15 febrero 2014

todo ocurrió un poco por casualidad. había estado lloviendo toda la tarde y a última hora comenzó a nevar. como suele ser habitual con estos eventos meteorológicos, los trabajadores nos entusiasmamos al ver caer los copos de nieve. alguien levantó las persianas, que normalmente estaban corridas porque los rayos de sol reflejan en las pantallas de los ordenadores y es imposible trabajar, y así se quedaron durante el resto de la tarde. cada poco rato, alguno de los que no tenían la suerte de tener una ventana cerca, se aproximaba y se quedaba plantado detrás de mí, mirando el paisaje. luego soltaba algún comentario como “ojalá poder estar en casita ahora” o “verás el tráfico que se van a montar en la carretera” y yo asentía, sin tan siquiera girarme, y continuaba con ese dichoso informe con el que llevaba todo el día y ellos terminaban por marcharse y regresar a sus mesas sin ventanas. 
a las seis manuela me preguntó si me iba ya y le dije que tardaría cinco minutos, pero ella tenía que hacer no sé qué y contestó que no podía esperarme. al final fueron más de cinco minutos y para cuando me di cuenta de que no iba a terminar el maldito informe, la oficina estaba prácticamente vacía. apagué el ordenador y me giré para comprobar si la nieve seguía cayendo. me quedé embelesada con el espectáculo, como habían hecho mis compañeros unas horas antes, sólo que esta vez había ya una capa importante de nieve en los tejados y había anochecido, lo cual convertía el paisaje en algo mucho más siniestro y fantasmagórico. de repente me llamó la atención una luz parpadeante proveniente de una de las ventanas a pocos metros de nuestro edificio. estuvo parpadeando unos segundos y finalmente la luz quedó encendida y una mujer rubia de pelo corto y corpulenta apartó la cortina y se quedó plantada delante de la ventana. pensé que, como yo, había quedado maravillada por la nieve, pero inmediatamente observé que no, que su propósito era otro. sin titubeo alguno se levantó el jersey rosa que llevaba puesto y dejó al descubierto sus pechos lechosos, generosos y un poco caídos. me pilló totalmente por sorpresa e instintivamente di un salto hacia atrás y me escondí detrás de la pared, no tanto por miedo a ser descubierta, sino por si le aguaba la fiesta con lo que viniera a continuación. luego, con cuidado de no ser descubierta, asomé la cabeza. ella seguía allí, con el jersey arrugado, a la altura de las axilas, las manos en la cintura y el semblante serio y un poco distante, como si en realidad estuviera vestida y mirara la nieve caer. seguimos así unos segundos más, yo agazapada y ella enseñando sus dos virtudes al mundo, hasta que ella pareció decidir que ya era suficiente y con un gesto rápido, casi como arrepintiéndose de lo que acababa de hacer, corrió las cortinas y apagó la luz. yo esperé un rato más, por si volvía, pero después de diez minutos decidí marcharme a casa un tanto desconcertada por lo que acababa de ocurrir. 
al día siguiente la escena se repitió. confieso que no me quité la escena de la cabeza en todo el día y que estuve más pendiente de esa ventana que de mi pantalla del ordenador. pero no ocurrió nada en toda la jornada. las cortinas del piso permanecieron corridas hasta las seis y veinte, hora en la que, de nuevo, comenzó el juego de luces en la misma habitación y poco después, ella apartó la tela de la cortina y se quedó inmóvil delante del cristal. esta vez olvidé apartarme de su vista, pero a ella no pareció importarle y con la misma naturalidad del día anterior, se desabrochó una camisa azul y cuando hubo terminado la deslizó por detrás de sus anchos hombros hasta que cayó al suelo. inmediatamente comencé a revisar toda y cada una de las ventanas de los alrededores. quería encontrar el destinatario de esa acción, pero no hubo forma de descubrirlo. puede que en realidad no existiera tal destinatario en particular, sino que todos, todos los que habíamos dado con ella algún día a las seis y pico, fuéramos parte de su audiencia. no pude evitar pensar en cuántos seríamos y durante un segundo sentí cierta envidia por la atención que acaparaba, aunque fuera yo su única espectadora. el tercer día no hubo función. tampoco el cuarto ni el quinto, que coincidió con el viernes. a lo largo del fin de semana seguí dándole vueltas al asunto y me sorprendí preocupándome por si le habría pasado algo o por si habría decidido cambiar de ventana y animar otra parte de la ciudad. pero lo más extraño ocurrió cuando la noche del sábado, después de una de esas agotadoras barbacoas familiares, justo antes de bajar la persiana y meterme en la cama, me quedé plantada enfrente de mi ventana y pensé en qué pasaría si yo… y mientras lo pensaba me arremangué la blusa del pijama y la levanté hasta el ombligo. 

