09 diciembre 2013

señales

no me considero un hombre supersticioso. pasaría, por ejemplo, por debajo de una escalera antes que dar toda la vuelta a la escalera y en realidad ni me enteraría de que estoy pasando por debajo de ella hasta que alguien me lo indicara. no me sé el orden de los signos zodiacales ni tampoco creo en las señales, excepto quizá por la primera vez que vi a mi esposa, en la terraza de una bar, y pensé que iba a ser la mujer de mi vida. bueno, eso puedo asegurarlo ahora con certeza y rotundidad porque los años han demostrado que efectivamente se convirtió en la mujer de mi vida. quiero decir, cuando la vi esa primera vez eso fue lo que pensé, pero tampoco estaba seguro de que fuera a ser así. quizá ella estaba casada o tal vez no se enamoraría de mí o puede que al final hubiéramos durado sólo dos semanas. pero no sucedió nada de eso, así que veintitrés años después puedo corroborar que marisa es la mujer de mi vida. pero no, en general nunca he creído en las señales y sin embargo, cuando aquella mañana me desperté dos horas antes de que sonara el despertador, supe con una claridad aterradora que ese día iba a morirme. no me dolía nada y había pasado, hasta el momento de despertarme, una noche tranquila. de hecho, no recuerdo que me hubiera levantado para ir al baño, como es normal en la mayoría de noches. no había tampoco ningún tema que me preocupase especialmente, las gemelas sacaban buenas notas y todavía nos hacían caso cuando su madre o yo les pedíamos que llegasen a casa antes de las once. no tenía una cantidad de trabajo abrumadora que me provocase inquietud o estrés y la cadera de mi madre se recuperaba favorablemente después de esa caída tonta cuando salía de la ducha. en definitiva, mi vida estaba en orden, todo parecía funcionar bien, pero yo sabía sin ningún tipo de duda que ese sería mi último día vivo. eran las cinco y diez de la mañana de un nueve de diciembre. marisa dormía plácidamente, acurrucada a un lado de la cama, de espaldas a mí. me acerqué un poco a ella y la abracé durante un buen rato esperando que se despertara y me dijera algo, algo que me tranquilizara a pesar de que ella no sabía que yo sabía que iba a fallecer, pero después de veinte minutos marisa comenzó a roncar y yo, en vez de tranquilizarme, había elucubrado una decena de teorías sobre cómo iba a morir. terminé por levantarme y preparar café, como hacía todas las mañanas, sólo que esta vez un par de horas antes. al abrir el bote del azúcar del armario de la derecha, éste me resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo. salté inmediatamente hacia un lado, pensando que quizá, inconscientemente, me había salvado de la primera tentativa de muerte del día. por un momento respiré tranquilo a pesar del ruido y de los cristales y los granos de azúcar que me rodeaban. marisa no tardó en aparecer. 
-¿se puede saber qué estás haciendo? 
a pesar de su cara de dormida y de enfado, no pude evitar mirarla con dulzura y sentir, de repente, mucha pena. 
-¿te apetece que tomemos un café juntos? – le pregunté. 
-¿tú sabes la hora que es? – contestó dándose la vuelta y cerrando la puerta de la cocina tras de sí. 
decidí, muy a mi pesar, que no iba a contarle nada de mi premonición. contarle qué, además. me diría que estaba cargado de puñetas y que lo que debía hacer era barrer el azúcar del suelo, arreglar esa puerta del armario que hacía tiempo que no cerraba bien y bajar a por el pan. y si la pillaba de menos mal humor sólo conseguiría preocuparla y que pasara un día peor del que me esperaba a mí. no, no era justo para ella. ya bastante tendría después, una vez yo hubiera muerto y tuviera que arreglárselas sin mí. y mientras pensaba en cómo iba a ser su vida a partir de mañana, cómo despertaría, si es que conseguía dormir esa noche, y en qué bote guardaría el azúcar ahora que yo había roto el que teníamos, noté una lágrima resbalando por mi mejilla. 

