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Es una mañana fresca de septiembre, el comienzo de otro curso. El profesor -canoso, rostro curtido, un aire a lo Lincoln que quizá resulte premeditado- entra en la pequeña clase donde sus estudiantes le esperan. Reina un silencio absoluto mientras se sienta tras la mesa de roble de principios de siglo y dispone sus lápices afilados, la lista de las alumnas matriculadas a su asignatura, sus dos delgados volúmenes de esto o lo otro; el último grito en crítica literaria, sin duda. Intimidades desde hace ya rato, las alumnas estudian los seductores rasgos de este hombre -puritanos, severos, tremendamente americanos- a la caza de humor o compasión. ¿Podrán engatusarlo? Las juzgará este profesor X, el pez gordo de un estanque bastante pequeño, el del Departamento de Inglés de Barnard.
Imaginaos a este hombre de mediana edad que, sin duda, desearía estar en una aula de Harvard; eso sí que tendría mérito. No serán grandes satisfacciones para el espíritu, y no digamos para la vista, las que le depare enseñar a esta pandilla de chicas sin gracia alguna, pálidas y amorfas, que habrán escarbado en la bolsa de la ropa sucia en busca de algo que ponerse para ir a clase. Sólo una lánguida belleza de cabello rojizo y pecas deliciosas -y rodillas sensacionales, acaba de darse cuenta- podrá, quizá, salvar el semestre.
Desvía la vista de su objetivo y comienza. ¡Ajá! A ver si esto lo responden, piensa. Se levanta; su metro ochenta añadirá más dramatismo al momento.
-Bien. - Su tono es tan árido como el semillero cultural estadounidense-. ¿Cuántas de ustedes quieren ser escritoras?
Observa, entre sardónico y divertido, mientras una mano se levanta, vergonzosa, y luego otra, hasta que ondean quince. Aquí y allá refulge algún que otro anillo de compromiso.
En el aire flota la incomodidad de las alumnas. ¿Por qué les preguntará esto el profesor X? Sabe que su asignatura es obligatoria para todas las estudiantes que han escogido la especialización de Escritura Creativa.
-Lo siento mucho por ustedes -dice el profesor X, el experto en Melville y Hawthorne-. Muchísimo, porque, para empezar -ahora hay un destello de acero en sus ojos-, si quisieran ser escritoras no se habrían matriculado en esta asignatura. Ni siquiera se habrían matriculado en la universidad. Estarían viajando en trenes de carga, recorriendo el país.
El dogma de fe de 1953.
Las jóvenes aspirantes a escritora del aula acaban de entender que, por supuesto, no tienen nada que hacer. Una a una, todas las manos han ido bajando.
Yo era una de las que la habían levantado.
Personajes secundarios, J. Joyce
primer plato
me siento, como cada año, al lado de mi hermana pequeña, que se ha rapado el pelo para disgusto de toda la familia, y mi prima bea, embarazada de cinco meses y con diez quilos de más encima porque dice que ahora tiene que comer por dos, a pesar de las náuseas matutinas. yo le digo que está muy guapa, pero mi madre me mira desde el otro lado de la mesa y pone cara de “no te pases, está como una foca” y se sirve la segunda copa de vino blanco porque a pesar de que acabamos de llegar ya está saturada de tanta gente. este año bea no bebe y le indica a mi madre que la botella es toda para ella. de todos los que estamos en la mesa son las únicas que prefieren el blanco al tinto. mi madre sonríe y contesta que no se preocupe, que ella no tiene que vigilar en absoluto. mi padre aparta un poco la botella hacia el centro de la mesa y le pregunta al novio de mi otra prima, carlota, hermana de bea, que cómo les va en la nueva empresa. él contesta que prefiere no hablar de trabajo. carlota asiente con la cabeza, dándole la razón al novio. mi padre acerca la botella de vino blanco y aparta la servilleta del plato justo cuando mi tía paloma, que hoy se ha puesto tacones a pesar de no saber andar con ellos, aparece con una bandeja. detrás de ella, su marido roque, la sigue con otra exactamente igual. la abuela, sentada en un rincón, al lado de la chimenea para que no pase frío, mareada por la hora de viaje en coche y sin tener ni idea de dónde está murmura algo, pero nadie lo entiende. bea, que está a su lado le pregunta si tiene hambre. la abuela, rascándose el cuello insistentemente, contesta “creo que el caramelo que me habéis dado estaba envenenado porque me quema la garganta”. “beba un poco de agua, ya verá como se le pasa” sugiere bea acercándole la copa. la abuela obedece, da un sorbo y la mitad del líquido se escurre hacia el babero que alguien le ha puesto para que no se manche la blusa blanca. cuando deja la copa en la mesa observa a bea con detenimiento, como si hasta ahora no se hubiera dado cuenta de que estaba allí, y al final termina por preguntarle que quién es y qué está haciendo en el salón de su casa. bea mira la botella de vino blanco y a continuación se acaricia la barriga con movimientos circulares. su marido jorge hace como que no ha visto nada y le comenta a tía paloma la pinta tan estupenda que tienen las dos bandejas. tía paloma sonríe, coge el plato de su marido roque y empieza a servir.