el lunes manuela me preguntó cómo era posible que tuviera tanto trabajo y que tuviera que quedarme cada día, cuando en su departamento se morían todos de aburrimiento. estuve a punto de contarle lo que sucedía en realidad, pero pensé que iba a malinterpretarme y que en cuestión de horas la mitad de la plantilla estaría pegada a la ventana, algo que quizá, por otra parte, fuera el mejor regalo que pudiera hacerle a la mujer. pero me callé. ese día la mujer nos hizo esperar más de lo normal, hasta las siete menos diez, y me molestó. sabía que nadie me obligaba a quedarme y eso me fastidió aún más. cuando el parpadeo de la bombilla anunció su aparición, resoplé de mala gana y mientras mostraba su torso desnudo y grueso, esta vez con los brazos apoyados encima de su cabeza rubia, decidí dejar de perder mi tiempo y me fui a casa sin esperar a que corriera las cortinas. menuda diva. quién se creía que era. al llegar a mi piso, todavía irritada con las dos, con la mujer y conmigo misma, me detuve delante de mi ventana. no conocía a ninguno de mis vecinos del bloque de enfrente, aunque los tenía vistos de cuando salían al balcón a regar las plantas o a fumar un cigarrillo: la pareja de jubilados que desayunaba cuando el tiempo acompañaba, el piso de estudiantes, ahora vacío, los que acababan de tener un hijo y un señor que vivía solo y que yo había apodado como “el viudo”. había otros bloques a los lados y durante un rato estuve contando el número de ventanas y terrazas que quedaban a la vista. treinta y siete. luego me miré el escote, más bien plano, y me mordí el labio. 

cuando el martes manuela pasó por delante de mi mesa para despedirse, suponiendo que iba a quedarme como había estado haciendo la última semana, me levanté rápido, cogí mi bolso y mi chaqueta y salí con ella. 
-vaya, hoy sí tienes prisa. – dijo. 
-a las siete en punto tengo que estar en casa. – contesté. 
ella miró el reloj y aseguró que tenía tiempo de sobra y yo sentí un agradable cosquilleo en el estómago.

01 febrero 2014

cuando sea vieja voy a comenzar a fumar 
un paquete diario, mínimo 
del tabaco más negro que me venda la estanquera 
horrorizada por mi tos seca y persistente. 
“son cuatro con treinta”, me dirá la chica 
y yo le entregaré un billete, sin esperar el cambio 
y encenderé el cigarrillo al lado de la puerta acristalada de su pequeña tienda 
y aprenderé a hacer aros de humo que se dispersarán con el viento 
y mentiré al médico cuando me mire, desconfiado, 
y pregunte si he comenzado a fumar. 
cuando tenga el cabello blanco 
iré todos los viernes a la peluquería y me sentaré entre las otras mujeres
y contemplaré con más pena que envidia 
su pelo liso vuelto rizo 
su afán para esconder, retocar, simular 
y obviar esa evidencia que seré yo, 
esperando mi turno,
adormilada y senil. 
puede que también calva. 
me desagradará mi nuera por ser tan flaca 
y luego tan gorda 
una descarada y años después, una pánfila recatada. 
mi hijo merecía alguien mejor, pensaré al verlos abrazados 
y es probable que inmediatamente recuerde a mi madre 
susurrando eso mismo a tía inés, en un rincón de la cocina 
cuando yo salía por la puerta, deprisa, las tardes de los domingos 
deseosa del mismo abrazo 
igual de flaca 
igual. 
y tendré un bastón de madera oscura y mango metálico 
que soportará mi peso infantil, mi espalda encorvada 
mi mente lenta, oxidada
un chal negro de segunda mano y una cruz cromada. 
también una cruz cromada 
yo, que nunca había creído en dioses ni cielos 
ni salvación ni paraíso 
rezaré a quien sea 
todas las noches 
por si acaso: 
“espérate unos días. déjame ir a benidorm 
comer lo que no debo de un buffet hipercalórico
remojar mis pies en el agua tibia
bailar al son de una orquesta que desafina
unos días sólo, 
¿lo harás?” 
cuando sea una anciana me colaré en la cola del supermercado 
pretenderé no saber cuando los impacientes 
me acusen de no respetar 
ni orden ni normativa ni instrucción 
y cuando suba a cualquier vagón de tren 
y nadie me ceda su asiento 
señalaré el reglamento con mi palo, 
ese palo más fiable que esas dos piernas 
huesudas, endebles, flácidas y agrietadas 
y despotricaré como los impacientes del supermercado 
“esta juventud 
esta educación 
esta falta de respeto. 
yo a su edad ya había”. 

cuando sea muy mayor. 

pero mientras tanto, bebo dos litros de agua al día. 