tuve que avisar tres veces a las gemelas para que se levantaran. eran las siete y media y como cada mañana iban tarde. al ver el desayuno que les había preparado se quedaron sorprendidas. en vez de enfadarme por su demora, les pedí que se sentaran y comieran tranquilamente, sin prisas. me interesé por sus planes del día, pero ellas contestaron con gruñidos sin levantar la vista del plato y sólo cuando les dije que las quería mucho, la pequeña, la que nació cinco minutos después, levantó la vista y se ruborizó un poco. inmediatamente pensé que lo estaba haciendo mal. no quería contarles la noticia, pero sin embargo estaba actuando como si quisiera que la adivinaran. tampoco era justo para ellas, así que me callé y continuamos comiendo, esta vez en silencio, como todos los días. marisa entró a la cocina un poco más tarde. parecía de mejor humor y no mencionó nada de lo ocurrido, ni me miró enfadada. bueno, en realidad apenas reparó en mí, pero besó a las gemelas y les dijo que no olvidaran que hoy iría a recogerlas ella puesto que tenían ballet a las siete y la academia quedaba cerca de su trabajo. a punto estuve de proponerles de ir al cine después de la clase o a un mexicano, que a las niñas les gusta mucho, pero temí de nuevo levantar sospechas porque era algo que solíamos hacer los viernes, si es que marisa no salía muy tarde de la oficina. luego temí algo mucho peor: que a esa hora yo ya no siguiera con vida y me estremecí. 
-¿te pasa algo? – preguntó mi mujer. 
por primera vez noté que las tres me prestaban atención y me miraban fijamente, con curiosidad, deseando encontrar algo peculiar en mi cara, ni que fuera una miga de pan pegada al labio. ojalá fuera eso, pensé. 
-no, estoy estupendamente. – mentí. 
-pues tienes mala cara. será por lo poco que has dormido esta noche. en fin, yo me voy ya. 
me hubiera gustado decirle que se sentara un rato con nosotros, o levantarme y darle un beso de despedida en la puerta, pero me quedé sentado viendo cómo se ponía el abrigo y salía de casa, por última vez. entonces sí me levante, deprisa y corriendo, llevándome una silla por delante. las niñas protestaron, pero no quería que me vieran llorando por algo que era incapaz de explicar. me encerré en el baño y lloré un buen rato tapándome la cara con la toalla de las manos para hacer menos escándalo. no recuerdo cuánto tiempo pasé así pero cuando me apacigüé y salí las gemelas también se habían marchado. y tampoco me había despedido de ellas. 
deambulé por la casa como un muerto viviente, iba de habitación en habitación sin hacerle caso al reloj que marcaba las ocho y cuarto, hora en la que cualquier otro día estaba ya subiendo por el ascensor de la empresa hasta la tercera planta. pensé que, aunque fuera a morirme y ya todo debería darme igual, no estaba de más avisar de que llegaría un poco tarde. cuando colgué el teléfono, lo apagué sabiendo que no habría más urgencias durante el día que la mía propia, me senté en el sillón del comedor donde solía ver la televisión y me quedé esperando la muerte, primero temeroso por si me iba a doler, luego, al cabo de un rato de que no pasara nada, me relajé un poco y me quedé dormido. 
me desperté sobresaltado con el ruido de un timbre que sonaba persistentemente. miré a mi alrededor. no había nadie. ni la muerte. el timbre volvió a sonar y me apresuré hacia la puerta de entrada. antes de abrir cogí aire, nervioso y asustado. no estaba preparado para lo que tenía que suceder, pero era inevitable. venían a por mí y había llegado mi momento. abrí. 
-buenos días. este es el quinto primera, ¿no? 
asentí, desconcertado. 
-vengo por lo de la conexión. 
a pesar de que el aspecto del hombre no me encajaba en absoluto con lo que había visto en las películas, ni lo descrito en los libros, noté que el corazón se me disparaba. “conexión”, me repetí varias veces en voz baja. estaba claro, la conexión de un mundo a otro, resolví por fin y justo entonces creí que iba a perder el conocimiento. 
-¿puedo pasar? – preguntó él, ajeno a mi tortura y sin ganas de perder el tiempo. 
asentí de nuevo. temblando como una hoja, avancé por el pasillo, yo delante, él siguiéndome y haciendo alusiones a la decoración de la casa, algo que consideré muy poco oportuno. al llegar al salón me paré y le miré esperando que me diera indicaciones. él sin embargo se me quedó mirando, esperando que fuera yo quien le diera indicaciones. finalmente me armé de valor y pregunté si necesitaba algo. 
-¿dónde tiene la toma? – contestó. 
-¿cómo dice? 
-la toma, la toma de internet. 
dejé al técnico en el comedor, haciendo pruebas, cambiando cables y comentando la actualidad deportiva mientras yo iba a la cocina a por un vaso de agua helada que me devolviera a la realidad. pensé que no estaría de más llevarle uno al hombre, que tampoco tenía la culpa de no ser quien yo esperaba. al volver a la habitación, vi su cuerpo tendido en el suelo, boca abajo, con los ojos abiertos y un router por estrenar en su mano derecha. corrí a su lado y lo sacudí con cuidado. no se movía. le grité, le zarandeé, esta vez más fuerte, y le lancé un vaso de agua helada a la cara, pero seguía inerte. 