segundo plato
los críos de mi hermana mayor, óscar y rubén, revolotean por debajo de la mesa tirándonos de los pantalones y deshaciéndonos los nudos de los zapatos. bea cree que no han comido nada y que alguien, aunque no especifica quien todos sabemos que se refiere a mi hermana susana, debería sentarlos en la mesa y enseñarles a comportarse. jorge le sirve un poco más de agua y también se pone un poco en su copa, aunque le pide a mi hermana pequeña que le acerque la botella de tinto. tía paloma retira los platos y carlota, yo y mi padre nos levantamos para ayudarla, pero inmediatamente nos manda sentarnos y nos repite que si no queremos arruinarle la sorpresa, no podemos en la cocina. carlota y yo nos sentamos. mi padre, con bastante dificultad, se agacha hasta debajo de la mesa y pellizca a óscar en las costillas. rubén se tira encima de él y por un momento la extensión que han puesto para alargar la mesa parece que va a volcarse. mi madre le grita que se levante, que ya no tiene edad para gatear por el suelo y que vigile con la cadera y rodrigo, el novio de susana desde hace seis meses y que conoció por internet aunque ella afirma que en realidad se conocieron en una parada de autobús, interviene diciendo que no hay de qué preocuparse, que el hombre está hecho un chaval. mi madre pone los ojos en blanco y susana le da un beso en la mejilla. rubén chilla, óscar se rie a carcajadas y mi padre, desde debajo de la mesa, suelta un “ay” que por un momento nos deja a todos en silencio. mi hermana saca un paquete de cigarrillos y enciende uno. roque le pide que salga al balcón, que hay niños y embarazadas. mi hermana resopla y se levanta. mi madre le pide que haga el favor de abrigarse, pero ella sale en manga corta y se asegura de coger también el móvil. el novio de carlota la acompaña. carlota, al verle, niega con la cabeza porque había dejado de fumar hace ocho días, pero no dice nada. ya fuera, mi hermana le pregunta que qué tal les va con el equipo de fútbol que montaron con los amigos, él contesta que prefiere no hablar de eso y terminan fumando en silencio, mirando a una calle desierta. el termómetro de la placeta marca nueve grados. paloma llega con el segundo plato. deja tres pesadas ollas en la mesa y cuando destapa la primera exclamamos un “oh” que va en aumento hasta llegar a la tercera, menos mi abuela, que aunque parecía amodorrada, se ha despabilado y pregunta a su hija quién es ella y por qué está en el salón de su casa trayendo tanta comida para tantos desconocidos.
postres
aparece brutus por el pasillo. a pesar de los alaridos de los niños al verle, él sigue avanzando lentamente, muy pegado a la pared, hasta llegar a la cocina donde tía paloma tiene el cuenco de agua y la comida. rubén y óscar salen disparados hacia la cocina. rubén choca con una de las sillas, pero no se da ni cuenta del rasguño en el brazo y óscar tira una copa de vino que mancha el mantel nuevo. roque dice que no le molesten. paloma dice que no le molesten, que es ya muy viejito. mi madre dice que no le molesten, que les va a morder. jorge dicen que cierren la puerta, que es alérgico a los gatos. la abuela se ha quedado definitivamente dormida, con el babero puesto y un trozo de pan en la mano que agarra con fuerza. bea ha ido al baño y jorge se impacienta porque cree que está tardando demasiado. susana intenta tranquilizarlo contándole que cuándo ella estuvo embarazada de rubén se pasaba el día encerrada en el baño, durmiendo o vomitando. jorge se levanta y va hacia el baño. cuando lleva él también un rato desaparecido, tía paloma, que se disponía a traer los postres, se levanta y va hacia el baño no sin antes pedirle a su marido roque que se encargue él de los postres. roque pregunta qué sucede y ella contesta que nada. jorge informa a tía paloma que bea está llorando y que no quiere hablar con nadie. tía paloma pregunta qué le pasa y jorge se encoje de hombros. tía paloma llama un par de veces sin armar mucho escándalo para no alarmar a los demás. desde el otro lado, bea les pide que se vayan, pero tía paloma insiste y al final bea abre la puerta y las dos mujeres se encierran en el baño. jorge vuelve a la mesa y pregunta a mi hermana si le da un cigarrillo. el novio de carlota se apunta de nuevo y esta vez, sin que tengan que avisarles, los dos hombres salen al balcón. jorge dice que no entiende nada. el novio de carlota hace un aro con el humo del cigarrillo y se queda mirándolo como si fuera una verdadera obra de arte.
