escabullirme de las tareas domésticas y me alegré al comprobar que sí, que era su música, que había vuelto. pero después vino lo peor: la espera. pasó un día, dos, tres y luego cuatro. y nada. no volvió. yo escuchaba los ecos de la música, controlaba sus idas y venidas y la espiaba por detrás de la ventana cuando salía del portal hasta que giraba por la placeta y la perdía de vista. pero no volvió. ni a por sal, ni a por la maleta, ni a por mí. en una de esas noches, helena y yo hicimos el amor después de meses en los que ni tan siquiera nos besábamos cuando ella o yo llegábamos a casa. fue mi mujer quien, a media noche, mientras yo dormía profundamente, comenzó a acariciarme la entrepierna y sin mediar palabra, me quitó los pantalones del pijama y se sentó encima de mí. nadie habló de lo sucedido al día siguiente. supongo que tampoco había nada de qué hablar. ese mismo día, al llegar por la tarde, coincidí con la vecina en la entrada. nos saludamos de forma cortés y sujeté la puerta del ascensor para que entrara primero. ella susurró un gracias que casi no escuché, se colocó a la izquierda y apretó el botón de su piso, pero no el mío. yo tampoco lo hice. subimos en silencio, uno al lado del otro. al llegar a su planta, empujó la puerta y salió. las vacaciones le habían sentado bien: estaba bronceada, le habían salido algunas pecas minúsculas en la nariz y los pantalones le quedaban aún más ceñidos al cuerpo. cuando levanté la mirada me di cuenta de que era ella quien ahora me sujetaba la puerta a mí. 
“eres un auténtico capullo”, me recordé por última vez antes de entrar a su casa.

06 marzo 2014

Tras cerrar el último bar, ya de madrugada, me propuso subir a. Estás en tu casa, no voy a hacer nada que no quieras, me juró ante. Nos desnudamos con prisa, nos metimos en la cama y nos buscamos bajo. Me agarró del brazo cuando me vio abrir el cajón de la mesita situada cabe. No quiero hacerlo con, dijo muy serio. Yo me negué, pero me acorraló contra. Nunca imaginé que fuera capaz de, porque nos conocíamos desde, cuando en. Gemí de dolor, de rabia, atrapada entre. Tuve que apartar la mirada y dirigirla hacia, mientras me preguntaba hasta, sin entender sus motivos para. Le supliqué que se detuviera, por. Pero él continuaba actuando según. No pude zafarme de él hasta que quedó agotado, exhausto, sin. Mientras se vestía, me aconsejó no contar lo ocurrido a nadie, so. Se oyó un portazo y me quedé sola, llorando tendida sobre. Aún me cuesta encontrar las palabras para explicar cómo me siento tras.

Preposición indecente, V. Lorenzo Cinca