la ambulancia llegó nueve minutos después. eran las once y veinte, hora en la que normalmente me tomaba el segundo y último café del día. los enfermeros me hicieron algunas preguntas a las apenas pude responder debido a mi sobresalto y se llevaron al hombre, cada vez más azulado, con rapidez. la vecina salió al rellano y me preguntó si estaba bien y confesó que por un momento había creído que era yo el que yacía en la camilla. le aseguré que estaba bien y que no tenía de qué preocuparse. dijo que para eso estaban los vecinos, cosa que no terminé de entender, pero quería perderla de vista y estar solo. entré de nuevo en casa, con los mismos temblores con los había abierto la puerta hacía unos minutos. al llegar al comedor me senté en el mismo sillón donde había estado sentado antes de la visita del técnico e intenté recuperar la calma respirando profundamente, tal y como había visto en algún documental de primeros auxilios elementales. cuando creí que mi pulso había vuelto a la normalidad, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón y me dije a mí mismo: “bueno, ahora sí. ahora a esperar a la muerte”. 

25 noviembre 2013

los días del señor samuel a.h

tuvieron que repetirle el mensaje dos veces antes de que ana entendiera qué era lo que estaba sucediendo. sí, contestó a la voz masculina del otro lado del teléfono, ella era ana, hija del señor samuel a.h, nacido el tres de octubre, de setenta y dos años y con domicilio en la calle oslo número ciento dos, tercero tercera. ella estaba con unas amigas en la terraza de un bar y al ver su cara de desconcierto cuando hubo finalizado la llamada, preguntaron si había algún problema. no lo sé muy bien contestó ella, pero tengo que ir a recoger a mi padre a la comisaría. antes de que las amigas pudieran continuar con la interrogación, ana se levantó y corrió hacia el coche a pesar de que la voz masculina, justo antes de colgar, le había asegurado que no se preocupara y que su padre estaba bien. 

