que a amanda la hubieran dejado plantada en el altar hace treinta y dos años debería ser, a día de hoy, con tanto tiempo de por medio, algo como mínimo anecdótico. algo de lo que poder reírse, o al menos medio sonreír, y recordar casi como una proeza: “yo sobreviví a un abandono, delante de ciento cuarenta y tres invitados más el cura, que para más recochineo ofrecía su primera ceremonia y al que tuvieron que consolar casi tanto como a mí”. sin embargo amanda no sólo obvió la información a su primer marido, el oficial, el que no la dejó plantada en el registro civil porque era un ateo convencido y se negó a pasar por la iglesia, a pesar de la ilusión mal disimulada que le hacía a ella, sino que tampoco lo contó a nadie en ese nuevo trabajo que encontró después del traumático suceso. ni tan siquiera cuando había pasado un tiempo y tenía confianza con algunos de sus compañeros. un detalle que quizá muchos considerarían como algo normal por pertenecer a la vida privada de la propia afectada, sino fuera porque, para rizar aún más el rizo, amanda trabajaba en esa conocida tienda, la que queda justo delante del teatro nacional y, con muy buen ojo, la pastelería especializada en tartas de boda. sí, esa misma tienda donde le hicieron el traje a esa famosa cantante que luego se divorció a las pocas semanas aduciendo que estaba bebida y que no sabía lo que hacía. sí, esa prestigiosa tienda de vestidos de novia. y claro, ante semejante panorama era normal que pasar página fuera algo más que una simple cuestión de dejar pasar el tiempo, porque por muchos esfuerzos que ella pusiera los vestidos seguían allí, al igual que la ilusión de las novias, o las eternas dudas de si ese o ese otro primer plato en el banquete, o los destinos exóticos de la luna de miel, el nombre del primer hijo y cómo no, el convencimiento de que aquello iba a durar para siempre. y cada vez que alguna de las mujeres entraba a la tienda y se emocionaba durante la primera prueba del vestido, ella no podía más que rememorar la escena, contada posteriormente y con todo tipo de detalles por sus damas de honor, del novio, abanicado por el padrino, lloriqueando en la salita donde se guardaban las sotanas y las hostias, y pidiéndoles a todos un poco de comprensión, mientras ella, de pie en el altar, apretaba cada vez con más fuerza el ramo de orquídeas que le había regalado su suegra, que en realidad nunca llegó a convertirse en su suegra.
así que treinta y dos años después, amanda pasa una media de ocho horas al día, once si es en temporada de bodas, en el taller cortando telas, añadiendo capas, alargando colas, cosiendo las puntillas de los velos, ensanchando cinturas, reduciendo escotes y asintiendo cada vez que una novia aprovecha la intimidad del vestuario para confesar algo que no ha tenido el valor de admitir con nadie más. la mayoría de veces son confesiones de poca importancia referidas a los nervios y al estrés que deben de soportar las muchachas durante los preparativos. también están las que le piden subir la cremallera hasta arriba a pesar de que eso sea algo físicamente imposible. “dentro de dos meses entraré en él”, le aseguran a amanda. ella habla poco y toma las medidas, convencida de que en un par de meses la novia no habrá perdido ni un gramo y que luego tocará correr, a última hora, como siempre. alega que si habla demasiado se desconcentra y no hace bien su trabajo, algo que a sus compañeras no deja de sorprenderlas teniendo en cuenta el tiempo que hace que ella se dedica a esto. “podrías hacer los vestidos con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda”, bromea una cuando amanda exige su derecho a permanecer en silencio. ella sonríe y mira a la novia, que un poco intranquila, preferiría que su modista fuera la que comparte confidencias y no esa mujer callada y seria que apunta las medidas con un lápiz sin punta en su libretita de tapa negra. y cada vez que amanda hunde una aguja entre la tela blanca, la novia aguanta la respiración y esconde la tripa. “cuidado cuando te quites el vestido”, les advierte ella cuando han terminado la prueba, “está lleno de agujas”.
unas semanas después las chicas vuelven a la tienda. el vestido está listo. hay lágrimas, agradecimientos, abrazos y generosas propinas que se guardan en un bote comunitario y que se reparte a final de mes. amanda ve a las mujeres alejarse de la tienda con sus trajes cuidadosamente envueltos en una funda oscura con letras doradas. se las imagina en sus casas, la mañana de la boda, a pocas horas de la ceremonia que ella no pudo tener, poniéndose el velo, ayudadas por madres y amigas. algunas se darán cuenta en ese mismo momento. un pequeño pinchazo en el muslo, en la barbilla, un rasguño en el brazo. nada sin demasiada importancia. algunas puede que no lleguen a darse cuenta nunca, pero la aguja seguirá allí clavada, escondida entre las capas de tela, día tras día, hasta que la muerte les separe.
18 enero 2014
17 enero 2014
11 enero 2014
Imaginaos a este hombre de mediana edad que, sin duda, desearía estar en una aula de Harvard; eso sí que tendría mérito. No serán grandes satisfacciones para el espíritu, y no digamos para la vista, las que le depare enseñar a esta pandilla de chicas sin gracia alguna, pálidas y amorfas, que habrán escarbado en la bolsa de la ropa sucia en busca de algo que ponerse para ir a clase. Sólo una lánguida belleza de cabello rojizo y pecas deliciosas -y rodillas sensacionales, acaba de darse cuenta- podrá, quizá, salvar el semestre.
Desvía la vista de su objetivo y comienza. ¡Ajá! A ver si esto lo responden, piensa. Se levanta; su metro ochenta añadirá más dramatismo al momento.
-Bien. - Su tono es tan árido como el semillero cultural estadounidense-. ¿Cuántas de ustedes quieren ser escritoras?
Observa, entre sardónico y divertido, mientras una mano se levanta, vergonzosa, y luego otra, hasta que ondean quince. Aquí y allá refulge algún que otro anillo de compromiso.
En el aire flota la incomodidad de las alumnas. ¿Por qué les preguntará esto el profesor X? Sabe que su asignatura es obligatoria para todas las estudiantes que han escogido la especialización de Escritura Creativa.
-Lo siento mucho por ustedes -dice el profesor X, el experto en Melville y Hawthorne-. Muchísimo, porque, para empezar -ahora hay un destello de acero en sus ojos-, si quisieran ser escritoras no se habrían matriculado en esta asignatura. Ni siquiera se habrían matriculado en la universidad. Estarían viajando en trenes de carga, recorriendo el país.
El dogma de fe de 1953.
Las jóvenes aspirantes a escritora del aula acaban de entender que, por supuesto, no tienen nada que hacer. Una a una, todas las manos han ido bajando.
Yo era una de las que la habían levantado.
Personajes secundarios, J. Joyce
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