18 enero 2014

patrones

que a amanda la hubieran dejado plantada en el altar hace treinta y dos años debería ser, a día de hoy, con tanto tiempo de por medio, algo como mínimo anecdótico. algo de lo que poder reírse, o al menos medio sonreír, y recordar casi como una proeza: “yo sobreviví a un abandono, delante de ciento cuarenta y tres invitados más el cura, que para más recochineo ofrecía su primera ceremonia y al que tuvieron que consolar casi tanto como a mí”. sin embargo amanda no sólo obvió la información a su primer marido, el oficial, el que no la dejó plantada en el registro civil porque era un ateo convencido y se negó a pasar por la iglesia, a pesar de la ilusión mal disimulada que le hacía a ella, sino que tampoco lo contó a nadie en ese nuevo trabajo que encontró después del traumático suceso. ni tan siquiera cuando había pasado un tiempo y tenía confianza con algunos de sus compañeros. un detalle que quizá muchos considerarían como algo normal por pertenecer a la vida privada de la propia afectada, sino fuera porque, para rizar aún más el rizo, amanda trabajaba en esa conocida tienda, la que queda justo delante del teatro nacional y, con muy buen ojo, la pastelería especializada en tartas de boda. sí, esa misma tienda donde le hicieron el traje a esa famosa cantante que luego se divorció a las pocas semanas aduciendo que estaba bebida y que no sabía lo que hacía. sí, esa prestigiosa tienda de vestidos de novia. y claro, ante semejante panorama era normal que pasar página fuera algo más que una simple cuestión de dejar pasar el tiempo, porque por muchos esfuerzos que ella pusiera los vestidos seguían allí, al igual que la ilusión de las novias, o las eternas dudas de si ese o ese otro primer plato en el banquete, o los destinos exóticos de la luna de miel, el nombre del primer hijo y cómo no, el convencimiento de que aquello iba a durar para siempre. y cada vez que alguna de las mujeres entraba a la tienda y se emocionaba durante la primera prueba del vestido, ella no podía más que rememorar la escena, contada posteriormente y con todo tipo de detalles por sus damas de honor, del novio, abanicado por el padrino, lloriqueando en la salita donde se guardaban las sotanas y las hostias, y pidiéndoles a todos un poco de comprensión, mientras ella, de pie en el altar, apretaba cada vez con más fuerza el ramo de orquídeas que le había regalado su suegra, que en realidad nunca llegó a convertirse en su suegra. 

así que treinta y dos años después, amanda pasa una media de ocho horas al día, once si es en temporada de bodas, en el taller cortando telas, añadiendo capas, alargando colas, cosiendo las puntillas de los velos, ensanchando cinturas, reduciendo escotes y asintiendo cada vez que una novia aprovecha la intimidad del vestuario para confesar algo que no ha tenido el valor de admitir con nadie más. la mayoría de veces son confesiones de poca importancia referidas a los nervios y al estrés que deben de soportar las muchachas durante los preparativos. también están las que le piden subir la cremallera hasta arriba a pesar de que eso sea algo físicamente imposible. “dentro de dos meses entraré en él”, le aseguran a amanda. ella habla poco y toma las medidas, convencida de que en un par de meses la novia no habrá perdido ni un gramo y que luego tocará correr, a última hora, como siempre. alega que si habla demasiado se desconcentra y no hace bien su trabajo, algo que a sus compañeras no deja de sorprenderlas teniendo en cuenta el tiempo que hace que ella se dedica a esto. “podrías hacer los vestidos con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda”, bromea una cuando amanda exige su derecho a permanecer en silencio. ella sonríe y mira a la novia, que un poco intranquila, preferiría que su modista fuera la que comparte confidencias y no esa mujer callada y seria que apunta las medidas con un lápiz sin punta en su libretita de tapa negra. y cada vez que amanda hunde una aguja entre la tela blanca, la novia aguanta la respiración y esconde la tripa. “cuidado cuando te quites el vestido”, les advierte ella cuando han terminado la prueba, “está lleno de agujas”. 
unas semanas después las chicas vuelven a la tienda. el vestido está listo. hay lágrimas, agradecimientos, abrazos y generosas propinas que se guardan en un bote comunitario y que se reparte a final de mes. amanda ve a las mujeres alejarse de la tienda con sus trajes cuidadosamente envueltos en una funda oscura con letras doradas. se las imagina en sus casas, la mañana de la boda, a pocas horas de la ceremonia que ella no pudo tener, poniéndose el velo, ayudadas por madres y amigas. algunas se darán cuenta en ese mismo momento. un pequeño pinchazo en el muslo, en la barbilla, un rasguño en el brazo. nada sin demasiada importancia. algunas puede que no lleguen a darse cuenta nunca, pero la aguja seguirá allí clavada, escondida entre las capas de tela, día tras día, hasta que la muerte les separe.