lo encontró sentado en uno de los bancos de madera mal barnizada de la sala de espera, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados. se acercó y puso su mano encima del hombro huesudo de él. samuel a. h. abrió los ojos y sonrió al ver la cara de su hija. parecía agotado, pensó ella. el agente le recordó la historia por tercera vez, aunque no había mucho que contar: lo habían encontrado los vecinos, perdido y desorientado, un poco tembloroso. no recordaba su nombre ni cómo había llegado hasta allí y uno de los jóvenes de la zona lo acompañó hasta la comisaría para que pudieran ayudarlo. gracias a dios que todavía existe buena gente, dijo el agente, orgulloso de que en su jurisdicción se dieran casos con final feliz como el ocurrido. ana asintió. luego se hizo un silencio un tanto largo en el que por un momento la hija de samuel a.h pensó que el agente cuestionaría la poca atención que recibía el anciano y que a su edad tal vez deberían pensar en alguna medida, pero no hubo nada de eso. el agente sólo dijo que era normal que esas cosas pasaran y que esta vez habían tenido suerte. padre e hija se despidieron del policía y fueron hacia el coche, aparcado justo delante del edificio, a pesar de que estaba prohibido. ana ayudó a su padre a sentarse en el asiento delantero y le abrochó el cinturón de seguridad. el hombre dijo que hacía calor y aunque ella estaba destemplada puso el aire antes de arrancar y dirigirse hacia la casa paterna. el agente tenía razón. esta vez habían tenido suerte, pero quizá no fuera así en la próxima y si de algo estaba segura es que tarde o temprano habría una próxima vez. su padre tenía buena salud, las pocas ocasiones que había tenido que acudir a su doctor eran por resfriados mal curados, estaba acostumbrado a vivir solo y hasta ahora nunca había solicitado la ayuda de sus dos hijas, pero a la vista estaba que su cabeza comenzaba a fallar y que esa buena salud no iba a durar mucho más tiempo. sabía que él sería tajante en la respuesta si ella sugería la idea de meter a una chica en la casa y mientras iban pasando semáforos en ámbar, en silencio, una helada y el otro caluroso, se preguntaba cómo sería la próxima vez. 
pareces cansado, dijo finalmente, más que por romper el silencio por apartar los malos pensamientos que comenzaban a pesar en su cabeza. samuel a.h abrió de nuevo los ojos y bostezó. dijo que estaba bien, que tenía hambre y que sentía haberla tenido que molestar por una tontería como ésa. ana aprovechó que había sido él quien había sacado el tema para preguntar cómo había terminado allí, tan lejos de casa. samuel se encogió de hombros y dijo que sólo había salido a caminar, como hacía todos los días, sólo que había cogido una ruta distinta, para cambiar un poco y ver otras calles. ana quiso aconsejarle que tal vez debía estar más atento, caminar cerca de casa y llevar siempre su móvil encima, pero no se atrevió y se limitó a decir que caminar era un muy buen hábito, pero que claro, y dejó la frase a medio terminar. no quería tratar a su padre como a un viejo que no sabía ni atarse los zapatos. él no había llegado a eso todavía, sólo se había despistado un poco y le podía haber pasado a cualquiera. llegaron a casa treinta minutos después de haber salido de la comisaría. la hija estacionó en el parque de delante y él preguntó si quería subir a cenar. ella miró el reloj de reojo, tenía que hacer aún un par de recados, la compra y recoger un traje que había llevado a la tintorería, pero comprobó que no tenía tiempo para nada y contestó que sí. los dos subieron en un ascensor que se detuvo en todos los pisos y samuel a.h aprovechó para quejarse de lo viejo que estaba todo el edificio, con la fachada sucia, algunas bombillas fundidas y el ascensor antiguo. ella sonrió y miró hacia otro lado.
aliviada, comprobó al entrar en la casa que todo estaba limpio y en su sitio, como siempre lo había visto, aunque esta vez pareció más tranquila que las demás veces en las que no había reparado en ello. el padre le preguntó qué estaba mirando y ella contestó, un poco abochornada, que nada en concreto. se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero del pasillo y lo acompañó hasta la cocina donde calentaron restos de una sopa que había cocinado el día anterior y prepararon una ensalada con queso y tomate. hablaron del tiempo, de las próximas vacaciones que ana estaba planeando a grecia, de lo mucho que había cambiado el barrio desde que ella se había marchado de casa y de lo poco que veía a su hermana mayor, siempre atareada con el trabajo, las niñas y el marido. una hora después recogió la mesa y lavó los platos a pesar de que samuel declaró que no era necesario. cuando se despidieron en la puerta ana le dio un abrazo más largo de lo normal a su padre. cuídate mucho, papá, por favor, le rogó mientras apartaba un pelo largo del jersey oscuro que llevaba su padre. él contestó que lo haría, que no se preocupara tanto por él y de nuevo repitió que sentía lo ocurrido. 
hasta que no escuchó el ruido de las puertas del ascensor cerrándose, no se relajó por completo. tenía que vigilar más, pensó, mientras iba hacia su habitación y se desnudaba antes de meterse en la ducha. a pesar de estar cansado, esa noche durmió mal. tuvo pesadillas en las que se perdía por la ciudad y no sabía cómo volver a su casa. a las seis y media de la mañana, después de despertarse de repente, sudado y desubicado, decidió levantarse y evitar volver a soñar con tonterías. porque eso es lo que son, tonterías, pronunció en voz alta como hacía de vez en cuando, cuando quería estar seguro de algo . salió de casa a las ocho y diez, como casi todos los días. hacía un rato que había amanecido, pero los edificios altos no dejaban ver el sol. cuando llegó a la estación vio cómo se alejaba el tren de las ocho y veinte. esperó en el andén, prestando especial atención a los pasajeros que iban llegando con sus caras soñolientas y sus ropas grises. al llegar el segundo tren prefirió dejar que se marchara sin él dentro y continuó observando a los viajeros sin prisa alguna. sólo era cuestión de tiempo, como siempre. a las ocho y veintisiete la vio. bajaba por las escaleras deprisa y corriendo, en su mano izquierda arrastraba una pequeña maleta de viaje y en la derecha, cogía a un niño que tendría unos siete años y que supuso que era su hijo. esto facilitaba aún más las cosas