mi hermana pequeña nos dice que erika está a punto de llegar. mi prima carlota pregunta que quién es erika. mi hermana pequeña espera unos segundos en responder. es mi novia desde hace diez días y trece horas, dice. carlota, asiente un tanto desconcertada y se toca un mechón de pelo. luego se levanta para ayudar a su padre con los postres. los dos niños, que ya han olvidado a brutus, la siguen mientras van repitiendo el nombre de erika por el salón.
uvas
erika llega a las once y media de la noche. saluda a todos y se sienta al lado de mi hermana pequeña en una silla que le ha acercado mi padre. jorge, rodrigo y el novio de carlota no le quitan el ojo de encima. por primera vez en toda la noche escuchamos la voz del novio de carlota preguntando a erika que de qué parte de australia es y a qué se dedica. carlota le da un codazo mal disimulado y antes de que la chica responda, lo hace ella de una forma un tanto brusca. mi prima bea, que ya ha vuelto a la mesa y se ha servido una copita de licor, tampoco aparta la vista del escote de la chica y le informa de que antes de estar embarazada estaba como un palillo. erika sonríe, como si estuviera entendiendo algo y le pregunta a mi hermana en inglés si van a estar mucho rato más en casa. mi madre termina la botella de vino blanco. tía paloma trae las uvas. rubén y óscar abren la bolsita que las contiene y les quitan la piel y las semillas. tío roque pide que nos callemos todos, que están a punto de dar las cuartos. nos callamos y miramos la pantalla del televisor.
una: mi madre se pregunta si habrá otra botella de vino blanco en la cocina.
dos: bea piensa que este año que entra va a convertirse en madre y siente que de nuevo le entran náuseas y ganas de llorar.
tres: el novio de carlota se promete a sí mismo dejar de fumar. esta vez, definitivamente.
cuatro: mi hermana pequeña le preguntará esta noche a erika si quiere irse a vivir con ella.
cinco: mi tía paloma está convencida de que nos hemos quedado con hambre, pero por suerte compró dos piñas en el mercado de al lado de casa, por si acaso.
seis: rubén y óscar escupen las uvas y se ríen el uno del otro. rubén será dentista y óscar pasará dos años sin hablarse con su madre.
siete: brutus se acomoda en el regazo de mi abuela y ella le acaricia el lomo. el gato termina durmiéndose y la abuela, también.
ocho: mi padre será operado de la cadera en mayo, aunque seguirá cojeando el resto de su vida.
nueve: erika regresará a australia a mediados de junio.
diez: mi hermana susana sigue en la página de contactos donde conoció a rodrigo.
once: jorge tendrá dos hijos más con su segunda mujer, candela.
doce: mis uvas están intactas, pero nadie parece haberse dado cuenta.
tengo la cabeza llena de intenciones
que se pisan, se atropellan,
se arremolinan como el caballo a las puertas de troya
deseosas de salir, ser las primeras, relucientes, nuevecitas
y ser trasladadas a un papel que permanece en blanco
desde hace tantos días que perdí la cuenta
y me reta y se burla y me cuestiona, triunfante,
¿y si ya lo has contado todo?
has sido gorda, enferma, un pasajero en el metro,
la carta póstuma de una hija a su madre
un marido invisible, inservible
la cantante mal hablada de un barquito que se hunde
el atropello aleatorio de una infeliz sin papeles
el hermano malogrado
el humo de un recuerdo suicida
un poema dedicado
otro cuento que sobrevive una semana
resultón, pasable, demasiado largo
no entiendo estos finales, opina mi padre
por qué en minúsculas.
¿y si ya lo hubiera contado todo?
me pregunto delante de otro folio tachado
esperando que no haya respuesta más clara que una palabra
pegada a otra
una frase tan larga que me convenza
sí, eso quería decir, aunque no así, no de esta forma
en realidad, era todo lo contrario, pero sí, era así.
y más inquieta que aplicada, me levante de esta
silla rota en la que nunca, nunca encuentro la postura
y dude y relea y me distraiga con un parpadeo, un orgasmo,
la llamada de un número equivocado
la violenta bofetada de una idea inesperada y tan obvia
que deba volver a sentarme en esta silla rota
de espaldas a la ventana, enfrente de un nuevo hueco
arreglar el inicio, cambiar el nudo, reescribir el final.
¿y si ya…?
las incertidumbres más bonitas se vomitan delante del papel, aunque otro, mucho más sabio, dijo que nunca se está lo suficientemente solo para escribir.