para que ella no se diera cuenta de nada, aunque si no hubiera estado el hijo, lo hubiera hecho igualmente. esperó a que los dos pasaran de largo y a continuación les siguió a cierta distancia. los tres subieron en el siguiente tren. él se colocó detrás de ella después de apartar con brusquedad a dos mujeres que hablaban a gritos entre ellas sobre lo mucho que les dolía eso y lo otro. ella dejó la maleta en el suelo y ordenó a su hijo que se sujetara en la barra metálica para no caerse. tenía el pelo corto y oscuro, casi negro, el cuello fino y la piel muy morena para la época en la que estaban. se acercó un poco y colocó su mano unos centímetros más arriba que la de la mujer. olía bien, a jabón o perfume fresco a base de algún cítrico que no supo identificar. cerró los ojos unos instantes y aspiró con disimulo, llenando los pulmones de su olor. al bajar la vista vio al chiquillo, moviendo sus dedillos rápidamente sobre las teclas del móvil de la madre. se detuvo a la altura del culo de ella. era una pena que con el abrigo largo no pudiera distinguir sus formas. en invierno se hacía más difícil, pero no por ello dejaba de ser menos excitante. imaginó que debajo de esa prenda había un culo bien redondeado y voluminoso, como le gustaban a él. volvió a aspirar su olor y se dio cuenta de que había dejado de escuchar el griterío de su alrededor. 
la mitad de los pasajeros bajaron a la tercera parada y muy a su pesar tuvo que apartarse un poco de ella para no levantar sospechas. con un poco de distancia de por medio pudo fijarse en su perfil, su nariz puntiaguda, sus mejillas rojizas y un poco agrietadas, los rizos que cubrían parte de su frente y una perla blanca que adornaba el lóbulo de la oreja izquierda. pensó que sería un buen recuerdo, pero también que sería un recuerdo imposible de conseguir. ella se giró justo en ese momento, pero no reparó en el viejo, que, de inmediato clavó su mirada en las puertas del vagón como si de repente tuviera mucha urgencia en salir de allí. 
madre e hijo bajaron dos paradas después. él los imitó y los siguió hasta la puerta del colegio donde ella despidió al niño con un beso y un “cómete todo el desayuno” y esperó hasta que el crío entró y se reunió con sus amigos. fue entonces cuando el hombre se decidió. parece que por fin empieza a refrescar, dijo con la mejor de sus sonrisas. la mujer lo miró, confusa, sin saber si estaba hablando con ella o con algún otro padre, a pesar de que no había nadie más a su lado. samuel a.h reconoció en su cara extrañada que no lo había reconocido a pesar de los minutos que habían compartido en el metro. repitió el comentario, esta vez menos convencido de sus posibilidades. ella asintió, por educación, pero no esperó a una segunda frase de él. se dio la vuelta y salió disparada, sin despedirse siquiera. él la siguió con la mirada hasta que desapareció al doblar la esquina y después se quedó un rato más delante del colegio, viendo cómo otros padres llegaban, despedían a los niños y se marchaban avisando de que llegaban tarde donde fuera que tenían que llegar. cuando una de las maestras se acercó a las puertas para cerrarlas, buscó un bar tranquilo donde poder sentarse y descansar unos minutos. se sentó en la mesa de al lado de la ventana justo en el momento en que dos chicas se pararon enfrente para decidir sobre si entraban o continuaban andando. de inmediato le llamó la atención la morenita, la que parecía más joven y más dispuesta a entrar. se enderezó y se quitó las gafas que de sobras sabía que le hacían más viejo. el camarero, un chico joven con cara de no haber dormido en toda la noche, se acercó y preguntó qué deseaba tomar. él también se fijó en las chicas y al reconocer a una de ellas, se acercó al cristal y repiqueteó con los nudillos hasta que la morenita se dio cuenta, se acercó a la ventana y plantó sus labios contra el cristal frío. el chico sonrió e hizo lo mismo y luego se dio la vuelta y volvió a su cliente que había visto la escena y ahora mismo sólo deseaba haber entrado en cualquier otro bar. tomó un café frío a pesar de haber especificado que lo quería muy caliente, y con tan poco anís que no se notaba el sabor. quiso quejarse, pero en vez de esto, aprovechando que el camarero estaba ocupado con otra clienta que parecía satisfecha con su café y con su compañía, se levantó y se marchó sin pagar. cuando llegó a la estación, con el paso apresurado y sin apenas aliento, se imaginó la cara del camarero y no pudo evitar soltar una carcajada en alto, sin importarle que el señor de al lado le mirara de forma extraña. se sentía bien consigo mismo y no iba a permitir que nadie se riera de él. 
el tren tardó en llegar. se notaba que a esas horas ya no había tanto tráfico de trenes ni de personas y pudo sentarse en una de las sillas incómodas del vagón, al lado del pasillo donde tenía mejor panorámica de los viajeros, la mayoría, señoras mayores que miraban al suelo y abuelos acompañados de sus cuidadoras que leían con resignación las noticias de los periódicos gratuitos. al intentar leer uno de los titulares se dio cuenta de que no llevaba las gafas puestas. las buscó en los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones, pero sólo encontró las llaves del piso, algunas monedas y un ticket arrugado del supermercado. idiota, se dijo al recordar que las había olvidado en la mesa del bar y sintió cómo su pequeña venganza estallaba en su cara y se burlaba de su torpeza.
llegó a casa más temprano de lo habitual y tuvo que llamar a la vecina para que lo ayudara a meter la llave en la cerradura de su propia puerta. pues suerte que me ha encontrado en casa, señor samuel, porque estaba ya a punto de salir a recoger a las niñas, dijo ella, y si no me llega a encontrar, se quedaba usted un buen rato en la calle, con este frío. si es que esto de hacerse viejo no es bueno para nada, añadió. él le agradeció la ayuda, cerró la puerta tras de sí y sin encender ninguna luz, ni quitarse la chaqueta, se sentó en su butaca del salón. allí se quedó dormido hasta bien entrada la tarde. lo despertó el zumbido repetitivo del teléfono. era ana. quería saber cómo se encontraba y qué tal le había ido el día. también le propuso de ir a comer el sábado a su casa. el señor samuel a.h. colgó el teléfono, se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo. pensó que sólo quedaban tres días para el sábado y sonrió.

22 noviembre 2013

Un buen día la hermana Gallardo de en medio te propuso mitad en serio mitad en broma darte clases de escritura a precio módico. Se ofreció para iniciarte en la ciencia de la escritura correcta, dijo, que era una habilidad difícil, no te fueras a creer, y la prueba era que muy pocos en el mundo llegaban a dominarla. Sólo después de muchos años de esfuerzo ella estaba empezando a desentrañar el misterio de las letras y de sus grandes enigmas. Las letras eran sagradas. Los alfabetos son dioses. Escribir era una forma de rezar. Ella sostenía la curiosa teoría de que los grandes novelistas y poetas y filósofos lo son por tener bonita letra, al margen de lo que escriban. Si un autor no es a la vez dibujante, no llegará muy lejos. Para que la literatura sea buena es necesario que esté escrita con buen pulso, con los márgenes correctos, sin tachaduras, respetando la ortodoxia, defendía la dependienta.
-Si algún día cometes el error de escribir una novela -dijo la hermana Gallardo-, te lo advierto: que no me entere yo. Y si me entero, procura que no se parezca a ninguna otra.
La calidad literaria de una novela se medía por la buena o mala caligrafía de su autor, según la hermana Gallardo, listísima, quien también solía explicar aquellas tardes de diciembre que el arte de dibujar letras estaba en decadencia en nuestra época, ella era pesimista al respecto, y que esto se notaba en los mamarrachos que alguna gente publicaba un día sí y otro no.

Labia, E. Tizón